Holaaa, hemos vuelto.

Por si acaso se pensaban que no regresaría pronto, pues acá andamos a menos de un mes de la publicación anterior, ¿qué tal? Todo un milagro, pero bueno.

Espero que todo mundo se encuentre bien, nos seguiremos leyendo, un abrazo.


Escuchó la campanilla desde donde se encontraba en la barra y saludó con un gesto apenas notorio a la persona que ingresó en el restaurante. No esperaba verla sino hasta la tarde cuando fuera de visita a su casa, pero la alegro encontrarla antes porque su mente se distrajo del asunto de su último fin de semana en casa de Mérida para enfocarse en ese par de ojos verdes que la seguían por las mesas mientras esperaba su turno para ser atendida.

Cualquier otro podría tomarle la orden, si no lo hacían era porque sabían que eran amigas y seguro querría hacerlo por sí misma. Ni siquiera Kristoff iba a molestarlas, a pesar de ser el mejor amigo de la chica, aunque sí levantaba la mano a la distancia a modo de saludo.

—Yo me encargo —le dijo cuando regresó a la barra por otra orden—. Tú ve y atiende a mi cliente VIP, por favor.

Elsa no discutió, tenía ganas de verla.

—Me gusta tu atuendo de hoy —comentó la pecosa en cuanto estuvo lo suficientemente cerca.

No le veía ningún atractivo especial, era la ropa que había usado en otras ocasiones en su presencia, así que sólo asintió como siempre que recibía halagos que tenía la idea de no merecer. Eso no evitó que se sintiera cohibida de que lo dijera ella porque parecía creerlo de verdad y era algo con lo que todavía no sabía cómo lidiar.

—¿Ya decidiste qué vas a ordenar? Kristoff me mandó por tu orden.

—Oh.

¿Qué era esa expresión en sus ojos? ¿Decepción?

—Sabe que me gusta hablar contigo —aclaró—. Es bueno que estés aquí.

—Yo… —se escondió unos minutos detrás del menú que sostenía con amabas manos, lo cual hizo sonreír a Elsa—. Quiero la comida del día y una malteada.

—¿De chocolate?

—¡Sí!

No sabía si estaba más entusiasmada por tomar su bebida favorita o porque la chica recordaba cuál era. No podía apartar la sonrisa de su rostro al observarla anotar en la pequeña libreta que solía llevar en su mandil al momento de trabajar.

Aprovechó el momento para estudiar su cara de concentración, tenía una ceja arriba apenas lo justo para que resultara notorio y sujetaba con delicadeza la pluma en su mano, casi con cariño mientras rasgaba el papel de tal forma que parecía dejar la tinta flotar sobre él. Sus manos… desvió la vista. Eran manos largas y estilizadas, blancas al igual que el resto de su cuerpo, pero con las venas resaltando sobre ellas cual marcadores fosforescentes. Daban ganas de recorrerlas hasta alcanzar la base de su cuello por donde se dejaban adivinar otras tantas e imaginó que cualquier cosa sería capaz de dejar huella con facilidad en su piel.

—¿Anna?

Volteó al escuchar su nombre y encontró a la chica a escasos centímetros de su rostro. No le dio tiempo de retirarse cuando ya tenía su mano sobre su mejilla, con la suave respiración apenas por encima de su frente y la mirada preocupada.

—¿Te encuentras bien? ¿Con qué te hiciste esa herida?

Anna ya no recordaba aquel pequeño corte ocasionado por la porcelana estrellada en su cabeza, por un momento no supo de lo qué hablaba. No la ayudó tenerla tan cerca porque se perdió otro tanto en la profundidad de sus ojos, el azul marino intenso que dejaba su respiración en un hilo parecía detener el reloj.

—Anna —volvió a llamarla la chica.

—Sí… —dijo tomando la mano que continuaba sobre su rostro—. Es decir, estoy bien, fue un pequeño accidente sin importancia.

—¿Segura?

Asintió sin quitar la sonrisa bonita del rostro, así que Elsa le creyó y se alejó porque la aturdió ver que continuaba a sólo unos pasos de su rostro con el restaurante entero de testigos, incluyendo el mejor amigo de la pecosa y la dueña del restaurante.

Comenzó a alejarse, luego se detuvo y la miró otra vez.

—Enseguida te traigo tu comida.

—Te espero.

Kristoff, para su sorpresa, no se acercó ni un segundo, aunque le dedicó un par de sonrisas a la distancia. Para ser un día entre semana, había bastante gente en las mesas que se encontraban casi llenas y seguían entrando más, pero el clima daba para no tener ganas de cocinar, comer en la calle y cubrirse un poco del frío viento. Al menos así lo pensó ella esa mañana cuando decidió venir a comer en lugar de preparar algo en casa.

Pese a ello, no se engañaba, sabía que su motivo principal para estar ahí acababa de entrar por su orden. Esa chica de bonita sonrisa y cabellos plata pasó de ser una conocida a alguien que esperaba ver todos los días; no le gustaba demasiado estar tan acostumbrada a su presencia porque le daba miedo que la fuera a dejar, pero no podía evitar querer buscarla cuando tenía la oportunidad, así que se tragaba los miedos y se sentía más tranquila al ver la dulzura que emanaba cuando se detenía a saludarla.

Se preguntaba desde cuándo este sentimiento se había estado gestando en su interior sin que se diera cuenta porque por más que intentaba pensar en un momento en concreto no encontraba la respuesta. Quizá desde el preciso instante en el que la conoció, no sabría decirlo, pero tenía la teoría de que esa chica le robó el corazón en cuanto entró en su vida, sólo que no fue capaz de notarlo hasta apenas unos días antes; ahora era todo en lo que podía pensar.

La vio regresar con su comida y se le escapó una sonrisa. Tenía esa expresión de concentración de quien no quiere perder el equilibrio, así que se levantó a ayudarla con la bebida al menos para que dejara de temer.

—Mi jefa creerá que no puedo hacer mi trabajo —dijo en tono juguetón.

Anna la observó con la pajilla entre los labios sin llegar a beber todavía.

—Exageras, seguro que ya comprobó lo excelente trabajadora que eres.

—No mucho si cada vez que vienes me quedo contigo —se burló.

Se arrepintió apenas lo hubo dicho, le sonó a una especie de confesión sobre la cantidad de tiempo que pasaban juntas, pero intentó restarle importancia al ver la expresión risueña de Anna. Se ocultaba en su bebida para no responder, pero sus gestos delataban su alegría. ¿Era ella capaz de provocar eso? ¿Qué tanto podía mantener esa sonrisa?

—¿Quieres ir a algún lugar cuando termines tu turno? ¿Hoy acabas temprano? Si no tienes otros planes con Honeymaren o alguien más, por supuesto, entendería si tienes otras cosas por hacer y…

—No tengo otros planes —la cortó—. Honeymaren descansa hoy y estará ocupada, así que no te preocupes, dame unos minutos más y me tendrás toda para ti.

Decidió dejarla casi de inmediato porque su propia frase le dio vergüenza.

Anna la observó de nuevo a la distancia; no quería prestarle atención a que Elsa conociera los planes de su amiga para su día libre, de modo que, decidió enfocarse en su última frase porque mentiría si dijera que no la quería toda para ella. Quería tenerla día y noche en su casa, volver a sentir sus manos rozar sus mejillas y le costaba no imaginarse cómo se sentirían sus labios o si podría controlar sus latidos de tener la oportunidad de acercarse tanto.

—Iré por mis cosas, no te vayas sin mí —dijo la joven mesera al pasar por su mesa.

Asintió, a pesar de saber que era imposible salir de ahí si no era con esa chica a su lado. Le hizo gracia el comentario tan innecesario y simple, tan tierno e inocente como sólo ella podría serlo y eso causó que un suspiro se le escapara de los labios.

Reaccionó al peso de alguien dejándose caer en el asiento a su lado, despegó la vista de donde la tenía perdida para ver una cabellera roja despeinada combinada con un par de ojos alegres y una sonrisa pintada de colores. Y no venía solo.

Anna quiso hablar, pero no le salieron las palabras.

—Que gusto encontrarte, Anna —saludó sin notar el mutismo de la chica.

—Yo te conozco de algún lado.

Emil se volteó sorprendido a mirar a su acompañante mientras ésta se ponía cómoda en una silla al otro lado de ellos. Alejó el cabello de su rostro con una mano, aunque volvió a caerle sobre los ojos cuando se apoyó con los codos en la mesa.

—Tú pareces conocer a todas las personas que yo conozco —apuntó con los ojos entrecerrados.

Ella rio y se encogió de hombros.

—También a mí me sorprende.

—¿Mérida? —logró reaccionar por fin la pecosa—. ¿Mérida DunBroch?

Antes de que la muchacha pudiera contestar otra voz la interrumpió ganando la atención de los tres jóvenes que dejaron de lado su conversación para echar un vistazo a la persona que salía del fondo del restaurante con un bolso en la mano.

—Mérida.

—Elsa —la saludó con una sonrisa—. Eres difícil de encontrar, he tenido que venir personalmente a verte.

—Yo…

No tenía idea de qué decir porque, en realidad, estuvo evitando encontrarse con ella de nuevo por varios motivos, entre estos el hecho de que la consumía la vergüenza por el incidente con la bebida. Justo ahora quería volver a entrar al área de personal para no tener que pasar por esto y, por un segundo, se sintió molesta con su hermano por haberla llevado hasta ahí porque tuvo que ser él, de otra forma no la encontraría así de fácil.

—No me estaba escondiendo.

Que tontería, pensó. Sonaba absurdo decirlo, la hacía ver más culpable. Vio a Emil burlarse junto con Mérida, al contrario de Anna quien permanecía en silencio con las manos moviéndose inquietas sobre la mesa.

—Vinimos por ti —señaló el chico.

Parecía ansioso por comenzar a moverse.

Anna no podía dejar de mirar la escena porque era la primera vez que esos bonitos ojos azules parecían nerviosos, se paseaban de uno a otro y, a veces, miraban también la puerta como si no pudieran esperar por zafarse de la situación. Lo disimulaba bien, pero la conocía, a ella no podría engañarla.

—Lo agradezco, pero tengo planes, será mejor que vuelvas a casa.

—Con Anna, supongo.

No era una pregunta, pero asintió de todos modos.

—¿Por qué no vamos todos juntos? —se volteó a mirar a la pecosa—. ¿Qué dices, Anna?

—Hum, sí, claro, suena bien.

Elsa tuvo que aceptar que pasaría el día con Mérida otra vez.

Sujetó su mano al notar que no dejaba de moverla, a pesar de mantenerse en la misma posición con la pintura frente a ella. Logró que se detuviera y volteara en su dirección, mientras seguía sosteniendo su mano le regaló una sonrisa y apretó con suavidad su agarre.

Habían entrado a un museo, pero Emil se aburrió rápido, por lo que se separó para ir por algo de comer y Mérida se había alejado lo suficiente como para ignorar su conversación o sus manos entrelazadas.

—¿Qué te preocupa, Elsa?

Anna comenzó a acariciar el dorso de su mano con suavidad y le costó concentrarse en sus palabras en lugar de pensar en su tacto.

—No te preocupes por eso, es una tontería.

—No suenas muy convincente, pero no te voy a presionar a hablar porque tú nunca lo hiciste conmigo.

No respondió, pero se sujetó con más fuerza.

—Me ha sorprendido que conozcas a mi cantante favorita, incluso me parece un sueño poder estar tan cerca de ella y hablarle y… todo. ¿Hace cuánto son amigas?

—No somos amigas.

Detuvo las caricias en su mano por la sorpresa. Elsa miraba de reojo hacia la joven que se entretenía con una imagen en movimiento sin prestar atención a otra cosa y, por un momento, dejó de ser su artista favorita cuando comenzó a preguntarse qué relación las uniría entonces si no era una amistad.

—Ya veo —comentó intentando sonreír otra vez—. Así que… Si no son amigas, ¿qué son?

—Hey, chicas —las llamó Mérida desde el banco frente a la imagen—. Tienen que ver esto, es increíble.

Elsa la soltó primero. No le gustó sentir su mano deslizarse hasta quedar libre y verla sentarse a un lado de la muchacha con apenas unos centímetros de por medio. No le gustó porque la dejó ahí parada para irse con ella, ni siquiera se giró para comprobar que la siguiera y pensó si no le estorbaría su presencia.

Se le aguaron los ojos. ¿Qué eran esas dos?

—No entiendo porque se separaron si parece que se llevan muy bien ¿no?

La voz la sobresaltó y consiguió retener las lágrimas. El chico llevaba una servilleta en la mano con la que terminaba de limpiarse los restos de su comida, tenía su mirada al lugar donde su hermana y Mérida compartían espacio.

Sus palabras se quedaron atoradas en su cabeza.

—¿Separarse?

—Ajá, separarse como alejarse la una de la otra, no separarse de pareja, perdón, sonó diferente.

Anna sintió que volvía a respirar.

—Aunque en realidad no tengo idea si fueron pareja o no, tengo cero información al respecto y mi hermanita no ha querido hablar del tema —se quejó.

—Pero… son dos chicas.

¿Elsa podía tener novia? La duda le robó la atención y miró a Emil en espera de una respuesta.

—¿Y? Dos chicas pueden ser novias, pensé que tú lo entenderías bien.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó con cautela.

No solía hablar de su sexualidad libremente, aunque tampoco se esforzaba en esconderla, si su comentario la puso nerviosa es porque a Emil todavía lo conocía poco como para confiarle su vida privada.

—Pues a que te gusta Elsa, claro.

Anna abrió la boca sin poder emitir sonido. Su corazón comenzó a latir más rápido y tomó la mano del chico para alejarlo lo más posible de donde estaban. Echó una última mirada sobre su hombro, pero ella dos seguían perdidas en otra cosa, así que lo arrastró por diferentes salas hasta estar lo bastante lejos.

—¿Cómo…? ¿Por qué piensas algo así? —cuestionó al soltarlo.

Emil sonrió.

—Era una suposición, pero viendo como me arrastraste hasta aquí cuando lo dije, acabo de confirmarlo.

Se pasó las manos por el rostro, tenía las mejillas sonrojadas.

—No puede ser, que tonta soy —Lo miró a los ojos—. No puedes decírselo ni a ella ni a nadie. Ay no, ¿crees que lo haya notado?

—Para nada, creo que se niega a verlo.

Se sentaron en un banco parecido al de la otra sala y por varios minutos ninguno dijo otra cosa. Anna fue la primera en romper el silencio.

—¿Crees que tengo oportunidad?

—¿Vas en serio? ¿Vas a intentar algo con ella?

—¿No debería?

Emil se encogió de hombros.

—No soy quien para decirte qué hacer, Anna, por eso no lo mencioné antes. Lo que hagan dependerá de ustedes dos, sólo que… ¿Como decirlo? Hans sigue siendo mi hermano también, aunque no me caiga muy bien tú fuiste su novia, así que, lamento si no puedo ponerme de tu lado del todo.

—No te disculpes, lo entiendo —Echó la cabeza atrás para mirar el techo—. Sé que es un poco raro, pero no pude evitar que me gustara.

—Ahí estaban.

La protagonista de su conversación se acercaba desde una orilla de la sala, parecía aliviada de encontrarlos y Mérida la seguía de cerca mientras se acercaban. De repente, ya no le importaba demasiado su fanatismo, quería a esa chica lejos de Elsa y quizá entonces volvería a escuchar su música como antes.

—Gracias por venir conmigo.

Se colgó de su brazo con lentitud por si se negaba a aceptarla, sin embargo, no dijo nada. ¿Estaría yendo demasiado lejos si se dedicaba a jugar con su piel mientras caminaban? Como tampoco eso lo evitó siguió haciéndolo, aunque intentó mantenerlo como un contacto apenas notorio para no evidenciarse en demasía.

—Era lo menos que podía hacer después de que interrumpieron nuestra salida.

—Lo lamento, es culpa mía, pero me pareció grosero decir que no, no supe negarme, aunque debí consultarlo contigo primero y…

—Anna, está bien.

Miró el cielo en plena oscuridad sobre sus cabezas; habían demorado más de lo pensado en su salida, pero fue imposible deshacerse de sus acompañantes hasta ya bien entrada la tarde, justo cuando el día comenzaba a pintarse de pequeños puntos luminosos. Por eso, cuando Anna mencionó que se iba, no pudo dejarla marchar sola, necesitaba más tiempo con ella a solas sin su hermano o Mérida de por medio.

Ahora, el contacto de la chica contra su piel le erizaba los vellos del cuerpo y le provocaba malestar en la boca del estómago, aunque no de mala manera. No quería detenerla porque parecía muy entretenida, además, le gustaba sostenerla.

—Prefiero estar contigo, espero que lo sepas —habló de nuevo la pecosa.

Elsa no encontró cómo responder de inmediato, últimamente le costaba más encontrar palabras al estar juntas. Tenía tantas cosas para decir, pero parecía mejor si sólo se quedaba en silencio y disfrutaba de la voz de Anna, de su tacto, de su compañía.

—Aunque tal vez deberías dejar de visitarme tan seguido.

—¿Por qué haría eso?

Se detuvieron frente a la puerta. Recargó su peso en la entrada mientras observaba a Elsa que intentaba averiguar por medio de su intensa mirada la razón de su comentario, con la barbilla en tensión y los brazos sobre su abdomen.

Se acercó de nuevo para tomar sus manos con cariño sólo porque podía y le gustaba hacerlo.

—Porque tienes otras cosas qué hacer y yo te quito mucho tiempo.

—Creo que ya tuvimos esta conversación.

—Tal vez deberíamos tenerla de nuevo.

—La tendremos cuando decidas volver al equipo.

Resopló sin poder evitarlo. No le gustaba cuando la chica usaba el chantaje en su contra, pero debía admitir que la hacía reír.

—¿Quieres quedarte a dormir?

Elsa sonrió.

—¿Qué pasó con lo de quitarme tiempo?

—Oh cállate, de todas formas, no me haces caso, ¿te quedas o no?

—Claro, no te vendría mal que te vigile un poco.

—Si insistes puedes dormir conmigo también, así me tendrías a tu disposición toda la noche.

Se rio porque lo dijo sin pensarlo, pero al ver el tono rojizo en el rostro de Elsa, se arrepintió de inmediato de las palabras que decidió usar.

—Es decir, no era… no me refería a nada raro, sólo era para que pudieras verme toda la noche… Eso no sonó mejor. Quise decir… ¡Agh!

—No sé si me corresponde a mí decirlo, pero ¿entramos?

—Sí, hagamos eso.

Anna la dirigió a la sala. Hace no mucho su ex novio había estado ahí para rogarle volver y el recuerdo de cómo recorría el borde del sillón con las manos le dio escalofríos, por suerte, procuró cambiar la cerradura después del incidente, de modo que, por ahora no iba a encontrarlo en su hogar sin que ella lo supiera.

Le sabía mal ocultarle a Elsa la conversación que tuvieron unos días atrás, pero no quería preocuparla. No tenía sentido manchar sus momentos con ella cuando eran lo más bonito que tenía en el día.

Pese a la calma del momento, no podía dejar de pensar en lo acontecido en el museo y el pensamiento la entristeció porque la quería, pero Emil se lo dejó bastante claro al decir que él no la apoyaba en esto y quizá tuviera razón, ¿qué clase de persona buscaría a la hermana de quien fue su novio para tener una relación amorosa? Si pudiera escoger, le hubiese gustado conocer a Elsa primero. Tal vez las cosas serían diferentes para ellas ahora.

—¿Pasa algo? Llevas rato callada.

Se habían acomodado en el sillón con la televisión encendida mientras esperaban que el sueño llegara a sus parpados, sin embargo, era raro no escuchar a Anna con sus comentarios sobre el programa.

Le gustaba sentarse con las piernas sobre el asiento y los brazos alrededor de éstas y era como se encontraba ahora, a diferencia de la platinada que mantenía las piernas abajo y las manos lo bastante cerca de ella, tanto que podría tomarla si quisiera, pero no se atrevió.

—Esa no es la Anna que me… que conozco.

Anna sonrió.

—Tú conoces a la persona más deprimente del mundo, Elsa.

—No es verdad. Yo conozco a una chica atlética, risueña, una joven que habla hasta no poder más y que se enreda fácil con las palabras.

—Estaba pensando —admitió para evadir todos los cumplidos que había recibido y lo emocionada que eso la ponía—. Para no ser amigas, tú y Mérida son bastante… cercanas.

—Oh.

Devolvió la vista al televisor.

—No es que sea de mi incumbencia, ¿sabes qué? Olvida que dije algo, no tienes que decirme nada sobre ella, no es que sea importante ni nada…

—¿Quieres saber sobre mi relación con Mérida?

Anna dejó de mirarla, ya no parecía incómoda con el tema, pero su determinación también le dio miedo porque no sabía si era algo que quisiera escuchar. Jugó un segundo con el dobladillo de su pantalón mientras intentaba tomar una decisión.

—No me importa contarte, Anna. No quiero que pienses cosas que no son.

—¿Por qué? —preguntó volteando a verla de nuevo—. ¿Por qué te importa que piense lo que sea?

La vio desviar la mirada una vez más sin decir nada y ella tampoco se atrevió a insistir porque el corazón se le aceleró bajo las costillas ante la idea de obtener una respuesta. Se sorprendió cuando el cabello de la chica cayó contra su hombro junto al peso de su cuerpo siendo arrastrado por la somnolencia.

De todos modos, no pudo evitar que, pese a las dudas que almacenaba en su cabeza, los aleteos que antes había querido ignorar flotaran desde su estómago hasta instalarse en el pecho. La abrazó por los hombros con cuidado con tal de mantenerla en una posición cómoda y con la esperanza de que no se alejara.

—Deberíamos ir a dormir, ¿no crees? Es un poco tarde y mañana podríamos estar cansadas.

—Sí, sería lo mejor.


Respuestas a los reviews.

Judini Bananini: Esta vez no tardé tanto jaja Sabes, justo estaba pensando hace poco que la relación de Anna y Elsa estaba tardando demasiado en empezar y es algo que ni siquiera había notado, pero supongo que tiene sentido porque primero tenían otras cosas que resolver y debían madurar, como dices, para poder intentar ser algo más. Gracias por seguir acá, ya me acostumbraré al chiste de los 4 meses jaja Hasta pronto!
ReaMir: Que gusto que sigas leyendo y releyendo mi historia, es muy lindo. Espero te haya servido y te avise de la actualización porque a mí no me ha avisado de los comentarios si no fuera porque los reviso cada tanto. Nos seguimos leyendo!