Capítulo IX

Los cuestionamientos de una soldado y un daimyō

Parte 1

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«Cuando se ha oído hablar de las hazañas de un Maestro, pensar que cualquier cosa que uno haga no podrá jamás igualarlo, es señal de un alma mezquina. Se debe pensar, al contrario, que "si el maestro es un hombre como yo, ¿por qué yo he de ser inferior?"».

Tsunemoto Yamamoto.

Del libro: El Hagakure.


Castillo Mutsu, Torre del Homenaje

Las noticias acerca de la victoria del clan Takeda en la batalla de Okehazama, avanzaron como el fluir de un río entre todas las regiones, e hicieron que de la noche a la mañana los ojos de todo Japón se fijaran en Bankotsu Takeda. La gran hazaña del joven daimyō, le concedió fama, admiración y el respeto de muchos hombres que decidieron seguirlo. Así fue que, a la segunda mañana siguiente, un gran número de hombres se reunió a las afueras del castillo Mutsu pidiendo unirse con ansias al clan Takeda y entregar sus servicios al terrateniente a cambio de tierras, seguridad y estabilidad.

Jakotsu advirtió a su hermano que, dichos hombres no eran más que simples ashigarus y que el resto eran aficionados; campesinos sin experiencia que solo habían cumplido funciones de Wakatos en otras guerras.

—Insisto en que nos quedemos con los ashigarus, el resto es basura —comentó despectivo el Comandante dándose un aire de inteligencia desbordante.

Pero Bankotsu, quien se hallaba sentado frente a él, en una relajada posición de loto, analizando las cosas con detenimiento, respondió:

—Eso no importa. Recluta a todos. —Su seguridad era indudable y sus palabras firmes—. Los formaremos como soldados.

Jakotsu no estaba convencido. No es que no fuera a acatar las órdenes de su hermano, pero al menos, quería tener una buena razón para soportar el hecho de perder su valioso tiempo con esos campesinos inútiles que apenas manejaban un palo en sus manos.

—¿Al menos puedes explicarme el beneficio de esto?

—Simple… —respondió Bankotsu—. Ningún daimyō ha visto el potencial que tienen estos hombres. Usa tu cerebro, Jakotsu.

—Es muy temprano, ¡no exijas! —Estiró una mano hacia un plato de uvas que había en el centro de la mesa, cogió una y la comió refunfuñando.

Bankotsu ignoró el lapsus de estupidez de su hermano y explicó su punto:

—Esos campesinos, vienen de generaciones y generaciones de hombres que por cuatrocientos años han trabajado bajo el yugo de los samuráis recibiendo malos tratos y siendo despreciados. —Jakotsu comía uva tras uva mientras ponía toda su atención—. ¿Qué crees tú que pasaría con sus corajes y voluntades, si yo les concedo la oportunidad de ser alguien más que solo el campesino que maneja una lanza, o que hace la comida para los soldados y limpia la mierda después de la batalla?

—Etto… —Jakotsu casi captaba la idea cuando Bankotsu se adelantó excitado:

—¡Exacto!

—¡No dije nada! ¡No me diste tiempo de hablar!

Bankotsu continuó entusiasmado como si hubiese descubierto un tesoro:

—¡Serán verdaderos monstruos de guerra sedientos de triunfo y gloria, querrán demostrar que son valerosos y su ambición crecerá! ¡Aplastarán todo a su paso como fieras que han sido liberadas y exaltadas en honor!

—¡Mierda!… ¡Aléjate! —Jakotsu le dedicó una mirada de espanto contrayendo sus manos hacia su cuerpo como si tuviera miedo y Bankotsu fuera un monstruo. Jakotsu dijo—: Tienes esa cara de joven guapo, pero a veces das miedo, ¿sabes?

Bankotsu lo miró serio y alzó una ceja.

—No es momento de tus ridículos chistes.

Jakotsu echó una carcajada apretando su estómago, pero luego de casi ahogarse volvió a la normalidad.

—Está bien, no seas un amargado. —Se limpió las lágrimas producidas por el exceso de risa y la tos—. Supongamos que estos campesinos se vuelven «útiles». Dijiste que sus ambiciones crecerán; si crecen las ambiciones de esos campesinos, ¿no querrán tomar más poder de lo permitido?

—Eso es controlable y la probabilidad es baja —respondió Bankotsu con cálculo frío. Luego explicó—: Estos hombres pasarán de ser simples campesinos a convertirse en un ejército. Después de darles privilegios, serán los soldados más leales que podamos tener. —Esta vez, Bankotsu tomó una uva en su mano, pero sin comerla aún comentó—: Recuerda que entre nuestros soldados, aún tenemos algunos que le son fieles a mi padre, incluso, estando él muerto. —Jakotsu asintió con seriedad—. Necesitamos nuevos soldados fieles a mí —dijo esto empuñando la mano en la que tenía la uva, y sin reventarla ordenó—: Dales las armas correctas y enséñales a usarlas. Que el primer entrenamiento sea duro hasta la fatiga. Si después de eso aún quieren continuar; personalmente les daré la bienvenida a mi ejército. —Dicho esto, Bankotsu lanzó juguetonamente la uva hacia arriba y esta cayó por efecto de la gravedad, directo en el interior de su boca. Enseguida, se puso de pie.

—Bien. Como ordenes —respondió Jakotsu, y añadió—: Pero terminaré de comer estas uvas y me iré.

—Está bien, no me importa. Solo no gimas tanto cuando masticas… Me desespera.

—¡¿Aah?! —se espantó— ¡¿Qué dices?! ¡No hago eso!

—Sí, lo haces.

Jakotsu chasqueó la lengua ofendido.

Bankotsu lo ignoró y caminó hacia una ventanilla. La vista desde el tercer piso de la torre era bastante amplia; los jardines se apreciaban limpios y armoniosos desde ahí.

De pronto, un movimiento a la distancia despertó su interés; los soldados abrían las puertas del patio para dejar ingresar a una soldado montada en el caballo flojo que él mismo le asignó. Repentinamente, sintió que el corazón le dio un brinco y al segundo después maldijo por sentir eso. No obstante, al ver que el animal se portaba sumiso y obediente bajo las órdenes de Kagome y no se resistía, Bankotsu pensó:

«Al parecer no le costó nada de trabajo entrenarlo».

Inconscientemente la comisura de sus labios se curvó hacia arriba y murmuró solo para él:

—La bestia cayó rendida a sus pies.

Parecía una broma ver que en tan poco tiempo ese incorregible caballo fue domado por ella. De pronto, tuvo un pensamiento bastante irrisorio; se reflejó a sí mismo como «la bestia». Apretó el puente de su nariz mientras tachaba en su cabeza aquello tan absurdo:

«¡¿Cómo demonios me estoy comparando con ese animal?!… —Se llevó la mano a los ojos y la arrastró hasta su boca como queriendo barrer su ridiculez—. ¡¿Qué pasa conmigo?!».

Será que, esa sensación molesta de «falta de algo» que sentía desde hace un corto tiempo en un recóndito lugar de su corazón, ¿lo hacían pensar sandeces como compararse con el comportamiento de un animal?

El Comandante había comido todas las uvas y se levantó para retirarse del salón cuando repentinamente, Bankotsu con calma y voz reflexiva le habló:

—Jakotsu…

—¿Mmm? ¡No hice ruido con la boca! —Se anticipó en defender sus modales.

—No. No es eso…

Jakotsu se detuvo en seco en el umbral de la puerta y lo miró con atención. Pocas veces su hermano le hablaba con ese tono tan profundo. Bankotsu no lo miraba a él, sino que seguía mirando a través de la ventanilla. Bankotsu preguntó:

»—¿Hay algo que te haga sentir la sensación de estar insatisfecho?

Jakotsu quedó pasmado por la extraña pregunta de su hermano y soltó lo primero que se le vino a la mente:

—Que no me des más tiempo libre.

—...

—No me mires así. ¿Qué hay de ti?

Bankotsu no respondió de inmediato y volvió a mirar a Kagome quien se bajaba con agilidad del caballo, pero de pronto, Jakotsu cambió su semblante a uno y como si hubiese visto un fantasma, habló espantado:

—Ay no… no… espera… ese tono en tu voz… no me digas que…

—¿Qué…?

—¡No me digas que te vas a morir! ¿Realmente estás enfermo?

—¡¿Qué?! ¡No! Claro que no.

—Por favor, ¡no mientas, hermano! —Jakotsu alzó la voz—. Yo mismo he visto cuando te has sentido débil y mareado, ha pasado dos veces desde que fue la ceremonia de sucesión, ¡dos veces! Así que, dime… Está bien, lo soportaré. Dime… ¿Vas a morirte y resulta que necesitas buscar una esposa antes de que eso pase?

—¡N…! ¿¡Aah…!? —El rostro de Bankotsu se congeló y luego, en un pestañear, se encendió hasta las orejas y sus ojos se abrieron desmesuradamente. ¡¿Cómo demonios Jakotsu le suelta algo así?! Bankotsu necesitó aferrarse a la pared para no desestabilizar su cuerpo—. ¡Idiota! ¿Qué mierda estás diciendo? ¡No estoy pensando en eso! ¡Ya sabes lo que opino al respecto!

—Pues, Por lo mismo, ¿te hallas en una situación de emergencia?¿qué otra razón existiría para que de pronto te pongas hablar en ese tono tan profundo? Has tenido dos crisis en las que he tenido que sostenerte, porque pierdes casi toda tu fuerza y luego de largos minutos vuelves a la normalidad.

—¡¿Quieres bajar la voz o mejor callarte?!

—Ya me preocupaste, déjame hablar —Aunque su tono fue más bajo, sus palabras se volvieron firmes.

Bankotsu apretó el puente de su nariz y Jakotsu continuó como una nena a punto de desmayarse:

—Es obvio que piensas que te vas a morir y que por eso, necesitas una esposa para dejar descendencia. ¿Estoy equivocado?

¡Absolutamente equivocado! Dejando de lado el punto de las crisis de «perdida de fuerza momentánea», que habían comenzado desde el día en que castigó a Kagome y de las cuales aún no tenía claro el porqué le ocurrían… ¡No pensaba en que se iba a morir! Y, ¡claro que no buscaba una esposa! El matrimonio estaba fuera de sus planes, así como el amor, ¡y eso no estaba en discusión!

Bankotsu tenía un rostro muy parecido a cuando uno ve que una persona está hablando incoherencias y no sabes cómo hacerla parar para que deje de verse tan patética. Al no responder nada, Jakotsu siguió:

»—Te pasas el día planeando estrategias, buscando comprar armas innovadoras, y ahora, tienes el peso del feudo en tus hombros. Por lo general, los hombres con este estilo de vida buscan un apoyo femenino para liberar las cargas de la guerra y la complejidad del vasallaje…

¿Jakotsu está diciendo esto? La palabra «apoyo femenino», ¿realmente salió de sus labios?

»—Pero no estamos hablando de cualquier hombre, se trata de ti. Tú no piensas igual y eso es lo que me hace pensar…

Cuidado, está pensando…

»—Si sientes que estás insatisfecho. Eso es solo un pensamiento que tendrías si te estuvieras muriendo, ¡porque necesitarías dejar un legado!

Bankotsu lo miró incrédulo y pensó en que, realmente su hermano debió gastar demasiada energía para lograr formular aquella conclusión tan absurda. ¡¿Acaso no podía entenderse con la única persona a la que podía ver como un «amigo»?! ¡Su hermano mayor, Renkotsu; es una escoria de lo peor! ¡Su hermanastra, Kagura, es una ninja tramposa y deshonrosa!

«¡No necesito un hermano sin cerebro también, gracias!», pensó y se llevó la mano al rostro para barrer el infortunio, sofocarse a sí mismo y morir en el acto. Luego dijo:

—¡Solo me refiero a que…! —De tanta estupidez, su mente ya se había bloqueado, así que mejor se rindió—. Olvídalo.

Se cruzó de brazos y miró nuevamente por la ventanilla; Kagome mimaba y acariciaba la cara del caballo. Uno de los cuidadores de equinos se acercó para recibir las riendas y llevar al animal a las caballerizas.

Jakotsu volvió a hablar:

—Está bien. Creeré que estás bien y saludable, no obstante, este tema no deja de ser importante. No tienes planes de contraer matrimonio, pero técnicamente, es tu deber dejar un heredero y preservar nuestro apellido. Sin embargo, me enteré de que prohibiste la visita de concubinas a tus aposentos. ¿Es por alguna razón en especial?

Bankotsu seguía mirando a Kagome. Jakotsu no tenía cómo saber a quién su hermano observaba, a menos que se pusiera de pie y caminara a la ventanilla también, pero no lo hizo. El corazón del joven daimyō volvió a estremecerse cálidamente cuando observó a su soldado sonreirle al cuidador, la vio hacer una reverencia, sacudirse las manos y alejarse caminando hacia el patio de entrenamiento. En un tono seco respondió:

—No es por nada en especial. Solo quiero concentrarme en las próximas batallas. No será nada que se pueda decir fácil, y muchos inocentes morirán bajo mis manos… —Se miró las palmas y apretó los puños al decir aquello.

—Y… ¿Eso es un problema para tí?

La pregunta de Jakotsu no era para nada superficial considerando que, siempre vio a Bankotsu como un hombre de corazón frío, el cual en cada enfrentamiento, nunca se había mostrado preocupado por el daño colateral que sus actos bélicos provocaban.

—No me agrada en lo absoluto.

Sorprendido, Jakotsu preguntó:

—¿Desde cuándo es un conflicto para ti el que mueran inocentes? ¡Pareces un novato!

En el pasado, bajo el mando de su padre, Bankotsu solo había seguido órdenes. Por lo general, los asedios a su clan, se producían en venganza contra Naraku; los daimyōs se quejaban de que Naraku había tomado sus tierras sin antes luchar por ellas. Naraku se defendía ante Bankotsu diciendo que los bienes habían sido adquiridos de mutuo acuerdo; incluso le mostraba documentos firmados por los mismos daimyōs que lo acusaban y lo venían a asediar. Así que, Naraku, le exigía a su hijo que lo defendiera. No obstante, este hijo que tenía con una fuerza sin igual, no era ningún iluso y sabía a ciencia cierta que esos documentos, seguramente habían sido firmados bajo sospechosas circunstancias; probablemente, estos terratenientes, sufrieron la extorsión de Kagura Takeda, quien actuaba bajo las órdenes de Naraku. Aún así, Bankotsu, lamentándose por ser un hijo de un padre tan miserable, decidió ser un hombre leal, y masacró clanes enteros bajo esta convicción, gracias a esto es que su feudo en el norte abarcaba cuatro provincias. No obstante, el conflicto que actualmente se generaba en el interior de Bankotsu, era que, esta vez, la masacre y el daño colateral que se provocaría en los días venideros, serían iniciados bajo su propia órden y bajo sus propios objetivos. No habría engaños, ni malas manipulaciones de la verdad, pero desgraciadamente, no tenía otra forma para acabar con el poder de los shogunes. Esta era la única forma de unificar el país dejándolo bajo un solo poder militar; él y su clan serían las únicas espadas del Emperador.

Bankotsu lo atravesó con la mirada y espetó:

—Ya me estoy hartando de esta charla. ¡Pareces una señora sin nada más que hacer!

—Hermano, no seas injusto conmigo —se quejó Jakotsu—. De pronto te pusiste reflexivo, yo solo te estoy siguiendo el hilo… no te enfades.

—¡Mejor ve a entrenar a esos hombres y construye un ejército para mí!

—Bueno… ¡no te pongas tan intenso! Y respecto al tema de tener esposa, no tienes que preocuparte por encontrar en donde poner tu descendencia. Tienes a todas las mujeres que quieras, ¿o no? —Le guiñó un ojo—. Solo toma una y ya, ¡no necesitas casarte!

—¡Fuera de mi vista! —exclamó Bankotsu y le lanzó un tantō desviado intencionalmente para no lastimarlo realmente. El tantō se clavó en la pared.

—¡Hermano desconsiderado! ¡Para qué me haces preguntas capciosas!

—¡Jakotsu!

—¡Ya me voy! —Con el rostro pálido el Comandante salió rápidamente del salón.

Bankotsu tenía una expresión de irritabilidad cuando esto sucedió, pero en cuanto volteó nuevamente hacia la ventanilla su semblante se suavizó, enseguida sus cejas se aflojaron en desconcierto al percatarse de que Kagome ya no estaba en su rango de visión y suspiró. Pero en su corazón se manifestó una respuesta estremecedora ante los anteriores dichos de Jakotsu y pensó: «No. No las tengo a todas…».

De pronto, el brinco veloz de algo que iba de tejado en tejado como un gran gato blanco, llamó su atención. Apenas se distinguía, pero él supo inmediatamente quién era, afiló su mirada y en su mente pronunció el nombre: «Kagura». Por la dirección en que iba, se dirigía hacia el patio de entrenamiento; justo a donde debía estar Kagome. Y entonces, el joven terrateniente, no necesitó más excusas para ir y presentarse en ese lugar.


Castillo de Tosa, región de Shikoku, sur de Japón

En cuanto la sacerdotisa se enteró de lo sucedido en Okehazama, dejó que las mujeres continuaran el entrenamiento de tiro con arco y flecha sin su supervisión. Rápidamente buscó a su hermana mayor en la Torre del homenaje.

Midoriko daba instrucciones al Teniente Hakkaku y al Subteniente Ginta; ambos del escuadrón de élite del clan Higurashi, quienes bajo las órdenes del Comandante Kōga, quedaron a cargo de proteger el castillo y a su daimyō mientras que él se iba de misión al norte con Sango. Una vez que Midoriko terminó de ponerse al día con ambos, estos se giraron, saludaron respetuosamente a la sacerdotisa y caminaron hacia la salida del salón. Midoriko dirigió la mirada hacia su hermana y la saludó:

—Kikyō…

—Hermana —saludó inclinando levemente la cabeza—. ¿Todo en orden?

—Los soldados me informaron de los acontecimientos ocurridos en la Provincia de Owari, en el valle de Okehazama. Imagino que estás aquí por eso.

—Sí, pero…¿será cierto? ¿No es un poco exagerado?

—Pensé lo mismo, pero es así, tal como se cuenta. Me lo acaban de confirmar. Y… sinceramente, no puedo creerlo. ¿Qué clase de hombre es Bankotsu Takeda? ¿Cómo es posible que con tan pocos soldados, haya derrotado al enorme ejército de Imagawa y en tan poco tiempo? Es… escalofriante.

Kikyō comentó:

—Seguramente usó las mismas artimañas que su padre. Ese hombre no ganaba nada si no era con trampas.

—Es probable, sin embargo, lo que es más preocupante, es que esto debe haber puesto a Bankotsu Takeda en la cima. Ahora mismo su clan debe estar creciendo desmesuradamente al igual que su confianza y su poder destructivo —comentó Midoriko frotando su frente con dos dedos.

En ese momento, uno de los mensajeros de confianza del clan Higurashi se anunció en la entrada. Midoriko lo autorizó a pasar y este se acercó a la daimyō con un papiro.

—Mi señora, su shinobi envía esta carta. —El joven le entregó el papiro a la terrateniente.

—Gracias —pronunció Midoriko al mensajero recibiendo el documento, y luego le solicitó que se mantuviera cerca del salón. El mensajero era joven como Kohaku, era ágil y cordial. El muchacho respondió con un «Como mi señora lo ordene» hizo una reverencia y se retiró. Las hermanas se miraron con seriedad, y sin decir nada, Kikyō fue hasta la entrada del salón. Por lo general, el shōji de este salón se mantenía abierto; los soldados entraban y salían para hablar con la terrateniente, a menos que el guardia de la entrada tuviera órdenes de no dejarlos pasar. El asunto de Kagome era delicado y lo estaban manejando en secreto, por ende, Kikyō le ordenó al guardia de turno que no permitiera a nadie ingresar al salón hasta que la daimyō lo indicase. Luego deslizó el shōji hasta cerrarlo por completo, regresó con Midoriko y se hincó en el zafu frente a ella, junto a una pequeña mesa que establecía una cómoda distancia entre las dos.

Midoriko comenzó a leer la carta de Kohaku en voz alta:

Mi señora Midoriko Higurashi:

La misión de entregar la carta al daimyō Bankotsu Takeda, fue completada. Sin embargo, el joven señor Takeda, dio una interpretación personal a las intenciones de mi señora. El daimyō Bankotsu manifestó que, con esta carta, mi señora intentó provocar su ira y burlarse de él y su clan. El señor Takeda dictó con claridad y énfasis que el clan Higurashi no es bienvenido en su feudo desde que los dominios estaban bajo el poder de su padre, Naraku Takeda. Se refirió a los hechos ocurridos entre los antiguos daimyōs recalcando que el clan Higurashi cometió alta traición al Emperador. Además, el joven daimyō dejó impuesto que, si otro Higurashi pisaba su feudo, él no lo dejaría regresar con vida. El joven daimyō intentó descubrir si yo era realmente un mensajero o era un shinobi por medio de una prueba que pasé con éxito, pero por favor, que mi señora pierda cuidado, ya que me encuentro en buena condición, gracias al Coronel Miroku, quien se hallaba en la cabaña de descanso en la montaña.

—Maldito atrevido —expresó Kikyō con dientes apretados al saber que Kohaku fue lastimado por Bankotsu. Kikyō guardaba un cariño por este jovencito, ya que lo consideraba un niño muy respetuoso.

Midoriko continuó leyendo:

Mi segundo reporte es respecto a las noticias que circulan en esta región.

Antes de entregar la carta al señor Takeda, me enteré que, en el torneo de selección de soldados que se llevó a cabo en la ceremonia de sucesión del daimyō. Un soldado común y corriente luchó una de las batallas a rostro cubierto, pero luego que obtuvo la victoria se identificó ante el nuevo terrateniente como una mujer de nombre: Kagome de Ezochi.

Midoriko se detuvo para dirigir su mirada de preocupación hacia la sacerdotisa:

—¡¿Kagome de Ezochi?! —exclamó Kikyō. La palma de su mano se apoyó en la mesa con bastante desasosiego, aunque sin golpear.

—Seguiré leyendo —dijo Midoriko con el sudor humedeciendo su frente, suplicando que fuera simplemente un alcance de nombre y no se tratara de su hermana.

A lo largo del tiempo se supo de muchas mujeres con ese nombre, así que, cabía perfectamente la posibilidad de que realmente se tratara de una mujer de nombre Kagome y que nació en Ezochi, no en Tosa.

La mujer, Kagome de Ezochi, solicitó que su victoria le otorgara la oportunidad de reclutarse como soldado en las filas del daimyō, pero Bankotsu Takeda y su Comandante, rechazaron esta petición. La mujer contrarió públicamente la decisión del daimyō causando la furia de este, y en el acto, la sentenció. La soldado fue condenada a recibir cincuenta azotes y posteriormente a ser ejecutada.

—¡¿Qué?! —exclamó la sacerdotisa con más espanto que furia levantando una de sus rodillas del suelo para ponerse de pie como si quisiera correr a buscar a la aludida en esa carta—. ¡Es obvio que es Kagome! ¡Es nuestra hermana!

—¡Kikyō! No he terminado de leer… —Dijo Midoriko con los nervios de punta. Kikyō volvió a su posición y apretó los puños; un gesto que por lo general no hacía, pues siempre se mantenía en su postura inquebrantable. No obstante, tenía miedo de lo que esa carta pudiera revelar a continuación.

El castigo se llevó a cabo a puerta cerrada en el interior del castillo Mutsu con solo dos testigos aldeanos y el escuadrón de élite privado del daimyō.

En este punto las manos de Midoriko temblaban. ¡El castigo se había cumplido! ¿Qué significaba eso? ¡¿Que esa mujer, Kagome de Ezochi, murió?!

No obstante, en medio de los azotes, la mujer luchó por su vida y evitó su propia muerte. El daimyō consideró que la soldado de Ezochi había demostrado su valía y le perdonó la vida, además de que, el acto valeroso de la mujer en cuestión, le abrió las puertas para unirse al clan Takeda convirtiéndose en una soldado de élite del daimyō.

—¡¿Soldado del daimyō?! —exclamó Kikyō, incrédula. ¿Qué mierda estaba pasando? Kikyō se había imaginado que Kagome actuaría a la distancia; ¡no solo ella lo pensó! Sango, Kōga y Midoriko también lo teorizaron. ¡Ninguno imaginó que Kagome fuera tan osada para actuar desde el interior del clan!

Pero la carta no terminaba ahí. Y lo siguiente confirmó lo que Midoriko y Kikyō temían.

Mi señora, el hecho es real; verifiqué la información cuidadosamente con los testigos convocados por el daimyō, quienes tenían el deber de comunicar a todos los habitantes del norte lo sucedido. Ellos me describieron las características físicas de la soldado y, me atrevo a concluir que la soldado Kagome de Ezochi y la Capitán Kagome Higurashi son la misma persona. En primera instancia, dudé de esta posibilidad debido a que no tenía información de que la Capitán Higurashi se hallara en estas tierras, no obstante, al conversar con el Coronel Miroku, me enteré del paradero incierto de la Capitán y esto confirmó mis sospechas.

El Coronel me informó también que mi hermana viene viajando hacia acá. Imagino que ella completará la información que me entregó el Coronel. Mientras tanto, me quedaré aquí para investigar más acerca de esto. No se preocupe… mantendré mi distancia con el clan Takeda y esperaré sus nuevas órdenes cuando me reúna con mi hermana.

Sin más que agregar, espero que mi señora se encuentre bien. Me despido.

Shinobi; Kohaku de Sanuki.

Con los codos sobre la mesa, Midoriko arrugó el papel, entrelazó sus dedos y unió sus manos apoyando su frente en estas, entonces espetó:

—¡Bankotsu es otro desgraciado más, tal como su padre lo era!

—No quiero faltarte el respeto, hermana, pero tu carta solo sirvió para humillarnos más ante él y su maldito clan. —Midoriko sentía que la sangre le hervía y Kikyō no pudo evitar cuestionar—: ¿Qué esperabas como respuesta?

—¡No me pongas esa cara de «te lo dije», Kikyō! ¡Por favor! —hizo un gesto con la palma de su mano para cortarla ahí—. No puedo con eso ahora —Midoriko se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro como una bestia enjaulada dentro del salón, mientras que Kikyō se quedó en el zafu observándola.

—Eso de traer a Kagome sin tocar a Bankotsu, no servirá de nada —comenzó Kikyō refiriéndose al plan que acordaron con Sango y Kōga.

En un principio, Sango propuso eliminar a Bankotsu y expuso algunos métodos para matarlo, entre ellos, estaba el ingresar al castillo disfrazada de concubina, ya que Bankotsu tenía fama de «mujeriego», ella lo asesinaría mientras lo seducía; este método era muy eficiente entre las kunoichis, pues los hombres caían fácilmente ante sus encantos, así, podía envenenarlo, apuñalarlo o asfixiarlo, pero toparon en que necesitaban el contacto principal de quién les llevaba las concubinas y para eso, se requería de una investigación adicional, no obstante, los cuatro coincidieron en que no contaban con mucho tiempo. Otra forma era infiltrarse como una nueva aprendiz para la servidumbre del daimyō y envenenar sus comidas, sin embargo, este método era más difícil que el anterior; lento y expuesto a un sin fin de fallas, ya que para llegar a manipular los alimentos del daimyō, se requerían años de trabajar bajo su mando, además de plena confianza, sin mencionar que a algunos daimyōs, temerosos de este asesinato tan común, hacían que sus subordinados probaran algunos alimentos antes de comerlos ellos mismos, por ende, no era factible que su objetivo realmente consumiera la comida con el veneno. En resumen, cada método que propuso Sango era muy arriesgado e incierto, sin mencionar que para ese entonces, la terrateniente quería llevar las cosas por un camino pacífico con el clan del norte, así que, Midoriko los rechazó todos y optó por encontrar a Kagome, informarle respecto a la carta de paz enviada al daimyō y posteriormente ordenar el retorno de su hermana menor al sur. Midoriko quería dejar en claro una vez más a Kagome que no estaba dispuesta a comenzar una venganza contra los Takeda. No obstante, Kikyō tenía razón, ese plan valía lo equivalente a la mierda que caga una fila de caballos en medio de la calle y, más ahora que contaban con esta nueva información respecto a la ubicación de Kagome y sus intenciones de operar. Kagome se hallaba tan cerca de Bankotsu que ponía las cosas más difíciles para Sango. La mente de Midoriko se halló en desasosiego y parecía que el ritmo de sus pasos que iban y venían marcaban el tono de su voz a medida que hablaba:

—Quise pensar que Bankotsu Takeda podría ser diferente y que tendríamos una esperanza de llegar a buenos términos con él, por esa razón fue que en un principio, envié a Sango a investigar respecto al nuevo daimyō del norte, luego envié esa carta con Kohaku, pero Bankotsu se muestra reacio a dejar el pasado atrás. Ese jovencito es tan obstinado como la mujer que ahora está a su lado con intenciones asesinas hacia él. ¡Es irónico!

Kikyō cuestionó:

—La sangre de Bankotsu es la misma de Naraku, ¿por qué te sorprendes tanto?

Midoriko ignoró el cuestionamiento de Kikyō y continuó hablando como si pensara en voz alta para sí misma:

—Es un hombre tan joven como Kagome —se detuvo bruscamente para mirar a Kikyō y soltando una risa incrédula preguntó—: ¿cuántos años tenía Bankotsu cuando su padre asesinó al nuestro? ¡¿Siete años?!

—Eso creo…

La terrateniente retomó su alterado desplazamiento mientras su tono de voz se volvía efervescente.

—¡¿Puede ser posible que el tiempo no sea capaz de aplacar el odio de alguien?!

Con la seriedad y sinceridad que caracterizaba a Kikyō, respondió:

—Bueno, tienes el mejor ejemplo para esa respuesta. Nuestra hermana se preparó durante años para vengar la muerte de nuestro padre y recuperar un arma que ya no nos pertenece, sin siquiera pensar en las graves consecuencias, así que, la respuesta es NO. El tiempo no logra aplacar el dolor ni el odio, solo lo deja en un letargo hasta que algún detonante haga resurgir el sentimiento.

—¡Así es…! —Midoriko alzó la voz—. ¡Un detonante! Yo acabo de hacer surgir ese sentimiento de odio en ese infeliz con esa… ¡Estúpida carta de paz! —mencionó apretando los dientes y los puños. En seguida su tono se volvió reflexivo y a la vez desquiciado. Sentía que las cosas podían escaparse de sus manos. Se detuvo nuevamente y llevó la mano a su pecho, sintió su corazón acelerado—. Esto solo nos indica que, tarde o temprano tendremos a Bankotsu Takeda asediando en nuestras tierras.

—Entonces Sango tendrá que esperar a que Kagome salga del castillo para ejecutar el segundo plan —mencionó la sacerdotisa que seguía de rodillas frente a la pequeña mesita manteniendo la calma y la mente fría.

En efecto, había un segundo plan y era bastante poco ortodoxo y lamentable. Si Kagome se negaba a regresar, Sango tenía pase libre para dormirla y traerla a la fuerza.

—No, Kikyō. ¿No lo ves? —La aludida endureció su mirada y Midoriko explicó—: Kagome y su venganza van de frente. Ella mostró su rostro a Bankotsu, ni siquiera tuvo la prudencia de cambiar su nombre de pila, por ende, el segundo plan sería inútil y peor que el anterior. Ella es parte del escuadrón de élite del clan Takeda ahora; ¿qué crees tú que haría Bankotsu si uno de sus principales samuráis desaparece de la nada?

Kikyō no tardó en deducir.

—Él no se va a quedar de brazos cruzados.

—¡Exacto! Y, no sabemos tampoco las vueltas que da la vida; Bankotsu la podría volver a encontrar en cualquier parte, se daría cuenta de todo el engaño y en un futuro, en secreto, podría planear un ataque sorpresa contra nosotros, así que, ejecutar ese plan solo sería esperar sentadas a que nos caiga una masacre.

Se hizo un silencio prolongado en el que ambas examinaban la situación. Midoriko reanudó el paseo de aquí para allá, se enfrascó en sus propias conjeturas mientras las revelaba en voz alta.

—Solo conseguí humillarnos y de paso, refrescarle la memoria con los asuntos del pasado a un mocoso que ni siquiera debe saber bien cómo fueron las cosas. ¡Ni siquiera nosotros sabemos qué demonios fue lo que pasó en aquel entonces!... Ahora, Kagome actúa por su cuenta… creímos que sería al menos prudente y actuaría a distancia, que buscaría algún modo de dispararle una flecha directo en el corazón a ese crío engreído, pero no, su imprudencia no tiene límites, ¡llegó muy lejos esta vez! Si la descubren, todo se volverá contra nosotros y pasaremos el mismo infierno que hace quince años.

Así como estaban las cosas, desde la perspectiva en que se mirara; no había modo de evitar las fuerzas de Bankotsu en un futuro y mientras Midoriko pensaba esto, las remembranzas de los días posteriores a la muerte de su padre cobraron vida en su mente. Recordó que muchos clanes pequeños guiados por Naraku Takeda intentaron llegar a ella para cortar su cabeza: «¡Matemos a la hija de Higurashi! ¡Es hija del traidor!». Esas y más palabras de amenazas y degradación en que comparaban a su familia y a su persona con la basura, seguía oyéndolas hasta en las pesadillas. Incansablemente intentaron apoderarse de sus tierras en Tosa. Recordó que, de no ser porque el abuelo de Miroku —antiguo Coronel de la región sur—, intervino y persuadió en el Shogunato para que detuvieran los asedios contra su castillo, probablemente ella y sus hermanas ya no existirían.

Kikyō comenzó a sentir un leve escalofrío al ver el semblante de su hermana; la mirada brillosa con algunas venas rojas dejándose notar en la zona blanca del globo ocular dejaban claro el estado exasperado de Midoriko.

La terrateniente necesitó tomar aire y exhalar para no dejarse dominar por la frustración de sentir que había hecho las cosas mal desde un principio. En su defensa, se podría decir que, cuando murió Naraku y ella tuvo aquel deseo de llevar las cosas bien con los Takeda, su hermana menor no estaba involucrada directamente en esto, o al menos, en ese momento Midoriko lo desconocía y envió esa carta cuando nadie sabía aún en dónde Kagome se hallaba. Las intenciones de paz de la terrateniente fueron genuinas, pero ahora que recibía esta insolente respuesta del menor de los Takeda; sintió que le acababan de dar una patada en la cara. Este clan seguiría basureando el apellido Higurashi, y lo haría quizá por cuantas décadas más. Sintió que algo se encendió en su corazón como un detonante que cambió automáticamente su propia perspectiva respecto a las cosas. No podía seguir tolerando esto.

Sintió la garganta arder, su saliva se volvió una mezcla de ira con gotas de amargura y odio que le supieron a deseos de venganza. Pensó en que durante quince años, no había hecho nada más que esconderse y defenderse de forma lamentable. Desde que ocurrieron los hechos con su padre, su vida se mantuvo así. Tampoco hizo algo productivo después; nunca investigó los hechos de la muerte de su padre, porque asumió que, desde el charco de lodo en el que se hallaba su clan, nadie le iba a querer ayudar, y ahora, se daba cuenta de lo tonta y patética que fue intentando mantenerse dentro de un maldito cascarón, aguantando por muchos años que los otros clanes tuvieran al apellido Higurashi revolcándose en el barro, mofándose de ella, pues en ese entonces estaban en el ojo del huracán. Y mientras el pasado invadía la mente de Midoriko se cuestionó el por qué no hizo nada al respecto… Tal vez no nació siendo una daimyō, pero antes de ello fue una guerrera que luchaba codo a codo con su padre. Midoriko recordó esas grandes hazañas junto al hombre que le dio la vida. El rostro de aquel hombre apareció en sus pensamientos y para sus adentros Midoriko dijo:

«Padre… perdóname. Perdona a esta tonta hija tuya. No sé en qué momento se convirtió en una cobarde e inútil, pero ya no lo será más. Tal vez no soy tan honorable y temeraria como Kagome, ni la digna heredera de aquella alabarda, pero te prometo que, desde donde estés, te haré sentir orgulloso de haberme dejado tus tierras, porque las protegeré a como de lugar».

—¿Hermana? —Le habló Kikyō atrayéndola desde sus profundas memorias.

Midoriko fue por papel, tinta y pincel. Luego se hincó nuevamente y miró a su hermana con determinación. Después de unos instantes de silencio en que la mayor de las Higurashi parecía ordenar las ideas en su cabeza, Kikyō se preguntó qué iba a escribir ahora su hermana, pero no habló y la dejó llevar a cabo los movimientos con el pincel. Cuando Midoriko terminó de escribir, extendió la hoja a Kikyō para que esta leyera. La carta decía:

Sango:

Recibí la carta de Kohaku; ya estoy enterada de que la Capitán Higurashi se ha infiltrado en las filas del clan enemigo y, bajo este nuevo escenario; ordeno lo siguiente:

En primer lugar, elimina a Bankotsu Takeda sin dejar evidencias; no importa cuánto tiempo te tome.

En segundo lugar, posterior a la muerte del daimyō, la Capitán Higurashi debe regresar al Castillo de Tosa a responder por sus actos de rebeldía. A partir de este momento los derechos que le otorga su cargo de Capitán y su posición como miembro del Clan Higurashi, quedan suspendidos hasta que enfrente el castigo que esta daimyō dictará en su presencia. Cualquier oposición que la Capitán muestre ante las órdenes de esta terrateniente; las consecuencias para ella serán irreversibles.

Sango-sensei, dejo todo en tus manos.

Midoriko Higurashi.

Kikyō miró a su hermana con frialdad y determinación.

—Es la mejor decisión —expresó devolviéndole la carta.

Midoriko asintió agradecida por el apoyo de su hermana.

—Confío en que Sango sabrá manejarlo —Kikyō estuvo de acuerdo en esto también.

La cera fue derretida y el kamon del Clan Higurashi quedó estampado, sellando correctamente la carta. Luego fue enviada con urgencia a Sango con el fin de que esta ejecute las nuevas órdenes de Midoriko.

Luego de pasar largos minutos en que ambas se sumergieron en suspiros y pensamientos, Midoriko dijo:

—No me agrada admitirlo, pero tenías razón respecto a Kagome. Debí ser más firme con ella. —Kikyō la miró con atención. Midoriko continuó—: Es cierto que nuestro padre le inculcó a Kagome ser una guerrera y que el honor de un samurái estaba ante todo, la llenó de ensueños con respecto a Banryû y el legado de esta. Yo… entiendo la lucha de nuestra hermana, pero a mí, padre me preparaba desde niña para ser una terrateniente. Una daimyō con el deber de proteger nuestras tierras y a nuestra familia bajo cualquier costo, incluso, aunque las relaciones familiares se vean implicadas; mi deber es actuar en favor de mi feudo.

Kikyō inquirió:

—¿A qué te refieres con eso?

—Kikyō. —La mirada de Midoriko se endureció—. A partir de ahora, respecto a Kagome… trataré este asunto como su daimyō. Ya no lo haré más como su hermana mayor.

En el momento en que Kikyō leyó la carta de Midoriko, notó este hecho, pues era muy atípico que Midoriko se refiriera a Kagome con palabras tan severas y distantes, como si se tratara de una subordinada común.

—¿Qué pasará con Kagome? —cuestionó la sacerdotisa, esta vez, con su calma perturbada. Incluso sintió que su frente comenzó a sudar al ver la mirada afilada de su hermana mayor, pero se mantuvo erguida e inalterable. El semblante de Midoriko se había vuelto audaz, como si todo en su mente estuviera encajando fría y predictivamente, como si la Midoriko guerrera que luchaba con su padre, a la que Kikyō admiró en su niñez resurgiera de las cenizas como un ave Fénix.

Midoriko respondió:

—Kagome ya no es la prioridad. El clan lo es.

«¿Qué quieres decir con eso? ¡Kagome aún es parte del clan!», pensó Kikyō, pero retuvo la pregunta, pues sintió que su pecho se estrujó con el indicio de un mal presentimiento que no la dejó hablar. Midoriko continuó:

—Lo cierto es, que no le corresponde a Kagome meter su nariz en esto. No permitiré que se involucre más. Esto es un asunto entre terratenientes. Además, con Bankotsu muerto, Kagome tendrá la mitad de sus objetivos cumplidos. —Justo cuando pronunciaba estas palabras, otro recuerdo amargo de hace quince años se manifestó en su mente y con un atisbo de ira en sus ojos murmuró—: Más vale que se conforme con eso y se olvide de esa alabarda— Luego, internamente dijo: «Después de todo… esa arma está maldita».

Continuará…


N/A: ¡Hola, hola amores míos! Tantas lunas que no nos leíamos por aquí... [suspira...] Honestamente, no quiero aburrirlos con excusas del por qué no actualicé en tanto tiempo. Pero básicamente, todo se reduce a, agotamiento, falta de tiempo, falta de ánimos e inspiración, específicamente para esta historia. Pero ya recuperando la musa, ¡aquí vengo, feliz! Había dicho en mi página de facebook que este sería un capítulo largo, pero salió taaan largo que, finalmente, lo dividí en dos. Así que, para los que leyeron el adelanto que subí en mi página… ¡Ups! Resulta que, ese spoiler se convirtió en un adelanto para la segunda parte de esta división, ¿se entiende mi explicación? Espero que sí XD. Y bueno… espero que después de tantos meses, no les sea difícil agarrar el ritmo a esta historia, aunque imagino que cada vez quedan con más dudas, pero más adelante se irán cerrando los temas a medida que avance la trama. ¡Perdónenme la vida por la demora!

Mis queriditos, respecto a la parte 2 de este capítulo, quiero editar algunos detalles, así que, lo más probable es que lo suba en un par de semanas, tal vez, antes. Si leyeron este capítulo y continúan en esta aventura... de verdad, con todo mi corazón, ¡muchas gracias! Por ustedes es que me gusta seguir aquí.

Dato cultural

Los ashigarus eran soldados de clase baja, por lo que algunos Generales se negaban a mandarles en batalla por sentirse superiores con respecto a esta facción hay que aclarar que, si bien en ocasiones llevaban armadura, la mayoría de las veces iban desprotegidos, fuese cual fuese la estación en la que luchasen. Usaban el arco largo o la naginata como armas principales y luchaban organizados en guerrillas. También había ashiragus que eran portadores del estandarte, y algunos asignados a los tambores.

Los wakato acompañaban a las tropas realizando funciones de porteadores y logística en general. No iban armados, solo llevaban herramientas y las raciones de comida. Utilizaban el casco de los ashigarus para cocinar. En resumen, se desempeñaban como sirvientes.

Fin del dato cultural


GRACIAS ETERNAS POR LOS REVIEWS: GabyJA, CaMi-insoul, Paulayjoaqui, Tere-Chan19. Como siempre, les dejé respuesta por interno, aunque fue hace bastante tiempo TT. Las quiero mucho 3.

Respondo a invitados, a quienes también adoro muchísimo:

Rodríguez Fuentes: holiiisss… Aahhh! Perdóname la vida por esta tardanza. Yo también pienso que Bankotsu se habría emocionado más si no hubiese estado oscuro, jejeje… definitivamente las acciones de Bankotsu confunden a Kagome, pero ella, también, inconscientemente está poniendo de su parte. Me alegra que te haya gustado el cap anterior. Y si te pasas por aquí, espero no se te haya hecho complicado este. Abracito 3.

Lita Mar: Dios… pensando en que has estado actualizando y yo aparezco recién después de un siglo. Soy la peor TT. Pero tu review me hizo sentir muy bien. Muchas gracias 3.

Manu: Jajaja… tú me dejabas reviews y yo no tenía como responderte, me sentía terrible. Pero quiero darte las gracias por tu preocupación uwu. Me alegra muchísimo que ya tengas tu cuenta e historias. Cuando menos te lo esperes me dejaré caer ahí para leerte. Abracitos 3.

Nos leemos pronto,

~Phanyzu~