Código Galaxy
Capítulo 2
En pocos segundos habían salido de la fábrica, escapando de los disparos enemigos, que se seguían sintiendo detrás, en donde seguramente estuvieran los motores. Pero ellos no preocupaban a Asmeya. Lo que le preocupaba era cómo habían llegado allí. Y tuvo sus respuestas rápidamente: cinco grandes naves, del tamaño de cinco campos de fútbol cada una, planeaban sobre París, tapando prácticamente la luz del Sol sobre la ciudad. Tenían forma semicircular y aplanada, y contaban con un gran ventanal en la parte recta de la figura, pero únicamente en su parte central, pues por lo demás tenía placas de lo que parecía acero protegiendo toda la estructura. Contaban con enormes motores en la parte trasera, cuatro en total, y que se disponían a lo largo del casco, por lo que, si se usaban coordinadamente, podían dar una vuelta entera en pocos segundos.
A lo largo del aparato podían verse grandes armas de fuego, que en cuanto les vieron giraron sobre si mismos y dispararon a toda potencia. Tras una rápida oleada, que a duras penas aguantaron y que se les hizo eterna pese a durar pocos segundos, de las grandes naves salieron varios cazas casi iguales a los de Asmeya, pero en vez de tener líneas rojas estas eran doradas. Rápidamente, y como si fuera una lluvia, cayó sobre ellos una larga ráfaga de láseres, de color rojo, y que les dio de lleno. El escudo en torno a la nave les protegió, pero estaba debilitándose, o eso mostraba una barra que apareció en los paneles que tenían delante. Asmeya tenía el ceño fruncido, daba fuertes volantazos de lado a lado, haciendo que los chicos tuvieran que agarrarse como pudieran a los asientos, pero al menos lograban esquivar la mayoría de impactos. Era sorprendente su habilidad, pese a ser de noche veía venir los rayos de energía, estaba tan concentrada que no decía nada ni cuando Odd y Yumi acertaban en el enemigo, pero sus escudos también les defendían. La mujer pilotaba con habilidad, lograba colarse en las trayectorias de los cazas rivales y hacer que chocaran, pero la superioridad numérica al final fue demasiada, y notaron un gran tirón.
Asmeya golpeó los controles con el puño, molesta- ¡Nos han atrapado, esos miserables!- gritó, levantándose.
-¿Qui-quienes?- preguntó Aelita, algo asustada. La mujer se tranquilizó entonces, y miró hacia una de las naves. Se podía ver un hilo de energía que emanaba de esta, y les atraía.
-Son los separatistas, un grupo rebelde que considera a la República Galáctica demasiado débil, quieren un sistema que proteja a la gente. Piensan que no había paz real, y que la delincuencia estaba a sus anchas, a pesar de los cuerpos de seguridad que había. Todo mentira, claro, ellos lo que quieren es empezar una dictadura, controlar la totalidad de la vida de la gente de la galaxia- explicó entonces.
Antes de poder decir nada más, vieron como su nave se acercaba peligrosamente hacia la nave enemiga, estaban prácticamente debajo de la misma- Nos están atrayendo, dentro de un minuto estaremos rodeados…- comentó ella, seria.
Teniendo en cuenta lo que la mujer justo antes había dicho, estaban más que preocupados. Al poco, oyeron un sonido profundo, de metal chocando, y la nave al completo tembló. Asmeya sabía que habían sido acoplados al otro aparato, así que no le sorprendió oír el fuerte sonido de una herramienta cortando el metal.
-¿Sabéis usar armas de fuego?- preguntó, mientras tecleaba rápidamente en los controles.
Los jóvenes se miraron, no sabían si lo que hacían en Lyoko podía considerarse como tal, aunque Ulrich era el único que no tenía un arma que pudiera lanzarse, pues lo suyo eran unas catanas. Y Jeremy jamás llegó a hacer uso de las posibles armas que tuviera, pues se fue antes de poder comprobarlo. La mujer suspiró, y César comenzó a pitar.
-Sí, lo sé. Tendremos que rendirnos, por ahora. Manda una señal de auxilio, espero que puedan llegar antes de que se vayan- ordenó- Cuando acabes escóndete- añadió.
El robot siguió rápidamente las órdenes, y uno de sus brazos mecánicos se introdujo en uno de los puertos que había a lo largo de la consola. Tan solo un minuto después oyeron un fuerte estruendo, y el sonido de mucha gente entrando, momento en el que el robot se separó de los mandos y huyó por uno de los pasillos laterales. Asmeya apretó los dientes y sudor frío cayó por su sien, allí estaban ya. No tardaron en ver a varios soldados, armas en mano, colocados justo a la entrada de la habitación en la que se encontraban, contaban con una armadura idéntica a la que portaban los que les atacaron minutos antes en la fábrica. Hicieron un pasillo, y por allí apareció un individuo: su armadura era parecida a la de sus tropas, pero tenía más decoraciones y su aspecto era el de las prendas propias de un oficial. Contaba además con una capa roja que caía desde sus hombreras, y en su pecho podía verse un triángulo dorado.
-Por fin te atrapo, Amazona- comentó, su voz pese a estar mecanizada era de una mujer- Tu cabeza quedará excelentemente en mi colección. ¡Llevadla ante Starligth inmediatamente! ¡Y vosotros dos, revisad la nave!- señaló a dos de ellos, que salieron los primeros de la estancia.
Los soldados presentes obedecieron de inmediato, tomaron a Asmeya con fuerza, le pusieron unas esposas de luz que se rodearon a sus muñecas, e hicieron lo mismo con los adolescentes, que temblaban de miedo en esos instantes. En buen lio se habían metido en pocos instantes, estaban aterrados, no sabían qué podía pasar, no entendían ni una palabra de la que decía esa gente, salvo Asmeya nadie parecía hablar su lengua. Tras ser sacados de la nave de Asmeya, fueron conducidos a lo largo de varios pasillos. Estos eran limpios y amplios, cabía fácilmente un coche, e incluso podía maniobrar en ellos sin demasiados problemas. Estaba iluminado con paneles en el techo, y en suelo podían verse flechas de diferentes colores, con símbolos de todo tipo a su lado. Ellos no entendían los mismos, pero suponían que debían ser señales para poder guiarse a lo largo de los pasillos. A los laterales había ventanales que dejaban ver el exterior, pero solo veían el cielo oscuro de París, aunque se intuían las luces de abajo. La población debía estar bastante asustada por aquello, sería lo más normal si te encontrabas de pronto con varias naves tan enormes por encima de donde vives.
Durante el trayecto vieron varios androides parecidos a César, pero de diferentes colores: unos eran dorados, otros rojos, otros negros, seguramente cada uno tuviera una función diferente. También vieron muchos robots de aspecto más parecido al humano: tenían largas extremidades y eran de color verdoso. Contaban con armas de fuego en sus brazos, a juzgar por los cañones que tenían en sus antebrazos, teniendo en sus espaldas lo que parecían cohetes. En sus pechos tenían el mismo símbolo que el oficial que les había llevado hasta allí, y sus cabezas estaban encajadas en su mitad inferior en su caja torácica, de forma que carecían de cuello. Sin embargo comprobaron casi de inmediato que ese no era problema alguno ya que podían gira 360º sin problemas, pues cuando pasaron ellos por delante muchos les observaron y siguieron con sus miradas.
Cruzaron varias puertas, que se deslizaban hacia arriba cuando se acercaban, era una tecnología que a Jeremy le hubiera fascinado de no estar en esa situación. Toda aquella nave lo era, en realidad, era realmente impresionante lo que aquella especie había logrado. El oficial era el único que había hablado, parecía tener una voz humana, y cayeron entonces en cómo podían entenderles cuando hablaban, pero dudaban que alguien les pudiera contestar, tendrían que hacerlo más adelante. En ello pensaban cuando, finalmente y tras andar quince minutos por el aparato llegaron a una gran sala. Esta era espaciosa, tenía en su frente una gran cristalera desde la que se podía ver todo el horizonte, con múltiples paneles en los laterales y al fondo, y con un asiento en las cercanías de la puerta, que estaba a su vez rodeado de más ordenadores y puestos de mando, todos ellos ocupados ya por soldados, que en esa ocasión tenían los cascos quitados. Había desde seres parecidos a humanos, como Asmeya, a criaturas de a saber dónde, aunque todos tenían en común dos ojos, una nariz y una boca, contando con micrófonos para poder hablar. Notaron que en el asiento central había una persona, que se levantó en cuanto apareció la comitiva.
-Lady Starlight, los prisioneros, señora- el oficial se cuadró entonces, juntando los pies y poniendo su mano derecha inclinada sobre su sien, como si estuvieran en un ejército humano. Eso les llamó la atención.
La aludida se levantó entonces. Era alta, le sacaba una cabeza a Yumi, así que era más intimidante aún. Tenía unas protecciones parecidas a las de su subalterno, pero con decoraciones en oro más allá de la del pecho, y tenía fondo blanco. Su casco igualmente tapaba su rostro, así que no podían saber ni cómo era.
-Interesante…- murmuró, observando al grupo. Extendió su brazo entonces, y Asmeya cayó al suelo, se sujetaba el cuello con ambas manos, de alguna manera se estaba ahogando. Aunque ellos no entendían las palabras que ella pudiera decir, el mensaje en general quedaba claro: ellas eran enemigas.
Ella hizo el mismo gesto hacia la otra, y dejó de sentir aquel férreo agarre. Se levantó en ese momento, con su mano en dirección a la otra, que se mantenía en esa misma posición. Se mantuvieron así durante unos segundos, hasta que la extraña bajó el brazo.
-Vas mejorando, Asmeya- comentó, era una mujer joven, al menos por la voz. La aludida frunció el ceño- Tú tampoco lo haces mal, la verdad- respondió.
Starlight se rio un poco- Llevadlos a las celdas, a ella la quiero en una por separado- ordenó, señalando a Asmeya.
Antes de que se fueran, levantó la mano una última vez- Ah, y preparad los cañones. No podemos tolerar ayudas a la disidencia- se aseguró que los jóvenes lo oyeran.
Mientras se los llevaban, Asmeya le increpó- ¡Si comienzas un bombardeo, matarás a millones!- pero la aludida no parecía demasiado preocupada.
Tardaron unos segundos en darse cuenta de que significaban esas palabras. Pretendían destruir París, o al menos parte de la ciudad. Se les hizo un nudo en el estómago, esperaban que solo fuera un farol. Tardaron tan solo dos minutos en ser encerrados en una celda todos juntos. Lejos de tener barrotes, tenían una barrera de energía que iba del techo hasta el suelo. En el interior tan solo había un par de camas, y un habitáculo en el que no llegaron a entrar en un principio pero en el que suponían estaba el baño. En el otro lado ancho de aquel rectángulo en el que estaban podían ver una gran ventana, desde la que podían ver la ciudad desde arriba, Brillaba con belleza toda la zona, muy poblada, por lo que casi no había zonas oscuras a aquellas horas de la noche, pues debían estar cenando.
-¡Fijaos!- exclamó Yumi, entonces. En la dirección en la que ella señalaba se podían ver un aparato que ellos no habían visto desde hacía un tiempo: delante tenían la Estación Espacial Internacional.
Para Jeremy aquello era imposible. Si estaban saliendo de la atmósfera, ¿Cómo podían estar así? ¿Por qué no estaban pegados al suelo por las enormes fuerzas que seguro estaban recorriendo el aparato? Más preguntas sin respuestas, probablemente. Se alejaron más aún de la Tierra, hasta que, desde su posición, podía verse claramente lo redondeado del planeta. Fue en ese momento en el que la amenaza se cumplió: un enorme rayo dorado salió de los cañones, e impactaron en pocos instantes contra París, creando en el proceso una ola de polvo y escombros visible incluso desde allí. Aelita rompió a llorar, Ulrich golpeaba furioso el cristal con violencia, Yumi le separaba, y Jeremy abrazaba por detrás a la pelirosa, que gimoteaba contra su hombro, pues él la había apartado de aquella visión, aunque también estaba temblando y llorando. Odd permanecía de pie, con la boca sea, aun tratando de asimilar lo ocurrido. Estuvieron así hasta que por allí apareció Lady Starlight, aún con su uniforme puesto.
-Esto le pasa a aquellos que osan ayudar a los enemigos del Imperio- dijo, cruzada de brazos- ¿Desde cuándo trabajáis con ella?- preguntó, en seguida.
-No sé ni qué estás diciendo, para empezar…- Yumi dio un paso al frente. Los demás estaban demasiado afectados para hacer nada, y se cruzó de brazos.
Aunque estaba aterrada, tenía que proteger a sus amigos- Pero tengo claro que, aun sabiéndolo, no te lo diría - añadió, la otra simplemente dio unos pasos en diagonal, acercándose a la celda desde el lado derecho.
Quedó frente a Yumi, y la contempló. Pese a que a la japonesa le sacaba una cabeza de altura, ella le miraba con bastante arrogancia . Recordó entonces lo que hizo sin siquiera tocar a la otra, esperaba que no lo fuera a hacer de nuevo con ellos, o estaban definitivamente perdidos.
-Entiendo…- su mano comenzó a girar sobre sí misma, y Yumi empezó a sentir una presión en su garganta. Cuando Starlight movió su otra mano, acercó a Aelita de la misma manera que minutos antes hizo con Asmeya, colocando a la chica al lado de su amiga.
-Yo tampoco te entiendo, pero tengo el poder de arrodillarte, escoria atrasada – ¡OS VOY A HACER PAGAR POR PROTEGER A MIS ENEMIGOS! - gritó, apretando más aún.
Yumi comenzó a toser, y la otra estaba cerca de ello, así que la otra las lanzó contra la pared, furiosa. Iba a continuar con el interrogatorio cuando por allí apareció un oficial. Por lo que ellos podían saber, se podría tratar perfectamente de otro diferente al que les había traído hasta allí.
-Ya están preparados los convoyes, Lady Starlight- le informó. La aludida le contempló durante unos segundos, y asintió.
-Perfecto… Ahora me encargaré de la perra Xaniun por mí misma- echó un último vistazo a los chicos antes de irse.
Desde su punto de vista eran totalmente inútiles, pero podía sentir cosas viniendo de ellos. Seguramente por eso Asmeya se los quería llevar, así que ella lo impediría. Si la República no los tenía, mejor, porque así tendrían menos problemas en un futuro, menos soldados enemigos a los que matar o rivales poderosos de los que preocuparse. Gruñó con cierta molestia mientras salía de allí, la presencia de la pelirosa le era especialmente insultante y peligrosa, si ella estaba allí significaba o que Asmeya lo sabía, o en todo caso que él había estado allí…
Odiaba aquella situación, necesitaba matar a alguien, y tenía a la candidata perfecta en sus celdas. Anduvo unos cuantos metros hasta una zona más profunda de la nave, mucho más defendida, pues tenía bastantes guardias en las puertas, que se cuadraban a su paso. Ella era respetada por sus soldados, no por nada estaba siempre en primera línea, luchando con ellos en el campo de batalla, ella les cubría y ellos la cubrían a ella cuando lo necesitaba, pero no toleraba errores. Aún recordaba cómo ahogó hasta la muerte a uno de sus oficiales, que cometió el error de disparar sobre sus propias tropas, horas antes. Tenía que mantener el orden entre los suyos, y era la mejor en ello. Pensando en esos temas, acabó llegando a la celda en el que la otra permanecía. Su celda era en esencia parecida a la de los chicos, pero ella no se podía mover libremente, pues tenía atadas sus extremidades con cadenas luminosas que la mantenían en el aire y de pie, formando una especie de X.
-Sé valiente y lucha contra mí, Starlight- le espetó Asmeya en cuanto la vio. La aludida no respondió inmediatamente.
-Ellos son capaces de usar su energía, ¿verdad?- la mujer entonces frunció mínimamente el ceño, pero respondió de inmediato.
-Están sin pulir, pero tienen potencial- comentó- ¿Les tienes miedo, acaso?- preguntó, y en seguida sintió una fuerte presión en su pecho.
-Yo no siento miedo…- fue la única respuesta de Starlight, que dejó caer pesadamente cada palabra, se sentía insultada por la mera pregunta.
Asmeya tenía una cara de dolor en su rostro, pero logró mover su mano dentro de los grilletes que las confinaban, y poco a poco dejo de sentir esa presión. Las energías de ellas dos de nuevo quedaron suspendidas en el aire, estaban bastante igualadas, aunque en esa ocasión volvieron a quedar en tablas. Una ligera brisa movió la capa de la oficial, que se acercó a la puerta de la celda. Se quitó uno de los guanteletes que usaba, y posó su mano en la terminal a la derecha, retirando así la pantalla de energía que separaba ambas zonas.
Una vez dentro, la celda volvió a quedar cerrada, y Starlight dio un par de vueltas en torno a Asmeya, que la seguía con la mirada, atenta a sus movimientos.
-Hoy sin duda ha sido un día productivo- comenzó a hablar la oficial- Primero, he atrapado a una de las líderes del ejército republicano, y segundo, he anexionado un nuevo mundo al Imperio, junto a toda su población como esclavos. No está mal, la verdad-
La otra simplemente desvió la mirada, era en parte culpa suya- Yo no soy imprescindible en la República. Nadie lo es. Sin mi ellos seguirán luchando, que no te quepa duda- le dijo.
La otra la golpeó en el estómago, provocando que la otra se inclinara hacia adelante, pero no emitió ninguna queja de dolor- A otro con eso, perra Xaniun, a la escoria republicana como tú os encanta ayudaros entre vosotros, y si pueden ayudarte lo harán- le espetó.
Asmeya frunció algo el ceño, aguantando los golpes que la otra le daba. No le estaba haciendo ninguna pregunta, no deseaba información. Simplemente disfrutar de la violencia que podía usar contra ella. Le dio varios puñetazos en el vientre y rostro, provocando al final una ligera hemorragia en su rostro, pues un filo hilo de sangre brotaba de su nariz y labios.
Se notaba en su rostro que lo estaba disfrutando, de alguna manera aquello le gustaba y mucho. Y quería hacerlo por sí misma, pues lo estaba haciendo con las manos desnudas. Su piel blanca también se estaba enrojeciendo, por un lado por los golpes, y también por la sangre de Asmeya. Iba a continuar cuando aparecieron dos soldados. Starlight se giró, sus hombros subían y bajaban por el esfuerzo realizado.
-Lady Starlight, cinco naves de la República van a aparecer en poco tiempo desde el espacio profundo- señaló, y la aludida asintió.
-¿Ves? Era evidente. Preparad a las tropas para el asalto- ordenó, girándose. Salió de la celda entonces, a toda prisa, dejando a Asmeya sola de nuevo en su celda, solo vigilada por un par de guardias.
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Una serie de portales se abrieron en las inmediaciones de Marte. Eran enormes, y de los mismos aparecieron una decena de naves. Tenían forma de rombo, teniendo una de las puntas ligeramente cortada, donde tenía los propulsores. A lo largo de su superficie contaba con grandes cañones en la parte superior e inferior, teniendo en sus laterales vidrieras, sobre todo la parte central, donde estaban las salas de mando, y que sobresalían unos diez metros del resto del aparato. Se podía ver también hangares para naves menores, pero en esos momentos estaban cerrados, a la espera de la orden central para atacar. En cuanto todas hubieron salido de los portales, estos se cerraron, y comenzaron a moverse rápidamente en dirección a la Tierra.
Un hombre observaba desde el puesto de mando de la nave principal, cruzado de brazos. Tenía el pelo rubio algo largo, con un ligero flequillo, tenía barba pero bien recortada. Sus ojos pardos analizaban el frente en silencio, tenía el ceño fruncido, pensando bien qué debía hacer y qué no. El enemigo era menos numeroso pero estaba igual o mejor armado, y tenían que rescatar a cuanta más gente mejor.
-Señor- se giró entonces al oír esa voz, era femenina. Ella llevaba el uniforme republicano: camisa de manga larga azul marino, pantalones negros, botas negras, y una gorra. No se le notaban, pero seguramente también llevaba lentillas tipo A-27, ideales para poder moverte por lugares cuya lengua desconocías y poder analizar rápidamente el entorno en busca de algo, o alguien.
En cuanto él la miró la mujer se cuadró, y con un suave gesto, invitó a esta a hablar- Hemos detectado cinco naves rebeldes, a su orden mandaremos un equipo para reconocer el planeta en el que se encontraban hasta ahora- informó.
Él asintió- Bien, Que se preparen las tropas, vamos a tener batalla en breve- añadió, ella se cuadró de nuevo, y se fue.
En ese momento, el hombre suspiró. Se acarició el puente de la nariz un poco, y se preparó mentalmente. Se sentó en el suelo, y cruzó las piernas. Llevaba una armadura ligera color blanca, pero sin casco y sin decoración alguna, pero antaño sí las tenía. A lo largo de sus protecciones se veía el paso del tiempo y de las batallas, estaba manchada y bastante desgastada, pero aún así podía defender y muy bien a su usuario. En su cintura tenía una espada de luz, pero estaba apagada, y en el lado derecho. A su izquierda tenía una arma de fuego laser, era blanca y tenía un gatillo fino, pero parecía bastante sólida, contaba con un cañón redondeado y en su extremo contaba con un cristal del que emanaban los disparos. Estando sentado cerró los ojos y se concentró durante unos segundos, tras los cuales los abrió de nuevo, y soltó el aire.
-Maldita sea… Esto será duro- comentó, levantándose, y se estiró- ¡Señores, señoras!- alzó la voz, y toda la sala se giró a mirarle entonces- ¡Preparen las defensas, y tengan los cañones listos! Nos acercaremos al enemigo ahora que no nos ven- ordenó.
En cuanto dio la orden, todos los presentes comenzaron a hablar por los micrófonos que tenían, transmitiendo la orden. Al igual que en la nave imperialista, había criaturas de toda forma y especie, aunque en vez de tener trajes de combate, contaban con el uniforme republicano típico. También tenían micrófonos a la altura de la boca, e iban dando la información a los soldados de asalto. Estos, varios pisos más abajo, se movilizaban. Eran todos idénticos, diseñados genéticamente para el combate: hombres y mujeres de piel morena y ojos pardos algo pequeños pero perspicaces, llevaban ropas de combate que, según pasaban por diferentes partes podían camuflarse y mimetizarse a la perfección con el entorno. Protegían todo el cuerpo, y en sus brazos tenían varias armas de fuego, teniendo en sus espaldas un par de pequeñas líneas de las cuales emanaba energía, y que, llegado el caso, les permitía volar, aunque en esos momentos no lo necesitaran.
En sus cascos tenían sistemas de respiración y purificación del aire, y controladores para poder personalizar la temperatura interna del traje, su presión, así como la letalidad de sus armas, la duración de las baterías, luces incorporadas al traje, y GPS. En sus ojos siempre llevaban unas lentillas con una interfaz interactiva en la que podían comprobar datos de su localización, idioma local, y toda información que se considerara necesaria. En lo único que se diferenciaban entre ellos eran en los cortes del cabello, en las barbas en ellos, y en los tonos de su pelo en ellas. A sus oficiales les permitían reconocerles más fácilmente y era una forma de satisfacer su necesidad de autopercepción como alguien genuino y diferente, pese a haber sido creados en base al código genético de todos los caballeros Xanium de la República, así que eran soldados de élite, lo mejor de entre lo mejor.
Junto a ellos formaban grandes grupos de androides. Tenían una posición cuadrúpeda, con múltiples cañones en el frente, con cañones que podían girar en un círculo completo en su parte alta. Medían dos metros de alto, así que le sacaban una cabeza y media a sus compañeros biológicos, que ya esperaban ordenes de sus líderes.
-¿Sabemos a quién tenemos que rescatar?- preguntó uno de los soldados. Una mujer a su derecha se hundió de hombros.
-Lo que sea con tal de volarle los sesos a uno de esos cabrones imperiales- comentó, masticaba un chicle.
Su compañero rodó los ojos- Tú siempre tan alegre, Naipe…- comentó. Ella le guiñó un ojo- Y tú siempre tan serio, Cubo- le respondió.
Él le iba a responder cuando por allí aparecieron varios oficiales, dos hombres y tres mujeres, que, cuando llegaron, hicieron el saludo militar. Sus soldados les respondieron al unísono, y esperaron órdenes.
-Dentro de diez minutos atacaremos con fuerza aérea a las naves enemigas. Vosotros iréis en esas naves, ya tenéis a androides preparados en los cazas, os liderará el general Seriel Kimara para internaros en las naves enemigas- los soldados se cuadraron de nuevo, entonces.
Era un honor ser liderados por uno de los Guerreros Xanium, y que precisamente era el que comandaba a esa parte del ejército. Ellos ya habían luchado con varios de esos hombres y mujeres en el frente, pero verles luchar era siempre un espectáculo de luces y fuerza, dado sus habilidades que uno casi llamaría sobrenaturales de no tener una explicación perfectamente razonable: todos los seres vivos, con el entrenamiento adecuado, podían usar la energía que recorría el Universo. De hecho, de manera natural lo hacen pero a pequeñas escalas, por ejemplo cuando se sacaba una fuerza descomunal durante tan solo unos segundos, en un momento de necesidad. Y con el entrenamiento adecuado, cualquiera podía aprender a usar esa energía, aunque el entrenamiento era tan duro que solo unos pocos podían llegar a convertirse en expertos usuarios, y convertirse en Guerreros Xanium, ya sea como Caballero, Amazona, o el mayor de los rangos, Ékios. A los aprendices se les solía llamar, si no había mucha confianza con ellos, Lakios, pero de haberla se les ponía motes y, si había mucha unión entre maestro y aprendiz, incluso podían adoptar el apellido de aquel que le enseñó. Eso era sobre todo porque los aprendices abandonaban sus familias a una edad muy temprana, así que la mayoría veía al Caballero o Amazona que les instruía como unos segundos padres.
Esa unión también era común dentro de la soldadesca, al menos entre los soldados. Al haber sido diseñados genéticamente, y ser idénticos entre ellos, se veían como hermanos y hermanas. Lo que le pasaba a uno le pasaba a todos, y si por alguna razón eran atacados, se defendían entre ellos. Era común que se pusieran nombres entre ellos, una señal de respeto y aceptación, cosa muy común durante su formación, que no era únicamente en tácticas militares, pues también se les daba formación psicológica y en ciencias, imprescindibles en una guerra como la que se desarrollaba.
Con esas órdenes en la cabeza, el grupo se movió rápidamente hacia los cazas, que ya estaban listos y preparados para volar, con los motores encendidos. Un robot del mismo modelo que César reposaba en el aparato, como les habían informado. Este era del tamaño de varios coches en línea, tenía forma aplanada y triangular, con dos torretas en la parte baja y a los lados que les permitía disparar rápidas descargas láser. Se sustentaba sobre cuatro patas que nacían desde la parte baja del aparato y que le daban bastante estabilidad, sobre todo porque sus alas, además de delgadas, estaban pegadas al cuerpo de la nave, por lo que en esos momentos apenas tenía dos metros de ancho. En cuanto se pusieran en movimiento y desplegaran sus alas, el aparato pasaría a tener cinco metros de punta a punta. A lo largo de las mismas, además, contaban con pequeñas aberturas de las que se podían disparar más láseres. Sin duda estaban muy bien equipados.
Tras colocarse los cascos, cada soldado se metió en un caza, y comenzó a accionar los diversos comandos que aparecían en la pantalla táctil. En frente de la misma estaba el asiento del piloto, no contando con nada más en el interior. Y es que el aparato se movía con las manos, colocando las manos en una u otra posición se movía el aparato, lo que facilitaba el movimiento, y en caso de que el piloto fallara, era el androide el que maniobraba, y en caso de fallo múltiple, salía un volante analógico, pero no solía ser necesario, pues eran máquinas muy fiables. Había que derribar la nave para que algo así pasara.
-¡Eh, Cubo!- el aludido se giró. A su derecha estaba Naipe, ya sentada en su nave, saludándole tras el cristal de su cabina. En realidad era una delgada línea de plasma y que hacía que la parte interna estuviera bien protegida, lo que además reducía el peso del aparato.
-¿Quieres apostar a cuantos chatarras nos cargamos esta vez?- le preguntó. Él sonrió de medio lado, introduciéndose también en su puesto, y, tras tocar unos botones, la cúpula se colocó por encima.
-Por supuesto, ¿qué, quieres morder el polvo de nuevo?- bromeó, esa vez por radio.
Oyó la suave risa de ella entonces- Me ganaste por uno, y fue dudoso. Esta vez ganaré yo. ¿Te juegas el rancho de hoy?- el hombre le respondió con su pulgar arriba, y ella le respondió de la misma manera.
Al minuto, apareció por allí el general Kimara. Al ser el líder de esa nave, era respetado por sus tropas, pues solía estar en el frente. En sus ojos café podía verse la preocupación, pero sonrió a sus tropas, saludándoles, y se introdujo en uno de los cazas. Tras accionar los programas adecuados, se puso unas lentillas A-27, se colocó un casco que tenía en su asiento, y se comunicó con sus hombres.
-Aquí Pájaro Osado, ¿tenemos comunicación?- rápidamente recibió la confirmación de las otras veinte naves que formaban el escuadrón.
-Todos listos, general Kimara, cuando usted quiera- recibida la confirmación del puesto de mando, los cazas comenzaron a moverse lentamente.
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Durante ese rato, los adolescentes, anteriormente valientes defensores de Lyoko, se encontraban asustados, los unos pegados a los otros, encerrados en una celda de la que no sabían cómo salir. Y aunque lo supieran, tendrían que noquear a dos soldado y que estos no tuvieran tiempo de pedir refuerzos, o peor, de dispararles y hacerles una herida, o incluso matarles. Estaban asustados y sin opción a escape, y nada les indicara que fuera a cambiar esa situación pronto. Aelita estaba abrazada a Jeremy, y a su vez Yumi les tenía colocados junto a ella en la derecha, y en la izquierda tenía a Ulrich. Odd estaba, en cambio, en un costado. No quería compañía de nadie, ya sus amigos le habían dicho de unirse a ellos pero él se negó. Ya no solo le rabiaba el hecho de que su princesa estuviera tan pegada a Einstein, era el hecho de sentirse tan impotente ante el ataque de aquella gente sobre su ciudad. ¿Cuánta gente había muerto sin siquiera opción a defenderse? Se sentía asqueado, enfurecido, quería quitarse todas las ideas nefastas que tenía en su cabeza pero no era capaz.
-¿O-Odd?- preguntó Aelita, le veía llorar en silencio, con la cara algo desencajada. El chico se pasó las mangas por la cara para intentar mostrar una mejor cara para ella.
-No es nada, princesa- le aseguró. Yumi alzó la cabeza, no sabía muy bien cómo interpretar la reacción de Odd, pero supuso que la situación le superaba y no era capaz de reaccionar de otra forma.
-No nos tienes que demostrar nada, Odd. Pero si estas mal, lo respetamos- añadió la japonesa, a lo que Odd asintió.
Los demás parecían conformes también, pero el muchacho no estaba demasiado orgulloso con sus ideas de venganza. Al final aceptó la ayuda de sus amigos, sin duda le vendría bien su apoyo, así que se colocó al lado de ellos, y abrazó sus piernas. Ulrich, cerca suya, colocó su mano en el hombro de él para apoyarle, acto que el rubio agradeció.
Estuvieron así un rato hasta que oyeron ruido. Mucho ruido. Podían escuchar como un montón de gente se movía por los pasillos, y entonces notaron un temblor y un destello. Esto pasó varias veces, y entonces ellos se levantaron algo asustados. Vieron como de frente aparecían varias naves, que disparaban. Rayos de color rojo volaban hacia ellos, en una lluvia de balas de energía que golpeaban el casco de la nave, aunque no llegaban a darles, un muro invisible les protegía, una especie de escudo que les recordaba al de Odd cuando se defendía.
-¿Quiénes serán?- se preguntó Ulrich, en voz alta- No lo sé, pero puede que sean los amigos de esa chica, Asmeya- sugirió Jeremy.
-Mucha suerte sería eso… pero… ¡un momento!- exclamó Yumi- ¿Os acordáis que ella pidió ayuda? Pueden ser esos refuerzos- añadió ella.
Efectivamente. Mientras ellos estaban en su celda, los soldados imperiales se concentraban en uno de los pasillos.
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Varios escuadrones salieron de los acorazados republicanos. Los disparos iban y venían en ambas direcciones, pero al ser los cazas naves rápidas y fáciles de maniobrar podían esquivar con cierta facilidad los ataques enemigos, tanto naves republicanas como imperialistas tenían una gran facilidad para dar vueltas en el espacio, girar sobre sí mismas, y poder hacer toda clase de maniobras para destruir al enemigo. En ese sentido la tecnología estaba muy igualada, la diferencia estaba en la habilidad del que estuviera a los mandos. Los soldados de la República especializados en pilotaje eran extraordinarios, pero no se les quedaban atrás la matriz de vuelo de los cazas que tenían piloto automático. Estos últimos se usaban a modo de colmena para proteger al corazón del ataque, que eran los pilotos reales, y que tenían la misión de atacar los puntos clave de los acorazados enemigos, y de darse la ocasión, internarse en ella. Era una táctica típica, y que el enemigo también usaba. En definitiva, en cuanto a tecnología y tácticas ambos bandos eran muy parecidos, y como pasaba con los pilotos, el curso de la guerra se decidía por la pericia de los que estaban al frente.
Y aquel escuadrón era de lo mejor. En cuanto salieron al espacio, se movieron en formación en dirección al crucero imperial, y cayó sobre ellos toda una tempestad de láseres rojos.
-¡Cubrid flancos, vamos a darle caña a esas chatarras!- exclamó Seriel por su micrófono. Obedientes, su escuadrón se dividió.
Tres cazas por blanco se separaron y atacaron a toda nave enemiga que viniera a por ellos, mientras las demás seguían adelante. Sin embargo, cinco cazas imperiales se colaron y dispararon desde atrás, dañando los motores de varios de ellos. Si bien lograron dispararles rápidas ráfagas los que estaban en los laterales, no habían logrado dañar especialmente sus cascos.
-¡Comed fuego!- una de las chicas, que estaba en la parte delantera, ordenó a su androide que mandara un comando a sus compañeros para que se dispersaran varios metros.
En cuanto lo mandó, estos obedecieron, perfectamente coordinados. Ella entonces dio un frenazo, por lo que quedó muy rezagada de sus compañeros, incluso los cazas enemigos la pasaron, aunque uno chocó con su ala derecha, arrancándola, pero el otro quedó bastante peor parado. Aprovechó entonces ella para disparar a quemarropa contra sus motores, logrando tirar a dos, pero quedaban otros dos. Antes de poder moverse e intentar ponerse a salvo, le dieron varios disparos en sus motores, explotando en el proceso. Sus compañeros simplemente fruncieron el ceño, pero no dijeron nada. Cuando cumplieran su misión le rendirían honores como se merecía.
-¡Pájaro 3, ven conmigo! ¡Los demás, cubridnos, en cuanto entremos nosotros seguidnos!- ordenó Seriel.
Un sí general confirmó la orden, y Naipe siguió a su superior, mientras los demás daban la vuelta sobre sí mismos y disparaban a toda nave enemiga que vieran. En pleno fuego cruzado, los otros dos se movieron lentamente hasta el principal crucero imperial, y lograron entrar en uno de los hangares. Estos siempre estaban abiertos, el peligro de que una nave enemigo pudiera entrar era real, pero compensaba porque de esta manera podían entrar soldados heridos o naves rotas que pudieran ser recuperables, la práctica demostró que valía la pena. En cuanto entraron, soldados enemigos les dispararon a bocajarro, pero ellos giraron sus cazas y aterrizaron derrapando por el suelo, así que se llevaron por delante a unos cuantos enemigos, aplastándolos.
Antes de salir, el Caballero Xenium tomó su espada de luz, y movió su mano, impulsando a los que quedaban para tirarlos al suelo. Retiró la pared de luz de su cabina, dio un salto, y aterrizó en el suelo. Corrió hacia los enemigos, que en cuanto se recuperaron comenzaron a disparar, pero él detuvo los láseres con su espada, y les hizo graves cortes en sus cuellos y pecho, matándolos. Mientras, Naipe también había bajado, junto a su androide personal, y se habían movido hacia un lateral, tabla táctil en mano, hasta llegar a una puerta. Ella conectó el panel de la pared a su Tablet, y comenzó a usar comandos para abrirla.
-¡Date prisa, no sé cuánto podré aguantar!- gritó Seriel. Movía su arma para intentar defenderse, aunque cada vez más soldados venían.
Varios se movieron hacia Naipe, que les vio de reojo. Tuvo que parar y sacar su arma, y comenzó a disparar hacia ellos. Al verse acorralada, dio una voltereta para refugiarse tras varias cajas metálicas que por allí había, usándolas a modo de defensa.
-¡¿Dónde están los demás!?- gritó ella, y miró entonces a su androide- ¡Avisa de que estamos aquí!- el robot, al que cariñosamente llamaba Kara, aunque su verdadero nombre era K4R4, comenzó a pitar con ganas.
Era como el de Asmeya, de hecho eran idénticos al ser de la misma gama, pero en este caso tenía un dibujo de unas cartas, al ser la propiedad de ella. En realidad era del ejército de la República, pero habían congeniado bastante bien
-Estarán ocupados, entonces. No creo que allí fuera sea algo tranquilo- comentó Seriel, como respuesta. Se había ido moviendo hacia donde estaba ella.
Naipe bufó un poco, y rebuscó entre sus prendas. Sacó una granada de mano, la activó, y la lanzó contra el enemigo, que huyó cuando la vieron, pero tardaron demasiado tiempo: explotó en el aire y creó una fuerte explosión, acabando con todo soldado que hubiera cerca. Ellos dos se levantaron entonces y comenzaron a disparar en todo el área que tenían delante, a pesar del humo y de no ver nada era probable que le acertaran a algo. Los imperiales hicieron lo mismo y comenzaron a disparar a bulto, así que ellos dos se agacharon de nuevo.
Seriel se disponía a comunicarse él mismo por el micrófono, cuando oyeron un fuerte estruendo. Sacando lo justo la cabeza por encima de la improvisada barricada que habían hecho, pudieron ver como aparecían tres cazas por la entrada que ellos mismos usaron. Los soldados que en ellos venían dieron un salto, estrellando sus propias naves contra unas que estaban paradas y que eran del enemigo. Al estar varios soldados rivales en el camino estos fueron aplastados también, y, tras efectuar varios disparos, acabaron con los que por allí quedaban.
-Ya era hora, muchachos- Seriel observó a sus hombres, y se les acercó, mientras Naipe volvía a sus funciones.
-Se complicó un poco el asunto, señor, este hangar estaba muy defendido. Los demás se han internado por otro, deberían estar aquí en breve- Cubo, que era el que acababa de informar, se cuadró entonces.
-Lo importante es que halláis llegado. Venga, movámonos- se dirigieron entonces a la puerta, que ya se abría, cortesía de Naipe, que se levantó tras terminar su tarea.
Tras dejar pasar a sus compañeros, ella misma, junto a su androide, cruzó el umbral, y se colocó detrás de una de sus compañeras, iban pegados a la pared, cosa habitual cuando estaban en una plaza enemiga, como era el caso. Anduvieron durante unos metros, hasta que la puerta frente a ellos explotó. Ellos se pusieron en alerta, mientras veían como algo de humo negro salía de las rendijas, para instantes después caer con un fuer eco metálico. Todos los soldados apuntaron con sus armas entonces en esa dirección, esperando ver quien estaba delante de ellos, con algo de tensión. Se relajaron cuando vieron una luz verde venir de allí y hacer unas pulsaciones concretas, a modo de señal. Era una forma de identificarse entre ellos si estaban demasiado lejos o no se veían, era un mensaje secreto que sólo ellos conocían, y que cambiaba semanalmente.
-Ya tardabais, ¿habéis tenido bajas?- según el Caballero hablaba, vieron aparecer de entre el humo al resto de su grupo.
El primero en ir avanzando, un suboficial, se cuadró delante suya- Hemos tenido seis caídos, señor. Los demás estamos bien, solo rasguños- informó.
Seriel asintió, pensativo- De veinte quedamos doce… suficiente. Bien señores, vamos a rescatar a mi temeraria alumna. ¿Mapa?- pidió.
Uno de los soldados puso su antebrazo delante de los demás. De su casco salió un haz de luz, y un segundo rayo emanó de su brazo, que, cuando se juntaron, formaron un mapa holográfico muy detallado del crucero imperialista. Un punto azul indicaba su posición actual, teniendo la ruta más cercana, en línea recta, que atravesar una pared, ir por ese nuevo pasillo, cruzar una puerta, y tras ir por otro pasillo más, llegarían a la sala de celdas. Allí ya solo sería cuestión de buscar. Era una suerte que solo en una nave por flota, que normalmente eran de tres a cinco naves, aunque en ataques especiales podían ser más.
-Apartaos, voy a tirar abajo esta pared- Seriel sacó su espada de luz, y la comenzó a clavar en el metal.
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Por su parte, los soldados rebeldes se concentraban en uno de los pasillos aledaños a las celdas donde tenían encerrados a los muchachos. Tenían sus armas apuntadas a la pared del fondo, atentos. Una lanza térmica estaba atravesado el metal, allí por donde pasaba dejaba una raja dorada, con el metal ardiendo por las altas temperaturas. Por experiencia, sabían que tardaría poco en poder abrir una puerta artificial, estando al otro lado un montón de soldados enemigos. Y así fue, en cuanto la placa de metal cayó, empezaron los disparos desde ambos lados.
Estuvieron así un rato que, aunque se les hizo largo, en realidad duró menos de un minuto: los soldados republicanos lograron dar a varios de sus oponentes, y viceversa igual, hasta que un sable de luz apareció en escena. Seriel, arma en mano derecha y con un escudo de energía en la izquierda, se movió raudo por el pasillo hasta llegar al enemigo. Al ser su defensa una mera línea metálica de la que emanaba por arriba y por abajo una línea de plasma que, pese a parecer endeble, era bastante resistente; el Guerrero Xanium podía moverse rápidamente, así que en cuanto se plantó frente a ellos, tiró a un lado el escudo, y comenzó a mover su sable, cortando las armaduras y atravesando sus cuerpos.
Las heridas que pudiera provocar eran cauterizadas en cuanto se abrían por lo que no aparecía sangre, pero eran tan fuertes que no podían resistir a las mismas, y acababan cayendo al suelo. Seriel entonces indicó con un gesto que los suyos se acercaran. Minutos antes habían estado bombardeando a las naves imperiales, que también habían sacado sus cazas para luchar contra la flota republicana. El grupo del Caballero se había limitado a acercarse a los cruceros de combate de los imperiales, y seguramente estos habrían hecho lo mismo con sus propias naves. La cuestión era internarse rápido, sacar de allí a los presos, y salir de allí cuanto antes. Ya habría tiempo de una batalla a gran escala.
-Estad atentos, ya sabéis el plan: a las celdas, sacamos a los que haya, y volvemos aquí- ordenó, a lo que sus hombres asintieron.
Obedeciendo la orden, se comenzaron a mover por la nave enemiga. Como un grupo bien engrasado, se movían medio agachados, con las armas listas para disparar, y pegados a las paredes. Cuando se acercaban a una puerta, el grupo quedaba tras una columna y que permitía una cierta protección, en ese momento uno de los soldados, Naipe, se acercaba a la puerta enemiga y, usando el teclado que siempre tenían en la derecha, la abrían usando un programa especializado para ello. En caso de no poder ella misma, usaba a su androide, que contaba con todos los comandos para ello, eran tremendamente eficaces.
Otra ventaja era que todas las naves tenían la misma estructura, para facilitar su uso por parte de su tripulación, dado lo habitual que era que uno o dos cruceros cayeran por batalla, dada la violencia de las mismas. Eso era para ambos bandos, y aunque en varias ocasiones se intentó cambiar, eventualmente se volvieron a los diseños habituales, por lo que no suponía una ventaja real. Lo que sí cambiaba casi siempre eran los protocolos, permisos y datos para moverse a través de la nave, y para eso allí estaban ella y Kara. La mujer le había tomado cariño a aquel androide, con el que pasaba bastante rato actualizándolo y teniéndolo limpio y preparado para entrar a funcionar. No solo por gusto, su vida solía depender de ello también.
-¿Tú crees, Kara?- preguntó ella, después de que el androide pitara alegremente. Tras escucharla, lo hizo de nuevo durante unos segundos, con unos silbidos muy alegres.
Naipe asintió- Claro que ganó él, pero no se lo pienso reconocer- murmuró, tecleó unos segundos en la pantalla lateral y entonces la puerta se abrió.
Tanto la mujer como el robot se movieron a un lado, justo a tiempo para evitar que la lluvia de disparos le dieran de lleno. Sus compañeros comenzaron a avanzar lentamente usando sus escudos de plasma para avanzar, formando un muro con los mismos. Cuando los imperiales se dieron cuenta de que aquello no iba a servir de nada, dejaron de disparar y se movieron hacia los republicanos. Estos les pararon con sus escudos, y comenzaron a luchar a puños y patadas. Aprovechando, Seriel dio un gran salto sobre ellos, cayó delante de los imperiales, y sacó su arma láser. Comenzó a hacer tajos, y en poco más de un minuto se vio rodeado de los cuerpos de sus enemigos, aunque se colocó una mano en su hombro.
Este humeaba un poco, le habían dado un disparo. Por suerte las protecciones de su armadura habían funcionado, pero aun así estaría resentido unos minutos. Siguió avanzando, estaba curtido y aquello no le iba a detener en absoluto, así que, junto a sus hombres, siguió adelante, pero más soldados, esta vez junto a otros androides, llegaron por detrás y delante de ellos. Estaban rodeados. Pero el Caballero entonces abrió sus brazos, y se concentró. Una honda de choque salió de sus manos y tiró a las dos primeras líneas de imperialistas al suelo, pero los demás comenzaron a disparar inmediatamente. Los republicanos hicieron un círculo en torno a su líder para protegerle, usando escudos, y disparando en las ranuras entre escudo y escudo.
-¡Rendíos, estáis rodeados!- gritó uno de los imperiales, pero no respondieron.
Estuvieron así unos segundos hasta que de pronto los disparos cesaron. Sólo había una razón, y era que alguien lo había ordenado. Por el pasillo delantero apareció un oficial imperial, el mismo que había capturado minutos antes a los chicos. Se notaba su tensión, aunque mantenía el pulso firme en su arma, con la que apuntaba a Seriel directamente a la cabeza. Este tenía su arma preparada para atacar en cualquier momento, e iba a hacerlo cuando un suave silbido cruzó la sala, rompiendo el tenso silencio. Una pequeña esfera rodó desde el círculo republicano hasta la zona imperial, y comenzó a salir humo de ella. Rápidamente uno de los soldados la pateó para lanzara contra los otros, pero ya era tarde: un humo blanco recubría la sala.
Con la visión infrarroja de los cascos ese humo no era totalmente eficaz, pues igualmente podían ver dónde estaban los demás. Pero al tener un uniforme muy similar, y por lo difuminada que eran en ocasiones las imágenes, no podían disparar, pues podían darle a sus compañeros. Es por eso que aprovechaban los republicanos para moverse rápidamente tras las filas enemigas, placando a los que se pusieran en medio. Descubriendo sus intenciones, los imperiales comenzaron a disparar a todo bulto que hubiera, y, entre los gritos de confusión, intentaban cerrar las puertas para que nadie escapara. Sin embargo, de los doce, lograron pasar ocho, y en cuanto cruzaron, Naipe, y Kara en sus brazos, cerraron la puerta que tenían en frente a cal y canto, rompiendo el panel que tenían al lado.
-¿Estáis bien los demás?- preguntó Seriel, a lo que los soldados asintieron.
-Bien. Cubo, Yax, vosotros dos id a sacar a Asmeya y a los que hayan apresado. Yo pediré refuerzos, los demás, preparad una barricada por si alguien viene.
Todos los soldados asintieron, y se dividieron. Cubo y su compañera fueron a por los rehenes, mientras los otros cinco soldados colocaban grades cajas metálicas en torno a la puerta y las ataban con cables que arrancaban de las pantallas que había a lo largo de la sala. La misma era la de mando de la cárcel, así que desde allí se podía ver cuántos presos había, así como sus datos, si es que había dado tiempo a obtenerlos. Seriel por su parte se dispuso a pedir ayuda al resto de la armada allí desplegada, sin duda la iban a necesitar.
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Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.
