Un rayo de luz me azotó en la cara, obligándome a volver del reino de los sueños. Se sentía cálido, acogedor y suave, como flotando en una nube. Me revolví tratando de huir de la vigilia, y sentí un cosquilleo por todo mi cuerpo. No tenía ni idea de quién o qué podría ser responsable por lo que me obligué a abrir los ojos, en busca del culpable.

Lo primero con lo que me encontré fueron los ojos dorados de mi esposo, que me escrutaban con intensidad.

- S-Señor Sesshomaru… - Babuceé, todavía somnolienta.

Me encontraba confundida, todavía era posible que siguiera soñando. Jamás había amanecido con él a mi lado, siempre se deslizaba fuera del lecho mucho más temprano que yo y en un silencio absoluto.

Sesshomaru se encontraba acostado de lado, apoyado sobre su antebrazo derecho. Sus cabellos caían desordenados sobre su espalda, cuello y pecho. Ese recorrido me permitió contemplar su hermoso torso desnudo, tal y como lo recordaba de la noche anterior. La… La noche anterior, recordé comenzando a sonrojarme.

- ¿Va todo bien, Rin? – Me preguntó, genuinamente preocupado.

Necesitaba reaccionar rápido, antes de que pudiera pensar que era una pervertida que se lo comía con la mirada. En mitad de ese momento de pánico, comencé a ser consciente de lo entumecido que sentían todos mis miembros. Mi desnudez estaba cubierta por una especie de nube esponjosa y peluda, que se sentía cálida, acogedora y suave. Vaya. Conque ese elemento era el responsable de las cosquillas.

- S-sí, bien… ¿Qué es esto? – Le pregunté, tomando la delicada tela entre mis dedos.

Su rostro se ensombreció ligeramente.

- Un recuerdo.

No parecía dispuesto a dar mucha más información.

- ¿Por qué me ha envuelto con él?

- Parecías tener frío.

- ¿Y no podía calentarme usted con un abrazo? – Sugerí tímidamente.

No era que no agradeciera sus atenciones, pero pensaba que era lo más lógico e incluso tierno, en lugar de levantarse en mitad de la noche para cubrirme con ese tipo de… manta peluda.

- Hubiera terminado por tomarte de nuevo, pero no tengo por costumbre aprovecharme de mujeres dormidas.

Su sincera confesión me dejó sin aliento. Cubrí mi boca y nariz con el elemento peludo para evitar que notase cómo el rubor ascendía hasta mis orejas.

- Gracias. – Musité.

Después de todo lo que habíamos hecho… ¿realmente hubiera sido capaz de seguir? ¿Acaso los demonios tenían mayor lívido que los humanos?

- Hoy quiero ir contigo a un sitio. – Anunció en tono solemne.

Alcé la vista para cautivarme con sus preciosos ojos dorados. Ese hombre tenía una capacidad abrumadora de sostener la mirada fijamente. Me hubiera intimidado más si no se tratase de mi esposo.

- ¡C-claro, señor Sesshomaru!

Traté de incorporarme para no hacerle esperar, pero sentí un dolor atravesarme, y emití un quejido. Él levantó y extendió su brazo hacia mí, preocupado por mi estado.

- ¿Te encuentras bien, Rin?

Analicé la fuente del dolor y noté que provenía de la cara interna de mis muslos y ascendía hasta mi trasero, era la zona que mi esposo había embestido sin control la noche anterior, cuando me había aprisionado entre la pared y él.

- S-sí, solo… Usted fue muy apasionado anoche.

Sesshomaru se incorporó y comenzó a examinar mi cuerpo en busca de heridas visibles. En primer lugar, se detuvo en mi espalda, donde recordaba que había clavado las garras en su momento de clímax. Rozó los cortes con las puntas de sus dedos y sentí y delicioso cosquilleo. De repente, noté su lengua húmeda recorrer las heridas trazadas en mis omóplatos y no pude evitar dar un respingo.

- ¿Señor…? ¿Qué…? - ¿Acaso de trataba de algún ritual de cortejo demoníaco?

- Así se curarán más pronto tus heridas, Rin. – Aseguró, exhalando su aliento contra mi nuca.

No me atreví a decirle de qué lugar específico provenía mi dolor, por lo que le dejé hacer.

- ¿Tiene poderes curativos, amo?

- No. La saliva desinfecta las heridas. – Me explicó.

Aunque su saliva no fuese curativa, pensé que debía de tener algunas cualidades especiales como demonio, la conversación había despertado mi curiosidad.

- ¿Qué poderes posee usted, entonces?

- Veneno. – Respondió tajantemente. – Si así lo deseo, mis garras pueden desprender un veneno tan potente que es capaz de derretir cualquier cosa. – Hizo mucho énfasis en el inicio de su explicación, tratando de medir sus palabras, cauteloso por mi reacción.

Sin embargo, yo ya había comprobado su capacidad de autocontrol. Jamás había utilizado esa habilidad contra mí, por lo que no tenía nada que temer. En ese momento, Sesshomaru pareció finalizar con su labor y se puso en pie. Cruzó la sala, completamente desnudo y dándome la espalda, hasta llegar a un gigante baúl, del que extrajo unos ropajes que no había visto antes.

Enfundó sus piernas en unos pantalones blancos, que ocultaban todas sus formas al ser extremadamente anchos y abombados. Aún de espaldas a mí, pude contemplar cómo se envolvía la parte superior con un haori blanco con figuras estampadas en rojo. Le vi extraer un obi con tonos amarillo y violeta del baúl, así como una especie de armadura que emitía ecos metálicos con cada movimiento.

Supe en ese momento que debía apresurarme si no quería hacer esperar a mi esposo. Con cuidado, me puse en pie, dejando caer la nube esponjosa a mis pies, y me dirigí al mueble de madera donde almacenaba todas mis ropas.

- ¿A dónde iremos, señor Sesshomaru? – Era una cuestión importante para poder decidir mi vestuario.

- Ponte cómoda. – Respondió, única y exclusivamente.

Sesshomaru parecía bastante distante y cauto desde que le había preguntado por sus poderes, por lo que decidí no interrogarle más, y rezar porque no fuéramos a encontrarnos con alguien importante. Me vestí con un sencillo yukata de tonos púrpuras y mariposas amarillas, los mismos colores del obi de mi señor.

Entonces me di la vuelta y vi a Sesshomaru completamente vestido, con el haori pulcramente colocado, la armadura sobre su pecho, y sobre su hombro reposaba la nube con la que me había cubierto durante la noche, a modo de estola. A pesar de no estar mostrando sus facciones demoníacas, sentí cierta impresión al contemplar su porte con aquellas ropas, las cuales le hacían ver más poderoso y elegante que sus ropas de señor del castillo.

- ¿Estás lista, Rin?

Asentí, saliendo de mi ensimismamiento y acompañé a mi señor hacia el exterior. Me guio hasta los establos y contemplé horrorizada cómo alistaba un caballo para nuestra partida. No dejaba de pensar en lo doloroso que iba a ser para mi viajar sobre ese animal, pero el hecho de estar rodeados de más personas hizo que me hiciera un nudo en el estómago, incapaz de objetar nada, muerta de vergüenza.

Sesshomaru tomó de las riendas a nuestra montura y nos dirigimos hacia el portón de palacio. Los guardas miraban a su señor algo confundidos.

- Es raro verle partir, señor Sesshomaru, sobre todo con su… esposa. – Comentaba uno de los centinelas.

- Volveremos antes de que caiga la noche. – Anunció simplemente mi marido, sin dar más explicaciones.

Tomó mi cintura entre sus manos y me elevó para colocarme sobre el lomo del caballo, con las piernas colgando sobre un costado del animal. Al posar mi trasero, me tensé violentamente unos instantes, hasta que me percaté de que no dolía tanto como había imaginado. Era una sensación molesta, pero soportable siempre que mantuviéramos un paso calmado. Sesshomaru tomó asiento tras de mí, rodeándome con sus brazos para tomar las riendas, y partimos a paso ligero.

El continuo golpeteo de mis muslos sobre el lomo del animal se hacía cada vez más molesto, presionando la zona adolorida, pero traté de reprimir mis quejidos, ya que me sentía demasiado avergonzada para confesar la zona en la que se concentraba mi malestar. Decidí enfocarme en la sensación reconfortante del pecho de Sesshomaru contra mi espalda, en su respiración profunda y calmada acariciando mi cabello. Evité todo lo posible el contacto visual con él, por temor a que pudiera leer mi alma. Viajamos en silencio, pues mi esposo no era una persona charlatana, por lo que no necesitaba llenar todos los silencios con conversaciones banales. De esa manera, simplemente disfrutamos de la compañía del otro, contemplando el paisaje cambiar a medida que nos alejábamos de nuestro hogar.

Nos desviamos del camino de tierra y nos adentramos en el bosque, un terreno tan accidentado que los constantes bamboleos incrementaban el dolor proveniente de mis muslos, que comenzaba a ser insoportable. Todo mi cuerpo se tensó a medida que seguíamos avanzando por el accidentado terreno. Apreté los dientes con fuerza y sentí una lágrima rodar por mi mejilla, a causa del esfuerzo realizado por contener el dolor. Sesshomaru no tardó en darse cuenta y detuvo la marcha del caballo de inmediato.

- ¿Por qué lloras, Rin? – Su tono de voz detonaba calma pero parecía algo derrotado, angustiado por la expresión de mi rostro.

- Yo… preferiría si pudiéramos seguir el camino a pie, señor Sesshomaru. – Musité, girando mi rostro hacia el suyo, pero evitando el contacto visual directo en todo momento.

Él alzó una ceja, visiblemente confundido. Entonces desmontó con un elegante movimiento y se colocó frente a mí. Hizo el además de extender sus manos para ayudarme a descender, pero se detuvo a medio camino.

- No estoy usando mis garras, Rin, puedes estar tranquila.

Un pensamiento fugaz atravesó mi mente: ¿era acaso posible que siguiera dándole vueltas a su confesión respecto a sus garras venenosas? Decidida a demostrarle mi confianza en él una vez más, tomé sus manos entre las mías y las acerqué a mis labios para besarlas.

- No le tengo ningún tipo de miedo a sus garras, señor Sesshomaru.

Él se quedó muy quieto, estudiando mi expresión, buscando cualquier atisbo de miedo en ella. Una parte de mi quería explicarle que había sido todo un malentendido, pero otra parte de mi cerebro estaba desesperada por que confiara en mí, sin necesidad de más explicaciones. Comencé a besar sus dedos uno a uno, lentamente, como si se tratasen de mi posesión más preciada, como un el tesoro mejor guardado por mi corazón. Observé en directo cómo sus uñas comenzaron a afilarse en forma de garras. Las pupilas de mi esposo comenzaron a dilatarse.

- ¿Qué crees que estás haciendo?

Él me observaba totalmente desconcertado, incapaz de analizar e interpretar la situación.

- Solo… le quiero mucho, señor Sesshomaru. – Le confesé, esbozando una sonrisa con intención tranquilizadora – No quiero que lo olvide.

De repente, me encontré su rostro muy cercano al mío, con sus brillantes ojos clavados en lo míos, en busca de respuestas.

- ¿Estás tratando de seducirme, esposa mía? – Me inquirió en un voz baja y grave, como el siseo de una serpiente. – No termino de entender los métodos de cortejo humanos.

Sentí que me sonrojaba hasta la médula.

- ¡N-no es eso…! Solo… Quería expresarle cómo me siento y… A-ahora mismo me encuentro indispuesta para…

Fui consciente de mi error apenas acabé de pronunciar aquellas palabras entre balbuceos.

- No te noto más indispuesta que anoche. – El volumen bajo y sugerente tono de su voz estaba surtiendo su efecto en mí, y él era consciente del efecto que tenía.

Supe que era mejor decir la verdad en ese momento antes que seguir tratando de ocultarlo. No podía mentirle, aunque fuera para que no se preocupase.

- Lo cierto es que… - Sesshomaru alejó su rostro del mío unos centímetros, y tragué saliva – Siento mis muslos doloridos, señor. Toda la cara interna, y… Ya sabe, e-ese… Ahí.

Sesshomaru pareció relajarse y asintió suavemente, en silencio. Tras unos segundos de reflexión, se acercó al hocico del caballo y ató las riendas a una rama de un árbol cercano. Acto seguido, se dirigió hacia mi me tomó en sus brazos, sujetándome por la espalda y por debajo de las rodillas. No pude evitar soltar una exclamación de sorpresa ante su gesto.

- ¡P-puedo caminar, señor Sesshomaru! No es necesario…

Mi esposo desoyó mis reparos por completo y echó a caminar a paso tranquilo, adentrándose como si conociera cada arbusto como la palma de su mano.

- La próxima vez que te pregunte cómo te encuentras, no deberías ocultarme cosas tan importantes como tu dolor. Podríamos haber prescindido del caballo, o de la excursión. – Me reprendió con un tono de voz calmada, mirando hacia el frente.

Rodeé su cuello con mis brazos, acurrucándome en su pecho a pesar de que estaba segura de que él nunca me dejaría caer.

- Lo siento. – Musité – No quería preocuparle más, y, y… Me hacía muy feliz que me invitara a salir con usted.

Sesshomaru pareció conforme con mi disculpa y siguió caminando a buen ritmo, meciéndome suavemente en sus brazos. Nuevamente, no parecía que estuviera deambulando a ciegas, sino que desenvolvía como una bestia en su territorio.

- ¿A dónde vamos, señor Sesshomaru? - No le había preguntado hasta ese momento, pero lo cierto es que me sentía intrigada.

- Muy pronto lo verás.

La vegetación se hacía cada vez más frondosa, sumergiéndonos en un ambiente silencioso y ensombrecido. Traté de conseguir más información.

- No se trata de un sitio nuevo para usted, ¿verdad?

- No.

- ¿Viene muy a menudo?

Suspiró.

- Solo cuando no soporto más estar rodeado de la presencia de humanos y su incesante parloteo.

No estaba segura de si eso había sido una indirecta.

- ¿Por qué quería traerme aquí?

Me respondió con absoluta indiferencia y silencio, dejando claro que la conversación había terminado. No era justo. No estaba nada conforme con que solo él pudiera marcar el ritmo de la conversación. Sin embargo, tampoco podía hacer mucho más si se negaba a seguir respondiendo a mis preguntas, por lo que traté de reunir todos mis esfuerzos para ser paciente y esperar a ver qué ocurría.

Tras unos minutos de trayecto en silencio, empezaba a cuestionarme si no estaríamos andando en círculos, me había parecido ver aquella rama con forma de asta de serpiente hacía un rato... O quizás era otra más que se parecía. No se me daba bien quedarme sentada esperando.

- He oído que te gustan las flores. -Comentó mi esposo de imprevisto.

Alcé la vista hacia él, sin comprender a qué se refería. Me dejó caer suavemente sobre mis miembros inferiores para ponerme en pie, y retiró la frondosa vegetación frente a nosotros con su brazo, por la que se filtraban potentes rayos de luz. Apenas hubo abierto camino, me adentré de un salto para encontrarme un hermoso claro bañado por la luz, y cubierto por completo de hermosas flores. Fui incapaz de contener un grito de excitación:

- ¡Sí, me gustan mucho!

Sesshomaru emergió a mis espaldas y se dirigió a un árbol que se erigía unos pasos de nosotros, siendo sus raíces el único refugio dentro del claro que no se encontraba expuesto a los rayos solares. Delicadamente, se agachó y dejó caer su cadera contra el suelo, apoyando su espalda contra el grueso tronco.

Por mi parte, recogí un generoso ramo de flores blancas y las cargué hasta donde se encontraba mi esposo. Me senté frente a él y comencé mi labor, absorta en las preciosas flores que había en ese sitio. Quería confeccionar una corona de flores, aunque hacía mucho que no lo intentaba, así que no estaba segura de si tendría un buen resultado. Él observaba en silencio cómo mis manos retiraban las hojas, trenzaban los tallos y modelaba las ramitas de forma que se vieran armoniosas en conjunto, eliminando las que no servían para este propósito.

- ¡Ya está! – Exclamé con júbilo y acomodé la corona sobre mi cabeza. Era un poco grande, caía hasta la mitad de mi frente- ¿Qué le parece, señor Seshomaru? – Me dirigí a él, ansiosa por compartir mi excitación y satisfacción.

Las facciones de su rostro se suavizaron, y sus labios ser curvaron en lo más parecido a una sonrisa que le había visto articular jamás.

- Qué bonita. – Contestó, simplemente.

Por unos instantes dudé de si se refería a las flores o a mí, había sido muy ambiguo. Este pensamiento me sacó los colores, a la vez que me generó cierta inseguridad la expresión contenida de su rostro. ¿Le resultaba tan gracioso mi aspecto que no podía evitar reírse? Traté de espantar esa sensación infundada de mi cabeza, sin éxito.

- ¿Le gustan las flores? – Inquirí, algo tímida al respecto- ¿Tiene algún tipo preferido? – Trataba de refrenar mi gran curiosidad y pasión por el tema que ocupaba la conversación, pero quería hacer muchas preguntas.

El rostro de Sesshomaru se volvió inexpresivo. Su mirada se intensificó y permaneció fija en mi rostro. Casi podía sentir cómo leía cada rincón de mi alma y la sometía a juicio. Un poco incomodada por el silencio y avergonzada por mi entusiasmo desmesurado, decidí ponerme en pie para no forzarle a contestar. Debía de haberle parecido una pregunta insustancial y ridícula para un gran demonio como él.

- En seguida vuelvo, ¡espéreme aquí!

Puse los pies en polvorosa y troté en dirección opuesta. Sentía sus ojos clavados en mi nuca, siguiendo cada uno de mis movimientos. Debía de pensar que me veía algo infantil con una corona de flores en la cabeza, y casi dando saltos de alegría por ello. Quería verme sofisticada y elegante a su lado, para poder encajar como su esposa, pero sentía que esa misión no terminaba de encajar conmigo. Capté por el rabillo del ojo unas diminutas flores violetas, y me agaché para recoger algunas de ellas.

En el castillo, podía aparentar ser una esposa seria y calmada, así como ocuparme de las labores que me correspondían, pero esta era la primera vez que podía compartir mis gustos personales con él. Por un lado, se había sentido liberador que me viera por quien soy, pero por otro me preocupaba que pudiera interpretarme como una chiquilla ingenua… Que no pudiera tomarme en serio.

De forma casi inconsciente y para calmar mi ansiedad, tejí un delicado brazalete con las flores que había recogido. Si se veía menos infantil o ridícula que mi corona, ¿quizás podría llegar a gustar de una de mis aficiones favoritas? ¿Sin parecer una chica estúpida? ¿Sin ser una carga o un estorbo para él? Guardé el accesorio en mi obi, insegura sobre qué hacer con el objeto.

Deshice el camino de vuelta al árbol, y el alma se me cayó a los pies cuando vi que Sesshomaru se había esfumado. Debía de haberse cansado de mí y haberme abandonado. Siempre había sido así, ¿verdad? Por eso siempre había estado sola. Tenía un nudo hecho en la garganta, y luchaba porque mis miedos no tomaran el control de mis acciones. Era posible que no se hubiera ido muy lejos.

- Se… ¿Señor Sesshomaru? – Traté de llamarle con voz trémula, mirando en todas direcciones.

Entonces, le vi emerger entre la maleza que bordeaba el claro.

- ¿Me llamabas, Rin? ¿Pasa algo?

Parecía calmado. No está molesto contigo, traté de convencerme para mis adentros. Corrí hacia él desesperadamente, tratando de reprimir las lágrimas de alivio, mezcladas con las de dolor debido a la latente molestia de mis muslos, aún adoloridos. Pero lo único que importaba en ese momento es que estaba allí. No se había marchado. Me arrojé en su pecho y rodeé su cuello con mis brazos. Le atraje hacia mi con fuerza y, noté su sorpresa, así como su incomodidad, incapaz de gestionar la situación.

En ese momento, escuché unos acelerados pasos acercase de entre la maleza. Dirigí la cabeza en dirección al sonido, y pude ver aparecer un duendecillo verde, casi sin aliento por la carrera.

- ¡A-amo S-Seshomaru…! ¿Por qué se ha m-marchado tan…? ¿De repente? – Exclamó casi sin aliento la criatura – Aún no he terminado de decirle…

- Jaken. – Le interrumpió mi esposo. – ¿No ves que no es el momento?

El pequeño demonio enfocó sus enormes orbes amarillos en mí, y di un respingo hacia atrás, liberando a mi esposo de mi abrazo, avergonzada como si nos hubieran descubierto haciendo algo prohibido.

- ¿Conque ésta es la humana? – Inquirió tono acusador el enano verde llamado Jaken.

Parecía ser un conocido de mi señor, por lo que consideré apropiado realizar una reverencia y presentarme.

- Mi nombre es Rin, y soy la esposa del Señor Sesshomaru.

Mi gestó pareció complacerle.

- ¡Vaya, para ser una sucia humana sabe mostrarle el debido respeto!

No me gustó la forma que tuvo que referirse a mí, pero sonreí, fingiendo que no lo había escuchado.

- Jaken. – El tono duro de Sesshomaru y frío como el hielo cortó de forma tajante nuestra interacción – Sabes lo que tiene que hacer. No se te ocurra volver a mi con las manos vacías.

Parecía que habían estado acordando algo en mi ausencia. Sabía que no debía meterme en los asuntos de mi marido, pero me sentía intrigada. Lancé una última mirada al duende verde, quien se arrodilló frente a Sesshomaru con una solemne promesa:

- Así lo haré, amo, no pienso defraudarle.

- Lárgate de una vez. – Le insistió Sesshomaru, visiblemente molesto.

Jaken asintió y desapareció en el bosque con la misma rapidez con la que había aparecido. No había comprendido nada de lo que acababa de presenciar.

- ¿Era un conocido suyo? – Pregunté, incapaz de contener mi curiosidad.

- Un mero sirviente. – Le restó importancia al asunto - ¿Tú cómo te encuentras? ¿Ha ocurrido algo en mi ausencia?

Agaché la cabeza, mirando la hierba bajo nuestros pies. Decidí ser sincera con él.

- Estaba un poco… bueno, muy preocupada de que mi actitud del día de hoy le hubiera podido molestar por ser demasiado infantil… Tenía miedo de que me hubiera abandonado.

- Prefería que te ahorrases escuchar las palabras de ese necio.

Una parte de mi sintió una punzada de dolor. ¿Era posible que el motivo de nuestro viaje hubiera sido simplemente encontrarse con su sirviente? ¿Había estado en sus planes desde un principio?

- ¿Hemos venido aquí a encontrarnos con él? – Seguía sin ser capaz de alzar la vista.

- Podría haberme encontrado con él en cualquier otro lugar. – Sesshomaru dio un paso en mi dirección- Hemos venido aquí por las flores. – Tomó mi barbilla entre sus dedos y alzó mi rostro, obligándome a mirarlo. – Y he pensado que te interesaría saber que me gustan las camelias.

Mi corazón dio un vuelco. Él realmente había estado meditando sobre qué respuesta dar a mi insustancial pregunta. Se inclinó sobre mi lentamente y depositó un beso en mi boca. Lenta y sensualmente, deslizó su lengua por mis labios para introducirse en mi boca. Correspondí su beso con torpeza, procesando demasiada información. No estaba acostumbrada a su iniciativa respecto al contacto físico ni a que fuera tan… Apasionado. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo, ascendieron desde mi cintura hacia mi espalda, trazando círculos con sus dedos, provocándome escalofríos. Una vez alcanzó mis hombros se deslizó directamente hasta mis muñecas, y tomó mis manos entre las suyas con firmeza.

El momento en el que nuestras bocas se separaron solo yo estaba jadeando. Él tenía los ojos aún entrecerrados y me observaba en silencio. Sus pupilas estaban comenzando a dilatarse, probablemente por mi olor, el cual él mismo había potenciado. Me moría de ganas por rogarle que me hiciera suya en ese momento, pero aún tenía demasiado presente el dolor entre mis piernas, por lo que traté de desviar la atención hacia otro tema, antes de que fuera demasiado tarde.

- Yo… tengo un regalo para usted, Señor Sesshomaru.

Escapé de sus manos para extraer de mi obi la pequeña pulsera que había trenzado, aunque se había aplastado un poco. No era mi mejor obra, a decir verdad, pero no tenía más opción en ese momento.

- Aún no sabía que le gustaban las camelias, pero… este color me recordó a usted.

Mis dedos rozaron los suyos, tratando de encajar el brazalete en su muñeca, hasta que me percaté de un detalle que no había tenido en cuenta: sus manos eran mucho más grandes que las mías. Las medidas que había empleado eran las mismas que utilizaba para mí, por lo que era imposible que la pulsera pudiera llegar hasta su muñeca. Me mordí el labio, avergonzada por mi error y dando mil piruetas mentales en mi cabeza pensando en cómo arreglar la situación, tratando de no parecer ridícula.

Sesshomaru extendió la palma de su mano frente a mí. Le miré con cautela, y deposité el brazalete de flores con cuidado sobre ella. Se llevó el accesorio hasta el pecho, y lo anudó con cuidado alrededor de una de las protuberancias en forma de gancho que emergían de su armadura. Quedó colgando con el resto de nudos rojos de hilo que la adornaban.

- Aprecio el detalle. Gracias.

Un sonoro ruido proveniente de mi estómago resonó en la quietud del bosque. No había comido nada en todo el día. Me llevé las manos al estómago, y él pareció divertido por la situación.

- No he tenido en cuenta que los humanos debéis alimentaros varias veces al día. – Giró su cuerpo en dirección a la maleza. - Volvamos, pues.

- ¿Usted no come varias veces al día? – Quise saber, extrañada. Aunque era cierto que le había visto ingerir alimentos en contadas ocasiones, y siempre en pequeñas cantidades. Yo, por otro lado, era una ávida comensal.

- Existe otro tipo de hambre más acuciante cada instante que paso a tu lado. – Contestó dirigiéndome una mirada de soslayo mientras echaba a caminar, dándome la espada.

Le seguí hasta adentrarnos en el bosque, soportando el caliente rubor en mis mejillas. Ese hombre siempre sabía cómo poner punto y final a las conversaciones.