Holaaa, ya andamos por aquí otra vez.

Les dejo el nuevo capítulo y me retiro lentamente, nos leemos la próxima semana, ¿va? Besitos.


De todas las personas en el mundo no esperaba encontrarse con ella y precisamente ahí, eso sólo podía significar una cosa: había ido por Elsa. Cuando salió de su casa esa mañana tenía planeado ir al restaurante donde sabía que podía encontrarla porque la espera se le estaba haciendo interminable, sólo quería verla cuanto antes, quizá de esa manera encontraría la respuesta ante su predicamento; dejarla ir podía sonar como lo correcto, pero se le antojaba muy desgarrador como para intentarlo.

Lo que no imaginó fue ver a Mérida saliendo del local. La expresión que puso debió delatar su sorpresa porque la chica le sonrió y acortó los pasos en su dirección, a diferencia suya, parecía feliz de verla.

Le costó admitir que pasó de ser su interprete favorita a alguien a quien no querría ver cerca porque era lógico que buscaría a Elsa y ellas dos tenían historia, si ponía en una balanza la relación de la platinada con las dos, estaba casi segura de a qué lado se inclinaría. Pese a ello, intentó recomponer su mueca por a una más amistosa.

—Que sorpresa encontrarte aquí.

Mérida se encogió de hombros.

—Vine a despedirme.

—¿Te vas?

No debía sonreír ahora, sería grosero, así que fingió desconcierto con la mano cubriéndose la boca.

—Sí, me he quedado demasiado tiempo, no puedo seguir postergando mi partida.

—Ya veo, lamento oír eso.

—Por eso vine a buscar a Elsa, pero no la encontré.

Anna frunció el ceño, se sabía de memoria su horario y estaba segura de que debería estar trabajando justo ahora, ¿se había equivocado? Lo veía poco probable.

—¿Dijeron por qué no está?

—Se enfermó. ¿La estabas buscando también? Justo pensaba pasarme a su casa, ¿vienes?

—Sí, yo… te acompaño.

No tenía muchas ganas de aparecerse por su casa por si encontraba a Mikkel y éste terminaba por decirle a Hans que se encontraba ahí, pero tampoco iba a dejarlas solas entre cuatro paredes, incluso si los chicos estaban presentes también.

Caminaron en silencio un par de calles y fue Mérida la primera en romperlo.

—Pareces una persona diferente —comentó casi con curiosidad—. Cuando te conocí parecía que ibas a desmayarte sólo por obtener mi puntilla.

Anna se sintió azorada por el recuerdo porque tenía razón y, aunque ahora su fanatismo se había disuelto bastante, seguía llevando ese objeto a todos lados en su bolsillo como amuleto de la suerte. Lo buscó sin darse cuenta para acariciarlo por el margen.

—No estás muy equivocada —admitió avergonzada.

—Si mal no recuerdo ibas acompañada… ¿Es tu novio?

—Era —la corrigió—. Terminamos ese mismo día.

—Lo lamento.

Anna negó con la cabeza, aunque no supo si Mérida se dio cuenta de esto porque su mirada se había quedado al frente, esperando que cambiara el semáforo para poder cruzar la calle. La velocidad de los automóviles en la carretera les revolvía el cabello.

—Lo único que yo lamento es haber estado con él.

La chica la miró.

—No era lo que esperabas, supongo.

—Era muchísimo peor —volteó a verla—. ¿No lo conocías?

—¿A tu novio? Perdón, ex novio. ¿Debería?

—No lo sé —admitió—, pero es hermano de Elsa, así que pensé que tal vez se habrían visto antes, aunque él tampoco dijo nada sobre ti.

Nunca se había detenido a pensarlo, pero ahora la idea estaba dando vueltas en su cabeza, ¿por qué no se reconocieron si en ese momento estaban a unos pasos de distancia? No tenía sentido. Habían dejado de caminar para seguir con su conversación, incluso si el sol comenzaba a volverse molesto lo único que hicieron fue moverse bajo un árbol que las protegiera.

—Eso explica porque su cara me parecía tan familiar, se parecen mucho, todos con ese cabello tan rojo.

Anna se guardó el comentario, pero no pudo evitar que su mirada se posara en la chica por un segundo.

—No lo digo en un mal sentido —aclaró—. Mi cabello es igual, aunque tienen un tono distinto.

Sí, lo tenían.

—¿Nunca te encontraste con él en el pasado?

—Jamás, pero no es tan descabellado como piensas, la verdad casi nunca iba a su casa y cuando iba no había casi nadie, de ahí que quizá recuerde a uno u otro, sólo que no a todos. Ya sabes, son trece, sería bastante complicado evitarlos a todos todo el tiempo.

—¿Por qué? —preguntó todavía más curiosa—. Eran amigas ¿no? ¿Por qué evitarías ir a su casa?

Mérida rio, recordar parecía hacerle gracia. Cruzó los brazos y, después de un rato de pensarlo, subió los hombros.

—Después de tanto tiempo yo también me lo pregunto. Éramos tan jóvenes que teníamos miedo de todo y su mamá no me quería en casa, así que…

Dejó la frase a medias como si lo demás fuera evidente, pero para Anna no era así, quería saber toda la historia desde el mínimo detalle, se sentía pérdida con esos fragmentos que Mérida le ofrecía porque no conseguía darles forma en algo conocido.

—Inténtalo de nuevo, ¿por qué no te querían ahí? No estoy entendiendo.

—Sigamos caminando y te voy contando que sino no llegamos nunca.

Así lo hicieron, mientras avanzaban Mérida le fue desgranando su infancia como si estuviera obligada a hacerlo: la amistad con Elsa, sus invasiones a su habitación a mitad de la noche porque de día su madre la hubiera corrido sólo por poner un pie ahí. En realidad, no tenía nada particular contra ella, le reveló, sino contra el hecho de que fueran tan amigas porque desconfiaba de su propia hija.

—Tal vez no debería seguir por ahí, de repente dejó de ser mi historia y la historia de Elsa deberías preguntársela a ella directamente.

—¡Pero…! Es que no me cabe en la cabeza esa actitud.

—¿Elsa nunca te ha hablado de su mamá?

Sintió un puñetazo en el estómago.

—No… —susurró.

Mérida se dio cuenta del repentino cambio de actitud e intentó arreglarlo.

—Es muy reservada, seguro que no ha querido sacar el tema porque no es agradable para ella.

—Pero te lo contó a ti —acusó Anna sin poder contenerse.

La chica se detuvo para mirarla, por primera vez desde que se conocieron sintió que la estaba evaluando o que intentaba leer algo en su rostro, y deseó con todas sus fuerzas que no encontrara las respuestas que buscaba.

—Hace años —dijo lentamente—. Era mi mejor amiga y, probablemente, yo era su única amiga.

—L-lo entiendo, de verdad. Lo siento, no sé cómo he podido decirlo de esa manera, no era lo que quería.

—Yo creo que sí lo era —se cruzó de brazos y ladeó el rostro con los ojos entrecerrados—. ¿Te gusta?

—¿Qué?

—Es la explicación más sencilla. Pareces a la defensiva siempre que estoy con ella, pero si ese es el caso, no tienes una competencia conmigo, Anna, sólo somos amigas, nunca nos hemos interesado por la otra de forma romántica —suspiró y dejó caer los brazos—. Éramos niñas solas que encontraron una familia en la otra.

Se moría de vergüenza, no sólo por ser descubierta tan rápido sino por haberla juzgado mal, tenía que sacarse esas ideas de la cabeza en las que Elsa no podía tener amigas sin algún interés de por medio, pero le costaba evitar pensar de esa forma si su ex novio no desaprovechaba ninguna oportunidad con sus "amigas".

Casi se rio por ello. Hans le echaba en cara ser infiel, pero ella perdió la cuenta de la cantidad de veces que tuvo que pasar por alto sus conductas inapropiadas sólo porque lo quería y "eso no significaba nada si no había amor de por medio". No tenía nada en contra de las relaciones abiertas, pero debían ser de mutuo acuerdo y salir beneficiados ambos no sólo uno de los lados.

—Lamento haber malinterpretado las cosas, no es fácil tener actitudes sanas cuando estás tan acostumbrada a… otro tipo de cosas.

—Elsa es una buena persona, Anna. Recién comenzamos a hablar de nuevo, pero no me gustaría tener que defenderla de ti porque te lo dije, Elsa es mi familia y haría cualquier cosa por ella.

Anna se estrujó las manos pensando en lo que debía hacer si quería librarse de su ex novio y proteger a Elsa en el proceso. Probablemente ya tenía suficientes razones para defenderla porque de una u otra forma terminaría por herirla, aunque no quisiera hacerlo.

¿Cómo iba a querer dañarla? Era lo que más quería en el mundo. Esa chica encontró la manera de meterse en su vida y en su mente sin hacer apenas ruido, fue llenando los huecos que quedaron en su vida y le llenó de curitas el corazón cuando más lo necesitaba. Sería muy egoísta de su parte no devolverle los cuidados, incluso si para eso debía alejarla primero.

Tal vez debió obligarla a irse cuando todavía era demasiado pronto para admitir sus sentimientos.

—Sólo quiero protegerla como ella ha hecho conmigo.

—Ella te quiere.

Esta vez fue Anna quien dejó de caminar, recordaba haber escuchado algo parecido de Hans, pero tenía borroso el recuerdo entre todas las cosas horribles que dijo después, y la pelea, y los moretones en sus muñecas que había ocultado con maquillaje y la persecución por la casa. En fin, que tenía más en la cabeza como para recordarlo con claridad.

—¿Te lo ha dicho?

—Más o menos —sonrió.

—¿Cómo? ¿Lo dijo o no lo dijo?

—No dijo que te quería exactamente, pero dijo, y cito sus palabras: "Ella es mi punto débil".

La situación parecía divertir a Mérida o quizá se reía por sus mejillas rojas. Cualquiera de las dos opciones, no sabía si podría mirar a la chica a la cara cuando llegaron a su casa, y se mantuvo unos pasos por detrás para no demostrar cómo se intentaban revelar las comillas en sus mejillas y al mismo tiempo se le partía el corazón.

No fue Elsa quien abrió la puerta, las recibió su hermano más simpático, llevaba el cabello en un moño mal amarrado y se veía un tanto desaliñado con la barba de tres días y la camisa arrugada. Les dedicó una sonrisa, aunque no pudo disimular la sorpresa que se coló en sus ojos al verlas llegar juntas a su casa.

—¡Hola, chicas! Que gusto verlas, imagino que se enteraron de que mi hermana está enferma ¿no?

—¿Qué es lo que tiene? —preguntó Anna quien había olvidado preguntárselo durante el trayecto.

—Quizá le sentó mal algo que comimos, ha estado vomitando toda la mañana —explicó—. Adelante, pasen, perdonen el desorden.

Había un par de cosas fuera de lugar, pero nada demasiado caótico como para llamarlo desorden. La televisión transmitía en esos momentos algún programa que no alcanzaba a ver desde su posición, aunque podía escuchar los alaridos del público real o ficticio.

—¿Quieren algo de beber?

Ambas negaron con la cabeza y dijeron el "no" en voz alta casi al mismo tiempo, lo cual hizo reír a Emil. Las llevó a una de las últimas habitaciones, tenía la puerta del mismo tono que cualquier otro lugar de la casa, un inmaculado blanco que no les sorprendió porque era muy del estilo de la muchacha no detenerse a adornar sus pertenencias.

Anna pensó que le gustaría poder hacer ese tipo de cosas por ella o con ella, pero a quién quería engañar si quizá nunca tuviera la oportunidad, no después del día que le esperaba. Le temblaban las manos al pensar en la conversación y por poco choca con la espalda de Mérida al ir con la vista en el piso.

Sus nervios empeoraban con toda la información que la chica había compartido, en especial el supuesto amor de Elsa por ella. Si hacía lo correcto rompería más de un corazón ese día, incluyendo el suyo.

—¿Elsa?

Emil abrió la puerta a medias, dentro se escuchó un resoplido seguido de palabras que ninguno de los tres fue capaz de entender. No le sorprendió que por dentro el color también fuera blanco, aunque adivinó leves tonos de celeste en algunas paredes, además de las pilas de libros distribuidos por el suelo. ¿Cómo había acumulado tantos libros en tan poco tiempo?

—Tienes visita.

Eso la hizo reaccionar. Se giró en la cama para quedar de cara a la puerta, pero al verlas se cubrió por completo con la sábana; su cabello se veía igual de revuelto que el de su hermano, sus ojos, sin embargo, se notaban apagados ya fuese por su malestar o porque llegaron precisamente cuando despertaba de una siesta.

—¿Pueden darme un minuto? —pidió todavía oculta.

Emil se rio de ella.

—Estaremos en la sala.

El gruñido que siguió bien podría haberse confundido con una palabra mal dicha, pero no estaba segura de eso. De momento, podía posponer unos minutos más el motivo de su visita para evitar ser echada a patadas de ahí.

Sin sus amigas y sin Elsa ya no le quedaría nada.

—¿Está bien si las dejo un rato? Debo darme un baño o no llegaré a tiempo al trabajo.

—Descuida, te prometo que no tocaremos nada… o al menos no demasiado.

—Eso no me relaja, pero me iré de todos modos —respondió con una sonrisa.

Mérida y Anna volvieron a quedar solas y mientras una echaba un vistazo a los pocos adornos en las repisas la otra optó por sentarse e intentar calmar el temblor de sus manos, cosa que sobra decir, no consiguió.

La platinada se apareció diez minutos después, todavía se veía adormilada, pero tenía el rostro húmedo y el cabello sujeto en un moño parecido al de su hermano. Los mechones de su cabello le resbalaban sobre el rostro y sus ojos tenían ese color azul opaco de un estado enfermizo, aunque por fuera parecía estar en perfectas condiciones.

Si no la conocieran dirían que mintió con tal de no ir a trabajar.

—¿Cómo te encuentras?

—Con el estómago vuelto de revés —respondió mientras se llevaba las manos al vientre.

Se dejó caer junto a Anna, quien seguía sentada sin decir palabra y le dedicó una sonrisa de reojo a modo de saludo, un gesto muy dulce que no fue capaz de responder.

—Es raro que estén aquí las dos al mismo tiempo.

—Nos encontramos por el camino. En realidad, yo sólo venía a despedirme —dijo sentándose en el descansabrazo del sillón—. Mañana regreso a mi ciudad.

—¿Te vas? —por un momento pareció olvidar su malestar—. Es… muy pronto ¿no crees?

Sintió un aguijón clavado en el pecho ante lo desarmada que parecía Elsa con la noticia, pese a la conversación que mantuvo con la chica, no le quitaba la necesidad de sentirse más importante que cualquier otra persona, incluyéndola, sin embargo, ¿qué importancia tenía si estaba a nada de terminar con algo que ni siquiera pudo empezar?

Dejó de escuchar a los pocos segundos, sus pensamientos estaban en otra parte y miró sobre su hombro para asegurarse de que siguieran solas. Así era, Emil seguía sin regresar de su habitación y Mikkel no había dado muestras de vida desde que llegaron. ¿Entonces por qué no conseguía relajarse? Movía la pierna sin darse cuenta hasta que Elsa dejó la mano sobre su rodilla.

Se sintió cohibida ante la mirada curiosa de ambas chicas.

—Como decía, me marcho ya. Intenta visitarme alguna vez —pidió.

—Lo haré cada vez que pueda.

Se abrazaron. El hueco que dejó al levantarse lo llegó a ver inmenso, así que decidió no mirar. Escuchó la puerta cuando Mérida salió, pero no fue capaz de despedirse más allá de dedicarle una sonrisa forzada que no sabía si había resultado muy creíble.

Elsa se detuvo frente a ella por lo que levantó la vista para verla a los ojos; podría ser la última vez que los viera y tenía que aprovecharlo, quizá por eso se levantó de golpe, sorprendiendo a la chica, y la tomó del cuello con firmeza. No se arrepintió de besarla por segunda vez, al menos de eso estaba segura.

Sintió cómo le respondía sus labios y sus manos se detuvieron en su talle con una fuerza igual a la del choque entre sus bocas, pero fue sólo un instante antes de que decidiera separarse con la respiración entrecortada y los labios sonrosados donde la había mordido por accidente. No es que quisiera comportarse así, pero la desesperación por conservar cualquier cosa de ella se imponía en su cabeza.

—Tenemos que hablar primero —dijo aun con la voz temblorosa—. Acompáñame.

La siguió a su habitación donde la cama seguía desecha, una parte de la misma sábana de antes caía por el borde cubriendo el espacio entre la base y el suelo. Le dieron ganas de asomarse por si acaso encontraba algún monstruo escondido, pero el monstruo real no lo iba a encontrar ahí, era la razón por la cual estaba siendo tan rara justo ahora.

Porque sabía que su comportamiento resultaba extraño, se lo decían los ojos de Elsa de la misma forma que quisieron gritarle su preocupación por el tema de sus amigas. Suspiró, eso era otra cosa en la que no quería pensar, no estaba lista para enfrentarse a ese nivel de rechazo, así que volvió a guardar ese problema hasta el fondo de su mente por ahora.

Se sentó en la orilla de la cama dejando a Elsa de pie tan cerca que sus rodillas se tocaban. Se mordió el labio tratando de evitar que el pensamiento indecoroso que estaba por sugerir saliera de sus labios, no era esa la razón por la cual se encontraba ahí, pero mentiría si no dijera que se imaginaba sobre ella en la cama.

Sacudió con suavidad la cabeza y devolvió su vista a los ojos de la chica.

—Háblame de tu mamá —pidió sin darse cuenta.

No era lo que planeaba decir, pero se dio cuenta de que moría por saber, no quería que Mérida fuera la única que conociera los pormenores. La petición sorprendió a su anfitriona, alzó las cejas hasta que desaparecieron bajo sus mechones de cabello suelto, luego sus ojos se volvieron dos rendijas y se sentó a su lado en la cama con un suspiro.

—¿Qué quieres saber?

—Todo, nunca hablas de ella.

—Mérida te dijo algo.

No era una pregunta, pero asintió de todos modos porque no tenía caso mentirle.

—Me contó algunas cosas.

—Te contó que mi mamá odiaba mi amistad con ella.

—No me dijo el motivo.

Elsa subió una pierna a la cama apoyándola sobre la otra que continuaba colgando por el colchón. Su índice dibujaba círculos sobre su rodilla de forma automática mientras pensaba por dónde empezar esa historia que tanto llegó a disgustarle en su momento.

Tuvo mucho tiempo para trabajar en su relación con su madre y, cuando no mejoró, decidió que lo mejor era separar sus caminos, lo cual no hizo menos doloroso el asunto sino al contrario, la convenció de que nunca sería suficiente para nadie —hasta que la bendita terapia la sacó de ese ciclo autodestructivo—. Recordarlo ya no era tan difícil, pero seguía siendo un tema que prefería evitar, sin embargo, Anna no estaba siendo ella misma justo ahora y quería complacerla, quizás así terminaría por decirle de una vez a qué venía esa actitud tan errática.

—Mi mamá me quería hasta que se enteró que me gustaban las mujeres, entonces pasé de ser su hija a… una persona indeseable para sus creencias —suspiró—. Tenía miedo de que fuera a caer en pecado, por eso me prohibía cualquier interacción con el género femenino. Ver que Mérida y yo éramos tan cercanas sólo lo empeoró todo, siempre pensó que existía otro tipo de relación entre nosotras.

—Y no era así —asumió después de entender que estaba juzgando la misma relación de una forma parecida a la mamá de Elsa.

—Bien sabes que no, me suena absurdo que no distinguiera que éramos una familia más que otra cosa.

Anna sonrió con tristeza.

—Mérida usó la misma palabra para hablar de ti: familia.

—Siempre hemos sabido que eso es lo que somos.

—Te debo una disculpa —admitió—. Yo tampoco te creí y no es justo que por mi culpa revivas algo que te costó superar.

—Está bien, sé que no es tu culpa pensar así y que no lo haces con mala intención.

Le tomó la mano, era suave del dorso, pero la palma resultaba un poco rasposa después de tanto desgaste en el deporte. De todos modos, no se le antojó ningún otro lugar mejor para sentirse feliz que paseando por su piel, aunque lo hacía con tanta suavidad que bien podría parecer un espejismo.

Anna no dijo nada, mantenía la mirada entre sus manos unidas como si en eso se resumiera todo, quizás así era, tal vez no hacia falta que hablaran demasiado mientras pudieran mantenerse así por el resto del día o, siendo un poco más optimista, el resto de sus días.

Se dio cuenta de que temblaba.

—¿Estás bien?

Negó con la cabeza porque sentía la garganta cerrada de nuevo. Los flashbacks de las últimas horas le llegaron en oleadas de las que no pudo defenderse como había estado haciendo todo el día ante el evidente desastre en el que comenzaba a convertirse su vida y las lágrimas se le escaparon sin control por las mejillas hasta caer en la mano que Elsa sostenía.

La miró a la cara y pudo ver que quería decir algo, abrió la boca un segundo, pero volvió a cerrarla sin emitir palabra, en su lugar la atrajo hacía sí para arrullarla entre sus brazos y besarla en la base del cabello como si fuese una niña pequeña que necesitaba protección, en estos momentos así era.

Lloraba y no parecía que fuera a detenerse.

Se recostaron de tal forma que Anna quedo sobre el pecho de Elsa, abrazada a su cintura mientras notaba sus manos acariciando con ternura su espalda y a su mejilla apoyada en su cabeza. Supo que alejarla no sería fácil, ¿cómo iba a remplazar este sentimiento de confianza que encajaba cada día mejor entre las dos? Porque quizá para los demás podría parecer precipitado quererla cuando hace no mucho tenía una relación con alguien más, ella también lo había pensado, sin embargo, nunca se había sentido tan en casa como cuando estaban juntas.

No quería tener que soltarla, pero tenía tanto miedo por las dos.

—No puedo —admitió con la voz entrecortada—. Esto me supera y ya no quiero tener que enfrentar nada.

—No es necesario que puedas con todo tu sola, Anna, para eso estoy aquí.

—No voy a ser una carga para ti.

—No lo eres —su voz sonó áspera, estaba enojada—. Odio que te hayan hecho creer eso de ti, pero no eres una carga, Anna, ni para mí ni para tus amigos ni para nadie. A veces las cosas sólo pasan de cierta manera y no tiene nada que ver con nosotros.

Anna se aferró con más fuerza a la ropa de la muchacha y levantó la vista para verla a los ojos, tenía las cejas muy juntas y los labios apretados en una fina línea que delataba su molestia. Se sintió mal por haber colocado esa expresión en ella.

—Te quiero, Elsa, ¿me crees?

—Lo hago. También te quiero.

—Lo sé.

—Vamos a superar esto ¿de acuerdo?

—Está bien.

Elsa la movió de repente y corrió al baño, al principio esa reacción la desconcertó. Había rodado por la cama por las prisas y se mantenía apoyada en los antebrazos con la vista fija en la puerta por donde la chica desapareció, luego recordó que seguía enferma.

Se detuvo con la cara pegada a la puerta escuchando que, obviamente, seguía con el estómago revuelto.

—Voy a entrar —avisó.

La encontró abrazada al escusado con el rostro cansado.

—Deberías salir de aquí —susurró—. Es asqueroso.

Anna negó y se arrodillo a su lado para pasarle un pedazo de rollo por la comisura de los labios, en realidad no tenía nada, pero la sensación de querer vomitar debió convencerla de que debía correr o no conseguiría llegar.

—Voy a cuidar de ti, haré lo que sea con tal de mantenerte a salvo.

Anna se había quedado a dormir con ella y entre besos —después de asegurarse de que no volvería al inodoro— le prometía cuidarla. Ese era el último recuerdo que tenía antes de despertar sola en la cama y con un pedazo de papel donde debería encontrarse la joven con una sola palabra que consiguió inquietarla.

"Perdóname" decía, sólo eso.

Tal vez lo supo incluso antes de admitirlo en voz alta, pero al principio quiso engañarse y la buscó por toda la casa, llegó a revisar la estantería como si fuera capaz de esconderse ahí o debajo de la cama o en el clóset.

Se rindió sin alcanzar a comprender de qué iba todo esto, intentó llamar a un número que no dejaba de sonar, pero seguía sin ser atendido y poco rato después Emil la encontró en la misma posición en la que llevaba toda la mañana: sentada en el sillón con el celular balanceándose en su mano.

—Hey —saludó.

Llegaba de uno de sus turnos agotadores y se desplomó a su lado. Elsa no reaccionó porque las ideas en su cabeza no se ponían de acuerdo, era la razón de haberse saltado incluso su horario laboral, pero le estaba costando llegar a un acuerdo con sus pensamientos.

Su hermano se interpuso en su campo de visión inclinándose hacia ella para obligarla a enfocarse en él.

—¿Todavía te sientes mal?

Sí, Elsa tenía ganas de volver a vomitar.

—Creo que Anna… me ha dejado.

Emil alzó las cejas.

—No entiendo, ¿estaban saliendo?

—No lo hacíamos, pero ahora tampoco sucederá.

—¿No quiere salir contigo?

Por supuesto que no consideraba eso una posibilidad, lo que Anna sentía por su hermana se notaba a kilómetros, así que tratar de encontrarle sentido a sus palabras le estaba dando dolor de cabeza, incluso más que en sus momentos de estrés en el trabajo.

Y lo peor es que Elsa se veía a punto de llorar. Tenía años sin verla tan triste.

—Pensé que sí, pero ahora ya no lo sé.

La abrazó por los hombros hasta que sus cabezas quedaron una junto a la otra. Mentiría si dijera que no lo molestaba presenciar cómo se rompía el corazón de su hermana por culpa de alguien que dijo quererla, que dijo que no había podido evitar que le gustara, ¿entonces por qué? Apretó el puño contra el borde del sillón.

El pitido de un mensaje la distrajo, lo revisó porque pensó que podría ser Anna, sin embargo, sólo era Mérida. Se enderezó alejándose del abrazó para leer de nuevo, tal vez había entendido mal las palabras de su amiga, pero por más leídas que dio seguía diciendo lo mismo: Anna se había ido con ella.


Respuesta a los reviews.

Chat'de'Lune: No eres la única que lo odia y tienes razón también en que Anna no hace las cosas más fáciles, pero bueno, esperemos que comience a hacer las cosas correctas en algún otro momento. ¡Hasta pronto! Un abrazo.