—¿Tienes todo lo que necesitas?

Me palmeo el cuerpo y los bolsillos.

Ropa, check. Documentación, check. Llaves, check. Móvil, check. Zapatos de los que no voy a caerme, check.

—Sí —respondo solícitamente con cara cándida.

Se dibuja en su rostro una enorme sonrisa y niega con la cabeza.

—Muy bien. ¿Vamos, señorita Dioica?

Me tiende una mano, como es su costumbre. Yo se la choco, como es mi costumbre. Y esta vez no me la coge.

Vuelve a negar con la cabeza, pero no deja de sonreír. Coge su chaqueta, colgada de uno de los taburetes de la barra, y me conduce por el vestíbulo hasta el ascensor-bala.

El trayecto hasta la planta baja es breve pero intenso. Y lo supero como una campeona, las piernas bien abiertas para ganar estabilidad y las rodillas un poco flexionadas a modo de amortiguador.

Las puertas se abren. Christian menea apenas la cabeza, como para librarse de sus pensamientos y, caballeroso, me cede el paso.

¿A quién quiere engañar? No es precisamente un caballero. Es un pervertido. ¿Los pervertidos también ceden el paso?

Achico los ojos.

Debe de haber un motivo.

Taylor se acerca en el Audi grande. Christian me abre la puerta de atrás y yo entro con toda la elegancia de la que soy capaz.

¿Qué puedo decir? Hay batallas que es mejor dar por perdidas. Por lo menos no llevo vestido.

Salimos a la carretera a toda velocidad. Mientras voy viendo pasar luces fugaces al otro lado del cristal, Christian ha perdido la sonrisa distendida y también mira por su ventana, pensativo. Me pregunto si tanto le preocupa que vaya a conocer a sus padres.

Bueno, a su madre en teoría ya la conozco. Solo espero que no esté allí la pederasta asaltacunas, eso me dificultaría las cosas. Era amiga de la madre, o algo así, ¿no?

—No lo hagas —murmura él desde el otro lado del coche.

Oh, no. ¡Me ha leído el pensamiento!

Se me ponen ojos de conejo deslumbrado.

—¿Que no haga el qué? —Parpadeo con inocencia.

No lo pienses. No lo pienses. No lo…

—No les des tantas vueltas a las cosas, Urtica.

¿De qué estamos hablando exactamente?

—¿Eh?

—Lo he pasado estupendamente esta tarde. Gracias. —Alarga el brazo, me coge la mano, se la lleva a los labios.

Me libero de un tirón inesperado y le arreo en los morros con el dorso de los dedos como si fuera el morro de un caballo. Le pillo completamente fuera de juego y sacude la cabeza con aturdimiento. Como un caballo.

—Controla las babas. —Le señalo con un dedo amenazador.

Me mira lívido, la boca abierta. Yo me cruzo de brazos con los labios apretados.

—Eso ha sido… —Farfulla cosas incomprensibles.

—No te oigo —digo con desgana, y giro la cabeza hacia la ventana fingiendo desinterés, aunque no le pierdo de vista.

Él abre y cierra las manos. Le palpita la sien.

Le va a dar un chungo.

Me la estoy jugando, pero se ve que hoy me siento temeraria, porque no me está impresionando demasiado.

De todas formas, no creo que aquí se atreviera: no estamos solos.

La mirada furibunda de Grey pasa de mí a nuestro conductor y único testigo, que controla el volante con la vista fija en la carretera y una estudiada actitud de no estarse enterando de nada, pese a la falta de división entre la parte delantera y trasera del coche.

La boca se me cae hacia abajo.

Mierda, mierda. ¡Me ha vuelto a leer el pensamiento!

—¡Eeeeeh…! —comienzo, al tiempo que encaro de nuevo el cuerpo hacia él moviendo las manos frente a su cara como molinillos, en un intento por desviar su atención.

Es el alcohol el que habla. No yo. El alcohol que no he tomado.

Vuelve a girar hacia mí su cara de infarto inminente. Me agarra una mano para que la deje quieta y la aparta de su campo de visión.

—¡Kate sabe dónde estoy! —le advierto sacando otro dedo amenazante por entre su manaza enorme.

Ella será la primera en notar mi ausencia si no llego a la cena.

Suspira con frustración y se frota la cara. Finalmente, me suelta sin decir nada y vuelve a mirar por la ventana.

¿Crisis abortada? Oye, ahora que lo pienso ¿dónde está mi contrato?

Entrecierro los ojos y frunzo los morros. Christian me mira de reojo.

—¿Un dólar por tus pensamientos? —dice.

—¿Dónde está mi contrato?

¿Ver, Ortiga? Este es el motivo por el que no vales para los negocios. Te han ofrecido dinero y tú vas y lo cantas gratis.

Él lanza una mirada precavida a nuestro conductor.

—Todo a su debido tiempo —contesta evasivamente.

Chasqueo la lengua.

—Menuda respuesta de mierda —mascullo.

Espero a ver si añade algo. Él y su catatonia simplemente continúan mirando por la ventana.

—Te falta lluvia de fondo para completar tu angst —refunfuño desde mi asiento.

Se gira.

—¿Cómo?

—¡Nada, nada!

El resto del viaje transcurre en silencio. Son casi las ocho cuando el Audi gira por el camino de entrada de un casoplón enorme. La puerta de la verja tiene rosas de metal enredándose por las varillas.

—¿Estás preparada para esto? —me pregunta Christian mientras Taylor se detiene delante de la imponente puerta principal.

Miro mis deportivas.

—¡Sin problema! —respondo con entusiasmo.

Él levanta una ceja, sorprendido, pero no dice nada. Nos interrumpe el mayordomo cuando viene a abrirme la puerta.

No sé ni en qué momento le ha dado tiempo a salir del coche y ya le tengo aquí. Menudo ninja.

La señora madre de Christian, cuyo nombre no podría recordar ni aunque me lo hubiera propuesto, nos espera en la puerta. Lleva un vestido azul claro que le da un aire así como elegante y sofisticado, definitivamente mucho más sofisticado que si llevase deportivas. Detrás de ella está el señor Grey, padre, supongo, alto y rubio como un labrador enorme.

—Urtica, ya conoces a mi madre, Grace. Este es mi padre, Carrick.

—Señor Grey, es un placer conocerlo.

Sonrío con lo que, espero, sea una cara amable y acogedora y no una mueca de asesina en serie.

A veces me pasa.

Le estrecho la mano que me tiende.

—El placer es todo mío, Urtica —dice con voz suave.

—Por favor, llámeme Ortiga.

Solo su hijo el chalado se empeña por llamarme por mi nombre en latín. Ni que fuéramos romanos antiguos. Igual debería empezar yo a llamarle… Eh… Christus. Christus Pilatus. Podría colar.

La madre se acerca a nuestro apretón y me da un inesperado abrazo.

—Ortiga, cuánto me alegro de volver a verte —enfatiza mientras me envuelve con los brazos—. Pasa, querida.

—¿Ya ha llegado? —oigo gritar desde dentro de la casa.

¿Eso es bueno o malo?

Miro a Christian con cara de súbito conejo.

—Esa es Mia, mi hermana pequeña —dice en tono casi irritado, aunque no mucho.

Ella llega arrasando por el pasillo, con el pelo negrísimo, tan alta como el resto de la familia. Debe de ser de mi edad.

—¡Urtica! He oído hablar tanto de ti…

¿Eso es bueno o malo?

Me abraza fuerte. Yo me quedo con los brazos tiesos hacia adelante tras el impacto que casi me catapulta un paso hacia atrás.

Errrr. Socorro. Algo se me ha agarrado.

—Ortiga, por favor —murmuro cuando por fin mi campo de visión vuelve a incluir algo más que su estilizada clavícula.

Me arrastra al enorme vestíbulo. Todo son suelos de madera y alfombras con pinta de antiquísimas, con una escalera de caracol que lleva al segundo piso.

—Christian nunca ha traído a una chica a casa —dice la chica, y sus ojos oscuros brillan de emoción.

Veo que Christian pone los ojos en blanco. Me mira risueño.

—Mia, cálmate —la reprende su madre discretamente—. Hola, cariño —dice mientras besa a Christian en ambas mejillas.

Él le sonríe cariñoso y luego le estrecha la mano a su padre.

Nos dirigimos todos al salón. La hermana no me ha soltado la mano.

Quizá esto les viene de familia.

La estancia es espaciosa, marrón y azul. Kate y Elliot están acurrucados en un sofá, con sendas copas de champán en la mano. Kate se levanta como un resorte para abrazarme y la hermana por fin me suelta la mano.

Oye, en serio. Ya, ¿no?

—¡Hola, Ortiga! —Sonríe—. Christian —le saluda con un gesto cortésmente seco de la cabeza.

—Hola, hola —musito.

—Kate —la saluda Christian con formalidad.

Elliot se une al grupo y me abraza con efusión.

No es el Día Nacional de Abrazar a Ortiga. No existe tal día, gracias a Dios. Dejad de abrazarme.

Christian se sitúa a mi lado y me pasa el brazo por la cintura. Me pone la mano en la cadera y, extendiendo los dedos, me atrae hacia sí.

ERRRRRR.

Me envaro.

Todos nos miran.

No, señor. Esto sí que no.

Le quito la mano de mi cintura con dos dedos.

—Por favor —decimos Christian y yo al unísono, yo mirándole a él, él mirando a su padre.

Se hace un instante de silencio. Entonces la hermana aplaude.

—Pero si hasta decís las mismas cosas —exclama, encantada—. Ya voy yo.

Y sale disparada de la habitación.

¿Eh?

—¡Ortiga! —exclama también Kate, también encantada—. No sabía que ahora bebías.

Miro la puerta por la que ha desaparecido la chica, miro a Kate, luego miro a Christian. Todavía sostengo la enorme mano de él con la pinza de dos dedos para mantenerla separada de mí.

—¿Qué ha sido eso? —Me inclino hacia Christian para poder sisearle sin que se entere necesariamente todo el mundo.

Se agacha un poco sobre mí para contestarme de igual manera.

—Acabas de aceptar tomarte un Prosecco —me dice al oído con una amplia sonrisa.

No recuerdo tal cosa. Yo no he hecho eso. Espera. ¿Un proqué? ¿Qué cosa es esa?

Se ríe ante mi cara de confusión y sorpresa.

—La cena está casi lista —dice entonces la madre, saliendo de la habitación detrás de su hija.

Christian me mira y señala uno de los mullidos sofás con una mano.

—Siéntate —me ordena.

Le levanto una ceja.

—Por favor —añade.

Ya. Ni por esas lo arreglas, tarado.

Con un suspiro resignado, me siento al lado de Kate, que ha sido la más lista y ha regresado al sillón.

Yo he venido aquí a cumplir una misión. No a discutir con chiflados irredimibles.

Echo un vistazo a mi alrededor.

Pero mi objetivo se ha marchado.

Misión en espera, pues.

El resto de la familia hace lo propio y se sienta con nosotras, incluido Grey, que toma asiento a mi lado, pero esta vez sin tocarme.

—Estábamos hablando de las vacaciones, Ortiga —me dice amablemente el señor Grey, padre—. Elliot ha decidido irse con Kate y su familia a Barbados una semana.

Miro a Kate y ella sonríe, con los ojos brillantes y muy abiertos.

—¿Te tomarás tú un tiempo de descanso ahora que has terminado los estudios? —continúa interrogándome el hombre con voz cortés.

¿Me lo tomaré?

—Huh… —trato de ganar tiempo.

—Ortiga estaba pensando en irse unos días a Georgia —se me adelanta Kate.

—¿Ah, sí? —Miro a mi compañera de piso con la boca abierta como un pez.

—¿A Georgia? —murmura Christian mirándome a mí con los ojos muy abiertos y las manos agarrándose las rodillas.

—A ver a tu madre —dice Kate—. ¿Ya no te acuerdas? Me lo dijiste hace semanas.

O meses. O antes de que esta historia empezase.

—¿Mi madre vive en Georgia? —musito para mí.

Pero ¿eso no está como al otro lado del planeta? ¿Soy medio georgiana en esta historia?

Sacudo la cabeza. Todo el mundo me está mirando.

Oh. Oh.

—¿Cuándo pensabas irte? —me pregunta Christian con voz grave.

Uh…

Miro a Kate. Vuelvo a mirar a Grey.

—¿Mañana? —pregunto.

¿Por ejemplo?

Él levanta una ceja.

—Mañana —repito, dejando de lado el tono interrogativo—. A última hora de la tarde.

Por ejemplo.

Se supone que dar detalles hace más creíble una historia.

La hermana de Christian elige ese momento para volver al salón y dispersa un poco la atención que había centrada en mí. Nos ofrece a su hermano y a mí sendas copas de champán llenas de un líquido brillante de color rosa pálido. Yo cojo la mía casi por inercia.

Si alguna vez ha habido un buen momento para emborracharse, seguro que no era peor que este.

—¡Por que tengáis buena salud! —El señor Grey, padre, alza su copa.

Yo ya me había llevado la bebida a los labios y casi me la tiro por intentar apartarme al ver el inicio de su brindis. Por suerte yo era la única que no le estaba mirando, así que nadie parece darse cuenta.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Christian en mi oído, con voz asombrosamente baja.

¿Cuánto tiempo qué?

—¿Ya te has vuelto a cabrear? —resoplo yo también por lo bajo, aunque no tan bajo como él.

Pues ya tienes dos trabajos, como dicen en mi casa.

Aprieta la mandíbula.

—¿Cuánto tiempo estarás con tu madre?

El mínimo imprescindible.

—El que me dé la gana —sentencio, y me llevo la copa a los labios.

Kate me sonríe con desmesurada dulzura. De esas dulzuras que dan como miedo.

—Ortiga se merece un descanso —le suelta sin rodeos a Christian.

—Ni que lo digas —la apoyo y levanto la copa en su dirección antes de dar otro sorbito. Trago aparatosamente antes de sonreír—. Ahora que me acuerdo, yo tenía entrevistas de trabajo. Tengo que mirar cuándo eran.

—¿Tienes entrevistas? —me pregunta el señor Grey, padre.

—Sí, para un puesto de becaria en dos editoriales.

—Te deseo toda la suerte del mundo.

—¡Gracias! —Levanto la copa hacia él mientras le sonrío.

—La cena está lista —anuncia entonces la madre, que acaba de volver a aparecer en el salón.

—¡Mi objetivo! —exclamo con felicidad, enfocando mi copa en su dirección.

Todo el mundo me mira.

—Uy. —Retiro con cuidado la copa hacia mí—. Perdón.

Nos levantamos todos. Kate y Elliot salen de la habitación detrás del señor Grey, padre, y la hermana. Yo me dispongo a seguirlos también, pero Christian me agarra de la mano y me para en seco.

—¿Cuándo pensabas decirme que te marchabas? —inquiere con urgencia.

Lo hace en voz baja, pero ya le tengo calado. Miro la mano con la que me agarra y lanzo un significativo carraspeo. Él me suelta y se cruza de brazos, enfurruñado.

—No te debo ningún tipo de explicación. —Le bailo las cejas mientras doy otro sorbo a mi copa.

—¿Y qué pasa con nuestro contrato?

—No lo sé. —Estudio las burbujas de mi copa con determinada atención—. ¿Le pasa algo? Espera, ¡sí que le pasa! —Le enfoco acusadoramente a través del cristal—. Pasa que aún no tenemos ningún contrato.

Pringado.

Frunce los ojos nada satisfecho. Con todo, se las ingenia para iniciar la marcha en la dirección por la que se han marchado todos al tiempo que me cede el paso.

—Esta conversación no ha terminado —me susurra mientras entramos en el comedor.

—Pues claro que no —resoplo al pasar por su lado—. Para que se acabe tendremos que firmar el contrato.

Duh.

Paso y le dejo atrás.

El comedor es enorme. Enorme en plan restaurante de lujo. Una lámpara de araña de cristal cuelga sobre la mesa y en la pared hay un inmenso espejo de marco muy ornamentado. La mesa está puesta con un mantel blanquísimo y un cuenco con flores rosas en el centro.

El señor Grey, padre, se sienta a la cabecera y me indica que me siente junto a él. Christian toma asiento a mi otro lado. Dejo mi copa sobre el mantel y miro con curiosidad a mi alrededor. No veo comida por ninguna parte.

El señor Grey, padre, coge la botella de vino tinto y le ofrece a Kate. La hermana de Christian se sienta a su otro lado, le coge la mano y se la aprieta fuerte. Christian le sonríe cariñoso.

—¿Dónde conociste a Ortiga? —le pregunta la hermana.

—Me entrevistó para la revista de la Universidad Estatal de Washington.

—Que Kate dirige —añado rápidamente.

La hermana sonríe entusiasmada a Kate, que está sentada enfrente, al lado de Elliot, y empiezan a hablar de la revista de la universidad.

Crisis abortada.

—¿Vino, Ortiga? —me pregunta el señor Grey, padre.

Miro mi bebida rosa, que parece casi intacto.

—¿Por qué no?

Le sonrío. El buen hombre se levanta para llenar las demás copas.

Miro de reojo a Christian y él se vuelve a mirarme, con la cabeza ladeada.

—¿Qué? —pregunta.

—Dijiste que veníamos a una cena —le susurro.

—Así es.

Lo miro fijamente.

—No veo comida —insisto.

Suspira.

—¿De qué estáis cuchicheando los dos? —interviene Kate.

Ups.

Christian le lanza una mirada feroz y nada necesaria.

—De comida —contesto yo alegremente.

Pruebo el vino que me han servido y lo miro con curiosidad.

Interesante.

—Y ¿qué tal la despedida en el trabajo? —me lo pregunta a mí, pero lanza una mirada perversa de reojo a su aparente archienemigo.

Nivel de sutileza: Necesita Mejorar.

—El compañero ese tuyo que siempre te pide salir —continúa con enfática despreocupación—. ¿Cómo se llamaba?...

¿Y me lo preguntas a mí? ¿Cómo quieres que lo sepa?

Noto que Christian me mira con fijeza, pero no me doy por aludida. Me limito a encogerme de hombros por toda respuesta, más interesada en mi copa de vino.

¿No hace calor aquí? Tengo como calor.

Grey, no padre, se me arrima.

—¿Algún otro pretendiente del que no me esté informado? —me pregunta en un susurro, sereno y muy serio.

—Te haré una lista, si te quedas más tranquilo —le lanzo con indiferencia.

Reaparece la madre con dos bandejas, seguida de una chica joven con coletas. En algún lugar de la casa empieza a sonar el teléfono.

—Disculpadme. —El señor Grey, sí padre, se levanta y sale.

Yo no aparto la vista ávida de las bandejas.

—Gracias, Gretchen —le dice la madre amablemente a la chiquilla que la sigue—. Deja la bandeja en el aparador, por favor.

La tal Gretchen asiente y sus pasos salen de nuevo del comedor. Vuelve el señor Grey, sí padre.

—Preguntan por ti, cariño. Del hospital —le dice a su esposa.

¿Es que no vamos a comer nunca?

—Empezad sin mí, por favor.

—¡Gracias! —Me tapo inmediatamente la boca.

Ups. Bien, Ortiga, disimula.

Lanzo una breve y desesperada mirada a mi alrededor y lo único que veo a mano es la copa de vino.

Va a ser verdad eso de que el alcohol es la solución a todos los problemas.

Cuando alargo la mano, sin embargo, Christian me detiene con suavidad. Le miro con cara de cervatillo acusador y de paso me topo con la mirada de su madre, que sólo me sonríe y me tiende un plato antes de irse. El resto de las conversaciones en torno a la mesa han continuado su curso. Quizá nadie más me ha oído.

Crisis abortada. ¡Y tengo un plato con comida!

Excelente.

Huele delicioso. Veo chorizo y pimientos rojos asados, y verde, y perejil. Consigo controlarme hasta que el resto empieza a comer, para no dar más la nota.

Al poco regresa la señora Grey, con el ceño fruncido. Su marido ladea la cabeza para mirarla.

—¿Va todo bien?

—Otro caso de sarampión —suspira ella—. Un niño. El cuarto caso en lo que va de mes. Si la gente vacunara a sus hijos… —Menea la cabeza, luego sonríe—. Cuánto me alegro de que nuestros hijos nunca pasaran por eso. Gracias a Dios, nunca cogieron nada peor que la varicela. Pobre Elliot —dice mientras se sienta, sonriendo indulgente a su hijo. Elliot frunce el ceño a medio bocado y se remueve en el asiento—. Christian y Mia tuvieron suerte. Ellos la cogieron muy flojita, algún granito nada más.

Mia ríe alegremente y Christian pone los ojos en blanco. Yo los observo a todos sin dejar de zampar.

—Papá, ¿viste el partido de los Mariners? —pregunta Elliot aprovechando hábilmente la pausa.

La conversación se reconduce al béisbol. Christian parece sereno y relajado cuando habla con su familia. Se hace hasta extraño verle relajado en absoluto, como cuando pillas a alguien durmiendo sin querer.

Así que ahora tengo que ir a Georgia. Me pregunto, si me quedo allí, ¿el tarado podrá encontrarme? Ah, espera, que el objetivo no es que no me encuentre, sino apearme de esta historia. Y además allí vive mi madre. Ugh. Nada de quedarse en Georgia entonces.

Me meto otro trozo de pimiento en la boca, pensativa.

—¿Qué tal en vuestra nueva casa, querida? —me pregunta en ese momento la madre educadamente.

Bien, Ortiga, es tu oportunidad. Fase 1: caer bien a la madre.

Procuro componer la sonrisa menos psicótica posible.

—Genial —contesto—. Las mudanzas siempre son un incordio, pero es una casa muy cómoda, y muy céntrica.

Elogios, elogios. A la gente le gusta que le digan cosas buenas. ¿Sé algo de esta tía? No sé nada de esta tía.

—Muchas gracias por invitarme a vuestra casa, por cierto —intento salvar el silencio—. La comida está espectacular.

Reaparece la chica de las coletas para recoger los platos. El pelo le va barriendo rítmicamente los hombros con cada paso. Tiene pinta de hacer muchas cosquillas y no puedo evitar estremecerme de gustito mientras la miro fijamente.

—¿Has estado en París, Ortiga? —me pregunta entonces Mia, sacándome de mi ensimismamiento.

—Sí, viví allí un año —contesto.

—Nosotros fuimos de luna de miel a París. —La señora Grey sonríe a su esposo, que le devuelve la sonrisa.

—Es una ciudad preciosa —coincide Mia—. A pesar de los parisinos. Christian, deberías llevar a Ortiga a París —afirma rotundamente.

Abro la boca para insistir en que ya conozco la ciudad, pero no me da tiempo a decir nada.

—Me parece que Urtica preferiría Londres —dice Christian con dulzura.

Me pilla con la guardia baja y no atino a esconder la cara de sorpresa a tiempo.

Eh… ¿no?

Agarro la copa de vino para intentar disimular.

No seas borde delante de la familia, Ortiga. Recuerda tu misión.

—En realidad Urtica prefiere sitios cálidos y sin lluvia —musito muy por lo bajini mientras me mojo los labios.

Christian me lanza una mirada de reojo. Me ha oído. Le miro. Doy otro sorbo al vino. Tengo calor.

Vuelve la de las coletas con el siguiente plato, moviendo mucho las caderas.

¡Carnaza! Cómo se lo montan estos ricos.

Sirve los platos y se marcha, aunque me da la sensación de que se queda un rato incómodamente largo entre mí y mi acosador. Quizá la estoy mirando muy fijamente, porque se vuelve también a mirarme con expresión intrigada. Yo sigo bebiendo sin romper el contacto visual. Le sonrío y ella se sonroja e inicia retirada.

Qué chica tan encantadora.

—¿Qué tienen de malo los parisinos? —le pregunta Elliot a su hermana—. ¿No sucumbieron a tus encantos?

Centro mi dispersa atención en ellos.

—Huy, qué va. Además, monsieur Floubert, el ogro para el que trabajaba, era un tirano dominante.

Doy un saltito en el asiento.

—¡Anda! ¡Cómo vuestro he…!

Christian corta mi emoción a mitad de frase con un codazo que hace que mi bebida se tambalee y el líquido me lama los nudillos. Varias personas hacen movimientos de sorpresa, en mi dirección o en la contraria.

—¡Ortiga! ¿Estás bien? —pregunta la hermana con preocupación.

—Me parece que Urtica ya ha bebido suficiente —indica Christian con voz dura y enfadada.

Me quita la copa con delicadeza de entre los dedos. Yo la dejo escapar mientras carraspeo.

—Que eso sea cierto no quiere decir que puedas tomarte estas libertades —le devuelvo yo con voz animada pero serena.

Hay un par de jadeos de respuesta alrededor de la mesa y un instante de silencio helador. Entonces la hermana empieza a reír con su voz cantarina y Kate se le une. Elliot deja escapar un silbido de apreciación.

—Parece que has encontrado a alguien capaz de ponerte en tu sitio, hermano —dice el enorme novio de mi compañera de piso.

—Christian, cariño —le dice entonces su madre—, Ortiga tiene razón: tienes que ser más respetuoso.

El aludido tiene la cara roja en un explosivo cóctel de vergüenza y furia contenida. Yo le sonrío con cara angelical. La hermana sigue riendo.

—¿Comemos? —interviene entonces el padre, tal vez intentando diluir la tensión.

Empuño mis cubiertos con emoción. El resto me imitan. Ternera con dulicioso boniato asado, zanahoria, calabacín y judías verdes: como para no imitarme.

La conversación vuelve a fluir entre los Grey, cálida y afectuosa, bromeando unos con otros. Durante el postre, una mousse de limón que está sorprendentemente buena y fresquita a pesar de ser dulce.

La hermana nos cuenta anécdotas de París y, en un momento dado, empieza a hablar en perfecto francés. Todos se me quedan mirando y ella se queda un tanto perpleja cuando le contesto en el mismo idioma, entusiasmada de tener a alguien con quien practicar. Elliot habla largo y tendido de su último proyecto arquitectónico, una nueva comunidad ecológica al norte de Seattle.

Al final, observo con los labios fruncidos cómo la madre y la hermana recogen las copas del postre y se dirigen a la cocina mientras que los señoros se quedan hablando despreocupadamente con Kate de las ventajas del uso de paneles solares en el estado de Washington.

—¿No deberías ayudar a tu madre y a tu hermana a recoger? —le suelto a Christian con toda la intención.

—¿Quieres que te enseñe la finca? —me pregunta él a su vez.

Ya está otra vez ignorándome. Este trama algo.

Sonríe ante mi cara de malas pulgas, pero antes de que yo pueda negarme abiertamente ya me ha cogido del codo y casi me arrastra fuera del comedor. Me lleva por el pasillo hasta la cocina, donde su madre y su hermana cargan el lavavajillas. A la chica de las coletas no se la ve por ninguna parte.

—Voy a enseñarle el patio a Urtica —le dice Christian inocentemente a su madre.

Objetivo a la vista.

—¿No necesitáis que os ayudemos? —pregunto yo rápidamente, sacudiéndome sin miramientos de la zarpa de su hijo para acercarme al fregadero.

—Oh, no, querida —niega con una sonrisa amable—. Mia y yo lo tenemos controlado. Salid a dar un paseo.

Y allá se va mi plan. Adioos.

Suspiro con resignación y miro a Christian que ya me sostiene la puerta abierta con cara de lobo satisfecho para que yo salga primero.

—Pero volveré —coreo a Terminator por lo bajini mientras paso junto al tarado.