Holaaa, hola.

Les tengo buenas y malas noticias.

La buena noticia es que si no había regresado con otro capítulo es porque me dediqué a escribirlos todos primero y ya tengo la historia prácticamente terminada, así que les estaré dando un capítulo por semana, que por cierto esto se acaba en el cap 20 o 21, aún no lo sé.

La mala noticia es que tenemos escenas muy tristes :c

Sin más que agregar por ahora, los dejo con la lectura.


El sudor le recorría por el cuello en líneas tan finas que parecían brillar contra su piel tan imposiblemente blanca, ahora sonrosada por culpa del sol sobre sus cabezas. Quería extender la mano y acariciar desde su barbilla hasta el esternón por donde las líneas se iban perdiendo entre la ropa sólo para comprobar si era verdad que la chica seguía ahí con ella pues de pronto se le antojaba más como una alucinación o una pintura en movimiento.

Nunca pensó encontrar una persona que pudiera multiplicar su atractivo al sudar y de pronto ahí estaba Elsa, luciendo como un hada con el cabello recogido en una trenza que le llegaba hasta la mitad de la espalda y un bonito vestido celeste que se levantaba ocasionalmente con el viento, no demasiado, pero lo suficiente para atraer la atención sobre sus piernas desnudas.

El clima estaba imposible, podía sentir el pavimento caliente incluso a través de los zapatos, igual no fue la mejor idea usar sandalias precisamente ahora, no quería imaginar cómo se sentiría Elsa quien tenía una resistencia al calor menor al promedio. Por ahora, se veía fatigada a un nivel normal, aun sí sus mechones sueltos se pegaban en su rostro y limpiaba constantemente sus manos en la tela del vestido.

No podía juzgarla, ella hacía lo mismo en sus shorts.

—Gracias por acompañarme, tenía miedo de hacer esto sola y sé lo que debe estarte costando resistir este clima —se disculpó.

—Estoy bien, he tenido tiempo de sobra para acostumbrarme al calor de la ciudad y me alegra que por fin te hayas decidido.

—Extraño el voleibol, pero no sé si me aceptarán de regreso.

Se cruzó de brazos en actitud nerviosa. Era su idea ir al entrenamiento y rogar que la dejaran volver, pero a pesar de su decisión el camino le parecía cada vez más complicado de continuar. Le gustaría detenerse o dar media vuelta, lo que sea con tal de pasar por alto este momento.

—Lo harán.

—He visto todos sus partidos y no soy alguien imprescindible, Elsa, son capaces de ganar incluso sin mí, así que no tienen motivos para aceptarme de regreso sólo porque sí.

—Pero lo harán de todos modos porque son tus amigas.

Anna no dijo nada, le parecía difícil confiar en palabras como esas porque ella misma sentía que no se había comportado como una amiga en meses, no sólo las abandonó en el juego, tampoco fue capaz de buscarlas cuando las cosas comenzaron a ir mejor. Desapareció de sus vidas y cuando uno desaparece de esa forma no puede esperar encontrar el lugar vacío al regresar.

En un intento por distraerse miró de reojo a Elsa, resoplaba con algo más de fuerza que antes e igual seguía viéndose hermosa. Y no podía olvidar el beso, no salía de su cabeza un segundo la sensación de sus labios juntos, la forma en que la chica le tomó el cuello para acercarla más, esa necesidad de continuar, aunque no estaba segura hasta dónde o hasta qué.

Los días seguían pasando y todavía no podían hablar al respecto, la oportunidad simplemente no se presentaba o quizás el miedo le paralizaba la lengua cada vez que intentaba decir algo al respecto porque Elsa permanecía callada, no había hecho el más mínimo comentario al respecto ni una insinuación, nada. Era como si no lo recordara o no le diera importancia.

¿Acaso ese deseo que creyó sentir venía de un solo lado? No, se negaba a siquiera barajar la posibilidad. Ese beso no habría existido si no lo hubiesen deseado ambas porque si bien ella lo pidió Elsa aceptó concederle el deseo y fue quien dio el primer paso. Tenía que ser otra cosa, debía existir un motivo diferente fuera de su vista.

Sin darse cuenta llegaron al campo donde en esos momentos entrenaba su viejo equipo, Anna llevaba su uniforme en una mochila "por si acaso" y se aferró con fuerza al tirante de ésta cuando comenzaron a acercarse a la entrenadora.

A unos pasos la práctica se detuvo, sus compañeras la habían notado y, pese a las indicaciones de la entrenadora, ninguna se movió mientras observaban su recorrido. Quiso esconderse detrás de Elsa, pero resultaría un poco ridículo ese comportamiento a su edad.

Anna carraspeó, sabía que la chica no hablaría por ella, sólo vino en calidad de acompañante.

—¡Anna!

La entrenadora lucía sorprendida, la tomó por los hombros mientras la guiaba fuera del alcance de los oídos de las demás. Elsa las siguió unos pasos atrás con las manos entrelazadas al frente y la mirada distraída, no parecía escuchar su conversación en estos momentos, pero agradecía su compañía de todos modos.

—Ha pasado un largo tiempo.

—Lo lamento —fue lo primero que le salió de la boca porque sabía que era lo mínimo que necesitaba el equipo de ella: una disculpa.

—Me debes una explicación, mira que dejar el equipo así nada más —la mujer parecía contrariada, aunque podría jurar que veía alivio en su mirada—. Estuve preocupada por ti.

—Lo lamento.

Elsa intentaba no prestar atención, sin embargo, el tono en la voz de Anna la obligó a mirarla, tenía la vista cristalina y la voz partida en pedazos a punto de llorar. Intentó sujetarle la mano sin éxito, estaban bastante lejos de su alcance.

—¿Estás bien?

La entrenadora podía regañarla, echarla del equipo o prohibirle ir de nuevo por el resto de la temporada, pero en lugar de eso optó por preocuparse, lo cual le agradeció internamente pues quizá no era tan necesaria su presencia en esa conversación. Quería cuidar de Anna, aunque tal vez no era forzoso que lo hiciera.

La chica sorbió por la nariz sin pudor.

—No debí irme así, pero tenía tanto con lo que lidiar en ese momento.

—¿Quieres hablar de eso?

—En realidad no —suspiró—. Han pasado muchas cosas, pero me siento lista para regresar, si me acepta.

La mujer sonrió con el rostro iluminado y Elsa no pudo evitar imitar la expresión. Se sentía feliz al ver que los temores de Anna eran infundados cuando hasta ella llegó a temer en algún momento que las cosas pudieran ponerse complicadas.

—Por supuesto que puedes, siempre tendrás un lugar en este equipo, pero entenderás que antes de volver a ponerte como titular tengo que ver si no has perdido tus aptitudes.

—¡Por supuesto!

Ya no parecía a punto de llorar.

—Ve a cambiarte, te esperamos en la cancha ¿de acuerdo?

—¡Sí! Gracias, le juro que no se va a arrepentir y prometo no volver a hacerle esto a usted ni al equipo porque… ¡Ah! Estoy en casa. Vuelvo en un segundo.

Iba a salir corriendo a los vestidores al separarse de la entrenadora cuando recordó que venía con Elsa, es decir, no la olvidó, pero tampoco la tomó en cuenta al decidir que se quedaría y ahora no quería separarse de ella o dejarla marchar sola cuando fue tan amable como para acompañarla hasta ahí.

La entrenadora había regresado junto al equipo dejándolas solas.

—Elsa…

—¿Vas a quedarte?

Con las manos se plisaba el vestido como si tuviese arrugas que descomponer o tierra por sacudir, pero estaba impecable, así que no podía ser esa la razón.

—Si te molesta puedo empezar mañana, digo, creo que si ya esperé hasta ahora no haría daño un día más.

—Al contrario, me gustaría quedarme a verte si no te importa.

Tenía las mejillas rojas, ¿por el sol?

—Nada me gustaría más. ¿No te importa el calor?

—Me quedaré en la sombra.

—De acuerdo, entonces… supongo que iré a cambiarme.

Sujetó con más fuerza la correa de su mochila porque no podía dejar de temblar mientras caminaba a los vestidores y la sonrisa se le escapaba entre los labios sin que pudiera evitarlo. Necesitaba tanto esto, el olor de los casilleros junto al sonido de alguna llave goteando en las duchas eran cosas sencillas a las que se arrepentía de haber renunciado en su momento, incluso si no se arrepentía de su decisión.

Antes de entrar en la cancha dio una última mirada al rincón desde donde Elsa la observaba y la saludó con la mano. Su nerviosismo le daba algunos minutos de tregua al ver que seguía ahí, acompañándola.

Lo notó apenas poner un pie en la cancha, además del silencio abrumador en un lugar lleno de jugadoras nadie se giró a mirarla y el abismo que se había imaginado tantas veces en las últimas semanas se convirtió en algo real. La odiaban, aunque no lo dijeran en voz alta podía sentirlo. Ni siquiera Bella volteo a mirarla, a pesar de estar en el mismo lado de la cancha.

Intentó ignorar el apabullante escozor en los ojos que nada tenía que ver con la tierra donde estaba parada. Cuando el juego de práctica comenzó la sensación se volvió peor al comprobar su miedo pues ni una sola vez el balón se dirigió en su dirección. Se encontraba presente, pero era como si no lo estuviera, para sus compañeras no existía.

La invadió una sensación de vértigo que antes no existía y tampoco supo de dónde había llegado. Sus pulmones no parecían procesar suficiente aire, se ahogaba, ¿por qué estaba ahogándose si tenía todo el aire del mundo a su disposición? Su vista también comenzaba a traicionarla, los lanzamientos se encontraban más alejados y sus compañeras se desdibujaban en la superficie cual espejismos.

Le entraron unas ganas de llorar y salir corriendo, pero sus piernas no le respondían, ¿cómo iba a demostrarle a la entrenadora que todavía podía jugar si nadie sabía que había entrado a jugar? Porque no lo sabían ¿verdad? No lo sabían o no estarían pasando por alto su presencia de esa manera.

Nunca se había sentido tan sola dentro de su propio equipo.

No supo cómo consiguió llegar al final del entrenamiento sin desmayarse o sin tocar el balón ni una sola vez pues lo único que hizo fue quedarse de pie en su lugar. El equipo se había reunido junto a la entrenadora quien carraspeó y dio algunas instrucciones que no fue capaz de escuchar, de pronto su oído también había dejado de funcionar como debería, en lugar de voces le llegaba un molesto zumbido, aunque era difícil adivinar si venía de fuera o de su propio cerebro intentando reconectar.

—Anna.

A su lado, Elsa la observaba preocupada. Las demás ya no estaban ahí, pero la entrenadora se había quedado y sus labios se movían sin emitir sonido, así que volteó con la chica de nuevo porque su voz podía escucharla, quería aferrarse a eso.

—¿Podría dejarnos un segundo? —preguntó a la entrenadora.

Seguía parada intentando comunicarse con su jugadora, pero para Elsa quedó claro enseguida que ni siquiera la estaba escuchando. Algo había salido terriblemente mal.

Cuando al fin las dejó se colocó frente a Anna quien la seguía con la mirada, pese a tener la mirada vacía. Era un milagro comprender cómo no se había soltado a llorar todavía si su cuerpo gritaba por derrumbarse.

—Anna —volvió a llamarla—. Vamos, te llevaré a casa.

Ella bajó la vista y negó con la cabeza mientras se sostenía de sus hombros.

Elsa, por miedo a dejarla caer, la mantenía sujeta de los codos, tenía la cabeza tan cerca de la suya que casi le golpe la barbilla cuando levantó la mirada. Estaba destrozada, pero no lloraba, aunque sus dedos comenzaban a enterrarse con fuerza sobre sus hombros por lo que se le escapó una mueca sin querer.

—Tengo que hablar con ellas —dijo casi en un susurro.

—Podemos dejarlo para otro día, Anna.

La chica ya estaba negando con la cabeza otra vez, incluso antes de que terminara la oración.

—Debe ser ahora. Tengo que intentarlo o no podré volver, esto no va a soltarme si no lo resuelvo ahora.

—Si eso quieres, al menos déjame acompañarte.

—No te preocupes —dijo al dejar caer sus brazos e intentar darle una sonrisa—. Son mis amigas.

Elsa no quiso decirle que en estos momentos no se estaban comportando precisamente como amigas para no empeorar las cosas y la dejó ir sola, pero la siguió de cerca por si la necesitaba. La vio entrar al vestidor donde sabía que estaban todas, la puerta le cerraba el paso impidiéndole ver u oír unas cuantas palabras sueltas.

Se recargó en la pared y esperó.

Las voces de sus compañeras la aturdieron al entrar, sin embargo, se obligó a continuar. Siempre era la misma formación, cada quien se entretenía hablando de un lado de los casilleros al otro mientras se ajustaban la ropa limpia en el cuerpo. En otro momento ella estaría ahí, siendo una más en lugar de encontrarse fuera del círculo esperando un instante para hablar.

Conforme notaban su presencia las voces comenzaban a apagarse, incomodas. Eso sólo la hizo sentir más nerviosa que antes, ya ni siquiera estaba segura de que su voz consiguiera reaccionar cuando decidiera utilizarla.

Carraspeó, aunque sólo obtuvo miradas de reojo por medio segundo.

—Chicas, yo…

—¿Quieren ir a comer a Ursula's? —preguntó Rapunzel en voz alta cortándole la frase.

Las demás asintieron o volvieron a hablar con ánimo mientras la ignoraban, pero no se dio por vencida enseguida, pese a las ganas que tenía de dejar de intentar e ir a caer en los brazos abiertos que sabía la esperaban allá afuera.

—¡Lo siento! —casi gritó.

Esta vez sí consiguió atraer la atención. Bajó la vista, nerviosa, y sujetó con fuerza su playera por el borde.

—Lo siento, no debí dejarlas así.

—Puedes ahorrarte la escena.

Levantó la mirada cuando Rapunzel contestó.

—No intento hacer una escena, sólo quería…

—Anna, lo sabemos todo —la interrumpió otra chica y su comentario obtuvo afirmaciones silenciosas—. No nos interesan tus disculpas.

Eso la contrarió, ¿si sabían todo por qué estaban molestas?

—No entiendo…

—Ya deja de hacerte la víctima, por favor. Aurora tiene razón, no necesitamos tus disculpas.

Anna bajó la mirada, no podía soportar ser observada de esa forma, parecían querer librarse de ella cuanto antes.

—Creo… que no puedo hacer nada más si no quieren perdonarme, no tengo otra manera de pedir perdón y si quieren que deje el equipo…

—Eso sería lo mejor, ya no confiamos en ti.

Rapunzel llevaba la voz de todas, lo habían dejado claro al no decir palabra y entendió que no podía regresar como si esas semanas no hubieran existido, incluso si tenía el permiso de la entrenadora. No serían un equipo porque ellas no la querían ahí.

—Podríamos dejar que termine de explicarse —dijo alguien.

Casi le dieron ganas de llorar.

—¿Piensas ponerte de su lado, Bella? Adelante, pero yo no pienso perdonarla —azotó el casillero al cerrarlo—. Nos mintió en la cara y dijo todas esas cosas. No, lo siento, pero yo no me quedaré aquí para escuchar cómo se queja de algo que tiene bien merecido.

Anna observó a las demás, parecían de acuerdo con lo que acababa de decir Rapunzel, pero seguía sin entender el contexto de tanto enojo, ahora menos al escuchar el discurso de quien pensó era su amiga.

—¿Qué se supone que dije? —preguntó tomando coraje—. No estoy entendiendo nada.

—Ya oíste, Anna, se cayó tu teatro, así que considera esto nuestra respuesta.

Comenzaron a salir en orden sin darle una explicación a sus dudas, Bella fue la única que se retrasó en su huida, guardaba sus pertenencias con parsimonia. Anna seguía parada a mitad del pasillo por lo que recibió un montón de empujones cuando las chicas comenzaron a salir.

—Yo no quiero creer que sea verdad —dijo Bella deteniéndose a su lado con la mochila sobre el hombro—. No piensas eso de nosotras ¿no?

—Bella, ni siquiera sé de qué están hablando.

Se desplomó sobre la banca.

—Por favor, dime qué se supone que dije.

Bella se acomodó a su lado con una distancia considerable, pero al menos se había tomado el tiempo de hablarle y eso era suficiente para sentirse agradecida. Miraba al frente mientras chocaba las puntas de sus zapatillas entre sí.

—Escuchamos que dejaste el equipo porque no éramos lo suficientemente buenas para seguirte el ritmo y sólo retrasábamos tu crecimiento. Entiendo que seas mejor jugadora, todas lo sabemos, Anna, pero escuchar que tú pensabas de esa forma fue demasiado.

—¡Pero yo no pienso así! ¿De verdad me crees capaz de decir algo así, Bella?

—No lo sé, pero sonaba muy convincente —admitió—. Nunca contestaste el celular ni devolviste llamadas, así que con el tiempo la idea de que no significábamos nada para ti se fue haciendo más fuerte.

—Ustedes lo son todo para mí, son mi equipo… o eran mi equipo —se exasperó con las manos sobre el rostro—. Lamento lo de las llamadas, no las estaba evitando, pero fue… un momento difícil.

—No lo hiciste muy notorio.

—Lo sé y lo lamento, pero jamás me alejaría de ustedes por una razón como esa.

Bella se encogió de hombros todavía sin mirarla.

—Sólo te estoy diciendo lo que escuché.

—¿Dónde escuchaste eso?

Se había quitado las manos de la cara y fruncía tanto el rostro que comenzaba a dolerle la cabeza porque nada de lo que estaba escuchando tenía sentido. Sus nudillos resentían la fuerza con la cual sostenía la orilla de la banca, estaba furiosa, esperando una respuesta que la chica parecía reacia a compartir.

—Bella, por favor, necesito saberlo.

—Hans nos lo dijo —admitió a regañadientes—. Nos visitó hace unos días y aprovechamos la oportunidad para preguntar por ti, pero su respuesta no fue lo que esperábamos. Si te soy sincera, su narración tenía bastante sentido.

—¿Cómo puede tener sentido algo así? —se exasperó—. Me conoces, Bella.

—Eso creí… Pensé que te conocía, pero desapareciste, terminaste con tu novio, lo engañaste.

Anna se tensó, el beso fue lo primero que le vino a la mente, pero era absurdo porque ya no salía con Hans cuando sucedió y antes jamás se hubiese atrevido siquiera a pensar en alguien que no fuera él, sin embargo, su mente le jugó una mala pasada recordándole que comenzó a desear a la hermana de su novio incluso antes de darse cuenta de que lo hacía.

Quizá sí lo engañó.

—No hice tal cosa —dijo a media voz.

—¿Cuál de todas? —se levantó de la banca con fuerza—. Mira, Anna, yo quiero creerte, pero no puedo pasar por alto que, si lo que dices es verdad, entonces no me explico por qué no nos buscaste. No me buscaste.

—Yo…

—Incluso si decido creerte, necesito un poco de tiempo.

Pensó que moriría, su corazón parecía detenido en su pecho y la sangre no conseguía hacer su recorrido completo por su cuerpo quizá por ello tenía las manos heladas o tal vez se debía a la banca de metal donde estaba sentada.

Un segundo duró su contrariedad porque enseguida se vio envuelta por la rabia. Era una tonta por haber pasado por alto hablar con su equipo, pero más allá de eso, debió asumir que Hans no se quedaría de brazos cruzados si sus palabras le dieron todos los indicios la última vez que se vieron. Él no pensaba dejarla tranquila, quería terminar de arruinarle la vida.

Si estaba lejos encontraba la manera de herirla y si estaba cerca era lo mismo, ¿cómo se supone que debía lidiar con algo así? Lo obligaría a detenerse, pensó. Debía entender que ya no estaban juntos y no tenía caso continuar con esta guerra entre ambos.

—¿Anna?

El cuerpo de la platinada se asomaba a medias por la puerta, debió preocuparse cuando todas salieron y ella se quedó ahí. Suspiró. Elsa era un respiro, aunque tampoco eso le parecía justo, ella merecía una vida más fácil y no tener que preocuparse por cada nuevo desafío que conseguía meterse en su vida.

—Estoy aquí —respondió—. Necesitaba un momento.

La chica se sentó muy cerca, podía sentir la calidez que emanaba de su cuerpo; pensó que tomaría su mano, pero no lo hizo, sólo la mantuvo ahí a unos milímetros de la suya mientras la observaba, esperando.

—Vamos a casa.

Elsa asintió, para ser alguien tan silenciosa sus ojos parecían gritarle y, aun así, se mantuvo callada todo el camino, dándole su espacio.

Quizá no debió haberse marchado así, tal vez si intentaba ignorar las palabras de su ex novio en algún momento podría convencer a sus compañeras de que todo cuanto les hizo creer era mentira, sin embargo, el enojo comenzaba a sobrepasar su nivel de tolerancia, le sería imposible mantenerse callada o querer darle la vuelta al asunto si no conseguía dejar de lado el revoltijo que le subía por el estómago cada vez que recordaba las palabras de Bella.

Con tal pensamiento metido entre las cejas no quiso esperar al día siguiente, así que, pese a sus ganas de quedarse en brazos de Elsa toda la noche —porque el ofrecimiento estaba ahí y no le costaba nada dejarse llevar—, decidió mandarla a su propia casa para poder salir sin que se diera cuenta, después de todo no quería preocuparla. Y hasta ella se daba cuenta que quizá no era la mejor de sus ideas.

La noche era más oscura que de costumbre, las estrellas apenas conseguían abrirse paso en el firmamento con voz adormilada. Faltaban quince minutos para las doce y la mayoría de las tiendas se encontraban cerradas, además, como día entre semana la gente optaba por dormir temprano o por lo menos en dejar las calles solas.

De pronto le pareció una pésima idea ni siquiera haberse cambiado primero, llevaba el mismo short de esa tarde, sus manos se movían nerviosas al costado de su cuerpo y miraba en todas direcciones para evitar sorpresas. El enojo se le escapaba en grandes cantidades convirtiéndose en miedo, pero eso no hizo que se detuviera.

Una vez frente a la puerta lo sintió regresar en oleadas salvajes por lo que no se contuvo al golpear la madera una y otra vez, le tenía sin cuidado si estaba dormido —cosa poco probable, en realidad—, iba a escucharla ahora mismo.

Al final escuchó el sonido del picaporte y la silueta molesta de su ex novio apareció en el umbral. Llevaba el cabello revuelto y ropa de casa, pero no parecía haber estado dormido, probablemente se entretenía con uno de esas películas de guerra que tanto le gustaban. O tal vez se encontraba acompañado, tanto le daba una opción como otra.

Él abrió más los ojos y le sonrió con suficiencia mientras se recargaba en el marco de la puerta.

—Tardaste bastante en regresar —dijo y se hizo a un lado para invitarla a pasar.

Anna lo empujó al entrar, aunque no pareció molestarlo, al contrario, soltó un resoplido y rodó los ojos con evidente diversión en sus gestos. Eso la hizo enojar el doble.

—¡Cómo te atreves a inventar esas cosas sobre mí! ¡No puedo creer que seas tan ruin y nunca me haya dado cuenta de eso hasta ahora! ¡Te detesto, maldita sea!

Él se acercó unos pasos sin quitar la sonrisa.

—No comiences a gritar, no entiendo cuando hablas así de histérica.

—¡Eres un…!

Intentó golpearlo, pero Hans tenía más experiencia en eso y la sujetó con fuerza sin que pudiera llegar a tocarle un solo cabello, pese a querer arrancarle hasta el último de ellos, tal vez así se avergonzaría tanto de salir a la calle que terminaría por dejarla en paz.

No pudo zafarse de su agarre, empleaba gran parte de su fuerza en contenerla, en someter hasta el mínimo intento de violencia. Seguía con esa estúpida sonrisa, le daba a entender que no podría con él, que era quien tenía las riendas de la situación o al menos así lo veía cuando jaloneaba en el intento de liberarse sin conseguirlo.

—Suéltame de una vez, idiota.

—Si lo hago intentarás sacarme los ojos, tienes esa mirada de loca justo ahora, así que te aguantas y te quedas aquí conmigo.

—¿Por qué no puedes dejarme en paz? Consigue algo mejor qué hacer que seguir arruinando mi vida —se quejó.

—¿Qué vida, Anna? Tú no eras nadie antes de mí y tampoco podrás serlo después, por algo estás aquí ¿no?

—Estoy aquí porque le mentiste a mis amigas.

Él alzó la ceja y apretó su agarre un poco más. Con cada palabra parecía sostenerla más fuerte, pero no conseguía librarse y tampoco iba a suplicar por su libertad, su enojo era suficiente para ayudarla a soportar el dolor en sus muñecas.

—¿En qué les mentí? ¿Acaso no las abandonaste? Ellas te llamaban una y otra vez y jamás respondiste ni intentaste comunicarte, esas pobres chicas estaban tan preocupadas por ti mientras tú te divertías con mi hermana.

Apretó los labios, de pronto no quería seguir mirándolo a la cara. Dejó de forcejear con la vista en el suelo porque al menos en eso tenía razón. Si les hubiera llamado sus mentiras no las habrían convencido.

—¿Crees que no lo sé? Te revolcabas con ella cuando todavía éramos novios —la empujó contra el mueble donde dejaban las llaves—. ¿Fue divertido verme la cara de idiota mientras yo intentaba recuperar lo nuestro?

Trastabilló intentando sostenerse de algo, pero resbaló y su cadera golpeó con la esquina del mueble para terminar de culo sobre el piso. Le ardían las manos por el impacto, y Hans se encontraba de pie frente a ella mirándola desde arriba con superioridad sin importarle su integridad física.

Lo miró con sorna alzando su barbilla todo lo que le fue posible considerando su posición.

—Nunca te engañé, Hans. ¿De dónde diablos sacas eso?

—¿Vas a seguir mintiendo? Está bien, te diré todo para que no creas que puedes engañarme de nuevo —dijo sentándose en cuclillas con los brazos colgando sobre sus rodillas—. Mikkel me habló del enamoramiento de Elsa por ti, esa fue la pista que me abrió los ojos, pero después de pensarlo un poco, me di cuenta que desde que ella llegó fue que comenzaste a cambiar.

—Yo no…

Hans le colocó el dedo índice en los labios haciéndola callar, aunque Anna le apartó la mano de golpe.

—No me interrumpas cuando estoy hablando ¿de acuerdo? Es de mala educación. Además, te perderías la mejor parte. Después de indagar un poco descubrí que yo no era el único que se quedaba en tu casa, ¿la metes en la misma cama donde tantas veces lo hicimos? ¿Le has contado que yo fui el primero o se cree lo bastante especial como para engañarse a sí misma?

Le dio una patada con toda la fuerza que fue capaz de reunir y consiguió tumbarlo antes de levantarse a toda prisa para ser ella quien estuviera de pie esta vez. Le escupió en la cara sabiendo que eso lo haría enojar, pero no pudo contenerse porque estaba asqueada por la clase de persona que alguna vez amó hasta volverse ciega por él.

La respuesta fue inmediata, se levantó cuando ella comenzaba a correr hacia el interior de la casa pues la salida la tenía bloqueada con su cuerpo. Llegó a tiempo para encerrarse en la habitación donde pasó tantas noches en compañía del chico que ahora aporreaba la puerta con fuerza mientras le gritaba que abriera.

Puso el seguro, pero sabía que no resistiría mucho tiempo, así que arrimó la silla del escritorio para atorarla en la puerta, así conseguiría unos minutos extra mientras ideaba como salir de ahí en una pieza.

—Anna —escuchó al otro lado de la puerta, parecía más calmado, pero sabía que era un engaño—, abre la puerta, por favor, ¿sí? Sólo quiero hablar contigo.

No respondió. Sentía su corazón a punto de salírsele del pecho y escuchar su voz tan tranquila sólo lo empeoraba. Intentó cubrirse los oídos con las manos, pero era inútil, seguía escuchando cada palabra.

—Ya estoy más calmado, ¿de acuerdo? No debiste hacer eso, pero te perdono, no pasa nada, sólo sal de mi habitación. Viniste a que habláramos ¿no?

—Voy a llamar a la policía —respondió luego de unos minutos.

Era la primera vez que la invadía este nivel de miedo.

—¿Y qué vas a decirles? Tú entraste a mi casa por voluntad propia y ahora estás encerrada en mi habitación, podría denunciarte por invadir propiedad privada.

Pensó en saltar por la ventana, pero al descorrer la cortina recordó que estaban aseguradas con barrotes para que nadie pudiera entrar, sin embargo, ahora tampoco ella podía salir.

Sintió vértigo.

—Anna, no hagas esto más difícil, te prometo que no te pasará nada.

—¿Cómo sé que hablas en serio?

—Nunca te he lastimado, cariño, incluso cuando me sacas de quicio como ahora.

Anna no quiso recordarle aquella conversación donde le estrelló un vaso o incluso cuando salían y sus arranques de ira le consiguieron un par de hematomas —casi siempre por interponerse en el camino de los objetos que lanzaba por los aires—, aunque supuso que incluso sin decirle nada él debería saber que no estaba siendo sincero.

Pese a ello, decidió destrabar la puerta porque no tenía otra opción. Le tembló la mano cuando intentó quitar el seguro ya con la silla lejos del camino, no se atrevía a tocar el picaporte porque podía escuchar la respiración de su ex novio al otro lado de la puerta.

Se quedó con la mano extendida largo rato hasta que decidió no posponerlo más y giró la manija.

—Te dije que todo estaría bien —dijo él cuando su rostro apareció tras el marco.

Se veía más amenazante relajado como estaba ahora que enojado por lo que retrocedió todo lo que pudo, pero chocó contra la ventana.

—Por favor, no te acerques.

—¿Por qué? —río—. Eras tú la que quería venir a molestarme.

—N-no intentaba molestarte. Por favor, no te acerques más…

Él seguía caminando hacia ella y se rio mientras se revolvía el cabello con la mano.

—Sólo quiero que me digas la verdad, Anna. ¿Me engañas con mi hermana?

Anna negó con la cabeza.

—¡No te atrevas a mentirme!

—¡No te engañé! —terció ella.

Cuando por fin llegó a su lado la tomó con fuerza del cabello obligándola a levantar la vista puesto que llevaba toda la conversación mirando al suelo o cualquier otro lugar con tal de no verlo a él. Ahora no podía evitarlo, sostuvo su mano para evitar que jalara demasiado porque dolía y no sabía qué otra cosa hacer.

—No me gusta que me vean la cara, pero puedo perdonarte —dijo mientras le acariciaba la mejilla con la otra mano—. Con una condición, claro.

—¿Qué es lo que quieres?

—Que te alejes de ella.

Le tomó el mentón casi con furia acercándola todavía más.

—¿Qué?

—No pienso quedar como el cornudo idiota, Anna, si quieres que te deje tranquila lo haré, pero no te quiero cerca de Elsa de nuevo o volveré a entrometerme en tu vida… o en la suya, si eso te molesta más.

Las lágrimas que no había conseguido botar en todo el día se le escurrían por las mejillas a raudales dejando huella por donde pasaban, incluida la mano del chico quien no dio muestras de importarle y hasta juraría ver que su sonrisa se ensanchaba al notarla derrotada.

—Espero que hayas disfrutado mucho meterte con ella.


Respuestas a los reviews.

zetazeta: Ow gracias, que amable decirlo.

Chat'de'Lune: Lo bueno es que, a pesar de lo malo, Elsa sigue apoyando a Anna ¿no? Hay que ver el lado positivo. ¡Saludos! Nos estamos leyendo.

ReaMir: Pues lo importante es que al menos ya hubo beso. Hasta pronto!