.
Imperdonables
Capítulo I: La Profecía
La sala se encontraba en absoluta oscuridad. No debería haber sido así, James ya había estado aquí en una ocasión. Centelleos blancuzcos habían llenado el aire en ese entonces, saltando traviesamente de un lado a otro, iluminando de esquina a esquina la sala. Apretó a su hijo contra su pecho y sacó su varita por entre los dobleces de la Capa de Invisibilidad. Una luz pura iluminó el lugar, dibujando terroríficas sombras sobre las paredes y el piso. El niño gorjeó, curioso, casi divertido. James no lo había visto llorar desde aquella horrible noche.
—Estoy aquí —anunció James al espacio vacío—. ¿Profesor?
Caminó por entre las mesas, atento a cualquier ruido extraño. Tres veces había salvado la vida de Voldemort, dos de ellas gracias a su oído. Confiaba en sus sentidos en la misma forma en que confiaba en su Capa de Invisibilidad y, sin embargo, el tintinear de mil relojes no dejaba espacio para ningún sentimiento de seguridad.
«¿Te sentías así de desamparado cuando hacías cosas a nuestras espaldas, Peter?», se preguntó. «¿Sentías estas náuseas?»
Tosió en su puño y avanzó directamente hacia la Campana Cíclica. La encontró vacía. El remolino de luz que siempre había girado en su interior brillaba por su ausencia. A un lado de la Campana, media docena de colibrís de plumas iridiscentes dormían dentro de una jaula de bronce. Lily siempre había sentido compasión por la vida de aquellas avecillas, condenadas a nacer, crecer y morir cientos de veces al día.
James caminó hasta llegar a la puerta detrás de la Campana. Estaba entreabierta. Empujó la puerta e ingresó a una sala más angosta, pero varias veces más alta. Hilera tras hilera de estanterías se extendían delante de él, perfectamente ordenadas y numeradas, todas ellas exhibiendo pequeñas esferas de cristal.
—Lo lamento, perdí la noción del tiempo —llamó una voz a su derecha—. El encargado cambió el lugar de la profecía. Demoré en dar con ella.
Dumbledore había aparecido desde las sombras, más cerca de lo que a James le resultaba cómodo que alguien se acercara a su hijo. Abrazó con más fuerza a Gerald, fingiendo que arreglaba la manta blanca en la que estaba envuelto. Dumbledore debió notarlo, esquivó su mirada y señaló un pasillo cercano.
—Por ahí —dijo—. Un simple toque y todo habrá terminado.
«Quisiera creerle, Profesor. De verdad quisiera hacerlo.»
El pasillo noventa y siete poseía los estantes más viejos, pero las esferas de cristal que ahí descansaban parecían estar hechas de cristal recién soplado. El paso de los años, por supuesto, no afectaba a los artefactos relacionados con la magia del tiempo. Al menos no en la misma forma que al resto de cosas en el mundo.
Llegaron a su destino. Una esfera grisácea los esperaba, brillando ligeramente sin iluminar realmente nada. Un rótulo amarillo estaba pegado a los pies de su soporte de madera:
Diciembre, 1979
S.P.T. a A.P.W.B.D.
Señor Tenebroso y (?)
James se quedó mirando la etiqueta por largo rato.
—Es cierto que debemos ser cuidadosos con la verdad —dijo Dumbledore con voz queda—. Pero para ser cuidadosos con ella, primero debemos conocerla.
El Director sacó su varita y picó con la punta la superficie de la esfera. Una delgada película de luz blanca goteó del cristal y se disipó en el aire. Las protecciones del Ministerio habían desaparecido.
—¿Un simple toque? —preguntó James.
—Un simple toque —respondió el Director, dando un paso al costado—. Es tu decisión.
James bajó la vista y estudió el rostro de su hijo. Gerald Potter tenía los ojos color verde pálido, como los de su madre, y el cabello negro oscuro característico de los Potter; ambos rasgos separados por una fina cicatriz en forma de rayo. Alzó la manita de su hijo y guio la punta de sus dedos a tocar la esfera.
El silencio invadió la sala. Silencio y nada más.
—Todo apuntaba a él —meditó Dumbledore, decepcionado—. Quizá Harry…
«Quizá algún otro», pensó James. «Quizá el hijo de Frank, quizá Charles… que Dios me perdone, pero ojalá haya sido Charles. Por favor, Lily no soportaría perder otro hijo. Que haya sido Charles, por favor, por favor».
Lily había dado a luz a tres niños la última noche de julio, una noche de tormenta. Charles había nacido primero, fuerte, sonrosado y con los pulmones más sanos que James había escuchado jamás. Por un momento sus llantos habían abrumado a los mismos truenos.
Lo siguió Gerald, casi dos horas después, dando su primer respiro mientras las campanadas del reloj marcaban el inicio de un nuevo día. Para entonces la tormenta ya había amainado, el frio se iba suavizando y los primeros rayos de la Luna comenzaban a filtrarse por entre las nubes.
Y por último Harry, más tranquilo, casi en silencio, se había pegado a la teta de su madre y no se había separado de ella hasta mucho después que sus hermanos cayeran dormidos.
La profecía podría haberse referido a cualquiera de ellos.
—El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca…
La tosca voz de la mujer sacó a James de sus cavilaciones. Alzó la vista. Gerald seguía tocando la esfera. La profecía había demorado en reaccionar, pero había reaccionado. El estómago se le revolvió. No había sido Charles, ni Neville, ni ningún otro. Era Gerald. Era Gerald.
—…Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes. Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual…
Le pareció que la cicatriz en la frente de su hijo crecía hasta convertirse en un profundo abismo. Ya no era una simple marca en la piel, era la marca que Voldemort había dejado sobre su adversario.
—…Pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce…
La maldición asesina había rebotado en Gerald. Pero ese milagro solo había ocurrido por una serie de coincidencias extraordinarias.
—Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida…
Qué clase de mundo cruel enviaba a un niño a enfrentarse a un monstruo. Qué clase de mundo le impedía a su hijo disfrutar de su vida. Qué clase de mundo era este que odiaba tanto a su familia.
—… El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes.
James retrocedió un paso, alejando la mano de Gerald de la profecía. La esfera de cristal perdió su brillo.
—Es el elegido —aseveró Dumbledore, en un tono de voz que expresaba tanto lástima como esperanza—. Debemos prepararlo para afrontar su destino.
Las manos de James le comenzaron a temblar. Tres veces había salvado la vida de Voldemort, tres veces. Pero aquello había sido antes de convertirse en padre, antes de saber que estaba enlistando a su hijo en una guerra. Tal vez lo mejor hubiera sido correr, esconderse en algún país lejano. Tal vez eso era lo que debía hacer ahora.
—Nunca ha creído en profecías, Profesor.
—Y sigo sin creer en ellas —respondió Dumbledore con voz triste—. Pero Voldemort sí. Y no descansará hasta dar con tu hijo. Gerald debe prepararse, no puede huir.
«Nadie ha escapado de Voldemort. Nadie, nunca.»
—¿Tendrá alguna oportunidad?
Dumbledore sonrió débilmente. La lástima retrocediendo ante la esperanza.
—Dependerá de nosotros. De ti, de mí, del mundo mágico que acaba de salvar —sonrió al niño, como buscando algo en el verde de sus ojos. La sonrisa del viejo mago se volvió más sincera—. Y del propio Gerald, por supuesto.
—Lily no querrá desprenderse de él —objetó James—. No puede conciliar el sueño si no tiene a ambos niños junto a ella. Solo pude traer a Gerald porque… porque…
—Porque pasó la noche despidiéndose de Charles —concluyó Dumbledore.
James asintió. «Funeral», costaba tanto pronunciar esa palabra.
—Cada día luce más agotada —añadió James—. Temo que enferme.
A James le incomodaban los hospitales. Le hacían recordar la muerte de sus padres, a las camas blancas donde habían languidecido largamente a causa de la viruela de dragón. Recordaba haberse sentido impotente, inútil ante un enemigo que iba arrebatándole a sus seres queridos uno por uno. Un sentimiento que había vuelto a experimentar cada día desde que decidió formar parte de esta guerra.
Abrazó con más fuerza a su hijo.
La guerra había terminado. Gerald la había terminado, pero el sentimiento de inutilidad continuaba muy vivo en su corazón, como una cuchilla helada que no dejaba de recordarle sus errores. No había visto venir la traición de Peter, no había sido capaz de proteger a Charles, ni salvar a Sirius de ser encerrado en Azkaban. Para James, la guerra había sido únicamente una secuencia interminable de derrotas y fracasos.
—El amor de una madre es una de las fuerzas más poderosas en la Tierra, pero cuando se convierte en dolor puede resultar dañina para los hijos… e incluso para la propia madre —la urgencia invadió la voz de Dumbledore—. Gerald debe ser instruido, no hay discusión ahí. Quizá no hoy, quizá no mañana, pero sí algún día. Lily tendrá que aceptarlo. Todavía podrá criar a Harry como mejor considere.
—¿Y quién será el maestro de Gerald? —preguntó James—. ¿Usted?
Dumbledore demoró en responder, pero cuando lo hizo no había vacilación en sus palabras:
—Tú —respondió—. Debes ser tú. Su vida no puede consistir únicamente en prepararse para una lucha desesperada. Debe vivir, desarrollar por sí mismo la voluntad de defender el Mundo Mágico. Solo así tendrá alguna oportunidad.
Los ojos de James vagaron hacia la profecía mientras su imaginación era arrastrada muy lejos en el tiempo. Le pareció ver una nebulosa escena en la superficie del cristal, una escena donde Gerald se batía en duelo contra un enemigo desconocido en un bosque otoñal. Su hijo era un hombre ya formado, alto y apuesto, de veinte y pocos años, con la piel ligeramente más cetrina que la de su madre, un cabello aún más negro que su padre y la misma valentía que Frank, que Caradoc, que Benjy y que tantos otros habían demostrado en vida.
El pecho se le llenó de una sensación cálida, casi agradable. La náusea también empezó a disminuir.
—Lo pensaré —alcanzó a susurrar—. Ahora tengo que irme. Debo regresar antes de que Lily despierte.
Dumbledore asintió, sin hacer ademán de acompañarlo a la salida. James agradeció el gesto, quería estar solo. Caminó hacia la puerta que llevaba a la sala principal. La oscuridad ahí era absoluta. Sacó su varita e iluminó el pasillo.
Los ojos verdes de Gerald centellearon, inocentes. Los mismos ojos de Lily.
James suspiró.
Las náuseas habían estado tan cerca de desaparecer.
P.D.:Se agradecen las reviews. Por cierto, estoy subiendo los capitulos narrados a YT, con imágenes. El canal es TauFF, el video se llama: El Otro Niño que Sobrevivió- Imperdonables [Harry Potter] - Capítulo 1: La Profecía
