Estrujo la sábana entre los dedos y la subo un poco más para poder hundir la cara en ella. Se está calentito.
Huele…
Huele a algo verde oscuro y gris, ronco. No huele como mi cama.
Frunzo el ceño.
Algo caliente y pesado aparece sobre mi brazo y se curva contra mi nuca. Me roza el cuello por debajo de la oreja. Hay un retumbar bajo que me vibra en las costillas.
Retuerzo más las sábanas y restriego la mejilla contra ellas.
Están más calientes que yo.
Y no huele a mi cama.
Me remuevo un poco sobre el colchón, acercándome instintivamente a la fuente de calor cercana.
Las sábanas vuelven a lanzar otro gruñido profundo. Mi ceño se arruga más.
Mi cama no hace eso.
Entreabro los ojos un poco. Es un esfuerzo titánico y muy poco recompensado. Lo único que veo es la tela arrugada frente a mis ojos. Está muy oscuro. No puedo llevar mucho rato durmiendo.
Intento girar la cabeza para tener un mejor ángulo de visión. Es entonces cuando las sábanas se mueven, y vuelven a gruñir.
Definitivamente, mi cama no hace eso.
Con los ojos ya muy abiertos y la boca hacia abajo como un pez, sigo girando la cabeza a cámara lenta hacia el lado libre.
Mi cama no tiene columnas. Que yo recuerde.
El peso sobre mi brazo se hace cepo a mi espalda, estrujándome un poco hacia adelante. O quizá son las sábanas las que se acercan. No lo sé seguro.
—Sigue durmiendo —murmura una respiración sobre mi pelo, el sonido vibrándome bajo las manos enredadas en la tela.
Me quedo muy quieta.
Poco a poco, como si tuviera que abrirse paso a empellones por entre el retumbar de la sangre en mis oídos, mi cerebro empieza a repasar las últimas imágenes almacenadas de la noche anterior.
Abrazos. Vino. Carnaza. Más vino. Boniato. Hierba. Hierba rodando. Caseta del embarcadero. Jason. Más abrazos. Coche. Sueño. Vértigo. Vértigo. Vértigo…
Oh.
Puede que haya pasado un minuto. O dos. O cinco. La respiración bajo mis manos ha vuelto a hacerse profunda.
—AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH
Empujo, pataleo, ¿muerdo?, creo que muerdo y, finalmente, entre el lio de tela y brazos y piernas y otras partes del cuerpo que seguro que no quiero mencionar, me lanzo hacia atrás sobre el colchón traicioneramente cómodo sobre el que he estado durmiendo.
De forma esperable, aunque no por ello menos sorprendente, el colchón traicioneramente cómodo acaba desapareciendo bajo mis manos. Caigo hacia atrás, realizo una muy impresionante media voltereta que me deja completamente fuera de juego durante unos segundos, y acabo sentada de culo con las piernas estiradas en uve por delante de mí. El suelo demasiado mullido delata una moqueta.
Se hace una luz sobre la mesilla de noche del otro lado de la cama al mismo tiempo que se abre la puerta del cuarto en algún punto a mi espalda. No necesito girarme a mirar para que de algún lugar de mi acelerado cerebro surja la convicción de que es Alfred. No podría girarme a mirar ni aunque quisiese en este momento.
Grey está de rodillas sobre el colchón. Despeinado, pálido, con cara de susto. La camisa blanca, arrugada.
Sin pantalones.
Se escucha un latido de quietud absoluta.
—AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH
El mayordomo, haciendo gala de su entrenamiento ninja, me atrapa hábilmente por la cintura cuando me lanzo de un salto hacia la cama, los dientes al descubierto y las uñas por delante.
Me meso los pelos contra el cráneo con ambas manos mientras sigo dando vueltas sobre mis propios pasos en el enorme cuarto de baño. Puedo escuchar voces al otro lado de la puerta.
—Si me lo permite, le dije que no era una buena idea. Señor.
—Gracias. Taylor. —Vuelven a llamar a la puerta—. Urtica, abre. Por favor.
Me paro en seco.
—¡Y una mierda!
Tengo los pies fríos. El suelo está frío. Tengo los pies fríos porque el puñetero suelo de baldosín está frío y ¿dónde están mis puñeteros calcetines? Me quedo mirándome los deditos de los pies.
Los zapatos y los calcetines son, gracias al cielo, lo único que no está en su sitio, pero ya es afrenta suficiente.
—Urtica. —Llama de nuevo.
—¡Antes abriría la ventana! —le grito apretando los puños—. ¡Devuélveme mis calcetines, puto pervertido!
De hecho, me acerco a la ventana oscura.
—Urtica —continúa Christian desde el cuarto—, sé razonable, estamos en la planta 30.
Tristemente, tal y como sucede con el resto de ventanas de esta casa, no tengo ni pajolera de cómo se abre.
Ahí se va una idea.
El picaporte vuelve a traquetear, y mi cabeza se gira con un latigazo en dirección al sonido, pero el pestillo sigue en su sitio. La silla que he usado como doble pestillo de seguridad también sigue en su sitio.
Sí. Había una silla. Una tiene que usar todos los recursos disponibles: primera regla de la supervivencia extrema.
Oigo un resoplido amortiguado por la madera y le saco el dedo medio.
—Ya puede marcharse, Taylor —se oye algo más lejos—. Todo está controlado —insiste tras una pausa incómodamente larga.
Aun tardo un momento en escuchar el lejano cerrarse de la puerta del cuarto.
Me giro hacia el lavabo y me miro al espejo, las manos planas sobre el mármol. Tengo el pelo como un nido de cuervos y cara de asesinato abortado. Me sienta bien.
El baño es enorme. Hay una bañera de hidromasaje tamaño jacuzzi junto a la ventana oscura, un armario alto y estrecho, una balda repleta de botes de diferentes colores y tamaños, toallas pulcramente dobladas y apiladas en unos escalones en la pared. Encojo los deditos de los pies sobre el suelo frío.
—Urtica —Siguiente intento—. ¿Vas a salir?
—¡No!
Voy a la bañera, pongo el termostato a 40º y abro el grifo al máximo.
Y a la mierda.
El baño está caliente y perfumado, lleno de vapor denso de lavanda y cítrico. El interruptor de la luz se puede graduar, porque en las casas ultras pijas todo está pesado, así que he puesto una fantástica casi penumbra. Solo me faltan velas. Es un lujazo y yo casi me quedo completamente roque ahí mismo, dentro del agua.
Bueno, sería más sencillo si alguien que yo me sé
—¡dejase de intentar abrir la puerta! —le grito asomando la cabeza sobre el borde de la bañera.
El pomo traquetea un poco más.
—Urtica —Se escucha un golpe blando contra el suelo, un jadeo, la sombra de sus pies baila bajo la puerta—, no es así como tenía previsto que fuera esta noche —masculla malhumorado.
—Ni tú ni nadie —rezongo yo.
Vuelvo a hundirme en el agua y soplo a las burbujas para que se reordenen y no se me metan en la boca.
Suspiro.
El traqueteo continúa.
No me voy a poder relajar así.
De pronto se escucha un chasquido metálico. Una exclamación de triunfo. Mis ojos de pomelo. Un espasmo agudo en la superficie de agua. Las patas de la silla-barricada chirrían dos centímetros sobre el suelo de baldosín. Un juramento.
Mierda.
Los brazos pegados al cuerpo.
Asomo la nariz por el borde de la bañera, ambas manos aferradas a la cerámica blanca.
—¡¿Ocupado?! —intento, las cejas muy altas.
—¡Urtica, abre la puerta!
Vuelve a embestir la madera.
—¡Que te vas a cargar la silla, animal! —le grito sacando un brazo chorreante sobre el enlosado.
El crujido es memorable y así cae con honores la última línea de defensa.
Christian aparece en el umbral. Se ha puesto una especie de pantalón de pijama ancho que parece que se le vaya a caer al suelo si se mueve demasiado. Lleva la camisa desabrochada y el pelo pegado al cuello.
Sonrío con mofletitos.
Pues al menos le he hecho sudar. Y la bañera ya está ocupada. Que se joda.
Parece que a su cerebro le cuesta un momento decodificar la situación, la luz tenue, el aire cargado. Entonces me ve. Su mirada de furia se funde en sorpresa y, lentamente, la comisura de la boca le empieza a tirar hacia arriba. Cambia la postura.
Oh, oh.
Se le va a caer el pantalón.
Me hundo un poco hasta que solo mis ojos quedan sobre el borde de cerámica.
Con la silla a sus pies le falta un látigo para completar la imagen de domador de leones de circo.
O un aro en llamas.
Intento visualizar la imagen con más detalle.
El fuego mola. Le daría así como más caché.
Grey sortea los restos de mi barricada con sonrisa depredadora.
Necesitaríamos comprarle ropa de su talla. Y un león.
—Si quieres, puedes usar mi bañera —me dice en un suave tono burlón.
Ladeo la cabeza, confusa durante un momento.
—¿Cómo?
—La bañera —Su sonrisa se afila un poco más—, puedes usarla cuando quieras.
—¡Ah! Gracias —Sonrío sin levantar la cabeza ni un poquito del agua—. Lo tendré en cuenta. —Chasqueo la lengua—. Para cuando no estés en casa. Porque ya veo que lo de los pestillos no es suficiente indirecta.
Ni las sillas. Ni los gritos de que te largues.
Llega hasta mí y alarga un brazo para rozar la gruesa capa de espuma con la punta de los dedos.
Estiro la cabeza en la dirección opuesta con boca de pez, las cejas hacia abajo.
—Ahora estoy aquí —remarca con una sonrisa espeluznante.
—Me… he dado cuenta. —Mantengo su mano vigilada.
Soy extremadamente observadora, como puedes observar.
—Podríamos… —Sus dedos se van acercando sin disimulo a donde debería estar mi cuello por debajo del agua.
Ya no puedo inclinarme más hacia atrás sin que se me salte un tendón.
Y… se acabó el baño.
Esquivo su manaza con fluidez y me incorporo de rodillas, chorreando.
—O podrías pasarme una toalla —atajo.
No contesta.
Me paso una mano por la cabeza para escurrirme el pelo.
El silencio crece. Ladeo la cabeza para mirar a Grey. Su sonrisa se ha congelado en una mueca tirante en la mandíbula. Le levanto una ceja.
—¿Qué? —inquiero, impaciente.
El cuello de la camiseta se me pega a la clavícula. Por suerte, toda mi ropa es ya de por sí ancha, así que ahora no es más que un gurruño arrugado que me hace parecer una columna griega espiralada.
Él abre la boca, pero vuelve a cerrarla sin pronunciar sonido.
Creo que lo he roto.
Me apoyo con una mano en su hombro para estirarme hacia la balda de las toallas y engancho una. Él no reacciona.
Me seco la cara y un poco los brazos antes de salir torpemente de la bañera, los vaqueros chorréandome sobre los pies descalzos hasta encharcar la alfombrilla de baño. Grey se aparta, todavía boqueando ligeramente.
—Pero… —Mira a su alrededor—. ¿Qué…? —Se pasa una mano por el pelo—. ¿Por qué…?
Le devuelvo la toalla empapada como un puñetazo sobre el pecho.
—La bañera ya está libre. —Antes de que le dé tiempo de terminar de procesar la situación, yo sorteo la pobre y maltrecha silla, fiel hasta el final—. ¡Que lo disfrutes!
Cierro la puerta del baño a mi espalda y continúo chorreando agua sobre la moqueta de la habitación. La ventana sigue estando completamente negra de oscuridad.
—Veamos —mascullo llevándome el dedo índice a los labios—, si yo fuera mis zapatos, ¿dónde me habría escondido de Grey?
Me dejo caer de rodillas con un chapoteo y meto la cabeza debajo de la cama. Veo un calcetín. Extiendo una mano con esperanzas.
—Ven aquí, cariño.
Palmeo con los dedos extendidos hasta que noto la tela quantitativamente más suave que la moqueta. Me arrastro un poco más hacia adentro. Es negro y tan suave. Demasiado suave. No tiene pinta de ser mío.
—¿Y tú de quién eres, cariño? —le ronroneo con afecto—. ¿Te has separado de papá y de mamá?
Justo en ese momento comienza un rumor bajo que me hace pensar en el boloncio de piedra de la peli de Indiana Jones acercándose. Me quedo muy quieta y con ojos redondos.
Algo viene.
Debo rodar. Digo correr. ¿Hacia qué lado?
El rumor asciende lentamente hasta convertirse en una risa estruendosa desde el baño. Sigo sin moverme, los ojos muy abiertos, la boca hacia abajo y el calcetín firmemente agarrado en un puño como única defensa.
La puerta del baño se abre y la risa se vuelve más estruendosa.
Repto a satitos hacia atrás para salir de debajo de la cama. Me quedo de rodillas, el largo calcetín, negro y suave, empuñado frente al pecho.
Tan suave.
Ortiga, no te restriegues calcetines ajenos contra la cara. A saber de dónde ha salido eso.
Grey no ha terminado de reír. Está medio derrumbado contra la jamba de la puerta convulsionando.
El momento se alarga. Se alarga incómodamente.
Carraspeo con prudencia, las cejas alzadas y un poco fruncidas.
—Estás… ¿bien? —tanteo.
No contesta enseguida, pero se pasa una mano por la cara y hace un claro esfuerzo por serenarse.
—Urtica, realmente… —intenta, todavía sin mucho éxito—. Ah.
Yo comienzo a sonreír despacio mientras su risa vuelve a retumbarle desde lo profundo del pecho, como si la tierra temblase haciendo cosquillas en las puntas de los pies. Se ríe de mí. Me hace feliz hacer reír a la gente.
Espera. Se ríe de mí. El muy capullo.
Frunzo el ceño.
Bueno, qué importa.
Estornudo.
Hora de buscar ropa seca. Que empieza a hacer fresquiviri.
Grey está en mi cara antes de que me dé tiempo casi a pestañear, en cuclillas. Se le ha acabado la risa. Me mira ahora muy serio y con un punto de peligro en los labios apretados. Me pone una mano en la frente.
—Vas a coger frío —me regaña—. Solo a ti se te ocurriría meterte en la bañera con la ropa puesta.
—Cualquier persona en mi situación hubiera hecho lo mismo —me defiendo, reculando ligeramente de su mano.
—¿A qué hora es tu primera entrevista? –Me ignora.
¿Entrevista? ¿Primera? Eso implica la existencia de una segunda. Como mínimo. Entrevista…
Intento hacer barrido en mi cerebro, a ver si recuerdo a qué se refiere.
El sigue mirándome con fijeza. A falta de más tiempo, me encojo de hombros con una sonrisa de inocencia.
Grey resopla. Sin liberar ni un milímetro de mi espacio, estira su largo brazo hasta la mesilla de noche y coge su Blackberry.
—A las dos –dice al cabo de un momento de toquetear el móvil.
Miro un momento el cacharro en sus manos con más detenimiento.
Ese es mi correo.
—¡Eh! —exclamo—. Pero si esa es MI frambuesa.
Lentamente se dibuja en su rostro una sonrisa perversa mientras me la tiende.
—Quizá a cambio —ronronea— podría ayudarte a desvestí…
Le meto el calcetín en la boca con dos dedos. Su sorpresa es inhumanamente corta y su mole acuclillada ni se tambalea. Me agarra la muñeca antes de que haya logrado apartar la mano.
—Amarillo —le advierto, levantando la frambuesa a modo de índice amenazador.
Quizá poco amenazador.
Su sonrisa es oscura y afilada.
Quizá el calcetín negro tenga algo que ver en lo de oscura.
No parece que me haya oído.
Tiro un poco de mi mano, pero no suelta.
Tengo frío ya con toda la ropa empapada y pegada a la piel. Me siento como un témpano derritiéndose lentamente en un charco sobre la moqueta.
Grey me mira muy fijamente mientras con la mano libre se saca el calcetín de la boca extrañamente despacio. No deja de sonreír con dientes de tiburón. Mis dedos atrapados están muy cerca de sus labios.
—Señorita Dioica —susurra desde la garganta, muy ronco.
No puedo dejar de mirarle los dientes. Tiro otra vez de mi mano, sin éxito.
Esto no va bien.
Mis ojos bajan desde su boca por su cuello. Su camisa sigue desabrochada, se le abre sobre el pecho cuando se inclina otro par de grados hacia adelante. El borde de la cama contra mi espalda me informa de que yo también me estoy inclinando, hacia atrás.
Oh, oh.
Me agarra la barbilla con firmeza, con la mano de la que todavía le cuelga el calcetín. Arrugo la nariz. La nariz, porque la boca ahora no puedo moverla.
—Err —consigo sacar a duras penas.
Mi espacio personal se ha reducido aún más mientras yo no miraba y ahora todo el aire a mi alrededor está ocupado por su cuerpo inmenso. Todo mi campo de visión es su sonrisa oscura y plagada de dientes. La cama me corta la retirada.
Mi cerebro comienza a revolucionar peligrosamente deprisa frente a su boca de tiburón.
La yugular. La yugular es siempre la mejor opción.
Hay una sirena rodándome a todo volumen en los oídos.
No tengo ángulo para morder. No puedo mover la cabeza. Demasiado lejos.
Las orejas sangran como demonios. Las orejas quedan también descartadas.
Rrrrrr.
Los ojos. Pulgares a los ojos, Ortiga.
Tengo la espalda casi arqueada hacia atrás sobre el colchón de la cama, el colega encima como un peso sólido y apenas queda espacio entre ambos.
—Urtica. —Su cara está tan cerca que me lo respira sobre la boca más que decirlo.
Con los ojos muy abiertos como un conejo y un grito de guerra interno, le estampo la mano abierta en el pecho desnudo y le sobeteo los pectorales como si fuera un saludo especialmente entusiasta en un encuentro con un viejo amigo. Los bordes de la camisa me aletean contra el dorso.
Él se congela. Se le abren mucho los ojos. Creo que hasta se le encrespa el pelo en la nuca. Recula como quien se despierta de pronto con una tarántula encima de la almohada. Pierde el equilibro sobre los talones y cae hacia atrás, de culo. Se agarra los bordes de la camisa con ambas manos en gesto ultrajado.
—Me… has tocado —tartamudea, las pupilas muy, muy pequeñas.
Abro la boca. La cierro.
El muy desgraciado.
Me incorporo con un aspaviento.
—¿Cuál es tu maldito problema? ¡¿Eh?! —Le apunto con un dedo.
La Blackberry ha quedado olvidada en la moqueta encharcada.
—Urtica, ya te lo he dicho. —Él también se pone en pie, todavía sujetándose la camisa para que no vuelva a abrirse—. De cincuenta mil formas. Tuve un comienzo duro en la vida; no hace falta que te llene la cabeza con toda esa mierda. ¿Para qué?
Se gira mientras comienza a abotonarse.
En realidad yo estaba preguntando por lo otro.
Uff. Quién me mandará meterme en movidas.
Me cubro la cara con una mano.
—He azotado a sumisas por mucho menos que esto.
Abro los dedos para mirarle y le enseño los dientes.
—Yo no soy tu sumisa —le recuerdo—. Y como se te ocurra levantarme la mano te la arranco a dentelladas. Ahí sí que va a haber rojo.
A borbotones.
Vuelve a girarse hacia mí y parece que ha recuperado un poco su ser habitual de cabreo continuo por motivos injustificados. Sin embargo, sus dedos siguen sobre los botones recién abrochados. Le miro esa mano, una comisura de la boca temblándome. Hay algo muy desamparado en esa mano.
Todo lo que he hecho, lo he hecho en legítima defensa. Ningún tribunal del mundo me condenaría.
Pero este tipo está muy tocado.
Pero no por mí.
Me inclino para recoger el móvil del charco.
—Podrías haber dicho rojo —me lanza—. Ya te he dicho que no quiero que me toques.
—A lo mejor lo hubiera hecho —le devuelvo—, si no me hubieras puesto un cepo en la cara.
Basta con eso para que ya empiece a afilársele otra vez la boca por las comisuras.
Oh. ¡Venga ya!
—Y yo también te he dicho ya que no quiero que me toques —sigo, batiendo una mano en su dirección—. ¡Y tú tampoco has dicho rojo!
—Señorita Dioica, es usted única estropeando un momento.
Abro la boca.
No. Y encima será culpa mía. No te jode.
—No había ningún momento. —Me pellizco el puente de la nariz por debajo de las gafas.
Calma, Ortiga. No merece la pena.
—La mujer que me trajo al mundo era una puta adicta al crack, Urtica.
Le miro por encima de los dedos abiertos en mariposa.
—Eeeeh…
¿Por qué me estás contando esto?
—¿Eeera? —Carraspeo.
Bien salvado.
—Murió.
Mierda. Mierda. ¿Cómo se sale de esta conversación?
—¿Hace mucho?
Esa no ha sido una buena salida, Ortiga.
Él suspira.
—Murió cuando yo tenía cuatro años. No la recuerdo. Carrick me ha dado algunos detalles. Solo recuerdo ciertas cosas. Por favor, no hablemos más de esto.
Anda, mira: la salida.
Espera.
Pero será…
Abro la boca. La cierro.
Siento como que comienzo a repetirme.
Respiro hondo.
Está bien. Calma.
Christian vuelve a tener la vista perdida y poco signo de cabreo injustificado. Muy intranquilizador tratándose de él.
Si hay algo de lo que sé una o tres cosas es de madres abusivas en las que no quieres pensar.
—Estamos cansados —tanteo—. Y yo además estoy empapada y tengo frío. Creo que lo mejor será…
¿Salir corriendo? ¿No volver a hablar de esto nunca más? ¿No volver a vernos nunca, nunca más?
—Que me digas dónde estaba la habitación de invitados.
Por ser algo más salomónicos.
—Mañana será otro día —concluyo.
Él levanta una ceja.
—Técnicamente, ya es por la mañana, señorita Dioica.
—He dicho mañana —atajo con cara de cero amigos y menos paciencia.
Él se encoge de hombros, el gesto un poco más relajado. Sonríe de lado. Entonces frunce el ceño.
—¿No podrías quedarte aquí esta noche? —Su voz sale suave, casi una súplica.
Me lo quedo mirando un instante.
—¡ALFRED!
