Aclaración: La onomástica que estoy usando para todos los nombres, no es la japonesa por ende, va en el siguiente patrón: Nombre Apellido. Ej: Nobunaga Oda.
Capítulo VIII
Todo y nada
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«Solo una fuerte política ofensiva podría compensar la superioridad numérica del enemigo».
Nobunaga Oda
No pasó mucho desde que Bankotsu la dejó en su nueva morada y se retiró diciéndo: «Eres libre de recorrer el castillo». Así que, vestida con el mismo bonito kimono color coral de la mañana, ya que por órdenes del daimyō, no le entregaron su armadura, recorrió los calabozos; Kohaku no estaba prisionero y eso era todo lo que sabía por el momento.
Luego salió del castillo. Se dirigió a los establos y realizó un acuerdo con un aldeano para enviar suficiente arroz al hombre que custodiaba a su querido compañero de batalla, Ryû, como pago por sus cuidados durante un tiempo indefinido, pues no sabía cuánto tardaría en concretar su misión y cuántas veces podría ir al establo. Kagome nunca se separaba de él, pero esta vez, por seguridad debía prescindir de la compañía de su caballo.
Regresó al castillo. Debía reunirse con el Comandante en la Torre del homenaje, así que, a trote liviano sobre el caballo que Bankotsu le asignó, se dirigió hacia allá, pero antes de ingresar a la torre, observó decenas de soldados que vestían sus armaduras de combate y corrían de aquí para allá cargando municiones, lanzas y artillería en carretas.
«Se están alistando para una batalla…», pensó concluyendo que por la situación bélica que atravesaba el país, eso era normal, sin embargo, a pesar de que no se hallaba en sus funciones de soldado, quiso saber más detalles.
Divisó a un joven samurái que caminaba con prisa. Kagome bajó del caballo, lo interceptó y le pidió información.
El joven de mirada grisácea se fijó en el delicado atuendo que ella vestía y le dijo:
—Señorita, vaya a resguardarse. Por órdenes del Comandante el castillo entró en estado de defensa.
—Creo que no me reconoce, compañero. Soy Kagome de Ezochi. Estoy en su mismo escuadrón.
El soldado abrió sus ojos de par en par al caer en cuenta de que se trataba de la mujer que vio en el torneo de selección, la misma que fue castigada por el daimyō. Castigo que, por cierto, él también presenció y, no solo eso, si no que, él, había sido uno de los que la enfrentó en el patio de castigo y recibió un golpe en las piernas con la cadena que ella usó para defenderse. ¡¿Cómo no se dio cuenta?!
—Siento no haberla reconocido, compañera. —Le habló sin rencor— Aún no ha sido presentada oficialmente al escuadrón. Yo soy Kenchin Ryūzaki, es un gusto conocerla.
«Si Bankotsu hubiese aceptado desde un principio mi victoria en ese torneo, no hubiese habido castigo, ni recuperación ni inasistencia a las reuniones de guerreros», pensó con molestia.
—Pierda cuidado. Es un gusto también conocerlo —le sonrió y añadió con calidez—: No quiero ser descortés, pero quisiera pedirle más información de lo que está pasando.
—Me encargaron llevar este mapa a la reunión de urgencia que convocó el daimyō —mostró el tubo de hierro en el que portaba el documento— Así que, todo lo que sé hasta ahora es que, un antiguo enemigo del clan Takeda, marcha desde el Sur con un ejército enorme. Desconozco qué clan, pero escuché decir al Comandante, muy enfadado: «¡Debimos actuar en cuanto recibimos esa maldita carta!»
«¿Un ataque desde el Sur? ¿Una carta? ¡Cielos… la carta que trajo Kohaku!
Sintió que la sangre se le heló.
»Entonces el que marcha hacia acá, ¡es Kōga! Y eso quiere decir que… ya saben dónde estoy», pensó dando aquello por hecho.
—¿Dónde es la reunión? —preguntó manteniendo la calma, guardando todas sus preocupaciones solo para ella.
—Allí —apuntó hacia el frente el joven—, en la Torre del homenaje.
—Es justo a donde yo me dirigía. Iré con usted, si no le importa. El aludido accedió encantado.
Los cuestionamientos la inquietaban mientras caminaba hacia la torre.
Llevaba poco tiempo infiltrada, pero lo suficiente para asumir que el clan Higurashi no estaba preparado para vencer al clan Takeda, no mientras Bankotsu estuviera a la cabeza.
¿Desde cuándo Midoriko actuaba tan confrontacional? Años pidiéndole esta lucha y ahora, en el peor momento, ¿decidía atacar? ¿Acaso Kōga la persuadió? ¡Rayos! ¡Esto aceleraba el plan de eliminar a Bankotsu!
Sala de reunión, Torre del homenaje.
¡Estaba molesto!
No porque tuviese que enfrentar una nueva lucha. Hallarse constantemente a las puertas de la muerte era parte de ser Bankotsu Takeda y no se quejaba. Su verdadera molestia fue haber confirmado las intenciones de un ataque por gestiones de su entrometida hermanastra y no por la legión de exploradores; deberle favores a una ninja que para colmo fue la secuaz de Naraku le generaba repugnancia. Y pese a que la oportuna información de la kunoichi le daba tiempo para tomar una decisión defensiva, Bankotsu prefería morir en un ataque sorpresa antes que ser salvado por ella.
La llegada del Comandante Jakotsu seguido por los generales del escuadrón de élite, lo hizo regresar de sus conjeturas. Los soldados comenzaron a acomodarse de pie alrededor de la mesa ancha y rectangular mientras que Jakotsu apartó al daimyō para hablar en privado.
—Hermano —el tenor en la voz del Comandante era de suma preocupación—, he informado a los soldados el estado de defensa. Se están alistando y revisando la armería, sin embargo, sugieren que… te rindas o que huyas al exilio antes de que el ataque llegue a los muros del castillo.
El daimyō lo miró con seriedad y respondió:
—Me sorprende que inútilmente vengas con ese asco de sugerencia.
Jakotsu miró hacia la mesa y vio las caras de preocupación de sus soldados.
—Sé que te encanta burlar a la muerte, pero no todos son como tú, hermano. Esto es… imposible de ganar y ellos están conscientes de eso.
—¿Y el mapa? —preguntó el daimyō ignorando las inquietudes del Comandante.
Jakotsu suspiró. Sabía que huir y rendirse eran acciones inexistentes en los valores de su hermano.
—Solicité a Ryūzaki que lo traiga —respondió asumido.
—Bien.
Al poco rato, el mencionado entró por la puerta, pero los ojos de Bankotsu se expandieron impresionados al ver que junto a este, entró la única persona perteneciente al escuadrón de élite que —por razones de salud—, no fue convocada a la reunión.
—Muchas gracias por guiarme —Le agradeció Kagome a su compañero y le sonrió con gratitud.
El joven soldado también le sonrió y se apresuró en responder:
—Fue con gusto. Y cuando quieras conocer el resto de las dependencias, yo pue-
No alcanzó a articular más palabras, pues su daimyō acababa de imponer su presencia ante él mirándolo con ojos de querer romperle las piernas. El terrateniente exclamó:
—¡¿Acaso fuiste a dibujar el mapa, Ryūzaki?! ¡¿Por qué tardaste tanto?!
—Lo siento, mi señor. En el camino me encontré con Kagome y-
—¡Señorita de Ezochi para ti y para todos! —Lo cortó de inmediato.
No iba a disimular que le pateó en los huevos tanta familiaridad entre los dos.
«Aún no la he presentado frente al escuadrón y ya aparece un baboso confianzudo», pensó el daimyō.
Jakotsu notó el cambio en el semblante del moreno e inmediatamente le pidió el mapa al joven para salvarlo de la ira de su hermano.
Bankotsu se quedó con Kagome en la puerta para hablar con discreción.
—¿Qué haces aquí? —La interrogó.
—Usted me ordenó hablar con el Comandante, pero me enteré de la situación y-
—Si ya te enteraste, entonces sabes que no es el momento para esa charla. —La interrumpió— Regresa y descansa, aún no te recuperas por completo.
—Ya descansé lo suficiente —expuso la soldado con seriedad. Luego agregó—: Quiero estar en esta batalla.
—No —zanjó descartando aquello de inmediato.
—Me he recuperado más rápido de lo esperado —insistió ella—. Y usted lo sabe
—No estás lista, Kagome —alzó ligeramente la voz dedicándole una afilada mirada a su soldado intentando a través de esta hacerla entender—. Este no es un enfrentamiento ordinario. ¡Regresa de inmediato! —replicó su orden el moreno y enseguida volvió a la mesa para tomar lugar junto al Comandante dando el asunto de ella por cerrado.
Luego observó detenidamente el enorme mapa sobre la mesa mientras que, en silencio, los generales esperaron a que su daimyō hablara a favor de una rendición. Sin embargo, en menos de cinco minutos, la mente osada y estratega del terrateniente formuló un plan de escasas probabilidades para sobrevivir y, si la suerte los acompañaba; conseguirían la victoria.
—Bien. Pongan atención al mapa —indicó el terrateniente a sus generales—. El ejército de… —se detuvo extrañado al ver que a excepción de Jakotsu, los soldados miraban hacia la puerta. Se volteó y se dio cuenta de que cierta mujer de preciosos ojos castaña, ataviada con un hermoso kimono color coral seguía parada en la entrada de la sala como alma en pena.
—Kagome… ¿Qué haces parada ahí? —espetó el moreno con el ceño fruncido.
La aludida alzó su mentón y con seguridad dijo:
—Mi señor, si la situación es tan severa, con mayor razón estoy dispuesta a cooperar.
«No puede ser…», pensó el moreno, incrédulo de que fuera tan terca.
—Creo que fui claro en mi decisión.
—Lo fue, mi señor. Pero conozco mis límites y sé que estoy lista para pelear. —Intentó no parecer desesperada, sino más bien, comprometida con el clan, pero lo cierto era que, estaba al borde de la ansiedad e intentaba persuadir con todo su ímpetu guerrero al joven terrateniente para que este la considerara. Si Bankotsu accedía, ella podría mover las piezas a favor de Kōga y asegurarle la victoria a su clan.
Kagome se acercó hasta el otro extremo de la mesa —lo más alejada posible de Bankotsu— ocultando su nerviosismo, su semblante mostraba serenidad. Pero lamentablemente eso no quitaba el hecho de que lo estaba desafiando una vez más respecto a su decisión y por consiguiente, lo estaba haciendo enfadar; debía evitar en lo posible eso.
El joven Ryūzaki dio un paso al costado y, sonriendo, le cedió un espacio a su nueva compañera. Kagome agradeció el gesto otorgándole una cordial sonrisa y un dulce: «muchas gracias, Kenchin».
Una sensación amarga le pasó por la garganta al terrateniente hasta el punto de apretar inconscientemente su mandíbula cuando fue testigo de aquella distendida interacción entre ellos dos. La voz de ella, se oyó —a sus oídos— tan cálida cuando nombró al soldado por su nombre de pila que, sintió la necesidad absurda de que ella lo llamara también por el suyo y no con ese frío «mi señor».
Sin embargo, la sensación amarga empeoró cuando Ryūzaki habló:
—Señor, sé que Kag… —ante el rostro ensombrecido que le dedicó su señor, el joven corrigió sus palabras—: La señorita de Ezochi no está en sus absolutas condiciones, pero en estas circunstancias, creo que su destreza sería muy necesaria.
—Gracias, Kenchin. Eres muy amable —comentó la soldado a las palabras de su compañero.
¡Lo llevaba el condenado infierno!
No sabía si aludir la quemazón en sus sienes al intercambio de sonrisitas, a la complicidad que pareció surgir entre esos dos o que el hombre aquel saliera de defensor y abogara por ella en contra de su decisión, ¡no lo sabía! Lo único que tenía claro era que jamás en su vida había tragado tanto vinagre por algo tan absurdo. Más no fue capaz de contener su molestia.
—¿Eres su guardián? —soltó bruscamente contra el joven de ojos grisáceos.
Pasmado por esa pregunta, Ryūzaki respondió:
—N-no, mi señor, pero…
—¡Entonces cierra la boca!
—Te dije que las mujeres solo son un problema —comentó el Comandante con el ceño fruncido al ver que su hermano reprendió a uno de sus soldados más guapos. Resentido agregó—: Deberíamos llevarla como carne de cañón.
«¡Me lleva el demonio contigo, Jakotsu!», pensó el moreno mirándolo como si lo fuera a despellejar ahí mismo por la atrocidad que sugirió.
—¡Suficiente! —exclamó enfadado y golpeó la mesa con la palma de su mano. El sonido retumbó tan fuerte en la sala que todos se sobresaltaron a la vez.
El moreno abandonó su puesto y bajo la mirada atenta de los presentes, caminó hacia el otro costado de esta. Solo sus pasos rompían el incómodo silencio que se formó.
Kagome sintió escalofríos en su espalda cuando el último paso culminó tras ella.
Bankotsu miró con desdén al joven soldado y le hizo un gesto con la cabeza para que se moviera de ese puesto. Ryūzaki captó la silenciosa orden y cedió espacio a su señor. Entonces, en medio de los dos, el terrateniente habló:
—Jakotsu. Traza en el mapa un camino seguro hasta la provincia de Owari.
—¿Para qué quieres que haga eso? —cuestionó confundido el Comandante, pues dicha orden se alejaba de un plan de defensa.
—Vamos a contraatacar —anunció el terrateniente. Y la conmoción del desacuerdo entre los hombres se manifestó en aquella sala.
—¡¿De qué estás hablando, Bankotsu?! —expresó impactado el Comandante—. Debemos planificar la defensa del castillo ¡Eso es más seguro!
Kagome estaba callada. No le convenía enfadar más a Bankotsu. No obstante, le sorprendió la reacción de los soldados, ¿desde cuándo los Higurashi imponían tal respeto?
—No —contestó el daimyō seguro de su negativa—. Si esperamos a ser acorralados, solo dilataremos nuestra muerte. En cambio, si vamos allá y amenazamos su línea de suministros, no podrán avanzar hacia el norte y regresarán a sus dominios. Sin embargo, nos quedaremos con la cabeza de su daimyō.
Kagome apretó sus puños pensando en Midoriko. Su sangre se calentó, pero permaneció quieta. Su misión acababa de dar un vuelco inesperado y ella no podía fallar.
—Siempre he confiado sin dudar en tus decisiones y cada una ha sido acertada —manifestó el Comandante—. Pero esta vez, es diferente, el número de soldados no nos favorece, ¡piénsalo bien, hermano! ¡No necesitamos lanzarnos a la muerte como desquiciados!
—planteó exaltado.
«Qué irónico. A mí sí quiere lanzarme», pensó Kagome mirando al Comandante con los ojos entrecerrados.
El terrateniente volvió a dirigirse a sus generales:
—Sé que están reticentes a lo que planteo, sin embargo, no tomaré su sugerencia. Antes de pensar en algo tan deshonroso como rendirme o huir, ¡preferiría cometer harakiri! —Los hombres sintieron el peso de esas palabras y el moreno continuó—: Seré claro en esto. La oportunidad de sobrevivir es escasa, pero existe. Y no la hallaremos tras los muros de este castillo; debemos salir a buscarla.
Cada soldado procesó la idea a su modo y pese a que todos coincidían —secretamente— en que Bankotsu estaba loco, apoyaron la moción.
—Partiremos esta misma noche hacia Owari, la noche siguiente estaremos en el valle de Okehazama. No carguen tantas provisiones. Esta será… una guerra relámpago.
—¡Como ordene, señor! —respondieron todos al unísono con el valor impuesto en sus corazones.
En seguida las azules iridiscencias se enfrentaron a las castañas junto a él.
»—Tú vienes conmigo —Le ordenó el moreno a la azabache y la tomó del brazo, sin darle tiempo de poder objetar.
A mitad del pasillo la soldado se soltó de él con brusquedad y exclamó:
—¡¿Qué está haciendo?!
—¡Te llevo a tus aposentos!
—¡No soy una niña, puedo regresar sola!
—Bien, ¡entonces hazlo!
—¡No! —espetó la azabache. Y se quedaron viendo, ambos con el ceño fruncido. Luego Bankotsu se apretó el puente de su nariz. Lidiar con ella se volvía más difícil que lidiar con un ejército completo. Kagome intentó calmarse. Suspiró y con un tono de voz más suave y a la vez de desconcierto dijo—: ¿Por qué me subestima? ¿Realmente cree que soy una inútil? ¿Por qué no me quiere escuchar?
—¡¿Qué?! No… no es… —No pudo formular una clara respuesta.
Aquella voz con ese sutil tono —casi suplicante—, le estropeó las ideas y detuvo las palabras en su garganta.
No podía responder…
¿Cómo se lo explicaba…? ¿Cómo le decía que no era lo que ella estaba suponiendo?
¡Claro que no era una inútil! Después de verla luchar como una fiera por su vida, él jamás podría pensar eso y mucho menos podría subestimarla.
Que, ¿por qué no la escuchaba?
¡Infiernos! Porque ni siquiera él se explicaba su excesiva preocupación por ella. Y es que, ¡se cuestionaba todos los días el por qué quería protegerla!
Creía que tal vez, era porque necesitaba dejar de sentirse tan mierda por el daño físico y moral que le causó. Sin embargo, sabía que había algo más, algo que su mente se negaba a reconocer. De lo contrario, ¿cómo demonios se explicaba esa reacción en la sala de reunión? Esos… malditos celos que sintió fueron más reales que su propia existencia.
¿Era ridículo?
¡Sí! ¡Lo era! Pero en ese momento deseó con todas sus fuerzas que esa espontaneidad y dulzura que en ella observó, fuesen solo para él. Sin embargo, no era un imbécil. Después de todo lo que él dejó que le hicieran en ese patio de castigo, lo que menos esperaba era que Kagome le sonriera como a Ryūzaki. Por más que él fuera Bankotsu Takeda, quien siempre conseguía a la mujer que deseaba, con ella no podía pensar así. Kagome era diferente, y simplemente, debía olvidarse de que alguna vez obtendría esa dulzura que hoy —gracias a otro hombre—, descubrió.
Pero sus impulsos parecían ser un cuento a parte que actuaban por sí solos, pues llevaba rato en silencio acosándola con sus azules ojos que parecían ir dubitativos de una orbe castaña a la otra. Y Kagome no sabía si él ya estaba al límite de su ira o simplemente la iba a expulsar.
—Mi señor, yo-
La frase se quedó a medias cuando repentinamente…
La abrazó.
Tan fuerte… como si se aferrara a la vida misma.
Impactada, no supo qué pensar o decir.
De pronto, sintió que las grandes manos de Bankotsu palpaban con marcada presión en su espalda, haciendo énfasis sobre la zona de las heridas que dejó el látigo de castigo. Se quejó de dolor y quiso zafarse de él, pero este no se lo permitió y por el contrario, la envolvió con más apremio hacia su cuerpo.
—No te apartes —le ordenó con su voz ronca en el oído. Y como una muchacha obediente, Kagome dejó de forcejear, pasó saliva y pestañeó rápido intentando descifrar las intenciones del daimyō.
Bankotsu volvió a palpar con presión y Kagome ahogó un quejido; era evidente que le dolía.
—¿Ves? —dijo él—. Aún te duele. No estás lista. No son tus habilidades, ni el hecho de que seas mujer. Simplemente no quiero que… —hizo una pausa para acomodar la oración— No debes descuidar tu cuerpo.
Rodeada por esos fuertes brazos, ella contestó:
—Está presionando mis heridas, ¿cómo espera que no me duela?
—Así mismo la armadura que te pongas te va a presionar. Solo quiero que veas que no es momento de que seas terca.
—¡No soy terca! Es solo que, conozco los límites de mi cuerpo. Mejor que usted, por cierto.
—El enemigo es numeroso esta vez, Kagome. ¿Oíste lo que dije ahí dentro? La oportunidad de ganar es casi nula y lo que menos necesito es una distracción.
—¡¿Se refiere a mí?! —cuestionó molesta.
—Sí —aseveró cerca de su pequeño oído y golpeando suave con su tibio aliento agregó—: Si tengo un soldado herido no estaré tranquilo.
«En especial si ese soldado eres tú», confesó solo para él.
Mientras sentía aquel fuerte abrazo rodearla de un modo tan protector, la voz de Bankotsu se oyó cálida y sincera. Un extraño calor le recorrió desde el cuello hasta el rostro. Podría decirse que las palabras del moreno sonaban a una súplica, pero su firmeza y determinación las posicionaban en una estricta orden dictada por su señor.
Kagome se preguntó, por qué él la seguía abrazando. Y como si Bankotsu hubiese leído aquel pensamiento dijo:
»—No te soltaré hasta que digas que lo entiendes, me asegures que te quedarás y que no harás nada estúpido.
¡No! ¡No podía decirle eso! Su familia estaba en medio y si algo les sucedía, no se lo iba a perdonar; debía convencerlo a toda costa y no se iba a rendir. Así que, jugó una última carta.
Con voz serena, pero decidida, musitó:
—Me lo debe.
Luego de un breve silencio en que él dudó si había oído bien lo que ella dijo, cuestionó:
—¿Qué dijiste?
La liberó de sus brazos y la miró confundido, ¿desde cuando él, tenía deudas con alguien?
Kagome alzó su rostro para verlo. Su mirada se volvió espejo de su determinación clavándose en los ojos azules del daimyō. Sin embargo, el pulso en su interior le ensordeció los oídos y no supo si aludir aquello a la inestable situación de su clan o al repentino y prolongado abrazo que sintió tan sincero.
No obstante, debía ser objetiva.
—Usted me hizo esto —replicó y continuó—: Por usted debo abstenerme de mi deber como soldado, ¡me lo debe!
La estoica postura del daimyō se desmoronó después de dicha verdad restregada en su rostro.
«Maldición…», pensó el moreno palpando la sensación de una extraña derrota.
—¿Por qué tienes que ser tan difícil? —musitó mirándola y suavizó su semblante.
—No quiero contradecir sus decisiones —manifestó la azabache en su defensa—. Solo quiero que me considere.
No podía con esos grandes y hermosos ojos. Pero su maldito orgullo era tan grande como el país que lo vio nacer; no iba a disculparse jamás por lo que hizo y mucho menos asumiría que ese castigo fue un error. Por equivocado que estuviese y aunque se ahogara en su propia arrogancia; Bankotsu Takeda no mostraría su arrepentimiento.
Exhaló el aire oprimido y dijo:
—Dejaré que vayas —los ojos de Kagome se iluminaron y el oxígeno pareció tomar más espacio en sus pulmones—, solo porque no tengo deudas con nadie. Si vas, ya no te deberé nada, ¿de acuerdo?
Quiso gritar por ese pequeño gran triunfo. ¡Lo había logrado! ¡Con él! Que parecía un tronco duro de roer. ¡Ella logró hincar el diente en ese feroz orgullo del daimyō!
—De acuerdo —respondió con fingida compostura —Gracias… iré a prepararme.
—Kagome, espera un momento. —La detuvo sosteniéndola de ambos brazos frente a él— Imagawa no es cualquier oponente. Se hizo de un ejército de veinticinco mil hombres, mientras que en este momento, nosotros, solo puedo desplegar tres mil.
El rostro se le desencajó tras esa inesperada aclaración de identidad respecto al enemigo del ataque en cuestión.
—Ima… ¿Imagawa?
«Entonces, ¿no es Midoriko ni es Kōga? Todo el susto fue por… ¡¿suposiciones erradas?!», pensó perpleja. Aunque por fuera mostró tranquilidad.
—Sí. Creí que ya estabas informada por tu nuevo amigo.
—¡¿Qué?! —exclamó descolocada solo por lo último que él dijo—. ¡Kenchin y yo, no somos…! —se detuvo ahí. ¿Qué hacía respondiendo a esa estupidez? Se enfocó—: Oí a un par de soldados hablando de una carta que trajo un mensajero del clan Higurashi —mintió—. Y cuando Kenchin me dijo que este conflicto involucraba una carta. Imaginé que se trataba de la misma. Creí que este enfrentamiento era con ellos.
Bankotsu resopló con arrogancia y respondió:
—Ese penoso clan no se atrevería. Enviaron una burla de carta con un mensajero, al que liberé solo porque era muy joven y también para devolver el mensaje a Midoriko Higurashi, de que sus patéticas intenciones son rechazadas por este clan. Kagome se mantuvo en calma ante esas palabras, pero no dejaron de picarle en el oído. Bankotsu continuó—: La carta que recibí hace cuatro días atrás fue un mensaje de mis exploradores diciendo que Yoshimoto Imagawa había derrocado todas las fronteras de la provincia de Owari y probablemente tenía intención de avanzar hacia el norte. Hoy me confirmaron esas sospechas.
—Entonces, ¿qué decía la carta del Clan Higurashi? —preguntó en modo casual aprovechando la oportunidad de poder indagar.
Bankotsu respondió con seriedad:
—Paz entre nuestros clanes. Pero…
—Eso es imposible… —dijeron ambos al unísono y se miraron inquisitivamente.
Ella jamás podría perdonar lo que le hicieron a su padre y él, jamás haría la paz con los traidores.
—Me gusta saber que nos entendemos en algo —expresó Bankotsu con una sutil sonrisa.
La soldado asintió con su rostro neutral disimulando la rabia que sintió, tanto con su hermana que pretendía pisotear el honor de su padre con una ofrenda absurda de paz, como con Bankotsu que acababa de confirmar la aversión que sentía por los Higurashi.
De pronto, Kagome se percató de que él seguía sosteniendo sus brazos.
—Ya puede soltarme. —Le dijo con seriedad y enseguida él lo hizo.
No obstante, dejando de lado ese rencor y, ya con todo el rompecabezas armado, Kagome cayó en cuenta de que acababa de meterse entre la pata de los caballos.
—Dijo que ellos son, ¿veinticinco mil hombres?
—Sí.
—Y nosotros, ¿tres mil?
El kimono pareció comenzar a asfixiarla.
—Sí. Tu amigo, Ryūzaki, ¿tampoco te informó de la contienda?
—No —contestó ella alzando una ceja, por cómo fue formulada esa pregunta.
—Qué pésimo informante —puntualizó el moreno y se cruzó de brazos.
Se quedaron viendo con los ojos entrecerrados hasta que Kagome decidió ignorar la indirecta.
Ahora entendió los rostros de espanto de los soldados cuando Bankotsu reveló su plan de contraataque, ¡tenían una razón muy lógica para espantarse!
—¿Por qué solo tres mil? ¿Qué pasó con el resto de los soldados?
—Cubren las otras provincias; no llegarían a tiempo aquí.
Kagome exhaló asumida. Ya se había subido a este barco y, si quería sobrevivir tendría que luchar codo a codo con su peor enemigo.
—Comprendo. —Le dijo.
—Kagome. —Puso su mano sobre el hombro de ella— Si las cosas se complican, mantente cerca de mí.
La expresión del moreno indicaba que esperaba una respuesta.
—Como usted ordene, mi señor —contestó haciendo una leve reverencia, aunque después de ese extraño abrazo, intentaría mantener su distancia con él.
Se retiró y cuando caminó por el pasillo, vio a Tsubaki pasar junto a ella hacia donde estaba el daimyō. Inevitablemente recordó lo que este habló con Ime cuando estaban en su nueva casa. Bankotsu dejó dicho que la sacerdotisa hablara con él y, aunque no especificó para qué, el asunto era evidente.
Sintió que el estómago se le revolvió. Suerte que no tenía que quedarse a oír de los revolcones que él se daba con quizás cuánta fémina. Pero su curiosidad fue más fuerte y volteó a mirar. Observó que Bankotsu negaba con la cabeza y Tsubaki asentía acatando alguna orden.
Regresó la vista al frente, continuó su camino y pensó:
«Pobre… seguramente la batalla le estropeó la diversión de esta noche».
Y pese a que quiso burlarse, percibió una pequeña sensación de alivio en un recóndito lugar de su interior. Sacudió la cabeza negando aquello y apuró el paso para ir a alistarse.
A diferencia de Bankotsu, Kagura se hallaba de buen humor. Su retorno al castillo tuvo un sabor más dulce al asimilar la ausencia de Naraku.
Se recostó en su futón. El mal carácter de su hermano le había absorbido las últimas energías, sin embargo, aquella fría conversación le confirmó que las cosas entre ambos, no habían cambiado; él la seguía detestando como a la escoria mientras que ella, solo se limitó a entregar la información. Y eso le bastaba por el momento.
No esperaba que su arrogante hermano la recibiera de brazos abiertos, menos aún después de que ella desapareció del castillo tras la muerte de Naraku con la única excusa de atrapar al Shikon —asunto que, a Bankotsu le importó un carajo y mucho menos creyó que tal sujeto existía—, pero le perdió el rastro. Y como aún no podía revelar que la otra razón de su partida fue salir desesperadamente en busca de su madre, consideró que, noquear a la Legión de exploradores y adelantarse con la advertencia de ataque, era un buen plan para llegar ante Bankotsu con un argumento que justificara su ausencia y de paso le demostraría a este, su valía como miembro del clan. Sin embargo, pese a llevar la importante primicia, su hermano solo reiteró su desprecio hacia ella. Bankotsu la detestaba con cada fibra de su ser, pero Kagura no se rendiría.
Porque… lo necesitaba.
Debía hacer lazos con su hermano, no porque quisiera jugar a la familia feliz o algo parecido, sino para formar cimientos sólidos de confianza, lealtad y perdón que le ayudarían a concretar su mayor propósito en la vida. Para ello, era importante mantener resguardadas las indecencias que cometió bajo las órdenes de su progenitor. Porque si estas salían a la luz, Bankotsu no dudaría en ejecutarla.
¿Matarlo a él?
No es que no lo hubiera pensado alguna vez, pero solo sería una estúpida si hacía eso.
En un país de guerras en el cual ganaba el más fuerte, en donde su género y su oficio eran superfluos, las influencias de un hombre con un liderazgo natural como el de su hermano era lo que le servía. La fuerza y la seguridad con la que él protegía el feudo, eran cosas que ella, siendo una simple kunoichi, nunca podría hacer. Pues ella no era una mujer culta e intelectual, no era reconocida por grandes hazañas; no tenía influencias entre la nobleza, ¡sus pares! Pues ella también pertenecía ahí, ¡pero era una bastarda insignificante! Solo era una sombra, una maldita ninja asesina.
No tenía opción. Necesitaba a Bankotsu vivo.
Si ganaba su confianza, si lograba alcanzar un lazo de afecto con él, la felicidad de su desconocida madre estaría al alcance de su mano. Porque solo un daimyō de su propio clan le brindaría el permiso legal a una mujer exiliada para retornar a su tierra y vivir en paz. Por eso, mientras trabajaba en encontrar a su progenitora, la vida de Bankotsu y su lealtad hacia él, eran su mayor prioridad.
Tsubaki se anunció en la habitación y desde el futón la kunoichi le indicó que ingresara.
—Mi señorita. Traje un par de yukatas limpios y también… información que le podría interesar.
—Habla.
—El señor Bankotsu ha rechazado la compañía femenina.
—Es obvio —comentó comiendo frutos secos—. Ya conoces cual es la vieja costumbre samurái: «Nada de relaciones sexuales la noche antes de una batalla, porque es mal augurio».
—Sí, pero esta vez fue explícito en que no recibirá más mujeres en sus aposentos de manera indefinida.
—Mmm… vaya. Eso sí es nuevo —analizó pensativa—. Entonces, solo debo vigilar a esa mujer de la que me hablaste.
—Bueno… vi a la señorita Kagome en el pasillo de la Torre —comentó la sacerdotisa—. Mi señor ordenó que le devuelvan la armadura.
—¿No dijiste que está recuperándose de su castigo?
—Sí, pero esta noche todos marcharán a Owari y ella también irá.
La kunoichi se sentó de golpe en el futón con los ojos abiertos en su máxima extensión.
—¡¿Dijiste Owari?!
—Sí.
—¡¿Acaso Bankotsu está demente?! —exclamó y la sacerdotisa alzó sus hombros confundida.
«Sé que eres osado, Bankotsu. Pero esto es… ¡suicidio!», pensó preocupada de que sus planes fueran a parar metros bajo tierra junto al cadáver de su hermano.
»—¡Agh! ¡Qué hombre más imprudente! ¡Así no podré descansar! —espetó molesta.
—¿Irá con ellos? —inquirió la sacerdotisa.
Kagura se puso de pie y respondió:
—Bankotsu no permitiría que yo los acompañe. Pero…
Caminó de un lado a otro pensando.
No dudaba de las habilidades de sus hermanos, pero contraatacar con tan enorme desventaja, era demasiado arriesgado. Por otra parte, estaba también esa mujer: Kagome. No la conocía aún, pero con los antecedentes que Tsubaki le dio, no podía descuidarla. ¿Podría ser esa mujer el Shikon?
«Tendré que ir a Owari por mi propia cuenta».
Valle de Okehazama, provincia de Owari.
La noche siguiente a la reunión.
Entre la lluvia y el terreno escarpado, el Comandante Jakotsu se dirigió lo más rápido posible hacia el otro extremo de la colina desde donde provino el alboroto.
—¡Comandante! —exclamó Ryūzaki cuando lo vio—. ¡El señor Bankotsu y la señorita de Ezochi cayeron por la quebrada!
Jakotsu se quedó petrificado. Temió lo peor. Pues poco más adelante de donde su hermano y la soldado cayeron, se hallaba el campamento de Imagawa. Respiró profundo y mantuvo su compostura para que los soldados no entraran en pánico.
»—¿Qué haremos ahora, Comandante? —cuestionó nervioso Ryūzaki.
Jakotsu se tomó unos momentos para pensar y luego respondió:
—Seguir el plan —los soldados lo miraron con espanto, pero Jakotsu continuó—: No subestimen a su daimyō. Él se unirá después.
Mientras que para sus adentros suplicó: «No dejes que te atrapen, hermano, o esta mierda suicida que planeaste se irá al carajo…»
Mientras tanto, en las faldas de la colina, dentro de una zanja llena de lodo y bajo una fina, pero constante lluvia; Kagome despertó boca abajo y aturdida. La sien le punzaba dolorosamente y al tocarse, notó que había perdido su casco. Apretó los ojos y contrajo su expresión intentando retomar el control de sus sentidos. Se percató de que su cuerpo aplastaba algo y entonces, ese «algo», emitió un quejumbroso «maldita sea…», y ella abrió los ojos de golpe...
¡No…!
¡No le podía estar pasando tanta idiotez junta! No a la Capitán Higurashi, ¡una mujer audaz! ¡Entrenada por Kōga como samurái y por Sango como una ninja! Sin embargo, sus errores habían sido tan irrisorios que, ¡se sentía como una nena aprendiendo a caminar! Pues, no conforme con haber relacionando erróneamente la carta de su hermana con esta batalla, terminó rodando por una quebrada protegida por el hombre al que juró matar y cayó sobre él en la línea enemiga.
¡Fatal!
Sango, se decepcionaría de ella si se enterara de esto.
Frustrada y avergonzada, iba a incorporarse para salir de encima del moreno, pero sintió el apretón de este en su cintura.
—No te muevas. Si nos ven, estaremos muertos.
Los labios de la soldado alcanzaban justo la oreja del daimyō así que esta le susurró:
—Tenemos que salir de aquí cuanto antes y ocultarnos.
—Primero, estabilízate, Kagome. Te diste un golpe en la cabeza.
—Si… —respondió adolorida.
Por reflejo apoyó su cabeza sobre el hombro derecho de Bankotsu, pero este emitió un quejido de dolor y ella levantó rápidamente su cabeza con sus ojos en alerta.
—¿Su hombro está herido?
—No —respondió él con las gotas de lluvia salpicando en su rostro, se acomodó un poco y siguió otro quejido de dolor—. Solo está luxado —aclaró.
¡Diablos! Eso empeoraba la situación. Pero no podían quedarse toda la noche ocultos en el barro; tenían que idear un modo de salir de esa zanja sin ser vistos por los hombres de Imagawa.
Sin abandonar su posición, la soldado alzó su cabeza con precaución para mirar a ras de suelo, sobre la zanja.
En el interior de algunas tiendas se veían a contraluz de las velas, las sombras de los soldados celebrando sus recientes victorias. Observar aquel acto impío hizo que le hirviera la sangre a la soldado. Y entre dientes espetó:
—Cretinos… Eso es lo que son.
—Informa lo que ves, Kagome —ordenó el moreno bajo el cuerpo de ella.
Pero esta continuó liberando su molestia:
—Celebran sin detenerse a pensar en todas esas vidas inocentes que han tomado para satisfacer sus caprichos —dijo con voz áspera—. Imagawa ya es poderoso en su propio han. ¿Qué quiere con el Norte?
Mientras la oía maldecir a los hombres de dicho clan moviendo ligeramente su cabeza, los largos y mojados cabellos azabache danzaban sobre el rostro del moreno provocando cosquillas en su piel. Con su mano embarrada, Bankotsu removió los mechones y los acomodó tras la oreja de su soldado dejando despejado aquel bonito perfil que ella poseía. La comisura de su boca se hundió sutilmente al verla tan graciosa con su rostro manchado de barro y pensó que seguramente, él, estaba en la misma condición.
Kagome lo miró de inmediato, pero comprendió la molestia que causó su cabello. Así que ignoró la acción.
—Porque quiere ser un maldito shogún. —respondió finalmente el moreno—. Imagawa desea ser el amo y señor de todo Japón y, yo soy una roca en su camino.
Kagome alzó una ceja e inquirió.
—¿Y no es lo que usted también desea? ¿No es la razón por la que usted y su padre dominaron tantos territorios juntos?
—Los ideales de mi padre y los míos nunca coincidieron, Kagome —respondió con tranquilidad—. Pero mis ambiciones se hallan al final del mismo camino.
Kagome no comprendió.
Si hacerse con el poder de un país no era su ambición, pero dominar territorios a costa de muertes era el camino para sus objetivos, entonces, ¿qué diablos quería Bankotsu?
Lo miró intentando encontrar respuestas en esos oceánicos ojos, pero él tenía un semblante de absoluta calma y seguridad.
—Entonces, ¿qué es lo que desea? —Se atrevió a indagar.
Bankotsu estiró su cuello y detuvo su rostro a escasos centímetros del de ella. Y con una envolvente voz cerca de sus carnosos labios, le respondió:
—Todo y nada.
Lo miró confundida y nerviosa por esa cercanía, ¿qué rayos significaba eso? Sin alcanzar a procesar la inesperada respuesta, un estruendoso retumbar en el cielo la hizo dar un salto que la sacó de sus cavilaciones. La lluvia cayó como baldes de agua sobre la tierra y formó una gruesa cortina; perfecta para salir de ese lugar.
Entraron a una de las tiendas de campaña —quien sea que la ocupara de seguro estaba en la celebración—. Sus ropas estaban empapadas, pero al menos, la lluvia les limpió parte del barro. El interior era solo oscuridad. Suerte que Kagome había entrenado para manejarse en espacios sin una sola flama de vela, a diferencia de Bankotsu que comenzó a estrellarse con objetos que provocaron bastante ruido.
—Quédese quieto y espere ahí —le solicitó su soldado.
Bankotsu acató intrigado. ¿Cómo lo hacía ella para ser tan sigilosa y no tropezar? Apenas le veía la silueta cuando ella se encontraba cerca, pero si se alejaba no lograba distinguirla entre la oscuridad.
Kagome se tardaba en volver junto a él, así que calmó su ansiedad recitando un pasaje de la canción «Atsumori», entonando que «El hombre tiene sólo cincuenta años y la vida no es más que un sueño» Kagome alzó sus cejas sorprendida mientras lo oía recitar, quiso reír pero sacudió la cabeza reprimiendo ese impulso. Una vez lista fue hacia él.
—Camine por aquí. —La oyó decir con seguridad.
—No te veo, Kagome, ¿dónde estás?
—Estoy aquí —Le respondió la aludida y le tomó la mano.
El hecho de que ella, una mujer que solo parecía despreciarlo, tomara así su mano para ayudarlo; le aceleró la pulsación. Se sintió tan ridículo que olvidó hacer silencio y se aclaró sonoramente la garganta.
—Sshh… —Fue regañado por su linda soldado.
No habló más y se dejó guiar por ella. Con su brazo bueno, dejó su alabarda con cuidado en donde ella le indicó y luego junto a esta, Kagome lo hizo sentarse sobre una superficie alta y plana.
Ella le soltó la mano y Bankotsu sintió como si le hubieran arrebatado un tesoro. Se guardó la inquietante sensación y le habló:
—En el torneo de selección, mencionaste que posees los conocimientos de una miko.
—Sí… recuerdo muy bien cuando se lo dije.
Bankotsu tragó pesado al recordar que se burlaron de ella y posteriormente, él la sentenció con un impío castigo. Pero haciendo aquello a un lado continuó:
—Entonces, ¿puedes arreglar mi hombro?
Kagome llevó sus manos al hombro dislocado de Bankotsu, era justo el que no estaba cubierto por la armadura. Lo examinó presionando con sus dedos y el moreno aguantó con esmero el horrible dolor.
—Sí, puedo arreglarlo —confirmó—. Pero necesito que se quite la armadura y el haori.
Bankotsu accedió y Kagome le ayudó a deshacerse de ambas cosas mientras él estaba sentado y ella se mantenía de pie frente a él.
Con delicadeza ella le estiró el brazo hacia adelante y le indicó que reposara la mano sobre el hombro de ella. Bankotsu juraba que si el dolor no fuera intenso habría disfrutado del tacto de esos finos dedos rozando su piel.
—¿Dónde está tu armadura? —preguntó él, al palpar el hombro de la soldado sin la dureza de dicho metal.
—Me la quité un momento.
Bankotsu descubrió algo más e indagó:
—Tu ropa está seca.
—Sí. Encontré un haori limpio y me cambié —respondió naturalmente mientras hacía presiones con sus dedos entre la musculatura y la parte ósea del brazo.
—¿Qué…? ¿Cuándo te cambiaste? —pronunció impresionado.
—Mientras usted recitaba esa canción.
No supo qué expresión tenía en el rostro. Suerte que la oscuridad lo cubrió, pero sus mejillas ardieron con hervor al imaginar que ella se desnudó frente a sus ojos y él, ni se había enterado.
El intenso dolor del masaje que ella hizo para calentar la zona afectada lo despertó de su estupefacción, inconscientemente le apretó el hombro a ella con su mano intentando oprimir su sufrimiento.
—Bien. Esto va a doler mucho, solo recuerde que si grita, nos…
—Kagome. Solo hazlo rápido —dijo sudando la gota gorda, ya preparado para lo peor. Puso su otra mano en la cintura de ella como queriendo sujetarse de algo para soportar lo que venía y ella lo dejó.
El hueso fue acomodado de manera rápida y simultáneamente, Bankotsu atrajo a Kagome hacia su cuerpo, enterró su cara en el abdomen de esta y apretando los dientes, ahogó ahí todo el grito interno de dolor. Kagome se sorprendió de esa reacción, pero extrañamente, sintió como si hubiese aliviado las heridas de un niño y su impulso bondadoso que tenía con la gente la llevó a contenerlo.
—Tranquilo… —Le dijo con una voz aterciopelada mientras le acariciaba suavemente la cabeza—. Lo peor ya pasó.
Esa dulce voz, ese gesto tan humano y tan delicado que por primera vez ella tenía con él… Fue como ver flores en un desierto, como una ola de calidez que le envolvió el cuerpo y que calmó la quemazón de esos celos que él sintió la tarde anterior cuando ella le regaló su hermosa sonrisa a Ryūzaki. Sabía que, por todo lo sucedido, Kagome era fría con él, entendía que lo mirara con recelo y le respondiera fría y con ese tono de altivez. Pero no había un jodido día en que deseara lo contrario. Por eso, en ese bendito y único momento en que era acariciado por ella, alzó su cabeza para verla, pero…
Maldijo.
Juró por todos los infiernos que sería capaz de abrazar al mismo diablo con tal de que en ese instante, le concediera el deseo de tener un poco de luz para poder observar su rostro y poder corresponder a esa mirada amable que seguramente ella le estaba obsequiando y que, por culpa de la maldita oscuridad no podía ver.
Kagome espabiló de pronto.
«¡¿Qué estupidez estoy haciendo?!», se cuestionó incrédula por acariciado de ese modo.
Se apartó bruscamente, quitándose la mano con la que él envolvió su cintura como si esta quemara y Bankotsu supo que el mágico y efímero momento entre los dos, había acabado.
No quería eso. Por nada quería que ella se apartara y menos que dejara de tocarlo. Se apresuró en capturar la muñeca de la mano que lo acarició. La sostuvo con firmeza y Kagome se sobresaltó; pensó que lo había molestado. Pero muy por el contrario, Bankotsu se llevó la mano de Kagome hasta su oreja, la guió acariciándose con esta por su mejilla y finalmente hasta sus labios…
—Gracias —musitó. Y sin poder contenerse, cerró sus ojos y le besó suavemente la palma de la mano disfrutando de ese íntimo momento.
Kagome se quedó perpleja, sin mencionar que, si estuvieran en campo abierto a plena luz del día, su rubor en el rostro sería más resplandeciente que el propio sol.
Reaccionó.
Retiró bruscamente su mano besada y la resguardó en su pecho como protegiéndola de él. Con el corazón exaltado, espetó:
—¡Qué está hacien-!
—Shh… —La calló el moreno.
Un hombre gritó afuera:
—¡huyamos, no hay tiempo para ir por las armas!
Mientras que otro exclamó:
—¡Los hijos de puta salieron detrás de las colinas!
—Es hora de salir e ir por Imagawa —ordenó Bankotsu al oír el alboroto.
Kagome seguía con el corazón en la boca por el pequeño beso en su mano. No obstante, una batalla la esperaba fuera de esa tienda así que, se enfocó en ello, respondió con un firme «sí» y se equipó nuevamente. Le ayudó con el haori y la armadura a Bankotsu y este, tomó a Banryû. Ya estaban listos para unirse a la batalla.
La lluvia se había detenido y las tropas del clan Takeda cayeron por sorpresa sobre el desprevenido corazón de la campaña. El ataque fue tan súbito que al oír los primeros gritos, los generales del clan Imagawa creyeron que se trataba de un altercado entre sus hombres y para cuando se dieron cuenta de que en realidad, el clan Takeda los atacaba, ya era demasiado tarde.
Bankotsu y Kagome ya se hallaban fuera de la tienda. El moreno se quedó viéndola preocupado al darse cuenta de que la ropa seca que ella encontró tenía los colores del enemigo. Iba a decir algo al respecto, pero los estandartes del clan Takeda avanzando en medio de la campaña captaron su atención.
Hasta hace dos meses, un escudo con el dibujo de una araña rodeada por cuatro espadas apuntando hacia afuera era el kamon que identificaba a Naraku Takeda. No obstante, al poco tiempo de su deceso, el heredero del han, Bankotsu Takeda cambió el diseño a un escudo con una Flor de Loto morada y sobre esta, la alabarda Banryû apuntando hacia abajo.
Bankotsu le ordenó a Kagome que no se apartara, pero esta, después de pensarlo un instante dijo:
—Usted vaya por ese cretino, yo volveré con el escuadrón.
Bankotsu la miró con extrañeza. ¿A qué se debía esa sugerencia tan repentina? Pues él no estaba de acuerdo en que ella cruzara el campo sola con esa ropa, sus hombres podrían desconocerla.
Iba a negarse, pero Kagome se adelantó.
»—No se preocupe por mí… Lo que menos necesita es una distracción —manifestó y se marchó rápidamente.
—¿Q…? —Alcanzó a pronunciar mirando cómo ella corría en dirección contraria.
Se quedó desconcertado. Aquella frase le sonó tan familiar que se vio indagando en su memoria hasta que lo recordó: «… lo que menos necesito es una distracción».
Él mismo le había dicho esas palabras en el pasillo de la Torre. Desconcertado, pensó:
«Entendiste mal, Kagome… ¿En serio crees que eres un estorbo para mí?».
Resopló con una sutil sonrisa, negó con la cabeza y enseguida, retomó el andar hacia su objetivo.
Kagome se dirigió rápidamente en dirección a los estandartes del clan Takeda, pero antes de encontrarse con su escuadrón, presintió que a sus espaldas algo se acercaba velozmente hacia ella. Dio un gran salto y una voltereta hacia atrás para esquivar lo que sea que se acercaba. El objeto de cuchilla cónica pasó de largo y se enterró en el suelo; era un Sais de ninja. Kagome se giró a mirar al agresor, pero este estaba casi encima de ella a punto de golpearla. Se defendió con su katana y el ninja rápidamente esquivó el ataque. Cuando se apartaron, la soldado notó las curvas femeninas que marcaba el shinobi-gi, ¡era una kunoichi!
Y un nuevo encuentro cuerpo a cuerpo se suscitó…
—¡¿Quién eres?! —inquirió Kagome cuando pudo retenerla por la espalda unos segundos.
—¡¿Qué te hace pensar que voy a responder a tu pregunta?! —espetó la kunoichi y golpeó con su cabeza hacia atrás en el rostro de Kagome.
La pelea se volvió más intensa y agresiva, mientras que ninguna sabía con quién se estaba enfrentando.
Yoshimoto Imagawa, no se había enterado de lo que estaba pasando afuera de su tienda, pero harto del ruido que escuchaba, salió de esta sin su armadura, le gritó a sus hombres que dejaran de emborracharse y que regresaran a sus puestos. Pero entonces, se dio cuenta de que el samurái que tenía al frente, no era el suyo, sino que era el mismísimo Bankotsu Takeda.
En segundos, Imagawa se ahogó en su propia sangre tras el ataque de Bankotsu quien finalmente, remató con su alabarda cortándole la cabeza al daimyō.
—¡Hermano! —exclamó emocionado el Comandante corriendo hacia él—. ¡Demonios! ¡Todo fue una locura! ¡¿Puedes creer que estos idiotas ni siquiera estaban armados?! ¡Huyeron despavoridos! —rio— La adrenalina me tiene extasiado, ¡necesito más!
—El plan fue un éxito y el clima nos acompañó —comentó Bankotsu con entusiasmo. Alzó la cabeza de Yoshimoto y exclamó—: ¡Aquí está nuestra victoria!
Los hombres gritaron triunfales e incrédulos de haber ganado tan fácilmente se abrazaron emocionados.
Un soldado le pasó una lanza y Bankotsu clavó ahí el sangriento trofeo.
Uno de los soldados le acercó su caballo negro, Yoru. Bankotsu sujetó las riendas y acarició el cuello del animal.
Jakotsu se acercó a su hermano y le habló:
—Juro que no volveré a dudar de tus ideas desquiciadas, hermano. —Bankotsu sonrió y enseguida buscó con la vista a cierta persona que estaba extrañando. Jakotsu continuó—: Aunque me diste un susto con esa caída —le dio una palmada en el hombro y el moreno se quejó de dolor. El Comandante se preocupó y Bankotsu le contó lo sucedido —a grandes rasgos—, mencionando también que Kagome le ayudó. Jakotsu recordó entonces la existencia de esa mujer y preguntó—: Por cierto, ¿dónde está esa castrosa?
—¡Te dije que no la llames así, Jakotsu! —exclamó ofuscado el moreno.
—¡Cielos! —exclamó con la mano en su pecho, impactado de esa reacción—. ¡No te pongas como una bestia! Solo lo olvidé.
El moreno relajó medianamente su molesta expresión.
—Hace rato que Kagome fue hacia ustedes, ¿dónde está?
—No lo sé, yo no la he visto… Ni siquiera muerta.
Bankotsu se preocupó. Montó sobre Yoru y dijo:
—Da la orden a los hombres de detener el asedio. No tomaremos más vidas del clan de Imagawa. Si hay desertores reclútalos.
—¡¿Qué?! ¿Y qué pasó con la diversión? ¡Están huyendo, es nuestra oportunidad de acabarlos!
—Ya eliminamos al objetivo, Jakotsu. No seremos unos cretinos —dijo esto último pensando en las palabras de Kagome y miró a su hermano con firmeza.
Jakotsu lo miró extrañado como si el hombre que le estaba hablando no fuera su hermano. Y claudicó al mandato.
Kagome respondía a la mayoría de los ataques de la kunoichi, pero las heridas en su espalda le estaban causando mucho dolor y comenzó a fallar en sus aciertos.
Una patada de la ninja la hizo soltar la katana. Rápidamente sacó la segunda espada de su conjunto daishō y continuó el combate. Con la pequeña espada logró cortar la piel del brazo a la kunoichi.
—Eres bastante buena para ser una simple samurái —manifestó la kunoichi tapándose la herida con la mano.
—¿Sí? Pues no tienes idea —espetó la azabache y volvió contra ella.
Bankotsu buscó por todos lados a su soldado hasta que la pelea de féminas llamó su atención.
«¿¡Qué mierda significa esto?!», pensó con el ceño fruncido al ver que Kagome tenía la nariz ensangrentada y… Esos ojos rojos que le recordaban a su progenitor eran inconfundibles, ¡Kagura! ¡¿Qué demonios hacía ahí su hermana?! Notó el corte profundo que esta tenía en el brazo.
Bajó de su caballo y fue hacia allá.
Kagura lo divisó y se distrajo unos momentos, Kagome aprovechó de darle una patada que alcanzó el rostro de la ninja y la hizo caer a tierra.
De pronto, la cintura de Kagome fue atrapada por el brazo bueno del moreno. Pero ella pataleó intentando zafarse, pues la sangre le hervía por las venas y quería acabar con esa mujer.
—¡Ya basta! —exclamó el daimyō.
La kunoichi se iba a lanzar a golpear a la soldado aprovechando que Bankotsu la sostenía, pero de pronto, su cuello fue atrapado por la gruesa mano del moreno y este exclamó:
»—¡Quítale las manos de encima, Kagura! ¡Kagome es mi soldado!
«¡¿Kagura?! ¿Ella es… Kagura Takeda, la hermanastra de Bankotsu…? ¡Mierda!», pensó Kagome intentando controlar su agitada respiración. Se calmó.
Kagura sintió que perdía el aire y alzó sus manos en rendición. Bankotsu la soltó y ella se apartó tosiendo, limpió la sangre de la comisura de sus labios y le cuestionó:
—¿Tu soldado? —rio con ironía— ¿Desde cuándo tomas en serio a una mujer, Bankotsu?
—¿Desde cuándo piensas que debo darte explicaciones, Kagura? —le respondió y agregó—: ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?!
Kagome estaba quieta y en silencio así que, Bankotsu la soltó de la cintura.
—Vine a cooperar con mi clan… Pues aunque no lo creas, sí me importa.
—Haz lo que quieras, ¡pero no ataques a mis soldados otra vez! ¡Solo interfieres en mi camino!
—¡Tu soldado lleva ropas del clan enemigo! ¡¿Cómo quieres que no me confunda?!
Kagome olvidó su quietud y refutó:
—Si te hubieras identificado cuando pregunté, yo también lo habría hecho y, habrías juzgado con más claridad.
—Oye bonita, tú también te pusiste como una salvaje, ¡no te pases de lista! —le contestó la ninja.
—¡Me atacaste por la espalda con un Sais! ¿Qué esperabas? —exclamó furiosa.
—Bueno... Supongo que mi hermano no te ha hablado de mí.
—No tengo por qué hacer eso —aclaró fastidiado el aludido y Kagura se silenció.
Kagome estaba impresionada por el trato entre ambos, no esperaba que se tuvieran tal aversión.
—Vamos. —Le dijo el moreno y posó su mano en la espalda de su soldado para que esta avanzara con él. Kagome se sobresaltó por el dolor y Bankotsu la vio con cara de reproche como diciendo: «Te advertí que esto te pasaría».
Caminaron hasta donde estaba Yoru y él subió al lomo. En seguida estiró su mano hacia ella y le ordenó subir también.
—Ya acabaste con Imagawa, ¿verdad? —inquirió la kunoichi con sequedad.
Bankotsu solo la miró con desdén mientras Kagome se acomodaba tras de él. Kagura volvió a hablar:
»—Me alegra haberte informado a tiempo las intenciones de Yoshimoto.
—¡Quien me avisó hace unos días, fue la Legión de exploradores! Tú, solo me confirmaste esas intenciones. Y para que te enteres, Kagura. Sé que algo hiciste con la Legión, ¡no soy el imbécil que crees!
Imperturbable y sin muestras de darse por aludida ante la verídica acusación, la kunoichi contestó:
—Un simple gracias era suficiente. No necesito tu ácido, Bankotsu.
—Si buscas elogios, ve a jactarte sobre la tumba de Naraku. ¡Conmigo no te confundas, Kagura!
Kagome ya estaba lista, acomodada y sujetada de la cintura del daimyō sobre el lomo de Yoru. Bankotsu no quiso perder más tiempo con su hermana y se marchó con su soldado.
Kagura se quedó presionando la herida en su brazo y, aunque se sentía molesta, también estaba acostumbrada, ni siquiera podía sentirse humillada por el trato que Bankotsu le dio, en el fondo, ella tampoco lo protegía porque lo quisiera como un hermano, solo lo estaba utilizando. Esa era la verdad o… al menos, de eso se convencía.
Bankotsu ya había desaparecido de su vista y un impulso desde el interior de su pecho la hizo gritar en esa vasta soledad.
—¡¿Dices que no eres un imbécil?! —exclamó y sintió que su garganta se apretaba—. ¡Pues sí lo eres! ¡Eres un maldito imbécil!
Sintió su corazón oprimido.
—Tsk —chasqueó la lengua, sin entender por qué de pronto se sintió tan afectada.
Intentó enfocarse y matar esa ridícula sensación. Analizó:
«Esa mujer… Sus movimientos eran divergentes. Pero reconocí algunas técnicas que utilizó…»
—Definitivamente, no es una soldado ordinaria. Te estaré observando… Kagome.
Continuará…
N/A: Hola hola… ¡tantos siglos! Vamonos de inmediato al:
Dato cultural
En este capítulo me basé en un acontecimiento histórico: la Batalla de Okehazama de 1560. Año en el que se desarrolla este fic. Esta batalla se considera uno de los puntos de inflexión más importantes que cambió la historia de Japón.
Los acontecimiento aquí relatados son bastante apegados a la realidad, sin embargo, cambié ciertos hechos para dar coherencia y entretención a la trama. Los verdaderos protagonistas de este hecho histórico fueron: Yoshimoto Imagawa (quise mantener su nombre) y Nobunaga Oda (que vendría siendo en quién me inspiré para Bankotsu). Por supuesto que en dicha batalla no había mujeres o ninjas involucradas, solo mantuve la ubicación geográfica de Owari y Okehazama ya que, en la realidad, la provincia de Mutsu no tuvo papel en esto. Tampoco fue Nobunaga quién mató a Yoshimoto, sino que fueron dos de sus generales, pero aquí debemos darle el protagonismo a mi querido Banky. A eso me refiero con los cambios. Si Es buscan en google, se darán cuenta lo fácil que fue para Nobunaga ganarle a Yoshimoto Imagawa en una batalla a la que llamaron «guerra relámpago» pues en tres horas se suscitó todo, los soldados salieron huyendo y algunos se rindieron ante Oda. De la noche a la mañana este se hizo famoso por esta batalla, consiguió más guerreros, dos de ellos, desertores del clan Imagawa y uno de estos, Motoyasu Matsudaira (futuro Tokugawa Leyasu), se volvió su servidor más leal y sucesor en la unificación de Japón.
Luego de explicar eso, voy con el contexto para que entiendan las ambiciones de Bankotsu cuando dice que quiere Todo y nada:
El Shogunato fue el gobierno militar establecido en Japón, dirigido por el shōgun; título otorgado por el Emperador. Y aunque, técnicamente, este último estaba por encima de todo, en la práctica, conservó una función más ceremonial y concedió al shōgun la potestad de hacer y deshacer, convirtiendolo en una especie de «dictador militar».
La consecuencia de esa agitación social y administrativa hizo la desunión de Japón para convertirse en estados feudales, en constante guerra (Sengoku). No fue hasta que el daimyō, Nobunaga, tras una victoria casi imposible en la batalla de Okehazama, puso la primera piedra en la construcción de un Japón unificado y en paz. Esta batalla fue «el principio del fin de la era Sengoku». Nobunaga y su sucesor, Leyasu, fueron dos de los tres grandes unificadores y pacificadores de Japón, pero el camino para lograr aquello; fue sangriento.
¿Ya pueden imaginarse por qué Bankotsu quiere tomar todo, pero quedarse con nada? Si no lo han captado, en los próximos capítulos quedará más claro, ya que Kagome también lo descubrirá.
La vieja costumbre samurái existía, como también otros rituales que hacían los samuráis antes de un enfrentamiento. No las puse pero son interesantes.
Harakiri o Seppuku: era una práctica para los samuráis caídos en desgracia o deshonrados. Se trataba de un ritual de suicidio público en el que se cortaban el estomago para recobrar el honor. La creencia era que la mente residía en esa parte del cuerpo y así, purificaban sus pecados.
Sais: arma ninja. Asemeja a un tridente metálico, pero su cuchilla es cónica. No son filosas, pero la fuerza letal está en la punta, son para lanzarlas y perforar al enemigo.
Un han es un «dominio». Nombre dado a los feudos en Japón.
Los samuráis usaban un conjunto de dos espadas que se conocía como daishō, conformado por una katana, más una espada corta. No era opcional portar un daishō, era una especie de insignia para su rango.
Dato curioso que asocié con Bankotsu y amé:
Los samuráis le daban extrema importancia a su cabello; representaba su estatus. Nunca cortaban la coleta, salvo en casos de deshonor o conversión a monjes. También reflejaba su habilidad en batalla en función de su longitud. Pienso que tal vez, Rumiko se basó en este dato para dibujar a Bankotsu.
Fin del dato cultural
Uff, me emocioné con los datos, siento dar la lata, pero me resulta fascinante la historia japonesa.
Gracias por las ideas que me dieron para el kamon de los Takeda, espero les haya gustado como lo describí.
Cami-Insoul, paulayjoaqui, GabyJA ¡GRACIAS BELLAS!
Mis queridos guest:
Lita Mar: En serio gracias y espero te guste este capítulo, pues trae un poco de lo que querías :3
Rodríguez Fuentes: tú no te preocupes si lees tarde, deshonra yo que aparezco meses después. Que horror con la vida adulta. Pero mil gracias y sii, es algo incómodo que Banky esté con alguien más, me pasa igual que a ti. Pero quizás qué pasará en esta historia.
manu: Veré la serie que recomiendas y te cuento. Respecto a los shipp, después de que escribí ese yaoi KogaYasha, creo que soy capaz de escribir cualquier cosa, hahaha.
A todos, mil gracias por sus reviews y por no abandonar la historia, pese a mi tardanza en actualizar. Los quiero mucho.
Abrazos,
~Phanyzu~
