Holaaa, ya les traje el próximo capítulo, me retrase un poco, perdón, no tuve tiempo el fin de semana.
El próximo, en teoría, debería ser el último, haré lo posible para tenerlo listo a tiempo porque con tantas cosas no he podido escribir, pero nos seguimos viendo pronto. Chao.
La recorrió un escalofrío y no supo si por el frío o por los nervios, pero decidió no pensarlo demasiado o corría el riesgo de arrepentirse que ya bastante le costó hacer su equipaje y subirse a aquel vuelo que la devolvería a casa como para darse la vuelta ahora con todas sus dudas de por medio y sin ninguna respuesta.
Casi olvidaba lo mucho que solían gustarle los aeropuertos, al final no había mejor lugar para encontrarse con escenas emotivas que un lugar donde sufrías las peores despedidas o los encuentros más esperados. Esta vez, con ella como protagonista, no le gustó tanto encontrarse entre la multitud, aunque ésta parecía ajena a los demás y comenzaba a disiparse lentamente entre los pasillos de salida.
No quería estar ahí pues, pese a todo, todavía tenía miedo. Se imaginaba encontrándose con su ex novio y reviviendo la escena que la obligó a marcharse en primer lugar, la sola idea le provocó pesadillas los días previos al viaje y unas nauseas terribles que por poco la obligan a cancelar, sino fuera por los cuidados de Mérida y su manera de hacerle ver que sería una estúpida si decidía ceder al miedo, probablemente seguiría en casa bajo sus mantas, ocultándose.
Pero la chica tenía razón —aunque no fue su mejor manera de decirlo—, si no conseguía superar eso que la alejó entonces ni siquiera tenía sentido plantearse el regresar porque volvería a hacerle daño a la persona que sólo necesitaba una disculpa. Quizá ni siquiera con una disculpa sería suficiente, pero por algún lado tenía que empezar.
Se armó de valor, se tragó las ganas de vomitar y subió por su cuenta a ese avión —porque Mérida se negó a acompañarla, tenía demasiado trabajo estos días—, ahora sólo tenía que encontrar la manera de remendar sus errores y descubrir si aun existía alguna esperanza de ser perdonada o tendría que vivir con ello por el resto de su vida.
En estos meses le quedó claro que, incluso si lo intentaba con todas sus fuerzas, nunca podría olvidarse de esos ojos que la dejaban indefensa o del color de su cabello ni cómo sonreía a medias o de que ignoraba por completo su magnetismo para las personas. Pasara lo que pasara, nunca estaría arrepentida de haber conocido a Elsa, pero entendería si su opinión fuera otra.
Su celular sonó en el bolsillo de su chaqueta con insistencia mientras luchaba con las cosas en sus manos para conseguir tomarlo, además ¿cuántas cosas llevaba en esos bolsillos? ¿No pudo tirar esa bolsa vacía de frituras en los contenedores por el camino? Se enojó consigo misma y al final consiguió responder.
—¿Dónde estás? —preguntó nada más contestar.
Kristoff quedó de pasar por ella en la camioneta de su madre, pero llevaba media hora esperando y no lo veía por ningún lado, lo cual comenzaba a irritarla porque estar ahí sola la ponía nerviosa por razones obvias.
—Ya voy para allá, creo que entré por el lugar equivocado, pero ya di la vuelta.
Al final no tuvo que esperar demasiado, el chico le dio un efusivo abrazo de bienvenida y no paró de hablar en todo el camino sobre lo feliz que estaba de tenerla de regreso, de todos los planes que tenía para estos días, hasta llegar a la parte que ya se esperaba. Habló con Kristoff cuando se mudó y le explicó sus razones, pero claro que él no se conformaría con eso sino tenía una disculpa en su cara. No podía decir que no lo esperaba.
—Lo lamento, debí haberme despedido adecuadamente, es sólo que no estaba pensando.
—Es claro que no lo hacías.
Anna lo miró con cara de pocos amigos y rodó los ojos, lo cual hizo sonreír a su amigo y le habló de nuevo sin mirarla ni soltar el volante.
—Lo que digo es que quizá había opciones menos… drásticas.
—Lo sé, Kristoff, pero en ese momento me sentí asfixiada. Era huir o ahogarme.
Se recargó en la ventana y pasó el resto del viaje dormitando, sabía que iba a necesitar de toda su energía cuando decidiera enfrentarse a Elsa porque ella no tendría motivos para aceptarla tan rápido como lo había hecho el rubio. Las nubes en el cielo auguraban tormenta y le dio miedo que fuera un mal presagio.
Su casa estaba tal como la recordaba, aunque con un poco más de polvo por lo que se dedicó a limpiar toda la tarde hasta dejar el lugar habitable de nuevo, sólo entonces se permitió caer rendida en el sofá donde alguna vez llegó a dormir con ella. A decir verdad, tenía recuerdos por todas partes y lo echaba de menos, esos momentos a su lado, incluso si fue corto el tiempo, consiguieron dejarle las huellas muy profundas en el corazón.
Era como tener moretones que no recordaba que estaban ahí hasta que comenzaban a doler y por hoy dolían ante la anticipación y las memorias en aquel sitio. Y tenía miedo de enfrentarse a ellos, de intentar arreglarlo porque si no quería verla sería un golpe duro de digerir y, en esta ocasión, no serían simples moretones, sería romperse las costillas una por una en cámara lenta.
No quería imaginar cómo se habían sentido para Elsa estos meses separadas, pero para ella fue como intentar arrancar algo que era parte de sí misma, por eso ahora estaba ahí, porque entre más tiempo pasaba lejos el dolor persistía y comenzaba a extenderse. Su corazón se sentía dividido, odiaría la idea de que esa chica que se encargó de sanarle la vida terminara con una herida parecida a la suya, pero por otra parte esperaba que la echara en falta, así fuera sólo un poco. No quería ser la única que le daba importancia a todo esto.
Sabía a dónde tenía que ir, pero le daba miedo encontrarse con personas a las que hubiera preferido no conocer, sin embargo, ir a casa de la chica era su única alternativa, Kristoff le informó hace meses sobre su cambio de trabajo y no supo darle más detalles porque no los tenía, a diferencia de Mérida quien no dijo nada porque no quiso hacerlo.
Suspiró, el viaje había sido largo, estaba cansada y le gustaría poder quedarse en casa unos minutos más, sólo que no podría descansar si se quedaba ahí sin verla. Le era imposible quedarse quieta sabiendo que podía encontrarla a unas millas de distancia cuando pasó meses deseando volver a verla, tenerla a unos pasos en lugar de limitarse a imaginarla.
Cuando se marchó el viento era caliente y le secaba la garganta, ahora en cambio tenía por delante ventiscas frías que conseguían hacerla estornudar si no sujetaba bien el cuello de su chaqueta por los bordes; una muestra más de cuánto tiempo pasó antes de que decidiera volver y si Elsa decidía que fue suficiente para superarla… No pensaba mucho en esa posibilidad porque le asustaba la respuesta. No estaba segura de cómo iba a lidiar con eso, ¿qué haría entonces?
No se molestó en cambiarse la ropa porque era irrelevante para lo que tenía por delante. Se encogió más entre su ropa sin dejar de observar en todas direcciones, sólo por si acaso, pero no encontró nada raro en las calles. Nadie parecía seguirla y tampoco se fijaban en ella o en cómo se enfriaba su nariz al punto de volverse rosa mientras soplaba en sus manos intentando mantener el calor.
Rodó los ojos, las nubes sobre su cabeza amenazaban lluvia, le parecía suficiente haber tenido que lidiar con ello en la otra ciudad como para llegar aquí y pasar por lo mismo. Esperaba fuera una falsa alarma porque no llevaba nada con lo cual cubrirse del agua.
Contuvo el aliento, sólo tenía que levantar la mano y tocar la puerta, pero sus brazos no querían responderle. Antes de que pudiera decidir, el sonido del pestillo la dejó congelada en su sitio.
—¿Anna?
—Emil —no sabía qué decir, esperaba no ver a nadie más que a Elsa—, tiempo sin verte.
Él no se veía feliz y podía entenderlo, siempre fue bastante unido a su hermana e incluso recordaba tener alguna advertencia de su parte, a decir verdad, también Mérida le advirtió sobre herir a su amiga. Casi le ganó la sonrisa, la chica tenía personas que la querían lo suficiente para amenazarla.
—¿Qué haces aquí? Pensé que te habías ido.
—Así fue, pero… Emil, yo…
Levantó la mano frente a su rostro para evitarle terminar.
—Deberías irte.
—Por favor, déjame pasar.
Pensó que se negaría y la echaría a patadas de su casa, sin embargo, se hizo a un lado de mala gana y la condujo hasta la sala, pese a que no la invitó a sentarse. Se quedaron de pie viéndose el uno al otro, Anna con las manos en los bolsillos y él con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Hace frío afuera —dijo con un resoplido.
—Gracias y lamento venir sin avisar, pero necesitaba hablar con Elsa.
—Me lo imaginaba, de otra forma no estarías aquí. Yo te diría que regreses por donde viniste porque es demasiado tarde para explicarse, pero nunca he querido meterme en la vida de Elsa y correrte sería quitarle la oportunidad de elegir.
Anna sonrió.
—No sabes cuanto significa esto para mí, yo…
—No significa que me agrades, no necesito echarte yo porque seguro ella lo hará o al menos eso espero.
—Gracias, que amable.
—Ya fui amable contigo lo suficiente, me parece.
Miró alrededor unos segundos e intentó no darle importancia al tono que Emil estaba usando con ella y al hecho de que nunca se había sentido tan poco bienvenida en esa casa, pero era lo justo, no iba a decir que no lo merecía después de tanto.
—¿Mikkel está en casa?
No podía evitar sentir la presión de que pudiera verla ahí y corriera a avisar a alguien más. Tomaba todo su esfuerzo permanecer en ese lugar, si no fuera por Elsa ni siquiera se hubiera planteado regresar.
—Ya no vive aquí —contestó interrumpiendo sus miedos—. Él, Hans y otros dos hermanos le robaban a papá, así que los mandó a la cárcel para darles una lección.
Parecía divertido contándole el asunto, al menos por un momento lo vio olvidar su enojo para centrarse en otra cosa.
—¿No es demasiado?
—No, sólo les dieron un par de años y papá tiene contactos ahí para asegurarse de que todo esté bien, así que en realidad no corren peligro alguno —se rio—. El viejo podrá ser una gran persona, pero da miedo cuando está enojado.
No quiso negar que se una parte suya también se sintió feliz y aliviada de que, por primera vez, no tenía nada que temer. Se sintió como volver a respirar después de un largo tiempo bajo el mar; quiso abrazar a Emil por decírselo, pero imaginó que no lo tomaría bien si decidía acercarse.
—Tengo que irme —dijo de pronto—. Debo trabajar porque, como seguro sabes, la vida no se detuvo cuando decidiste irte y todos seguimos con lo nuestro.
Sintió el dolor del golpe, aunque el chico no la tocó.
—Me gustaría esperar a Elsa, ¿dónde está?
Él se encogió de hombros.
—Quédate entonces, salió con Honeymaren, seguro no tarda.
Anna asintió y lo vio salir dejándola sola. Por fin se atrevió a sentarse en la orilla del sofá para llevarse las manos al rostro sin poder creer que después de tanto tiempo alguien se atreviera a poner a Hans en su lugar; la cárcel le parecía demasiado y le daba un poco de pena con él, sin embargo, no cambiaría su destino, aunque pudiera.
Le costó trabajo mantenerse en su lugar, le gustaría salir a encontrarla, pero no tenía idea dónde podía estar y era más seguro quedarse a esperar, así que eso hizo. Vio pasar los minutos con terrible lentitud hasta que la puerta se abrió mostrando a Elsa bajo el marco; la chica parecía feliz antes de verla y eso le oprimió un poco el corazón.
Se veía igual que siempre, el cabello lo llevaba recogido en una coleta con algunos mechones rebeldes sobre su rostro sonrojado por el frío, pese a lo helado que estaba afuera ella sólo llevaba una camisa de manga larga por encima como si no fuera gran cosa. De sólo verla se le erizó la piel imaginando el viento pasar por la tela tan delgada.
—Podrías resfriarte si sales así.
Se arrepintió nada más decirlo. Elsa pareció salir del estupor con el sonido de su voz y entrecerró los ojos, generalmente no distinguía sus emociones porque era buena escondiéndolas, omitiendo reacciones que cualquier otra persona tendría sin pensarlo demasiado, pero en esta ocasión podía sentir el enojo y el desconcierto mezclados a la par.
No parecía dispuesta a responder, así que lo intentó de nuevo.
—Tenemos que hablar.
—No tengo nada que hablar contigo, Anna, dejaste las cosas bastante claras.
Dio un paso en su dirección, pero la vio alejarse y como la puerta continuaba abierta a sus espaldas le dio miedo que intentara huir, de modo que se quedó quieta otra vez.
—Por favor, tengo que explicarte.
—¿Explicarme que te fuiste porque Hans te lo pidió?
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Lo sabías?
—Él lo admitió.
—Entonces… ¿lo entiendes? Yo… tenía que irme.
Elsa cerró los ojos con fuerza, parecía haber recibido un golpe, en lugar de escuchar sólo palabras. Ya no había rastros de la confusión de antes, ahora todo su cuerpo manifestaba enojo.
—No, Anna, no lo entiendo. No puedo entender cómo decidiste hacerle caso a alguien así, no entiendo por qué no decidiste decírmelo en lugar de irte dejando una estúpida nota tras de ti.
—Eso… Lo lamento. No quería meterte en más problemas y yo era un problema.
—Tú eras todo lo que yo quería, nunca te vi como un problema.
—Pero yo sí. Siempre me vi a mí misma como un problema, por eso no me costó decidir que irme era la mejor opción.
Cerró las manos en puños a sus costados y Anna supo que se había equivocado de palabras.
—¿No te costó decidirlo?
—No, es decir, sí. No era lo que quería decir, no lo entiendes…
—Al contrario, creo que lo entiendo perfectamente.
—Eso no era lo que quería decir —atinó a responder—. Escúchame.
Su voz sonó desesperada, gesticuló con las manos en su dirección mientras intentaba luchar con la desesperación de arruinarlo todo otra vez estando tan cerca de hablar con ella, pero las palabras se le enredaban en la lengua, tenía tantas ganas de llorar justo ahora porque la chica seguía con los labios apretados del enojo.
—Creo que ya escuché suficiente, será mejor que te vayas.
—Nunca quise perderte, Elsa, no quería que me perdieras tampoco, quería estar contigo.
Su mirada era como una parte rota, podía ver cada fragmento de su dolor caer a sus pies y era capaz de entenderlo porque se sentía de la misma forma. Las cosas se estaban volviendo a romper y no tenía manera de evitarlo, ¿por qué no era capaz de hacerse entender?
—Nunca fuiste mía como para perderte —respondió y el comentario la golpeó—. Pero me permití pensar que era suficiente, que me escogerías a mí.
Quería decirle que siempre fue ella, que no elegiría a nadie más, pero su boca no quiso responderle y Elsa la sacó de su casa antes de cerrarle la puerta en la cara. Se echó a llorar porque ya no sabía cómo arreglarlo, si se iba ahora no sabía si tendría el valor para intentarlo de nuevo, de modo que se quedó, incluso cuando comenzó a llover y la ropa se le pegó al cuerpo no se movió de la entrada, esperando que quizá volviera a permitirle entrar.
Necesitaba explicarse mejor, si le daba una segunda oportunidad seguro que podría encontrar las palabras adecuadas, pero dentro no era capaz de escuchar ningún ruido. Le dolió la indiferencia con la que la chica la estaba tratando, aunque se rio sin ganas de la escena porque se lo había ganado con sus acciones.
Miró al cielo recibiendo con calma las gotas que comenzaron a resbalar por su rostro. Sin querer comenzaba a poner en práctica el consejo de Mérida con los pies clavados frente a esa puerta mientras el cielo se caía sobre su cabeza.
—Elsa —dijo tocando la puerta otra vez—. ¡Elsa, escúchame, por favor!
No le importaba demasiado el escándalo que pudiera estar causando en el vecindario, si no abria esa puerta se quedaría sin voz de tanto llamarla. Al final, no fue necesario, volvió a salir casi enseguida y, pese a no dejarla pasar y cubrir la entrada con su cuerpo, al menos se quedó acompañándola bajo la lluvia.
Ahora ambas estaban empapadas y se notaba que estuvo llorando también porque tenía la nariz roja y los ojos húmedos. Decidió comenzar a explicarse antes de que la puerta volviera a cerrarse otra vez y la alejara de su lado de forma definitiva, si podía robarle un par de minutos extra, eso es lo que pensaba hacer.
—Estaba asustada. Tenía tanto miedo de hacerte daño que sin darme cuenta te lastimé de todos modos y no era justo para ti. Volví porque sigues siendo tú en mi cabeza, te quiero solo a ti por y para siempre si me dejas, pero si no es el caso al menos debes saber que lo lamento, me fui porque pensé que así podía protegerte de Hans y de mí.
Esperó que dijera algo frotándose las manos con el pantalón húmedo. El frío comenzó a colarse por su piel, pero no le importó soportarlo un poco más porque no era nada comparado con la ventisca helada que sentía al esperar su veredicto. Su cuerpo la traicionó y comenzó a temblar con los labios apretados.
—¿Qué fue lo que pasó con tu mamá?
Anna parpadeó sin comprender.
—No lo sé… ¿pasó algo?
Su corazón se aceleró el doble, no podía seguir el hilo de la conversación.
—Kristoff dijo que no era la primera vez que huías y que habías hecho lo mismo cuando pasó lo de tu mamá, ¿qué pasó?
—Yo… hui de casa porque mi mamá era una persona muy ausente, me quería, pero siempre que necesité su ayuda nunca fui capaz de encontrarla. Faltaba a mis partidos, se alejaba cuando me veía triste y sus palabras siempre fueron más críticas.
—¿Esto lo sabe Hans?
Asintió y la vio tensarse con su respuesta.
—Cuando me fui mi mamá me alcanzó en la autopista —dijo atrayendo su atención de nuevo—. Mi idea era hacer autostop hasta alejarme lo suficiente, pero su auto fue el primero en la carretera y pensé que me gritaría o me llevaría de regreso a casa. Pensé que sería la primera vez que… que me mostrara que le importaba, pero en lugar de ir a casa me dejó en la central de autobuses con dinero suficiente para sobrevivir un tiempo.
—Anna…
Escuchar su nombre de esa forma era justo lo que no quería, pero al menos ya no sonaba enojada y lo consideró una pequeña victoria.
—Ese día fue la primera vez que la escuché decirme que me quería, pero también dijo que no estaba lista para ser madre. Y nunca hablé de esto con nadie antes, ni siquiera con Hans porque… era mi manera de no recordar que las personas siempre parecen estar mejor sin mí.
Elsa intentó decir algo, pero se interrumpió cuando la escuchó estornudar. No parecía haber notado hasta ahora que seguían bajo la lluvia en pleno invierno y que la chica tiritaba de pies a cabeza, sólo entonces la jaló del brazo para llevarla consigo hasta su habitación.
Sacó algunas toallas del armario y las colocó sobre sus brazos extendidos junto con algo de ropa.
—Entra al baño y ponte esto, no era mi intención mantenerte allá afuera, lo siento.
No estaba enojada por eso, pero en lugar de decirlo se limitó a seguir sus órdenes. La ropa era más bien un pijama y dado que estaba oscureciendo no pudo evitar preguntarse si estaría pensando dejarla dormir en su casa. Sonrió todavía con las mejillas mojadas por el llanto y la lluvia, sería más de lo que esperaba al ir hasta ahí.
Se llevó la playera a la nariz, olía a suavizante de telas, pero le gustó saber que era algo suyo, así que se abrazó un segundo a ella antes de decidir vestirse. Cuando salió Elsa se secaba el cabello con una secadora y le hizo un gesto para que se acercara; se sentó en la orilla de la cama con la chica a sus espaldas, la dejó manejar su cabello mientras la ayudaba a secarlo y le dio escalofríos cuando sus dedos le rozaron el cuello.
—Lo lamento, pensé que te habías ido cuando te eché de la casa.
—No te desharás de mi tan fácilmente esta vez.
Sintió la tensión en su toque por un momento antes de continuar con su tarea.
—¿Por qué estás aquí, Anna?
Ella comenzó a estirar el elástico del pijama.
—Quería disculparme contigo y explicarte las cosas. Además, te extrañaba.
El sonido del secador llenó el espacio entre las dos en el que ninguna dijo nada, pero Anna no se sentía con la capacidad de callarse ahora que por fin había encontrado este terreno menos arisco para caminar.
—Fui a verlo cuando me dejaste en casa después de… de lo de aquel entrenamiento. Fue su culpa que ellas dejaran de hablarme y estaba tan enojada, quería confrontarlo, desquitarme, algo.
—Mencionó algo parecido.
Asintió.
—Las cosas no salieron bien —soltó un resoplido—. Me dijo que si no te dejaba nos haría la vida imposible y le creí porque ya había conseguido arruinar la mía, mis amigas no volverían a creerme, mi equipo ya no lo era más, tenía miedo hasta de mi sombra. Había tantos motivos para creerle y estaba tan asustada que sólo quería protegerte.
—Ese imbécil.
No podía ver su cara, pero sonaba molesta.
—Yo también fui una idiota.
—Un poco —admitió—. No quiero que creas que te he perdonado ya.
—Descuida, entiendo que no puedas perdonarme.
El pensamiento la entristeció. Escuchó cómo se apagaba el sonido del secador y sintió el peso de Elsa hundir el colchón a unos centímetros de ella, sólo entonces pudo verla a la cara otra vez, sus ojos seguían teniendo el mismo tono de azul que recordaba y le gustó encontrarlos tan cerca con una calma diferente, incluso su expresión parecía suavizada.
—No dije que no lo haría. Estoy enojada contigo, pero te he extrañado, sería tonto negarlo ahora que estás aquí, pero ¿por cuánto tiempo te quedarás esta vez?
—No me iré… pronto —suspiró—. Hice una vida allá y no me gustaría abandonarla, pero tampoco quiero dejarte, Elsa, quiero estar aquí tanto como pueda y si me tengo que ir no será intentando alejarme.
—Pero te irás, al final vas a alejarte de nuevo.
Estuvo a punto de decirle que sí, que tendría que irse otra vez porque su vida ya no estaba ahí, sólo que la idea le pareció una mentira. No quería que tuvieran que pasar por esto de nuevo, encontraría la manera de no dejarla, no pensaba darse por vencida después de llegar hasta ahí.
—No me alejaré de ti otra vez —respondió—. No quiero tenerte lejos ni extrañarte cada día de mi vida.
Elsa la observó con los ojos entrecerrados.
—No sabes lo que dices, Anna.
Le costó valor decidirse, pero consiguió reunir todo su coraje para llevar la mano a su mejilla donde pudiera sentir de nuevo ese contacto que tanto anheló durante su separación. Pensó que se alejaría, así que al principio apenas se atrevió a rozarla con los dedos y, al comprobar que seguía en su sitio con la cabeza ligeramente buscando su contacto, sonrió y su tacto ganó confianza.
—Antes dijiste que nunca fui tuya, quiero cambiar eso, si me dejas.
—¿Cómo planeas cambiarlo?
Llevó su mano hasta tomar la de Anna, aunque no la alejó, sino que se permitió tomarla con cariño. No quería ceder tan rápido, olvidar de golpe todos esos meses que se la pasó esperando una llamada que nunca llegó, pero al tenerla ahí a centímetros de distancia, viéndola con esa mirada de vulnerabilidad le fue casi imposible resistirse cuando juntó sus labios con cautela.
Aun no se sentía seguro para ninguna de las dos apresurarse demasiado, el beso fue parecido al primero que se dieron dentro de aquella rueda de la fortuna cuando todavía pensaba que no tendría que conocer el dolor con ella —cuando no quería creerlo, aunque debió haberlo visto venir—, se aferró a ese pedacito de valentía que le quedaba para no separarse, para no dejar ganar el miedo.
Anna parecía estar luchando con lo mismo con un poco más de facilidad porque sus manos comenzaron a descender hasta su talle para acercarla y de paso acariciar la piel que dejaba al descubierto el mal acomodo de su playera. De repente ya no podía sentir el frío de unos minutos antes, sólo era consciente de cómo la yema de sus dedos iba subiendo por su cintura.
Se separó con un gemido que intentó acallar sin éxito. Dejó las manos sobre los hombros de Anna para que no pudiera seguir acercándose como parecía tener la intención de hacer; sus labios se veían brillosos y se avergonzó al darse cuenta que era su culpa y que quería morderlos hasta el cansancio.
—A-Anna —su voz sonó ahogada sin querer—. No estoy segura de que debamos seguir por ese camino.
—Ajá… Es decir, claro, tienes razón, yo… Lo siento.
Ninguna se alejó, Anna quiso retirar su mano de donde comenzaba a subir, pero lo hizo tan despacio sin dejar de tocar su piel que sólo consiguió robarle otro suspiro, cosa que hizo a la chica avergonzarse el doble y bajar su rostro para esconder su expresión. Sonrió sin poder evitarlo.
—Elsa, mírame.
Ella lo hizo no muy convencida, tenía las mejillas acaloradas y la respiración irregular.
—¿Quieres ir a dormir? Haré lo que tú me pidas.
Le costó decidirse, quería sacarla de su casa para evitar las tentaciones, pero no podía negar que llevaba soñando con ese momento desde hace mucho tiempo, se moría de ganas por continuar, por tener su piel contra la suya y dejar de resistirse de una vez, así que en lugar de usar la cabeza como sabía que debía, optó por no decir nada y volver a acercarse a sus labios. Si se iba a arrepentir podía hacerlo mañana.
Anna los recibió con gusto, la acercó del cuello con fuerza sin separar su otra mano de su abdomen. Le sorprendió notar que no llevaba nada debajo de la camisa y encontró el camino libre para jugar con su piel por donde quisiera. Escucharla gemir en su boca fue embriagante, pero necesitaba más, ahora que tenía su permiso no pensaba detenerse.
Sonrió cuando notó como la seguía buscando el cuerpo de Elsa cuando se alejó, a pesar de que sólo intentaba quitarle la ropa con mayor comodidad. Verla desnuda fue como estar en un sueño, no pudo evitar quedarse sin respiración por unos segundos; su piel ligeramente rosa en donde sus manos estuvieron paseando y los vellos de su cuerpo estaban erizados. Se dio cuenta que no era lo único.
—Deja de mirarme así, me pones nerviosa —se quejó.
—Perdona.
Era la primera vez que estaba con una mujer, pero eso no le impidió usar su instinto para compensar su falta de experiencia. Besó cada lunar que encontró en su cuerpo los cuales parecían estar casi escondidos en lugares estratégicos y le encantó irlos descubriendo mientras repasaba su cuello con los labios, su clavícula, sus pechos donde se entretuvo un poco más de tiempo lamiendo de forma superficial para desesperarla.
Elsa, en cambio, mantenía los ojos cerrados y las manos fuertemente aferradas a la sábana mientras iba notando su descenso por su cuerpo. Exhaló impaciente, la chica se estaba tomando su tiempo para disfrutarlo, unos segundo más y hubiera conseguido que se levantara enojada para meterse a la ducha, pero no tuvo que llegar a eso porque Anna era bastante buena en esto. Si tenía o no experiencia, no le terminaba de quedar claro con tan buen desempeño.
No pudo evitar tomar su cabello cuando la sintió en su entrepierna y le costó quedarse quieta por lo que terminó abrazándola con las piernas. A pesar de ser una persona tranquila y silenciosa no contuvo sus gemidos, le fue imposible siquiera pensar en intentarlo, tenía la vista desenfocada y sabía que comenzaba a clavarle las uñas a Anna en el hombro, aunque ella no daba muestras de darse por enterada y continuaba con lo suyo.
Llegó al orgasmo tan rápido que le pareció irreal, pensó que ahí terminaría todo, pero al parecer no iba a dejarla descansar tan fácilmente. Subió por su cuerpo otra vez hasta llegar a su boca y la besó con tanto deseo que su piel reaccionó de nuevo, ni siquiera tuvo que pedirle más porque se dio cuenta enseguida; esta vez usó sus dedos para estimularla sin dejar de besarse y Elsa no se conformó con quedarse quieta, le pasó las manos por debajo de la ropa para librarse de ella.
Sentirse tan fuera de control era una experiencia diferente en su vida, no era lo mismo que el enojo que sufrió cuando se fue sino una fuerza arrebatadora que surgía del centro de su estómago y le ordenaba manejar la situación a su antojo.
Consiguió desvestirla, pero por un momento no hizo más porque el segundo orgasmo de su noche se lo impidió. Cuando recobró su fuerza volvieron a empezar, esta vez con los papeles invertidos y la falta de experiencia no le supuso ningún problema a la hora de tocar o morder donde querían.
Unos pequeños golpes en la puerta las asustó. Terminaban recién con lo que suponían sería el último round de la noche y seguían desnudas, aunque cubiertas por las sábanas con los cuerpos temblorosos y el cabello revuelto.
—No quisiera tener que interrumpir, pero necesito ir a dormir si no les importa. Deténganse por hoy o jamás podré sacar esos sonidos de mi cabeza —dijo la voz de Emil al otro lado de la puerta.
Elsa enrojeció hasta las orejas, pero no hizo falta una respuesta porque oyeron los pasos del chico alejarse por el pasillo. Se cubrió el rostro con la sábana, ahora que podía pensar con claridad se sentía avergonzada por haberse dejado llevar con tanta facilidad cuando sufrió tanto por esa chica que ahora la abrazaba por la cintura con la barbilla recargada en su brazo, muy cerca de su rostro.
Podía intuir la sonrisa en su cara, incluso si no podía verla.
—Más vale que quites esa expresión de tu cara.
—¿Qué expresión?
Se descubrió el rostro para verla.
—Esa expresión de tonta.
Anna rio y le dio un pico, comparado con todo lo anterior le pareció muy tierno el gesto.
—Es mi expresión de persona feliz.
—Yo no estoy feliz, mi hermano acaba de decirme que lo escuchó todo. No puedo creerlo.
—Está bien, ya no parecía enojado como cuando me recibió, aunque supongo que tendré alguna conversación con él en cuanto nos dejes solos por cinco minutos.
Elsa miró al techo y soltó un suspiro.
—Definitivamente es algo que hará.
—Oye —le dijo con más seriedad—. De verdad lo siento, no tendrás que volver a pensar que nunca he sido tuya. Lo he sido desde que te vi por primera vez.
Ella asintió, pero evitó mirarla, tenía las mejillas rojas de nuevo. Se dio la vuelta dándole la espalda sin soltarse del abrazo y le pegó con la almohada en el rostro al dejarla caer tras ella, lo cual hizo que Anna se soltara a reír.
—Vayamos a dormir, estoy cansada.
Respuesta a los reviews.
Chat'de'Lune: Todos estamos de acuerdo en que odiamos a Hans, pero al menos pagó parte de sus maldades. Y Elsa, bueno, es complicado que se ha llevado una buena parte de dolor, ¿estará todo bien ahora? No lo sé, lo iremos viendo. Nos leemos luego.
Pajaro loco: Sep, todos lo odiamos, sin duda. Y eso de que Anna podría haber hablado antes, pues sí, también tienes razón ahí, pero al fin la buscó. Hasta pronto, chao.
