Mis pies tambaleantes me devuelven al lugar donde mi padrastro y Grey conversan amigablemente.

—Hola —les saludo a los dos con algo que, espero, suene a cordialidad, aunque cabe la posibilidad de que suene a robot catatónico.

Parece que todo va bien. Christian está sonriendo por alguna broma entre ellos, y mi padre parece increíblemente relajado.

—Ortiga, ¿dónde está el cuarto de baño? —me pregunta mi padrastro.

—Al fondo a la izquierda —indico con voz mecánica.

—Vuelvo enseguida. Divertíos, chicos.

Se aleja. Miro a Christian. Nos quedamos un momento quietos mientras un fotógrafo nos hace una foto.

—Gracias, señor Grey —dice el fotógrafo, que se escabulle a toda prisa.

El flash me ha dejado ciega, pero mis párpados catatónicos no parpadean.

—Así que también te has ganado a mi padrastro.

—¿También?

Le arden los ojos y alza una ceja interrogante.

—Bueno. A ver —intento puntualizar.

Levanta una mano y desliza los dedos por mi mejilla.

—Ojalá supiera lo que estás pensando, Urtica —susurra en tono perturbador.

Me coloca la mano en la barbilla y me levanta la cara. Nos miramos fijamente a los ojos.

—¿Ahora mismo? —pregunto—. Estoy pensando que ya sé que eres muy alto, pero tampoco hace falta que me levantes físicamente la cabeza para que te mire. —Le quito la mano—. También puedes pedírmelo.

Y yo puedo elegir hacerte caso. O no.

Se ríe. No parece ofendido.

—Veo que realmente va a ser imposible convencerte de que te pongas un vestido alguna vez —comenta entonces mirándome de arriba abajo—. ¿Vaqueros incluso en el día de su graduación, señorita Dioica? ¿Son los mismos que llevabas ayer?

—De hecho, sí.

De pronto me engancha con un dedo por una de las tiras por donde va el cinturón y tira de mí para acercarme. De repente es como si estuviéramos solos en una especie de burbuja privada. Inclino la parte superior del cuerpo hacia atrás para tener algo más de espacio para respirar.

—Para ser una persona a la que no le gusta que la toquen, eres muy de andar tocándonos al resto —le digo.

Quizá debería haber incluido una cláusula específica en el contrato que limitase el contacto físico a lo mínimo imprescindible, lo obligado por las normas de cortesía, y para ocasiones de emergencia, como cuando tienes que evitar que un ciclista atropelle a alguien en un semáforo.

—Me gusta observar tus reacciones —me susurra. Y sonríe con muchos dientes—. Para ser una persona no interesada en el sexo, eres muy sensible al tacto.

Hago una pedorreta.

—Qué tendrá que ver —replico—. Hay muchas formas de contacto físico sin que haya sexo de por medio. Y algunas me gustan mucho.

Me mira desconcertado y sus ojos se vuelven impenetrables.

—Sin sexo —repite en voz baja, como si lo estuviera sopesando.

Intento no poner cara de «duh».

—Claro.

Me gustan los masajes y los abrazos y las cosquillas y que me peinen y que me acaricien la cara y que me toquen el cuello.

Me da un escalofrío de gustito al pensarlo.

—Te gusta que te toquen, pero no te gusta el sexo.

Yo no he expresado tal opinión sobre el sexo, pero mejor hagamos las cosas sencillas.

—Con algunas matizaciones, pero sí: podríamos decir que me gusta que me toquen.

Pestañea y observo en sus ojos su lucha interna.

—Ortiga —dice en tono dulce—, no sé bien cómo podría funcionar algo así.

—Hay gente extraña que a algunas relaciones de ese tipo las llaman «amistades» —le digo con una sonrisa.

Muy loco todo, lo sé.

Él sonríe también ligeramente.

—Una amistad sin sexo —sopesa.

—¿Nunca lo has probado? —le sigo pinchando.

—¿Y tú? —contraataca entonces—. Dices que todo te parece tan interesante, tan «fascinante» —Se le está afilando, mucho y muy deprisa, la sonrisa—, ¿por qué no lo pruebas? —me susurra.

Es claramente un desafío. Ladea la cabeza y esboza su muy puntiaguda sonrisa de lobo. Respiro hondo.

—De acuerdo —susurro.

—¿Qué?

Me observa muy atento, sorprendido.

—¿Eso es lo que te pensabas que iba a decir? —Le empujo para que me suelte el pantalón y poder separarme un poco—. En serio, despierta. —Chasqueo los dedos delante de su cara—. Mira, no pretendo herir tu ego ni nada así, pero no eres la primera persona que me propone probarlo: no lo he hecho porque no me interesa. Sé que puede ser difícil de entender, pero simple y llanamente no me apetece. ¿Quieres que folle contigo sabiendo que ni me interesa ni me apetece? —le pregunto muy en serio.

Frunce el ceño, quizá confundido.

—No. Claro —murmura al cabo de un momento.

Vaya, menos mal. Lo contrario sería MUY preocupante.

Da un paso atrás y de pronto mi padrastro ya está de vuelta. El ruido en el interior del entoldado aumenta progresivamente y me invade los oídos. No estamos solos.

—Orti, ¿vamos a comer algo? —pregunta mi padrastro.

¿Se llamaba… Fray?

—Vamos —contesto.

—Christian, ¿quieres venir con nosotros? —le pregunta Fray.

Lo miro suplicándole que no venga.

—Gracias, señor Dioica, pero tengo planes. Encantado de conocerlo.

—Lo mismo digo —le contesta Fray—. Cuídame a mi niña.

—Esa es mi intención.

¿Ein?

Le miro bien, intentando descubrir sus intenciones. Su sonrisa es más tranquila ahora y me pilla desprevenida.

¿Puede ser… que por fin lo haya entendido? No sé si eso significa que va a haber contrato o no. Mierda.

Se estrechan la mano. Estoy mareada. Fray no tiene ni idea de cómo va a cuidarme Christian. Y yo tampoco. Él me coge de la mano, se la lleva a los labios y me besa los nudillos con ternura sin apartar sus ojos de los míos.

—Nos vemos luego, señorita Dioica —me dice con suavidad.

Estoy oficialmente perdida.

Antes de que pueda pensarlo mucho más Fray me coge del brazo y nos dirigimos a la salida del entoldado.

—Parece un chico muy formal. Y adinerado. No lo has hecho tan mal, Orti. Aunque no entiendo por qué he tenido que enterarme por Katherine —me reprende.

Err…

—Porque no es mi novio. —Me encojo de hombros.

—Bueno —continúa él solo—, cualquier hombre al que le guste pescar a mí me parece bien.

Vaya por Dios, me ha ido a tocar justo un padre americano sin escopeta y muy fácil de complacer.

Al anochecer Fray me lleva a casa.

—Llama a tu madre —me dice.

—Lo haré. Gracias por venir.

Argh, formulaicas.

—No me lo habría perdido por nada del mundo, Orti. Estoy muy orgulloso de ti.

—Bueeeno. Me he alegrado mucho de verte —digo balanceando los brazos—. En cuanto me instale en Seattle, iré a verte.

¿Se abraza la gente en este país para despedirse?

—Suerte con las entrevistas —dice él, no haciendo ademán de abrazo alguno—. Ya me contarás cómo te van.

—Claro.

—Te quiero, Orti.

—Yo también, papá.

Yo también me quiero. A ti no te conozco.

Me sonríe con ojos cálidos y brillantes y se mete en el coche. Le digo adiós con la mano mientras se adentra en la oscuridad, y luego entro en casa.

Tengo una llamada perdida de José con un mensaje en el contestador deseándome lo mejor en la ceremonia de graduación. Lo borro y me voy al ordenador. Allí tengo un mensaje de Christian.

De: Christian Grey

Fecha: 26 de mayo de 2011 17:22

Para: Urtica Dioica

Asunto: Relaciones asexuales

Muy bien, Urtica, probaremos a hacerlo a tu manera: esa misteriosa relación llamada «amistad» sin sexo. Podemos dar los últimos retoques al contrato cuando quieras.

Hoy estabas encantadora.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Me quedo mirando la pantalla con cara de no estar entendiendo una ecuación muy sencilla.

Guau. ¿Lo he conseguido? ¿Habemus contrato?

Pulso «Responder».

De: Urtica Dioica

Fecha: 26 de mayo de 2011 19:23

Para: Christian Grey

Asunto: Relaciones asexuales

Si quieres, puedo ir a verte esta noche y lo comentamos.

O.

Mejor firmamos cuanto antes. No sea que se arrepienta. Mami necesita un contrato para volver a casa.

De: Christian Grey

Fecha: 26 de mayo de 2011 19:27

Para: Urtica Dioica

Asunto: Relaciones asexuales

Voy yo a tu casa. Tú no tienes coche. Nos vemos enseguida.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Fíjate, y no tengo ni que salir de casa.

Me estiro levantando los brazos por encima de la cabeza con satisfacción.

Al final todo está saliendo a pedir de boca.

—Hola.

Le abro la puerta y aparece vestido con vaqueros y cazadora de cuero.

Para que luego se queje de mis vaqueros. A ver cuándo le vemos a él con un vestido, no te digo.

—Hola —dice, sonriente.

—Pasa.

—Si me lo permites —contesta, divertido.

No entiendo la broma, pero le dejo pasar. Cuando entra, le veo una botella de champán en la mano.

—He pensado que podríamos celebrar tu graduación —comenta, y alza la botella para que yo la vea bien—. No hay nada como un buen Bollinger.

Bollinger.

—Suena a coche de carreras.

O a español inventándose cómo se dice «bolera» en inglés.

Él sonríe. Está extrañamente animado esta noche.

Me pregunto si ya ha tomado algo antes de venir.

—Me encanta la chispa que tienes, Urtica.

Definitivamente. Este se ha tomado algo.

—No tenemos más que tazas —comento con cautela, mirándole de reojo—. Ya hemos empaquetado todos los vasos y copas.

—¿Tazas? Por mí, bien.

Me dirijo a la cocina.

—¿Quieres platito también? —le grito mientras abro el aparador.

—Con la taza me vale, Urtica —me responde distraídamente desde el salón.

Colega, en esta historia no paran de repetir el nombre de la gente cada vez que hablan. Me siento como si estuviera en un manga.

Vuelvo y dejo las tazas en la mesa. Yo me he traído un platito. Pienso sorber ese champán como una auténtica dama victoriana.

Una auténtica dama victoriana en vaqueros.

Él coge el champán, le quita el aluminio y la malla, retuerce la botella más que el corcho y la abre con un pequeño estallido y una floritura experta con la que no se derrama ni una gota. Llena las tazas a la mitad.

—Es rosado —comento sorprendida.

—Bollinger Grande Année Rosé 1999, una añada excelente —dice con entusiasmo.

—En taza.

Sonríe.

—En taza. Felicidades por tu graduación, Urtica.

Brindamos y él da un sorbo.

—Gracias —susurro, y doy también un sorbo, con recelo. Se me abren los ojos de sorpresa—. ¡Está bueno!

Y casi no tiene burbujas.

—Me alegro de que te guste —celebra—. Tiene muy baja graduación, ni siquiera tú deberías poder emborracharte con esto.

Doy otro sorbo y agito con asombro mi taza, el meñique extendido.

—Yo no me subestimaría —mascullo, distraída.

Christian me coge de la mano y me lleva al sofá, donde se sienta y tira de mí para que tome asiento a su lado.

—Tu padrastro es un hombre muy taciturno.

Ah… No entiendo en base a qué estás haciendo esta afirmación, pero ok.

—Lo tienes comiendo de tu mano —digo con un mohín.

Christian ríe suavemente.

—Solo porque sé pescar.

Eso parece, sí.

—¿Cómo has sabido que le gusta pescar?

—Me lo dijiste tú. Cuando fuimos a tomar un café.

—¿Ah, sí? —Doy otro sorbo. No lo recuerdo. Mmm… este champán es bueno—. ¿Probaste el vino de la recepción?

Christian hace una mueca.

—Sí. Estaba asqueroso.

—Tenía toda la pinta. ¿Cómo es que sabes tanto de vinos?

—No sé tanto, Urtica, solo sé lo que me gusta. —Sus ojos grises brillan, casi plateados—. ¿Más? —pregunta refiriéndose al champán.

—Valep.

Se levanta con elegancia y coge la botella. Me llena la taza. Lo miro recelosa.

—¿No querrás emborracharme?

—Veo que ya lo tenéis todo empaquetado. ¿Te mudas ya?

Me está ignorando.

Dejo la taza y su platito con precaución sobre la mesa.

—Más o menos —contesto.

Apenas queda espacio para poder usar cómodamente la mesita de centro y el sofá entre tanta caja.

—¿Trabajas mañana? —continúa el interrogatorio.

—Sí, es mi último día en Clayton's.

—Te ayudaría con la mudanza, pero le he prometido a mi hermana que iría a buscarla al aeropuerto.

Vaya, eso es nuevo.

—Mia llega de París el sábado a primera hora. Mañana me vuelvo a Seattle, pero tengo entendido que Elliot os va a echar una mano.

—Sí, Kate está muy entusiasmada al respecto.

Christian frunce el ceño.

—Sí, Kate y Elliot, ¿quién lo iba a decir? —masculla, y no sé por qué no parece que le haga mucha gracia—. ¿Y qué vas a hacer con lo del trabajo de Seattle?

¿Tú no habías venido a que firmásemos un contrato?

—Tengo un par de entrevistas para puestos de becaria.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —pregunta arqueando una ceja.

—Eh… ¿No lo sé? —No entiendo la pregunta—. Pensar, lo que se dice pensar, no había pensado en decírtelo en ningún momento específico.

Entorna los ojos. Yo solo le miro, todavía intentando entender qué parte de la conversación me he perdido.

—¿Dónde? —pregunta.

—¿Dónde qué?

—¿Dónde son las entrevistas?

Uy, sí. A ti te lo voy a decir, para que compres la editorial o algo. Ya te veo venir, colega.

—En… sitios. —Parpadeo.

Él entorna más los ojos.

—¿Qué tipo de sitios?

—Un par de editoriales.

—¿Es eso lo que quieres hacer, trabajar en el mundo editorial?

Asiento con cautela.

—¿Y bien?

Se hace una pausa.

—Y bien ¿qué?

—No seas retorcida, Urtica, ¿en qué editoriales? —me reprende.

—Unas pequeñas. Seguro que no las conoces. —Agito una mano para quitarle hierro al asunto.

—¿Por qué no quieres que lo sepa?

—Tráfico de influencias.

Frunce el ceño.

—Pues sí que eres retorcida.

Y se echa a reír.

—¿Retorcida? ¿Yo? Menuda jeta, majo. A ver, ¿vamos a hablar de ese contrato o no?

Saca otra copia del contrato que le mandé.

¿Anda por ahí con esas cosas en los bolsillos?

Echa un vistazo rápido a mi taza abandonada en la mesa.

—¿No vas a beber más?

—Por si acaso.

Me dedica una de esas sonrisas de suficiencia suyas y vuelve a centrar su atención en los papeles.

—Bien. He añadido las correcciones que ya acordamos durante la cena de ayer. —Y comienza a enumerar—. He eliminado la especificación sobre actividades de carácter sexual de la cláusula cuatro.

Me acerco a él en el sofá y echo un vistazo a las páginas. Es muy meticuloso.

Algo bueno tenía que tener.

—La cláusula seis matiza que un cincuenta por ciento de las actividades aceptadas podrá y deberá estar por encima de su nivel adquisitivo, señorita Dioica.

—¿Deberá? —Le miro con los ojos muy abiertos—. ¡¿Cómo que deberá?!

Él se limita a sonreír enseñando los dientes.

—Por supuesto. Ambos sabemos que aprovecharás cualquier ambigüedad en el lenguaje para interpretar lo acordado a tu favor y no aceptar mis propuestas. Tengo que asegurarme de que eso no va a suceder.

Maldición.

—Entonces quiero ponerle un techo al presupuesto —pienso deprisa.

—Categóricamente no.

—¡¿Por qué no?!

Me mira con expresión grave.

—Voy a gastar mucho dinero en nuestras actividades, Urtica. Acostúmbrate. Me lo puedo permitir. Soy un hombre muy rico. —Me coge la mano y me planta un beso en los nudillos—. Por favor.

Me suelta. Yo me limpio la mano contra el pantalón, lo cual hace que él frunza el ceño, pero no dice nada.

—Eso hace que me sienta como que me estoy aprovechando de ti de alguna manera —mascullo—. Me hace sentir que soy interesada.

—No debería, Urtica.

—Ya, no debería: lo haces porque te da la gana y yo no te he pedido nada. Pero me siento así.

—Le estás dando demasiadas vueltas, Urtica.

Ya está, ya se me ha pasado. Ahora vuelvo a sentirme como en un manga.

—No te juzgues por lo que puedan pensar los demás —sigue—. No malgastes energía. No hay nada de interesado en ti, Urtica. No quiero que pienses eso.

Suspiro.

—Bueno —claudico a regañadientes.

Su mirada se vuelve más cálida.

—Eso está mejor —murmura.

Espera un segundo. ¿De qué estábamos hablando antes de mis innecesarios pensamientos auto-despreciativos?

—En la cláusula trece —continúa, desconcentrando mis esfuerzos por hacer memoria— queda especificado que no pueden cancelarse planes ya acordados y las palabras de seguridad vuelven a ser «amarillo» y «rojo». Esto es con respecto a las modificaciones que comentamos anoche —concluye—. Pero hay algo más que me gustaría hablar contigo antes de dar por válido el contrato. Una propuesta.

—Una propuesta —repito con recelo.

Él sonríe. Una sonrisa que no me gusta nada.

—Sí.

Esto no me va a gustar.

—Dispara.

—Mencionaste que hay formas de contacto físico que no implican necesariamente sexo y que sí disfrutas. Eso me hizo pensar… —Se rasca la barbilla con cierta teatralidad.

Ya llevo un buen rato pensando, canturrea mi cerebro. Es muy peligroso. Lo sé.

Sacudo la cabeza.

—Al grano —le apremio.

Ese anciano es el padre de Bella, y su coco solo anda así, así.

Mierda. Ya lo hemos terminado de arreglar.

Grey deja los papeles y su taza sobre la mesa y se gira en el sofá para encararme. Yo hago un poco de espacio entre ambos ahora que estamos cara a cara.

Al pensar en el viejo chiflado…

—Bueno, se podrían adaptar mis…

Las ideas me vienen y van.

—… gustos personales de forma que podamos disfrutar los dos de ello sin que haya involucrado sexo.

Parpadeo. Él me devuelve una mirada que aspira a ser neutra.

Por casarme con Bella seré muy cruel.

—Eh… —Me pellizco el puente de la nariz por debajo de las gafas—. A ver. Vamos a ver si lo he entendido bien.

Y he trazado un magnífico plaaaaaan.

—Así que tu rutina habitual de zurrar a la sumisa y luego follarte a la sumisa —Vuelvo a parpadear—, ¿la vamos a adaptar a primero zurrarme y luego no follarme? ¿Es eso lo que estás proponiendo?

Vaya. Guau. Gran plan. Suena tentador. ¿Quién le diría que no a algo así?

Sus ojos se oscurecen veinte tonos de golpe.

—Eso es simplificar mucho la situación, Urtica —dice con peligrosa calma—. Los castigos físicos no son más que un correctivo. Hay mucho más que eso implicado en una relación de dominación.

—Ah, claro, claro. —Le devuelvo la mirada todavía con la incredulidad marcada en el gesto—. Así que lo que estás proponiendo es que tenga que hacerte caso en todo, y si no me zurrarás, pero luego no me follarás. Muy considerado.

Aprieta los labios. Se está cabreando.

—Dentro de este paquete tan fantástico supongo que también has pensado incluir el bondage. —Pongo voz aguda y entusiasmada en exceso—. ¿Me atarás antes de zurrarme? ¿O al final la idea del collar de perro ha terminado por convencerte y me sacarás a la calle con correa?

Mi voz está rebasando los agudos para entrar en la histeria. Estoy empezando a marearme un poco con las imágenes excesivamente gráficas que pasan a toda velocidad por mi cerebro.

—Urtica.

Mmm, el alcohol.

—Creo que necesito un vaso de agua —murmuro.

Me levanto y sorteo sus piernas para ir a la cocina. Lleno una taza de agua del grifo y me la bebo casi de un trago. Aprovecho para echarme también un poco de agua fresca en la frente y el cuello. Me apoyo con las manos sobre la pila y respiro hondo.

De repente le tengo a mi espalda.

—Urtica, ¿te encuentras bien?

Me giro para encararle.

—Claro —grazno—. ¿No me ves? Esta es la cara de alguien muy entusiasmado.

Me señalo con un dedo tembloroso.

—Esto es porque nuestro contrato te produce cierto reparo —dice—, es algo de lo más normal. No sabes en qué te estás metiendo.

No, no. No te equivoques. Yo no me estoy metiendo en ninguna parte.

—Eso no forma parte del contrato —puntualizo.

—A ver, ¿cuál es tu actitud general respecto a sentir dolor?

No hagas como que no me has oído. Sé que me has oído.

Me mira expectante. Yo le devuelvo la mirada en blanco.

—¿Recibías castigos físicos de niña? —insiste.

Algún tortazo me llevé.

Continúo mirándole en blanco.

—No es tan malo como crees. En este asunto, tu imaginación es tu peor enemigo —susurra.

Me limito a parpadear. Es posible que esté en shock.

—Te veo nerviosa. ¿Por qué no repasamos los métodos?

Se saca otro papel del bolsillo y me enseña la lista. Yo la miro por inercia.

• Azotes

• Azotes con pala

• Latigazos

• Azotes con vara

• Mordiscos

• Pinzas para pezones

• Pinzas genitales

• Hielo

• Cera caliente

• Otros tipos/métodos de dolor

Levanto de nuevo la mirada hacia su cara.

Lejía para los ojos. Lejía. Por favor.

—Vale, dado que vamos a eliminar el componente sexual podemos descartar las pinzas —dice, pensativo—. Muy bien. Lo que más duele son los varazos.

Palidezco.

—Ya iremos llegando a eso.

—O más bien no.

Veo que va a añadir algo, pero le detengo con un gesto de la mano.

—El contacto físico máximo que tienes permitido es palmaditas en la espalda si me he atragantado —establezco con voz firme y seria—. Y esta conversación sobre métodos de castigo se termina aquí.

Por algún motivo, él sonríe.

—Pero te gustaban mis látigos —insiste aún, intentando esconder la sonrisa.

—Tus látigos y yo no vamos a tener más contacto físico —zanjo.

Es una relación a distancia.

—Muy bien —dice—. Con una condición.

No podía ser tan fácil.

Estudia con recelo mi expresión de perplejidad.

—¿Qué? —pregunto en voz baja.

Por favor, yo solo quiero fingir que nunca he visto esa lista. Me da igual que esto fuese precisamente lo que tenías planeado desde el principio, cabrón manipulador.

—Que aceptes encantada el regalo de graduación que te hago.

—Ah.

Con tal de que no sean pinzas para pezones.

Me mira fijamente, evaluando mi reacción.

—Ven —murmura.

Se quita la cazadora, me la echa por los hombros y se dirige a la puerta.

Aparcado fuera hay un descapotable rojo de tres puertas.

—Para ti. Feliz graduación.

Yo abro la boca.

Me ha comprado un puñetero coche.