Disclaimer: Nada es mío. Esto se hace sin ánimo de lucro.
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El punto ciego
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Capítulo 12: La visita del Raikage
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La visita del Raikage a Konoha había resultado ser un dolor de cabeza de casta mayor.
En un momento, todo se había ido a la puta mierda.
Así sin más.
Shikamaru no sabía si es que alguien se le había puesto chulo al Raikage (Temari estaba en la sala, Shikamaru no quería pensar mal) o si es que alguien se le había puesto chulo al Raikage y ni Kakashi-sama ni Naruto habían hecho nada para impedirlo o para preservar la dignidad del Raikage. El caso es que A-sama estaba muy cabreado, en aquella sala de reuniones, con los representantes de la Arena, la Ola y la Roca y el Hokage presente. La pobre Karui estaba sudando frío.
Shikamaru salió un momentito y se encontró ese panorama al volver. Ahora tenía que arreglarlo, esa reunión no podía acabar así, había mucho en juego.
El Raikage era alguien muy emocional, eso era de dominio público. Promovió la reunión entre los cinco kages por un motivo emocional, si no hubieran secuestrado a su hermano la paz no hubiera sido posible. Por el mismo motivo, Shikamaru creía que podían volver a la guerra por un motivo emocional. El ego de un Kage era cosa seria.
Shikamaru pensó sus posibilidades. El curso de acción más lógico era darle otra emoción en la que centrarse. Una buena.
Salió un instante de la sala, buscando su solución. Por fortuna, Kaori caminaba por ese mismo pasillo.
―¡Kaori-san! Por favor, dígale a Ino-san que venga aquí ahora mismo
―Lo siento, Shikamaru-taisa, Ino-san no ha venido hoy.
―¿Cómo que no ha venido hoy? ¿Dónde está?
―Creo que está en la floristería, hoy le tocaba trabajar allí.
―¡Mierda! ¡Joder!
Shikamaru se cubrió los ojos con una mano, intentando pensar. Su plan se había ido a la mierda.
Necesitaba a una kunoichi, a una kunoichi de verdad. Desde la paz ya pocas jóvenes se especializaban en las artes de la seducción y la manipulación. Desde luego, las integrantes de los clanes aún lo hacían, sobre todo por mantener la tradición, pero eran pocas las que habían puesto en práctica sus enseñanzas. Él confiaba en Ino, pero no estaba. ¿Qué opciones le quedaban?
―Shikamaru-taisa, ¿le puedo ayudar yo?
Shikamaru miró a Kaori. En sus tiempos había sido una de las mejores kunoichis de la hoja, con una hoja de servicio impecable en ese tipo de misiones, pero ahora casi podría ser su abuela.
―Eh… Kaori-san… Necesitamos inmediatamente a una kunoichi especializada en artes de seducción.
―Shikamaru-taisa, si yo le puedo servir, estoy a su servicio.
―Um… Bueno, es que creo que al Raikage le gustan más… jovencitas.
Ojalá Kaori no se enfadara.
―Comprendo, taisa.
Gracias al cielo, pensó Shikamaru.
―¿Quiere usted que llame a Hinata-chan? Aún no se ha ido a comer.
¿Hinata?
Shikamaru se quedó en shock con la sugerencia. Sin embargo, ahora que lo pensaba… Hinata era la integrante de la rama principal de un clan tradicional, seguro que había recibido esa formación. De hecho, si lo pensaba, sí había visto alguna mención sobre eso en su expediente. Por si fuera poco, era alumna de Kurenai, y la hoja de servicios de Kurenai en ese sentido era legendaria. Seguro que le habría enseñado a su alumna una cosa o dos, ¿no?
Kaori podía ver sus dudas
―Shikamaru-taisa, estoy segura de que Hinata-chan hará un buen papel. Hemos hablado de nuestras experiencias en este tipo de misiones alguna vez, en el zulo. Ella sabe lo que hace.
La cabeza de Shikamaru iba a toda velocidad. Además, Ino era demasiado obvia, demasiado llamativa. Hinata, por el contrario, era como un animalillo peludo, no despertaría sospechas, y menos con su marido delante. Si salía bien, podía ser redondo. Pero… ¿Saldría bien? Sólo había una forma de saberlo.
―Está bien, llámela. Dígale que venga inmediatamente.
Kaori asintió y se fue por el pasillo rápidamente.
Hinata apareció delante de él en un instante. Llevaba el bolso y el abrigo puesto.
―¿Me necesitaba, Shikamaru-taisa? Ya me iba…
―Deja esas cosas en esa mesa. Tengo una misión para ti. Es confidencial también. Necesito que entres en esa sala y hagas lo que tengas que hacer para que el Raikage se calme y salga feliz de la reunión. ¿Entiendes? Feliz. Lo quiero feliz y diciendo que sí a todo.
Hinata abrió mucho los ojos. La boca también. Era mucha información de golpe. Muchas cosas que implicaban. Se puso colorada.
―P-pero… p-pero… Usted se refiere, se refiere a… A una… ¿A una misión de seducción?
Shikamaru no tenía tiempo para esto.
―Si, lo que tengas que hacer.
Hinata activó su byakugan y miró a la sala de reuniones. Lo que vió no le gustó. Había mucha tensión en esa sala.
―Y… ¿y qué se supone que espera de mí?
―Ya te lo he dicho, que le calmes y le cambies de humor, no hace falta que te acuestes con él. No sé… ríele las gracias, se encantadora… Eres tú la que tienes formación en eso.
―¿No hay otra kunoichi disponible?
De verdad que Shikamaru no tenía tiempo para esto.
―¿Estás desobedeciendo una orden directa?
―¡No..! Um… Para nada, taisa. Yo sirvo a la aldea de la hoja.
Hinata miraba al suelo, insegura. Le temblaban las manos. Se atrevió a hacer una pregunta.
―Taisa, sólo para aclarar los términos… ¿Me está pidiendo que entre en esa sala, con los representantes de las cinco naciones ninja presentes, y que seduzca al máximo responsable de la aldea que intentó secuestrarme cuando era niña y que fue responsable de la muerte de mi tio y varias cosas más que pasaron en mi familia, y que lo haga enfrente de mi marido y sin preparación previa?
Tal y como lo planteaba, Shikamaru comprendió que quizás la estaba forzando demasiado, pero era lo que había. El tiempo corría. Sus probabilidades menguaban con cada segundo. Se sintió un cabrón cuando respondió.
―Si.
Quizás se le notó en la voz cuando lo dijo, porque cuando Hinata le miró a los ojos no había rencor, solo dulzura.
―Muy bien, lo haré.
Se acercó a un espejo que había en el pasillo.
―Por favor, taisa, pida que traigan té y dulces. Será mi excusa para entrar a la sala.
Shikamaru asintió, y le dio la orden a un shinobi que pasaba por allí.
Hinata se miraba fijamente en el espejo.
―Bueno, ¿vas a entrar?
―Perdón, taisa, necesito un minuto para concentrarme.
―Claro.
Shikamaru encendió un cigarro mientras observaba el proceso que la mujer llevaba a cabo delante de él, y pronto se sintió como si estuviera violando su intimidad.
Ella se miraba al espejo, se miraba de arriba abajo, y, poco a poco su cuerpo cambiaba. El cambio era tan sutil como la apertura de una flor, pero desde luego, la kunoichi que se abría ante él no era la misma que había llegado.
Haciendo acopio de valor, Hinata decidió tragarse el pudor. Ella podía, ella podía. Ya no era una niña pequeña, ahora era una madre de familia. Ya lo había hecho más veces. Es verdad que entonces su equipo la arropaba pero… este era su equipo ahora.
Ánimo, ánimo. Tú puedes.
Hinata recordaba todas sus lecciones, todas sus experiencias. Las voces de las mujeres que le habían enseñado. Kurenai-sensei, Yamanaka-san, las tías Hyuga… Todas esas sabias mujeres que habían confiado en ella.
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Recuerda, Hinata, los hombres siguen a las promesas, no a los hechos. No les des nada, pero prométeselo todo.
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Hinata, cuando estés con un hombre, recuerda que su zona erótica más sensible es su orgullo. Los hombres se mueren por las mujeres que inflan su ego.
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Los hombres siempre buscan otra cosa que no tienen. Si están enfadados, se dulce. Si están calmados, se excitante.
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Si tienes que llegar al sexo, has fracasado. El juego, la caza, lo es todo. Que todo ocurra dentro de su cabeza.
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Que tus movimientos sean promesas, que tus ojos sean promesas, que tus labios sean promesas… y nada más.
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Poco a poco, fue cambiando.
Cambió su forma de moverse, y ahora su cuerpo se mecía como se mecen las varas de trigo con la brisa. Siempre elegante, siempre en movimiento, siempre cercana, siempre lejana. Sacó del bolso un poco de perfume, y se lo aplicó en los puntos en los que ella sabía que su aroma se diseminaría con sus movimientos.
Se miró a los ojos, y cambio su forma de mirar. Ahora sus ojos acariciaban las cosas que veía, y sus pestañas abanicaban pesadamente el aire a su alrededor. Sus ojos no buscaban el suelo, sus ojos sólo buscarían al otro. Sacó del bolso una máscara de pestañas, y realzó su mirada discretamente.
Se miró los labios, y una sonrisa suave y dulce se materializó. Era una sonrisa de alguien que sabe más de lo que dice, de alguien que está imaginando el futuro, un futuro placentero y amable, concebido sólo para el otro. Solo tenía algo de cacao labial para resaltar esa zona de su cuerpo, pero habría de bastar.
Hinata se permitió un suspiro. No tenía muchas cosas que hubiera preferido. Ojalá tuviera su kimono azul. Sin embargo… Sólo tenía su chaleco de Chuunin, su camisa y sus pantalones reglamentarios. Se aseguró de que toda su ropa estuviera impecable, que diera la impresión más profesional posible. Se aseguró de que sus brazos y su escote estuvieran bien cubiertos, para provocar las ganas de saber más, para distraer al Raikage en pensar lo que habría debajo.
Tomó un cepillo de su bolso y se cepilló la melena. Con cada cepillada, no sólo se acicaló, también se cepilló a la otra Hinata. Se cepilló la timidez, se cepilló las dudas, se cepilló el miedo. Ahora, y por un rato, una Hinata nueva sería. La Hinata surgida del deseo de hombre, la Hinata que haría lo que tuviese que hacer.
Se miró al espejo un poco más, testando su movimientos.
Ella podía.
Shikamaru confiaba en ella.
No podía fallar.
El té había llegado. Ella tomó la bandeja como si la bandeja fuera algo tentador y precioso en sí mismo.
―Shikamaru-taisa, ¿puede abrir la puerta?
Cuando Shikamaru vio a esa mujer impresionante, que se movía hacia él como una pantera se mueve hacia su presa, que hablaba como ronronea un gato, que le miraba… así… Se le cayó el cigarro de la mano.
Nunca, ni en sus sueños más locos, hubiera dicho que la pequeña Hinata-chan pudiera ser… así.
No sabía ni definirlo.
¿Podría ser que ese animalillo peludo en realidad fuera… otra cosa? ¿Un cazador? ¿Qué clase de poder había invocado?
Asintió, temeroso de haberse sonrojado, y ambos entraron a la sala.
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Hinata entró detrás de Shikamaru, oculta, sutil, y comenzó a servir el té a los presentes, con cuidado de hacerlo desde la persona más alejada al Raikage para acabar con él. Hubo un momento un poco tenso cuando Naruto vió que su esposa entraba en la sala, pero afortunadamente siguió las señas de Shikamaru y no dijo nada.
En un momento, el Raikage pasó de tomar un vaso de té malhumoradamente a no poder apartar los ojos de Hinata. El hechizo se había materializado.
A la miraba fijamente, como si la hubiera hipnotizado. En la sala sólo había un silencio tenso, expectante, que los murmullos no conseguían quebrar. Hinata no decía nada. Estaba quieta, elegante, arrodillada frente al Raikage, con los ojos bajos. Tras dejar pasar unos segundos eternos, Hinata alzó la mirada para encontrarse con los ojos de su interlocutor. Subió su mirada muy despacio, moviendo las pestañas perezosamente, alzando los ojos recorriendo al hombre, acariciando su cuerpo, acariciando su ego.
Cuando conectó su mirada con la de A, no pestañeó. Le miró fijamente, le sostuvo la mirada.
―¿Desea algo más, Raikage-sama?
El Raikage contuvo la respiración, totalmente absorto. Abrió la boca muy despacio, como si estuviese sopesando lo que iba a decir. Sentía que ya no había nadie más en la sala, que ya no había nadie más en el mundo.
―¿Cómo te llamas?
Él no veía a nadie más que a ella, ya sólo existía ella. Por eso se sobresaltó cuando oyó la voz de Naruto
―Se llama Hinata-chan, ella es… Ella es mi mujer.
Shikamaru le hubiera pegado un puñetazo. ¡Sería bocazas! Pero no era de extrañar, Hinata había conseguido en un momento cambiar el ambiente de la sala y todo el mundo había reaccionado. Temari estaba molesta, Karui estaba desconcertada, los otros embajadores miraban a la extraña pareja como quien ve algo morboso y respecto a ellos… Kakashi contenía la respiración, expectante, Naruto estaba muy molesto y Shikamaru estaba sinceramente espantado. Nunca se hubiera imaginado una reacción tan fuerte, nunca hubiera pensado que Hinata fuera capaz de hacer lo que estaba haciendo, que fuera una kunoichi tan competente. Esto no estaba en sus planes.
No sabía qué hacer.
Kakashi y él se miraban como si delante de ellos hubiera una bomba a punto de explotar y ninguno supiera desactivarla. Kakashi le puso una mano en el hombro amablemente al rubio, con la esperanza de que se callara, que no empeorara las cosas.
El Raikage se había girado rápidamente a mirar a Naruto, sorprendido de recordar que estaban con más gente, y ahora giraba la cabeza de Hinata a Naruto rápidamente, mirando a uno y a otro.
Hinata no había cambiado el gesto, ni se había sobresaltado al escuchar las palabras de su esposo. En todo caso, parecía hasta más relajada, dominando el espacio, como una ola domina la arena.
De pronto, el Raikage soltó una risotada.
―¡Su esposa! ¡Eres su esposa!
Todo el mundo se miraba desconcertado mientras el Raikage reía. Todo el mundo menos Hinata, que seguía tranquila, relajada, sin apartar los ojos de su objetivo. Ella también sonreía con una sonrisa dulce y coqueta. Acariciaba al Raikage con la mirada.
―¡Su esposa! ¡Anda que no sabe este Naruto! ¡Qué callado se lo tenía!
Su risotada seguía siendo franca y alegre, pero pronto se volvió hacia Hinata, con un brillo travieso en los ojos.
―Y dime, Hinata… ―Parecía que degustaba su nombre en su boca ―… ¿Te parece bien que tu marido te envíe a servirme el té?
Shikamaru alzó ambas cejas. ¿Qué clase de pregunta había sido esa? Pero Hinata no se sonrojó, no se sobresaltó. Sólo esperó unos segundos y, entonces, despacio, muy despacio, mostró una sonrisa coqueta y traviesa, la sonrisa del gato que ve que el ratón viene hacia él. Contestó con una voz que era una caricia, un ronroneo. Su mirada era una melodía embriagadora.
Jamás dejó de mirar fijamente a A.
―Inmensamente, Raikage-sama
Menos mal que Shikamaru no estaba fumando, porque se le hubiera caído otra vez el cigarro. El murmullo de la sala subió de volumen. Todo el mundo estaba escandalizado, él incluído.
¿Y esa encantadora de serpientes estaba trabajando en el zulo? ¿Para él?
Los presentes de la sala se miraban unos a otros, como si en vez de haber dicho apenas tres palabras, Hinata se hubiera desnudado.
Y es que no era lo que había dicho, pensó Shikamaru, era cómo lo había dicho. Solo eran dos palabras, pero iban tan cargadas… Eran una cosa, pero significaban otra. Algo oscuro y suave. Algo íntimo. Promesas de pecado placentero. Y, sin embargo, distancia. Shikamaru sentía la boca seca. Naruto estaba por estallar. Kakashi le hizo un gesto para que le ayudara. Inmovilizó discretamente a Naruto con una sombra.
El sutil escándalo de la sala debió advertir al Raikage de que seguían sin estar solos. Él sólo podía ver a Hinata. Su sonrisa dejaba ver lo mucho que le gustaba esa situación. Estaba relajado, contento. Se veía de lejos que no era el mismo hombre tras un par de frases con Hinata. Sin embargo, no era el Raikage por nada. Se las había visto más veces con Kunoichis.
Seguía sonriendo, pero alzó una ceja. Él no era un ratón, también era otro gato. Un tigre, incluso. La miró fijamente, quizás intentando desestabilizarla.
―¿Quién ha sido tu maestra, Hinata?
Shikamaru pasó del escándalo al temor de que todo se fuera otra vez a la mierda. Ahora podrían acusarles de manipular las negociaciones…
Hinata no se sobresaltó, tan solo ladeó ligeramente su cabeza, estirando el cuello, sin cortar el contacto visual. Tras unos segundos tomó una decisión: su voz, un susurro.
―Yuuhi Kurenai…
Y entonces ocurrió algo inesperado pero maravilloso. La mención de ese nombre provocó en el Raikage una reacción, un recuerdo. Su mirada vagó por recuerdos de antaño, mientras de sus labios saía un nombre como una caricia.
―Kurenai…
Debían ser buenos recuerdos, sus ojos estaban húmedos y su sonrisa era amable. Al cabo de unos instantes de ensoñación volvió al presente, y se encontró de nuevo con Hinata.
―Hinata… ―Le tomó del mentón con suavidad, para tener una excusa para tocarla. Ella nunca había dejado de mirarle. ―… Cuando tu marido venga a verme al País del Rayo, dile que te lleve con él. ¿Lo harás? ¿Querrás venir a verme?
Hinata ensanchó su sonrisa, una sonrisa traviesa y exuberante, aunque también amable.
―Con gran placer, Raikage-sama
La sonrisa del Raikage también era exuberante. Todo su lenguaje corporal había cambiado. Estaba henchido, feliz, como si Hinata le hubiera herido el pecho y en la mente con un kunai que sólo le procurase placer.
Había sido una despedida, una que le había encantado
―¡Bueno! ―Palmeó sus muslos con las manos, todo había terminado ―¡Tengo hambre! Karui, vámonos a comer.
―¡Pero… Señor! ¡Falta discutir el tratado!
―¿El tratado? ¡Karui, tengo hambre! ¡Dí a todo que sí y ya está!
Kakashi casi se desmaya, Naruto y Shikamaru contenían la respiración
Karui también estaba espantada
―¿Que sí… a todo?
El Raikage ya iba por la puerta
―Ah, Karui, no seas tacaña… ―Se giró hacia donde estaba Hinata. Su sonrisa, la de un galán que se sabe guapo. Ella seguía allí, arrodillada, mirándole… ―¿Qué va a pensar Hinata de mí?
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Shikamaru salió el último de la sala. Más bien el penúltimo. Sólo quedaba Hinata, que recogía los vasos. No quedaba nada de aquella mujer exuberante, y había vuelto a ser aquella Hinata que era de dominio público: La tímida, callada, dulce, Hinata. Sonrojada hasta el extremo por lo que acababa de hacer, cubriéndose bien con su chaleco como si se hubiera expuesto. Su voz le hizo girar
―¿Shikamaru-taisa?
Él se giró a su llamada. En sus ojos una pregunta. Ella quería saber si estaba contento con su desempeño. Esa mujer que había conseguido lo imposible delante de todos, que había hecho a la perfección exactamente lo que le había pedido, necesitaba confirmación externa de su éxito. Esa mujer que había puesto de rodillas a un Kage, sólo le miraba ahora a él. Sólo a él.
Él le sonrió, y le asintió en silencio, sin palabras. Ella comprendió, y esta vez mostró una sonrisa luminosa y sincera, testigo de su felicidad por haber hecho bien su trabajo.
Shikamaru desvió rápidamente la mirada. Había visto esa sonrisa y un pensamiento le había golpeado. Un pensamiento que no quería tener. Algo demasiado problemático.
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Kakashi había sacado una botella de Sake de un cajón de su mesa, y servía a Naruto y a Shikamaru. Tenían mucho que celebrar.
―¡Un brindis por el tratado! ¡Por nuestros objetivos cumplidos!
Los tres hombres estaban felices. Uno menos que los otros dos. Kakashi no se dio cuenta, o hizo como que no se daba.
―¡Y por ti, Shikamaru! ¡Por tu genial idea de contratar a Hinata!
Naruto no estaba nada feliz. La voz de Shikamaru sonó casi como una disculpa. Sentía que había traicionado a su amigo, que le había ofendido de alguna forma.
―Bueno… En realidad el mérito es de Hinata, es ella la que lo consiguió…
Kakashi estaba pletórico
―¡Ah, si! ¡Nuestra Hinata-chan! ¿Quién lo iba a decir?
Naruto dejó su sake sobre la mesa
―Perdón, pero… Debo irme… Ahora hay mucho que hacer y el Raikage sigue en Konoha…
Su mano estaba en su nuca, en un gesto de avergonzada disculpa, sonreía pero… Era evidente que no estaba cómodo.
Kakashi le disculpó amablemente
―Si, si, claro… Yo iré en seguida Naruto y… ¡Felicidades, también ha sido tu victoria!
Cuando Naruto salió y los otros dos hombres se quedaron solos Shikamaru se permitió un suspiro. Se sentía un cabronazo por haber puesto a Hinata en esa situación, con todo lo que ello implicaba. Ojalá no tuviera problemas con Naruto por esto. La voz de Kakashi le sacó de sus pensamientos.
― "Inmensamente" ¿Eh? Si Jiraiya levantara la cabeza...
Kakashi se reía como si le hubiesen contado un chiste muy bueno. A Shikamaru no le hacía ni puta gracia. El Hokage se puso serio también.
―Hiciste lo correcto. Fue una maniobra que nadie se esperaba y nos ha dado una victoria espléndida.
―Gracias, Hokage-sama.
Kakashi paseó mirando Kanoha a través de las ventanas de su despacho.
―¿Te das cuenta de lo cerca que hemos estado de una declaración de guerra? Y todo por un ego herido… Podría haber sido fatal. No creo que nadie nos lo eche en cara.
―Lo sé, Hokage-sama. Por ello llamé a Hinata.
―E hiciste muy bien, muy bien.
Shikamaru pensó, ahora viene el pero.
―Pero… ¿Y si Hinata ya se hubiera ido a comer? ¿Qué hubiera pasado?
Shikamaru lo sabía, y daba gracias de que eso no hubiera ocurrido. No creía que Kaori-san hubiera sido tan efectiva.
Kakashi había pasado a estar mortalmente serio.
―Yo lo he estado pensando mucho. Hoy y otros días.
Shikamaru le miró, expectante. No sabía qué quería decir.
Kakashi se giró para mirarle a los ojos, tan intensamente como Hinata miraba al Raikage hacía unos instantes.
―Nara Shikamaru, yo, Hatake Kakashi, Sexto Hokage de Konoha, autorizo la operación Faro. Dispón lo que necesites.
Shikamaru se quedó pálido. Su sangre se heló en las venas. Ahora sabía lo que quería decir.
Y sabía que era una orden directa.
―Sí, Hokage-sama.
Tragó saliva.
Ahora caminaban en la sombra.
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Esa noche Hinata esperó a su marido despierta. Cuando llegó, ambos se miraron, Hinata intentaba dilucidar si Naruto estaba enfadado con ella, pero no supo descifrar su expresión.
―¿Cómo ha ido? El… ¿El Raikage siguió con el tratado?
Naruto suspiró
―Si… Si. El tratado salió muy bien.
No dijo nada más, Hinata comenzó a ponerse nerviosa.
―Entonces… Entonces todo bien, ¿No? Lo hemos conseguido, ¿Verdad?
Naruto se había sentado pesadamente en el sofá, como si estuviera muy cansado. Levantó mucho sus cejas, pero no miró a Hinata.
―¿Nosotros? No, nosotros no. Tú lo has conseguido. ―Se pasó la mano por la cabeza, lenta y pesadamente. ―¿Sabes cuánto tiempo llevaba preparando la firma de ese tratado? Dos años. Dos años trabajando sin descanso, pero llegas tú y en dos minutos lo consigues todo. Felicidades de parte de Kakashi-sensei, por cierto.
―Amor, yo no diría eso, sin tu duro trabajo esta reunión hubiera sido impo…
Naruto la interrumpió
―¿Sabes que no soy el único candidato a Hokage? ¡Hay más!
Hinata no sabía qué quería decir su marido.
―¿Sabes quién es el otro? ¡Shikamaru! Así es, tu jefe Shikamaru es mi principal competencia, y acabas de hacer que su trabajo brille más que el mío.
Naruto tenía razones para estar inseguro: en tiempos de paz, los que se dedicaban a inteligencia tenían muchas más oportunidades de destacar. Operaciones siempre tenía que dar golpes más vistosos, porque sus oportunidades eran menos. Ya no hacía tanta falta el combate físico.
Hinata no supo qué decir. Ella nunca hubiera perjudicado el trabajo de su marido.
―Amor, no era mi intención, yo no lo sabía. ¡Todos trabajamos por el bien de la Hoja!
―¡Yo sólo tengo un sueño! ¡Sólo uno! ¡Voy a ser Hokage! ¡Tengo que ser Hokage! ¿No lo entiendes Hinata? ¡Tengo que serlo!
Hinata se acercó a él, para abrazarlo, consolarlo. Parecía muy abatido.
―Amor, aunque nunca llegues a ser Hokage tu eres un ninja excepcional y tu familia te amará siempre. Sólo queremos estar contigo…
Naruto desvió la mirada, como si no pudiera soportar el peso de esas palabras
―No digas eso, eso no es así…
―¿Por qué dices eso, amor mío? A nosotros nos da igual si eres Hokage o no…
Naruto se levantó como movido por un resorte. No podía mirar a Hinata a los ojos.
―Perdóname Hinata-chan, ha sido un día muy duro… Me voy a la cama.
―Pero, Naruto-kun…
Buenas noches
Al despedirse tenía su sonrisa de siempre, pero a Hinata sólo consiguió provocarle desazón.
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En la intimidad del hogar, antes de acostarse, Temari se lavaba los dientes mientras Shikamaru se ponía el pijama.
―Me parece increíble que hayas llamado a una kunoichi en mitad de las negociaciones, ha sido una jugada muy sucia.
―Mujer, ¿Y qué iba a hacer? ¿Dejar que se desatara un conflicto?
―No, pero… Pero hay otras formas, formas menos cuestionables.
Shikamaru se había soltado el pelo, se tapó los ojos con la mano. Él sólo quería dormir.
―¿Cuestionables por qué? ¿No es una buena forma de animar a un hombre?
―Parece que la llamaste para poner las negociaciones a favor de Konoha, eso parece.
Shikamaru suspiró.
―Pero sí sólo dijo dos frases… No dijo nada de las negociaciones, no hablaron nada de eso. Kami-sama… Si hasta estaba su marido delante.
Temari no lo iba a dejar pasar.
―Yo también tengo esa formación, ¿Sabes? Sé muy bien el efecto que se puede lograr.
Shikamaru pensó amargamente, ¿Y entonces por qué no hiciste nada? Pero no quiso discutir.
―Bueno, pues entonces también sabrás que ese efecto se pasa. Si el Raikage se arrepiente de su decisión, siempre puede revocarla.
―No creo que el Raikage admita que se ha equivocado.
Shikamaru no podía más
―¿No podemos dormir ya, por favor? Ha sido un día muy largo.
Temari estaba seria cuando se metió en la cama.
―Ahora Konoha lo tiene todo, pero si sigue así, se le va a acabar la suerte. Una sola aldea no se puede quedar con todo el pastel.
Y apagó la luz.
Shikamaru se desveló por esas palabras, se quedó pensando en la oscuridad.
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Boruto se había levantado tarde y ahora tenían que correr a la escuela. Llegaron por los pelos. Bajo la sombra de un árbol, estaba Shikamaru, que la estaba esperando. Se acercó a ella mirando su reloj.
―Hola Hinata, ¿Vas a la sección? ¿Puedo acompañarte?
―S-si, claro…
Hinata no sabía muy bien qué decir, Shikamaru comenzó con conversación trivial.
―¿Vas siempre a la oficina por este camino?
A Hinata le pareció una pregunta un poco rara
―Um... Si… Es el camino más corto…
―Claro.
Shikamaru se encendió un cigarro. Hinata le observaba. Shikamaru señaló su cigarro sonriendo.
―Es que en la torre no se puede fumar
Hinata se rió de ese chiste interno, y se sonrojó desviando la mirada. Había sentido…
―Quería preguntarte si luego tuviste problemas, por… ya sabes… lo que pasó con el Raikage.
Hinata le miró fijamente.
―Quiero decir, me preocupó que tuvieras problemas con Naruto.
Ella sonrió, pero su sonrisa era triste.
―No, para nada. No te preocupes, Shikamaru. Naruto sabe que todos trabajamos en el mismo equipo.
En ese momento Hinata se dio cuenta de que estaba harta de mentir a los demás, pero que sobre todo estaba harta de mentirse a sí misma.
Shikamaru le observó de reojo mientras sacaba el humo. A ella le pareció que él lo sabía, que de alguna forma le había pillado. Sin embargo, no dijo nada. Al cabo de unos segundos, decidió cambiar de tema.
―Lo hiciste genial, de verdad. Con el Raikage. Cuando te pedí que hicieras eso… No pensé que fueras a ser tan efectiva. Enhorabuena, de verdad. Nos diste una victoria espectacular.
Hinata sonrió, ahora de verdad.
―Muchas gracias, Shikamaru. Me alegro de ser útil.
―Oye, si no es indiscreción… ¿Cómo lo hiciste?
Su risa era clara como un riachuelo
―Lo siento, Shikamaru, pero esa información no la puedo compartir. Las artes de la seducción y la manipulación son secretas. Sólo se transmiten de maestro a alumno.
―Tuve suerte de ser alumno de Asuma y no de Kurenai, entonces. No creo que hubiera sido tan seductor como tú.
Ambos rieron juntos. A Shikamaru se le corrió algo
―Por cierto, ¿Y a qué vino eso de decir el nombre de Kurenai delante del Raikage? ¿Se conocían o qué?
Hinata sonrió ante la pregunta, entusiasmada. Ella también se la hacía.
―¡No lo sé! ¡Aún no comprendo cómo funcionó tan bien! Cuando me ví en esa situación yo no supe qué decir y… Luego pensé que Kurenai-sensei fue bastante famosa en su momento y que había más probabilidades de que si la conociera le hubiera dejado un buen recuerdo… Pero no sé, no sé… Fue… Un impulso, una corazonada.
Shikamaru se reía, impresionado con la resolución de su subordinada. Al fin y al cabo todo había salido bien.
―¡Esa fue una jugada muy arriesgada!
Ambos estaban contentos, relajados. Se quedaron pensando en aquella experiencia. Hinata daba gracias a todos los dioses porque el Raikage no hiciera mención al byakugan cuando la vio, eso sí hubiera sido merecedor de una jugada arriesgada…
Shikamaru se puso serio.
―En serio, Hinata, gracias. Te puse en una situación muy difícil y la resolviste sin problemas.
―Un placer, Shikamaru. Lo haría otra vez sin dudar. Yo sirvo a la aldea de la Hoja. Haría cualquier cosa por ella. Además…No fue tan duro como la misión en el taller…
―Ah, si. Eso es verdad. Ojalá no haya más de esas en mucho tiempo.
Ya estaban llegando a los escalones de la entrada.
―¿Lo has dicho en serio?
―¿Perdón?
La mirada de Shikamaru estaba fija en la entrada de la torre, mortalmente seria.
―¿Has dicho en serio que harías cualquier cosa? Porque tal vez te lo pida, que hagas cualquier cosa.
Hinata le miró y ella también se puso seria. Su mirada se llenó de determinación. Shikamaru pudo ver claramente ardiendo en ella la voluntad de fuego.
―Si.
Shikamaru exhaló una última vez el humo y pisó la colilla mientras no apartaba los ojos de ella. Sólo asintió brevemente.
Luego volvió a mirar su reloj.
―¡Bueno, hemos llegado! Que tengas un buen día de trabajo.
Y se marchó al interior del edificio. Hinata no volvió a verle en todo el día.
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N/A: Gracias a todos por leer, seguir y comentar. Espero que os guste. Me gustaría agradecer especialmente sus reviews a Tchuma Tendai, lenasletters y Tamashitsumo. Vuestras palabras me ayudan de verdad. Espero que el desarrollo de la historia no parezca muy lento. Poco a poco todo se va a precipitar.
Cualquier crítica o comentario también es siempre bienvenido
Gracias a todos.
