•
Noche
XXXIX
— Sueños del Corazón —
…
Sage de Cáncer había dado todo lo que tenía en la batalla.
Aunque su oponente era uno de los seres que él mismo juró proteger en su vida, peleó en su contra, como uno de los guerreros más grandes, y no flaqueó en ningún momento a la hora de contratacar y defenderse. A pesar del maremoto emocional que aún se hallaba adentro de su cabeza, Sage se mantuvo firme en su deber.
Sin embargo, no se esperó un movimiento tan cobarde. Mucho menos viniendo de alguien que había tenido hasta hace poco su admiración.
En medio de la batalla, su maestro extrajo una de las espadas de la armadura de libra, y logró encajarla sobre su pierna derecha. La espada entró y salió de su piel, aun cuando la armadura de cáncer lo protegía, el daño fue severo, sin ella, quien sabe lo que le habría sucedido.
Sage gritó; sin tener tiempo de recuperar el aliento; fue golpeado en la cara, posteriormente, obligado a quedar sobre el suelo gracias al que el pie de su maestro se posó de forma violenta sobre su cuello, quitándole por completo la respiración. Afortunadamente, su nuca no se rompió, pero mucho no le faltaba.
Bien se dice que las peleas entre caballeros, podrían determinarse en un segundo; y en el caso de Sage, ese fue cuando no pudo eludir ese ataque con la espada y quedó a merced de su maestro. Su segundo padre. Aquel que buscaba matarlo en estos momentos.
—Créeme. Realmente me duele mucho tener que hacer esto por mí mismo, Sage —resopló Itiá de Libra, apretando el mango de la Espada de Khrysos; también acentuando la fuerza que ejercía sobre el cuello de su alumno—. Y aunque no planeaba matarte yo mismo con esto, lo único que te puedo prometer, es algo rápido.
Sin poder siquiera poder quitar la espada de su pierna, ni el pie de Itiá de su cuello, Sage miró de reojo, angustiado, cómo su propio maestro se dirigía a él con verdaderas intenciones de matarlo.
—¡Maestro! ¡Por favor! ¡Reaccione! —pidió ahogadamente, no con el fin de salvarse a sí mismo, sino para darle la oportunidad al hombre de detener aquella locura. Aún estaba a tiempo de arrepentirse y pedir perdón.
En respuesta recibió una sonora carcajada de burla.
—Maestro… —musitó Sage, con falta de oxígeno, y desconociendo por completo al hombre que tenía enfrente.
Este no podía ser el mismo ser que alguna vez lo salvó junto a su hermano y Gateguard de la muerte segura. Esto tenía que ser un horrible sueño. Una ilusión maldita y rastrera.
Para cuando el santo de cáncer entendió que aquel hombre que lo vio crecer, hablaba muy en serio sobre matarlo, la espada de Khrysos ya estuvo frente a sus ojos, pero esta cayó de frente, apenas rozándolo a un lado de su sien derecha, luego rebotó sobre el piso y se deslizó lejos.
Itiá de Libra fue sujeto y arrastrado hacia atrás. Hizo un gesto de fastidio y esfuerzo, queriendo liberarse, mientras que Sage tosía, todavía sobre el piso.
—¡Levántate! ¡Sage! —exclamó Francesca de Tauro conteniendo al traidor.
Al haber introducido sus brazos sorpresivamente por debajo de las axilas de su oponente, llevando sus manos a la nuca del mismo, obligándolo a bajar la mirada y apartarse del santo de cáncer, Francesca usó toda su fuerza para inmovilizar a Itiá.
—¡Esto no puede ser posible! ¡¿Francesca?! —gritó Itiá teniendo problemas para liberarse del agarre.
—¡Sage! —llamó el chico angustiado por estar a punto de ceder a los movimientos de su anterior superior—. ¡Sage! ¡Levántate! ¡Maldición!
Mareado, y algo tembloroso, Sage logró sentarse. Con la mente casi nublada, y actuando en automático, él olvidó que no debía extraer la espada, ya que al hacerlo, la sangre comenzó a salir sin parar de su herida.
Lo único que estaba en su mente fue: "no permitir que el Patriarca sujete otra vez la daga dorada".
Esperando no desmayarse pronto, Sage se arrastró por el suelo, recuperando algo de conciencia y control. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, antes de que él pudiese llegar hasta la daga, formando un camino de sangre tras él; Itiá convocó otra espada y la apuntó al costado derecho de Francesca.
Un aproximado de 5cm del filo logró penetrar la armadura de tauro, por lo que el joven santo soltó al hombre que sostenía, tratando de lanzarlo en dirección opuesta a Sage, pero Itiá era más fuerte de lo que pensaban, porque rápidamente logró reponerse y ganarle a Sage en la carrera, apartando al santo de cáncer de una patada que lo alejó e hizo rodar varias veces sobre sí mismo. Nuevamente, haciéndose con el control de la daga dorada.
Frustrado, Francesca sentía su cabeza doler, al percibir unas punzadas severas en sus sienes, no pudo esquivar el ataque de un escudo que lo mandó a estrellarse contra una de las paredes, ocasionando un gran cráter en el mismo; cuando cayó de cara contra el piso, el dolor en su cabeza seguía siendo el más problemático.
—¿Cómo diablos es que estás peleando en mi contra, Francesca? —preguntó Itiá de verdad enojado—. ¡Mata a Sage!
El dolor en la cabeza del chico rubio fue desvaneciéndose.
—¿Aún no se ha dado cuenta… verdad? Menos mal que… Athena sabía de sus intenciones —respondía, levantándose con esfuerzos, agitadísimo—. Así que… por eso… nos permitió a Aeras y a mí beber la Cerveza Rosada.
—¿La qué?
Llevando su mano derecha a su herida, impregnando su cosmos para detener la hemorragia, Sage, parpadeando lento, no dijo nada para interrumpirlos y se propuso a prepararse para atacar cuando Itiá estuviese lo suficientemente distraído por Francesca; quien por suerte, ya estaba de pie otra vez y encarando a su superior.
—No se lo voy a explicar porque no vale la pena, sólo le diré que su plan de ponernos de su lado y en contra del Santuario, no le funcionó. Ni conmigo, ni con Aeras, y mucho menos con Gateguard.
—¡Gateguard ya está haciendo lo que se le mandó!
Tratando de ganar tiempo, aparentemente, Francesca sonrió divertido, buscando enojar al hombre rejuvenecido.
—Claro que no. Es muy probable que ahora mismo Aeras ya se haya encargado del espectro de Papillon, liberando a Gateguard de su control. Y Athena está a salvo muy lejos de aquí, así que eso que lleva en sus manos, no es más que otra arma. Esas mariposas que lo acompañan todavía, han intentado penetrar mi mente y la de Aeras, pero gracias a que la diosa Athena se dio cuenta de sus viles intenciones, nos otorgó a él y a mí con anterioridad una protección en contra de ellas, por lo que tampoco va a pasar que yo traicione al Santuario, como usted —espetó lo último con asco.
Sin decir nada, Itiá sujetó fuerte el mango de la daga dorada.
—Sigue usted, maestro. Lo siento, pero en realidad no lo siento tanto considerando que en el fondo usted sólo nos ha visto como títeres a su mando. Morirá, y lo hará sabiendo que Hades no tardará mucho en seguirlo y el mundo seguirá girando como si usted nunca hubiese existido.
Desesperado por no poder mover su pierna todavía, Sage sintió que Francesca estaba tentando demasiado a su suerte; él necesitaba un poco de más tiempo para recuperarse. Aunque no fuese como la espada de Khrysos, el daño de la espada de libra no era como la de ninguna otra. Ese era el motivo por el cual Athena prohibía su uso sin su autorización.
«Tiene que haber algo que pueda hacer» pensaba, molesto por estar sólo ahí, apenas sentado.
Concentró su cosmos lo mejor que pudo, dispuesto a ayudar a Francesca aunque sea a distancia.
Por otro lado, la mirada furiosa y silenciosa que Itiá le mandó a Francesca pudo haber hecho que hasta el más valiente hombre se orinara sobre sus pantalones, pero a pesar del miedo que azotó repentinamente al santo de tauro, este se mantuvo firme y dispuesto a pelear.
«No dejes que te intimide» se dijo Francesca, inhalando profundo, adoptando una postura defensiva, esperando a que su compañero de cáncer reaccionara, «por los dioses, Sage, no me dejes enfrentando a este viejo loco solo».
Menos mal que Francesca no sentía un lazo emocional tan fuerte con el Patriarca, por lo que saber que este ya estaba planeando traicionarlos a todos, sólo le causó mucha impresión, más nada más.
»Escuchen… —les había dicho Athena hace unas semanas tanto a él como a Aeras de Sagitario.
Ella los había mandado a llamar telepáticamente para que se encontrasen en una colina lejos del Santuario, en una noche friolenta en la que la deidad usaba una capa negra y ellos ropas civiles.
»El Patriarca Itiá está traicionando al Santuario. Busca ocasionar un golpe interno.
»¡¿Qué?! —había espetado Aeras.
»Mi señora, ¿eso… es verdad? ¿Es decir? ¿Tenemos pruebas? —preguntó Francesca tan sorprendido como Aeras, quien prontamente ya se encontraba enojado.
»¡¿Cómo te atreves a desconfiar de nuestra diosa, Francesca?!
»¡Cálmate! Sólo preguntaba —respondió el rubio intimidado ante su compañero, que estaba rabiando.
»Quiero que los dos confíen en mí. ¿Pueden hacerlo? —Athena los miró por encima de su hombro. Ambos santos asintieron con sus cabezas—. Bien, porque parte de ese plan incluye a las mariposas del inframundo; y con ellas, el espectro Myū de Papillon, que es quien las comanda.
»Las mariposas del inframundo. Apenas he oído de ellas —bisbiseó Francesca.
»Las mariposas pueden ser invocadas por este espectro, y por los altos mandos en el ejército de Hades para fungir como espías o como transportadores hacia el inframundo; debido a si protección, ellas no habían podido entrar al Santuario, sin embargo, con la autorización de Itiá, las cosas han cambiado —explicó Athena.
»¿Cómo es que no las habíamos notado? —musitó Francesca.
»Itiá —volvió a responder ella con seriedad—. Deben saber que ellas también pueden introducirse en la mente de los seres humanos más susceptibles y lavarles el cerebro a modo de hacerlos obedientes a las órdenes de quien comande a las mariposas. Yo las he visto rondarlos a ustedes; díganme, ¿cómo se han sentido?
En esos momentos, Francesca creía que sus pesadillas y dudas respecto al Santuario y su propia misión eran propias del miedo humano ante el avistamiento de la guerra santa, sin embargo…
»Últimamente… cansado, y he tenido algunas pesadillas —respondió Aeras, taciturno—. Pero no sé si pueda decir que eso tenga algo que ver con las mariposas del inframundo.
»De hecho, yo también he tenido pesadillas —dijo Francesca sorprendiendo a Aeras.
»Como pudieron ver con Gateguard, que sean atacados por medio de sus sueños no es algo que deba ser tomado a la ligera. Aeras, Francesca; beban esto.
Ambos vieron cómo Athena extraía del interior de su capa dos frascos pequeños de vidrio con algún líquido rosa transparente.
»Disculpe, mi señora, ¿qué es esto? —preguntó Francesca viendo cómo este líquido parecía tener un suave brillo.
»Se llama: "Cerveza Rosada". Esta fue dada a Gateguard por los oniros antes de que ellos se fuesen. La tomé del cuarto de Gateguard sin que nadie se diese cuenta, ni siquiera él mismo. Uno de los oniros, me garantizó su seguridad en sueños si la beben.
La idea de beber aquello no parecía agradarles mucho a Aeras y Francesca, que se miraron entre sí. Después de todo, ellos ya habían visto lo que estaba pasando con Gateguard.
Desde hace días, al pobre tipo ni siquiera se le veía por los alrededores por estar todo el tiempo en su cama.
Pero, luego, al mismo tiempo, los dos se resignaron a obedecer y aceptaron las órdenes. Además, no tenían razones para desconfiar de Athena.
Destaparon los corchos de sus frascos y bebieron de un solo trago el contenido de estos.
Si su diosa tenía algo en mente y ella ya tenía suficientes pruebas en manos para tenderle una trampa al presunto traidor, ellos no eran quienes para cuestionarle nada, ni de pedir esas pruebas, porque sencillamente eran ellos quienes iban por el mundo haciendo cumplir las leyes impuestas por la diosa. Y si Athena decía que el Patriarca los iba a traicionar, ellos debían actuar de acuerdo a lo que se esperaría de ellos.
»Mmm, no tiene sabor —comentó Francesca luego de tragar.
»Al ya no ser susceptibles al ataque de las mariposas, ¿eso no pondría en alerta a… el Patriarca? —preguntó Aeras sintiéndose levemente adormecido.
»Te equivocas. Las mariposas harán su trabajo. Pero ustedes estarán plenamente conscientes de ello. Su misión, es engañarlas. Hacerles creer que logran debilitar sus mentes sin llegar a debilitarse de verdad. Será muy difícil, pero, ¿puedo confiar en que lo lograrán?
Tanto Aeras como Francesca bajaron las cabezas en señal de respeto y obediencia ciega ante su diosa, quien les pidió que fuesen fuertes, y les deseaba lo mejor. Además de pedirles de favor que tuviesen cuidado y no mostrasen estar evidentemente en conciencia de lo ocurrido.
Tenía que ser un ataque sorpresivo para todos los enemigos.
Y en efecto, fue muy difícil hacerles creer (a quienes estaban por ahí esperando como alimañas el momento preciso para aparecer) que tanto él como Aeras estaban siendo afectados por el continuó asedio de las mariposas del inframundo, que lograban extraer de ellos recuerdos dolorosos y atormentarlos con ellos cada noche con el único fin de hacerlos perder su fe en la humanidad.
A pesar de ser el más joven de los santos dorados, Francesca no era un soñador irremediable. Él sabía que el mundo estaba lleno de seres humanos malvados que, puestos juntos, no valían ni un garbanzo. Pero, era cierto que también había muchos seres humanos por lo que de verdad valía la pena sangrar a lo bestia por defender.
La última vez que Francesca estuvo con Athena y Aeras, estos dos últimos estaban a punto de partir hacia una colina lejana, y él fue dejado atrás, con una sola orden: matar al traidor.
No era su misión tratar de dialogar con él ni hacerlo entrar en razón.
Francesca tenía que matar al Patriarca, y cargar con eso.
Hakurei y Sage no lo harían aunque se los ordenasen, y por el lazo que tenían con el santo mayor, seguro morirían desangrados antes de poder llegar a ese punto. Gateguard por otro lado estaba más que debilitado por los oniros y las mariposas, que tenían que afectarlo al cien por ciento para darle la falsa impresión a Itiá que su plan estaba funcionando.
Todo recaía sobre Francesca.
»¿Por qué Athena no ha visitado a Gateguard? —le preguntó Francesca a Aeras, hace poco—. Es más que obvio que él sí está siendo afectado por las mariposas y por eso duerme todo el día. Si tan solo ella lo ayudase…
»No. No debe hacerlo.
»Pero, ¿por qué?
»Porque eso sería como decir a los cuatro vientos que ya estamos al tanto del ataque que el Santuario sufrirá. Nosotros podemos fingir que "nada malo" pasa con su plan, pero Gateguard ya está muy debilitado, no podrá hacerlo también —le respondió el santo de sagitario—. Si se quiere atrapar a una rata, hay que dejarle comida cerca; para que, cuando salga de su agujero, lo haga creyendo que podrá comer sin problemas. Si Gateguard no sucumbe al ataque mental, seguro el Patriarca pensará que algo anda mal y no se moverá como Athena lo tiene previsto.
»Pero… Gateguard…
»No es un hombre débil. Esto lo afectará, pero sobrevivirá. Estoy seguro de eso. Además, seguro Athena planea algo para él.
»Pero… ¿qué tal si su cuerpo logra ser controlado y logra dañar a Hakurei o Sage?
Permaneciendo pensativo, Aeras se negó a responder a esa pregunta.
Y eso fue todo lo que hablaron antes de separarse y fingir a su modo que ambos estaban comenzando a ser influenciados por las pesadillas y los malos recuerdos de sus respectivas infancias.
Francesca usaba el cansancio que sentía para dar una apariencia derrotada, aislada y hasta harta del mundo. Aeras por otro lado dejaba que su carácter explosase con más frecuencia, además de que evitaba a los otros santos como si los considerase basura.
En verdad se esforzaron. Ambos procuraron engañar a Itiá lo más que se pudo.
Francesca, las pocas veces que lo veía, parecía que este lo analizaba. Y a veces daba la impresión de querer hablar con él, pero algo le retenía. En ocasiones, el santo de tauro pensaba que estaba siendo descubierto, pero pronto esa duda se disipaba cuando las pesadillas eran parecidas a las anteriores, sin ser peores ni "menos peores".
Ahora, que un rejuvenecido Itiá lo veía, apretando con fuerza el mango de la espada de Khrysos, Francesca podría decir que cumplió con su primer cometido.
Aunque…
«El no poder dormir bien en tantos días me tiene muy cansado. No puedo pelear con toda mi fuerza, si la mayoría ya la usé en las anteriores noches. ¿Cómo es que Gateguard soportaba esto?» se dijo antes de esquivar una estocada que iba dirigida a su cuello. «¡Dioses! ¡Es muy rápido! ¡¿Cómo puede ser?!»
Incluso si ambos eran santos dorados, la diferencia en la experiencia en combate se podía ver.
El santo de tauro esquivaba lo mejor que podía toda estocada. Itiá no sólo lo atacaba con la espada sino también con sus pies y puños. Era tan rápido que le era casi imposible seguirle el ritmo, cuanto menos la posibilidad de alejarse y tratar de contratacar.
«¡Como siga así! ¡Va a matarme!» se dijo, sintiendo pánico y las consecuencias del agotamiento; incapaz de hacer algo para cambiar la balanza de la batalla a su favor. «¡Maldita sea, Sage! ¡Haz algo!», el pobre santo de tauro sabía que no tenía que apartar su vista de Itiá por medio segundo, pero quiso saber qué distraía a Sage que le impidiese ayudarlo.
Sage, por su lado, parpadeaba confundido.
«Es más rápido ahora que cuando peleó contra mí» se dijo alarmado, tratando de apuntar a Itiá y no a Francesca. Si atacaba, pero se equivocaba, empeoraría todo. «¡Esto es una porquería! ¡Mi vista se está nublando por la pérdida de sangre!» exasperado, Sage parpadeaba rápido tratando inútilmente de ver de forma nítida a los dos brillos dorados que se movían por toda la casa de libra.
Y aunque empezó bien, Francesca poco a poco iba haciéndose ligeramente más lento, mientras que Itiá parecía hacerse cada vez más rápido.
Respirando agitado, el santo de tauro dio un salto hacia atrás tratando de hacer distancia entre ellos, pero de nada le sirvió. Itiá le dio alcance sin esfuerzos.
«¡¿Qué es eso?!» de pronto, Francesca detectó algo extraño brillando en el dedo anular, de la mano derecha de Itiá.
Aquello… no era parte de la armadura de libra.
Lamentablemente, distraerse con eso fue una muy muy muy mala idea.
En el siguiente segundo, la espada de Khrysos perforó la armadura, la piel, los músculos y finalmente el hígado de Francesca, quien escupió un poco de sangre.
—¡No! —exclamó Sage, lanzando cosmos hacia Itiá, a quien veía de espaldas. Pero como era de prever, el cosmos de su maestro era más fuerte que el suyo; el poder de Sage no pudo ni siquiera tocarlo antes de chocar contra la nada misma y desaparecer—. ¡Francesca!
Las manos del santo de tauro se aferraron a las hombreras de la armadura de libra, rozándola con sus uñas.
«Mierda… me distraje… ¡esto no está bien!» pensaba a medida que su vista se iba nublando y oía como un eco, la voz del Patriarca.
—No te resistas —murmuró sacando levemente el cuchillo para enterrarlo aún más en Francesca, que soltó un sonoro quejido de dolor.
—¡Déjalo! —gritó Sage, desesperado por poder pararse, sintiendo mucha impotencia por no poder hacerlo.
—La armadura de tauro no es nada para la espada de Khrysos. Y tú, nunca fuiste una amenaza para mí —siguió diciéndole el experimentado santo—. En cuanto a Aeras, ya me encargaré de él también. Gracias por avisarme que no es un títere como esperaba. En cuanto a Athena, no tengo prisas por matarla.
Tan pronto como el cuchillo salió de su cuerpo, Francesca cayó de rodillas y luego azotó quedando apoyando del costado opuesto al afectado.
Perdiendo el conocimiento poco a poco, Francesca apenas pudo ver a Sage acercándose a él, arrastrándose con la ayuda de sus manos.
Itiá por otro lado ya se había ido. En menos de un parpadeo.
La velocidad de un santo dorado era fugaz, pero aquello sobrepasaba esa línea.
Más en el otro mundo que en este, Francesca sólo pudo pensar en una persona.
«Aeras… Aeras» trató de llamarlo telepáticamente, sintiendo a duras penas cómo Sage lo acostaba bocarriba y la armadura se desprendía de su cuerpo, tomando su forma base un poco lejos de ellos, permitiéndole así al santo de cáncer, tratar de curar una herida que, ambos sabían, no iba a ceder debido a su gravedad y el arma con el que fue hecha.
La espada de Khrysos podía matar incluso a dioses; él no tenía salida.
«Aeras… amigo».
—¿Qué ocurre, Francesca? ¿Cuál es la situación?
«Aeras… lo siento mucho… me distraje. No pude hacer lo que me ordenaron. Voy a morir. Pero, antes de eso, necesito decírtelo. Itiá tiene un anillo de oro… extraño… en su mano derecha, en el dedo anular. Esa cosa, expulsa poder, le está dando mucha más fuerza, velocidad y resistencia de la normal, deben… quitárselo… deben… detener…»
—¡Francesca! ¡Vamos, no te mueras! ¡Resiste…! —la voz de Aeras poco a poco se fue apagando.
—Fra… Francesca… ¡dioses…!
Un tembloroso y rabioso Sage de Cáncer puso su mano llena de sangre sobre el rostro del joven de tauro y cerró sus párpados.
…
Mover sus dedos resultó ser más difícil de lo esperado.
—¿Gateguard?
Sí. Así se llamaba.
Gateguard se levantó poco a poco, viendo el atardecer en pleno apogeo.
Su cuerpo estaba tan cansado…
Su alma estaba extremadamente cansada…
Casi quisiera estar muerto.
Casi.
—¿Hakurei? Yo… —musitó viendo el rostro de su amigo, su hermano, su compañero; él tenía algunos golpes, no de gravedad, pero era obvio quién se los había hecho—. Lo siento. No debí permitir que me controlaran tan fácilmente.
Siendo tan noble y comprensivo como sólo él era, Hakurei negó con su cabeza.
—Les llevó mucho tiempo, peleaste hasta que ya no pudiste. Eres un ser humano muy duro, amigo. Por favor, no te sientas culpable.
—Y… ¿es cierto? —con una lentitud nada propia de él, Gateguard miró las doce casas desde su posición—. Nuestro maestro…
—Sí. No quisiera creerlo. Pero sí.
Suspirando, Gateguard sonrió con tristeza.
—Pudo haber sido peor —musitó cabizbaja—, pudo haber logrado manipularme y hacerme atacarte hasta la muerte.
—Pero no pasó. Tranquilo.
El pelirrojo trató de ponerse de pie, pero además de la debilidad de su propio cuerpo era un enorme obstáculo, Hakurei también se interpuso.
—No, es demasiado pronto para que te levantes; debes esperar.
—¿A qué? —espetó Gateguard casi embravecido. Pero igual de cansado, por lo que Hakurei no lo tomó en serio.
—Aeras ya ha de venir en camino, Francesca aún sigue en el Santuario y Sage también.
—¿Sage y el mocoso? —Gateguard se preocupó por el último—. Sabes que ni juntos serán rivales para él. Debo ir.
—No —espetó Hakurei—, en tu estado, no eres más que…
—¿Una carga?
El silencio de Hakurei fue más ofensivo que si lo hubiese gritado.
—No lo diré.
—Pero lo piensas.
Gateguard indignado; Hakurei preocupado. Ambos tenían un punto a favor, pero ninguno quería reconocérselo al otro.
—Espera a Aeras, al menos.
Resoplando, sin tener más elección, Gateguard trató de concentrarse en lo que pudiese estar pasando en el Santuario. Por los cosmos que percibía; tanto su maestro como Sage y Francesca estaban teniendo un encuentro; tal vez estuviesen discutiendo porque no se percibía el usual choque de cosmo-energía.
¿De qué estarían hablando?
El silencio perduró por un corto tiempo, hasta que de pronto tanto Gateguard como Hakurei percibieron algo que los dejó fríos.
—Francesca —musitó Hakurei.
—Niño —susurró Gateguard, al mismo tiempo.
Tanto el santo de altar como Gateguard sintieron como de pronto el cosmos de Francesca desaparecía hasta dar por sentada la muerte del joven santo de tauro.
—¿Cómo diablos? —bisbiseó Gateguard ante la rapidez con la que eso pasó.
Como si de pronto Hakurei olvidase que era un ser de naturaleza tranquila, y Gateguard que estaba al borde del colapso físico y mental, ambos se pusieron de pie y como pudieron, corrieron al interior del Santuario.
No mucho después, Gateguard se sorprendió de percibir el cosmos de Avenir en el interior del templo de libra. Además del de su maestro.
—El cosmos de mi hermano también está débil —hizo notar Hakurei temiendo por su gemelo. Como era lo normal.
Agitados, Gateguard y Hakurei llegaron hasta la casa de libra, justo a tiempo para ver cómo Avenir se iba poniendo de pie luego de recibir un fuerte impacto en su estómago con uno de los escudos de la armadura de libra, el cual no estaba muy lejos de su posición.
Ambos jóvenes miraron estupefactos la nueva apariencia de su maestro.
—Hakurei… Gateguard —bisbiseó sus nombres como si estuviese decepcionado.
Decepcionado de ver a Hakurei vivo, y a Gateguard consciente de su entorno, actuando por voluntad propia.
—Maestro —musitó Hakurei—, ¿por qué?
Gateguard chasqueó la lengua.
«Será idiota» pensó irritado—. Dioses, ¿en serio preguntas eso ahora? —dijo en su dirección sin dejar de prestar atención a su… oponente.
—¡No se confíen! —exclamó Avenir—. Tiene la espada de Khrysos. Y por lo que veo… la usó para matar a alguien.
Ambos santos vieron que, en efecto, como Avenir decía, el rejuvenecido Patriarca sostenía la infame daga dorada. La sangre que la cubría, ya casi se secaba.
—¡¿Cómo pudo hacer eso?! ¡Era un niño! ¡Usted lo vio crecer! ¡Incluso lo entrenó! —gritó Hakurei horrorizado.
—Era un fastidio. ¿Saben? Antes de morir, Francesca me dijo que Aeras fue a buscarte al reino del dios Hýpnos, Gateguard. —Jugando con la espada ensangrentada, como si jactase de lo que había hecho, Itiá miró curioso al pelirrojo; quien también se hallaba enojado por el asesinato del más joven santo—. ¿Disfrutaste tu estadía ahí?
—Sí. Y sí —gruñó en respuesta—. Sobre todo cuando Papillon, antes de volver al otro mundo, se fue de lengua y me avisó de su traición y de sus verdaderas intenciones.
Sonriendo, dando por hecho que la vida del espectro tampoco significaba nada para él, Itiá de libra miró airado, esta vez hacia Avenir.
—Francesca no representaba ningún desafío. Y realmente como peón tampoco importaba mucho. Pero tú… —usó la espada para señalarlo—. Tú eres un completo estorbo. ¡Desaparece de mi vista!
Con una rapidez que iba más allá de lo que se esperaría de incluso un santo dorado, Itiá se lanzó contra Avenir, que en menos de un parpadeo ya tenía el filo de la espada cerca de su ojo derecho.
Siendo tomados por sorpresa también, Hakurei y Gateguard tampoco pudieron hacer nada para impedir que Itiá estuviese a punto de matar a otro santo.
De no ser porque una flecha dorada fue lanzada hacia la cabeza de Itiá, la cual le hizo retroceder dando un salto, quizás Avenir también habría muerto sin oponer resistencia.
La flecha aterrizó en el piso haciendo un cráter.
«Ni… ni siquiera logré ver cuando se me acercó» pensó el santo albino de aries, sin aliento. Y todavía con un dolor punzante en su abdomen gracias al ataque anterior.
Itiá miró fastidiado hacia el otro contrincante.
—Tú —musitó hacia Aeras de Sagitario.
El mencionado aún tenía su arco en posición, mirando furioso a aquel que había matado a un buen compañero suyo.
Ni siquiera Itiá supo hasta dónde podría llegar la ira de un arquero dorado hasta que sintió el furioso golpe en su mejilla derecha, ocasionado por el propio arco. Aeras prácticamente hizo un bateo perfecto con su arco y la cabeza de Itiá.
El cuerpo del estupefacto santo de libra salió disparado hacia una de las columnas del templo, quebrándola en pedazos sobre el cuerpo que cayó al piso.
Sin darle ningún tipo de tregua, ni decirle media palabra a él o a sus otros impresionados compañeros, Aeras fue al grano, apoyó su arco a sus espaldas y arremetió de nuevo contra el traidor, desatando su rabia ciega, sacándolo de los escombros, agarrándolo del peto de la armadura, dándole un poderoso puñetazo en la otra mejilla, lanzándolo contra otra columna de piedra.
De prisa, Avenir no se dejó sorprender por la habilidad de Aeras, puesto que la espada de Khrysos, se encontraba abandonada en los escombros del primer pilar derrumbado por el santo de libra, el cual trataba de leer los próximos movimientos de Aeras, pero incluso con aquel artefacto en su dedo anular dándole poder, le era muy difícil.
«Debo alejar esa cosa de aquí» pensó Avenir decidido a correr lejos mientras Aeras se hacía cargo de Itiá.
Gateguard decidió que se quedaría con Aeras, y le dijo a Hakurei.
—Sage debe estar arriba. Ve con Avenir e impide que esa espada vuelva a las manos de Itiá.
Apartando su mirada sorprendida de Aeras, Hakurei le miró a él con cierta extrañeza, e incluso a Gateguard le pareció extraño decir el nombre de su… bueno, del ex Patriarca, pero así debía ser. Itiá de Libra había perdido todo el respeto que alguna vez se había ganado.
—Ve —espetó, sacándolo del momentáneo estado de shock.
—Sí. Tengan cuidado.
Gateguard asintió con su cabeza, viendo cómo Aeras sujetaba el peto de Itiá, dándole puñetazos fuertes y serios a la cara.
La sangre salpicaba, los gruñidos de Aeras resonaban cual rugidos de león. Era claro que él había estimado mucho al muchacho de tauro y saber de su cruel partida le había quitado parte de su buen juicio.
Gateguard no había sido precisamente amigo de Francesca, pero no le había deseado jamás una muerte como esa: a manos de quien se supone, debía verlos como unos hijos.
—¡Aeras! —gritó Gateguard de pronto yendo hasta ambos santos, no para detener la pelea, sino para alejar a Aeras a tiempo antes de que una de las espadas de libra fuese encajada en el costado derecho de su compañero.
Ambos santos retrocedieron unos pasos mientras Itiá se incorporaba lentamente, respirando agitado; escupiendo sangre al piso.
Aeras respiraba agitado entre dientes, aún furioso. Era claro que aún no terminaba.
Gateguard se apartó del santo de sagitario, puesto que no quería que él mismo lo quitase de un golpe para ir en contra de Itiá otra vez, que los veía con una cínica sonrisa sangrienta.
—¿Eso es todo lo que tu ira puede hacer, Aeras? —preguntó Itiá burlón y sarcástico.
Una faceta que Gateguard, para su aumentar su malestar, desconocía, pero no le daría el lujo a este hombre de demostrar esa emoción en su cara.
—Bueno, fue más de lo que Francesca pudo hacer antes de que le rebanase el maldito hígado.
Descripción innecesaria, pero efectiva para producir molestia en Gateguard y Aeras por igual.
—Debiste ver su cara, ni siquiera lo vio venir.
Justo cuando terminó de decir eso último, Itiá encajó la espada de oro en el piso y se lanzó contra Aeras, teniendo un encuentro físico con él donde la habilidad de ataque y defensa lo fueron todo; además de la velocidad y la agilidad.
Manteniéndose inteligentemente al margen, Gateguard los miró peleando dándose cuenta de algo importante.
«¿Por qué no ha buscado atacarme a mí?» pensó con sus rojos cabellos aún moviéndose por las ráfagas de aire que expulsaban sus ataques, los cuales, ya comenzaban a ser realizados con cosmo-energía.
Aeras manejaba ágilmente su arco combinado con su estilo de lucha, disparando hacia Itiá; mientras que este, se defendía con uno de los escudos de libra, además de usar también uno de los tridentes para atacar a distancia.
Los dos estaban teniendo una lucha casi pareja, pero Gateguard se dio cuenta del momento en el que Aeras comenzó a perder energía, mientras que Itiá, parecía incrementarla.
«Tal cual estoy ahora, no le seré de ayuda a Aeras» se dijo, enfadado por estar consciente de que apenas y podía mantenerse de pie. «Pero, creo que ya vi la razón del por qué Itiá está siendo tan fuerte y veloz».
Era la mano derecha. El dedo anular. Ahí se encontraba un anillo que Gateguard conocía muy bien.
«Me pregunto si me mandó a buscar esa cosa sólo para usarla en este momento» reflexionando eso, sin perder de vista la joya, Gateguard se dijo que no le sorprendería que Sage y Francesca hubiesen tenido problemas para enfrentarlo y tardándose en notar la razón del por qué su enemigo estaba atacando con más poder del que usualmente se le conocería a un santo dorado.
El anillo de marte otorgaba poder y fuerza a quien lo usase.
Cuando Gateguard buscó ese artefacto en su misión y peleó contra su primer usuario, este no fue una gran amenaza, pero entonces ese era sólo un tipo ordinario, en este caso, quien lo usaba era un santo dorado rejuvenecido. Era más que obvio que Itiá podría pelear contra uno o más santos dorados.
«Tenemos que quitarle esa cosa a como dé lugar» Gateguard se quedó expectante hasta que vio una oportunidad, «tal vez no pueda atacar, pero sí inmovilizar».
En silencio, comenzó a rejuntar todo el cosmos que pudo.
«Seguro esto atraerá su atención» pensó, preparándose para esquivar si era necesario, porque, como lo predijo, Itiá volteó hacia él, lanzándole rápido una tonfa dorada, la cual Gateguard prefirió esquivar y dejar que el arma traspasase la pared atrás de él.
Por suerte, recordó que las armas podían volver a su usuario si este lo pedía, por lo que, rápido, esquivó una segunda vuelta de la tonfa, la cual hizo otro agujero a la pared.
Dioses… sus músculos y huesos resintieron mucho esos movimientos.
—¡Será mejor que ni se te ocurra! —le advirtió Itiá, siguiendo su pelea contra Aeras—. ¡Estarás muerto antes de que intentes atacarme!
Alzando una ceja, con rebeldía, Gateguard no hizo caso a la amenaza y continuó acumulando su cosmos.
«Vamos, vamos, intenta atacarnos a los dos al mismo tiempo. Con anillo o sin él, no eres un dios, y pelear contra cuatro santos dorados debería quitarte al menos la mitad de poder».
Haciendo a un lado el dolor que sentía, y sin dejar de esquivar, ahora las dos tonfas doradas, Gateguard se negó a ceder al cansancio y al deseo de desmayarse.
«Aeras está haciendo la mayor parte del trabajo, ¡no puedo sólo ser una carga!» se dijo manteniéndose en su lugar, sin dejar que alguna de las armas lo golpease.
Controlando el temblor de sus párpados, los cuales amenazaban con cerrarse, Gateguard se puso en guardia cuando todas las armas de libra volvieron a su dueño, que había tomado distancia de Aeras dando un poderoso salto hacia atrás. Acumulando también todo su cosmos, al igual que él.
«¡Maldición! Aún tiene mucho cosmos para pelear, ¿de verdad ese anillo es el responsable?» se preguntó Gateguard esperando que lo poco que le quedaba de cosmos a él, pudiese hacer algo con eso.
La tierra tembló, las paredes y el techo de libra se empezaron a quebrar. Aeras se puso al lado de Gateguard.
¿Acaso…?
—Lo que sea que vayas a hacer, hazlo ya —le dijo entre dientes Aeras a Gateguard, respirando entrecortadamente, sin dejar de ver cómo Itiá de Libra los observaba con cierta rabia.
Ambos sabían lo que su ex superior iba a hacer. E iba a ser brutal.
—¡Justicia…
Sí… eso.
—¡Final!
Preparándose a todo, incluso a morir; Gateguard convocó el cosmos que había estado recolectando; alzó sus manos en su dirección y gritó al mismo tiempo.
—¡Muro de cristal!
Como apenas pudo hacerlo, Gateguard encerró a Itiá con las armas de libra. Pero su poder no iba a ser suficiente para contener tal ataque destructivo.
—¡Quítate de mi camino, Gateguard! ¡Si quieres vivir, no me estorbes!
A punto de ceder gracias a su propio desgaste, físico y mental, Gateguard logró ver por su rabillo de ojo a Sage y Avenir entrando al templo; este último hizo lo mismo que Gateguard, alzando sus manos en dirección a Itiá, convocando un segundo muro de cristal.
—¡Hijo de perra! —exclamó Itiá en dirección a Avenir; este ni se inmutó, se mantuvo firme en su postura y tampoco respondió al insulto.
Al estar encerrado con su propio ataque, lo previsible ocurrió: él recibió todo el daño.
—¡Malditos infelices! —gritó Itiá.
Y aunque los dos santos de aries dieron lo mejor de sí mismos, ambos muros de cristal cedieron ante la explosión y todos los presentes salieron disparados en diferentes direcciones.
Aeras, para sorpresa de Gateguard, lo sujetó de su mano derecha impidiendo que su cuerpo fuese lanzado escaleras abajo. Luego, lo ayudó a acostarse bocabajo, protegiéndolo usando su propio cuerpo.
«Eso no… lo esperé» pensó. Al borde del desmayo, Gateguard vio con claridad, de reojo, la cara desanimada de Aeras.
El templo de libra resultó dañado hasta el punto en el que todo desapareció y en su lugar sólo escombros quedaron.
Ya había anochecido y por la oscuridad en el pueblo, los santos de bronce y plateados ya habrían evacuado Rodorio.
Rodorio…
De pronto, la alucinación del recuerdo de Luciana en sus aposentos, sosteniendo un lirio blanco bajo sus labios, mirándolo con ternura, invadió su mente para bien. Otorgándole una delicada sensación de confort que le invitaba a dormir en paz.
»Es muy bonita —dioses, extrañaba oír su voz.
Y sí.
Era bonita. Tan bonita… que no la merecía.
Por cierto, él encontró ese lirio blanco afuera de la casa de Luciana, ¿de dónde habrá salido? ¿Quién lo había dejado ahí? ¿Fue coincidencia?
—Gateguard —oyó a Aeras lejanamente, como si de pronto su mente se hubiese desvanecido y la voz de su compañero a duras penas se manifestaba como un susurro—. ¡Gateguard! ¡Gateguard, reacciona!
La imagen de Luciana le sonrió al mismo tiempo que comenzaba a desvanecerse en neblina blanca. Para su desgracia, Su conciencia volvió y al abrir los ojos, se encontró con Aeras herido y un cielo con muchísimas estrellas arriba de ellos.
«Es una noche… muy bella» pensó, todavía aturdido, ignorando la figura de Aeras, quien lo ayudó a sentarse sobre el suelo a las afueras de la casa de virgo, algo que le ocasionó un punzante dolor de cabeza.
El santo de virgo. Quién sabe si él sabrá lo que acababa de pasar siendo que estaba meditando desde hace meses en una zona apartada y desconocida del centro de Asia.
Sin darle tregua, Aeras lo puso de pie y casi lo llevó cargando, con los pies arrastrando, escaleras arriba.
—Vamos, aún hay algo que hacer —le dijo el santo de sagitario, ya más tranquilo, pero todavía triste y agotadísimo.
Gateguard nunca se imaginó que Aeras podría llegar a ser tan sensible a veces. Y no es que eso fuese algo malo; sólo le sorprendía ya que jamás había visto esa faceta de él.
—No… puedo más, siento… que moriré —bisbiseó Gateguard cabeceando.
—Resiste aunque sea un poco —insistió—. Ya casi llegamos.
—Lo intentaré.
Con esfuerzos, ambos llegaron a la cima de los escombros de libra; a duras penas, Gateguard vio a Sage, Hakurei y Avenir haciendo un semi círculo; a donde él y Aeras se dirigían.
Gateguard no supo qué pensar de ver a su padre adoptivo, de nuevo, viéndose como un anciano y ya sin la armadura de libra; la cual se encontraba comprimida en su forma base no muy lejos de ellos.
Hakurei, jugando sin ánimos con un anillo de marte que se desintegraba poco a poco, miraba también a aquel que los había hecho sentir, por años, como una familia.
Gateguard pensaba que su maestro estaba muerto gracias a las fatales heridas y quemaduras en su cuerpo, pero no era así. Había una pequeña chispa de vida en él. Sus ojos se abrieron con dificultad y lentitud poco después de que 3 mariposas del inframundo dejasen su corazón y se desintegraran en el aire.
—Lo siento… de verdad… por todo… —susurraba agonizante.
Quizás su vista ya se hubiese perdido gracias a las quemaduras en su cara, pero sus palabras eran claras, al igual que sus sentimientos.
—Aeras… Hakurei… Sage… Gateguard… Avenir… Athena… —de las dos comisuras de sus ojos se derramaron lágrimas—. Francesca. Permití… que mis dudas me hicieran un blanco fácil para Hýpnos, y no tengo perdón por eso… no me excusaré… esto es lo que merezco.
Sintiendo un fuerte nudo en su garganta, Gateguard no supo qué responder. Tenía demasiados sentimientos chocando entre ellos como para permitir que uno se manifestase.
Aeras se permitió llorar en silencio, cerrando sus ojos. Hakurei, llorando también, se agachó para sujetar la mano de su maestro, y Sage, aguantando las lágrimas, lo secundó con la otra mano.
Avenir, que al parecer no era una roca sin sentimientos pero tampoco se le veía cómodo estando aquí, desvió su mirada y se apartó; al parecer quería darles privacidad.
Sabrán los dioses si él aceptaba las disculpas.
—El cargo de Patriarca es demasiado pesado, ¿no es verdad? —preguntó Sage permitiéndose al fin llorar al igual que sus compañeros—. Somos seres humanos, y como tal, las dudas son normales en nosotros. Si un dios se aprovechó de las suyas, no toda la culpa es suya. Lamento que haya tenido que pasar por esto, usted solo, maestro.
—Lo perdono, yo lo perdono —musitó Hakurei como último.
—También yo —secundó Aeras, para sorpresa de Gateguard—, y tal vez… Francesca también lo haga.
Sin lágrimas en su rostro (algo que le causaba extrañeza por la escena que presenciaba) pero con el corazón a punto de explotar en su pecho y con la cabeza totalmente en blanco, Gateguard no pudo abrir la boca y decir algo. Nada. Ni siquiera pudo emitir un suspiro.
Todos los presentes percibieron el momento exacto en el que el corazón del Patriarca Itiá dejó de latir. Su alma se había ido, quizás, al inframundo por traición a su diosa y por traición a Francesca, quien, Gateguard esperaba, estuviese en los Elíseos.
¿Perdonar?
Soltándose lentamente de Aeras, Gateguard se apartó de todos y se dijo, muy para su horror y decepción hacia sí mismo, que no había perdón en su corazón para su maestro como los demás.
No podía perdonarlo.
Estaba enojado.
Estaba decepcionado.
Estaba triste y cansado. Sobre todo, herido.
Y estaba muy lejos de perdonar.
…
—Gateguard —susurró Luciana, viendo a través de la ventana de sus aposentos, aquel páramo verdoso y esplendoroso que era el enorme jardín sin límite visible que rodeaba la casa donde estaba.
Hace poco, por medio de telepatía, el verdadero Haidee se había manifestado a medias ante ella (después de haber recuperado por completo todos sus recuerdos) por primera vez en muchísimos años, y le había dicho unas simples palabras antes de silenciarse otra vez, sin darle a ella la oportunidad de pedirle más información, o que al menos le mostrase su cara:
"Gateguard está peleando contra su maestro, quien traicionó al Santuario".
De eso ya hace algunas horas. Ahora había silencio, y eso la mataba por dentro.
¿Qué estaba pasando ahora mismo en el Santuario?
¿Ya habría terminado todo?
¿Cómo estaría Gateguard?
Lo único malo de este sitio, era que uno no podía sencillamente adivinar cuántas horas o días trascurrían en el mundo mortal.
La batalla pudo haberse dado hace una semana, o un mes, y ella ni enterada de cómo había resultado todo.
Eso le causaba estrés y mucha ansiedad; a ratos sus pies la hacían caminar en círculos, y le daba comezón en la cabeza hasta tal punto que ya se había lastimado el cuero cabelludo por rascarse tanto.
Debía calmarse, pero no sabía cómo hacerlo.
—¿Mitéra? —oyó a Aileen a sus espaldas, que abrió la puerta y entró sin permiso. Aunque tampoco es que lo necesitara.
Era curioso, Luciana aún no se acostumbraba a llamarla por su nombre original. Por otro lado, la chica prefería que aún la llamasen Colette, ya que ella misma tampoco se sentía preparada para decir que había asimilado en su totalidad ser una semidiosa del sueño.
¿Haidee ya habría hablado con ella?
Luciana se apartó de la ventana y miró a la chica, que vestía una hermosa toga rosa que cubría inocentemente sus hombros, pecho y piernas hasta sus tobillos. Su cabello rubio se encontraba atado en una coleta alta y su mirada, aunque todavía rojiza por el llanto y todavía mostrando indecisión, al menos se le notaba más tranquila.
—No has bajado a comer —dijo ella preocupada—. Por favor, ven.
—En un momento —respondió Luciana—, ahora no tengo mucha hambre.
—Pero… puedes hacerte daño. Vamos, ven a comer. Sólo un poco.
¿Cómo decirle no a esa carita de cordero y ojos suplicantes?
—De acuerdo.
Sonriendo, Aileen se acercó a Luciana y la tomó de la mano, sacándola de su alcoba.
—Esta casa es increíble, se limpia sola, se ordena sola y hace aparecer comida. ¡Es como magia! —comenzó a decir la chica sin soltarla. Empezaron a bajar por las escaleras—. Mi cuarto tiene muchísima ropa, creo que tardaré todo un año en usarla toda, prácticamente tengo una toga diferente por día. ¡Es una locura! ¿No lo crees?
—Sí, supongo que sí. Aunque…
Estaba a punto de decir que era más que obvio que tanto su padre como su tía trataban de compensar todos esos años de miseria que no pudieron ahorrarle. Pero Luciana prefirió cerrar su boca y no hablar más sobre ese asunto. Su papel con decirle el origen de su existencia a la joven ya estaba hecho. Ahora le tocaba a Haidee decirle el resto.
Claro, hace no mucho, Aileen le exigió entre lágrimas que le explicase cómo si se supone que ella era hija de un dios, su propio padre la había abandonado en un infierno por años. Cómo si supone que al parecer "la amaba", y como dios tenía mucho poder, no había hecho nada antes por salvarla.
»No puedo hablar por tu padre y decirte lo que pasó con él; ya que yo tampoco lo sé con certeza. Lo que sí te puedo decir, es que él buscaba proteger a tu madre y a ti. Abandonarte no debió ser algo que él escogiese hacer.
Con anterioridad, Penélope le había explicado esa parte de la historia, y aunque Luciana seguía pensando que Haidee pudo haberse evitado todo aquel embrollo de haber actuado diferente, y con más valor, se dijo que ella tampoco podía juzgarlo a ojos cerrados. Pues ella en algún momento también cometió un error fatal con su hijo, el cual le costó a él su vida, y a ella, lo poco que le quedaba de su cordura.
—¿Aunque? —la llamó la chica, esperando a que Luciana terminase su oración.
—Me gustaría saber cómo están las cosas allá en Rodorio —cambió su pensamiento por otro que de igual forma no abandonaba su mente.
—¿Lo dices por el señor Gateguard?
—Sí… se podría decir que sí.
—Mmm, ¿realmente estás enamorada, verdad?
Luciana no respondió.
Consideró que ya estaba siendo demasiado obvia.
Aileen no hizo más preguntas y la guio hasta la misma habitación con el comedor de tamaño exagerado donde Luciana había hablado con Penélope. En la otra punta de mesa, opuesta a la puerta, aún estaban Margot, Nausica, su madre y sus abuelos; platicando sobre lo bonito que era el sitio, pero sin perderse el detalle de que había puertas que no podían abrir, cuanto menos oír si había algo o alguien al otro lado de ellas.
—Luciana —dijo Margot con una juguetona sonrisa—. Ya comenzaba a creer que Colette mentía sobre qué también estabas aquí. Ven, siéntate.
Ella accedió a hacerlo, dejando una silla vacía entre su persona y Nausica, que se estiró y le palmeó uno de sus hombros, aparentemente, queriendo darle algo de confort.
—¿Cómo estás?
—No me quejo —respondió con sencillez.
Y pensar que la última vez que se vieron, fue cuando ella misma protagonizó una escena sangrienta en la casa de Nausica.
La familia de Nausica, ella y Margot, también tenían ropa nueva, todos parecían incluso de alta alcurnia. También, todos se preguntaban qué estaban haciendo aquí y por qué no podían salir; aunque, insistían en que el lugar les daba confianza y no les hacía prisa por irse.
Luciana se extrañó que Penélope no se haya presentado antes para decírselos.
Suspirando, ella se dijo que no tendría más alternativa que hablar. Pero antes de que eso pasara, la puerta se abrió nuevamente y una figura conocida del pasado apareció al otro lado de ella.
Todos miraron al extraño en silencio; los abuelos de Nausica temblaron y ni qué decir de las féminas.
Luciana se levantó de la mesa y se acercó a él con pasos lentos.
Estaba un poco diferente a como ella lo recordaba.
—Haidee —dijo Luciana cuando llegó hasta él.
Tal vez era cosa suya, pero sentía que él había crecido en estatura.
—Luciana —respondió él haciendo una pequeña reverencia con su cabeza; al alzarla nuevamente, hizo un gesto tembloroso hacia Aileen, que se acercaba a ellos con cautela y curiosidad.
Luciana se giró y la miró también.
—Colette… —ante su error, ella negó con la cabeza rápido—, es decir… Aileen. Él es tu padre. Haidee.
Sin decir nada, la chica fue acercándose, parpadeando lento y al parecer, analizando lo que acababa de oír.
—¿Cómo que padre? —musitó Margot a los otros presentes, que sabían lo mismo que ella: nada.
—Creí que su padre era un viejo horroroso que ya estaba muerto —bisbiseó Nausica.
Sin prestarles atención, Haidee pasó de Luciana y se acercó lento hacia su hija.
Una vez que ambos estuvieron frente a frente, ella viéndose muy pequeña ante él, Haidee acercó su nerviosa mano hacia su rostro. La chica no impidió que él le acariciase la mejilla con el tacto del aleteo de una mariposa.
—Hija —esa corta palabra salió con esfuerzo de su garganta, como si temiese decirla mal—. Lo siento… yo… no tengo perdón. Todo lo que has pasado… y tu madre… lamento no haber podido protegerlas. Pero, si me permites, quisiera…
Luciana sonrió enternecida al ver cómo Aileen se arrojaba hacia Haidee y lo abrazaba del torso, hundiendo su frente contra su pecho; llorando otra vez.
A Luciana le pareció que veía a Gateguard cuando notó cómo Haidee no parecía reaccionar. Se le veía pasmado, indeciso, y muy nervioso. ¿A lo mejor esperaba ser rechazado?
Tal vez… tal vez por eso no había tenido el valor de acercarse a la joven antes… tal vez esperó a que la chica estuviese cerca de ella misma para… ¿presentarlos y romper el hielo? Quién sabe, teorías del por qué Haidee esperó hasta ahora para presentarse ante su hija había muchas, y Luciana no tenía apresuro en saber la verdad.
—Oye, tonto. No las has visto en años, abrázala —le dijo Luciana alejándose de ellos para darles espacio—. Como un padre normal.
Actuando, Haidee puso sus brazos alrededor de su pequeña hija y la abrazó con cuidado para no dañarla de ninguna forma.
«Al menos, sé que ella estará a salvo ahora» pensó Luciana sentándose donde antes, viendo cómo un plato lleno de comida aparecía frente a ella junto a un vaso con agua.
—Luciana… Luciana —la llamó Nausica—, ¿quién es ese tipo?
—¿No oyeron? Es su padre —respondió con simpleza justo cuando Haidee se llevó a su hija en un destello.
—¡Desaparecieron! —exclamó el abuelo de Nausica, alarmado.
—¡Oh, dioses! ¡¿Qué es esto?! —gritó la abuela, asustadísima.
—¡Luciana! ¡Haz algo! ¡Se llevó a Colette! —Nausica la agitó de su hombro igual de nerviosa y temerosa.
—¡¿Qué hacer comiendo?! ¡¿No ves qué…?! —le gritó Margot.
—¡Ya cálmense! —espetó Luciana sin dejar de comer—. Él es su padre, e hizo eso porque si es un dios supongo que tiene derecho a decidir no caminar por su casa.
—¡¿Un dios?! —gritó Margot.
—¿Su casa? —susurraron los ancianos y la madre de Nausica.
—¡¿Colette es hija de un dios?! —la secundó Nausica.
El comedor se volvió un caos, todos tenían preguntas, y Luciana respondió seca y cautelosamente a todas. No les dijo más allá de lo necesario: qué Colette en realidad era hija de un dios y una humana, qué por azares del destino él se separó sin quererlo de ella, y que ahora buscaba retomar sus responsabilidades como padre.
Fue difícil calmar el gallinero, pero al menos eso la distrajo de pensar en la batalla de Gateguard en el Santuario. Para cuando dejó a sus amigas y los mayores en la sala con más preguntas, Luciana se dispuso a descansar y tratar de ya no sobre pensar demasiado, pues eso le hacía mucho daño.
Más fácil decirlo que hacerlo.
«Espero que Colette y Haidee estén poniéndose al día. Tienen mucho de qué hablar» y deseó con toda su alma que Elora pudiese observarlos desde los Elíseos; con la certeza de que las cosas estarían mejor en su familia. «Ojalá estuvieses presente con ellos, amiga mía», Luciana deseaba que, al menos en espíritu, Elora lo estuviese.
Suspiró tomando el pomo de su puerta, lo giró y al abrir, el alma casi se le salió del pecho cuando encontró en su alcoba a alguien que en definitiva no esperaba ver.
—¿Gateguard? —susurró anonadada.
Él estaba dándole la espalda, viendo por la ventana, usando la armadura de aries. Cuando él se dio la vuelta y ambos se vieron a los ojos, ella de nuevo sintió cómo pesadas lágrimas bajabas de sus ojos hasta el suelo.
—Hola —susurró Gateguard en su dirección.
Ella, boquiabierta, fue acercándose lentamente hacia él, con las manos extendidas hacia su rostro; para cuando lo alcanzó y lo sujetó de las mejillas, lo hizo bajar hacia su boca, besándolo con un ímpetu nunca antes visto en ella.
Gateguard no se quedó atrás, la abrazó por la cintura, aferrándose a ella, uniendo sus lenguas en una danza alocada y desesperada.
Dioses… ¡era él!
—Continuará…—
Primero que nada...
¡Feliz año nuevo a todos!
Un nuevo comienzo, y ojalá la fortuna nos sonría.
Aunque el ser humano se niegue en colaborar. Y la verdad es que me he enterado de muchas cosas en los noticieros y recién empezamos un ciclo nuevo... bueno, esperemos que nada malo nos pase ni a nosotros ni a nuestros seres amados.
Disculpen si todo pasó muy rápido, no quise extender la batalla en el Santuario, así que pido perdón si las escenas de lucha no fueron como acostumbramos en el fandom y sintieron que faltó más... emoción.
Por otro lado, la idea de que Francesca fuese la "única" baja en el Santuario, no me agradó del todo, pero de todos los santos... creo que él era el único que no estaba del todo preparado para pelear solo contra Itiá. Cosa mía, seguro me equivoco y creo que debo hacerle un fic aleatorio con un final mejor como compensación, pero por ahora, la cosa queda así. :( Y sí, de todos, Aeras fue quien más sufrió su pérdida.
La verdad, me costó mucho tratar de unir lo que pasaba canónicamente en el manga con lo que terminó sucediendo en el fic, y dudo haberlo hecho bien, pero quiero decir que me esforcé mucho por eso. La batalla en el canon fue aún más brutal y detallada, pero como dije, no quise extenderme demasiado en eso. Además, quise darle la oportunidad a Itiá de pedir disculpas antes de morir. Pero como vemos, Gateguard a diferencia de los otros, no lo aceptó.
Tampoco quise entretenerme mucho con el asunto de Colette/Aileen y Haidee; creo que ya más o menos podemos darnos una idea de lo que sucederá entre ellos, pero si desean que haga un one-shot aparte para esa pequeña familia, podría hacerlo a su tiempo. Como dije, no quiero distraerme con los detalles que no competen a nuestros personajes principales. Creo que el fic ya se alargó demasiado precisamente por eso. :(
Retomando el hilo principal, ¡finalmente Gateguard y Luciana han vuelto a verse! ¿Qué pasará ahora? 7w7
Quisiera anunciar que estamos muy pronto de terminar este fic, y de nuevo, no puedo terminar de agradecerles lo suficiente el apoyo.
Saluditos y nos leeremos después.
...
Gracias por leer y comentar a:
Nyan-mx, Guest, camilo navas, y Natalita07.
Reviews?
Si quieres saber más de este y/u otros fics, eres cordialmente invitado(a) a seguirme en mi página oficial de Facebook: "Adilay Ackatery" (link en mi perfil). Información sobre las próximas actualizaciones, memes, vídeos usando mi voz y mi poca carisma y muchas otras cosas más. ;)
Para más mini-escritos y leer mis fics en facebook de Saint Seiya, por favor pasen a mi página: Adilay de Capricornio (antes: Êlýsia Pedía - Fanfics de Adilay Fanficker) ¡y denle like! XD
