Disclaimer: Nada es mío. Esto se hace sin ánimo de lucro.
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El punto ciego
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Capítulo 11: Conversaciones
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Shikamaru estaba en el porche del jardín, viendo cómo Temari y Shikadai combatían. Shikadai estaba algo nervioso ante la imponente figura de su madre. Shikamaru le hizo una señal con un pulgar levantado.
―¡Ánimo, hijo, lo harás muy bien!
Temari sonreía tranquila.
―¡Atácame con todas tus fuerzas!
Shikadai le lanzó unos kunais con la pericia de un principiante, Temari los esquivó sin problema.
Shikadai estaba inseguro sobre qué hacer a continuación. Su padre le ayudó.
―¡Prueba a inmovilizarla!
Shikadai hizo los sellos y consiguió formar un espaguetillo negro de sombra que lanzó hacia su madre, pero ni siquiera llegó cerca. Shikamaru sonrió, nada mal para tener 5 años.
―¡Ánimo, sigue!
Shikadai tragó saliva y decidió optar por el taijutsu.
Lanzó tres patadas encadenadas a su madre, que se defendió sin problemas.
Shikadai se estaba empezando a desmoralizar. Temari le animó.
―¡Vamos hijo! Sigue atacando, no te rindas.
Shikamaru sonrió a su mujer. Le encantaba verla así, tan fuerte, tan poderosa.
Shikadai hizo acopio de valor y continuó golpeando. Temari aguataba todos sus ataques sin problemas. El niño intentó alcanzarla con su sombra un par de veces más, pero aún no tenía la habilidad suficiente.
Shikadai se estaba empezando a agotar, era evidente. Shikamaru estaba orgulloso de él, pero al fin y al cabo era sólo un niño pequeño. Pronto tendría que terminar el combate. Afortunadamente, Shikadai demostró que era consciente de sus habilidades.
―Mamá, yo… creo que ya no puedo más… No voy a poder vencerte y estoy agotado… Creo que me rindo.
Shikamaru sonrió, complacido de que su hijo no tomara riesgos innecesarios. Le iba a felicitar cuando oyó la risa de Temari.
―¡Jajajajajajajaja! ¿Rendirte? ¿Ya? ―Temari se partía de risa. Algo en la actitud de su hijo le parecía extremadamente gracioso. No dejaba de señalar a su hijo y luego a su marido. ―¡Se rinde ya! ¡Se rinde! ¡Jajajajajajajajajajajaja!
Y se metió en la casa aun riéndose, dejando a Shikadai con el labio tembloroso y a Shikamaru con el ceño fruncido.
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Shikamaru también soñaba. Soñaba siempre lo mismo.
Estaba en su casa, en su habitación de adolescente. Se estaba terminando de vestir. Llegaba tarde. Desde abajo, al final de las escaleras, sus amigos y familia le llamaban. Oía la risa de Choji, Ino le reclamaba alegremente. Todos le esperaban. Iban a celebrar algo. Shikamaru estaba muy feliz, y se daba prisa en ponerse las botas. Eran las botas de su padre, y le gustaban mucho.
Cuando estaba listo, bajaba rápidamente las escaleras. Mientras bajaba, se tropezaba. No se lo esperaba, las botas le habían parecido muy estables. Se caía por las escaleras. Cuando ponía sus manos para frenar la caída, se rompía ambas muñecas. El dolor era insoportable. Su cara daba contra los escalones, y notaba cómo se rompía la nariz, los dientes, los labios. Se rompía todo su ser, poco a poco, golpe a dolpe, inundándose de un dolor espantoso. Seguía bajando, eternamente, mucho más abajo del nivel del suelo, rompiéndose todo lo que apoyaba contra el suelo, sintiendo la sorpresa por haberse caído y el dolor de todos sus huesos rotos, sin llegar jamás al final de las escaleras.
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Como un regalo maravilloso e inesperado, Naruto se había presentado a cenar en su casa. Hinata y él conversaban felizmente, aprovechando esos momentos juntos.
―De verdad, Hinata-chan, no sabes cuánto tiempo llevo preparando esta reunión. Renovar los tratados con la Nube es indispensable, y puede darnos una ventaja táctica muy importante.
Hinata se reía para sus adentros, henchida de orgullo. Su marido hablaba como todo un jefe de operaciones.
―Tras dos años de esfuerzos creo que por fin podremos conseguir un tratado más ventajoso y…
Hinata sonreía y asentía, sin dejar relucir sus verdaderos sentimientos. Lo cierto es que no le gustaba la Aldea Oculta de la Nube, por razones obvias.
Por la codicia de unos pocos, ella había sido secuestrada, viviendo unos momentos terribles en su infancia que durante muchos años le provocarían ansiedad y terrores nocturnos. Para salvarla, su padre había matado a un hombre delante de ella. Para evitar una guerra, su tío había tenido que morir. Tras ello, su padre se había obsesionado con ser más fuerte para evitar más muertes, lo que se tradujo en una infancia convertida en un entrenamiento férreo y sin consuelo. Neji había sufrido muchos años por la codicia de la Nube, y ella casi muere a golpes, de forma pública, a manos de quien debería protegerla, gracias a ese sufrimiento. Para colmo, la desaparición de su madre no había ayudado. Dentro de los muros del clan siempre se había sugerido que la Nube se la había llevado para acabar el trabajo, aunque nunca se pudo demostrar.
Mucha muerte y sufrimiento para unos pocos, por la codicia de gente que vivía a cientos de kilómetros de ellos.
Por supuesto, y tras la guerra, todos eran amigos pero… Hay cosas que cuesta olvidar…
Naruto seguía hablando, muy animado, de ese tratado. El Kage en persona vendría con un séquito, y habría una semana de celebraciones, donde se harían actividades culturales del país del Rayo. La reunión con los embajadores de las otras naciones era quizás la parte más importante, pero Naruto confiaba en que todos se comportaran como buenos colegas.
Para Naruto, su trabajo se había convertido en lo más importante. ¿Y cómo no? Daba igual el tiempo que pasara, las batallas que ganara. En su corazón era diferente.
Para sí mismo, Naruto seguía siendo ese muchachito huérfano al que todos miraban como un monstruo. Él se sentía todos los días como ese niño solitario que sólo quería esar con otros, y al que los lugareños insultaban y evitaban. Por eso, cuando la gente le felicitaba y le reconocía, él se sentía como un impostor. Cuando la gente le mostraba su cariño, él sentía que no lo merecía, que no era más que un monstruo, como si esa fuera una línea de código grabada en piedra en la base de su alma.
A veces, cuando había terminado de trabajar, se quedaba mirando la puerta de la torre del Hokage. En su casa, le esperaban su maravillosa esposa y sus preciosos hijos. Pero él no se los merecía.
Él sabía que no se los merecía.
Una princesa había decidido unir su vida a la suya. Una princesa maravillosa, una mujer extraordinaria, había querido unir su vida a un monstruo solitario que no tenía nada que ofrecerle, y le había dado dos hijos, que para siempre serían los hijos del mosntruo.
No podía ir a casa, donde ellos le esperaban. ¿Qué les iba a decir? ¿Qué esperaban de él? Él no tenía nada que ofrecerles, nunca lo había tenido. Miraba a esos 3 pares de ojos y él sabía que al que miraban con ese amor no podía ser a él, porque así no se mira a un monstruo.
Estaba claro que su esposa y sus hijos tenían una idea de él, que no era como Naruto se sentía. Por eso a veces prefería dormir en el frío sofá del despacho que volver a su casa, porque, al fin y al cabo, los monstruos no se merecen tantas comodidades.
¿Qué sabían los monstruos de ser padres? ¿Qué sabían de ser esposos? Él nunca tuvo padre, ni madre. No supo jamás cómo se tratan dentro del hogar, porque nunca pudo ver uno desde dentro. Sólo sabía que los padres trabajan mucho y que las madres cuidan la casa. No sabía nada de cómo criar a un hijo, más allá de aparecer cuando el niño tenía 16 años y dar tres o cuatro consejos vitales.
Por eso, a veces tenía que volver a pasar un rato con Sakura y Sasuke, para intentar volver a eso que sí sabía hacer, formar parte del equipo 7, como cuando tenía 12 años, como cuando las cosas eran sencillas y él creía que se podría comer el mundo, que todo se arreglaría si lo deseaba con suficiente fuerza. Con Sakura y Sasuke podía ser el tontorrón de siempre, no tenía que ser cosas que no sabía cómo ser. No tenía que ser padre, no tenía que ser marido. Y Sasuke… Se había pasado tanto tiempo de su vida persiguiendo a Sasuke… Él sentía que debía ser así. Ese criminal renegado había sido siempre su mejor amigo, en sus peores y en sus mejores momentos. Siempre, así debía ser.
Porque en el fondo, eran iguales.
Cuando Boruto le miraba, él no podía evitar sentirse incómodo, porque no se sentía merecedor de esa mirada, no sabía cómo responder. Sólo sabía que no se merecía tanto amor, tanto cariño, tanta admiración. No sabía cómo manejarlo.
Sin embargo, se sentirían orgullosos de él cuando fuera Hokage.
Si, los Hokages sí se merecen una casa bonita y una familia amorosa.
Así que Naruto trabajaba y trabajaba, y echaba horas y horas, y ponía el trabajo por delante de todo. Como había hecho su padre (Porque eso hacían los padres). Se encerraba realizando todo ese papeleo odioso, estresado, angustiado, intentando llenar las expectativas que sentía que otros tenían de él. Intentando ser igual que su padre. Intentando ser otra persona.
Algún día sería Hokage, y entonces se merecería que le quisieran.
Entonces, podría corresponder su amor plenamente.
Entonces, sería feliz.
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Esa noche, en una cocina hogareña, marido y mujer cenaban y conversaban. Hablaban y hablaban, y, como siempre, ocultaban al otro el contenido de su corazón.
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Shikamaru estaba tomando una cerveza con su mejor amigo, como hacía cada vez que podía. Choji llevaba la voz cantante, hablando y hablando del que, contra todo pronóstico, había resultado ser su tema favorito.
―Y deberías ver a mi ChoCho-chan, lo lista que es. El otro día agrandó su mano con una facilidad pasmosa. ¡Y es muy fuerte, mi ChoCho-chan! Muy pronto estará lista para los entrenamientos en trío, y entonces ya lo verás. ―Suspiró, sonriendo―Estoy muy orgulloso de ella.
Shikamaru sonrió, muy feliz por su amigo.
Choji seguía hablando. Ya había terminado su cerveza, aunque la de Shikamaru estaba intacta.
―Y mi Karui, cómo la quiere. Es una madre estupenda. Siempre se preocupa de que esté bien, de que esté feliz, de que esté sana…
Shikamaru interrumpió a su amigo con una pregunta que le salió del alma
―Estás realmente contento de haberte casado con Karui, ¿Verdad?
―¡Pues claro! ¡Karui es lo mejor que me ha pasado en la vida! ¡Mira la familia tan maravillosa que me ha dado!
La sonrisa de Shikamaru era sincera, sus palabras también.
―No sabes lo mucho que me alegro, amigo. Me alegro de verdad. Ojalá esa felicidad te dure para siempre.
Choji sonrió, pero no hubiera sido el mejor amigo de Shikamaru si no hubiese notado que algo pasaba, que algo se ocultaba tras esas palabras.
Desde que era jefe de la sección de inteligencia, todo en la vida de su amigo eran secretos. Choji sabía que era inútil preguntar, que sólo debía tener paciencia, que si era algo importante Shikamaru acabaría confiando en él, acabaría contándoselo, como siempre. Mientras tanto, él sólo podía estar a su lado, como siempre.
Suspiró, intentaría animar a su amigo.
―Shikamaru, ¿te acuerdas de cuando éramos unos chavales y no éramos más que un gordito y un vago?
Shikamaru rió, encantado con el recuerdo
―¿Éramos? ¿Cómo que éramos? ¿Es que no lo somos todavía? ¡Habla por ti, capullo!
Ambos rieron con el chiste
―Joder, la adolescencia sí que fue dura. A mí me gustaban todas y no se me acercaba ninguna, estaba súper acomplejado. ¡Hasta un día le robé los sobres de batido de dieta a Ino!
―¡Eh! ¡No jodas! ¿Fuiste tú? ¡Ino estuvo cabreadísima 15 días!
Los dos hombres reían ya a carcajadas
―¡Si! ¡Fui yo! Pero fue una pérdida de tiempo porque había que tomar un sobre al día y yo me los tomé todos en una tarde
A Shikamaru se le iban a saltar las lágrimas de la risa de imaginarse a su amigo así, tragando un batido tras otro para adelgazar.
Choji también reía
―Y además, tú no me lo ponías más fácil
―¿Yo? ¿Qué hice yo?
―¡Tío, no me jodas! Tú estabas todo el rato rodeado de chicas, eras un puto imán. Lo peor es que ni siquiera les hacías caso. No te interesaban, eran muy problemáticas. Se te ponían en bandeja y tú… ¡Nada!
―Bueno, tanto como nada…―Shikamaru rió
―Joder, macho, no lo empeores.
Ambos amigos rieron hasta que su risa desapareció con un aire nostálgico. Se quedaron mirando sus vasos. Uno vacío, el otro aún lleno. Choji fue el primero en hablar.
―Cómo han cambiado las cosas, ¿Eh…? Míranos, aquí, dos padres de familia respetables. Tantas dudas y tantos miedos, y al final… Somos felices. Gracias a los dioses, yo tengo a Karui y tú tienes a Temari.
Su amigo tenía una sonrisa gentil y sincera en los labios, pero Shikamaru no pudo verla. No pudo despegar los ojos de los restos apagados de la espuma de su cerveza cuando contestó.
―Sí, yo tengo a Temari.
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Al siguiente desayuno de mamis trabajadoras se unió alguien inesperado: Karui. Como embajadora de la Nube estaba organizando el evento cultural, y para ello Ino le estaba ayudando.
Hinata se sintió intimidada al instante por esa ninja tan fuerte y directa que las miraba en silencio mientras hablaban, pero como comprobó rápidamente no era la única.
―… Y estamos muy contentos, el ala de pediatría comenzará a construirse la semana que viene, y nos han dicho que va a contar con todos los avances. ¡Hasta habrá instalación de gases médicos!
―¿Gas? ¿Para qué necesita un niño gas?
Sakura se quedó azorada, Karui lo había dicho de una forma tan directa, casi como si fuera una tontería… Menos mal que Ino ya la conocía bien.
―Karui, los gases médicos son importantes para las anestesias y los problemas respiratorios.
―Ah, ya entiendo.
Con esa pequeña explicación todo había quedado zanjado.
―Y dinos, Karui, ¿cómo va a ser esa semana cultural de la nube?
―Pues vendrán artistas de diferentes disciplinas. Haremos exposiciones, representaciones y conciertos. También montaremos un puesto de comida… Y a ese tenéis que venir temprano, ¿si? Porque si no mi Choji se lo comerá todo.
―Si… si…
Todas asintieron intentando pasar por alto lo de "Mi Choji"
En ese momento Tenten susurró algo a Hinata
―Hinata-chan, ¿me pasas el azúcar por favor?
Cuando Hinata estaba alzando la azucarera, Karui las interrumpió incrédula.
―¿Chan? ¿Te llaman Hinata-chan? ¿Es que acaso eres una niña y no una mujer adulta?
Tanto Hinata como Tenten enrojecieron, sin saber qué decir. Ino llegó al rescate.
―Karui, querida, sólo es una expresión de cariño…
―¿Y es cariño convertirla en una niña pequeña?
Tenten estaba avergonzada, Hinata le tomó de la mano para consolarla, para decirle que no hiciera caso, que no se preocupaba. Ino era la única relajada.
―Mujer, no es con esa intención…. Pero tienes razón, Hinata ya no tiene nada de "chan".
Tenten le susurró algo a Hinata
―Es verdad, tú no eres Hinata-chan. Tú eres… Hinata-sama
Y le guiñó un ojo.
Ambas sonrieron recordando a Neji.
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Ino e Hinata se dirigían a la torre del Hokage juntas. Karui se había tenido que desviar, se encontraría más tarde con Ino.
―Ino, ¿Puedo hacerte una pregunta?
―Tú sabes que ya me la has hecho, ¿verdad?
―Ah… Perdona…
―Mujer, no pasa nada. ¿Qué me quieres preguntar?
―Pues…―Hinata tomó fuerza―¿Karui-san es siempre así?
―¿Así, cómo?
―Pues… así, tan… Tan directa, tan inquisitiva…
―Ah… Si.
La respuesta de Ino fue tan rotunda que Hinata no supo qué más decir.
―La verdad es que al principio a mí también me intimidaba… es como si nada le gustara, ¿verdad? Cómo si nada le pareciese bien… Pero en realidad no es así… No sé. ―Ino se puso a recordar―Cuando a veces nos juntamos los tres para enseñarles a nuestros hijos que serán un equipo Ino-Shika-Cho, ella siempre se pone "¿Por qué hacemos esto?, ya no hace falta" ¡Uf! ¡Me pone negra! ―Ino meneó la cabeza con fuerza―Yo siempre le explico que son las tradiciones y tal. Pero, ¿sabes? También me he dado cuenta de que siempre viene. Siempre. Para ella sería muy fácil no ir, o no llevar a ChoCho. Pero siempre viene. Siempre está ahí dándole ánimos a todos, apoyando a Choji y a su hija. No se… Creo que es como el dicho, "Perro ladrador…". ―Ino miró a Hinata con amabilidad. ―Que no te confundan sus formas, ella tiene muy buen corazón, y está muy comprometida con Konoha. Choji incluso me ha dicho que es muy sentimental. ¿Te imaginas?
Ambas rieron, imaginándoselo.
Hinata tenía una pregunta más. ¿Por qué preguntó eso? ¿Por qué ahora pensaba en otra persona… y en lo que implicaba?
―¿Y Temari-san? ¿No viene nunca a desayunar?
Ino se puso un poco más seria
―Mmmm… La verdad es que no… Verás… Temari es otro tema.
Hinata miraba fijamente a Ino, quería saber más.
―Temari es una buena persona, y quiere mucho a Shikamaru pero…. No suele participar de los eventos con más gente. No sé, no sé si es que no se ha adaptado bien a Konoha o qué. Ella a veces se comporta como… como si no hubiera paz, como si hubiera que seguir preparándose para la guerra… Quizás es que no se ha adaptado a la paz.
Y así era. Mientras las dos compañeras caminaban hacia su puesto de trabajo, otra kunoichi estaba ya en el suyo, en la oficina de la embajada de la Arena, obligada a sonreír y saludar en tierra extraña.
Toda su vida Temari había sido educada y entrenada como lo que era, una kunoichi peligrosa y mortal. En su tierra, mucho más dura que Konoha, sólo el más fuerte sobrevivía, y la guerra era religión. La Arena rompía alianzas y las creaba de nuevo en una rueda de conflictos que creaba niños soldados duros como el acero de sus kunais.
Todos los días de su vida se había entrenado para ser la más fuerte, para no ceder ante el enemigo, para o ceder ante el dolor, para no ceder ante sus sentimientos, para no ceder ante nada. Todos los días de su vida había estado preparada, dispuesta para el conflicto. La mejor defensa era el ataque. El mejor ataque, más ataque.
Había sido educada por un padre sediento de sangre que no dudó en convertir a su hijo menor en un arma desquiciada del cuál ella había sido entrenada como guardiana. Y le pareció bien. Aunque la situación actual era mejor, en aquel momento ella no se rebeló, porque una kunoichi tiene que hacer lo que tiene que hacer. Si hay que matar se mata, si hay que odiar se odia, si no hay que sentir… no se siente.
El único honor del shinobi es morir en el campo de batalla. Sus vidas se consagran a la guerra.
Desde muy pequeña estaba acostumbrada a realizar estrategias constantemente, a conocer a alguien por primera vez y saber cuáles eran sus puntos débiles, cuál era la forma más eficiente de vencerle, de matarle.
Ahora, cada vez que conocía a alguien debía sonreírle, ser amable, e intentar discutir amablemente un trato que beneficiase a la arena, porque aunque viviese en Konoha, Temari era embajadora de la Arena, y Temari sabía cuál era su deber. La paz debía mantenerse.
Hubiera preferido zanjar el trato luchando, al fin y al cabo era lo que sabía hacer. Sin embargo, había tenido que aprender a marchas forzadas y, dioses, la diplomacia no le gustaba tanto ni mucho menos. Odiaba ceder.
Cuando llegaba a su casa, tenía que presenciar como su marido se volvía cada vez más blando y criaba a un hijo blandito como él, bondadoso y amable como el puto clima de Konoha. Un hijo que que prefería jugar coleccionar cromos y al que seguro que le tembaría la mano al matar a un hombre.
¿Qué podía enseñar una madre guerrera si no la guerra? ¿De qué servía todo lo que sabía si ahora sólo había paz?
Y para colmo, en sus cartas Kankuro no dejaba de insinuarle… Pero no, mejor no pensar en eso. Eso no estaba sobre la mesa. Ahora Konoha era su hogar, no haría nada que pusiera en peligro la paz.
Sola en su mesa en la embajada, Temari se permitía un suspiro triste, consciente de que sus habilidades ya no servían. Consciente de que se había quedado obsoleta. Consciente de que toda su identidad se había ido a la mierda el día en el que se firmó la paz. Sintiendo que poco a poco se alejaba de todos, se quedaba sola.
Ella sólo sabía hacer una cosa, sólo una cosa, que era la guerra.
Sólo sabía luchar. Sólo sabía pelear. El conflicto era su único hogar.
Ahora Temari se sentía como un kunai agarrando polvo en una estantería.
Sola, triste, en tierra extraña, obsoleta, sin un lugar propio en el que encajar, y sin poder realizar la función para la que fue creada.
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Un día, Hinata se sorpendió al ver que Shikamaru se le acercaba tras dejar a Boruto en la escuela. La estaba esperando.
―Taisa, ¿Está todo bien?
Shikamaru le hizo un gesto amigable, relajado
―Si, no te preocupes. Es simplemente que quería preguntarte algo y no es del trabajo así que…
―Ah, claro.
Hinata no supo qué más decir. Últimamente no hablaban más que en la oficina o en alguna misión, y la conversación no era siempre agradable. Esperó a ver qué pasaba. Shikamaru se encendió un cigarro y soltó el humo.
―No sé si lo sabes, pero Kinuko está de baja
―¿De baja? No, no lo sabía. ¿Se encuentra bien?
―Más o menos… parece que su embarazo es de riesgo… Y además con la pérdida de Taro…
Hinata bajó la mirada. Taro había sido una de las primeras personas que le dio la bienvenida a su empleo actual. Le recordaba tan alegre y lleno de vida…
―Pobre, debe estar pasándolo muy mal… Preguntaré si alguien sabe dónde vive… Quizás pueda ir a visitarla…
Shikamaru parecía un poco más animado
―Seguro que eso le encantaría
Se hizo el silencio
―Taisa, ¿Es eso lo que quería decirme?
―No me llames así, no estamos en el trabajo
―P-perdón, yo…
Shikamaru parecía hastiado
―Tampoco pidas perdón por todo
Más silencio
―Perdóname, Hinata. No quise ser brusco, es que… No tienes que pedir perdón. Tú no molestas, nunca.
Ella sonrió, relajada.
―Hinata, quería hablar contigo porque quiero hacerle un regalo a Kinuko, para el bebé, y quería saber si tú me puedes recomendar algún sitio donde comprar algo.
―¿Yo? Pero… Seguro que usted… que tú sabes de algún sitio, donde le compraste las cosas a Shikadai…
―A Shikadai se lo compramos todo en la tienda de mi tía abuela, pero cerró cuando se jubiló hace un par de años.
―Ah…―Hinata pensó un poco―A Hima-chan le compré muchas cosas en "Retoñitos", está en el distrito civil, en la calle del pozo. Tiene buenos precios y las cosas son de calidad.
―En la calle del pozo… Si, muchas gracias.
―Va a ser un detalle muy bonito, pero… Bueno… si quieres esperar un poco… Puedo hablar con Ino y organizarle una fiesta, un baby shower…
Shikamaru lanzó una carcajada amarga
―¿Si? ¿Y quién va a ir a la fiesta del bebé de un renegado?
Hinata se paró en seco en plena calle. Ese tema era algo muy sensible para ella, no en vano su mejor amigo era hijo de un missing nin. Kiba y su madre bromeaban mucho con que su padre se había asustado y huido, pero para él había sido muy duro criarse así, sin una respuesta. Con un padre que desaparece de un día para otro sin saber si es un abandono o qué. Sin saber si seguía vivo o muerto. Sin saber qué había pasado. ¿Podría ser que el padre de Kiba hubiera sido como Taro? Hinata había empezado a ver que Konoha vivía de secretos, que todo era una cosa y parecía otra, pero había cosas que ella no iba a permitir.
―¡Todos! ¡Iremos todos! ¡Kinuko y su hijo siempre, siempre, podrán contar con nosotros, con la sección de inteligencia!
Cuando Shikamaru miró a Hinata, sintió que su cinismo desaparecía poco a poco, y que una nueva luz esperanzadora se alojaba en su pecho, como una cálida llamita. Allí, parados en mitad de la calle, se permitió una sonrisa sincera
―En eso tienes razón, Hinata, ese niño y su madre siempre podrán contar con nosotros.
Cuando siguieron caminando, las palabras desbordaron el corazón de Shikamaru
―Gracias, Hinata, gracias por comprenderlo… por no dejar que el cinismo te pierda… Por seguir siendo amable pese a todo.
Se cerró la boca con una calada amarga al cigarro. Demasiado dulzor en un momento, ni siquiera sabía de dónde había salido eso… Ella sonreía, con una sonrisa que…
Ejem
Su dulce voz le sacó de sus pensamientos
―Gracias, Shikamaru, gracias a ti por darme esta oportunidad.
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Desde que se había echado a llorar en su casa, Kurenai estaba muy insistente en hablar con ella. Hinata la había evitado todo lo que había podido, pero Kurenai no cejaba en su empeño. Una tarde directamente se presentó en su casa.
―¡Hola querida! ¡Cuánto tiempo! ¿Puedo pasar? ¿Tomamos un té?
Hinata no tenía ganas de hablar, pero cuando miró a los ojos a su sensei supo que sólo era amor lo que hacía que se comportase así.
―Claro, sensei, pase. ¿No viene Mirai-chan?
―Mirai-chan está con su primo. Se han ido a practicar y luego al parque. He quedado aquí con él, así que ya ves, tenemos toda la tarde para hablar tranquilamente.
Kurenai había pensado en todo. Su alumna se resignó.
Hinata preparó té y sacó unas galletas. Boruto y Himawari jugaban en el jardín.
Ambas mujeres hablaron de los hijos, del trabajo, de viejos recuerdos… Al final Hinata no pudo evadir más el tema, Kurenai había pasado al ataque.
―Hinata, ¿Sabes por qué he venido? ¿Entiendes que me quedé muy preocupada la última vez?
―Kurenai-sensei yo… Es sólo que estaba muy cansada, no era nada, no tiene de qué preocuparse.
―A mí no me vengas con esas, Hinata. Te conozco como si fuera tu madre. Ya sé que siempre piensas que no te puedes quejar, pero eso no es verdad. Sé que algo te pasa.
―Pero sensei, si no es nada, de verdad, no es nada…
Hinata miraba a sus hijos, que jugaban felices en el jardín. Kurenai suspiró.
―Hinata, lo siento, por favor, perdóname. Sé que la última vez te fallé. Tú quisiste hablarme, contarme lo que te pasaba, y yo no te escuché. Pero eso no va a pasar otra vez, te lo aseguro. Quiero ayudarte.
Hinata ya no miraba a sus hijos, su mirada había bajado hasta su taza de té. Estaba triste, pero no hablaba. Al cabo de unos instantes, Kurenai habló con voz suave.
―¿Sabes? Al principio Asuma y yo teníamos lo que se dice una relación informal. Un rollete, vaya. Y fue poco a poco que comenzamos a construir una relación. Él, tan extrovertido, tenía problemas para hablar de cómo se sentía, para abrirse a otra persona.
Aquello parecía haber captado la atención de Hinata.
―Cuando por fin se empezó a abrir a mí, supe que nuestra relación estaba consolidada. Me sorprendió mucho ver que no todo era lo que parecía, que detrás de esa actitud segura y esa sonrisa se escondía mucho sufrimiento.
Ahora Hinata la miraba totalmente atenta.
―Había un tema del que le costaba hablar especialmente, y era de su padre. Con el tiempo, me di cuenta de lo mucho que había sufrido simplemente porque su padre era Hokage. El hecho de que su padre nunca tuviera tiempo para él, el hecho de tenerle compartido con una aldea entera… Él tardó mucho, mucho tiempo en perdonarle por eso. Le supuso una carga a él y a su familia de la cual le costaba mucho hablar porque cada vez que lo hacía, nadie entendía que se quejara de un hombre tan respetado y querido por todos.
Hinata se levantó de la silla como si quemara, dándole la espalda a Kurenai con la excusa de recoger su taza.
―No entiendo por qué me dice eso, Sensei.
―Hinata, Naruto no está nunca y tienes derecho a quejarte. Cuando una se casa no es para estar sola. Si estás sufriendo, dímelo. Por favor, habla conmigo, puedes hacerlo.
―¡De verdad no sé por qué dice eso! ¡Naruto nos quiere mucho!
―Y no digo lo contrario, Hinata. Está claro que Naruto os quiere muchísimo, y que tú le quieres a él, pero hay amores que matan. ―Kurenai dulcificó su tono―Yo sólo quiero ayudarte. Esto se puede llegar a poner feo, puede afectar a los niños en formas que ni imaginas y…
―Sensei….―Hinata se había girado hacia Kurenai, y era obvio que sus palabras habían dado en el clavo. Las manos de Hinata temblaban, su labio inferior también, como si estuviera agarrando fuerzas para hacer algo que le atemorizaba, que le avergonzaba. Como si ya no pudiese seguir conteniendo el torrente que se había formado en su interior. ―Sensei…
Kurenai supo que Hinata por fín iba a hablar, que iba a dar rienda suelta a todo su sufrimiento.
Se levantó de la mesa rauda y se acercó a su alumna para tomarle de las manos, para brindarle apoyo, para mostrarle que podía contar con ella.
Hinata tomaba fuerzas para hablar. No podía decirlo. Ella sólo había amado a Naruto, sólo a él, toda su vida, pero… No podía decirlo, quería pero no podía porque… porque en cuanto lo dijera, en cuanto esas palabras salieran de su boca, entonces serían verdad. Serían verdad. E Hinata no sabía si estaba lista para soportar la verdad…
―Sensei…
Pero justo en ese momento sonó el timbre y el momento se rompió.
Hinata soltó las manos de su sensei y corrió hacia la puerta, salvada por la campana. Kurenai ya sabía quién era y maldijo a su sobrino por ser tan puntual.
Konohamaru le saludó con una sonrisa. Iba de la mano de Mirai, que aunque parecía exhausta se fue corriendo al jardín para jugar con sus amigos.
―¡Hola Hinata! ¿Cómo estás? ¿Cómo está Naruto? ¿Sigue diciendo por ahí esa estupidez de que siempre estuvo solo y sin amigos?
Hinata le devolvió la sonrisa a Konohamaru y le invitó a pasar, pero no pasó por alto ese comentario. Estaba claro que su marido hacía sufrir a mucha gente que le quería.
En su interior, inconscientemente, las piezas comenzaban a encajar.
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N/A: Gracias a todos por leer, seguir y comentar. Espero que os guste. Me gustaría agradecer especialmente sus reviews a Tchuma Tendai, KattytoNebel , Tamashitsumo, PiaDeli y Paz. Siento mucho no haberos contestado aún a cada review, he tenido problemas de tiempo. Lo haré muy pronto, de verdad.
Paz, amiga, me alegro mucho de leerte otra vez. Ya sé que todo el mundo espera que Hinata mande a volar a Naruto muy sonoramente, pero ¿Qué se puede esperar de una mujer que creció recibiendo palizas por su bien? Ella cree que su marido la trata como se merece. Me temo que en esta historia la tensión crecerá y crecerá hasta que se haga insoportable. Todo ello bien aderezado de asuntos políticos y de espionaje. ¿Qué pasará en la visita del Raikage? ¿Hinata abrirá los ojos? ¿O seguirá perdida en su punto ciego? Sus piezas comienzan a encajar, pero poco a poco.
Espero que este capítulo os guste. Yo tenía muchas ganas de escribirlo y publicarlo. La verdad es que esta es una historia sin buenos y malos. Todos van a cometer errores, todos tienen aspectos redentores. La verdad es que es muy difícil amar y ser amado si no aprendes cómo se hace en la infancia. Pobre Naruto, la verdad es que le tengo mucho cariño, pero lo tiene muy difícil en el amor y la estabilidad mental. Es verdad que aquí está algo extremado, pero… Bueno, es un fic. Si queréis canon, os recomiendo el manga.
La verdad es que Temari también me cae bien, pero... No sé. En el manga no sale tanto, me es difícil conocerla.
Cualquier crítica o comentario también es siempre bienvenido
Gracias a todos.
