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Imperdonables


Capítulo II: La Selección


Harry apretó el puño con todas sus fuerzas. Sus ojos estaban fijos en el niño que ocupaba un pequeño taburete de madera con la misma arrogancia de quien se ha apoderado de un trono y ahora exige una corona. La profesora McGonagall alzó el Sombrero Seleccionador, suficientemente alto como para que todos en el Gran Salón pudieran verlo, y lo colocó con suavidad sobre la cabeza de su hermano.

«En Gryffindor no, en Gryffindor no», suplicó Harry. «Todo menos Gryffindor.»

—¡GRYFFINDOR!

Gerald sonrió de oreja a oreja. Entregó respetuosamente el Sombrero a la profesora McGonagall y caminó hacia la mesa de Gryffindor en medio de un mar de aplausos, vítores y murmullos emocionados; todo mientras el gigantesco guardabosque levantaba sus pulgares y el Director le dirigía una sonrisa llena de orgullo.

—¡Potter, Harry! —llamó la profesora McGonagall.

Harry echó un último vistazo a la mesa rojidorada antes de empezar a caminar hacia el taburete. Sentía una sensación extraña sobre la nuca, como si simultáneamente nadie lo estuviera viendo, pero todos le estuvieran prestando atención. Mientras la profesora dejaba caer el Sombrero Seleccionador sobre su cabeza, notó cómo, en la parte trasera del Gran Comedor, varios estudiantes vestidos de verde amontonaban con desinterés unas pocas monedas en el centro de su mesa.

«Apuestas», se dio cuenta. «Están apostando a qué Casa iré.»

—Interesante —susurró una vocecilla directamente en sus oídos—. Un buen talento e inteligencia. Sí, la astucia y el ingenio también son buenos. ¿A dónde te enviaré?

Harry, al igual que cualquier niño crecido en el seno de una familia mágica, había oído los rumores alrededor del proceso de selección. Esta pieza de cuero sobre su cabeza, de aspecto tan viejo y decaído, era capaz de traspasar la barrera de la mente y hurgar en sus pensamientos, aunque fuera únicamente en la capa más superficial. Podía intentar resistirse, por supuesto. Harry estaba seguro de que al menos la mitad de los seleccionados antes que él lo había intentado, aunque fuera solo por curiosidad.

—Así que conoces de mí. Me siento halagado, muy halagado. Pero eso solo vuelve más difícil clasificarte.

Harry cerró los ojos con fuerza y se concentró en su súplica: «En Gryffindor, quiero estar en Gryffindor.»

—¡Oh! —exclamó la vocecita—¿Estás seguro? La fama de tu hermano te permitiría tener una estadía llena de comodidad y privilegio, con tiempo suficiente tanto para el estudio como para el ocio. Pero si lo que de verdad deseas es no ser dejado atrás, Gryffindor no es adecuada.

«Por favor», suplicó Harry.

-Cierto —prosiguió el Sombrero, ignorando sus ruegos—. Aún no he considerado tu ambición. Muy intensa en verdad, pocos niños de tu edad piensan en su futuro. Casi ninguno es consciente de lo que sucede con los segundos hijos de las grandes Casas hasta que ya es demasiado tarde. Pero tú eres diferente. Has decidido renunciar a tus ambiciones a la Casa Potter y enfocarte, en su lugar, en apoderarte a como dé lugar de la Casa Black —el Sombrero rio a carcajadas—. ¡A como dé lugar! He conocido a muchos magos que supieron aceptar la cruda realidad por encima de sus más profundos deseos, pero eres el primero que toma esa decisión sin ganar ni un poco de humildad en el proceso. Esa es la naturaleza de un…

—¡SLYTHERIN!

Esta vez no hubo aplausos, ni vítores, ni siquiera murmullos indignados. El salón entero cayó en un profundo silencio. El único ruido en la sala provenía de los nacidos de muggles, únicos ignorantes del porqué todos parecían haber presenciado una herejía.

Harry se puso de pie con la mayor dignidad posible, resistiendo el impulso de aplastar el sombrero bajo su pie, y se dirigió lentamente a la mesa de Slytherin. La mesa donde estaría obligado a sentarse por los siguientes siete largos años.

—Miren todos. Nosotros también tendremos un Potter.

El único asiento libre se encontraba al lado de un rubio pomposo. A pesar de que la profesora McGonagall había llamado a Lisa Turpin al frente, la niña permaneció entre los niños sin clasificar, como si supiera que no debía interrumpir el momento.

—Soy Draco Malfoy —entonó el niño, extendiendo la mano.

—Sé quién eres —le respondió Harry con brusquedad.

La sonrisa del rubio apenas vaciló, pero en sus ojos empezó a brillar una luz peligrosa. La mesa entera los observaba, curiosos, hambrientos, ávidos de ver cuál de los dos chiquillos se rompería primero.

—Y estoy seguro de que también sabes que pasaremos los siguientes siete años viviendo en las mismas mazmorras.

Harry jamás creyó que algún día sería forzado a saludar al hijo de un mortífago. Mucho menos en público, mucho menos delante de su hermano. Estrechó la mano de Malfoy una única vez e inmediatamente tomó asiento, sin ninguna intención de prolongar su humillación.

Le dio la espalda a Malfoy y fijó su vista en la tarima, queriendo olvidar lo que acababa de hacer. McGonagall se encontraba sola junto al taburete, con el sombrero seleccionador colgando inútilmente entre sus dedos. Parecía haber dado un paso en dirección a la mesa de Slytherin, como si por un momento hubiera considerado intervenir.

«Demasiado tarde», pensó Harry con amargura.

Malfoy le tocó el hombro y le indicó que colocara un tenedor sobre su plato, al igual que el resto de la mesa.

—De esta forma la comida es transportada directamente a nuestros platos —le informó en voz baja. Su sonrisa había dejado de ser falsa, aunque no por ello resultaba más sincera—. Así evitamos tener que servirnos nosotros mismos.

Lisa Turpin recuperó el sentido de sí y avanzó hacia el taburete. Fue clasificada en Ravenclaw. Justo después llamaron a Ron Weasley, quien clasificó en Gryffindor, siguiendo la tradición dictada por toda su familia.

El pelirrojo tomó asiento a la izquierda de Gerald y le comentó algo al oído mientras miraba de soslayo a Harry. Gerald respondió con un encogimiento de hombros. Ni siquiera se giró para mirarlo.

A Harry no le extrañó su indiferencia. Nunca habían sido cercanos. Mientras él había sido educado bajo la tutela de su madre o de un profesor privado; Gerald había sido entrenado en magia por su padre, por el tío Remus y, muy ocasionalmente, por el mismísimo Albus Dumbledore. No le cabía duda de que, en la mente de Gerald, Harry Potter solo era aquel chiquillo con el mismo rostro, pero que no cargaba con la responsabilidad de mantener el apellido de la familia en alto.

—Debo enviar una carta a mi madre en cuanto pueda —susurró para sí mismo, sabiendo que por primera vez esa responsabilidad había recaído sobre él, y había fallado.

Blaise Zabini fue clasificado en Slytherin, era el último de los de primer año. Un nuevo plato y una silla se materializaron en el lugar a la izquierda de Harry, y Zabini tomó ese asiento con pulcra apatía. Él no necesitó de ningún recordatorio, acomodó tres tenedores de forma paralela sobre su plato y una cucharilla en un plato más pequeño.

Dumbledore se puso de pie, con los brazos abiertos y la túnica color vino resplandeciendo como salpicada por miles de estrellas.

—¡Bienvenidos! —exclamó—¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero deciros unas pocas palabras. Y aquí están: ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias!

Harry aplaudió mecánicamente.

—Mi padre dice que cada año el director se va volviendo más y más senil —susurró Malfoy—. En fin, estos son Crabbe y Goyle. La que tienes enfrente es Pansy Parkinson.

Harry alzó la vista y saludó a los tres por cortesía. Crabbe y Goyle fueron incapaces de capturar su atención, sus impresionantes tamaños no parecían contener nada semejante a la inteligencia. La muchacha tampoco era nada especial. Tenía el cabello corto, perfectamente cuidado y bastante más oscuro que el de Harry; pero ahí acababa su única característica atractiva. Su rostro era cuadrado, tosco, atrapado en una constante expresión de desdén. Por lo menos tenía los dientes blancos y bien formados, notó. No dejaba de soltar risitas en dirección a Malfoy.

—Estaba tan nerviosa —canturreaba la chica, picando el pollo asado que había aparecido en su plato—. Mi prima mayor fue a Ravenclaw y en mi familia no se habló de otra cosa en toda la semana—risita—. Mi madre me contó que su hermano no dejó de refunfuñar hasta que mi tía Almudena lo puso en vereda.

—Yo nunca dudé —comentó Malfoy—. Es cuestión de linaje. Debieron verlo. El Sombrero percibió con quien estaba tratando antes incluso de posarse sobre mi cabeza.

Crabbe y Goyle asintieron enérgicamente, con la boca llena de puré.

—¿Y tú, Harry? —preguntó Pansy—¿De qué hablaron el Sombrero y tú? Fuiste quien demoró más en el banquillo. ¿Cómo conseguiste entrar a Slytherin?

Harry no había terminado de procesar lo ocurrido. El costal de remiendos había mencionado la ambición, pero Harry se negaba a creerle. Él no era ambicioso. Gerald había gozado de la fama desde su nacimiento, había recibido la capa de invisibilidad de la familia, y algún día heredaría los viñedos y la mansión donde vivían. Harry solo deseaba las sobras. Una casa en ruinas y los pocos negocios que habían sobrevivido al aprovechamiento de su padre y al abandono de un condenado por la justicia.

Pero ahora incluso esas sobras parecían un sueño imposible. ¿Cómo conseguiría que su padre le concediera las propiedades de los Black luego de ser clasificado en Slytherin? ¿En qué estaba pensando el sombrero?

—Entré por mis antepasados —respondió Harry.

—Pensé que eras mestizo.

—Y estoy seguro que ese no será ningún inconveniente —intervino Malfoy en tono severo—. Los mestizos nunca han sido un problema en esta Casa.

Pansy Parkinson se ruborizó ante su desliz. Sus amigas a ambos lados se rieron de ella y a partir de ahí el tema de la conversación se fue alejando de él. Theodore Nott alardeó de las minas de plata que poseía su padre. Blaise Zabini se animó a narrar algunas anécdotas referentes a sus vacaciones en Grecia. Daphne Greengrass habló largo y tendido sobre la nueva técnica de cultivo de higos que estaba implementando su abuelo. Y el fantasma de la Casa, un iracundo barón con la túnica manchada de sangre plateada, les enseñó media docena de nuevas palabras al descubrir a Crabbe tratando de enfriar un bizcocho pasándolo a través de su cuerpo.

—Termina de comer Potter, no está permitido llevar comida a las mazmorras —advirtió Malfoy en voz baja, limpiándose la boca con una servilleta.

Harry se dio prisa con su arroz con leche. Pero cerca del final, cuando todos se preparaban para partir, ignoró la advertencia de Malfoy y escondió un poco de tocino en su bolsillo. Su pobre lechuza tendría que volar durante la noche.

—Sólo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido —dijo Dumbledore, parado detrás del podio—. Hay unos anuncios muy importantes que debo hacer:
A los de primer año les informo que los bosques están completamente prohibidos. Y unos pocos de nuestros antiguos alumnos también deberían recordarlo —Los relucientes ojos de Dumbledore estaban fijos en un par de gemelos de cabello rojizo—. El señor Filch me ha pedido que os recuerde que está prohibido hacer magia en los recreos y pasillos. Las pruebas de quidditch tendrán lugar en la segunda semana, los interesados podéis poneros en contacto con la señora Hooch. Y, por último, quiero deciros que este año el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está fuera de los límites permitidos para todos aquellos que no deseen una muerte dolorosa.

Harry notó como Dumbledore parecía decir eso último mirando fijamente a Gerald. Pero no supo interpretar sus intenciones. Después de que todos terminaran de cantar la canción de la escuela, los prefectos empezaron a guiar cada grupo de primer año a sus dormitorios. El camino fue sinuoso, con múltiples descensos y giros. Un par de veces incluso llegaron a subir escaleras móviles y pasar por pasadizos secretos.

—Lengua de serpiente —dijo el prefecto una vez llegaron a su destino, un muro salpicado por manchas verdosas.

Una pequeña puerta apareció en la piedra y la larga fila de primeros años entró de forma ordenada.

La vista tomó por sorpresa a Harry. La Sala Común de Slytherin era un espacioso salón adornado con grandes ventanales que daban directamente a las profundidades del lago. Los sillones, mesas, candelabros y demás cosas eran modernos, el más antiguo de ellos quizá tuviera poco más de dos años desde que saliera de la tienda. Al parecer, el rumor que decía que los Slytherin ya graduados donaban cuantiosas sumas a su antigua Casa era verdad.

La Sala también estaba llena de gente, toda ella amontonada en los bordes, como si esperaran el inicio de un espectáculo. Y, a diferencia de lo que su padre había contado, los baúles no se encontraban en los dormitorios, sino amontonados contra una pared como si fueran cualquier cosa.

—A la derecha se encuentran los dormitorios de los hombres. A la izquierda, el de las mujeres. Cada dormitorio tiene ocho habitaciones, cada una de estas habitaciones tiene espacio para cuatro estudiantes y mientras más cercanas estén a la sala común, más espaciosas y cómodas serán. Dejaré que ustedes mismos decidan cómo os distribuiréis —anunció el prefecto mientras los abandonaba—. Hasta mañana.

Los de primer año se miraron entre ellos, luego a la multitud que miraba divertida desde los bordes de la Sala, y finalmente a los enormes estudiantes que custodiaban las puertas de cada habitación.

—Voy a tratar de conseguirte un lugar —le susurró Malfoy—. Tú solo sigue a Zabini y trata de lucir confiado.

Malfoy apuró el paso para dar alcance a Nott. Ya igualados, caminaron sin miedo, saludaron al vigía e ingresaron a la primera habitación sin que nadie se los impidiera. Daphne Greengrass y Pansy Parkinson avanzaron poco después, interpretando una escena casi idéntica.

Solo entonces Blaise Zabini empezó a moverse. Harry lo siguió de cerca, no queriendo saber qué pasaría con los que se quedaran atrás.

—Veintitrés —declaró Zabini, entregándole una bolsita de cuero al vigía.

El joven estimó el peso de la bolsita jugando a atraparla un par de veces en el aire. Asintió satisfecho y le abrió la puerta a Zabini. Su brazo continuó extendido, impidiendo que Harry fuera tras él.

—Yo pago por Potter —anunció Malfoy desde el interior, suficientemente alto para que todos lo escucharan—¡Veinticinco galeones!

—Treinta —replicó el vigía.

—Cincuenta, y Crabbe y Goyle estarán en el cuarto de al lado —dijo Malfoy, arrojándole una bolsita bastante más gorda que la de Zabini.

El guardia la atrapó en el aire y se la guardó de inmediato en la manga. Sacó su varita, miró a Harry y le indicó con el mentón que entrara de una vez.

¡Wingardium Leviosa!

Harry se apartó del umbral de la puerta justo a tiempo para ver cómo su baúl y el de Zabini entraban flotando y se posaban sobre las dos camas del lado izquierdo. Las pertenencias de Malfoy y Nott no necesitaron ese favor, se encontraban dispuestas sobre sus camas desde el momento mismo de su clasificación. Sin duda, los sangre pura de antigua data eran los reyes de la Casa Slytherin.

—¡Eh, Malfoy! —exclamó el guardia—¡Mejor que sean veintisiete solo por Potter!

La bolsita que había pagado Zabini voló por los aires y se estrelló contra el pecho de Draco Malfoy. El niño tropezó hacia atrás y quedó tendido sobre su cama. El vigía soltó una risotada y cerró la puerta de un portazo.

«Quizá no precisamente reyes.»

—¿Quién se cree que es? —refunfuñó Malfoy, poniéndose de pie y caminando en dirección a la puerta. Forcejeó un rato tratando de abrirla, pero no consiguió sino lastimarse los dedos—Ya verá cuando mi padre se entere.

—Estaba cantado que iba hacer algo así —intervino Nott, sacando un pijama de su baúl—. No creerás que un tipo como ese fuera capaz de conservar esa cantidad de galeones, ¿verdad? Se apellida Tarius, pero es mestizo por parte de su abuela materna. Espera hasta mañana y verás como viene a pedirte disculpas.

—Pues espero que esa disculpa venga acompañada con algunos de mis galeones —agregó Malfoy, dándole un puntapié a la puerta.

Harry no quiso participar en esa conversación. Fue hacia la larga mesa que ocupaba el centro del dormitorio y no se sorprendió de encontrarla bien surtida de papel y tinta.

—¿Escribirás ahora? —preguntó Malfoy.

—Debo avisar a mis padres de mi clasificación.

Sus tres compañeros de cuarto parecieron encontrar divertida su ocurrencia.

—¿En serio crees que no lo saben? —se burló Nott, metiéndose entre las sábanas—Probablemente se enteraron en cuanto salimos del comedor. Todas las familias nobles tienen conexiones entre los profesores.

—Vete haciendo la idea de que no recibirás muchas cartas de tu familia —añadió Malfoy, subiéndose a su cama—. A partir de esta noche eres lo más cercano a un traidor de sangre para ellos.

Zabini fue hacia la pared y empezó a apagar las lámparas una por una. Cuando ya solo quedaba la última, sus dedos, tan cercanos a la luz, dibujaron largas sombras sobre las paredes del dormitorio.

—Ahora eres uno de nosotros —fue lo único que dijo.

Harry se apresuró a encender una vela, justo a tiempo para evitar que los dedos del Slytherin se cerraran alrededor de él. No les hizo caso. Sumergió la punta de la pluma en el bote de tinta y relató de principio a fin todo lo ocurrido, sin dejarse nada. Pero al leer sus propias palabras, se dio cuenta de que no sería capaz de enviar aquel mensaje. Quemó el pergamino en el fuego de la vela y empezó a escribir una nueva carta, más breve, menos detallada, en la que no hacía mención a la conversación con el sombrero seleccionador. Escribió por casi una hora, pero el resultado le resultó aún más patético que el anterior.

Acercó una vez más su carta a la pequeña flama de la vela y observó cómo se consumían sus mentiras.

Al día siguiente, durante el desayuno, Harry recibió una respuesta a la carta que nunca había enviado.

...

Harry, cariño. Me he enterado de tu clasificación en la gran Casa de Slytherin. Mis más sinceras felicitaciones. Espero que estudies mucho y disfrutes tu estancia en la misma forma en que yo lo hice.
Los Slytherin tienen mala fama, pero los niños de primer año son iguales a cualquier otro, no te dejes guiar por prejuicios. Aun así, si alguno de ellos intenta intimidarte, no dudes en dar aviso a tu Jefe de Casa. Mantuvimos una estrecha amistad en el pasado, y estoy segura que no te negará una mano amiga.
Sé que puedes estar preocupado por la reacción de tu padre, pero ya sabes lo cabezota que es y lo mucho que deseaba tener a sus dos queridos hijos en la misma Casa, apoyándose el uno al otro. Déjame asegurarte que pronto se le pasará el berrinche y te enviará una carta preguntándote sobre las materias que estudias y los muchos amigos que habrás hecho.
Te envío un paquete de hojas de carbón. Las he hechizado, con solo un poco de presión podrás hacer copias de algunos libros y acelerar mucho tu trabajo. Además, ya que el proceso de copiado es sobre todo muggle, ninguno de los maestros detectará las copias que hagas, te lo digo por experiencia propia.

Me despido.

Con amor, tu madre.

...

Harry guardó cuidadosamente el paquete de hojas calca en su mochila. Si su madre, la mujer más correcta que conocía, le enviaba un objeto con el que hacer trampa, entonces las cosas no irían tan bien como decía.

Después del desayuno los Slytherin de primer año subieron en tropel al tercer piso, emocionados por su primera clase de Encantamientos. La materia era dictada por el profesor Flitwick, un señor diminuto que tenía la increíble capacidad de lograr que todos los alumnos se sentaran en las primeras filas. Claro, eso si querías verlo dar clase sin estirar el cuello.

McGonagall, por su parte, impartía el curso de Transformaciones, y lo hacía utilizando un método de enseñanza sumamente estricto. No toleraba los cuchicheos ni los objetos ajenos a su materia, lo que convertía cada lección en un portal a un mundo exótico donde el maestro siempre era lo más interesante del lugar. Sin embargo, aquello también hacía que sus alumnos tuvieran miedo de hacer preguntas. No fuera que se hubieran perdido la explicación por estar soñando despiertos. Después de todo, lo más interesante en un salón de clase generalmente quedaba muy lejos de empatar con la imaginación de un niño.

La primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras fue al día siguiente. Las lecciones del profesor Quirrell eran más fáciles de aprender con libro en mano que prestando atención a sus tartamudeos, aunque eso sí, la cosa mejoraba bastante durante las lecciones prácticas. Toda la clase aprendió el encantamiento de creación de viento antes de su tercer intento. El fuerte olor a ajo era un gran motivante.

El viernes por fin conoció a su Jefe de Casa. Fue una clase más bien introductoria, pero si algo aprendió aquel día fue que el profesor Snape solo detestaba a una persona más que a él, y ese era Gerald. Harry no se atrevió a dirigirle la palabra. Un sujeto así nunca brindaría una mano amiga a nadie… a menos, claro, que fuera literalmente la mano cortada de un amigo.

Los días siguientes transcurrieron en un borrón. Las mazmorras se encontraban alejadas de la mayoría de los salones y de la biblioteca, y no terminaba de cogerle el truco a las escaleras móviles; de manera que recién a mediados de setiembre cayó en cuenta que su padre no había escrito.

Sus compañeros de cuarto habían tenido razón.


P.D.: Se agradecen las reviews.