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Imperdonables


Capítulo III: Ambiciones


La intensa luz del Sol empezaba a empañarle la vista.

—Qué bonito día para volar —comentó Harry, entrecerrando un poco más los ojos—. Si tan solo el viento soplara un poco más fuerte…

El vendaval que los había recibido aquella tarde incrementó aún más su intensidad. Docenas de túnicas ondearon salvajemente, como banderas de guerra. Las niñas desistieron enseguida de alisar sus ropas y se sentaron en la hierba, mientras que los chicos apretaron con más fuerza el mango de sus escobas. Harry estaba seguro de que, en sus mentes, eran ellos quienes se batían a duelo a diez metros de altura.

—Dame esa cosa antes de que te la quite por la fuerza —gritó Gerald, inclinándose hacia atrás para compensar el arrastre del viento—. Créeme, soy más que capaz.

—Inténtalo…—replicó Malfoy, con el aire soplándole en la boca—. Inténtalo si te atreves.

Malfoy había cogido la Recordadora (una pequeña esfera de vidrio que se volvía roja si su dueño olvidaba algo) de Neville Longbottom, un gordito de Gryffindor que había resbalado de su escoba a los pocos minutos de comenzar la clase. Su caída le había valido una visita a la enfermería junto a la señora Hooch, quien lo había acompañado para vigilar que no se desmallara en el camino. ¡Menuda primera clase estaban teniendo!

«El viento los está arrastrando hacia arriba», advirtió Harry. «Y ninguno de los dos parece darse cuenta. ¿Es culpa del Sol o están tan concentrados en amenazarse que han dejado de prestarle atención a su entorno?»

Harry miró en dirección al castillo. Cualquiera fuera la razón, esperaba que continuaran en ese estado: McGonagall acababa de salir del castillo y avanzaba con calma hacia la lechucería, no tardaría en percatarse de la pelea.

—Esta es tu última oportunidad —exclamó Gerald—. No quiero humillarte delante de toda tu Casa, pero lo haré si fuerzas mi mano.

—Qué considerado de tu parte. Dime, ¿creas tus propias líneas o tienes un equipo de escritores?

—Tú lo pediste, Malfoy.

Gerald salió disparado como una flecha. Volaba con una técnica mucho mejor que la de Malfoy, y este también debió notarlo porque de inmediato huyó como una ardilla asustada, describiendo elaborados zigzags y giros condenadamente cerrados. El rubiecito tenía talento, eso era innegable, pero su experiencia de vuelo se limitaba al campo de quidditch, y el quidditch no te preparaba para escapar de otro mago. En cuestión de segundos, la distancia entre ellos se redujo a unos pocos metros, momento que Gerald aprovechó para extender el brazo y gritar: «¡Arriba!».

La escoba de Malfoy pegó una sacudida rebelde y quedó estática en el aire, casi derribando a su jinete en el proceso.

Una ola irregular de grititos recorrió toda la clase.

—Desde esa altura creo que uno sí se puede romper la cabeza.

—Hay que detenerlos. La señora Hooch nos prohibió volar —murmuraba una niña nacida de muggles—. Nos pueden quitar hasta doscientos puntos por no dar aviso a un profesor.

—Pronto, ¿alguien se sabe el encantamiento amortiguador? —preguntó un Gryffindor.

—¿Realmente nos pueden quitar puntos por esto? —preguntó un Slytherin.

—Dudo que lo hagan. Justificar la muerte de un estudiante se convertiría en su prioridad.

—Si se mueren los dos, ahí sí que no nos quitan puntos.

El viento volvió a soplar de forma horrible. La escoba de Gerald fue arrastrada hacia un lado y Malfoy pudo alejarse de su interferencia. No se podía distinguir sus facciones, estaba demasiado alto, pero su postura delataba el enorme miedo que debía sentir; su postura, y la milagrosa velocidad que estaba logrando exprimir de su vieja escoba. La distancia entre él y Gerald se incrementó rápidamente hasta alcanzar los cinco, diez, veinte metros… y entonces algo brilló como fuego en la mano de Malfoy.

De golpe, todo cobró sentido. Harry infló el pecho, listo para soltar el mayor grito de su vida.

Malfoy haló del mango de su escoba y voló bruscamente hacia arriba y hacia atrás, como una cometa con el hilo roto. En lugar de perseguirlo, Gerald derrapó en el aire al mismo estilo que un motociclista, y se preparó para interceptar a Malfoy en cuanto completara su medio rizo. Por fortuna, Malfoy había apostado por una maniobra mucho más osada, o quizá más estúpida. Casi al final de su giro, cuando la punta de su escoba estuvo apuntando al suelo, abortó el medio rizo y empezó a caer en picado.

—¡Atrápala! —gritó Malfoy, arrojando la Recordadora al suelo.

La magia de la velocidad relativa convirtió la pequeña esfera en un borrón apenas visible. Esa cosa estaba destinada a romperse, no podía ser de otra forma, ni siquiera la hierba alta sería capaz de amortiguar el impacto... y entonces los dedos de Gerald se cerraron en torno a la pequeña esfera.

Más de treinta chicas gritaron en una sola voz. Harry titubeó por un instante, pero también gritó. Alto y agudo, al igual que Nott y Zabini.

Se miraron entre ellos. ¿Acaso los tres habían pensado lo mismo?

—¡GERALD POTTER!

Harry volvió su vista al campo. Gerald se encontraba flotando al final de una larga franja de hierba aplastada, su cuerpo envuelto por una débil aura blanca. Había logrado enderezar su escoba, seguro, pero lo había hecho demasiado cercad del suelo. Y McGonagall lo había visto todo.

La indignación en los ojos de la subdirectora era tan intensa que los niños de ambas Casas se apartaban de su camino. Era una escena de lo más fascinante. Harry nunca había visto a su hermano ser regañado. Jamás. Y la impotencia en las voces de los Gryffindor que intentaban defenderlo no hacía más que alimentar el drama.

—Así es como logras expulsar a un estudiante —susurró Malfoy, de pie unos pasos a su derecha. Intentaba sonar confiado, pero no podía ocultar el cansancio en sus jadeos—. Es lo que tiene ser más listo que tus adversarios. Espero que hayas tomado nota.

Harry sonrió débilmente.

Gerald por fin llegó ante McGonagall. La mitad de las cerdas de su escoba estaban quebradas, y en su mano derecha no solo llevaba la Recordadora, sino también un manojo de briznas de pasto.

—Profesora, verá… —balbuceó Gerald.

—¿En qué estabas pensando? —McGonagall hizo oídos sordos a sus excusas—¡Te has podido romper el cuello!

—Profesora, fue culpa de Malfoy…

—Sí, Gerald solo intentaba recuperar…

—Silencio, Parvati. Gerald Potter, vienes conmigo.

Mientras pasaba por delante del grupo de Slytherins, Malfoy alzó una mano y se despidió de él, como deseándole buen viaje. El gesto fue muy breve y la subdirectora no lo notó, pero Gerald sí que lo hizo. Sus cejas se fruncieron debajo de su cicatriz de rayo, y formó con los labios una palabra muda: «Arriba».

La escoba de Malfoy se estremeció furiosamente. De inmediato la sonrisa del rubio se desvaneció.

—Se contuvo al perseguirte —dijo Harry, cuando McGonagall y su hermano estuvieron fuera de vista.

—Sí, ya me di cuenta.

—Y por mucho.

—Dije que ya me di cuenta —refunfuñó—. No importa. Lo van a expulsar.

Harry negó con la cabeza, alejándose. Gerald no iba a ser expulsado, era demasiado cercano al Director. Pero quizá esto consiguiera aplacar un poco los aires de altanería de su grupito de amigos, Ron Weasley y los otros dos estaban siendo francamente insoportables. Por lo menos Malfoy tenía razón en algo: había sido más listo que Gerald.

Cinco minutos después regresó la señora Hooch, y con ella el resto de la lección de vuelo. Esa tarde aprendieron a invocar una escoba, a mantener el equilibrio y la relación entre la fuerza de agarre y el radio de giro; y ya cerca al atardecer obtuvieron permiso para volar por cuenta propia. Permiso que fue revocado de inmediato cuando media docena de estudiantes intentó realizar las volteretas que habían visto en Gerald y Malfoy. La charla de veinte minutos de «Salud y Seguridad encima de una Escoba» que siguió fue en extremo aburrida, pero Harry la agradeció. Era malísimo volando, casi al mismo nivel que muchos nacidos de muggles… bueno, excepto por cierta chica de cabello espeso. Ella era peor.

Su buena (¿mala?) impresión de Malfoy volvió a mejorar durante la cena.

Cuando se corrió la voz de que Gerald no solo no fue expulsado, sino que había sido elegido como buscador para el equipo de quidditch, Malfoy se puso de pie y fue a retarlo a un duelo a medianoche.

Gerald aceptó, por supuesto, no podía ser de otra forma delante de sus amigos.

—¿Y entonces realmente no iras? —preguntó Harry, viendo a Draco, que ya había vuelto a la mesa, envolver trozos de pollo frito en una servilleta.

—Somos Slytherins. Atacamos desde las sombras, sin dejar rastro ni testigos. Solo un estúpido aceptaría un duelo luego del toque de queda —envolvió también un trozo de carne asada—. ¿Qué creen que prefiera la gata de Filch?

—Pescado frito —dijo Nott—. Pero eso solo lo sirven cuando es temporada. Con lo que tienes es suficiente.

Malfoy asintió, poniéndose de pie.

Las palabras escaparon de los labios de Harry antes de que tuviera tiempo de pensar:

—Me sé el encantamiento potenciador de olores —dijo—. Te acompaño.

Esa noche tomaron un desvío de camino a las mazmorras y escondieron pequeños trozos de comida detrás de las vitrinas del salón de trofeos. Fue la primera vez que Harry hizo algo propio de un Slytherin, y horas más tarde, ya acostado en su cama, tuvo que admitir para sí mismo que la sensación no había resultado del todo desagradable.

No obstante, a la mañana siguiente, tanto Draco como él supieron del fracaso de su pequeña treta. Gerald no lucía como alguien que hubiera sido atrapado por Filch. Se veía feliz, haciendo gala de su Nimbus 2000 durante el desayuno.

Draco fue a su encuentro una vez más.

—Eres un cobarde Malfoy —dijo Gerald—. No te presentaste al duelo.

El reclamo le valió una carcajada de parte de Draco.

—Solo un Gryffindor reprocharía a otros por no mostrar valentía. Bueno, pues si tú me acusas de cobarde, yo te acuso a ti de imbécil —rio una vez más—. Pero para que veas que no te tengo miedo, podemos enfrentarnos ahora mismo. Venga, vamos al patio.

Harry sonrió desde su asiento. Las clases estaban a punto de comenzar. Encantamientos para Gryffindor, hora libre para Slytherin. Si Gerald caía en otra trampa, sí que sería un idiota.

Gerald no fue un idiota.

—No —dijo, alzando la voz para que todos lo oyeran—. Vamos a arreglarlo aquí y ahora.

Harry se alarmó y volteó a ver la mesa de profesores. Vacía. Todos debían estar preparando sus clases.

Crabbe y Goyle corrieron a situarse a ambos lados de Malfoy, listos para abalanzarse a la lucha. Pero a pesar de lo enormes que eran para ser niños de once años, detrás de Gerald se alzaban Ron Weasley, Seamus Finnigan y Dean Thomas. Tres contra cuatro.

—¿Quién será tu segundo? —preguntó Malfoy, dándose cuenta de su desventaja—¿Quién de ellos es el menos inútil?

Gerald se giró para escoger entre sus amigos, momento que Malfoy aprovechó para sacar su varita e intentar acabar todo de un solo golpe. Considerando su situación, era un buen plan. Cuando este incidente circulara por la escuela se daría mucha más relevancia al resultado que al método. Pero desde el momento en que la varita de Malfoy salió de su funda, Harry supo que había perdido.

En números, Malfoy estaba en desventaja por un hombre. Pero en un duelo uno contra uno, la experiencia de su hermano lo superaba en cuarenta veces. Para cuando Malfoy terminaba de pronunciar la última silaba de su hechizo en latín, Gerald había sacado su varita, apuntado y lanzado un maleficio desconocido, todo en un solo movimiento.

Malfoy fue arrojado hacia atrás como un muñeco de trapo.

Crabbe y Goyle se unieron a la refriega. Sabían tanto de hechizos como de cirugía cerebral, pero aquello no les supuso demasiada desventaja. Sus puños eran sus mejores armas y, en el combate cuerpo a cuerpo, Gerald era solo un niño más.

El comedor enloqueció. Los gemelos Weasley empezaron a organizar apuestas, las chicas gritaban escandalizadas y la única profesora a la vista, una mujer greñuda que enseñaba Adivinación, intentaba regañarlos a susurros desde el otro extremo del Gran Comedor.

Todos, obviamente, fueron castigados.

Harry fue a la enfermería al final del día. Cuando apartó las cortinas de la única cama en uso, la visión del rostro verde amarillento de Malfoy le arrancó una buena carcajada.

—Te alegrará saber… —dijo Harry, jalando una silla—…que Gerald fue castigado con diez puntos menos y enviado a limpiar los baños de hombres junto a Ron Weasley y los otros dos que no recuerdo sus nombres.

Tomó asiento y continuó:

—Debido a que las reglas prohíben la magia fuera del salón de clases, pero curiosamente no los puñetazos, Crabbe y Goyle escaparon con solo cinco puntos menos cada uno.

Malfoy le dirigió una mirada llena de odio.

—¿Viniste a burlarte, Potter?

—Sí, y a traerte algo para que se te quite el mal sabor de las pociones. Pero si no quieres, me voy.

Malfoy dedicó una buena cantidad de tiempo a saborear cada bombón de menta, tratando de prolongar al máximo su sabor.

—Potter, ¿somos amigos?

—No. Yo diría más bien conocidos.

«Y nada más», concluyó en su mente. «Preferiría morir a caer al mismo nivel que Crabbe y Goyle.»

—Necesito que hagas algo por mí.

Se hizo el silencio. Por medio minuto simplemente se vigilaron el uno al otro.

Un mes no era un tiempo particularmente largo, pero en las mazmorras era más que suficiente para aprender el valor de la prudencia.

—¿Algo contra las reglas?

—Quizá.

—Me niego —respondió Harry, tajante—. Solo soy un conocido, pídeselo a uno de tus esbirros.

—Puedo darte cosas a cambio. Dinero…

—No me hace falta dinero.

—Entonces te puedo pagar con otro favor.

Malfoy parecía ansioso, desesperado en realidad. A Harry le recordó un poco a sí mismo la noche de su clasificación. Empezaba a tener curiosidad.

—Mi respuesta sigue siendo no. Pero, suponiendo que aceptara, ¿qué querrías que hiciera?

—He visto que usas unas hojas que copian el contenido de los libros. Los usas para los informes de Flitwick. Necesito que me vendas esas hojas.

Harry abrió los ojos, sorprendido. Apenas había utilizado las hojas calca tres veces, y nunca en la sala común. No sabía cómo demonios Malfoy se había enterado de ellas.

—¿Para qué?

—Para lo mismo que tú: Apresurar las tareas, tener más tiempo libre… ese tipo de cosas.

—Entonces con gusto te las podría prestar, siempre y cuando pueda ver los libros que copias.

Harry esperó en silencio. Otro de los valores que se aprendían en las mazmorras, la paciencia.

—Bien, Potter. Tú ganas —Malfoy se incorporó, adoptando una postura semi sentada—. Como debes saber, soy el heredero de la Casa Malfoy. Pero supongo que no sabes lo que eso significa.

—¿Oro, alcohol y mujeres? —bromeó Harry, recordando las conversaciones de Lupin con su padre. Ambos niños rieron—Lo siento, por favor continúa.

—Significa el control del Mundo Mágico. Puede que no me creas, pero mi padre controla todo lo que ocurre dentro del Ministerio. Qué leyes se consideran, cuales se censuran, cuales se aceptan, cuales se derogan...

—Me parece que tienes fiebre.

—Solo existe una espina en el costado de mi padre. Alguien que tiene la misma influencia que él, y la usa para oponérsele: Dumbledore.

Harry había visto muchas veces el efecto que provocaba pronunciar el nombre de El-que-no-debe-ser-nombrado. Lo que no sabía es que alguien pudiera pronunciar el nombre de Dumbledore con el mismo repelús.

—Estás alucinando, Malfoy. Pero continúa.

—Dumbledore es viejo. No resistirá muchas décadas más, ciertamente estaré presente durante su funeral. Pero eso no me tranquiliza —Malfoy interrumpió su discurso para tomar un poco de agua—. Si Dumbledore es la espina de mi padre, entonces tu hermano será mi espina. A menos que haga algo para evitarlo.

—Esta conversación se está volviendo demasiado oscura para mi gusto, si me disculpas…

—No seas estúpido, no voy a matarlo. Solo quiero ser capaz de enfrentarme a él. Tu hermano no es tan pacifista como el viejo y prefiere los hechizos a las palabras.

—¿Y lo lograrás con unas cuantas hojas calca?

—¿Así se llaman? No importa. Conozco alumnos de sexto y séptimo que tienen acceso a la sección prohibida. Hay libros ahí con hechizos que pueden ser aprendidos incluso por los de primer año, pero que no se enseñan debido a su supuesta peligrosidad. Mis contactos no se arriesgarán a prestarme esos libros por más de un día. Para eso necesito las hojas.

Harry miró a su alrededor. Sería terrible si alguien los estuviera escuchando.

—Así que te vuelves un poderoso mago oscuro. No veo que obtendría yo de todo eso.

—Oro, alcohol… y mujeres, si eso es lo que quieres —respondió Malfoy, pero esta vez no hubo risas—. Puede que no lo sepas, pero tu padre es regente de la Casa Black, y eso…

—¡Por supuesto que lo sé! —justo después de decir eso, Harry se mordió la lengua. Había perdido el control por un momento—. También sé que mi padre nunca recomendaría un Slytherin.

Malfoy sonrió, adivinando cosas.

—Existen formas de conseguir esa herencia sin la recomendación de tu padre. En un duelo contra tu hermano luego de cumplir dieciséis, por ejemplo.

—¿En serio crees que puedo vencer a Gerald? —preguntó Harry, señalando con el mentón lo que Gerald le había hecho a su cara.

—¿Eres un Slytherin o no? No necesitas ganar contra él. Solo darle una pelea decente. Lo suficiente como para que otras familias nobles puedan alegar que es injusto que dos Casas se fusionen en una. Después puedes revelar (inventar) uno que otro rumor sobre tu hermano y volver la opinión pública en su contra. Es posible. Tendrás el mismo acceso que yo a los libros que pueda obtener y…

Harry suspiró. Malfoy no eran muy diferente a él a la hora de hacer planes, él mismo había considerado seriamente ir por el camino oscuro. Sin embargo, mientras que él había descartado esa idea y otras similares durante un mes, Malfoy apenas llevaba maquinando un par de horas.

—Sin ofender Malfoy, pero dudo que puedas convencer al público de que yo merezco la herencia Black luego de que utilice magia oscura en un duelo contra mi propia sangre. Ya es tarde, me voy a dormir.

Malfoy no parecía tener más argumentos. Y si los tenía, no quería escucharlos. Harry se levantó y caminó tranquilamente hacia la salida. Pero como siempre hacía cuando quería estar sólo con sus pensamientos, tomó una ruta diferente hacia las mazmorras.

Poco a poco fue dejando atrás los pasillos más concurridos, adentrándose en aquellos cuyas paredes estaban cubiertas de pinturas de bodegones en lugar de retratos de magos famosos. Pronto dejaron de verse ventanas. Se encontraba por debajo del nivel del suelo. E inconscientemente sus dedos empezaron a recorrer las paredes, rozando la piedra debajo de las lámparas de pared y las armaduras oxidadas.

—Aquí hay otra.

Se había vuelto a topar con un bajo relieve de una pequeña serpiente.

—Lengua de serpiente —susurró la primera contraseña de su Sala Común, luego intentó otras, pero ninguna puerta apareció.

Harry agitó la cabeza. Cada vez que se encontraba con una de estas figuras, sentía el fuerte impulso de decir esa contraseña.

Suspiró y siguió su camino.

Podía entender los deseos de Malfoy de no ser inferior a su futuro enemigo. Sin embargo, no estaba lo suficientemente loco como para enfrentarse a Gerald. No ahora, ni mucho menos en cinco años cuando hubieran aprendido magia realmente letal.

Además, todavía no renunciaba a volver a ganarse el favor de su padre.

«¿Todavía?»

Agitó la cabeza. Solo necesitaba un acto heroico. Algo que tuviera escrito por todas partes «Valor y Caballerosidad». Entonces podría ser considerado por su padre como un medio Gryffindor.

Solo debía esperar.


P.D.: Se agradecen tremendamente las reviews.