Gracias por leer y espero que les guste, la historia es de la autora Susan Elizabeth Philips

Disclaimer: Tanto la historia como los personajes no me pertenecen todos los derechos a sus respectivos autores, yo solo los utilizo para para mi diversión.


CAPÍTULO 24

—¡Natsu!

Él alzó la cabeza del motor de la grúa con rapidez en cuanto oyó la voz de Lucy gritando su nombre y sonando exactamente igual que solía hacerlo. Se sintió esperanzado. Quizás aún no se había acabado todo. Tal vez Lucy no quiso decir lo que dijo dos noches atrás y no tendría que llevarla al aeropuerto esa misma tarde.

Arrojó al suelo la llave inglesa que estaba usando y se volvió para mirarla. Sus esperanzas se desvanecieron en cuanto vio la expresión de su esposa.

—¡Sinjun no está! Han descargado a todos los animales y él no estaba entre ellos. También falta Trey.

Jellal salió desde detrás de la grúa donde estaba intentando ayudar a Natsu.

—Seguro que es cosa de Erza. Me apuesto lo que sea.

La cara de Lucy palideció de ansiedad.

—¿Te ha comentado algo?

—No, pero se ha comportado como una verdadera arpía estos dos últimos días.

Lucy miró a Natsu y, por primera vez desde que la había ido a buscar al zoológico de Chicago, él sintió que lo miraba de verdad.

—¿Sabías algo de esto?

—No, no me ha dicho nada.

—Sabe lo que sientes por ese tigre —dijo Jellal. —Supongo que lo ha vendido a tus espaldas.

—Pero no puede hacer eso. ¡Es mío! —Lucy se mordió el labio como si se diera cuenta de que lo que había dicho no era cierto.

—Antes fui a ver a Erza —dijo Jellal, —pero había desaparecido. Fue Shorty quien trajo su RV, pero el Cadillac no estaba por ningún lado.

Lucy cerró los puños.

—Le ha hecho algo terrible a Sinjun. Lo sé.

Natsu quiso consolarla, pero sospechaba que Lucy tenía razón.

—Haré algunas llamadas a ver si averiguo algo. ¿Por qué no habláis con los empleados por si alguien sabe algo?

Pero nadie sabía nada. Durante las dos horas siguientes hablaron con todos y sólo descubrieron que nadie había visto a Erza desde la tarde anterior.

Lucy estaba cada vez más histérica. ¿Dónde estaba Sinjun? ¿Qué había hecho Erza con él? Había descubierto bastantes cosas sobre el tráfico ilegal de animales viejos del circo, sabía que era improbable que el tigre acabara en un zoo. ¿Qué le ocurriría a su tigre?

Se hizo tarde para llevar a Lucy al aeropuerto. Natsu había insistido en que ella se quedara con su padre hasta decidir lo que quería hacer, pero ahora eso no tenía importancia. Pasó junto al Lexus gris con matrícula de Connecticut —otra muestra más de lo culpable que se sentía Natsu— y se sentó en la parte trasera de la camioneta que la había trasladado durante todo el verano hasta llegar a esa desolada noche de octubre. Desde allí, observó el recinto.

Pasó la primera función y luego la segunda. La gente llegó y se fue. Aquel lugar era la última parada antes de poner rumbo a Tampa. De nuevo los empleados del circo habían ido al pueblo junto con algunas de las showgirls y el recinto estaba desierto. Tenía frío, pero esperó a que Natsu se hubiera cambiado de ropa y se marchara a atender a Misha para regresar a la caravana.

Desde la puerta vio su maleta, que yacía olvidada encima de la cama. Se acercó a ella mientras se quitaba la vieja sudadera gris. Tras terminar de desnudarse en silencio, comenzó a recolocar la ropa vacilando ante el desordenado cajón donde Natsu guardaba la suya. Se arrodilló, deprimida, y abrió el último cajón. Apartó a un lado los vaqueros de Natsu para ver lo que sabía que estaba oculto debajo: un sonajero barato de plástico, un patito amarillo, una caja de galletas con forma de animales, un babero con la imagen de un conejo y un ejemplar de un libro del doctor Spock.

Había descubierto todo esos objetos unos días antes cuando estaba buscando otra cosa; Natsu nunca los había mencionado. En ese momento tocó el sonajero con la punta de un dedo e intentó imaginar por qué razón había comprado todo eso. Si pudiera permitirse creer que...

No. No podía pensar eso, tenía demasiado que perder.

Cerró el cajón y, cuando regresaba a la camioneta, vio el Cadillac de Erza aparcado al lado de la RV y oyó gritos en el interior del circo. Natsu también los había oído y se acercó a la vez que ella. Se encontraron en la puerta trasera.

—Quizá sería mejor que esperaras aquí —dijo él.

Lucy lo ignoró y entró.

El circo estaba iluminado por un solo foco, que arrojaba una luz difusa sobre la pista, dejando el resto en penumbra. Lucy se vio envuelta por los familiares olores a serrín, animales y palomitas de maíz. Iba a echarlo mucho de menos.

Jellal y Erza estaban discutiendo al lado de la pista. Jellal la asía del brazo claramente furioso.

—Lucy no te ha hecho absolutamente nada. ¿Por qué la has tomado con ella?

Erza se zafó de él.

—Hago lo que me da la real gana, y ningún carnicero como tú va a mangonearme.

—¿No te cansas de ser una arpía?

Lo que fuera que Erza iba a decir murió en sus labios.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.

Lucy dio un paso adelante para enfrentarse a ella.

—¿Qué has hecho con Sinjun?

Erza se tomó su tiempo para contestar, jugando con ella al gato y al ratón para demostrar su poder.

—Sinjun ha salido rumbo a su nuevo hogar. Los tigres siberianos son animales muy valiosos, ¿lo sabías? Incluso los más viejos. —Se sentó en la primera fila de asientos y cruzó las piernas en una postura que parecía demasiado estudiada. —Ni siquiera yo sabía lo que ciertas personas pueden llegar a pagar por ellos.

—¿De qué personas hablas? —inquirió Natsu, deteniéndose junto a Lucy. —¿Quién lo ha comprado?

—Por ahora nadie. El caballero en cuestión no lo recogerá hasta mañana por la mañana.

—Entonces, ¿dónde está?

—Está a salvo. Trey está con él.

A Natsu se le acabó la paciencia.

—¡Déjate de rodeos! ¿A quién vas a vendérselo?

—Había varias personas interesadas, pero Rex Webley ofreció el mejor precio.

—Jesús. —La expresión de la cara de Natsu hizo que Lucy se estremeciera de inquietud.

—¿Quién es Rex Webley? —preguntó.

—No digas ni una sola palabra Erza, esto es algo entre tú y yo —intervino Natsu, antes de que ella pudiera contestar.

Erza le dirigió una mirada condescendiente antes de volverse hacia Lucy.

—Webley tiene un coto de caza ilegal en Texas.

Lucy no lo entendió.

—¿Un coto de caza ilegal?

—Hay gente que le paga a Webley para ir a cazar ciertos animales allí —dijo Jellal con disgusto.

Lucy pasó la mirada de Erza a Jellal.

—¿Para cazarlos? Pero nadie puede cazar tigres. Son una especie en peligro de extinción.

Erza se levantó y entró en la pista con decisión.

—Eso hace que sean más valorados por los hombres ricos que ya están aburridos de cazar piezas comunes y a los que les importa un comino la ley.

—¿Has vendido a Sinjun para que lo cacen y lo maten? —dijo Lucy con voz horrorizada cuando por fin comprendió lo que Erza le estaba diciendo. Un montón de imágenes horribles cruzó por su cabeza.

Sinjun no tenía el temor que un tigre normal siente hacia la gente. No se daría cuenta de que esos hombres querían lastimarle. En su mente vio su cuerpo abatido por las balas. Lo vio sobre la tierra con su pelaje negro y naranja manchado de sangre. Se acercó rápidamente a Erza.

—¡No te lo permitiré! Te denunciaré a las autoridades. Te detendrán.

—No, no lo harán —repuso Erza. —No es ilegal vender un tigre. Webley me ha dicho que su intención es exhibir a Sinjun en su rancho de caza. Eso no va contra la ley.

—Sólo que no va a exhibirlo, ¿verdad? Lo va a matar. —Lucy se sintió mareada. —Iré a las autoridades. Lo haré. Detendrán todo esto.

—Lo dudo —dijo Erza. —Webley lleva años sorteando la ley. Tendrías que tener un testigo que jurara que vio cómo lo mataban, lo que no ocurrirá ni en sueños. Y en cualquier caso, sería demasiado tarde para hacer nada, ¿no?

Lucy nunca había odiado tanto a otro ser humano.

—¿Cómo puedes hacer esto? Si tanto me odias, ¿por qué no me haces daño a mí? ¿Por qué tienes que tomarla con Sinjun?

Natsu entró en la pista y se enfrentó a Erza.

—Te pagaré el doble que Webley —ofreció.

—Esta vez no conseguirás nada con tu dinero, Natsu. No comprarás a Sinjun como hiciste con Glenna. Puse una condición cuando apalabré la venta.

Lucy lo miró con rapidez. Natsu no le había dicho que había sido él quien había comprado a Glenna. Sabía que había hecho los arreglos necesarios para que fuera instalada en el zoo Brookfield, pero no que había sido su dinero el que lo había hecho posible. La gorila tenía un nuevo y precioso hogar gracias a él.

—¿Por qué haces esto? —preguntó él. —La gente de Webley no recogerá a Sinjun hasta el amanecer. —La expresión de Erza se volvió astuta.

—Será entonces cuando firme los papeles, pero siempre puedo cambiar de idea.

—Ah, así que llegamos al meollo del asunto, ¿verdad, Erza? —susurró Natsu con voz apenas audible.

Erza miró a Lucy, que todavía estaba fuera de la pista al lado de Jellal.

—Eso te gustaría, ¿verdad, Lucy? Que detuviera todo esto. Puedo hacerlo, ya lo sabes. Con una simple llamada telefónica.

—Claro que puedes —siseó Natsu. —¿Qué tengo que hacer para que hagas esa llamada?

Erza se volvió hacia él y fue como si Jellal y Lucy hubieran dejado de existir, quedando sólo ellos dos frente a frente en medio de la pista; algo para lo que ambos habían nacido. Erza acortó la distancia que había entre ellos moviéndose sinuosamente, casi como una amante, pero no existía ni pizca de amor entre ellos.

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

—Dímelo de todas maneras.

Erza se giró hacia Lucy y Jellal.

—Dejadnos solos. Esto es entre Natsu y yo.

—¡Esto es una locura! Eso es lo que es. ¡Si hubiera sabido lo que estabas maquinando, juro por Dios que te hubiera sacudido hasta que olvidaras tal gilipollez! —explotó Jellal.

Erza ni siquiera se inmutó ante aquel arrebato de ira.

—Si Lucy y tú no os vais de aquí, será el final del tigre.

—Marchaos —dijo Natsu. —Haced lo que dice.

Jellal se volvió hacia él.

—No dejes que te corte las pelotas. Lo intentará, pero no dejes que llegue a ese extremo —dijo con amargura. Parecía como si hubiese perdido la fe en todo lo que creía.

—Lo intentaré —repuso Natsu suavemente.

Lucy le dirigió una mirada suplicante, pero él estaba concentrado en Erza y no se dio cuenta.

—Venga, Lucy. Vámonos de aquí. —Jellal le pasó el brazo por los hombros y la llevó hacia la puerta trasera. Tras tantos meses aprendiendo a luchar, Lucy intentó resistirse, pero sabía que Natsu era la única esperanza de Sinjun.

Una vez fuera, respiró hondo. Era una noche fría y comenzaron a castañetearle los dientes.

—Lo siento, Lucy. No pensé que llegaría tan lejos —susurró Jellal, abrazándola.

Dentro se oyó la desdeñosa voz de Natsu sólo un poco amortiguada por la lona de la carpa.

—Eres una mujer de negocios, Erza. Si me vendes a Sinjun te compensaré generosamente. Todo lo que tienes que hacer es poner el precio.

Fue como si Jellal y Lucy hubieran echado raíces en ese lugar; sabían que debían irse, pero eran incapaces de hacerlo. Luego Jellal cogió a Lucy de la mano y la hizo atravesar las sombras hasta la puerta trasera, donde no podían ser vistos, pero tenían una vista parcial de la pista central.

Lucy vio cómo Erza acariciaba el brazo de Natsu.

—No es tu dinero lo que quiero. Ya deberías saberlo. Lo que quiero es doblegar tu orgullo.

Natsu se apartó, como si no pudiera soportar su contacto.

—¿Qué coño quieres decir?

—Si quieres al tigre, tendrás que suplicar por él.

—Vete al infierno.

—El gran Natsu Dragneel tendrá que ponerse de rodillas y rogar.

—Antes prefiero morir.

—¿No lo harás?

—Ni en un millón de años. —Natsu apoyó las manos en las caderas. —Puedes hacer lo que te dé la gana con ese puto tigre, pero no me pondré de rodillas delante de ti ni de nadie.

—Me sorprendes. Estaba segura de que lo harías por esa pequeña boba. Debería haber imaginado que no la amas de verdad. —Por un momento Erza levantó la mirada a las sombras de la cubierta, luego volvió a mirarlo. —Lo sospechaba. Debería haberme fiado de mi instinto. ¿Cómo podrías amarla? Eres demasiado despiadado para amar a nadie.

—Tú no sabes lo que siento por Lucy.

—Sé que no la amas lo suficiente como para ponerte de rodillas y suplicar por ella. —Lo miró con aire satisfecho. —Así que yo gano. Gano de todas maneras.

—Estás loca.

—Haces bien en negarte. Una vez me arrodillé por amor y no se lo recomiendo a nadie.

—Jesús, Erza. No hagas esto.

—Tengo que hacerlo —la voz de la dueña del circo había perdido todo rastro de burla. — Nadie humilla a Erza Dreyar sin pagarlo. Lo mires como lo mires, serás tú quien pierda hoy. ¿Estás seguro de que no quieres reconsiderarlo?

—Estoy seguro.

Lucy supo en ese momento que había perdido a Sinjun. Natsu no era como otros hombres. Se sostenía a base de acero, valor y orgullo. Si se rebajase, el hombre que era se destruiría. Inclinó la cabeza e intentó darse la vuelta para marcharse, pero Jellal le bloqueaba el paso.

—Sabes la ironía de todo esto, Lucy lo haría —dijo Natsu con voz tensa y dura. —Ni siquiera se lo pensaría dos veces. —Soltó una carcajada que no contenía ni pizca de humor. —Se pondría de rodillas en menos de un segundo porque tiene un corazón tan grande que es capaz de responder por todos. No le importan ni el honor ni el orgullo ni nada por el estilo si el bienestar de las criaturas que ama está en peligro.

—¿Y qué? —se burló Erza. —No veo aquí a Lucy. Sólo te veo a ti. ¿Qué será, Natsu, tu orgullo o el tigre? ¿Vas a renunciar a todo por amor o te aferrarás a ese orgullo que tanto te importa?

Hubo un largo silencio. Cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Lucy, ésta supo que tenía que escapar. Pasó junto a Jellal, pero se detuvo cuando oyó el fiero comentario de éste.

—Qué hijo de puta.

Se giró con rapidez y vio que Natsu seguía de pie frente a Erza, en silencio, con la cabeza alta, pero sus rodillas comenzaban a doblarse. Esas poderosas rodillas Romanov. Esas orgullosas rodillas Dragneel. Poco a poco, su marido se dejó caer en el serrín, pero Lucy supo que jamás había parecido más arrogante, ni más inquebrantable.

—Suplícamelo —susurró Erza.

—¡No! —la palabra surgió de lo más profundo del pecho de Lucy. ¡No dejaría que Erza le hiciera eso, ni siquiera por Sinjun! ¿De qué serviría salvar a un magnífico tigre si con ello destruía a otro? Atravesó la puerta a toda velocidad y entró en la pista, haciendo volar el serrín mientras corría hacia Natsu. Cuando llegó hasta su marido lo cogió del brazo y tiró de él para que se pusiera en pie.

—¡Levántate, Natsu! ¡No lo hagas! No se lo permitas.

Él no apartaba la mirada de Erza Dreyar. Sus ojos parecían llamas ardientes.

—Tú me lo dijiste una vez, Lucy. Nadie puede humillarme. Sólo yo puedo rebajarme.

Natsu levantó la cabeza, con la boca fruncida en un gesto de desprecio. Aunque estaba de rodillas, jamás había parecido tan regio. Era el zar en persona. El rey de la pista central. —Te lo ruego, Erza —dijo con firmeza. —No permitas que le ocurra nada a ese tigre.

Lucy se aferró al brazo de Natsu y se dejó caer de rodillas a su lado.

Jellal soltó una exclamación.

Y Erza Dreyar curvó los labios en una media sonrisa. La expresión que tenía en la cara era una irritante combinación de admiración y satisfacción.

—Qué hijo de perra eres. Al final será verdad que la amas después de todo.

Miró a Lucy, arrodillada al lado de Natsu.

—Por si aún no te has dado cuenta, Natsu te ama. Tu tigre estará de vuelta mañana por la mañana. Ya me lo agradecerás en otro momento. Ahora, ¿tengo que seguir haciendo yo el trabajo sucio o piensas que puedes encargarte tú sola de esto sin volver a joderlo todo?

Lucy clavó la mirada en ella, tragó saliva, y asintió con la cabeza.

—Bien, porque ya estoy harta de que todos estén preocupados por ti.

Jellal comenzó a maldecir por lo bajo.

Natsu entrecerró los ojos.

Y Erza Dreyar, la orgullosa reina de la pista central, pasó majestuosamente junto a ellos con la cabeza en alto y su brillante pelo rojizo ondeando como un estandarte del circo.

Jellal la alcanzó antes de que llegara a la puerta trasera, pero antes de que él pudiera decir algo, ella se volvió y le clavó el dedo índice en el pecho con tanta fuerza como pudo.

—¡Y que nunca vuelva a oírte decir que no soy buena persona!

Lentamente, una picara sonrisa reemplazó la mirada atontada en la cara de Jellal. Sin decir palabra, se inclinó y se la cargó al hombro.

Arrodillados todavía en el serrín de la pista, Lucy sacudió la cabeza con desconcierto y miró a Natsu.

—Erza lo tenía planeado todo. Sabía que Jellal y yo no podríamos resistirnos a escuchar a escondidas. De alguna manera sabía cómo me sentía y ha preparado toda esta charada para que vea que es verdad que me amas.

Los ojos que cayeron sobre ella eran tan duros y fríos como el verdemar, y además estaban furiosos.

—Ni una palabra. —Ella abrió la boca. —¡Ni una palabra!

El orgullo de Natsu había quedado maltrecho y no se lo estaba tomando demasiado bien. Lucy supo que tenía que actuar con rapidez. Después de haber llegado hasta ahí, no iba a perderlo ahora.

Le empujó en el pecho con todas sus fuerzas y, pillado por sorpresa, Natsu cayó en el serrín. Antes de que pudiera incorporarse, ella se sentó a horcajadas sobre él.

—No seas tonto, Natsu. Te entiendo. —Le metió los dedos entre los rosados cabellos. —Te lo ruego. Hemos llegado demasiado lejos para que hagas el tonto ahora; ya lo he hecho yo por los dos. Aunque en parte fue por tu culpa, que lo sepas. Me has repetido tantas veces que no sabías amar que, cuando realmente lo hiciste, pensé que sólo te sentías culpable. Debería haberlo sabido. Debería...

—Deja que me levante, Lucy.

Ella sabía que podía quitársela de encima con facilidad, pero también sabía que no lo hacía por el bebé. Y porque la amaba.

Se inclinó hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó la mejilla contra la suya. Extendió las piernas sobre las de él y apoyó los dedos de los pies encima de sus tobillos.

—Creo que no. Ahora estás un poco furioso, pero se te pasará en un par de minutos, en cuanto lo reconsideres todo. Hasta entonces, no pienso dejarte hacer nada que puedas lamentar más tarde.

Lucy creyó sentir que él se relajaba, pero no se movió, porque Natsu era un tramposo redomado y esa podía ser una de sus tácticas para pillarla con la guardia baja.

—Levántate ya, Lucy.

—No.

—Acabarás lamentándolo.

—Tú no me harías daño.

—¿Quién ha dicho nada sobre hacer daño?

—Estás furioso.

—Soy muy feliz.

—Estás muy furioso por lo que Erza te ha obligado a hacer.

—Ella no me obligó a hacer nada.

—Te aseguro que sí. —Lucy alzó la cabeza para dirigir una amplia sonrisa a aquella cara ceñuda. —Lo ha hecho muy bien. De veras. Si tenemos una niña podemos llamarla como ella.

—Sobre mi cadáver.

Lucy inclinó de nuevo la cabeza y esperó, acostada sobre él como si fuera el mejor colchón anatómico del mundo.

Natsu le rozó la oreja con los labios.

—Quiero casarme antes de que nazca el bebé —susurró Lucy acurrucándose más contra él. Sintió la mano de Natsu en su pelo.

—Ya estamos casados.

—Quiero hacerlo de nuevo.

—Dejémoslo sólo en hacerlo.

—¿Te vas a poner vulgar?

—¿Te levantarás si lo hago?

—¿Me amas?

—Te amo.

—No suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes.

—Estoy rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi corazón.

—¿De veras? —Lucy alzó de nuevo la cabeza y le brindó una sonrisa radiante. — Entonces, ¿por qué tienes tantas ganas de que me levante?

Natsu esbozó una sonrisa picara.

—Para poder probarte mi amor.

—Empiezas a ponerme nerviosa.

—¿Temes no ser lo bastante mujer para mí?

—Oh, no. Definitivamente eso no me pone nerviosa. —Lucy inclinó la cabeza y le mordisqueó el labio inferior. En menos de un segundo, él lo convirtió en un beso profundo y sensual. A Lucy se le saltaron las lágrimas porque todo era maravilloso.

Natsu comenzó a besarle las lágrimas y ella le acarició la mejilla.

—Me amas de verdad, ¿no?

—Te amo de verdad —dijo él con voz ronca. —Y esta vez quiero que me creas. Te lo ruego, cariño.

Ella sonrió a través de las lágrimas.

—Te creo. Vámonos a casa.


Gracias por leer, espero que les guste y cualquier Review se los agradecería.

¥ Lúthiën ¥