Salimos a un patio de losa gris iluminado por focos incrustados en el suelo. Hay arbustos en maceteros de piedra y una mesa metálica muy elegante. Sigo a Christian hasta un tramo de escalones que hay al otro lado y que yo no había visto, y subimos a una amplia extensión de césped que llega hasta la bahía.

—¡Guaaa! —jadeo, impresionada.

Al final de la oscura extensión de hierba frente a mí hay una caseta y la sombra de un embarcadero en el que hay silueteados dos barcos. Seattle y su reflejo en el agua centellean en el horizonte y la luna dibuja un resplandeciente sendero plateado sobre el océano.

El mar. ¡El mar!. ¡EL MARRRR!

Doy un paso tentativo hacia adelante y extiendo los brazos en cruz. Respiro hondo parar llenarme los pulmones de aire fresco. Huele a salitre y a hierba cortada.

Con dos pasos más he salido del cerco de luz de la mansión. Doy dos vueltas sobre mí misma con los ojos cerrados y la garganta llena de risa. Tengo la piel de gallina.

De pronto Christian me coge una mano y comienza a tirar de mí hacia adelante. Avanzo unos cuantos pasos intentando recuperar el equilibrio y el sentido de la dirección en la oscuridad.

—¡Eh! —le jaleo.

—Baja la voz —gruñe dando otro tirón de mi mano.

Tus muertos.

—¿Adónde me llevas?

—Al embarcadero —espeta.

Una rápida sucesión de escenas de embarcaderos y casetas de embarcaderos en películas de miedo pasa frente a mis ojos.

Y está enfadado por algo. Grey, digo.

Cansino de las narices.

—Suelta —le advierto.

Me agarra con mucha fuerza mientras sigue tirando de mí sin inmutarse.

—No —contesta con sequedad.

¿Qué no?

Hincho los carrillos.

Te vas a cagar.

Me dejo caer al suelo a plomo. Mi «¡ay!» y su «¡¿pero qué?!» se solapan en el rumor nocturno de las olas cuando casi consigo dislocarme el brazo. Nuestro avance, eso sí, se detiene en el acto.

Mmm. Qué bien huele esta hierba.

Restriego disimuladamente la mejilla contra el suelo mullido bajo mi cara.

Le oigo volver a gruñir en la oscuridad y a continuación se inclina sobre mí. Uno de sus brazos pasa por debajo de mis piernas.

Buena suerte con eso, amigo.

Dejo todo el cuerpo muerto, concentrándome en pesar lo máximo posible y con el centro de gravedad lo más cerca del suelo. Su primer intento se lleva una sorpresa. No soy tan ligera como podría parecer para la estatura que tengo.

¡Ja!

—Recuerda usar las piernas, no la espalda —le recomiendo.

Separa un poco los pies y me levanta, pero permanece en cuclillas, tal vez pensando su próximo movimiento.

—¿Cómo…? —intenta, quizá buscando alguna manera de no sonar descortés.

—¡Esto son 70kg. de puro músculo —y chocolate—, campeón!

Bueno, puro, puro, no. Con leche.

Me revuelvo. De forma totalmente accidental y nada planeada, mi codo impacta contra algo duro que suelta un alarido lastimoso y caemos al suelo. Grey, con varios quejidos de dolor, yo, sobre blandito. Ruedo para quitarme de encima, es posible que aplastándole la cara y un brazo en el proceso, no estoy segura, y sigo croqueteando pendiente abajo cuando siento la hierba bajo mi cuerpo.

—¡Wiiiii! —coreo alegremente, sin parar de reír mientras doy vueltas.

Me detengo, sin aliento, cuando empiezo a notar que me estoy mareando. Lo cual, siendo sinceros, no es lo que se dice muy lejos. Me quedo tumbada bocarriba sobre el césped, los brazos en cruz bajo las estrellas.

Christian renquea dolorido hacia mí. Es como mirar la alzada de un campanario, aquí tumbada. Sonrío y extiendo los brazos hacia arriba, agitando las manos con un maullido extasiado.

—Urtica —dice con su voz oscura y cabreada.

—¡Mau! —contesto yo muy convincentemente.

—Me has golpeado —acusa.

Ladeo la cabeza.

¿Eh?

No necesito luz para saber que tiene el músculo de la mandíbula como un cepo.

¡Oh!

—Pensaba que te gustaba que te zurrasen —se me escapa.

¡Ups!

Me llevo las dos manos a la boca. A él le retumba un gruñido ultraprofundo en el pecho. Aunque suena terriblemente parecido a un rugido de tripas.

No sé si será el alcohol, las vueltas o la noche. O el Axe.

Se hace un momento de silencio. Yo intento muy, muy fuerte no reírme.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Me retuerzo sobre el suelo y pataleo con ambos pies.

Para cuando consigo recomponerme y volver a alzar la vista, Christian ha desaparecido. Me doy la vuelta y me incorporo sobre los codos. Le veo bajar a largas zancadas lo que queda de césped hasta la casita del embarcadero.

—Vaya. — Apoyo la barbilla en una mano—. ¿Se habrá enfadado?

Asomo con precaución la cabeza al interior. Una lancha motora se balancea suavemente en el muelle bajo la luz asépticamente blanca de varios fluorescentes. Todavía pensando en Jason y su motosierra, levanto la cabeza hacia los tubos y siseo cual vampiro mientras me cubro los ojos.

Entro en la casita con paso vacilante, una mano haciendo visera.

—¿Hola? —llamo.

No le veo por ninguna parte.

No es como si fuese un sitio muy grande. ¿Dónde se habrá metido?

Me acerco a la lancha sobre el muelle flotante y echo un vistazo al interior con curiosidad.

—Shiny —admiro por lo bajini.

—¿Te gustaría aprender a manejarla? —pregunta la voz de Grey a mi espalda.

Me giro. No hay nadie.

Y ahora oigo voces.

—Lo que me faltaba —resoplo.

—¿Urtica?

Christian se asoma desde la barandilla de un piso superior de cuya existencia no me había percatado.

—¡Ah! Que sí que estás. —Le señalo encantada.

Él levanta una ceja.

No preguntes.

—¿Qué haces ahí arriba?

—Necesitaba pensar.

—¿Sobre qué?

—Ya sabes sobre qué —susurra furioso.

Pongo cara de embudo.

—Ah… ¿No?

—Sube —me ordena.

Lanzo una rápida ojeada a la estancia. Las escaleras están en una esquina. La barca se balancea a mi espalda en el agua oscura. No se oye ninguna motosierra de momento. Considero mis opciones.

—Estoy bien aquí abajo. —Sonrío con muchos dientes.

Aquí tengo una vía de escape. Una vía de escape que no sé pilotar. Eso lo hace todo mucho más emocionante. ¿Qué podría salir mal?

Él achica los ojos oscuros.

Bueno, también está la puerta, ahora que lo pienso.

Resopla y se aparta de la barandilla. Le pierdo de vista, pero oigo sus pasos en el piso de arriba y su sombra aparece en el hueco de las escaleras. Tiene que inclinarse un poco al bajar para no darse en la coronilla. Viene hacia mí y se detiene al inicio del pequeño muelle, antes de poner el primer pie en la madera.

Bien. Vuelta al plan de escape A.

Me mira.

—Me has golpeado.

Oh. Eso.

Pongo cara de disculpa.

—Perdona. En realidad ha sido sin querer. —Me acerco medio paso—. ¿Te he hecho daño?

Abre mucho los ojos.

—Me ha excitado.

Se hace un silencio.

Retrocedo el medio paso que había avanzado.

—Bueno. Ha estado bien que te fueras, entonces —concluyo al cabo de un momento, me rasco la nuca—. ¿Ya te has calmado?

Me sigue mirando. Cambio de pie el peso.

Bueno… ¿nos vamos?

—Estoy furioso —añade al fin, y cierra los puños—. Estoy furioso porque no me habías contado lo de Georgia. Estoy furioso por lo del hombre ese de tu trabajo del que no me habías hablado. Y estoy furioso y excitado porque me has golpeado.

Más silencio.

—Ah. Pues… Igual deberías volver arriba, entonces —sugiero parpadeando despacio—, ¿a calmarte otro poco?

Le brillan los ojos peligrosamente.

Comienzo a tantear disimuladamente con un pie el borde del embarcadero para calcular donde está el bote, todo esto manteniendo mi cara de conejo inocente.

A las más malas, si no sé encender el cacharro, puedo tirarlo a él por la borda y salir por piernas.

—¡Christian! —nos llega una llamada cantarina desde el exterior.

Me quedo muy quieta, el pie estirado. Christian lanza una mirada por encima del hombro y me arquea un ceja.

—Siempre tan oportuna. Dios, qué pesadita es cuando quiere.

Recojo mi pie.

—Estamos aquí dentro, Mia —le grita él—. Bueno, señorita Dioica, salvada por la campana, parece —me dice en voz baja.

—Si yo fuera usted, me preocuparía por mí mismo, señor Grey. Su actitud es totalmente injustificada.

—¿Injustificada? Me has golpeado —repite por enésima vez.

Se esfuerza por parecer ofendido, pero se le está afilando la sonrisa.

Frunzo los labios.

—Ya no me arrepiento.

Ahora mismo te daría felizmente un puñetazo, la verdad. O, bueno, mejor no.

Ladea la cabeza y me sonríe mientras su hermana irrumpe ruidosamente en la caseta. Y entonces me acuerdo.

—¡Amarillo! —exclamo.

Jolín, no se me pueden olvidar cosas destinadas a salvarme la vida.

—Ah, aquí estáis —dice Mia sonriéndonos—. ¿Qué pasa con el amarillo?

Christian me lanza una mirada homicida.

—Es el color que a Urtica le gustaría para la lancha que voy a regalarle —dice con toda la naturalidad.

—¡¿Qué?! —me espanto.

Me tiende una mano, que yo ignoro. La hermana se encoge de hombros.

Comprar lanchas debe de estar a la orden del día en esta familia.

—Kate y Elliot están a punto de marcharse. ¿Habéis visto a esos dos? No paran de sobarse. —Se finge asqueada, mira a Christian y luego a mí—. ¿Qué habéis estado haciendo aquí?

—Buena pregunta —mascullo mirando al tarado y la sana distancia de dos metros que nos separa.

—Le estaba enseñando a Urtica cómo funciona la lancha —contesta él sin pensárselo un segundo, con cara de póquer total—. Vamos a despedirnos de Kate y Elliot.

Bueno, supongo que es lo más cercano a la realidad que puede decir sin que nadie le meta en la cárcel. Aunque eso sería un plan a considerar.

Me hace un gesto con la mano que me había tendido para instarme a que eche a caminar.

—Continuaremos esta conversación, Urtica, y pronto —me amenaza al oído cuando paso por su lado.

—No necesito aprender a conducir ninguna lancha, gracias —le contesto sin bajar la voz, y echo a caminar detrás de la hermana.

De vuelta en la casa, Kate y Elliot se están despidiendo del señor y la señora Grey. Kate me da un fuerte abrazo.

—Tengo que hablar contigo de lo de intentar cabrear al tarado —le susurro furiosa al oído, y ella me abraza otra vez.

—Le viene bien un poco de hostilidad; así se ve cómo es en realidad. Ten cuidado, Ortiga… es demasiado controlador —me susurra—. Te veo luego.

TENDRÁ MORRO. ¡CONSEGUIRÁS QUE ME MATEN!

Los despedimos desde la puerta, y Christian se vuelve hacia mí.

—Nosotros también deberíamos irnos… Tienes las entrevistas mañana.

Coño, y ¿tú cómo sabes eso? Desde luego, quién necesita una agenda pudiendo tener a un acosador.

La hermana me abraza cariñosamente cuando nos despedimos.

—¡Pensábamos que nunca encontraría una chica! —comenta con entusiasmo.

¿Se escondían de él? Tendría todo el sentido.

—La gente también puede ser feliz siendo soltera —mascullo—, o gay —añado también más bajito, pero ella ya me ha soltado y no parece que me haya oído mientras le cede el puesto al siguiente.

—Cuídate, Ortiga, querida —me dice amablemente la madre.

Christian, avergonzado o frustrado por la efusiva atención que recibo del resto de los Grey, me coge de la mano y me acerca a su lado.

—No me la espantéis ni me la miméis demasiado —protesta.

De espantarme ya se encarga él.

—Christian, déjate de bromas —lo reprende su madre con indulgencia y una mirada amorosa.

Él se inclina y la besa con cierta rigidez en la mejilla.

—Mamá —dice también muy amorosamente.

El padre se me acerca entre tanto.

—Señor Grey, gracias por todo.

Le tiendo la mano, pero la esquiva y también me abraza.

—Por favor, llámame Carrick —dice mientras me estrecha y yo atino a devolverle el gesto muy torpemente—. Confío en que volvamos a verte muy pronto, Ortiga.

Terminada la despedida, Christian me lleva hasta el coche, donde nos espera Alfred.

¿Habrá estado esperando ahí todo el tiempo? ¡¿Habrá cenado?!

Le miro con compasión mientras barajo la posibilidad de ir a buscarle algo de comer a la cocina.

Me abre la puerta y entro en la parte trasera del coche. Me derrumbo sobre el asiento, notando cómo por fin se me relajan los hombros.

Dios. Cuantísima interacción social y contacto físico.

Tras una breve conversación con su mayordomo, Christian se sube al coche a mi lado. Se vuelve para mirarme.

—Bueno, parece que también le has caído bien a mi familia —murmura.

¿También? ¿Me ha presentado a alguien más?

Intento hacer memoria.

—¿Qué? —pregunta en voz baja.

A lo mejor se refiere a «tú también, además de Kate».

—¿Pensabas que le caería mal a tu familia? —le pregunto con incredulidad.

Si yo siempre le caigo bien a todo el mundo. Soy adorable.

—¿O me has traído porque tu hermano traía a alguien y tú también tenías que traer a alguien?

No le veo la cara en la oscuridad, pero ladea la cabeza, sobresaltado.

—Urtica, me encanta que hayas conocido a mis padres. ¿Por qué eres tan insegura? No deja de asombrarme. Eres una mujer joven, fuerte, independiente, pero tienes muy mala opinión de ti misma.

¿Cómorr? ¿En qué universo tengo yo mala opinión de mí misma? Cariño, cómo se nota que no oyes mi monólogo interno. Soy adorable. A-DO-RA-BLE.

El problema aquí eres tú.

—Si no hubiera querido que los conocieras, no estarías aquí —continúa—. ¿Así es como te has sentido todo el rato que has estado allí?

—No. —Me encojo de hombros—. La verdad es que se me acaba de ocurrir.

Me rasco la barbilla.

—Ah. Y, por cierto: no que te deba explicaciones de ningún tipo…

Porque además ni siquiera hemos firmado todavía contrato alguno, así no es como si me hubiese comprometido formalmente a nada en absoluto.

—… pero lo de Georgia, aunque hubiese querido, no te lo habría podido contar porque se me había hasta olvidado.

—¿Quieres ir a ver a tu madre?

Querer es sin duda estirar el término hasta el límite de su resistencia, pero parece ser que en esta historia tengo que ir, así que habrá que apencar.

—¿Supongo? —contesto.

Me mira con una expresión extraña.

—¿Puedo ir contigo? —pregunta al fin.

¿Qué? NO.

—Eh… no creo que sea buena idea —digo comedidamente.

—¿Por qué no?

Mierda.

—Confiaba en poder alejarme un poco de…

De ti.

—De toda esta…

De ti.

—… intensidad.

¿Intensidad? WTF, Ortiga.

—Para poder reflexionar —añado—. Lo del contrato. Y nuestra amistad.

Y tus idas de olla.

—Y eso. —Asiento convencidamente con la cabeza.

Se me queda mirando.

—¿Soy demasiado intenso?

Estás para que te encierren, colega.

—Es una forma de ponerlo —cacareo y suelto una risita de falsete.

A la luz de las farolas que vamos pasando, veo que tuerce la boca.

—¿Se está riendo de mí, señorita Dioica?

—No me atrevería, señor Grey —le respondo con seriedad de conejo.

—Me parece que sí, y creo que sí te ríes de mí, a menudo.

Oh. Creo que está intentando bromear. Eso está bien.

—Es que eres muy divertido.

Eso. Tú halágale.

—¿Divertido?

—Oh, sí. —Asiento mucho con la cabeza.

—¿Divertido por peculiar o por gracioso?

—Uf…

¡Peligro! ¡Peligro!

—Te dejo que lo adivines tú —concluyo con precaución.

Mejor.

—No estoy seguro de poder averiguar nada contigo, Urtica —dice socarrón, y luego prosigue en voz baja—: ¿Sobre qué tienes que reflexionar en Georgia?

—Sobre…

Joder, si yo no sé improvisar.

—Sobre lo nuestro —susurro con un hilo de voz culpable.

Me mira fijamente, impasible.

—Dijiste que lo intentarías —murmura.

—No —acoto—. Tú dijiste que lo intentarías.

—¿Tienes dudas?

Tengo certezas. Muchas.

—Puede.

Se revuelve en el asiento, como si estuviera incómodo.

—¿Por qué?

Madre mía. Se me ha echado encima como si esto fuera un examen. ¡Que yo no sé improvisar! ¿Qué le digo? Porque estás de la olla. Porque claramente no sabes lo que es relacionarte con personas sin follártelas.

Miro un instante por la ventanilla. El coche vuelve a cruzar el puente. Los dos estamos envueltos en oscuridad.

Porque no sabes relacionarte con personas sin arrearlas o que te arreen. Y yo no pienso pasar ni por una cosa ni por la otra.

—¿Por qué, Urtica? —me insiste.

Porque se te pira la pinza cada dos por tres y te coges berrinches de niño de tres años. Solo que no tienes tres años, tienes… muchos más. Y eres mu' grande y yo no estoy tan loca como para no tenerte un saludable respeto.

Continúa mirándome fijamente.

—Háblame, Urtica. No quiero perderte. Esta última semana…

Bueno, y ahora se me va a poner paleto. Verás.

Estamos llegando al final del puente y la carretera vuelve a estar bañada en la luz de neón de las farolas, de forma que su rostro se ve intermitentemente en sombras e iluminado.

Se hace un silencio.

Bueno, parece que no se va a poner paleto. Menos mal.

—Tu rollo sigue siendo muy chungo —termino diciendo—. Y ya te he dicho que ni de blas.

—Lo sé —dice—. Lo intentaré.

Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes, ¡pequeño padawan! Bueno, en realidad, hazlo, diablos, ¡hazlo!

—Por ti, Urtica, lo intentaré.

Y se nota que lo dice con toda su sinceridad y buena fe. Pero sigue sin ser garantía de nada.

Esta historia me está proporcionando unos cuantos días a distancia del tarado, y no seré yo quien le diga que no a semejante lujo.

Extiende un brazo sobre el pedazo de asiento que nos separa.

—Quédate conmigo esta noche —me dice—. Si te vas, no te veré en toda la semana. Por favor.

—Yo también lo intentaré —contesto esquivando su petición—. Firmaré el contrato.

Y me largaré de este sitio. AJAJAJAJA.

Me mira fijamente.

—Firma después de Georgia. Piénsatelo. Piénsatelo mucho, nena.

—Lo haré. Eh… —carraspeo, miro hacia ambos lados—. Nene.

El resto del trayecto transcurre en silencio, y la oscuridad confabula contra mí. Solo el hecho de saberme observada me mantiene los ojos abiertos y redondos como dos pomelos.

—Ya estamos en casa —murmura Christian al cabo de lo que parece una década.

Levanto la cabeza de golpe, demasiado cansada como para tener cien por cien claro si sigo sentada o me he tumbado. Mi puerta se abre y veo la cara del mayordomo. Con esfuerzo infinito, consigo arrastrar las piernas hacia el exterior y murmuro un gracias.

Una vez fuera del coche, Christian me escudriña.

¿Y ahora qué? Tengo demasiado sueño para tonterías. Quiero mi cama.

—¿Por qué no llevas chaqueta?

Se quita la suya, ceñudo, y me la echa por los hombros.

—No tengo frío —contesto con un inmenso bostezo.

Me sonríe maliciosamente.

—¿Cansada, señorita Dioica?

—Sí, señor Grey. —Me quito la chaqueta y la doblo cuidadosamente—. Hoy me han convencido de que hiciera cosas que jamás había creído posibles.

—Bueno, si tienes muy mala suerte, a lo mejor consigo convencerte de hacer alguna cosa más —promete mientras me coge la chaqueta doblada de la mano.

Igual en tus sueños.

—Si tengo muy, muy mala suerte. —Vuelvo a bostezar.

No se puede tener tan mala suerte. Espero.

Me tiende un brazo a lo caballero victoriano y, por inercia y sueño, le pongo la mano encima. Echamos a caminar. Es entonces cuando veo dónde estamos.

—Un momento —carraspeo deteniéndome—. Esta no es mi casa.

—Dijiste que te quedarías conmigo esta noche —susurra, de pronto tiene una cara infinitamente sorprendida, y triste.

Uuuuuy. Va a ser que no, colega.

—Nope.

Me fijo en que le tengo cogido el brazo y me suelto. Miro otra vez a mi alrededor, muy confusa.

—Segurísimo que no dije tal cosa.

Y si me quedé dormida y lo dije en sueños, no es vinculante.

—Es tarde… —comienza, suplicante.

—No vivo lejos. No te preocupes. —Echo un vistazo por encima del hombro a la calle desierta—. Err… Llamaré a un taxi.

Meto una mano en las profundidades de mi bolsillo en busca del móvil.

¿Tengo el número de alguna compañía de taxis?

Atino a encender la pantalla de la Blackberry, pero los números del reloj del salvapantallas se ven extrañamente borrosos. Inclino la cabeza hacia adelante, intentando concentrarme.

—Si no te vas a quedar —Le oigo claudicar, desilusionado—, al menos deja que Taylor te lleve a casa.

Giro la cabeza en su dirección y entrecierro los ojos para mirarle evaluadoramente.

¿Quién es Taylor?

—Me quedaré más tranquilo —añade.

Alfred aparece a mi lado.

Bueno, si me lleva el chófer, me ahorro el dinero. Además, a la frambuesa le pasa algo: no consigo leer nada.

—Está bien —le concedo magnánimamente, y me vuelvo hacia el chófer—. Gracias.

—Un placer, señorita Dioica —dice el hombre con formalidad.

Vuelvo a guardarme el móvil en el bolsillo

¿Yo no tenía una misión hoy? Mmm. No me acuerdo. Bueno, ya será mañana.

Me vuelvo hacia Grey de nuevo, un paso de más en la maniobra con precario equilibrio. Le veo hacer un movimiento instintivo en mi dirección en reacción a mi traspié.

—Pues… ¡Adiós! —Sonrío como una ovejita, balanceándome solo ligeramente sobre las plantas de los pies.

Alfred vuelve a abrir la puerta trasera del coche a mi espalda. Christian tiene ahora el ceño fruncido. Y la boca muy fruncida también.

Podría pellizcarle los labios por las comisuras y se le pondría boca de pato. Jeje.

—Urtica —comienza.

—Buenas noches —canturreo bajito.

Me doy la vuelta. Parpadeo. Y de repente hay dos cosas que están en un sitio inesperado: las manos de Christian en mis brazos y la acera incomprensiblemente cerca de mi cara. Parpadeo otra vez. La acera sigue ahí.

—Uhm…

—Urtica. —Su voz es firme ahora. La acera se aleja un poco—. Finalmente sus servicios no serán necesarios. —Se escucha un chasquido—. Puede retirarse.

—Sí, señor —contesta la voz del mayordomo.

Solo me doy cuenta de mi propio grado de inclinación cuando veo la puta de un zapato negro pasar de largo por la periferia de mi visión.

—¿Me he caído? —mascullo con voz amodorrada.

Intento levantar la cabeza. No estoy en el suelo. Grey sigue sujetándome los brazos.

—No —replica él con voz seca por encima de mí—. Aunque sin duda ha sido un gran intento.

No me da tiempo a agradecer el reconocimiento a mis esfuerzos antes de que una de sus manos pase por detrás de mis rodillas mientras el otro brazo me alza hábilmente por debajo de los hombros. Está claro que esta vez sí que usa las rodillas, pero tampoco me da tiempo a admirar su rápida pericia porque precisamente la rapidez de la pericia me vuelve el oído interno del revés.

Me trago un grito de aire al tiempo que se me contrae todo el cuerpo. No sé qué habrá sido del suelo, pero sea como sea ahora mismo debe de estar terriblemente lejos, porque hay un hombro clavándoseme en el esternón. Me hago una bola sobre mí misma y le hundo los dedos en la espalda con toda la fuerza que tengo, desesperada por conservar algo inmóvil en el mundo mientras la ola me pasa por encima.

En clase de Educación Física yo era esa persona que, cada temporada, se lanzaba con férrea determinación sobre la colchoneta. Hacía la voltereta, clavaba grácilmente los pies juntos para que el impulso me pusiera en pie con los brazos extendidos cual gimnasta, y el momentum me tiraba de costado sin que mi cerebro tuviera la más remota idea de dónde era arriba o abajo durante los siguiente cincuenta segundos. Al cabo de cierto número de años, mi profesora aprendió a no entrar en pánico al respecto y buscarme lesiones cervicales. En fin, casi todo puede conseguirse con la práctica.