Código Galaxy
Capítulo 16
Eran las cinco de la mañana en la ciudad de Marsella, Francia. Apenas había actividad más allá de coches de policía dando vueltas por las principales calles de la urbe, pero no iban ocupados por fuerzas de seguridad precisamente; sino por soldados imperiales bien armados y con orden de disparar a lo que se moviera y sin contemplaciones. Estaban en toque de queda y no se podía salir salvo que se fuera trabajador del Imperio… siendo uno de estos Gabrielle Magné. Estaba preparándose ante el espejo, con traje de corbata negra, camisa blanca, pantalón ligeramente ceñido, maquillada y tacones negros, con su pelo bien arreglado.
-Pues allá vamos… tú puedes Gabi, tú puedes… No, no puedo, joder- bajó la cabeza un poco, negando.
Su habitación ya estaba ordenada, con la cama hecha y su pijama ya oculto tras la almohada junto con su pistola corta, y con la que se había acostumbrado a dormir desde hacía un mes, cuando todo básicamente se vino abajo en la Tierra. Con aquella intervención por parte del Imperio, en la que mataron en torno al cinco por ciento de la población mundial de forma totalmente aleatoria, habían logrado templar finalmente los ánimos, cosa que ni los regímenes más represivos habían sido capaces de hacer.
Ese era el poder de aquel pueblo, al que algunos empezaban a llamar superior. Desde ese fatídico día, a inicios de Noviembre, y ahora seguía en Diciembre, no había habido nuevos problemas en cuanto a altercados. De vez en cuando había algo pero nada reseñable como la casi guerra civil que vivieron aquella noche, en la que ni ella ni su familia habían dormido. Lo había pasado realmente mal los siguientes días, pues el encargado de los fusilamientos había hecho amago de escogerlos a ellos, pero por alguna razón no llegó a pasar, lo cual agradecía profundamente. Tras aquellos sucesos las cosas volvieron a la calma casi de la noche a la mañana, las tonterías se acabaron y volvieron a una normalidad bastante cercana a la que tenían antes.
Solo que ahora de vez en cuando veían por el cielo grandes naves imperiales, iguales a las vistas el día de la invasión, moviéndose de sitio en sitio a lo largo de toda la superficie del planeta y transportando sobre todo tropas y medios materiales de todo tipo. Claro que no se limitaron solo a eso; iban a comenzar a construir instalaciones imperiales, sobre todo fábricas. Al menos eso era lo que le habían encargado a ella, junto a un gran grupo de personas, siendo ese el primer día que irían al terreno en el que iban a trabajar. Tomó en silencio sus cosas, se colocó el abrigo y salió de su cuarto, apagando las luces y como única iluminación la de la linterna de su móvil, con la que iluminó los escalones para ir a la planta baja, donde desayunaría.
Sin embargo apenas se había acabado de calentar el café y se estaba preparando las galletas cuando llamaron con insistencia al timbre. Ella gruñó, tendría que tomarse la bebida enseguida aunque se quemara la lengua, como si lo estuviera viendo venir… se acercó hasta la puerta, con el café en la mano y, una vez que miró por la mirilla, abrió la puerta. Ante ella, un soldado imperial esperaba con su porte habitual: manos tras la espalda, uniforme negro de esos que cambiaban de color, y con el casco bajo el brazo.
-Es la hora, ehm… señorita Magné- dijo, tras revisar un segundo en su antebrazo. Ella suspiró.
-Denme un momento, por favor- pidió, sintió tentación de cerrar pero eso igual le cabreaba, así que aprovechó el viaje a la cocina para tomarse a toda prisa la bebida y guardarse las galletas en el bolso.
Recogió sus papeles, tomó las llaves, apagó las luces y se limitó a salir, cerciorándose de que estaba todo en orden, encaminándose al furgón. Flotaba a varios centímetros sobre el asfalto y tenía un gran espacio interno, con ventanas traslúcidas y asientos en las paredes, dejando el espacio del medio libre. Solo había tres asientos ocupados, todos por soldados, ocupando ella un cuarto, quedando libres otros diez. Mientras se movían ella se limitó a comerse las galletas en absoluto silencio, alertando en un primer momento a los soldados, aunque se relajaron al ver que lo que sacaba eran galletas.
Durante la siguiente media hora fueron realizando el mismo proceso: paraban en algún sitio, recogían a alguien y seguían con su camino, Gabrielle dio por echo que ella era la que más lejos estaba de las instalaciones dado que sería la primera, tardando no más de cinco minutos en llegar a destino tras recoger al último del equipo. En total habían tres hombres y dos mujeres contándola a ella, todos vestidos de forma más o menos igual. Seguramente le habrían dado la misma orden de vestimenta que a ella cuando le dieron el trabajo.
En cuanto bajaron se encontraron con una gran explanada donde ya tenían preparadas unas instalaciones prefabricadas de lo que debía ser un material ligero y prefabricado porque hace un mes aquello era bosque. Eran bloques cuadrados con ventanas rectangulares y de color tierra suave, no demasiado bonitos pero funcionales y cómodos para trabajar en su interior, aunque no le dio tiempo de pensar en ello. Ante ellos, un hombre entrado en años de piel cobriza, alto y delgado, con una calvicie pronunciada y bien afeitado, sus ojos marrones eran imponentes pues brillaban bastante. Le recordaban a los de Zormu, de hecho.
-Buenos días, caballeros. Soy el profesor Garlio, director de estas instalaciones y vuestro superior directo, y el… bueno, vosotros diríais hombre pero no lo soy realmente. En fin, seré ante el que tengáis que dar explicaciones. Síganme- ordenó.
Sin duda era de otro mundo, seguramente el mismo que el de Zormu, sus facciones eran más o menos parecidas. Anduvieron hasta el edificio, siempre acompañados por los soldados que les portaron hasta allí, a los que se unieron el conductor, y que por supuesto era un quinto militar. En cuanto entraron se encontraron con las típicas oficinas: cada puesto tenía una mesa, un ordenador con su teclado – o lo que intuían que era uno, pues la pantalla estaba colocada en la mesa como si formara parte de la misma – y numerosos papeles ya en los escritorios y estanterías traseras. Notaron que habían placas en cada mesa, cada una con un nombre y lo que debía ser su cargo.
-Aquí trabajaran en las instalaciones de montaje que vamos a preparar, espero que se hayan preparado adecuadamente con la documentación que le hemos enviado al respecto. Sin embargo, y para tener claro cada trabajo que realizareis, procedo- se aclaró la garganta.
-Gabrielle Magné, ingeniera jefe y encargada de la construcción de las naves- con un gesto, ella se limitó a ir a su posición, en el extremo izquierdo de la sala.
-Alexei Solovieff, físico de partículas y matemático, encargado de producción- este era un hombre de unos 50, de ojos pardos y rostro cansado, en todo momento había permanecido de la mano de una mujer.
De hecho esta sería la siguiente- Verasha Solovieff, economista, y encargada de contabilidad- ella, en cambio, era pelirroja y sus ojos azules estaban tan vivos como el tono de su pelo, nadie diría que estaba también cerca del medio siglo de vida.
-Thibaut Diop, experto en legislación, y encargado de la administración de las instalaciones- era un hombre algo bajito, de piel negra y pelo oscuro algo rizado, estaba afeitado y tenía un mostacho frondoso.
Quedaba una persona, otro hombre- James Dunbar, será vuestro jefe mientras yo no esté, que será la mayoría del tiempo. Al parecer era líder de grupos empresariales antes de vuestra liberación- este fue el último en acceder a su posición, Garlio no lo vio pero había rodado los ojos.
-Ahora que tienen sus responsabilidades concretas claras, me gustaría indicar una obviedad, pero que no tengo intención de dejar pasar por alto: estas instalaciones fabricaran, entre otras cosas, armamento imperial, sobre todo aviación. Por eso contamos con dos de ustedes: señor Solovieff, señorita Magné, sus cuellos dependen de sus éxitos- luego miró a los demás.
-Señor Dunbar, por su bien espero que todo funcione con una exactitud y diligencia dignas de elogio. Señora Solovieff, no se le ocurra intentar aumentar demasiado los presupuestos o hacer ingeniería contable de ningún tipo, Diop la tendrá bien vigilada en ese sentido. Por su parte, señor, espero no tener que llamarle la atención acerca de los contratos que tendrá que firmar- su vista se posó entonces en el otro extremo de la sala.
Señaló entonces un reloj que había en lo alto- Su jornada irá desde las 6 hasta las 14, comida, y de 15 a 18, lo harán de lo que ustedes llaman de Lunes a Viernes, cobrarán bien se lo aseguro. Espero que no me den demasiados problemas, por su bien. ¿alguna duda?- en realidad no deseaba que hubiera ninguna.
Satisfecho ante su inexistencia, se limitó a salir, dejándoles con la única compañía de uno de los soldados. Los demás seguramente esperarían fuera, o por los alrededores. Gabrielle se limitó a toquetear la pantalla a ver cómo se encendía, mientras de reojo miraba cómo los demás tenían dificultades para ponerlos en marcha, Thibaut incluso tenía puestas unas gafitas mientras se acariciaba intranquilo su mostacho, hasta que ella logró ponerlo en marcha.
Comprobó que los demás, bastante mayores que ella, la miraban queriendo saber cómo se hacía- Tienen un botón en la parte inferior, tiene el símbolo de… bueno, imagino que del Imperio- explicó.
Los demás asintieron, y tras encontrar el interruptor, vieron satisfechos que se encendieron los ordenadores. Alexei de pronto se rio un poco, su mujer le miró con el ceño algo fruncido mientras los demás se giraban a mirarle con algo de sorpresa. Cuando habló lo hizo con cierto acento.
-Gracias, gracias. Ah, esto me recuerda a cuando trajeron por primera vez ordenadores a la oficina- comentó, mientras se quitaba unas gafitas como las de su mujer, que suspiraba.
-¿Vas a contarla, verdad?- comentó, y este asintió.
-Pero más adelante, creo que a nuestro amigo no le gusta que hablemos- miró entonces al guardia, que se limitó a permanecer en su posición, sin llegar a moverse.
Las horas pasaron. Durante ese tiempo se fueron haciendo a aquellos aparatos, que al parecer eran ordenadores cuánticos miles de veces más potentes que los más avanzados súper ordenadores de la Tierra, y eso que los iban a usar para cuestiones tan simples como redactar informes, hacer operaciones o transferencias de dinero. No se querían imaginar cómo debían ser los que usaban para hacer simulaciones o para mantener segura información confidencial. Les sorprendía, eso sí, que fueran bastante sencillos de aprender a usar, gracias a que prácticamente la totalidad de la pantalla era táctil y que estaba traducido a una lengua que ellos pudieran entender.
Mientras trabajaba una duda llegó a la mente de Gabrielle. Todos los presentes pasaban la cuarentena, Dunbar era el más joven pero no bajaba de esos años. A su lado ella era una niña, con apenas 25 años recién cumplidos. Su hermana hubiera encajado mejor, pero ella era militar, puede que de no haber muerto hace un par de años lo hubiera hecho durante esos eventos. Sin embargo no podía comentarlo, no con aquel imperial delante, ni tampoco sentía la bastante confianza con los demás como para pensar en que fueran a hacerle caso.
Se limitaba por ello a usar los programas de dibujo para transcribir apropiadamente los bocetos que ella había hecho y a enlistar todo lo necesario para hacer la construcción. En condiciones normales ya hubiera traído ese trabajo hecho de casa y estaría ya con los trabajos sobre terreno para saber la composición del suelo, para así saber qué podría o no hacer, hacerse a la idea de cómo modificarlo y adaptarlo… pero le dijeron que lo hiciera allí. Dio por hecho que sería para que se acostumbrara a las interfaces de los programas, a su uso y a cómo guardar la información, sus formatos, usos… en fin, todo aquello que en otra situación les hubiera enseñado un informático. Que por cierto, ¿cómo es posible que no hubiera uno con ellos?
-¡Oye soldado! Espero que tengamos al menos un descanso a media mañana, para tomar algo- aquel fue James Dunbar, levantándose de su asiento.
Llevaba unos papeles en las manos, se acercaba hasta el aludido con paso lento pero firme, mostrando seguridad. El otro se limitó a girar la cabeza, retirándose el casco y mostrando su rostro. Era una clon, bueno, creían que lo era por sus facciones.
-No me llamo soldado, me llamo Luz- exclamó, su pelo negro lo tenía a la garçon bien peinado, sus ojos fueron directos a los del otro.
-¿Luz?- y la aludida asintió, mientras alzaba una ceja.
-¿Algún problema?- preguntó, mientras su mano iba lentamente hasta su cadera. Gabrielle se fijó en ese detalle, y ligeramente nerviosa, también se levantó e intervino.
-Perdona Luz, tengo un problema, es que…- pero antes de que pudiera decir más la otra respondió.
-Me gustan los láseres de las armas, y jugar con las luces de los cuartos. Me entretiene- afirmó entonces, su mano ya estaba en el mango de su arma.
James asintió- Bueno, ¿podremos o no? Me gustaría poder tomar un café o unas cervezas- comentó, cruzándose de brazos.
La clon, sin embargo, le miró con interés- ¿Y eso qué es?- preguntó, la curiosidad era más o menos notoria en su voz. El otro sin embargo suspiró.
-Son bebidas que se toman en la Tierra. ¿Qué edad tienes? Dría que podrías beber ya- comentó este.
Thibaut carraspeó- No creo que sea lo más conveniente, Dunbar- comentó, se había recostado en su asiento, con los brazos extendidos y tamborileando un poco.
-¿Por? Digo yo que podrá, ¿no? En todos los oficios se fuma, ¿verdad, Luz?- la aludida frunció el ceño.
-Tengo dos años, señor. Y tampoco sé qué es fumar, aunque por lo que veo dudo que en el Gran Ejercito del Imperio se permitiera algo así- comentó.
La tensión se mascaba en el ambiente, Gabrielle volvió a hablar entonces- Luz, preguntaba si me podrías echar una mano- ésta la miró, y suspiró.
-Supongo, aunque no soy una experta…- comento, ambas se acercaron hasta el puesto de la mujer mientras el otro se limitaba a suspirar pesadamente.
Luego hablaría con Glario más tarde, pero necesitarían algo así aunque sea para poder socializar y no estar solo trabajando. Sabía perfectamente que si querían trabajar en grupo, además del hecho en sí de estar allí, tenían que al menos tolerarse. Y esos ratos libres eran importantes, en ese momento quedaba media hora para las 12. En eso pensaba mientras volvía a su puesto, en realidad lo que mejor le venía era estar horas y horas trabajando para olvidarse de lo sucedido, y como él seguro estaban todos los demás, y que en ningún momento habían dejado el sitio más que para coger algo de la estantería.
En su caso fue la muerte de su mujer e hijo. Ella estaba en París durante la destrucción de la misma, y si bien William estaba de viaje a Roma durante esa semana, la falta de cualquier tipo de comunicación por parte de él le había llevado a pensar que estaba muerto. Prefería pensarlo, pues de estar aún con vida seguramente fuera en unas condiciones lamentables. Con ese trabajo, si bien no era el más agradable o su puesto soñado, le permitiría no tener ratos para pensar en esas cosas. Se podría limitar a trabajar, comer, volver a trabajar e ir a casa a descansar, y así continuamente. Ese era su deseo en esos momentos, con solo los fines de semana como punto de inflexión en la que igual iba a un psicólogo o algo. O simplemente se entretenía con la casa y punto, que era otra opción…
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Según avanzaba la mañana, la actividad en las casas Magné y Knight comenzó. En la primera, la que antes se despertó fue Taelia, cuya alarma resonó en su cuarto con el suave sonido de la radio comenzando a ponerse en marcha. Ella gruñó, dando la vuelta sobre sí misma aún en la cama y con los ojos cerrando, incorporándose despacio y bostezando algo.
-¡Ya estamos a Lunes, día 10 de Diciembre, y el Sol brilla con fuerza en Marsella aunque hace algo de fresco esta mañana! ¡Somos RadioMar, y esto es… Las mañanas de Lacroix! ¿Cómo has dormido hoy, Lo…?- pero ella cambió la sintonía suavemente.
Ella llevaba un pijama largo blanco, tanto pantalón como camisa, en contraste con sus sabanas y que eran azul marino, así como las mantas que la cobijaron. Su cuarto era pequeño pero acogedor, con los pósteres de varios grupos de rock y heavy, un ordenador de sobremesa, su ropa en la silla, y el armario entreabierto. Tras cambiarse y abrir la ventana y subir la persiana para ventilar salió y fue dirección a la cocina, en la que vio que su tía lo había dejado todo sin arreglar, seguramente por falta de tiempo, por lo que ella suspiró.
Puso en funcionamiento la tele que tenían en el salón y se limitó a ir a la cocina, preparándose un tazón con galletas y cacao en polvo y leche, colocando la mezcla en el microondas. Escuchó movimiento arriba, debía ser Johnny ya despierto que había salido corriendo hacia el baño.
-¿¡Lo tienes todo listo, enano!?- le gritó. Un suave sí como toda respuesta le bastó a ella para asentir un poco, retiró su bol y puso el vaso de leche de él para que se calentara mientras bajaba.
-No soy enano Tali, si casi soy tan alto como tú- le gruñó él, mientras llegaba hasta ella, que le tendió su desayuno.
-Ni en tus sueños, enano- se burló ella, comprobando su ropa. Tenía una sudadera negra, unos vaqueros y las deportivas favoritas del adolescente.
-Algún día lo seré y ese día te vas a enterar- ella suspiró y le sonrió un poco. Le revolvió el pelo y fueron hasta el salón.
Vieron las noticias de la tele en silencio, solo roto por el suave murmullo de sus bocas masticando los cereales o galletas según el caso. Eran las 7:30 de la mañana, a eso de las 8 tendrían que salir para llegar al instituto media hora más tarde, no llegando a casa hasta las 14, tras eso tendrían la tarde libre hasta el día siguiente. Por suerte les llevaría Bernadette junto a sus hijos, Sam y Percy. Eran majos la verdad, aunque a veces discutían muy acaloradamente entre ellos, solo Tom era capaz de separar a los dos hermanos, y eso que no era alguien especialmente fuerte. De echo era un anciano entrado en años pero se sabía imponer bastante.
En la casa aledaña, los dos hermanos ya se estaban vistiendo tras desayunar mientras su madre estaba buscando por las llaves del coche, con Tom en la puerta haciendo girar sobre sí mismo al bastón. Echaban de menos a Ibrahim pero apenas habían podido pensar en ello, pasando por el duelo bajo el miedo a ser eliminados por los Imperiales, cosa que no llegó a suceder en ningún momento, por suerte para ellos. Tras aquellos sucesos la normalidad volvió a sus vidas y Tom no podía estar más satisfecho con ello, por seguridad de su familia y para que aprendieran cómo se hacían las cosas.
-Niños, pasad buena mañana- les pellizcó suavemente las piernas a ambos, que le sonrieron. Bernadette suspiró, besó a su suegro en las mejillas para despedirse y salieron de allí.
-¿Qué turno tienes hoy, ma?- preguntó Percy, la mujer se limitó a llegar hasta el vehículo.
-Tarde, estaré con el abuelo cuidándole. ¿Mandasteis los papeles al correo de los de Seguridad Social?- preguntó, a lo que Sam asintió.
-Claro, para algo que nos van a dar por toda esta mierda…- gruñó ella, habían entrado al vehículo ya.
Le mandó un mensaje a Taelia para avisarla mientras esperaban, la adulta suspiró mientras tamborileaba con los dedos en el volante, pensativa. Les sorprendía que fueran a darles la pensión de orfandad a ellos y la de viudedad a la adulta, cosa que sería de gran ayuda. Eso fue un detalle por parte de la política, que fueran a pagar las cosas… o eso habían dicho. Bernadette tenía sus dudas que realmente pudieran hacer frente a semejante gasto, aunque los otros tres estaban totalmente convencidos que así sería. Esperaba que no se dejaran llevar por su forma de pensar y realmente lo pensaran de forma objetiva.
Vio llegar a los dos hermanos y sonrió un poco, momento en que puso en marcha el vehículo, puso la radio y vio como estos se colocaban junto a Percy, que iba detrás, estando Sam de copiloto. Bernadette se limitó a conducir dirección al centro donde los niños estudiaban; era una suerte que todos fueran al mismo siti y que así pudieran ir todos juntos. Tras dejarles allí iría directa a casa para estar con Tom, con esa idea en mente condujo tranquila por la calle, apenas había tráfico pero cuando llegó hasta la avenida se encontró con el movimiento habitual de personas. Se incorporó a uno de los carriles mientras se movía suavemente en el asiento al ritmo del pop que sonaba, cantando y hasta dando palmas cuando llegaban a un semáforo. Sam miraba nerviosa por la ventana, avergonzada por el proceder de la adulta, Percy por su parte también cantaba un poco, y los otros dos se limitaban a moverse suavemente al son de la música.
Apenas se conocían desde hace un mes pero ambas familias se habían unido. Casi a la fuerza pero lo habían hecho, que era lo importante. Gracias a la participación de ellos durante la Noche de la Ira – aquel era el nombre por el que se conocía aquella noche de inicios de Noviembre – su familia había sobrevivido al intento de asalto. Fue una suerte tenerlos al lado, de no ser por ellos seguramente en su vivienda viviera otra gente. En ello pensaba cuando llegaron a las inmediaciones del instituto.
-¿Esta tarde estaremos también con el señor Tom?- preguntó con interés Taelia, eso hizo que Sam también mirara con interés a su madre.
-Sí, de hecho estaréis todos con él para que os cuide. ¿Coméis con nosotros también?- Johnny y su hermana se sonrojaron entonces.
-No hace falta, señora Knight- murmuró él mientras la aludida rodaba los ojos.
-No me llaméis así, ya os lo he dicho. A las dos os recojo, ¡portaos bien!- con esa simple despedida, y sin llegar a concretar nada – lo que derivaría en que, efectivamente, comerían todos juntos – los cuatro adolescentes bajaron del coche.
El instituto al que iban, el Saint Jeanne D'Arc, era bastante grande. Era un complejo de varios edificios, con tres edificios y una gran nave a modo de pabellón de deportes. Al lado de este tenían varias pistas de fútbol y baloncesto. Eran bastante bonitos, de ladrillo y piezas de mármol en el suelo en las entradas de los mismos, su exterior era de un estilo decimonónico pero por dentro era bastante moderno. (1)
-Bueno, pues vamos…- murmuró Percy, con su mochila al hombro, mientras iba con los otros.
Los demás alumnos de Saint Jeanne ya iban hacia los diferentes edificios, estos tenían unas tres plantas de altura y en el dintel tenían de qué era el edificio, habiendo uno para Curso Preparatorio, Elemental y Medio, otro para el Colegio y el Liceo, y un tercero para tecnología y ciencias. Johnny se dirigió hacia el primero mientras los otros tres iban hacia el segundo. Pasaron durante el corto trayecto desde la entrada a los edificios, todo parecería un día más de no ser porque las banderas de Francia y la UE que tenían en un lateral no hubieran sido sustituidas por sendas insignias del Imperio. Se sorprendían que tuvieran algo parecido a banderas, o que simplemente era una forma de adaptarse a la cultura o forma de hacer de la Tierra. En todo caso se limitaron en ir hasta sus respectivas clases, charlando. (2)
-Me sorprende que no haya guardias por aquí dentro…- comentó Sam, Taelia asintió un poco.
-Y a mí, pero mejor así. De todas formas tenemos al lado a un montón de esos cabrones- murmuró, mientras su vista pasaba al horizonte.
Marsella era una ciudad portuaria, de hecho incluso en el interior se notaba los vientos que venían del Mediterráneo. De hecho el salitre a veces provocaba problemas en las instalaciones, pero si tenían al mar en el frente, al oeste habían instalado un complejo militar tan grande que se podía ver en toda la ciudad, incluso aunque la misma estaba situada a la misma altura que el resto de Marsella.
-Ya te digo, pero lo prefiero así. No quiero que metan sus sucias manos en nuestras vidas- gruñó Percy, Taelia le miró con cierta diversión.
-Ya podríais tener esa misma mentalidad siempre- comentó, los dos hermanos rodaron los ojos.
-No es lo mismo- le espetó Sam, la aludida se limitó a reír suavemente. Percy se limitó a suspirar un poco, mientras se rascaba algo la nuca.
-Bueno, ¿nos veremos en el descanso de medio día?- preguntó Taelia, a lo que los otros asintieron.
Para ese momento ya habían entrado al edificio y el bullicio de sus compañeros les había hecho aumentar el volumen de su voz. Tras despedirse y darse un apretón fueron a sus respectivas clases, los hermanos a 2º B y Taelia al C. (3)
-¡Claro! ¡Adiós!- Percy se despidió afablemente mientras la otra se limitaba a despedirla con la mano, mientras se encaminaban a su clase tranquilamente. Aquella acción no pasó desapercibida para Sam, que le dio unos toques en el lateral.
-¿Qué?- inquirió, mientras la miraba. Su hermana le miró alzando una ceja.
-¿Te gusta ella o algo?- preguntó, el otro suspiró ligeramente sonrojado.
Sam se rio, ya tenía tema para poder molestarle una buena temporada. Además que no le faltarían oportunidades gracias a que prácticamente convivían; pese a vivir en casas diferentes se pasaban días enteros juntos, bien ayudándose entre ellos para las labores de la casa, bien planificando y preparándose para defenderse del Imperio, al que tenían intención de plantar cara con todo lo que ellos tenían a su alcance.
-No se lo digas…- murmuró Percy, mientras se sentaba en su pupitre. La otra se colocó a su lado, mientras le miraba divertida.
-Tranquilo, también me parece bastante mona ella- le comentó, el otro la observó con cierta curiosidad.
-¿No te basta con Adrien? En tu última cita con él volviste con una sonrisa- comentó él, pero la muchacha negó.
-Que va, le pillé liándose con una tipeja de la universidad, y eso que tenía intención de tirármelo…- a eso el otro asintió, entendiendo.
-Pero si ese mismo día volviste sonriendo… y le pillaste con otra… ¿qué pasó?- la otra le guiñó un ojo.
-Lo que pasa en la sede se queda en la sede, ya deberías saberlo…- el otro se sonrojó, no lo estaba diciendo pero claramente se refería a su "incidente" con una de las compañeras, Marien.
Hubieran seguido hablando cuando llegó el profesor, este traía cara de cierto nervio, pero no llegaron a mencionar nada en absoluto, no era el momento. Era un secreto a voces que el Imperio estaba en constante vigilancia y por ello no hablaban de cosas que pudieran resultar peligrosas, no al menos en habitaciones cerradas donde se les pudiera escuchar solo a ellos. Por eso sitios ideales para esas cosas eran cafeterías o lugares así.
Las clases pasaron tranquilamente a lo largo de la mañana hasta que llegó el medio día, momento en el que salieron al patio a echar el rato hasta el siguiente periodo de clases. Era un lugar espacioso en el que todos se juntaban y jugaban alegremente, bien al fútbol, al pilla-pilla o al baloncesto, mientras grupos de chavales se colocaban aquí y allá, siempre y en todo momento bajo la atenta mirada de algunos de los profesores. Taelia ya estaba sentada en unas gradas tomando un zumo de piña y algunas galletas, los hermanos en cuanto la vieron se colocaron a su lado.
-¿Qué tal las clases?- preguntó, haciéndoles algo de hueco. Delante, varios grupos jugaban entre ellos, protegidos por unas verjas muy altas y que detenían los balonazos.
-Un aburrimiento, la verdad…- comentó Sam, sacando su bocadillo. Percy se limitó a asentir, mirando hacia el horizonte.
Justo delante de ellos, pasado el pequeño parque y al fondo, el mar se expandía hasta el horizonte. Entre ellos y la arena debía haber un kilómetro como mucho.
-No me extraña, el señor Depardieu y sus clases de filosofía son una mierda absoluta- comentó Taelia, a lo que los otros asintieron.
-¿Cómo os fue con Charles? El de mates- a esa pregunta de Sam la chica se limitó a hundirse de hombros.
-Bueno… podría ser peor. Al menos hoy no se puso a decir lo fascinante que le parecen los microchips- bromeó, Percy asentía, pensativo.
-¿Le pasa algo?- preguntó Taelia entonces, normalmente el otro ya se habría comido su bocadillo o estaría charlando.
Sam sonrió de medio lado- Déjale, está enamorado- bromeó, el otro gruñó y su hermana se rio un poco.
-Qué suerte… yo no conozco a nadie así- comentó de pronto Taelia. Los hermanos se miraron, la otra se limitó a seguir.
-No soy romántica, no me malinterpretéis. Pero… los chicos que me entran o son imbéciles, o no me interesan- explicó.
-Bueno, yo conocí a un tío… joder, bastante guapo. Vivía en Boulogne, vivíamos allí hace un par de años pero nos mudamos a Marsella antes de poder formalizar nada con él- la otra la miró con interés.
-¿Kadic?- preguntó, y Sam asintió. Percy se incorporó entonces, sabía por dónde iría su hermana y le era un pelín incómodo oírle hablar de esas cosas.
Taelia simplemente la miró con interés- Efectivamente, bueno, él estudiaba en Kadic. Yo solo entré un par de veces, ese sitio siempre fue demasiado elitista para alguien como yo, y más entonces que no nos comíamos un rosco- explicó.
-Se llamaba Odd y… Creo que esa fue la vez que más me gustó un tío, su amigo Jeremy tampoco estaba malo pero era mazo friki- Taelia asintió.
Entonces recordó- ¿No sería uno rubio con un mechón morado verdad?- preguntó, y Sam asintió.
-¿Le conociste? No soy celosa, me puedes decir si hubo… ya sabes- aunque Sam le guiñó un ojo, Taelia negó.
-Que va, bueno, Odd me quiso entrar un par de veces el poco tiempo que estuve allí. No me gustaba demasiado pero como el enano se enamoró de la hermana de su mejor amigo le inscribimos hasta que a mi tía le salió curro en Marsella- explicó.
-¿Y le rechazaste? Si era un bombón- la otra le miró con sorpresa.
-¿En serio lo piensas? Si era un flacucho- Sam puso una sonrisa triste, momento en que la otra calló en la cuenta.
-Discúlpame, he sido una insensible…- murmuró, pero la otra le restó importancia. Miró hacia el horizonte aún con esa mirada.
-Ese, de verdad lo digo, fue mi primer amor. Fui una gilipollas con él, pero ojalá poder… redimirme- le lanzó una suave mirada entonces.
Taelia bajó la vista entonces, mientras estaba pensativa- Espero que tu abuelo pueda ver nuestros progresos- comentó, a lo que la otra asintió.
-En fin, ¿dónde anda tu hermano?- preguntó, alzando entonces la vista. Taelia lo hizo igualmente, no tardando demasiado en verle.
-Por ahí anda, jugando con sus nuevos amigos- señaló entonces a un grupo que había por allí, estaban yendo tras una pelota.
Sam sonrió un poco- ¿Crees que deberíamos… dejarle de lado en estos asuntos?- preguntó, pero Taelia negó.
-Es demasiado terco como para querer abandonar todo esto. Aunque también preferiría que no entrara, pero sería imposible ya, supongo que piensas igual con Percy- le miró entonces.
Estaba charlando con algunos de sus compañeros de curso, parecía contento. Sam asintió, mientras se acariciaba sus propios brazos.
-Lo hago, pero creo que sería lo mismo con él. Además, le gusta demasiado el jaleo- y se rio entonces.
Taelia sonrió suavemente, le alegraba en cierta medida tener una amiga como ella, alguien que la entendiera. Aunque eso no quitaba que de vez en cuando discutieran con fuerza, pero por lo general se llevaban bien. Esperaba poder intimar con ella, necesitaba a una amiga de verdad…
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Por su parte, a esas horas Gabrielle se encontraba fuera de las oficinas tomando el fresco. Cerca estaban los demás, Alexeis fumaba junto a James, mientras ella, Thibaut y Verasha estaban charlaban. Solo Luz permanecía en silencio, cruzada de brazos y mirando a la nada, aunque no le gustaba espiar conversaciones ajenas no podía evitar hacerlo. Se preguntaba cómo debía sentirse ser una forma de vida real y no un clon, como era ella, con una esperanza de vida de verdad. Sin embargo no había conocido nada que no fuera el Imperio, y no podía quejarse de una mala vida o algo así.
Era mejor eso que estar pegándose tiros en alguna nave espacial, o luchando contra otros clones de la República, o tragando polvo o hielo en una luna deshabitada. Pensaba en ello mientras observaba aquel mundo, el más bonito que había visto a lo largo de su tiempo de servicio, y eso que había visto unos cuantos. Lo único que le desagradaba era el suave humo de aquel palillo… ¿lo habían llamado cigarrillo?
-¿Vais a tardar mucho? Huele fatal y seguro que sabe peor- les reclamó, los dos hombres la miraron.
-Tienes suerte de que Verasha ya no fume, parecía una fábrica cuando se ponía- la mujer le gruñó algo molesta, pero no podía negar la realidad.
-Señorita Luz, en la Tierra es normal que la gente se relaje así- intervino Thibaut entonces, con una voz suave.
La mujer le miró, con cierto interés- Piense que llevamos unas seis horas seguidas trabajando y que es uno importante, ¿usted podría estar durante horas en combate sin necesidad de descansar aunque fueran unos minutos?- la otra asintió, despacio.
-No me quejo de eso, sino de eso que hacen. ¿No es malo para vuestro cuerpo meteros todo ese humo dentro?- preguntó, no se creería otra cosa que no confirmara ese pensamiento.
Sin embargo, Alexei suspiró- Somos mayorcitos para saber qué nos conviene y qué no. Y tú también lo pareces, la verdad- rebuscó entre su ropa.
Luz, sabiendo que no podía estar armado, se limitó a observarle con cierto interés. Sacó entonces una cajetilla de plástico con muchas letras diminutas y un papel brillante de color oro. Notó un suave aroma parecido al que emanaba de aquellos cigarrillos, de hecho allí vio unos cuantos más. Sacó uno y se lo tendió a la clon, que sin saber muy bien qué hacer, lo tomó. Tras sacar un mechero lo encendió suavemente, y, colocándose el suyo en la boca, le mostró cómo hacerlo.
-¿Es una mierda? Lo es. ¿Ayuda a calmar el estrés cuando no se tiene nada más? Lo hace- se limitó a decir.
Luz olisqueó un poco aquel objeto, y puso mala cara- No tiene sentido, esto… supongo que es una costumbre más, pero si os hace ilusión…- se lo llevó a la boca entonces.
Aspiró suavemente pero solo aguantó unos instantes; en seguida tosió con fuera y le tendió el cigarrillo al otro, que se rio con fuerza mientras lo apagaba con un soplido y lo tiraba, provocando una escena algo graciosa y que provocó que los demás rieran un poco también.
-Definitivamente… no me gusta…- gruñó, aun tosía un poco y le costaba hablar, pero podía articular aún. James se limitó a terminar el suyo y también lo tiró al suelo, tras lo cual lo pisó.
-Siempre es importante probar, señorita Luz. De todas formas yo no me volvería a fiar de estos dos- comentó Thibaut, mientras le tendía un vaso con agua para que bebiera.
Esta lo tomó agradecida, Gabrielle suspiró entonces- ¿Mejor? Creo que te gustará más el café, sabe bien y te despeja la cabeza- afirmó.
Pero la aludida negó- Suficiente experimento por hoy. Además, se supone que no debería interactuar con vosotros…- Verasha alzó una ceja entonces.
-Pues ya lo has hecho un par de veces- comentó, la aludida bajó el rostro avergonzada entonces.
-Por eso me trajeron aquí, me parece… Por ser un mal clon- comentó, mientras miraba al horizonte.
Los otros la miraron, no sabían si sería buena idea presionarla o no, pero Luz solo suspiró. Miró su antebrazo, y se colocó el casco de nuevo.
-Hora de seguir trabajando- y abrió la puerta, echando abajo toda la complicidad que pudieran tener hasta ese momento. De alguna manera no les extrañaba que hubiera reaccionado así.
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El día avanzó tranquilo para todos. Gabrielle siguió trabajando junto al resto del equipo, diseñando y planificando la construcción de las naves, haciendo cuentas, contratos y en general gestionando aquello. Por su parte los adolescentes tuvieron clase normal, y como había prometido, Bernadette fue a por ellos a buscarles con el coche para comer todos en la casa Knight para luego irse a trabajar, no volviendo Gabrielle hasta las seis de la tarde, agotada pero más o menos satisfecha. Suponiendo que sus sobrinos estarían en la otra casa se limitó a ir hasta su cuarto, donde se puso ropa cómoda, y salió hasta la otra casa, donde efectivamente estaban los demás. Según entraba por la puerta el calorcito de la calefacción acarició su cuerpo y le sacó una suave sonrisa, mientras Sam le sonreía, pues fue la que abrió.
-¿Qué tal el trabajo?- preguntó, mientras la dejaba pasar. Esta suspiró.
-Duro, pero peor sería la nada. ¿Y vosotros?- preguntó, Taelia salió entonces con unos libros en la mano, al igual que Johnny, que portaba una gran sonrisa.
-Bien, la verdad. Aburridas como siempre- comentó la chica, acercándose a su tía. Gabrielle bostezó un poco.
-Bueno, pues me alegro por vosotros niños…- se estiró un poco, en ese momento escuchó la suave voz del viejo Tom llamándola.
Cuando llegó con él le vio en el sofá, con un par de latas de cerveza sin alcohol delante. La mujer le sonrió, le recordaba a su propio abuelo.
-Buenas tardes, señor Knight- saludó, mientras se colocaba a su lado. El otro le mostró una suave sonrisa y le tendió una bebida, que ella aceptó mientras se acomodaba.
-Gabrielle, querida, ya sabes que me puedes llamar Tom- le espetó, un poco divertido. La otra se limitó a colocarse unos mechones tras la oreja.
-¿Qué tal se encuentra? ¿Se tomó la medicación?- el hombre suspiró.
-Bernadette se ocupó de ello, no te preocupes. Que suerte tuvo mi hijo con esa gran mujer… ¿Tú no tienes a nadie, verdad?- a eso la otra negó.
El anciano asintió, en silencio. Tardó unos segundos en responder- Muchas gracias, por coordinarte con Bernadette- la otra le restó importancia.
-A us.. ti, por cuidar de mis microbios mientras estoy fuera- comentó. Los aludidos la miraron algo molestos por ese mote, lo que provocó las risas del anciano.
-Bueno, tienen lectura para rato, ¿verdad?- Johnny le mostró a la adulta las lecturas que el mayor les había dado.
Tras leer los títulos, la otra suspiró- ¿Aún seguís con esa idea de… resistir? Pensé que se os pasaría…- reconoció, mientras le devolvía al muchacho el volumen.
Tom se limitó a acomodarse- Ya que lo van a hacer, prefiero que al menos lo hagan bien. Es lo que Ibrahim hubiera querido…- comentó el anciano.
Gabrielle gruñó. En realidad, conociendo a su hermana y al marido de esta, seguramente hubieran dicho lo mismo. Ellas eran como el agua y el aceite en muchos sentidos, ese era uno de ellos. La verdad, preferiría no verse involucrada en cosas así, pero por otro lado…
-Me molesta que casi hayas decidido por ellos, bueno, tú y tus nietos- reconoció, mientras le miraba. Sam iba a hablar, pero Tom le pidió silencio con un gesto.
Miró al techo unos segundos, solo entonces se atrevió a hablar- Creo que la adrenalina de esos días fue lo que habló por mi… Sin embargo, espero que entiendas que ahora es totalmente imposible hacer nada, no quiero que mi única familia acabe de carnaza- explicó.
No era bueno tener pelos en la lengua, no con temas tan delicados. El otro se rascó suavemente el lateral de su cabeza- No eres la única reacia a todo esto, la propia Bernadette lo está. Y los niños, hasta yo… No somos tontos, sabemos que esto es serio, y sobre todo, peligroso- Gabrielle se aguantó las ganas de decir nada.
El mayor se dio cuenta y agradeció el gesto- Por eso no creo que vayamos a hacer nada hasta que ellos sean adultos. Tiene que haber mucha mierda para que la gente obtenga el valor de hacer nada, puede que ni yo viva tanto tiempo como para que pase eso… así que de mientras les formaré- explicó.
-Espero que no esté pensando en guerra de guerrillas o en asaltos localizados, porque con eso no lograríamos demasiado- el anciano se rio un poco.
-No, no… nos llamarían de todo y puede que la gente esté hasta a favor de ellos… nuestras manos solo pueden mancharse con la sangre de imperiales- explicó. Gabrielle bajó el rostro, pensativa.
-En mi trabajo había una clon, no… no parecía ser alguien peligroso, era más como una chica de mi edad que había visto poco mundo- explicó entonces.
Tom asentía, con interés. Los adolescentes estuvieron viendo todo aquello, no comprendían demasiado la conversación, pero mientras les dejaran seguir con sus planes todo iría bien, eso creían al menos. La mujer siguió hablando entonces.
-Puede que me la pueda ganar, parecía molesta con el Imperio, o por lo menos con el trato que recibió. Pero tomará tiempo, dudo que el lavado de cerebro que seguro reciben ellos se pueda borrar fácilmente- afirmó.
Tom asintió, verdaderamente satisfecho- Buen trabajo, buen trabajo… ¡Percival, no te quedes ahí como un pasmarote y trae algo de comer, que seguro viene hambrienta!- el aludido rodó los ojos, pero obedeció.
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Lejos, a cientos de años luz de allí, en el planeta en el que estaba entrenado el equipo de Laura Gauthier, y la propia muchacha, y que dormían tranquilamente en su habitación. La calma era absoluta en toda la base, salvo por una sombra que se movía rápidamente por las instalaciones. De la misma no se veía absolutamente nada, ni las cámaras de vigilancia podían seguir su rastro pues se movía de lado a lado de los pasillos con una facilidad pasmosa. Incluso su rostro estaba oculto tras una máscara, y que ni sus ojos mostraba.
Pero no estuvo demasiado rato por el interior; estaba cerca de una pequeña ventana, que abrió fácilmente, pudiendo salir hasta la fachada del edificio, y a la que se pegó usando unas botas que se iluminaron en un suave tono verdoso. Aquel individuo descendió lentamente, con todo su cuerpo pegado a la misma, de hecho en cuanto tocó con sus manos la pared sus guanteletes se iluminaron también en verde.
Apenas tardó cinco minutos en descender, aprovechando que no había vigilancia, que era absurda dado que estaban en un planeta totalmente protegido por el Imperio. Nadie sería tan estúpido como para querer entrar, así que fue hasta tierra firme, y en ese momento desactivó las agarraderas de botas y guanteletes, que pasaron del verde al naranja. Se colocó en posición de arranque, con el cuerpo inclinado hacia adelante, manos al suelo y las piernas en tensión; y comenzó a correr a toda velocidad. Apenas hizo eso durante un minuto, quedando fuera del área de influencia de la base imperial, deteniéndose en una gran planicie.
-En posición- murmuró simplemente, mirando hacia el cielo. Vio como un aparato de apenas tres de largo aparecía desde lo alto, del mismo salió un robot esférico igualmente diminuto y en un estado que incluso diría que es lamentable.
Tocó el mismo suavemente, como si fuera una mascota, y entonces de entre sus prendas le mostró un cuadernito rojo, que escaneó. En cuanto terminó con aquello el robot silbó un poco, alegre, y a modo de despedida empujó al individuo, que rio por lo bajo. Tras comprobar que salía de allí, se limitó a volver a correr en dirección a la base, volviendo a hacer el camino de vuelta, internándose en los pasillos y perdiéndose en la oscuridad, sin en ningún momento hacer saltar las medidas de seguridad, en una misión ejecutada a la perfección.
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El siguiente capítulo se estrenará el 4 de Mayo, será un capítulo especial por el primer aniversario del fanfic, y que espero que os esté gustando mucho.
(1) Nombre ficticio para el centro.
(2) Preparatorio, Elemental y Medio equivale a los primeros cinco años de la primaria española. Colegio y Liceo, por su parte, comprendería el último año de primaria y tres de la secundaria; y el último de la secundaria y los dos de bachillerato, respectivamente.
(3) Esto sería Segundo, el equivalente al último año de la educación secundaria obligatoria en España, 4º de ESO.
Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.
