Miro nerviosa por todo el bar, pero no lo veo.
—Ortiga, ¿qué pasa? Parece que has visto un fantasma.
Todavía no.
Sigo escaneando.
—Es Christian —susurro apenas con un hilillo de voz—. Está aquí.
—¿Qué? ¿En serio?
Mira también por todo el bar.
Sí, verás. Es lo que tiene lo de la tendencia al acoso.
Entonces lo veo. Avanza entre el resto de clientes, el cuello tenso, los labios apretados, los ojos serios.
Para variar, está cabreado. Pues que se ponga a la cola, porque ya he pedido yo la vez para eso.
Miro de reojo a mi madre.
Mierda. Me olvidaba de los testigos.
Llega a nuestra mesa, mirándome con recelo. Viste, como de costumbre, camisa blanca y vaqueros.
—Hola —le acuso.
—Hola —responde, y se inclina para darme un beso en la mejilla, pillándome totalmente por sorpresa.
Boqueo una vez, la espalda muy recta.
¿Qué coño acaba de ser eso?
Mi madre carraspea. Como eso no me saca de mi bloqueo me pellizca un muslo.
Giro la cabeza mecánicamente para mirarla, la boca aún abierta. Ella vuelve a carraspear, más sonoramente ahora, y hace como un movimiento de cabeza y de ojos para señalar a Grey.
¡Sí! ¡Exacto! ¡Tú también lo has visto, ¿verdad?!
—Ortiga, cariño —entona con una sonrisa muy blanca y grande, y vuelve a señalar con los ojos—. ¿No nos vas a presentar?
Cierro y vuelvo a abrir la boca de nuevo. Y de nuevo. Miro a Grey. Y a mi señora madre otra vez.
—Sí —atino—. Sí.
Levanto una mano.
—Christian —La voz me sale un poco estrangulada. Carraspeo y estiro hacia él una sonrisa asesina—, esta es mi madre.
Bajo la mano que tenía y levanto la otra. Dudo un instante.
¿Yo sé cómo se llama esta señora?
Frunzo el ceño. Me muerdo la lengua.
Pues, err…
—Mi madre, Christian —concluyo tras una pausa dramática, y asiento satisfechamente con la cabeza.
Ambos me parpadean quizá un segundo más de lo que suele ser habitual.
Pues ni tan mal.
Grey se recupera el primero y se gira sin más preámbulo para saludar a mi madre.
—Encantado de conocerla, señora Adams.
Giro la cabeza hacia a él como un chasquido.
¿Cómo sabe su apellido?
Sonríe una de sus sonrisas de ojos oscuros. A mi señora madre se le descuelga la mandíbula. Lentamente, acepta la mano que se le tiende y la estrecha. No le contesta.
Sí. El miedo es real. Veo que por fin nos vamos entendiendo.
—Christian —consigue decir por fin, sin aliento.
Él le dedica una sonrisa de complicidad, los ojos grises centelleantes. Los miro con el gesto fruncido.
Eso ha sonado poco espantado. Y todavía no le ha soltado la mano.
Carraspeo, consiguiendo que al menos él me mire. Ella sigue sin pestañear.
—¿Qué haces aquí? —inquiero.
Mi pregunta suena ligeramente menos homicida y una pizca más temblorosa de lo que me hubiera gustado. Pero aun con todo, su sonrisa desaparece y su expresión se vuelve cautelosa.
Todavía estoy llorando rabiosamente por dentro, pensando en la pederasta asaltacunas y sus hipotéticas pasadas y presentes víctimas.
Parpadeo con fuerza para contenerme.
Pero al mismo tiempo, este colgado está aquí. Y wtf. ¿Cómo me ha encontrado y cuánto tiempo lleva vigilándonos?
—He venido a verte, claro. —Me mira impasible—. Me alojo en este hotel.
—Te alojas aquí —repito.
Sueno como la voz de Google.
—Bueno, ayer me dio la impresión de que te gustaría que estuviese aquí. —Hace una pausa para evaluar mi reacción.
Lleno sus expectativas con un chasquido de lengua. Me cruzo de brazos.
Impresión equivocada. ¿Qué más?
—Nos proponemos complacer, señorita Dioica —añade en voz baja sin rastro alguno de humor.
Serio. Muy serio.
Claro, si encima el señoro está enfadado.
Mi madre nos mira nerviosa.
—¿Por qué no te tomas una copa con nosotras, Christian?
Le hace una seña al camarero, que se planta a nuestro lado en un nanosegundo.
—Tomaré un gin-tonic —dice Christian—. Hendricks si tienen, o Bombay Sapphire. Pepino con el Hendricks, lima con el Bombay.
Madre mía.
Resisto la tentación de hacer un facepalm muy, muy sonoro. En su cara.
Solo este chalado podría pedir una copa como si fuera un plato elaborado.
—Y otros dos… —Señalo las copas de mi madre y mía— de lo que sea que sea esto. Por favor —añado.
Yo necesito algo para tener entre las manos y a lo que mirar para poder sobrevivir lo que se me viene encima.
—Acércate una silla, Christian.
—Gracias, señora Adams.
Christian coge un taburete alto y se sienta con elegancia a mi lado.
—¿Así que casualmente te alojas en el hotel donde estamos tomando unas copas? —digo, esforzándome por sonar desenfadada.
No tengo nada que coger para entretener los dedos.
Hay testigos. Hay testigos. Hay testigos.
—O casualmente estáis tomando unas copas en el hotel donde yo me alojo —me devuelve él.
Araño sin querer la madera de la barra, los ojos muy abiertos.
—Acabo de cenar —continúa con voz desenfada—, he venido aquí y te he visto. Andaba distraído pensando en tu último correo, levanto la vista y ahí estabas. Menuda coincidencia, ¿verdad?
Giro lentamente la cabeza para mirarle. Él ladea la suya, y me parece ver que se le levanta una comisura.
Hace un momento estaba cabreado. Ahora sonríe. ¿Nos decidimos?
No atino a encontrar ninguna palabra en mi cerebro.
—¿Ese top es nuevo? —Señala mi blusón de seda verde recién estrenado, cortesía de mi madre temporal—. Te sienta bien ese color. Y te ha dado un poco el sol. Estás preciosa.
Soy preciosa. Hay una diferencia.
Sacudo la cabeza.
Espera, no me distraigas.
Le entorno los ojos, pero continúa antes de que me dé tiempo a abrir la boca.
—Bueno, pensaba hacerte una visita mañana, pero mira por dónde.
Alarga el brazo y me coge la mano. Y ahí sí me sobresalto. Pego un bote sobre el asiento ante el contacto inesperado. Me la aprieta con suavidad, me acaricia los nudillos con el pulgar.
Mierda. Es posible que eso fuera un cumplido, no una obviedad.
Miro nuestras manos unidas. Tiro, pero él se limita a seguir el movimiento, sin soltar. Trago saliva.
Ugh. Claramente un cumplido. Los cumplidos suelen traer consigo cosas desagradables e incómodas como esta.
Miro a ambos lados de la barra.
¿Dónde están esas bebidas?
De repente hace mucho calor. Y algo en su sonrisa me dice que probablemente me estoy ruborizando. Lo cual no hace sino empeorarlo todo.
Tiro de mi mano una vez más, y solo consigo que la suya se acerque aún más peligrosamente a mi burbuja de espacio personal.
Resoplo. Intento echar mi taburete hacia atrás para que corra el aire, pero con un solo brazo no atino a romper la resistencia del pie metálico sobre el suelo. Él afila la sonrisa un poco más.
—Quería darte una sorpresa —dice con voz suave, conspiradora—. Pero, como siempre, me la has dado tú a mí, Urtica, cuando te he visto aquí.
Mi madre sigue mirándolo fijamente. Puede que no haya apartado la vista en todo este rato. Puede que no haya parpadeado. Puede que esté catatónica.
Y… ¿eso son babas?
¡Contrólese, señora!
—No quiero robarte tiempo con tu madre. Me tomaré una copa y me retiraré. Tengo trabajo pendiente —declara muy serio.
Tiempo con mi «madre», no. Pero mi mano no te importa robarla.
No sé dónde mirar. Todo a mi alrededor es demasiado calor.
Quiero mi mano.
Quiero llorar.
—Christian, me alegro mucho de conocerte —interviene entonces mi madre, recuperando al fin el habla—. Ortiga me ha hablado muy bien de ti.
Yo la miro. Él le sonríe.
—¿En serio? —preguntamos al unísono.
Christian arquea una ceja, con una expresión risueña en el rostro, y yo vuelvo a notar la sangre subiéndome por el cuello. Vuelve a acariciarme los nudillos con el pulgar. Su mano también es calor.
—Eso no es… —balbuceo. Le frunzo el ceño a sus dientes pinchudos de tiburón—. Yo no he…
Ni de coña.
En toda mi vida.
Jamás.
Nope.
Parezco un pez y me falta el aire. O el agua.
Llega el camarero con nuestras copas.
—Hendricks, señor —declara con una floritura triunfante.
—Gracias —murmura Christian en reconocimiento.
Yo cojo mi copa y doy un largo trago.
—¿Cuánto tiempo vas a estar en Georgia, Christian? —pregunta mi madre.
Devuelvo la bebida de mi boca al vaso con toda la delicadeza y sigilo que soy capaz de reunir, a pesar del relámpago de asco que me estalla en la lengua. Otra caricia sobre mis nudillos. Por poco me atraganto.
Maldito desgraciado hijo de…
—Hasta el viernes, señora Adams.
Lo mataré. En cuanto no haya testigos. Lo desangraré y lo mataré.
—¿Cenarás con nosotros mañana? Y, por favor, llámame Carla.
Eso me saca de mis pensamientos homicidas. Levanto la cabeza con una palmada sobre la barra.
—Ah, ¡Carla! —grazno.
Así se llamaba.
Ambos me miran. Me quedo muy quieta, todo ojos redondos bajo los faros de un coche.
Mierda.
—Perdón —musito, levantando mi copa una vez más para esconderme disimuladamente detrás.
Pasan tres latidos.
—Me encantará cenar con vosotros mañana, Carla —concluye Grey al cabo de un momento.
—Estupendo. —Ella sonríe—. Si me disculpáis un momento, tengo que ir al lavabo.
¡Pero si acabas de ir!
La miro desesperada cuando se levanta y se marcha, dejándonos solos.
¡Traidora!
—Así que te has enfadado conmigo por cenar con una vieja amiga.
Christian vuelve su mirada ardiente y recelosa hacia mí y, llevándose mi mano a los labios, me besa suavemente los nudillos uno por uno.
Yo sigo el movimiento con la mirada. La sangre me ruge en los oídos.
¿Por qué está haciendo eso?
—¿Puedes devolverme mi mano? —susurro.
¿Por favor?
Han sido dos días muy duros. Ayer tuve que llevar un vestido. Hoy he tenido que ir de compras. Y para colmo casi me enveneno dos veces con lo que quiera que sea la repugnante bebida esa que hay en la copa.
Y luego está el tema de la pederasta.
Tengo mucho, mucho calor. Sobre todo en la cara.
De verdad necesito mi mano de vuelta.
O lloraré.
—¿Vas a contestarme? —contrarresta, serio.
Parpadeo.
—¿Había una pregunta? —Casi no me sale la voz.
—Mi relación sexual con la señora Robinson terminó hace tiempo, Urtica —me susurra—. Yo solo te deseo a ti. ¿Aún no te has dado cuenta?
Mierda. Mierda. Mierda.
Esto no va bien.
Miro en la dirección en la que se marchó mi madre. Solo con los ojos, sin mover la cabeza.
Terreno seguro. Necesito un terreno seguro.
Boqueo.
—La señora Robinson… —Tengo la boca seca—, ¿esa es la pederasta?
De perdidos al río, Ortiga.
Sin embargo, contra todo pronóstico, Christian palidece, y por fin me suelta la mano. El cielo se abre y cae un haz de luz celestial que entona un suave y musical Aleluya. Yo, por mi parte, tengo que parpadear muy deprisa mientras recojo mi manita y me la acuno contra el pecho, cubriéndola con la otra como si fuera una cosita herida y temblorosa.
Tengo que recordar lo que acabo de decir para futuras referencias.
—Eso es muy crítico por tu parte —susurra Grey, conmocionado—. No fue así.
Poco a poco, el rugido de mis oídos se va aplacando y siento que mi cerebro puede pensar de nuevo.
Estamos hablando de la pederasta. La que él insiste que no es tal.
Se me aflojan un poco los hombros, respiro hondo. Y levanto una ceja.
—¿Crítico?
La mano baboseada me late sobre el corazón. Me pican los ojitos.
Él me mira, ceñudo, desconcertado. Prosigo:
—Es una mujer adulta que se aprovechó de un chico vulnerable de quince años. A saber de cuántos niños más habrá abusado. Si esto le hubiera pasado a mi hermano yo misma iría a ver a la responsable y le arrancaría la tráquea a dentelladas.
Mi frase acaba en un gruñido, el labio superior arqueado dejando los colmillos a la vista. Tengo los ojos muy abiertos y me arden.
Christian da un respingo y me mira ceñudo.
—Ortiga, no fue así. —Al menos tiene el buen juicio de parecer asustado.
Le lanzo una mirada feroz.
—Vale, yo no lo sentí así —prosigue en voz baja—. Ella fue una fuerza positiva. Lo que necesitaba.
Dios mío.
Aprieto los párpados, y los dientes. Y sacudo la cabeza. No quiero oír esto. Desesperadamente no quiero oír esto.
—Urtica, tu madre no tardará en volver. No me apetece hablar de esto ahora. Más adelante, quizá. Si no quieres que esté aquí, tengo un avión esperándome en Hilton Head. Me puedo ir.
Sigo sacudiendo la cabeza.
No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar.
Abro los ojos con violencia, los labios temblándome, y me inclino hacia adelante. Le golpeo con ambos puños cerrados sobre el pecho, ancho como un enorme portón de madera. Le miro desde abajo.
—Tú eres capaz de enfadarte hasta porque un tipo cuyo nombre ni conozco me dé la hora. —La voz me araña la garganta—. Y ¡cuando resulta que hay algo por lo que de verdad tiene sentido enfadarse…!
Me interrumpo.
No es su culpa. Era un niño. No debería gritarle porque no es su culpa que una asquerosa miserable pedófila le haya lavado el cerebro.
Por mucho que apriete los labios no consigo que dejen de temblarme. Él me cubre los puños con sus manos, con suavidad.
—¿Estás celosa?
Me mira atónito, y sus ojos se ablandan un poco, se enternecen.
Una carcajada histérica me sube por el pecho, pero para cuando me llega a la boca todo lo que sale es un enorme sollozo. Las lágrimas me empiezan a rodar por las mejillas. No parpadeo, solo le miro fijamente mientras lloro.
No entiendes nada.
Juan de las Nieves.
—Urtica, ella me ayudó. Y eso es todo lo que voy a decir al respecto. En cuanto a tus celos —Sollozo más fuerte—, ponte en mi lugar. No he tenido que justificar mis actos delante de nadie en los últimos siete años. De nadie en absoluto. Hago lo que me place, Urtica. Me gusta mi independencia. No he ido a ver a la señora Robinson para fastidiarte. He ido porque, de vez en cuando, salimos a cenar. Es amiga y socia.
¿Socia? Dios mío. Esto es nuevo.
Me mira y analiza mi expresión por detrás de los dos ríos de lágrimas que me siguen cayendo.
—Sí, somos socios —repite con cautela—. Ya no hay sexo entre nosotros. Desde hace años.
—¿Porque dejaste de ser un niño y ya no le ponías? —gimoteo.
Frunce la boca y le brillan los ojos.
—Porque su marido se enteró.
Me atraganto de la impresión.
Fuck.
—¿Te importa que hablemos de esto en otro momento, en un sitio más discreto? —gruñe.
—Es una pederasta.
—Yo no la veo así. Nunca lo he hecho. ¡Y basta ya! —espeta.
—¿Tiene hijos?
—¿Cómo vais?
Mi madre reaparece sin que ninguno de los dos nos hayamos percatado.
Christian y yo nos enderezamos precipitadamente en el asiento, como si estuviéramos haciendo algo malo. Sorbo la nariz con fuerza y me limpio la cara con un golpe de manga. Mi madre me mira.
—Bien. Vamos bien —grazno.
Christian sorbe su copa, observándome detenidamente con expresión cautelosa.
¿Qué estará pensando? Ya me ha visto llorar desconsoladamente más veces. Cada vez que sale este tema. Y no ha contestado a mi pregunta. ¿Tendrá hijos? Como diga que sí es bastante probable que me caiga del taburete del llanto y no pueda parar hasta mañana.
—Bueno, señoras, os dejo disfrutar de vuestra velada.
Me giro hacia él con un latigazo de cuello, los ojos todavía llorosos.
No, no, no me puede dejar así, con la duda.
—Por favor, que carguen estas copas en mi cuenta, habitación 612. Te llamo por la mañana, Urtica. Hasta mañana, Carla.
—Oh, me encanta que alguien te llame por tu nombre completo, hija.
—Un nombre precioso para una chica preciosa —murmura Christian, estrechando la mano que mi madre le tiende, y ella sonríe con afectación.
Señora, de verdad, contrólese. De este ya han abusado más que suficiente.
Me levanto y lo miro, implorándole silenciosamente, la barbilla temblorosa, que responda a mi pregunta. Él se inclina y me da otro beso a traición en la mejilla.
—Hasta luego, nena —me susurra al oído.
—¡Eh! —le increpo.
Me aparto a destiempo. Y se va. Yo me quedo ahí plantada. Me limpio la mejilla con el dorso de la mano.
Tiene hijos. Maldita sea. Seguro que la muy desgraciada tiene hijos.
—Vaya, me has dejado anonadada, Ortiga. —Mi madre sigue sentada en su taburete, pero girada hacia mí—. Menudo partidazo. Eso sí, no sé qué os traéis entre manos. Me parece que tenéis que hablar. Uf, la tensión subyacente… es insoportable.
Se abanica exageradamente con una mano.
—¡SEÑORA! —la apunto con un dedo amenazante.
Ella se sobresalta.
Mierda.
—Quiero decir… —Mierda—. ¡MAMÁ! —Intento repetir el mismo tono de voz y gesto, pero no me sale tan natural la segunda vez. Así que añado—: No hagas eso, por favor.
Es infinitamente creepy. No hay sitio en esta historia para más pederastas.
Por suerte, parece que ella me lo compra y su mirada se ablanda. Suspiro de alivio por dentro.
—Ve a hablar con él. —Su voz se suaviza con calidez maternal.
—No sé si eso es buena idea —la contradigo con cautela—. Además, he venido aquí contigo.
No me apetece seguir llorando. Me va a decir que la pederasta tiene hijos y en realidad no quiero saberlo.
Y además no llevo dinero para un taxi si la conversación se alarga y tú me vuelves a traicionar, cabrona.
—Ortiga —Me pone una mano en el brazo—, has venido aquí porque estás hecha un lío con ese chico. Es evidente que estáis locos el uno por el otro. Tienes que hablar con él. Ha volado cinco mil kilómetros para verte, por el amor de Dios. Y ya sabes lo horroroso que es volar.
—Bah —refunfuño. Me cruzo de brazos—. Seguro que ha venido en su jet privado. Y de todas formas, cinco mil kilómetros tampoco son tantos.
Claramente no son los suficientes.
Ella arquea ambas cejas.
—Uau —exclama—. Ortiga, os pasa algo. Llevo intentando averiguar lo que es desde que llegaste. Pero el único modo de solucionar el problema, sea cual sea, es hablarlo con él. Piensa todo lo que quieras, pero hasta que no hables con él no vas a conseguir nada.
La miro ceñuda.
No sabes de lo que hablas, mujer.
—Ortiga, cielo, siempre le has dado muchas vueltas a todo. Fíate de tu instinto. ¿Qué te dice, cariño?
Huye, insensata.
Parpadeo, despacio. Ella espera mi respuesta con una sonrisa beatífica en los labios, su mano aún sobre mi brazo.
La espera se alarga.
Y se alarga.
—Me dice que… Err… —Carraspeo. Me alboroto el pelo en la nuca.
Necesito un contrato.
Se inclina conspiratoriamente hacia mí, una sonrisa blanda ensanchándole la boca.
—Está enamorado de ti.
Abro mucho los ojos.
—¡No!
—Sí, Ortiga. Dios… ¿qué más necesitas? ¿Un rótulo luminoso en su frente?
La imagen aparece nítidamente en mi imaginación.
—Interes… —Sacudo la cabeza—. No. Mejor que no.
Ella me mira con ternura.
—Independientemente de lo rico que sea, uno no lo deja todo, se sube en su avión privado y cruza el país para tomar el té de la tarde. ¡Ve con él! Este sitio es muy bonito, muy romántico. Además, es territorio neutral.
Mierda. She's actually got a point. Con lo de cruzar el país, digo, no lo otro.
El horror me repta columna arriba y se me enrosca en la nuca.
—Creo que… —Trago saliva. Miro a ambos lado de la barra—. Tengo que ir al baño. Sí. Baño.
Me impulso hacia adelante con paso vacilante. Siento su sonrisa satisfecha a mi espalda como un puño.
El baño está benditamente vacío y huele a limpio. Todo es pijo y blanco, y hay un jarrón tamaño persona bajita en una esquina con dos grandes girasoles de hojas alargadas.
Abro el grifo del agua fría y me mojo la cara y el cuello. Me apoyo con ambas manos sobre el borde del lavabo y me miro al espejo de pared a pared.
¿Un chalado sádico y controlador está potencialmente enamorado de mí? Ni siquiera he llegado nunca a comprender lo que eso significa, incluso en circunstancias menos desquiciadas.
—¿Y ahora yo qué hago? —me susurro muy bajito, la boca seca, los ojos como faros.
Me quedó así en mitad de todo el blanco. El fluorescente sisea, pero el espejo no me contesta. Así que me seco con una toalla de papel y procuro respirar.
Es tarde, Ortiga.
Estrujo el papel y lo dejo caer en la basura.
Por la noche no se resuelven problemas.
Me encaro de nuevo al espejo y doy una palmada frente a mi cara.
—Mañana será otro día —me prometo, y asiento con firmeza.
De vuelta en el bar, me quedo un momento desorientada mirando hacia la barra. La señora que me está haciendo de madre no está.
—¿Me he equivocado de lado? —Ladeo la cabeza.
Deshago mis pasos hasta el pasillo del baño. Pero en la única otra dirección posible, el camino acaba en una puerta que pone «Privado».
Desdeshago mis pasos. Debe de ser tarde de verdad, porque empieza a haber menos gente en el bar. Y sobre la barra distingo dos copas que tienen un aire como familiar. Una, vacía. La otra, sin tocar.
Me acerco despacio.
No hay nadie en cinco taburetes a la redonda. Pero esa copa con burbujitas de saliva lleva mi firma. 100%.
Debajo del pie de cristal de la copa hay pillada una servilleta con un mensaje garabateado a boli. Por debajo sobresale la esquina de un envoltorio plateado.
Me quedo mirándolo, en blanco.
Siento como que debería abrir los ojos, pero no consigo despegar los párpados. No sé dónde estoy ni por qué. No tengo tampoco del todo claro dónde es arriba y dónde es abajo.
Gruño bajito.
Me cuesta varios latidos hacer inventario y ubicar todas las partes de mi cuerpo. Lo que noto debajo de la mejilla es mi propio brazo. Me duele el cuello. Algo duro se me clava en las costillas.
Parpadeo con pesadez y veo el fino pie de cristal de una copa. Frunzo el ceño. Vuelvo a parpadear. Madera debajo del cristal, debajo de mi brazo, una superficie muy larga y lisa. La barra. Sigo en el hotel, en el bar.
Otro parpadeo y consigo enfocar a la persona que hay sentada a mi lado. Grey me mira con una sonrisa afilada escondida tras los dedos de una mano. Por un momento me queda la duda de si estoy soñando.
Su mirada se desvía hacia la copa y yo la sigo. Su mano derecha descansa sobre la barra, suaves golpecitos con el índice sobre una servilleta de papel. La levanta y empieza a leer.
—Cariño, no te preocupes por tener que volver a casa conmigo. —Su voz es suave, divertida. Saborea las palabras mientras la sonrisa se le sigue ensanchando.
Yo me tenso, los ojos fijos en la servilleta. Algo me hormiguea en la base del cuello.
—Quiero que seas feliz, y ahora mismo creo que la clave de tu felicidad está arriba, en la habitación 612. Si quieres venir a casa luego, la llave está debajo de la yuca del porche principal. Si te quedas… bueno, ya eres mayorcita. Pero toma precauciones. Besos. Mamá.
No me muevo. No respiro.
Ni siquiera sé qué diablos es una yuca.
—Me complace saber que tu madre está tan comprometida con nuestra relación. —Grey vuelve a mirarme, ojos oscuros y brillantes. Levanta algo plateado y reluciente entre los dedos índice y corazón—. ¿Ha sido ella quien te ha dejado el preservativo?
El calor me golpea la cara como algo físico. Me incorporo con un bote, tragando aire y casi atragantándome en el proceso. El brazo sobre el que había estado acostada barre la superficie de madera frente a mí. Veo volar la copa, como una escena a cámara lenta, el contenido rebasando el borde y cayendo sobre mis piernas y las de Grey. Con la propia fuerza de incorporarme, mi taburete se inclina hacia atrás sobre el pie redondo y siento el vacío en el estómago que anuncia la caída.
En rápida sucesión, la copa de cristal estalla contra el suelo, las manos de Grey me sujetan por los hombros para mantenerme en pie y el asiento de mi taburete termina de volcar con un gong metálico que me hace vibrar los tímpanos.
Parpadeo. Respiro deprisa. Mis manos aferran en puños la camisa de Grey mientras él me sujeta, el ceño fruncido. Le tiembla un músculo en la mandíbula. Yo me fijo en mis dedos estrujando la tela blanca y parpadeo tres veces más. Suelto.
—¿Qué…? —Tengo la voz ronca de sueño. Carraspeo—. ¿Qué haces aquí?
¿Qué hora es?
Miro justo de frente, al hueco entre sus clavículas, que es lo que me queda a la altura de los ojos. No lleva corbata ya. La camisa blanca está algo arrugada y tiene el cuello desabrochado.
Resopla por la nariz.
—Me han llamado para que bajase a buscarte —contesta—. Tienen que cerrar.
Parpadeo otras tres veces, despacio, antes de echar un vistazo por encima del hombro. Efectivamente, no queda nadie en el bar. Incluso las sillas y taburetes están puestas bocabajo sobre sus respectivas mesas y la barra. Todas menos las nuestras. El barista se está esforzando muy mucho por no lanzarnos miradas de reojo desde el otro extremo de la línea de grifos, secando un vaso con un paño muy al estilo Western.
—Oh —vocalizo.
