El coche huele a nuevo, a cuero y a cítrico. Se cierran las puertas. Nunca me había sentado tras el volante, y este cacharro tiene mogollón de botones.

Mogollón. De. Botones.

—Urtica, ¿me estás escuchando?

Giro la cabeza para mirarle.

—¿Eh?

Me mira a los ojos, muy fijo.

—Decía que, mientras estemos aquí dentro —pronuncia, despacio, midiendo cada palabra—, tendrás que prestar atención y hacer todo lo que yo te diga. ¿Entendido?

Su mirada es intensa.

Dar órdenes: su especialidad.

—¿Todo? —Chasqueo la lengua.

No cuentes con ello.

—Todo.

—No me convence. —Entrecierro los ojos para mirarle—. Define «todo».

Sus ojos también se entrecierran, pero en su caso es de cabreo mal controlado.

—Urtica —empieza, la voz dura—. Un coche no es un juguete. Puede ser peligroso si no se maneja adecuadamente. No voy a permitir que pongas en peligro…

—Yada, yada —le corto.

No me des sermones que ya me sé.

—No te salgas por la tangente.

Que luego se me olvida de qué estábamos hablando.

—Define «todo» —repito, enfatizando las dos palabras.

Ahora le empieza a palpitar la vena de la sien.

Oye, si te va a dar un aneurisma, hazme el favor y bájate del coche. No me manches la tapicería.

Pongo ambas manos en el volante y tamborileo con los dedos.

¿Y bien?

Le veo tomar aire lentamente por la nariz y echarlo por la boca. Cierra los ojos un momento. Cuando los abre tiene la mirada muy negra, pero al menos parece sereno.

—«Todo», en este caso —empieza—, se refiere al contexto de tu aprendizaje, cualquier cosa que tenga que ver con la conducción y el manejo del vehículo, tu postura y actuación al volante. Cuando te pida que hagas algo, máxime si el vehículo está en movimiento, lo harás de inmediato y sin titubeos. De lo contrario estarías poniéndonos en peligro a ambos. —Hace una pausa y parece masticar lo siguiente antes de lograr sacarlo—. ¿Te parece adecuado?

Si hay algo de lo que seguro que sabe, es de poner a gente en peligro, así que supongo que en este caso tendré que fiarme.

—Está bien —concedo al fin. Doy un saltito en el asiento y me coloco mirando al frente—. ¡¿Cómo empezamos?!

—¿Has conducido alguna vez?

—Nop. Nunca.

—¿Tu padre o tu madre conducían?

—Sip. Ambos.

—Bien, lo primero que tienes que hacer es ajustar la posición del asiento.

Casi no ha terminado de decirlo, que yo ya estoy toqueteando por debajo. El asiento resbala de golpe hacia atrás cuando encuentro fortuitamente la palanca.

—Ups. —Me río—. A ver, a qué distancia tengo que estar del volante.

—La primera distancia que te tiene que preocupar no es la del volante —dice inclinándose hacia mi lado, una mano tras el respaldo—, sino la distancia a los pedales.

Acciona él mismo la palanca y empuja el asiento para acercarme al salpicadero. Yo clavo los pies en el suelo y le doy una manotazo en el brazo.

—A ver, quita. —Vuelvo a meter la mano bajo el asiento—. Dime a qué distancia tengo que ponerme.

Vuelve a incorporarse hacia su lado, la boca fruncida.

—Tienes que estar a una distancia a la que puedas pisar el embrague hasta el fondo cómodamente, pero sin llegar a tener la rodillas flexionadas en exceso.

Me quedo quieta.

—Pero ¿tengo que pisar los pedales? —inquiero, insegura—. ¿No hará nada raro el coche?

—El motor no está encendido —me aclara—. Pisar los pedales no va a hacer nada.

Me quedo quieta.

—Pisa el embrague, Urtica —ordena con su voz de impaciencia.

No me muevo.

Se hace un silencio.

—¿Sabes cuál es el embrague?

—Nop —digo con indolente alegría.

Se pellizca el puente de la nariz con la mano.

—Deberías haberlo dicho antes.

—No me has preguntado. —Me encojo de hombros utilizando mi sonrisa de respetar mucho la integridad física de los platos.

—¿Qué es lo que sabes?

—Sé que el intermitente derecho se pone hacia arriba porque la derecha siempre grita ¡arriba España! —exclamo con entusiasmo, feliz de poder por fin utilizar este pedazo de sabiduría aleatoria para algo útil.

Otra cosa es que llegado el momento me dé tiempo a recordar cuál es la derecha.

Grey me mira sin entender. Lo he gritado en español.

—Cosas culturales. No importa.

Sacude la cabeza y parece que decide no indagar.

—¿Sabes cuántos pedales tiene un coche?

Me retuerzo un poco para poder asomar la cabeza por debajo del volante.

—Tres.

Él alza una ceja.

—Yo veo tres —insisto.

—De acuerdo. —Toma aire, armándose de paciencia—. Este coche tiene tres porque no es automático, si lo fuera, tendría solo dos. Es mejor aprender a conducir utilizando un coche manual aunque luego vayas a conducir automáticos que al revés, así que utilizaremos este. ¿Sabes qué pedal es cuál y para qué sirven?

—Seguro que al menos uno sirve para acelerar —digo con convicción.

—El pedal derecho es el acelerador…

—¿Tu derecha o mi derecha? —le interrumpo sin poder contener el nerviosismo.

Le veo fruncir el ceño mientras oriento mi cuerpo en la misma dirección que el suyo para intentar aclararme.

—Ah, es la misma derecha. No he dicho nada. —Le hago un gesto con la mano—. Por favor, continúa.

Vamos a estar muy a salvo en este viaje.

—Como iba diciendo —Parece irritado—, el pedal derecho es el acelerador, el central es el freno. Ambos pedales se accionan con el pie derecho, siempre. El pedal izquierdo es el embrague y se acciona siempre con el pie izquierdo. ¿Crees que podrás rec…?

—Y ¿qué pedal decías que era el que tenía que apretar para calcular la distancia? —pregunto con la cabeza de nuevo metida bajo el salpicadero.

Resopla.

—Urtica. No me gusta que me interrumpan. Es de pésima educación.

Tiene la mandíbula tensa.

—Pensaba que ya habías acabado —contesto parpadeando despacio.

Qué susceptible.

—Es que cuando estoy nerviosa me acelero. —Doy un nuevo bote en el asiento para recolocarme—. Venga, continúa. Intentaré no interrumpirte.

Pero no hago ninguna promesa.

Pone los ojos en blanco antes de dejar escapar un suspiro.

—¿Tienes claros los pedales? —Me mira fijamente con intención.

Miro hacia arriba para concentrarme, el ceño fruncido. Levanto las manos y las voy abatiendo hacia adelante imitando el movimiento que harían mis pies.

—Acelerador, freno, embrague. —De derecha a izquierda.

—Bien. El pedal que te sirve para calcular la distancia es el embrague.

—Embrague, izquierda —susurro por lo bajini moviendo la mano que toca para apoyar mis palabras.

Piso con precaución y poca confianza el pedal, preparándome para cualquier desastre. Llego hasta el fondo sin que el coche se inmute.

Bueno, no está tan mal. No está mal.

Ajusto el asiento un poco más hacia adelante y, cuando lo tengo a gusto, vuelvo a poner ambas manos en el timón.

¡Piratas!

—¿Y ahora? —Miro a Grey con los ojos muy abiertos de emoción.

—La inclinación del asiento también puede regularse si lo necesitas —me indica—. Hay una rueda en el lateral izquierdo. Conviene que tengas una postura erguida, pero no forzada.

Pruebo a mover la rueda.

—Generalmente se suele decir que la distancia ideal al volante es aquella que permita apoyar las muñecas sobre el arco superior. Pero antes de eso —añade rápidamente al ver que mis manos salen disparadas a comprobar— tenemos que ver si el volante está a la altura adecuada.

Levanto una mano. Grey levanta una ceja.

—¿Y qué pasa si no lo está? —pregunto sin poder contenerme.

—Te diré cómo ajustarlo.

Se me abre la boca y le miro.

—¿El volante se puede mover?

Uy, lo que se aprende. Esto es mucho más avanzado que una bicicleta. Bueno, técnicamente a las bicicletas también se les puede subir y bajar el manillar. Vale. No he dicho nada.

—Veamos. —Se inclina un poco hacia mí—. Yo diría que convendría bajar un poco el volante: está puesto para mi altura ahora mismo.

—Okay.

—Tienes que poder ver cómodamente los lectores del salpicadero —Sus largos dedos van señalando mientras habla— por debajo el arco superior. —Toquetea el volante y lo baja—. Así mejor.

Levanto otra vez la mano.

—¿Sí?

—Hazlo otra vez —le pido con cara de concentración—. No he visto dónde le dabas.

Sonríe de medio lado y vuelve a subir y bajar el volante para que lo vea mejor.

—Ahora, los espejos. —Señala el retrovisor interior—. Aquí tienes que poder ver la luna trasera encuadrada.

Me inclino para colocarlo.

—Si lo haces así, no verás nada cuando te apoyes en el respaldo.

—¡Es verdad! —admito.

Los bracitos casi no me llegan desde donde estoy sentada, pero finalmente consigo poner la imagen en su sitio.

—Vale. —Asiento—. ¿Qué más?

Venga, Ortiga, ¡estás que lo petas!

—Los exteriores son eléctricos en este coche.

Introduce la llave en el contacto y, sin previo aviso, la gira. El coche se pone en marcha y yo me agarro con ambas manos al borde del asiento. Él sonríe con guasa.

—Tranquila, Urtica.

Ya, claro. Es muy fácil para ti decirlo. ¡Tú no estás al volante de una máquina de matar en potencia!

No aflojo la presa sobre la tapicería. Probablemente tengo cara de conejo deslumbrado.

—No va a pasar nada, Urtica —me asegura—. El coche no se va a mover mientras esté echado el freno. Estás a salvo conmigo.

Uy, sí. Seguro.

—Siempre y cuando hagas todo lo que yo te diga —añade a continuación con voz oscura.

—Vamos a morir —mascullo.

—Vamos, Urtica, a tu izquierda, en la puerta: hay un cuadro de botones que mueven los espejos.

Miro lo que me indica. Tomo aire e intento concentrarme de nuevo.

Pulso uno de los botones. El cristal de mi ventanilla empieza a bajar. Miro a Christian.

—Me has mentido —le digo muy seria.

—Los botones que no tienen dibujada una ventanilla, Urtica.

—Huh.

Vuelvo a mirar con atención.

—¿Los que pone «R» y «L»?

—Exacto.

—Tiene sentido —mascullo.

Tiene una pestana para señalar la letra y luego un botón como los de los mandos de las consolas. Oriento la pestaña y pulso para probar. El retrovisor izquierdo se inclina hacia abajo con un suave zumbido.

—En cada espejo tienes que poder ver un pedazo de la parte trasera del coche, lo mínimo posible, pero tiene que ser visible como referencia. Normalmente la línea del horizonte debería quedar más o menos centrada, pero puesto que tienes la pared detrás puedes tomar como referencia aproximada la línea roja que hay a media altura. ¿La ves?

—Vale. Sí. Es posible.

Trasteo con los botones hasta que más o menos creo que lo tengo.

—Ahora mira las palancas —me indica.

A continuación viene una sucesión de botones de los que sólo estoy segura de poder recordar los intermitentes. Las luces se encienden rodando la palanca, pero hay algunas que se hacen empujando. O tirando, no lo tengo claro. Y todos los limpiaparabrisas están a la derecha. Pero hay sorprendentemente muchos.

—No me voy a acordar de todo esto —le advierto.

—Lo recordarás —me asegura—. Lo repetiremos. Ahora, abróchate el cinturón.

¡La hora de la verdad!

Me pongo el cinturón.

—¿Preparada? —me pregunta, los ojos brillantes.

Aprieto los dedos en torno al volante y asiento.

—¡Tal vez! —digo con mucha convicción.

—Empezaremos con algo muy sencillo —dice—. A la hora de arrancar tienes que recordar siempre dos cosas: freno y embrague. Con el freno ya pisado puedes quitar el freno de mano. Hazlo.

Abro los dedos y vuelvo a cerrarlos sobre el plástico con una oleada.

—¿Tú estás seguro?...

—Urtica, pisa el freno —repite con voz muy seria.

Piso el freno. Noto la resistencia.

—Ahora —Me coge la mano derecha y la pone sobre el freno de mano— aprieta el botón y baja la palanca.

Hago lo que dice y devuelvo rápidamente la mano a su sitio.

—Sin soltar el freno —continúa—, pisa el embrague a fondo. Bien. La vista siempre al frente. —Me coge otra vez la mano y la pone ahora en la palanca de cambios—. No bajes la mirada: lo que necesitas mover es la mano, no los ojos. Para meter primera —Tiene la manaza enorme y muy caliente— tienes que tirar hacia ti y empujar hacia adelante. —Guía él mismo el movimiento—. Así.

Se le está espesando la voz.

—Ya me puedes soltar, ¿eh? —le informo.

Por favor y gracias.

Respira hondo.

Creepy. Creepy. ¡Creepy!

Por fin me suelta.

—¿Tengo que seguir sujetando la palanca?

—Puedes soltarla.

Devuelvo la mano al volante de nuevo.

—Bien. —Respira otra vez, como para serenarse—. Ahora quiero que hagas lo siguiente: sin soltar el freno, quiero que vayas soltando el embrague muy despacio.

Oh. Mierda.

—¿Qué es lo que va a pasar cuando suelte el embrague? —pregunto con la voz ligeramente aguda.

—Ve soltando el embrague, Urtica.

—¡No hasta que me digas qué es lo que va a pasar!

Ve soltando muy despacio la anilla de la granada, Urtica, ¿no te jode? ¡Tus muertos!

Resopla.

—Realmente eres incapaz de hacer lo que se te ordena.

—Es un don —replico, imitando a Zarza, las manos tan apretadas en el volante que me relucen los nudillos—. Lo tienes o no lo tienes. Y ahora ¡contesta a la pregunta!

No me atrevo a apartar la vista del frente, pero por el rabillo del ojo veo cómo se pasa una mano por el pelo, exasperado.

—De momento no va a suceder nada, Urtica —dice al fin—. Al soltar el embrague, el motor intentará poner el coche en movimiento y sentirás una vibración en el pedal, pero mientras tengas el pie en el freno no nos moveremos. Pruébalo.

Reacomodo las manos en el volante mientras me lo pienso.

—¿Me prometes que el coche no se va a mover?

—Te lo prometo. ¿Confías en mí?

¡NO, ALADDIN! Pero supongo que no me queda otra.

Suspiro.

—Está bien —concluyo.

Con el mismo cuidado que si estuviera manejando explosivos, voy levantando poco a poco el pie izquierdo.

—¿Lo oyes?

Me congelo mientras intento prestar más atención.

—¿El qué?

—Levanta un poco más. Despacio.

Ahora sí noto la vibración, muy suave.

—¿Qué es? —pregunto.

—El motor intentando arrancar. Si siguieras levantando el embrague, al no soltar el freno y estar parados, calarías el coche. Por eso es importante el embrague cuando el coche está detenido.

—Está bien. Y ¿ahora qué?

—Ahora tienes que levantar el pie del freno.

—¡Pero entonces echaremos a andar!

—Exactamente.

Tomo aire por la nariz y reacomodo una vez más los dedos en torno al volante. Él pone una de sus grandes manos encima de una de las mías.

—Vamos, Urtica —dice—. Lo haremos muy despacio. Solo tienes que soltar el freno poco a poco y, si quieres parar, volver a pisar ambos pedales hasta el fondo.

—Oye mira, como no me dejes las manos tranquilas ya voy a empezar a sobarte yo a ti —le advierto perdiendo finalmente la paciencia—. A ver qué tal te sienta eso.

Tanto que no le gusta al señorito que le toquen, hombre ya.

Levanta la mano como si por una vez fuera él quien se hubiera llevado una descarga. No hace ningún comentario, así que vuelvo a concentrarme en los pedales. Poco a poco, voy levantando el pie derecho.

Nos movemos. ¡Nos estamos moviendo!

—¡Yujuuu! —exclamo en entusiasmada cara de velocidad mientras el coche va avanzando milímetro a milímetro.

Mi cara de velocidad, para quien no lo sepa, es: ojos entrecerrados y mirada decidida, como si me estuviera dando el viento en la cara. Y mucho entusiasmo.

Grey pone la mano en el volante, esta vez lejos del alcance de las mías.

—Mantén el volante recto y acércate al coche de en frente —me indica con su voz profesional de dar órdenes—. Bien. Ahora, párate: freno y embrague hasta el fondo.

Gira la cabeza para mirarme. Tiene una de sus sonrisas de autosuficiencia por toda la mitad izquierda de la cara.

—Y ahora, marcha atrás.

Me dejo caer a plomo sobre el gran sofá y me pongo teatralmente un brazo sobre los ojos, agotada.

No le diría que no a una cabezadita.

Oigo un plop y pasos que se acercan.

—¿Cansada?

Asiento sin levantar el brazo y dejo escapar un suspiro. Oigo un gorgoteo que sí me hace mirar. Christian me ofrece una copa de champán rosado del rico.

Me levanto para coger la copa y él deja la botella sobre la mesilla. Levanta su champán para un brindis.

—Declaro inaugurada esta Urtica —dice, y hace chin chin con mi copa.

¡He conducido! ¡Yey!

Me río y doy un sorbito. Noto que sonríe.

—Qué sonido tan hermoso —dice melancólico.

Ehm… ¿Me alegro de que te guste?

Se sienta a mi lado sobre el sofá.

—Eso es culpa mía. —Da un largo trago a su bebida.

Seguro que sí.

—¿El qué? —Me vuelvo a mirarlo, intentando entender a qué se refiere.

—Que no rías más a menudo.

—¿Tú crees? —me extraño. Doy otro sorbo—. Yo diría que me río lo suficiente.

Mayoritariamente de ti.

—Cuando ocurre, señorita Dioica, es una maravilla y un deleite contemplarlo.

Guau.

—Muy florido, señor Grey. —Hincho los carrillos, pero me interrumpe un bostezo.

Su mirada se oscurece un tanto y sonríe.

—Más que haber movido un coche dos metros, parece que te hayan follado bien y te haga falta dormir.

Eeeeeeh. Asco absoluto.

Le miro intensamente.

—Rojo —pronuncio despacio.

Se le abren los ojos con sorpresa.

—No sé de qué te sorprendes.

Imbécil.

Se pasa una mano por el pelo.

—Está bien —dice—. Lo retiro.

—¿Y…? —me cruzo de brazos. De brazo, que en una mano tengo todavía la copa de champán.

Él frunce el ceño y tuerce el morro.

—Lo. Siento —capitula finalmente.

—Mejor —concluyo—. No es nada florido que no seas capaz de disculparte apropiadamente.

Eso lo aprenden los críos en el parvulario.

Dejo la copa sobre la mesilla y me reclino hacia atrás en los cojines. Bostezo mientras me arrebujo para hacerme un nidito cómodo.

—De todas formas calladito estás más guapo —mascullo en voz baja luchando contra otro bostezo.

Y eres más soportable.

Cierro los ojos. Comienza a sonar música flojita. Los cojines se hunden cuando él se mueve.

—Duerme, preciosa —susurra.

Saco una mano disparada sin abrir los ojos. Creo que le atizo en un lado de la cara. El sonido es glorioso.

—No me llames paletadas.

Bostezo.

Que estoy cansada, no sorda.

—No me voy a dormir. Sólo estoy descansando la vista.

Algo me toca la cara. Una mano.

Abro los ojos de golpe con un vacío enorme de vértigo en el estómago. Christian se inclina sobre mí.

—Perdona —me dice en voz baja—. No pretendía asustarte.

Pues te ha salido de pena.

Me incorporo de golpe y me alejo de él, parpadeando.

Mierda. Sí que me he quedado dormida.

—En media hora tenemos que irnos a cenar a casa de mis padres —añade a mi espalda.

Fuera ya es de noche. Todo el ventanal del salón está a oscuras.

—¿Cuánto he dormido? —mascullo con voz espesa.

Christian me mira fijamente.

—Unas horas —contesta.

—Uuuugh. —Me llevo las manos a la cabeza.

Me siento como si me hubiera atropellado un camión. Me espera una larga noche de insomnio.

—Te prepararé un café para despejarte —declara.

—Uuuugh —le dedico yo por toda respuesta.

Repugnante medicina contra el sueño.

Giro los hombros, los tengo rígidos, y le sigo arrastrando los pies al espacio de la cocina. Me encaramo con poco garbo a una de las altas banquetas de la barra americana. Él enciende la cafetera y mete una cápsula. Pronto el cacharro comienza a gorgotear y el aire se llena de olor amargo. Me pone el vaso frente a la cara.

—No tendrás leche condensada, ¿verdad? —pregunto esperanzada.

Tengo suerte y consigo endulzar el brebaje lo suficiente como para que me pase por la garganta. Después de media taza me siento bastante más despierta, aunque puede que las palmadas que me he arreado en las mejillas también tengan algo que ver.

—Nunca lo sabremos —sentencio.

—¿Qué? —me mira sin comprender.

—Err… ¿dónde estaba el baño?

Frunce el ceño un momento antes de contestar.

—Puedes usar el de mi despacho. —Señala con un dedo y entonces sonríe con sorna—. ¿Recuerdas dónde está?

—Seh. —Bajo de la banqueta de un saltito.

—Quince minutos —me avisa.

Bato una mano en el aire, ya de espaldas, para indicarle que le he oído.

Entro al baño y cierro con pestillo. De un gancho en la pared cuelga un vestido de color verde.

—Fff. Sigue soñando.

Me encaro al espejo y me aplasto un poco el pelo con las manos. Tengo un remolino de punta en el cogote. Pruebo a echarle agua, pero el mechón se ha quedado viciado de mi siesta en el sofá y se niega a someterse, me temo.

Apoyo las manos en el lavabo y me miro a los ojos. Ya estoy despejada y estoy empezando a ponerme nerviosa.

Voy a conocer a los padres. Voy a meterme en un jardín.

Le resoplo al flequillo, que da un brinco y me vuelve a caer sobre la frente.

—Anda, ¿y esto?

Junto al lavabo está mi amigo el ambientador, que alguien ha rellenado, y a su lado hay un bote blanco de desodorante.

—Mira. Esto sí que es un detalle.

Inspecciono con ojo crítico mi ropa. No está demasiado arrugada. En todo caso el vestido estaba cien por cien descartado desde el momento -T. Pero nadie decente le dice que no a algo de desodorante.

Me hago un lavado del gato para acicalarme y lanzo una última mirada de sospecha al vestido. Entonces veo los zapatos, de punta y tacón.

—Wow.

Me acuclillo a su lado y los acaricio con la punta del dedo índice. Son suaves y relucientes. Agarro uno en un puño. Y tienen un tacón de aguja francamente mortífero.

—Fascinante.

Christian está de pie delante del ventanal, vestido con pantalones gris y una camisa blanca. Alguien canta desde la caja mágica junto a la chimenea.

Le oigo suspirar y le veo fruncir el ceño en el reflejo del cristal. Se gira hacia mí.

—¿Seguro que no puedo convencerte de que te pongas el ves…?

Se le corta el sonido, la boca abierta.

Doy otros dos pasos tambaleantes de cervatillo recién nacido en su dirección. Con la mano en la que no llevo las deportivas me agarro al sillón por mi vida. Mis calcetines rosa nuclear en contraste con los zapatazos verdes son toda una visión.

Rompo a reír. Taconearía de la emoción, si pudiera.

—Urtica, ¿qué…? —boquea.

Se acerca a mí con los brazos extendidos y una cara de profunda consternación.

—Son fascinantes —gorjeo—. ¡Soy ALTA!

Me incorporo a duras penas, sin atreverme a alejar la mano demasiado del respaldo del sillón.

—Mira, ¡te llego a la barbilla!

Él me coge de la muñeca para estabilizarme.

—Dios mío, Urtica, ¿has usado tacones alguna vez?

—¡Nope!

Me río otra vez e intento dar una vuelta poco grácil sobre mí misma. Creo que se llevaría la otra mano a la cara si no la tuviera tan ocupada intentando decidir de qué lado me voy a balancear a continuación para intentar evitar mi caída.

—Tal vez no sea buena idea que los lleves a la cena —dice con precaución.

—¡Claro que no! —Me dejo caer de espaldas sobre el sillón, todavía riendo, y agito los pies en el aire—. Sólo quería ver cómo se usaban.

Alta ingeniería, ya sabes.

Me los saco con la mano libre y los dejo caer sobre la moqueta. Abro y cierro los deditos para intentar desentumecerlos.

—Además —zanjo—, tengo los pies demasiado anchos para llevar zapatos así.

Media hora con estos y dudo que pudiera volver a andar. Nunca. Necesitaría rehabilitación de por vida.

—Eso suponiendo que no me partiese el cuello primero —musito.

—¡¿Cómo?! —me mira con espanto.

—Nada, nada. —Me calzo las deportivas y le sonrío—. ¿Nos vamos?