Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.

Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripciones detalladas de índole sexual explícito. Este material está destinado únicamente a lectores adultos y puede resultar ofensivo o inapropiado para algunas personas. Se aconseja discreción.

Colapso

16

Fantasmas

La situación era cómica e irrisoria, a su parecer. Jamás habría imaginado que acabaría portando el uniforme del enemigo ni que el cruel fantasma del fascismo volvería a aparecerse entre los claustros de piedra del cuartel.

A la cabecera de la mesa, el General Hegstad se mostraba atento al informe proporcionado por uno de sus subordinados, al cual había enviado de excursión a Liberio durante un par de meses para monitorear la situación política y asegurarse mantener el orden desde las sombras.

Al parecer, el hombre había regresado con algunas noticias de interés y ellos eran los primeros en conocerlas.

Jean apartó la atención del interlocutor y clavó la mirada en las primeras líneas del informe: «Esta Organización se crea con el fin de lograr la idea nacional (la unión de los Marleyanos, Hizurianos, Eldianos y demás), y pueden ser sus miembros todas las personas sin distinción de sexo, religión o lugar de nacimiento, siempre que sirvan sinceramente a los ideales».

Ya había dedicado cerca de una hora a leer la correspondencia y, aunque tenía una idea bastante clara de lo que pretendían hacer sus superiores en Mitras, decidió otorgarle más tiempo una vez que la reunión llegara a su fin.

—¿Y bien? ¿Qué consiguieron?—quiso saber el General, aprovechándose del poder que le conferían aquellas condecoraciones probablemente compradas y el uniforme que constataba su cargo dentro del ejército.

—Todos conocen perfectamente la tensión que se vive en Liberio y, por extensión, en todo Marley—respondió el integrante de la policía secreta—. Las personas hablan de atentados, sublevación y guerra inminente. En la cárcel ya tenemos a varios miembros del grupo terrorista que se autodenomina Joven Marley. Sabemos que en breve llegaran nuevos instigadores procedentes de Hizuru o cualquier parte del mundo—suspiró—. O al menos eso afirman los rumores… y las declaraciones de los detenidos. Propongo introducir agentes infiltrados en el grupo. Lo hemos hecho en varias ocasiones, y por lo general siempre han dado un resultado bastante efectivo. Algo costoso, pero efectivo al fin y al cabo.

—¿Saben quién está detrás de esto?—preguntó Jean, atrayendo los cinco pares de ojos hacia él.

—No, de momento. Aunque está claro que las órdenes y los planteamientos proceden directamente de Paradis—respondió el miembro de la policía secreta—. Esta vez pretenden hacerlo bien, procurando no fallar. Uno de los presos habló sobre un agente procedente de Isla que tiene como objetivo reclutar a hombres dispuestos a todo. Todavía no conseguimos su nombre. Pero le aseguro, Teniente Kirstein, que no tardaremos en dar con él.

Pese a que el hombre sonreía, el rostro de Jean permanecía imperturbable.

—Pensé que habíamos zanjado este asunto hace un año—suspiró el General Hegstad.

—Eso es lo que sucede cuando obligas a una Nación a firmar un cheque en blanco—acotó Jean.

—Marley y sus aliados fueron los responsables de haber causado todas las pérdidas y los daños a los que nos hemos visto sujetos desde hace años—interrumpió uno de los hombres a los que Jean reconoció como un antiguo compañero de Floch.

Marley no era inocente, lo sabía, y él lo había discutido mucho con Armin e Historia, una y otra vez. Había vivido en primera persona las crisis diplomáticas a lo largo de tres años, sin considerar el Retumbar y los sucesos anteriores a eso, conocía hasta el último paso del camino que había conducido a la guerra, y no había ninguna nación que fuera culpable. La principal preocupación de los mandatarios de ambos lados había sido proteger sus países: ni Historia, ni Zeke, ni los altos mandos de Marley, ni los Azumabito. Incluso Eren se había sentido horrorizado, por lo visto, al darse cuenta de lo que había empezado. Sin embargo, ni siquiera él era responsable de «todas las pérdidas y los daños».

—Deberíamos prestar particular atención a los antiguos titanes cambiantes y, por supuesto, a todos los traidores que los acompañaron—recitó el hombre, contemplando a Jean.

—Al grano, Crowe. Si hay algo que quieras decir, hazlo ahora mismo—la voz de Jean retumbó en la sala como si se tratase de una caja de resonancia.

—Solamente estoy señalando el elefante en la habitación—dijo el hombre con una sonrisa triunfal.

Jean tragó grueso.

Si bien, Armin argumentaba que uno de los deseos de Eren era dejar a Mikasa fuera del embrollo de las negociaciones de paz y los juicios de los miembros remanentes de la antigua Legión de Reconocimiento, los Jaegeristas no daban fe a la palabra del antiguo titán Colosal y consideraban que, al igual que los demás, ella debía ser sometida a juicio por el asesinato de su falso profeta.

En el otro extrema de la mesa, Hegstad se puso a toser, en un gesto de reproche. Sin duda aquel tema le parecía demasiado polémico para una conversación educada, de modo que dijo con tono diplomático:

—No deberíamos adelantarnos. Hasta el momento, todo esto no son más que rumores.—Le habló entonces a Crowe—: Si el Canciller consideró apropiado notificarnos es para mantenernos al tanto de los próximos movimientos—siguió diciendo el General—. Se que la situación es tensa, pero no permitan que eso quebrante la unidad entre los miembros de la Organización.

Ante las palabras de su superior, Crowe asintió con desgana mientras que Jean se limitaba a escuchar.

Finalizada la reunión, Hegstad tomó sus papeles mientras Jean se colocaba igualmente de pie. Se despidió de sus subordinados y abandonó la sala.

Uno a uno, los presentes siguieron su camino, desplazándose por el amplio pasillo que conectaba con las demás áreas del cuartel.

Necesitaba contactar a Armin de inmediato, aunque, llegado ese punto, probablemente él ya estaba al tanto de la situación.

Quizás era el momento de huir con Mikasa. El corredor pareció hacerse más largo bajo sus apresurados pies. Franqueó la arcada y recorrió la galería que conducía al Gran salón.

Antes de que pudiera girar, una voz lo detuvo.

—¡Jean!

Él se inmovilizó en medio de la estancia.

Una sensación ajena a sus pensamientos se instaló en la base de su cráneo en forma de descarga eléctrica cuando vislumbró a Crowe acercarse a él.

Portaba el pulcro uniforme de Teniente y una expresión áspera y fría decorándole el rostro. Él era uno de los aliados más fieles de Dreher y, por ende, uno de los primeros Jaegeristas que consiguieron sobrevivir después del Retumbar.

—Por fin tengo la oportunidad de hablar contigo—terció con falsa formalidad.

Jean frunció el ceño.

—No se cual tema de conversación puede ser del interés de ambos—respondió.

Crowe sonrió.

—Mikasa.

Por un latido de corazón, el miedo pulsó a través de su palma. Pero recuperó rápidamente el control.

—No perdió el toque—continuó diciendo el hombre—. ¿Están seguros que no es el monstruo que solía ser?—preguntó en tono burlón.

En un acto reflejo, lo tomó por la solapa de la camisa y lo empujó hacia arriba contra una pared cercana hasta que estuvieron cara a cara, bajo la mirada atónita de las personas que transitaban por el pasillo.

—Si vuelves a referirte a ella de esa forma, no dudare en matarte al instante—lo amenazó.

Crowe volvió a sonreír, triunfante.

—Eso solo confirmaría mi hipótesis—dijo con voz áspera.

—No sé de qué mierda estás hablando—siseó Jean.

El hombre se retorció bajo su agarre, mas no amainó. Si ejercía un poco más de presión, obstruiría el flujo de oxígeno y conseguiría estrangularlo en cuestión de segundos.

—Ustedes fueron los primeros en traicionar a Eren. No me sorprendería que aun estuvieran haciendo todo lo posible para derrocar a los Jaegeristas.

Una extraña sensación de diversión se filtró en sus ojos.

—Estás imaginando cosas, Crowe—dijo Jean en tono condescendiente.

Al final, optó por liberarlo. Pasó una mano por su cabello y se aseguró que su propio uniforme continuará intacto. Estaba llamando la atención, lo sabía por los murmullos apresurados.

—El General Dreher estará complacido de conocer el paradero de Mikasa—escupió Crowe—. Puede que todos en este pueblo se traguen la idea de que son unos recién casados, pero yo sé, mejor que nadie, que eso es mentira.—Decretó—. Deja de protegerla, Jean.

Y sin más, pasó a su lado, golpeándolo con el hombro.

El nudo en su garganta se estrujó. Una repentina sensación de terror aferró su pecho. Necesitaba actuar con rapidez o algo muy malo acabaría aconteciendo.


La enfermería se encontraba enclavada en un tranquilo rincón del orfanato. El espacio era modesto pero acogedor, con paredes de piedra y ventanas altas que permitían el ingreso de la luz natural a cualquier hora del día.

Los muebles eran sencillos pero funcionales, con camillas y mesas de madera pulida y sillas tapizadas en tela gastada pero limpia.

El aroma distintivo de las hierbas medicinales y los ungüentos se entremezclaban con el ligero olor de los antisépticos.

Cuando la hermana Josephine la envió con la novicia Hyacinth a la enfermería, Mikasa esperaba sentirse abrumada por los nervios y el apuro; pero, para su infinita tranquilidad, no fue consciente de nada de eso. Experimentaba una gratitud casi fervorosa por el hecho de que aceptaran su asistencia con llaneza y naturalidad. Recordaba con exactitud las ocasiones en las que acompañó al Doctor Jaeger a brindar consulta por los alrededores de Shinganshina. Eren encontraba aquella labor tediosa y aburrida, pero a ella le resultaba interesante. Incluso, durante sus días como cadete disfrutaba las rotaciones por el área de enfermería y, cuando se encontraba en la mansión de los Azumabito en Marley aprendió todo lo que le era posible del cuerpo humano a través de los diferentes compendios de anatomía y fisiología disponibles en la biblioteca.

Por esa razón, no hubo necesidad de que la hermana Hyacinth la instruyera en primeros auxilios o cuidados básicos. Mikasa poseía un talento natural.

Esa tarde, el sitio estaba más ocupado de lo habitual: con un brote de gripe, una pequeña con un brazo roto y otro niño con una contusión, deambulaba de un lado a otro asegurándose que todos estuviesen bien atendidos y nada les hiciera falta.

Ahora mismo, se encontraba de cuclillas mientras limpiaba con un paño humedecido con antiséptico los bordes de una herida en la rodilla de otro pequeño. El niño apareció ante ella con lágrimas, ojos hinchados y ojerosos, labios mojados y una nariz goteando al intentar explicar con la voz entrecortada que había sufrido un accidente.

Por la poca información que fue capaz de obtener, el pequeño resbaló en algún momento del juego, a causa de la fricción que su piel generó con el asfalto, la piel de su rodilla terminó lacerada y, poco antes de que brotaran las lágrimas, gotas carmesí emanaron de la cortadura, provocando que el niño explotara en llanto ante la fatídica situación.

Colocó las torundas sucias sobre la bandeja y esparció un poco de ungüento con sumo cuidado. La herida sanaría a su tiempo, no era necesario cubrirla. Sin embargo, se tomó la libertad de colocar un apósito para conferirle una sensación de seguridad.

—¿Aun duele?—preguntó Mikasa con una leve sonrisa.

El pequeño se secó los últimos rastros de lágrimas con la manga del suéter al mismo tiempo que sacudió la guedeja de cabellos dorados a manera de negación.

—Fuiste muy valiente—dijo, orgullosa. Se colocó de pie y, con suma facilidad, lo ayudó a descender de la camilla—. ¿Recuerdas que te daría un premio por eso?

El niño sonrió.

Sacó del bolsillo una barra rectangular envuelta en un papel encerado que medía unos diez centímetros de largo por tres de ancho. Lo depositó en sus manos y dijo:

—Asegúrate de compartirlo con los demás ¿de acuerdo?

Él volvió a asentir. Antes de que pudiera emitir una queja, salió disparado de la enfermería.

Mikasa dejó escapar un suspiro.

—Tiene un don con los niños, señora Kirstein—comentó la hermana Hyacinth, sonriente.

—¿Usted lo cree?—preguntó Mikasa mientras se secaba las manos con la áspera tolla que se encontraba cerca del lavamanos improvisado.

—¿Están pensando en tener hijos pronto?—quiso saber la mujer.

Mikasa se sonrojó hasta la raíz del pelo. Había comprendido que una pareja de recién casados, despertaba el interés de las personas a su alrededor. Las mujeres del orfanato constantemente preguntaban si, dentro de pocos meses ella y Jean decidirían tener un hijo. Probablemente llorarían de risa al enterarse que, la relación que inició como una farsa se convirtió en algo verdadero.

—El tiempo lo dirá—respondió Mikasa diplomáticamente.

Aún era muy pronto para pensar en el futuro. Por el momento, tanto ella como Jean estaban descubriendo una faceta en su vidas que nunca se habrían imaginado tener la dicha de experimentar, no cuando la muerte acechaba a la vuelta de la esquina segando vida con la misma impasibilidad con que un granjero recoge patatas.

Con aquel pensamiento en mente, dirigió la mirada hacia una de las ventanas, contemplando el bonito paisaje enmarcado por el cristal. Pronto, aquella calma que imperaba en la sala se disipó al escuchar un coche ingresar al patio principal. Rodó por la grava y luego se detuvo. Se oyeron voces y el crujido de varios pasos.

Se acercó a otra de las ventanas y separó las cortinas. Una de las portezuelas se abrió y del auto se apeó Jean, ataviado en su impecable uniforme militar. Emocionados por la visita del joven teniente, algunos niños se acercaron a saludarlo, clamando su atención entre risas y gritos que se evaporaron tan rápido como la hermana Josephine apareció en lugar.

Mikasa echó un vistazo al reloj de pulsera: Jean había abandonado el cuartel casi dos horas antes de la hora estipulada.

Una sensación aprensiva le estrujó el pecho. Sabía que algo había ocurrido, pero no podía determinar si era bueno o malo.

—Hermana Hyacinth—llamó Mikasa en voz baja—. ¿Necesita ayuda con algo más?—quiso saber.

Podía quedarse unos cuantos minutos más si ella se lo pedía. Después de todo, su altruista jornada laboral aun no estaba del todo finalizada.

—No, querida. Es todo por hoy—sonrió.

—En ese caso, la vere mañana—se despidió.

Hyacinth asintió y, sin más, Mikasa abandonó la enfermería.

Una urgente necesidad de ver a Jean la invadió. Se dirigió hacia la entrada abovedada que se abría al pasillo que conducía al gran comedor y a las habitaciones de los niños. Andaba más y más aprisa, hasta que finalmente casi corría.

Le tomó unos cuantos minutos arribar a la pequeña oficina de la hermana Josephine. Cuando lo hizo, vislumbró a la mujer charlando plácidamente con su compañero, quien prestaba absoluta e indivisible atención a todas y cada una de sus palabras pronunciadas.

Ninguno de los dos reparó en su presencia de inmediato hasta que la mujer apartó la mirada un segundo para contemplarla: sus ojos verdes se iluminaron y una sonrisa estiró sus labios, acentuando las arrugas que comenzaban a vislumbrarse en su piel blanca.

—Estaba a punto de enviarla a llamar—dijo.

Jean también la vislumbró. Lejos de recibirla con un abrazo efusivo y un apasionado beso, tal como solía hacerlo cuando regresaba a casa, se quedó de pie cerca de la entrada de la oficina con las manos ocultas en los bolsillos del pantalón y la espalda recta.

—Justo estaba diciéndole al teniente Kirstein lo bueno que es tenerla en este lugar con nosotras. Contemplarla es como un bálsamo para el corazón.

Mikasa se sonrojó intensamente y notó que, sin saber por qué, se le saltaban las lágrimas.

—Estoy de acuerdo con usted—coincidió Jean. La severidad había desaparecido de su rostro para darle paso a una mueca gentil.

—No los distraeré más tiempo—comentó la hermana—.Vayan a casa a descansar.

Sin más preámbulos, ambos emitieron sus despedidas y dirigieron el andar hacia el coche.

Mientras se desplazaban, Mikasa escrutó el semblante retraído de Jean: saltaba a la vista que estaba incomodo, y ella aguardó sin preocupación a que reuniera el coraje suficiente.

—Jean, ¿sucede algo malo?—se adelantó a preguntar.

Él se detuvo al escuchar su voz. Con el ceño fruncido la contempló, como si se tratase de un ser irreal.

—No, ¿por qué lo preguntas?—respondió.

Mikasa tensó los labios.

—Saliste temprano—dijo.

Sabía que si señalaba otros síntomas, Jean se cerraría de banda y no le contaría la razón de su repentina aparición.

—La reunión terminó antes de lo previsto, así que decidí postergar los pendientes del día y pasar la tarde contigo—espetó.

Hizo ademán de tomarla de la mano y ella de lado sin pensar. Jean la sostuvo un segundo, acariciándole los nudillos con el pulgar, como si intentase acabar con la inquietud que la embargaba.

Procuró no pensar demasiado en todo lo malo que podría estar ocurriendo a su alrededor y, sin más, se permitió sentirse agradablemente abrumada bajo el peso de su poder sobre ella, bajó la profundidad enorme y extática de su voluntad de complacerlo.


Mikasa estaba sentada frente a su tocador, dando vueltas a los sucesos del día que se repetían en su mente, como si fueran un extraño mecanismo que no alcanzaba a entender.

Pasó las hebras del cepillo por los mechones azabaches y elevó la mirada hacia el espejo, contemplando por tercera ocasión la imagen que le devolvía de Jean: postrado al borde de la cama, iba en mangas de camisa y con el cabello desordenado. La barba comenzaba a oscurecerle el mentón, debía llevar cerca de tres días sin rasurarse. Sin embargo, aquello no era lo que la preocupaba, sino el hecho de que lucía cansado. Era como si de repente el peso de los últimos tres años recayera por completo en él, haciéndolo lucir más grande de lo que era.

Con aquel pensamiento en mente, colocó el cepillo sobre la bandeja, asegurándose de no hacer ningún ruido. Se puso de pie y caminó en dirección a la cama. El colchón se hundió levemente ante su peso, pero aquella intromisión no bastó para llamar la atención de Jean. Se deslizó hasta quedar detrás de él y, sin más preámbulos, envolvió su torso con ambos brazos y recargó la cabeza sobre su hombro derecho. Notó sus músculos tensarse bajo su tacto, mas no la apartó. En su lugar, continuó con la mirada fija en el libro que llevaba cerca de una hora leyendo, algún compendio sobre diplomacia y acuerdos.

—Jean—lo llamó con voz baja, casi en un susurro—. ¿Te encuentras bien?

Se tomó la libertad para estudiar su cara con detenimiento. Tenía la certeza de que Jean se había dado cuenta, pero optó por no decir nada. La lámpara que cuelga del techo difunde una suave luz sobre sus rasgos, la magnífica mandíbula, el ceño en un gesto fruncido de leve concentración, el tenue brillo de algunos vellos dorados que solo son posibles de contemplar bajo la luminiscencia.

Demorarse en la contemplación de la faz de Jean siempre le proporcionaba cierto placer, que podía modularse con un sinfín de otros sentimientos. Su aspecto físico era para ella como una composición predilecta que sonaba algo distinta cada vez que la escuchaba.

—Estoy bien, solamente tuve un largo día—suspiró. Por fin, cerró el libro y lo colocó en algún lugar de la cama—. ¿Cómo van las cosas en el orfanato?—preguntó.

—De maravilla. Gracias a tu intervención, los hombres de Hegstad habilitaron un área para la enfermería.

—Me alegra haber sido de ayuda—comentó un tanto distraído.

Mikasa frunció el ceño. Durante toda la tarde había evitado enfrentarlo directamente. No era habitual que Jean se comportara de esa manera: callado, retraído. Poco después de arribar a casa a duras penas y habló. Cuando ella le dijo que iría a dar un paseo optó por acompañarla. Mikasa le dijo que no debía sentirse obligado a estar con ella si no le apetecía, y él respondió en tono inexpresivo: Bueno, realmente es la única cosa del día que me hace ilusión. Así que lo dejo correr. Optó por encauzar sus pensamientos en otra dirección, lejos de las sospechas y la incertidumbre.

—Jean, ¿en serio te encuentras bien?—insistió—. Has estado terriblemente callado.

Él soltó un suspiro y Mikasa supuso que quería decirle algo. Saltaba a la vista que estaba incomodo, y ella aguardó son preocupación a que reuniera el coraje suficiente.

—Sí, lo estoy—respondió. Tomó una de sus manos y depositó un rápido beso sobre sus nudillos.

Antes de que ella pudiese formular otra pregunta, se puso de pie y se precipitó al cuarto de baño, cerrando la puerta tan rápido como ingresó.

Confundida, Mikasa se despojó de la delgada bata de seda y la colocó en una de las sillas cercanas. Tomó su lugar en la cama y se quedó mirando fijamente el techo. Tenía el corazón desbocado, pero permaneció inmóvil.

¿Había hecho algo para molestarlo?, fue lo primero que se preguntó al intentar encontrar una explicación y causas al comportamiento de Jean. Era poco probable. El día anterior se mostró extremadamente cariñoso con ella. Tal vez se trataba de su madre, quizás estaba enferma, aunque la hipótesis era poco probable. En la última carta había mencionado encontrarse de maravilla.

Soltó el aire contenido en sus pulmones y cerró los ojos. Quizás solo estaba cansado, tal como se lo había dicho minutos atrás. Trabajaba más de la cuenta, apenas dormida y no probaba bocado. A pesar de su pesadumbre y turbación, Mikasa encontró lugar en su alma para compadecerlo. Le parecía cruel pensar que no podía ayudarlo.

Luego de unos cuantos minutos, Mikasa escuchó la puerta abrirse y, sin apartar la mirada del techo, prestó atención a los movimientos de Jean. La cama crujió cuando se recostó y pocos segundos después notó el peso de su cuerpo y la calidez que emitía su piel.

—Buenas noches—murmuró al mismo tiempo que apagaba la única fuente de luz que iluminaba la habitación.

Con un movimiento rápido, Mikasa evitó que se recostara por completo en la cama. Lo tomó firmemente del brazo y le obligó a mirarla directamente a la cara. Al darse cuenta que eso no era suficiente, se colocó a horcajadas encima de él, posando todo el peso de su cuerpo sobre su regazo.

—Sabes que te quiero, ¿cierto?—murmuró.

Notó cómo se le encendió la cara.

—S-sí—titubeó.

—Y también sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad?

—Mikasa, yo…

—Tal vez creas que no me doy cuenta cuando algo malo sucede contigo, pero lo sé—dijo en tono categórico—. Hay algo que te atormenta, Jean y, cualquier cosa que sea, no tienes que cargar con el peso tu solo.

Mikasa lo escuchó respirar. Lo había arrinconado en la conversación y no quería presionarlo más de la cuenta.

Jean se llevó la mano a la frente como si le doliera la cabeza.

—Lamento haber actuado como un idiota—se disculpó.

Ella hizo un ademán por levantarse, pero Jean la mantuvo en su lugar al colocar una mano sobre su cadera.

En esa posición, le contó sobre la tensa situación política en Paradis: desde la inminente guerra contra Hizuru hasta el grupo de insurrección que amenazaba la paz de los Jaegeristas.

Mikasa mantuvo la calma.

—¿Tienes miedo que algo malo suceda?

La pregunta era absurda en sí, mas no la posibilidad de que algún embrollo se suscitara. Ahora mismo todos transitaban por una cuerda floja.

—Estoy aterrado—reconoció Jean sin miramientos.

—Eso no pasara.

Jean consiguió reincorporarse en la cama sin apartar a Mikasa de su regazo. Él se quedó callado, vacilante, recapacitando.

—El General Hegstad solicitó que lo acompañe a un viaje diplomático durante una semana. Creo que sería mejor que te marcharas.

—¿Adónde quieres que vaya?

—Puedes regresar a Mitras, con Armin.

Ella se apresuró a negar con la cabeza.

—Te preocupas demasiado, Jean. Puedo arreglármelas yo sola—susurró en la oscuridad.

—Olvidaba que estaba hablando con la mejor soldado del mundo.

Mikasa puso los ojos en blanco y sonrió.

—Ese título le pertenece a Levi—le recordó.

Por primera vez en el transcurso del día, Jean no consiguió reprimir una sonrisa.

—Para mí lo eres—dijo Jean con sus diáfanos ojos dorados clavados en ella.

Mikasa se sonrojó como una niña pequeña. Durante años, había visto el mundo a través de los oscuros y distantes ojos de Eren, pero hoy se encontraba cautivada por el intenso fulgor que proyectaban los ojos de Jean que la observaban como si ella fuera la única mujer que existiera en el mundo.

—Estoy retirada, ¿lo recuerdas?—tragó grueso.

Jean levanta el torso lo suficiente para acortar la distancia entre los dos. Mikasa permanece inmóvil, cada uno de sus nervios erizados. Quería dejar escapar un gemido. Él posó las manos en sus caderas y sin poner un ápice de reticencia, permitió que la besara en la boca. La sensación era tan extrema que se sentía desvanecer.

—Jean—su voz sonó entrecortada; el aliento cálido le roció el rostro y solo se apartó lo suficiente para permitirse recitar las siguientes palabras—: Se que eres un hombre de buen corazón, pero debes entender que no puedes cargar con todo el peso del mundo tu solo. Voy a estar bien. ¿Acaso olvidaste que estuve por mi cuenta todo este tiempo?

Jean tragó grueso al mismo tiempo que negaba con la cabeza una vez, formando una sonrisa ladeada.

—El hecho de que haya sido de esa forma en el pasado no quiere decir que deba ser así en el futuro.

Ante esas palabras, Mikasa lo besó con absoluta devoción. Su tacto tenía un efecto narcótico sobre ella. Un grato atontamiento la invadía, ardía en deseos de quitarse la ropa.

En cuanto a Jean, olvido por completo lo que pretendía decirle, puesto que sus prioridades habían cambiado inesperadamente.

—Te preocupas demasiado por los demás. Siempre has cuidado de nosotros, Kirstein—masculló contra su piel, a medida que descendía por su cuello y besaba su clavícula—. Pero ¿Quién cuida de ti?

Mikasa se inclinó hacia adelante, cortando su respuesta con un beso. Acarició su pecho hasta descender por su cintura y luego viajar por su muso. Jean respondió ansiosamente, permitiéndole tocarlo como lo deseaba, explorar su cuerpo con sus manos mientras sus bocas y lenguas bailaban juntas.

Presionó la palma de la mano contra su erección, él bajó la mirada para verla deslizar el resorte de su pantalón en conjunto con sus calzoncillos hasta sus muslos.

—Déjame hacerlo, Jean…—dijo, su mano moviéndose hacia abajo para explorar más, acunandolo.

—Joder, Mikasa—suspiró. Los músculos de su estómago se contrajeron con su toque. Tuvo cuidado de no moverse, pero estaba tan duro que ese pequeño roce casi lo hizo correrse.

Aun así, una pequeña gota de líquido preseminal se reunión en su pinta, y pudo ver la sorpresa en su rostro cuando parpadeó con curiosidad.

Cualquier pensamiento coherente abandonó la mente de Jean cuando ella se inclinó y lamió la punta de su miembro. Olía a jabón y sabanas limpias; su lengua era suave y cálida contra él. Requirió de toda la fuerza de voluntad para no moverse.

Mikasa lo saboreo, tal como él lo había hecho unas cuantas noches atrás. Una parte de ella temía que no disfrutara del sabor tanto como él parecía disfrutar del de ella, pero sus temores se disiparon al notar que no era así.

—Mikasa—llamó, y ella levanto la cabeza, con los ojos muy abiertos. Toda la cara de jean estaba contorsionada por el placer: labios entreabiertos mientras intentaba guardar silencio. La vista era absolutamente erótica.

—Quiero hacerte sentir bien—dijo, colocando un mechón de cabello detrás de su oreja—. Entonces, si estoy haciendo algo mal, me lo dirás… ¿verdad?

Jean tragó saliva una vez más y asintió bruscamente. Su corazón estaba acelerado, latía con fuerza al compás del ritmo de la anticipación ye l deseo.

—Por supuesto—susurró con voz tensa.

Mikasa asintió. Jean contuvo la respiración mientras ella se movía: sus labios finalmente presionados contra su pene en un beso lento y húmedo, probando las aguas. Él se aferró a las sábanas y apretó la mandíbula cuando ella le dio otro beso lento a la par que presionaba la base.

Sus labios se cerraron alrededor de él. Jean no pudo evitar jadear cuando su boca dio un paso lentamente a un mundo de calor celestial y sedoso que provoco que su mente diera vueltas en éxtasis. Estaba tan poco preparado para esa sensación que sus ojos se cerraron con fuerza y le arrancó un gemido desde lo más profundo de su garganta, uno bastante pesado, gutural y puro.

Mikasa se apartó lentamente. Jean emitió un ruido de protesta por la pérdida de calor. Estiró una mano temblorosa para enroscarla alrededor de su cabello. Y mientras lo hacía, la contempló con una mirada oscura que ardía de lujuria, y vio como una sonrisa casi tímida tiraba de su boca.

Algo parecido a un gruñido escapó de él, pero el sonido murió en sus cuerdas vocales cuando volvió a cerrar los labios alrededor de su rígida longitud, moviéndose cuidadosa y delicadamente. Sus dedos se retorcieron entre los mechones de cabello, luchando por mantenerse atado en la realidad.

Mikasa succionaba tentativamente y lamia el líquido tibio que emanaba de él. Todavía era nueva en todo lo relacionado con el sexo, pero descubrió que su cuerpo estaba dispuesto a aprender, quería saber cómo complacerlo.

—Mikasa—gimió.

Ella levantó la mirada. Los ojos hambrientos de Jean recorrieron su rostro sonrojado, centrándose en el brillo de su boca, húmeda y enrojecida. Se veía tan deslumbrante, tan tentadora: inocencia y seducción en uno. Solo Ymir sabía la fuerza de voluntad que estaba ejerciendo para no presionarla contra el colchón y follarsela en ese mismo instante.

Una calidez suave y resbaladiza se deslizó alrededor de su miembro, y farfulló una maldición, incapaz de evitar sacudir sus caderas en su boca. Mikasa presionó con fuerza sus muslos y tosió, retrocediendo un poco.

—Mierda, lo siento—jadeó, apartando el cabello de su cara—. No fue mi intención…

—Está bien—respondió ella—. Solo… trata de no hacer eso demasiado fuerte, ¿de acuerdo?

Apenas tuvo tiempo de asentir antes de que ella se inclinara y bajará la boca sobre su longitud de nuevo, moviéndose lenta y firmemente, envolviendo su mano alrededor de la base para acariciar y apretar con la presión exacta. Jean echó la cabeza hacia atrás y gimió con voz ronca, pasando sus dedos por su cabello, la mente aturdida y abrumada por la ráfaga de sensaciones que lo invadía.

Jean empujó con cuidado en su boca, agarrando con más fuerza su cabello mientras Mikasa gemía suavemente y trataba de tomar un poco más de él. Las vibraciones que emitía a causa del placer lo hicieron temblar tan fuerte que no pudo evitar agarrarse de una de las mesitas de noche. Aferrándose con vehemencia, jadeó gimió desesperadamente.

Mikasa presionó la lengua en la parte inferior de su miembro y Jean perdió la cabeza, llevándose la mano a los ojos mientras dejaba escapar un gemido estrangulado; un fuerte estremecimiento lo obligó a arquearse. No podía pensar en nada, no podía ver ni escuchar nada a su alrededor, era incapaz de recordar dónde estaba.

—Mierda, mierda, mierda, me voy a correr—se atragantó, gimiendo desesperadamente.

Terminó unos segundos después. La liberación lo golpeó como un tren de carga directo en el estómago, robándole el aliento, arrancando el gemido más gutural y febril de su garganta. Sus dedos se enroscaron con fuerza en las hebras azabaches cuando derramó su semilla directamente en el calor húmedo de la boca de Mikasa.

Después de unos momentos, se desplomó contra la almohada, finalmente agotado. Saciado y sin aliento, Jean no pudo hacer nada más que permanecer acostado sobre la cama, con la mente completamente derretida de dicha.

—¿Jean?

Parpadeó para abrir los ojos, contemplando a Mikasa perezosamente. Todavía jadeando por aire, la vio sonreír y captó el sonido de su ligera risita.

Se acercó para besarla, pero ella se apartó.

—¿Qué es?—preguntó confundido.

—Acabo de tener tu pene en mi boca—respondió ella, insegura—. Tú, no…

Jean le sonrió, aferró una mano en su nuca para incitarla a inclinarse.

—Seré el idiota más grande del planeta el día que no aproveche una oportunidad para besarte.

Mikasa sonrió, lo miró y cerró los ojos, expectante. Jean presionó sus labios contra los de ella en un lento y generoso beso de tal pasión que podía sentir sus propias mejillas arder.


—¿Estás segura que no quieres pasar algunos días en Mitras?—preguntó Jean mientras terminaba de ajustarse la corbata.

Mikasa contuvo la necesidad de poner los ojos en blanco.

—Estoy segura—reafirmó—. ¿Llevas todo lo que necesitas?—echó un último vistazo a la valija que reposaba sobre la cama.

—Sí, eso creo—dijo. Pasó una mano por su cabello para mantener todos los mechones en orden. Iba ataviado con un traje que constaba de saco y corbata: la tela se ajustaba a la perfección a su cuerpo y lucía tan atractivo que no pudo ignorar el leve y placentero dolor en su interior, en la pelvis, en la espalda—. Viajaremos en hidroavión—comenzó a decir—. Si todo sale bien, regresaré en tres días.

—¿Vas a encontrarte con Connie?

—Esperare por él en el helipuerto—contestó.

—Enviale saludos de mi parte.

Jean cerró la maleta y la colocó en el suelo. Antes de marcharse, se dispuso a observarla bajo la tenue luz matutina que bañaba la habitación.

Resultaba extraño que, después de tantos meses en compañía, tuviesen que alejarse por unos días. Jean sentía que no estaba en condiciones de pronunciar siquiera una palabra con tranquilidad y que sus ojos expresaban toda la fuerza de la influencia que Mikasa ejercía sobre él. Sonrió y comenzó a hablar tranquila y llanamente.

—Lo haré.

Deseaba seguir mirándola, mas no pudo, al apoderarse de él una dicha amorosa nueva. Se acercó, la abrazó por la cintura y empezó a depositar besos en su cuello. Mikasa dejó escapar una risita.

—¿Quieres acompañarme?

—No creo que eso le agrade al General—dijo ella.

—No me importa lo que piense Hegstad—murmuró.

—Sería una distracción—suspiró.

Mikasa giró sobre sus talones para encararlo.

—Cuando vuelva, haremos un viaje—le tomó las mejillas entre las manos—.¿Qué dices?

Ella no respondió. Jean le retiró un mechón de cabello e la cara y la besó con ternura; tanta que Mikasa estuvo a punto de llorar.

—Está bien—dijo contra sus labios.

—Iremos a la playa o las montañas.

—Me gusta la playa—comenzó a decir. Lo miró a los ojos y notó que se le formaba un nudo en el estómago.

Jean apoyó la frente en su rostro y su aliento le hizo cosquillas en la piel.

—Entonces, la playa será—la estrechó con fuerza.

En verdad no deseaba marcharse. De no ser por ese estúpido grupo de la Insurgencia, buscaría la manera de subir a un barco y viajar por el mundo en compañía de Mikasa.

Ambos se separaron cuando escucharon el motor al exterior y, pocos segundos después, el sonido del claxon anunciando que el coche aguardaba por Jean.

—Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme—volvió a abrazarla, esta vez con más ternura.

Mikasa levantó la cabeza. Él la miró durante un instante y acto seguido la besó bruscamente.

—Regresare de inmediato si me lo pides—susurró, entrelazo su mano con la de ella y depositó otro beso sobre sus nudillos.

—Voy a estar bien, Jean—sonrió.

Acto seguido, descendieron por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Jean tomó su gabardina y se puso el sombrero que colgaba en el perchero. Más allá de lucir como un soldado, tenía el aspecto de un príncipe, o al menos cómo ella imaginaba que sería uno. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; era como si aquella tez bronceada, iluminada por la tenue luz veraniega, estuviese cincelada en mármol.

—Llama cuando hayas arribado al hotel—le pidió.

—Nos veremos pronto—aseguró con una sonrisa galante y, sin más, Mikasa se quedó allí de pie, con los brazos extendidos y los sentimientos embotados.

Jean le tomó las manos y se las besó, y, sin decir una palabra más, se marchó.

Mikasa corrió hacia la ventana y permaneció inmóvil, mirando a través del grueso cristal, con el corazón desbocado hasta que lo vio apearse en el coche y cerrar la puerta.

Poco a poco, el automóvil comenzó a desplazarse en reversa y avanzó con rapidez hasta el final del camino de grava. Solo cuando el coche estuvo fuera del alcance de su vista, Mikasa se permitió expulsar, en una sola espiración, todo el aire que había retenido desde que Jean salió de la residencia.

Resignada, volvió a correr la cortina y se dirigió a la sala. Dejó caer su cuerpo en el amplio sofá y alcanzó el ejemplar del diario local para centrar su atención en otro objetivo que no fuese Jean.

Fue en ese preciso instante, mientras hojeaba el periódico y miraba con desinterés las notas, que Mikasa se dio cuenta lo mucho que lo echaría de menos. Ahora que estaban juntos físicamente, esa sensación se había intensificado, estaba tan acostumbrada a la presencia de Jean que su ausencia parecía más profunda, más debilitadora.

Los últimos meses habían sido maravillosos al lado de Jean. Compartían risas, secretos, sueños y llantos. Pero ahora, con él lejos durante algunos días, la ausencia se tornaría más evidente, y Mikasa no podía evitar experimentar un profundo sentimiento de soledad invadiendo su ser.

Al mismo tiempo que reparaba en su desdicha, a su mente acudió una conversación que había mantenido con Armin cuando cayó enferma. La separación de su amigo y Annie, lo llevó a tener una especie de epifanía, algo como un sueño profético que no demoró en compartir con ella tan pronto como los primeros rayos del sol se asomaron por el Este.

¿Matrimonio?—preguntó Mikasa sin comprender muy bien a lo que se refería.

Armin rió.

Lo haces sonar como si se tratara de peste.

Los dos llevan viendo muchos años juntos—señaló.

El ex comandante se encogió de hombros y dejó escapar un suspiro.

Sí, pero no es lo mismo—dijo.

Mikasa frunció el ceño.

¿Cuál es la diferencia? Para este punto, ambos parecen una pareja de casados.

Armin la contempló y sonrió.

El hecho de hacer una promesa, estar unidos de por vida… puede sonar cursi, pero ¿No te gustaría tener lo mismo con Jean?

Lo cierto era que no se lo había planteado. Jean era un hombre inteligente, tan grande y tan simpático… Todo resultaba halagüeño y dichoso, pero al mismo tiempo terrible, porque Mikasa sentía que ya no se trataba de una broma y que no se podía jugar más con la vida.

Todavía era muy pronto para tentar al destino.

Cuando se oyó repentinamente, de manera alarmante, un llamado a la puerta, le dio un vuelco el corazón.

Instintivamente, Mikasa se puso de pie, aunque una parte de ella deseaba no hacerlo. Se deslizó tan rápido como sus piernas se lo permitieron, cruzó la geografía de la sala hasta llegar al vestíbulo. Tomo el picaporte y abrió la puerta, encontrándose con los ojos del General Dreher.

—Supongo que no esperabas mi visita—un par de cuencas oscuras la perforaron desde la distancia: iba ataviado con la gabardina negra y el uniforme gris; en su rostro se vislumbraba una sonrisa petulante, la misma que lo había visto esbozar la noche del baile y, después, en su fortuita reunión en el restaurante.

Mikasa no tenía voz para responder. Estaba agitada. Su respiración subía y bajaba. La sorpresa y el temor se reflejaron en su faz.

En un acto reflejo, empujo todo el peso de su cuerpo contra la puerta, las manos apoyadas firmemente en la superficie, los ojos cerrados con fuerza.

—¿Es así como tratas a los invitados?—Lo escuchó decir mientras el pomo se le resbala de la mano, obligándola a apartarse.

Aquel simple acto parecía aumentar la sensación de superioridad del general, quien disfrutaba del poder que ejercía sobre ella.

—¿Qué está haciendo aquí?—demandó saber. Lo miró fijamente, obligándose a respirar de manera constante. Solo necesitaba mantener la distancia y ganar tiempo mientras formulaba un plan de escape.

—No fue difícil seguirle el paso a un hombre de uno noventa que viaja con una belleza de cabello azabache como tu—Dreher ladeó la cabeza hacia un lado y levanto la ceja—. Me tomo algo de tiempo, pero soy persistente.

Debía encontrar una salida, una forma de protegerse a sí misma. Notó como el nudo en su estómago se apretaba aún más cuando se dio cuenta de que escapar no sería tan sencillo como esperaba.

Los soldados apostados en el exterior eran una clara advertencia de que cualquier movimiento brusco seria detectado de inmediato. Su mente se llenó de preocupación y la realidad de su situación se hizo más evidente.

Desde el Retumbar, había perdido parte de sus habilidades que la convirtieron en una soldado distinguida en la batalla. Ya no era la misma luchadora ágil y valiente que una vez fue. Sabía que, en un enfrentamiento físico directo, el General tenía una clara ventaja sobre ella. Además, era consciente de la importancia de Dreher para los Jaegeristas. Un hombre de su rango e influencia no podía simplemente desaparecer. Si intentaba hacerle daño o incapacitarlo, sus hombres acudirían en su auxilio. La idea de enfrentarse a un grupo de soldados bien entrenados y equipados le resultaba abrumadora.

Sin más opción, el hombre ingresó, cerrando la puerta a su espalda. Mikasa retrocedió instintivamente.

—Que linda casa—alabó el General mientras escrutaba el decorado a la vista—. Supongo que las personas de con las que conviven no tienen la menor idea de quienes son—sonrió—. Puede que los pueblerinos se hayan trago el cuento de la pareja recién casada, pero yo no.

Mikasa tragó grueso.

—No respondió mi pregunta—gruño entre dientes.

Dreher se despojó de la gabardina y el sombrero con parsimonia, colgándolos en el perchero. Pasó una mano por su cabello y se ajustó la corbata.

—Esperaba tener una charla a solas contigo—se inclinó hacia ella; sus ojos oscuros brillando—. Sabía que con tu perro faldero, Kirstein, sería imposible acercarse a ti.

Mikasa mantuvo el silencio. La impotencia, el odio, tantas emociones la alteraban.

Lejos de esperar una respuesta, el general sacó de uno de los bolsillos de su saco un puro y el mechero: dio una calada y soltó una bocanada de humo directamente hacia el rostro de Mikasa.

—No te preocupes, querida, solo tendremos una plática agradable—advirtió con suavidad—. ¿Tienes algo de beber?

Sintiendo la presión y amenaza en cada palabra, decidió seguir adelante con su plan de mantener la calma. Con paso decidido, se dirigió a la sala donde se encontraba el pequeño minibar.

Al tomar una de las botellas, notó que sus manos temblaban visiblemente. Intentó controlarlo, pero era evidente que la situación había afectado su tranquilidad.

El General, sin embargo, no parecía inmutarse por el estado de Mikasa. Con una sonrisa siniestra, tomó asiento en el sofá donde minutos atrás reposaba, haciéndose sentir como en casa.

—No olvides traer dos vasos. Tú también beberás—lejos de sonar como una sugerencia, se trataba de una orden.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Con los dos vasos en una mano y la botella de whisky en la otra, se dirigió hacia la silla frente al general, tratando de mantener la mayor distancia posible entre ellos. Cada uno de sus movimientos estaba lleno de preocupación y cautela, consciente de la visible desventaja en la que se encontraba.

Dreher tomó la botella de licor de las manos de Mikasa, examinándola detenidamente. Inhalo el aroma del alcohol con satisfacción y comentó con un tono despectivo:

—Bueno, al menos Kirstein tiene buen gusto.

Sirvió el líquido ámbar en ambos vasos, sin dejar de observar cada movimiento de Mikasa.

Le extendió el vaso y ella lo tomó. Sin apartar los ojos del rostro inexpresivo de Dreher, llevó el borde de cristal hasta sus labios y comenzó a beber; el líquido cálido y ámbar inundo su boca. El sabor distintivo y amargo se deslizó por su lengua hasta descender lentamente por su garganta. Una sensación punzante y ardiente recorrió su esófago hasta desaparece en su estómago. La tensión en su cuerpo se intensificó, haciendo que cada pequeño trago pareciera más pesado y perceptible.

En medio de la tensión, dirigió su mirada hacia el arma que el General había dispuesto sobre la mesa, cerca de su alcance. Estaba cargada y lista para ser utilizada.

—Iré al grano—dijo Dreher una vez que terminó de beber. Se limpió los labios con la manga del saco y coloco el vaso vacío sobre la mesa, dispuesto a servirse otra generosa cantidad de alcohol—. Como ya lo dije, toda esa mierda de la casita puede funcionar con los demás, pero no conmigo—se recargó la espalda en el sofá y cruzó una de las piernas—. Espere unos cuantos meses para mover mis piezas en el tablero. Para ser sincero, considero que todos tus amigos deberían ser juzgados por traición y ser colgados en la plaza pública por conspirar en contra de Eren Jaeger. Sin embargo, Historia es demasiado sentimental para hacer algo así.

Mikasa sostuvo la mirada de Dreher antes de colocar su propio vaso sobre la mesa.

—Estoy aquí para obtener respuestas y solo tu puedes dármelas—Dreher elevó la quijada, disfrutando el momento en que Mikasa se quebrantaba ante sus ojos—. Yo sé que tú eres la asesina de Eren. Lo que dijo Arlert en la corte marcial, es mentira. Nadie más podía hacerlo, salvo tu o Levi Ackerman.

El tiempo se detuvo.

El olor del licor que emanaba de la botella y las flores que había colocado en el jarrón esa mañana saturaban el aire.

Mikasa no se movió. No respiró. De sus labios no salió ni una sola palabra. Su rostro era de hielo, desprecio y tempestad.

Dreher arqueó una ceja ante su silencio.

—Da la casualidad de que Eren solo bajaba la guardia con una persona y esa persona eres tú. La chica de la que estaba perdidamente enamorado, ¿no es así?

Los recuerdos de la muerte de Eren acudieron a su mente como un torbellino. La culpa, el desconsuelo y el dolor se apoderaron de ella por partes iguales. Sus ojos comenzaron a escocer a causa de las lágrimas mientras el nudo en su garganta se hacía más estrecho.

La sonrisa petulante volvió a surcar los labios del General.

—Eso sí que es traición. Jaeger sacrificó al mundo para salvarte, y tu sacrificaste a Eren para salvar al mundo.

Al levantar la quijada, el rostro de Mikasa lucía una mezcla de tristeza y miedo: acorralada.

—No puedo culparlos, tanto a Jaeger como a Kirstein. Yo también habría hecho lo mismo por tener a alguien como tú a mi lado—la contempló sugestivamente; sus ojos viajaron desde su rostro hasta su torso al mismo tiempo que se relamía los labios.

Mikasa cerró los ojos y reprimió un sollozo. Las imágenes de ciertos episodios de su vida volvieron a su mente, como secuencias de una película de terror.

—¿Cómo fue que lo asesinaste?—preguntó.

Mikasa comenzó a temblar incontrolablemente.

Una imagen horrible se representó en su imaginación. El rostro de Eren. Su boca entreabierta y los ojos perdidos, mirando al vació. Mikasa tembló y sacudió la cabeza.

—Si hablo con la verdad, dejara en paz a los demás—dijo con toda la firmeza que le era posible. Notó un escalofrío que recorrió su columna vertebral. No pudo continuar. La efigie de Eren con aquella especie de telaraña escarlata en su cara y la boca semiabierta volvió a golpearle la imaginación de nuevo.

—No estás en condiciones de negociar—espetó con el ceño fruncido.

—Creo que lo estoy—sus fanales grises reposaron en el arma que yacía sobre la mesa.

—No se te ocurrirá hacer nada estúpido, ¿cierto?—sonrió—. Mis hombres están afuera. Definitivamente vendrán por ti.

Al ponerse de pie, hizo una pausa, ampliando el brillo de malicia en sus ojos oscuros.

Acortó la distancia que los separaba. Con movimientos lentos, se situó detrás de ella y colocó una mano sobre su garganta, acariciando la extensión de piel. Lentamente, se acercó a ella para inhalar su aroma.

—Sin embargo, estoy dispuesto a negociar—susurró.

Percibió el licor como un perfume emanando de él. Mikasa cerró los ojos con fuerza: se sentía avergonzada y tan sucia que deseó morirse. Estaba paralizada, por más que intentaba mandar una señal a sus piernas para levantarse, el indeseado tacto del general enturbió sus procesos mentales, reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente mediocres.

—Dime cómo fue que lo hiciste, Mikasa—acarició la extensión de su cuello con la nariz y la aludida trago grueso.

Estaba segura que Dreher podía sentir la forma en la que su cuerpo temblaba. Mikasa notó una oleada de nauseas debidas al miedo.

—El capitán Levi me ayudó a crear un agujero en la boca del titán con una lanza relámpago—dijo con la voz apagada—. E-él estaba dispuesto a asesinarlo, pero se lo impedi. No iba a permitir que cargara con esa culpa, así que decidí ingresar.

Mikasa cerró los párpados con fuerza: las lágrimas descendieron por sus mejillas.

»Tenía los ojos cerrados. Era como si no quisiera contemplar lo que estaba sucediendo. Cuando me acerqué a él, reparó en mi presencia. Parecía triste, desolado. Su rostro era inexpresivo, tal como había sido en los últimos años, después de recuperar Shinganshina.

Las lágrimas salían solas. Se odiaba a sí misma por todo. Por la debilidad que mantuvo reprimida por tanto tiempo. Estaba aterrada. Realmente aterrada.

»Acune su rostro con ambas manos y lo besé… También fue en ese momento que corte su cabeza de tajo.

Mikasa contuvo el sollozo que amenazaba con salir desde lo más profundo de su garganta. Era la primera vez que relataba los acontecimientos de ese día en voz alta.

—Armin decidió hacerse responsable porque se lo prometió a Eren. Él quería dejarme fuera de todo es, que no sufriera las consecuencias… No después de todo lo que había hecho.

La mano de Dreher pasó por su abdomen hasta posarse en uno de sus muslos. Mikasa abrió los ojos de par en par. El color abandonó sus mejillas y la esperanza se escapó en un jadeo entre sus labios.

—Patético—gruñó Dreher contra su oído—. Eren resultó ser un mocoso enamorado.

Contuvo las ganas de lanzar una carcajada histérica.

—Yo diría que es lo contrario—espetó con un hilo de voz—. ¿Acaso pensaron que Eren hablaba en serio?—se burló—. Solo fueron peones, una parte del plan. En el fondo, él los despreciaba.

Una oleada de adrenalina le dio la fuerza para ponerse de pie y encarar al General.

—Cuida tus palabras—advirtió.

—Quería que hablara con la verdad y eso es lo que estoy haciendo. Eren necesitaba un grupo de personas lo suficientemente estúpidas para luchar por él—continuó diciendo—. Nunca le importó su causa. Lo único que quería era mantenernos a salvo.

Con paso firme y autoritario, Dreher se acercó a ella, quien permanecía erguida y desafiante. En un parpadeo, le asestó una bofetada que resonó en el ambiente. El sonido del golpe reverbero en el silencio.

Un dolor punzante se extendió por la mitad de su rostro, dando paso al entumecimiento momentáneo.

Confundida, llevó una mano a la zona afectada; podía sentir el ardor en su piel. La ira comenzaba a acumularse dentro de ella, alimentando su determinación.

Sin pensarlo dos veces, canalizó toda su rabia en un movimiento rápido y certero. Su puño se convirtió en una extensión de su voluntad y, con giro de cadera y un impulso desgarrador, impactó directamente en la mandíbula del General.

El golpe, atestado de una fuerza inesperada, provocó que el hombre retrocediera, tambaleándose. Una expresión de sorpresa, agonía y vergüenza se le dibujo en el rostro.

Mikasa comenzó a estimar qué tan rápido podría llegar a la puerta trasera si necesitaba salir corriendo.

Sin embargo, cuando volvió a mirar hacia el frente, Dreher estaba a solo unos centímetros de ella. Levantó la mano y la tomó de la barbilla con la punta de los dedos.

Con una fuerza superior, la obligo a postrarse en el sofá. La garganta de Mikasa se cerró y se estremeció cuando él acercó más de la cuenta.

—¿Estás esperando a alguien?—Preguntó Dreher en un ronroneo rodante—. ¿Kirstein, tal vez?— dejo escapar una carcajada—. ¿Esperas que aparezca Jean y te salve?—sonrió y miró a su alrededor.

Su agarre se hizo más fuerte. Mikasa trató de liberar su rostro, pero Dreher clavó los dedos debajo de su mandíbula, agarrando el hueso dolorosamente.

La atrajo hacia sí, tanto que sus rostros casi se tocaban. Sus ojos brillaban y se burló con saña, como si estuviera enseñando los dientes.

—La boca de una mujer es un abismo profundo. La miseria de un hombre—la faz de Dreher estaba a centímetros de la suya, y podía sentir el calor de su aliento sobre su piel y oler el aroma del licor—. Veo tu alma en el borde de tus ojos. Es corrosiva, como el ácido. Tienes un demonio—espetó—. Hay algo sombrío en ti, Mikasa Ackerman.

Con la misma brusquedad con la que se afianzó a su mandíbula, la liberó. Se quedó de pie en medio de la sala, pasó una mano por su cabello y se aseguró de acomodarse el saco y los puños de la camisa.

—Si eres lo suficientemente inteligente, te largaras de Paradis—comenzó a decir—, de lo contrario, asesinare a todos y cada uno de tus amigos frente a ti, comenzando por Arlert y terminando con Kirstein. Me asegurare de que veas todo con lujo de detalle y vivas con esa imagen grabada a fuego en tu memoria por el resto de tus días.

Acto seguido, el General salió de la habitación sin mostrar tentativa de mirar atrás. Escuchó su pesado andar y, después el chirrido que producía la puerta al abrirse.

El sonido del motor se tornó en un disparador para Mikasa. La adrenalina que antes la mantenía firme se convirtió en una avalancha de emociones abrumadoras.

Tan pronto como oyó el auto alejarse, su respiración se aceleró de manera descontrolada a medida que las lágrimas empañaban sus ojos.


El interior estaba envuelto en una tenue penumbra, iluminado por la cálida luz de las lámparas de gas colgantes que arrojaban sombras danzantes sobre las paredes desgastadas.

El sonido de las conversaciones animadas, risas y el tintineo de los vasos llenos de cerveza llenaban el aire. El humo del tabaco impregnaba la estancia, y el olor característico que emanaba de la madera antigua y humedad se mezclaban con el aroma de la comida sencilla que se servía en la taberna.

Botellas de distintos licores y de todas las marcas imaginables adornaban las estanterías detrás del mostrador, testigos silenciosos de historias compartidas y secretos guardados bajo el corcho.

La música proveniente de un viejo tocadiscos ocupaba un rincón de la taberna, acompañando las conversaciones con melodías nostálgicas. Algunas personas se animaban a bailar en el reducido espacio disponible, mientras que otros se dedicaban a los juegos de azar en una mesa apartada.

Las risas de Jean y Connie reverberaban en la estancia, mas no llamaron la atención.

—¿Qué fue lo que hiciste?—preguntó Jean con genuina curiosidad.

Connie le propinó un largo trago a su bebida antes de replicar.

—Esconderme—respondió.

Jean se echó a reír.

—No sabía que estaba casada, no llevaba una alianza en el dedo el día que la conocí—protestó Connie.

—Vamos, Connie, peleabas contra titanes—señaló Jean—. ¿En serio temías enfrentarte con un esposo enojado?

—Te habrías ensuciado los pantalones si estuvieras en mi lugar—dijo entre risas—. Por esa razón me doy por vencido con las citas.

—No seas tan fatalista. Solo fue una mala cita. Eso no significa que las demás serán iguales.

—Habla por ti—dijo. De un solo trago engulló los remanentes de cerveza. Satisfecho, dejo escapar un largo suspiro—. Sasha no me dejaría tranquilo—sonrió.

—Oh, no. Se aseguraría de recordártelo por el resto de tus días—convino Jean.

De repente, la algarabía que los envolvía se esfumó.

La ausencia de Sasha era una constante entre los dos. La realidad los golpeaba cuando menos lo esperaban. Era como si a cada uno lo hubiesen despojado de una extremidad o un órgano vital.

—Diablos, la extraño terriblemente—confesó Connie; su mirada permanecía fija en la exhibición de botellas con distintos licores.

—También yo—masculló Jean.

—Crees que, donde quiera que se encuentre, ¿estará orgullosa de nosotros?

—Sí—suspiró Jean—. Tengo la certeza de que lo está.

Los dos se sonrieron con cierta nostalgia. En silencio, Jean apuró su propia bebida y Connie se dispuso a solicitar otro tarro de cerveza.

—Así que, Mikasa Ackerman…—dijo Connie, cambiando la expresión triste por una de total alegría—. Eres un bastardo con suerte.

Jean sonrió.

—No me considero así.

Connie puso los ojos en blanco.

—Sí, claro. Siempre estuviste enamorado de ella.

—Siento que es un sueño—confesó Jean.

—Sin lugar a dudas. ¿Piensas casarte con ella?—preguntó Connie mientras enarcaba una ceja, curioso.

—Claro que sí, pero no creo que sea el momento adecuado.

—¿Y cuándo lo es?

Para ser sincero, Jean no lo sabía. Ya había estado comprometido en una ocasión y, cuando echaba la vista atrás, se sorprendía al pensar que un día había accedido a esos planes descabellados.

Ahora que la muerte no era una constante en sus vidas, Jean sentía que por primera vez en su existencia, podía tomarse las cosas con calma. Quería casarse con Mikasa y pasar el resto de sus días con ella; de hecho, no concebía los siguientes años sin ella.

Sin embargo, lo último que deseaba era presionarla. Los dos habían recorrido un largo camino y Jean no se molestaría si debía esperar más.

—Los años pasan, Jeanbo—comenzó a decir Connie—. Esperaste tanto tiempo y, aun así, estas dispuesto a aguardar más.

—Simplemente no quiero apresurar las cosas—respondió.

—Desde donde lo leo, tienes miedo de dar el siguiente paso—levantó una ceja—. Sobrevivimos al maldito Retumbar, estuvimos a punto de morir en más de una ocasión ¿Cuál es la señal que estas esperando?—dijo Connie con vehemencia.

Jean contempló al frente y dejo escapar otro largo suspiro. Colocó su tarro vacío sobre la barra y guardó silencio.

Notó un peso sobre sus hombros, cuando elevó la mirada, encontró a Connie abrazándolo.

—Lo lamento—se disculpó de inmediato—. El alcohol me pone un poco… intenso.

Jean sonrió.

—Sin duda alguna.

—Aun así, estoy feliz por ti Jean, por los dos en realidad.

Connie regresó a su asiento, luciendo más calmado.

—Mikasa estará feliz de escuchar eso—masculló—. De hecho, ¿Por qué no vienes a visitarnos un día a la granja?

—Tal vez considere dar una vuelta pronto—accedió.

—Más te vale.

Sin más ánimos de beber, comenzó rebuscar entre los bolsillos de su saco la billetera. Antes de que pudiera extraerla, su amigo lo detuvo.

—¿Te vas tan pronto?—frunció el ceño, confundido.

—Estoy cansado. La última reunión me dejo molido—se masajeó el cuello en un intento por liberarse de la tensión—. Y de verdad necesito hablar con Mikasa.

—Eres un aguafiestas, Kirstein. Los tragos van por mi cuenta.

Antes de que pudiera retirarse, una joven hermosa, morena de sonrisa provocativa se acercó a ellos acompañada de otra chica igual de encantadora.

La joven de cabello castaño se sonrojo al notar el escrutinio de ambos hombres, quienes aguardaban pacientemente a que alguna de las dos dijera algo. Como era de esperarse, la de linda sonrisa se apresuró a hablar:

—Buenas noches, caballeros—los saludó con fingida formalidad—.Mi nombre es Gini y ella es Katerina.

—Mucho gusto, Gini—saludó Connie con una sonrisa—. Mi nombre es Connie y él es Jean—lo señaló con un leve movimiento de cabeza.

—Encantada de conocerlos—dijo, mirando a Jean muy fijamente con sus ojos color ámbar—. Nos preguntábamos si les gustaría unirse a nosotras—añadió sin rodeos.

Connie levantó ambas cejas, impresionado mientras que Jean luchaba contra las ganas de lanzar una carcajada.

—Agradezco la invitación, pero me temo que no puedo hacerlo—dijo él diplomáticamente—. En cambio, mi amigo, estará complacido—golpeó a Connie dos veces en la espalda, incitándolo ponerse de pie.

—Jean, ¿qué estás haciendo?—preguntó Connie en voz baja.

—Ya me lo agradecerás después—sonrió—. Diviértete y no bebas tanto. Mañana hay mucho trabajo por hacer.

—Eres un bastardo—murmuró Connie antes de que las dos jóvenes entrelazaran sus brazos con los de él y lo dirigieran hacia una mesa vacía al otro lado de la barra.

Sin nada más que hacer, Jean abandonó el establecimiento.

En la oscuridad de la noche, con el resplandor de la luna apenas filtrándose entre las nubes, sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo llevó lentamente hasta sus labios. El destello del mechero encendido iluminó su rostro, revelando una expresión melancólica y reflexiva.

Mientras caminaba por las solitarias calles en dirección al hotel, los pensamientos sobre su relación con Mikasa se agolparon en su mente como las sombras proyectadas en las paredes cercanas. Durante los últimos días, había sopesado la posibilidad de dar el siguiente paso y convertirse en marido y mujer, pero el sentido de incertidumbre persistía, susurrándole que tal vez aún era demasiado pronto para tomar una decisión trascendental.

Justo cuando torcía para entrar en la calle, el último rastro de humo se disipo en el aire frio de la noche. Lanzó la colilla el suelo y apagó la tenue llamarada con un gesto decidido.

Cruzó las enormes puertas: lejos de detenerse en la recepción, sus pasos continuaron sin vacilación hacia el ascensor. El lugar estaba impregnado con la familiaridad de sus estancias pasadas, pero en ese momento, la comodidad se mezclaba con una inquietante sensación de vació.

Atareado, se recostó contra la puerta cerrada del elevador y dejó escapar un suspiro atestado de añoranza. Mikasa había dejado una huella indeleble en su corazón, y la distancia que los separaba en ese momento se tornaba casi insoportable. Pasó una mano temblorosa por su rostro, intentando aliviar la tensión acumulada en su mente y alma. Una maldición silenciosa escapó de sus labios, un eco de la frustración y pasión reprimida que amenazaba con consumirlo.

Las puertas del ascensor se abrieron y, sin más, se precipitó en dirección al pasillo. Sacó la llave que había resguardado en uno de los bolsillos del pantalón y la introdujo en la cerradura, desbloqueando la puerta en un instante.

Se quitó la gabardina, se arremangó y se lavó las manos y la cara en el lavamanos.

En la tranquilidad de su habitación, Jean luchaba contra la inevitable sensación de anhelo. Mikasa se había vuelto una parte intrínseca de su vida que su ausencia era como una herida abierta, un vacío que solo podía llenarse con su presencia.

Tomó asiento al borde de la cama. En una de las mesitas de noche yacía un teléfono. Se acomodó y lo levanto con cierta ansiedad. Sus dedos se deslizaron sobre el disco giratorio y aguardó un instante a que la operadora lo conectara con el numero privado de su residencia en Paradis. El sonido del tono retumbó en su oído, uno, dos, tres veces, hasta que finalmente escuchó la voz familiar al otro lado de la línea.

—¿Jean?—preguntó Mikasa con un tono suave y lleno de ternura.

—Hey…—suspiró. Sabía que debió haberla llamado antes. Sin embargo, tan pronto como descendieron del hidroavión Hegstad los arrastró a una tediosa reunión que se prolongó cuatro horas. Cuando abandonaron las oficinas del servicio secreto, Connie insistió en ir a tomar una copa para relajarse.

—Hey—lo imitó—. ¿Llegaste bien?

—Sí—respondió—. Lamento no haber llamado antes. Estuve ocupado con una larga reunión y, al salir, Connie me persuadió para ir a tomar algunas copas.

—¿Cómo se encuentra?—quiso saber ella.

—De maravilla, ya sabes cómo es él—una risa suave escapó de sus labios.

Un breve mutismo se coló entre sus palabras, como si ambos sintieran la necesidad de dejar espacio para los sentimientos que ardían en su interior.

—¿Cómo estás?—preguntó Jean, acabando con la afonía.

—Bien…—su respuesta fue suave, más no tranquilizadora.

—¿Cómo estuvo tu día?—indagó.

—Tranquilo. Pasé unas cuantas horas leyendo, cocine y atendí el jardín. Ya sabes… nada del otro mundo.

Siguió otro silencio. Por un momento creyó que se había cortado la comunicación, pero oía la respiración de Mikasa.

Aun así, se le encogió el estómago.

—He pensado mucho en ti. ¿Te encuentras bien?

Jean apretó tanto el teléfono contra la oreja que le dolió. Al fin ella habló.

—¿Cuándo regresarás a casa?—Tenía la voz leve y aflautada, como si estuviese conteniendo las ganas de llorar.

—Pronto.

—¿Cuándo?—Insistió.

La notó reservada, como si estuviera hablando delante de gente que no conociera mucho.

—Mikasa, estas bien ¿cierto?—Nervioso, se removió en su asiento.

No necesitaba ser un genio para determinar que algo malo estaba sucediendo con ella.

—¿Puedes volver hoy?—preguntó Mikasa con un hilo de voz apenas perceptible.

Jean frunció el ceño con ahínco; su la preocupación reflejada en su mirada mientras intentaba descifrar qué sucedía. El tono de Mikasa había cambiado, y una sensación de inquietud comenzaba a colarse entre sus huesos.

—Mikasa, ¿Qué sucede?—Cuestionó.

La incómoda afonía se extendió a través del teléfono, dejándolo con más preguntas que respuestas.

—Espera por mi ¿sí? Haré todo lo posible por regresar cuanto antes—su voz tembló con cierta incertidumbre.

—Está bien—dijo con un dejo de decepción.

Las palabras llegaron a sus oídos como un susurro cargado de una tristeza insondable, notó cómo un nudo se formaba en su garganta.

—Mikasa…

—¿Sí?

Procurando reunir el valor necesario, abrió la boca para decir algo, cualquier cosa. La notaba pesarosa, como si sintiera algún tipo de remordimientos.

—Hasta luego, Jean—se despidió abruptamente, dando por finalizada la llamada.

Con el teléfono en la mano, reparó en la sensación de profunda intranquilidad e importancia. Era como estar perdido en medio de una tormenta.

Continuará

N/A: ¡Una lectora o lector me invocó y aquí estoy de regreso!

¡Hola, hola, gente bonita! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que deje una actualización y, por ende, espero que se encuentren muy bien :D

Sin lugar a dudas, este capítulo es corto en contraste con el anterior, pero considero que también tiene más drama. Oficialmente ingresamos en el terreno de la política y Mikasa se convertirá en una pieza fundamental para el destino de Paradis. Dreher es un bastardo y amenaza la felicidad de nuestros protagonistas. Tengan en cuenta que estos personajes no son parte del Lore de SNK, pero funcionan para la trama. También, no saben cuanto me tranquiliza estar al tanto de que las escenas smut no son incómodas o demasiado cringe para digerir, creanme que disfruto mucho escribir este género, pero a la vez se torna complicado. Mikasa y Jean son dos jóvenes de veintitantos años descubriendo su sexualidad en pareja, por eso puede que parezcan dos adolescentes hormonales, pero simplemente están explorando una faceta natural, plagada de sentimientos. Espero que no se torne tedioso, estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para no plagarlo de lemon y desarrollar la historia de nuestros personajes tal como lo veníamos haciendo.

Como siempre, agradezco su infinita paciencia. Gracias por tanto, por soportar las actualizaciones esporádicas. Como se los he dicho anteriormente, escribo a paso de caracol. Ya no tengo la misma capacidad para actualizar cada tres días como lo hacía hace siete años :c por lo tanto, significa mucho para mi que, a pesar del tiempo y la espera, continúen en este viaje. Aún nos queda un tramo por recorrer, estamos a seis capítulos del final y no saben cuanto me entusiasma mostrarles el resto de la historia 3

También, quisiera compartirles que estoy trabajando en otra historia Jeankasa/Eremika basada en el canon. Aun estoy dandole forma, pero espero poder desarrollarla dentro de poco tiempo y publicarla una vez culmine "Colapso".

Sin nada más que agregar, espero que el capítulo haya sido de su agrado. Esto es todo de mi parte por hoy. Gracias por su apoyo constante, por sus favorites, follows y sobre todo, sus lindos reviews. Creanme cuando les digo que sus comentarios son fundamentales para seguir adelante con este proyecto.

¡Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren! ¡Cuidense mucho! ¡Nos leemos pronto!

Bye, bye.