¡Hola a todos! Quería daros las gracias por todos vuestros hermosos comentarios, me da muchísima emoción e inspiración leerlos 3 ¡Espero que disfrutéis el capítulo una vez más, comienza a tejerse la trama!
- ¡Estoy llena, no puedo más…! – Exclamé, llena de júbilo tras devorar mi cuarto tazón de arroz.
El camino de vuelta a casa se había sentido eterno, y sentía que no había pasado hambruna tal en mi vida. Le había dicho a Sesshomaru que podíamos volver a lomos del caballo para ahorrar tiempo, que podía soportar mi molestia siempre que no fuéramos al galope, pero se había negado a dejarme montar. A ratos andando, a ratos en brazos de mi esposo, habíamos regresado a nuestro hogar, acompañados de nuestra montura, ya bien pasado el mediodía. Los sirvientes de palacio estaban muy inquietos por nuestra llegada, temían que algo hubiera podido pasar, y nos ofrecieron ser escoltados la próxima vez que saliéramos de palacio. Yo no estaba muy a favor de esa opción, pero no dije nada.
Tan pronto como expresé mi necesidad de alimentarme, todas las criadas comenzaron a preparar comida a un ritmo frenético, a pesar de que les había asegurado que no había prisa. Sin embargo, recibí de muy buen grado todo lo que pusieron sobre mi plato. Como de costumbre, Sesshomaru apenas probó bocado, despertando más preocupación debido a la condición frágil que todos pensaban que tenía.
- Haruko, - Llamó mi esposo a una de las criadas – calentadnos el agua del baño. Estamos cansados de nuestro viaje.
Ella le respondió con una servicial reverencia.
- Estábamos ya en ello, mi Señor.
Asintió, satisfecho con el servicio y me lanzó una mirada.
- Vamos, Rin.
- ¿A dónde?
Él alzó una ceja.
- Al baño.
Las ocurrencias de este demonio no dejaban de provocarme taquicardias.
- No sé si sería apropiado, mi señor.
- Yo lo veo más que apropiado, y mi palabra es la ley aquí.
Tenía un punto. Accedí, no sin cierto reparo moral, y lo acompañé hasta el ala destinada al aseo. Sesshomaru dio órdenes de desalojar el área, dejando a todo el mundo extrañado por su inusual petición de intimidad. Normalmente él se encerraba en su oficina y únicamente pedía no ser molestado, pero su presencia no se hacía notar en las estancias cercanas.
Una vez todo parecía estar más tranquilo, ingresamos a la antesala de los baños y me desvestí dejando mi kimono en el suelo. Mi esposo depositó el suyo doblado pulcramente dentro de un cajón. Accedimos entonces al cuarto con la tina más grande, ya caliente y humeante para nosotros. Había también varias palanganas para echarnos el agua encima, paños limpios y algún que otro taburete de madera. Me dirigí a la tina con intención de sumergirme en ella, pero su voz me detuvo a medio camino.
- Rin, espera un momento.
Me giré, cubriendo mi cuerpo con mis brazos. La sala estaba demasiado iluminada, y yo trataba de no darle mayor importancia a nuestra desnudez, pero era complicado obviarla ya que no me había acostumbrado a su cercanía todavía.
- ¿Pasa algo, mi señor?
Él avanzó hacia mí con paso decidido.
- Déjame ver donde te duele.
No pude evitar sonrojar ante su petición. Separé mis piernas y se las mostré, cubriendo mi intimidad.
- Estoy bien, creo que no hay siquiera un moratón visible…
Sesshomaru se agachó delante de mí y comenzó a inspeccionar la cara interna de mis muslos, sujetando mis piernas. Consumida por el pudor, empleé ambas manos para cubrir la entrada de mi vagina. Sentir su cálida respiración tan cerca de mis zonas sensibles me hacía demasiado consciente de mi cuerpo, demasiado vulnerable e incluso excitada. Sin embargo, su mirada inexpresiva exploraba impasible y meticulosamente cada rincón de mi piel como si estuviera trabajando en algo de vital importancia. Separó mis piernas ligeramente, provocándome un suave cosquilleo y siguió con su exhaustivo reconocimiento. Una vez pareció conforme, alzó la vista para encontrarse con mis ojos.
- ¿Y bien? – Le pregunté, ansiosa porque dejara de observarme desde ese vergonzoso ángulo.
- Sigo notando tu creciente olor, por mucho que te esfuerces en cubrirlo.
Buen informe de evaluación de daños.
- Me avergüenza que me mire tan de cerca, señor…
Acercó su rostro a mi intimidad, olfateando el aire.
- Por mucho que digas eso, parece que lo estás deseando también.
Sus manos ascendieron hacia mis caderas. Su tacto me volvía loca y estaba segura de que se estaba aprovechando del efecto que provocaba en mí con plena consciencia.
- ¿Qué está intentando, señor Sesshomaru?
Me observó con las pupilas dilatadas, y las marcas moradas de su rostro y brazos comenzaban a intuirse.
- Sabes que llevo conteniendo mis deseos de hacerte mía desde anoche, -Era cierto que había mencionado ese hecho - y te has pasado todo el día tratando de esquivarme. Es divertido que creas que puedes escapar.
Era la primera vez que lo verbalizaba, pero no me extraña en absoluto que a un demonio como él pudiera excitarle el juego de ir detrás de una presa para cazarla. Sentí sus garras cerrarse sobre mi trasero, sin llegar hundirse en mi piel, y supe que había perdido. Era consciente que aún no me había recuperado de la noche anterior, pero necesitaba que apagara el incendio que se extendía desde lo más profundo de mi vientre.
- Jamás querría escapar de usted, amo. Solo quería esperar a estar lista de nuevo, para... poder complacerle.
Y era cierto. No le había estado evitando porque no lo deseara, sino porque realmente no había mucho que pudiera hacer en mi estado.
- Hay muchas formas en las que puede complacerme, Rin. No es necesario dañarte más. – Aseguró mirando mis ojos, con las pupilas dilatadas y teñidas de deseo – Por el momento, retira esas molestas manos.
Le obedecí sin rechistar. Tragué saliva mientras observaba cómo posaba sus labios sobre mi pubis. Trazó un camino descendente hasta mi intimidad y comenzó a utilizar su lengua con precisión. Recorrió el delicado contorno de mis labios mientras jugueteaba de forma intermitente con mi entrada. Me llevé las manos al rostro, tratando de refrenar mis gemidos, sin demasiado éxito. Su hermoso rostro entre mis piernas, devorando mis fluidos con avidez, formaba una imagen demasiado erótica para mí.
Sesshomaru atrajo mis caderas hacia sí y comenzó a introducir lengua en mi interior, lentamente. Cuando iba a llegar a ese punto que me estaba volviendo loca, la retiró de inmediato para comenzar ese proceso de nuevo. Cada vez más rápido, cada vez más duro. Sentía cómo mis piernas comenzaban a temblar y me fallaban las fuerzas.
- S-señor, yo… N-no pue-edo mant-tenerm-me e-en pie así… - Gimoteé entre gemidos.
Él, en respuesta, tomó mi clítoris entre sus labios y comenzó a succionarlo mientras observaba atentamente mis reacciones. Mi primer impulso fue gritar, aunque logré contenerlo a medio camino cubriéndome la boca. Sesshomaru siguió presionando el mismo lugar con la punta de su lengua, trazando círculos y succionando. Él trataba de sujetar mis caderas, pero yo sentía como iba cayendo, no podría soportar semejante tortura con las fuerzas menguadas.
En ese momento, se puso en pie y me colocó de espaldas a él. Cruzó su brazo por debajo de mi pecho, sosteniéndome contra su cuerpo y sentí sus dedos invadir mi interior in previo aviso a un ritmo salvaje.
- ¡D-de verdad no puedo…! – Jadeé, mis piernas seguían fallando – S-Se…
- No voy a permitir que te caigas. – Murmuró contra mi oído, mordiendo el lóbulo suavemente – Sólo déjate llevar.
Si me seguía concentrado en esos dedos que no paraban de perseguir una de mis zonas más sensibles, iba a terminar en poco tiempo. Estaba siendo irremediablemente arrastrada por la marea de sensaciones. Su dura erección presionaba contra mi trasero, yo dejaba de sentir las piernas. Los dedos de Sesshomaru comenzaron a disminuir la velocidad, aunque no la intensidad, mordió mi cuello y tomó uno de mis pechos con dulzura. Me sentía atacada por demasiados frentes, pero por encima de todo primaba esa irresistible sensación dentro de mí cada vez que presionaba ligeramente. Había encontrado mi centro de placer y esa lenta fricción me estaba haciendo escalar más rápido, demasiado rápido para poder procesar el orgasmo que me envolvió sin previo aviso. Apenas pude emitir un gemido, mientras sentía todo mi cuerpo temblar, bien asegurado contra el cuerpo de mi esposo.
- Aguanta un momento. – dijo él mientras desaparecía mi punto de apoyo – Sé que puedes.
Reuní toda mi fuerza de voluntad para transferírsela a mis piernas de cervatillo. Sesshomaru me volteó para enfrentarse a mí y se arrodilló para saborear mis fluidos. Su lengua danzaba ente mis pliegues calientes, provocándome más temblores y débiles gimoteos. Cuando finalmente sacó el rostro de entre mis piernas me dejé caer, apoyándome en sus hombros, hasta que mis rodillas y trasero tocaron el suelo.
- Creí que… No podía... Me caía… – Jadeé, contemplando su rostro totalmente transformado, aunque sus ojos permanecían dorados.
- Yo sabía que ibas a aguantar, Rin. – Contestó, todavía lamiendo los restos de flujo impregnados en sus dedos.
Realmente quizás los demonios sí que tenían mucha más energía sexual que los humanos, ya que se le veía vibrante y notablemente excitado. Sesshomaru parecía genuinamente satisfecho, pero una parte mí no se sentía bien con dejar las cosas tal y como estaban. Después de todo, yo no había tenido ocasión de devolverle siquiera parte del placer que me había proporcionado. Di grandes bocadas de aire para recuperar el aliento.
- Señor Sesshomaru… -Fui capaz de verbalizar, finalmente- ¿Puedo tocarle yo ahora a usted?
Me miró atentamente, como un gato que tiene en el punto de mira su aperitivo favorito.
- ¿Acaso no estabas agotada hace un momento? – Inquirió, levantando una ceja.
- Ya estoy, esto… Recuperada. – Aseguré con la mayor seguridad que pude.
Mi proposición debió de parecerle interesante, por lo que se puso en pie y quedó a la espera de mi próximo movimiento. Permanecí unos segundos quieta simplemente admirando lo bello de toda su silueta. Se alzaba sobre unas piernas largas y bien definidas, entre las que se emergía su miembro, visiblemente lleno de excitación y deseo. Tragué saliva, algo intimidada ante esa visión, por lo que decidí cambiar el foco de mi atención, para deleitarme con la forma en la que su amplio pecho se estrechaba en una cintura y vientre plano sobre el que emergía… Vale, no podía apartar la mirada de su miembro.
- ¿A qué estás esperando? – Me retó, notablemente divertido por mi embelesamiento.
Reuní todas mis fuerzas, decidida, y me arrodillé delante de él, con el cuerpo erguido para encontrarme su sexo a la altura de mi rostro. Alcé mis manos con la intención de acariciarle, pero su voz me detuvo:
- Deja esas manos quietas. Usa tu boca.
Le miré a los ojos, en busca de algún tipo de silencioso ruego por lo terriblemente vergonzosa e insegura que me sentía ante aquella petición. ¿Cómo era posible siquiera utilizar mis labios o mi lengua si él no podía guiarme? Sin embargo, todos mis reparos murieron cuando percibí la impaciencia y el profundo deseo de su mirada. Era imposible que no quisiera complacerle.
Cerré mis manos en dos puños sobre mis rodillas y acerqué mi rostro lentamente hacia su erección. Me intimidaba sentirla tan cerca. Aún algo dubitativa, besé suavemente la punta y fui recompensada con un ligero suspiro por parte de mi esposo. Su reacción me animó ya que era complicado hacer reaccionar a mi señor de cualquier otra manera, por lo que tracé un camino de besos a todo lo largo del tronco, sintiendo su abrasadora calidez y cómo pulsaba con cada uno de mis roces.
Observé cómo a ambos lados de su cadera sus garras de hacían más puntiagudas mientras arqueaba sus dedos, y me imaginé la clase de cambios que su rostro debía de estar experimentando, también. Comenzaba a gustarme sentir que tenía poder sobre sus reacciones, por lo que eché mi cabello hacia atrás para que no me estorbase y me aventuré a repetir el mismo recorrido con mi lengua. Juraría que pude sentir todo su cuerpo estremecerse, acompañado de más suspiros. Saboreé su deliciosa piel, volviéndome adicta a la inesperada suavidad de su miembro. Apenas mi lengua dejó de hacer contacto con él un momento, le escuché gruñir. Alcé la mirada para encontrarme con sus rasgos faciales más afilados y acentuados, junto con aquellas pupilas iris que no se apartaban de mí.
Estaba casi segura de que todos esos indicios señalaban que estaba a punto de rendirse ante sus instintos, desencadenados por el placer. Sentí cómo me humedecía al ser consciente de que yo era quien estaba provocando esas reacciones en él de forma activa.
Sin darle un segundo pensamiento, abrí la boca todo lo que pude y me introduje su erección hasta la mitad. Sesshomaru emitió un sonido a medio camino entre un ronco gemino y un gutural gruñido animal. Acaricié la punta con la lengua, envolviendo su piel con mi saliva. Sentí cómo posaba una mano sobre la parte anterior de mi cabeza, alentándome a seguir. Poco a poco, su miembro se adentraba más profundamente, y me detuve cuando estaba a punto de rozar la entrada de mi garganta. El jugueteo de mi lengua seguía arrancándole suspiros y gruidos, cada vez más sonoros.
Comenzaba a sentir cómo me faltaba el aire, por lo que retrocedí para sacar liberar mi cavidad por un momento, cuando él atrajo violentamente mi rostro hasta meter toda su longitud en mí, momento en que dejó escapar un profundo gemido. En mitad del pánico provocado por la asfixia, apoyé las manos sobre su cintura, dando repetidos golpes de advertencia. La presión cesó de inmediato y tan pronto como su miembro salió de mi boca comencé a toser, con un par de lágrimas asomado en mis ojos. El ataque de tos me duró apenas unos segundos, tras los cuales pude recuperar el aliento.
- Señor, no… -Fui interrumpida por una nueva convulsión- No debería hacer eso, es peligroso. – Sus garras acariciaron mi cabello y rostro lentamente, a modo de silenciosa disculpa. – Tiene que dejarme hacer las cosas a mi ritmo esta vez.
Él asintió, sorprendentemente dócil. Enternecida por su vulnerabilidad, tomé la punta se su erección entre mis labios, y comencé a masajear su longitud con mis manos. Volvió a bendecirme con otro de sus gemidos. En esta ocasión, sus manos acompañaban el movimiento de mi cabeza, recogiendo mi cabello para que no estorbase mi labor, sin ejercer presión alguna sobre mis movimientos. Alentada por sus crecientes gemidos de placer, rodeé su miembro con mi lengua y comencé un movimiento de entrada y salida de mi boca, controlando no introducirme más de la mitad. Mis manos acompañaban la parte de su piel que no podía cubrir con la boca. Me sentía demasiado satisfecha con cada uno de los suspiros que exhalaba, estaba convencida de que tu orgasmo no estaba lejos. Aumenté la velocidad y apreté mis dedos a su alrededor.
De repente, sujetó mi cabeza con firmeza mientras notaba cómo se vertía en mi garganta, con un largo suspiro. Esperaba que terminase pronto… pero no me forma tan inminente. Su sabor era amargo y la textura espesa, cayendo poco a poco dentro de mi boca. Esperé unos segundos mientras se recuperaba, acariciándole con mi lengua.
Dejé su miembro salir mientras él jadeaba, visiblemente afectado por mis recién descubiertas habilidades para darle placer. Pensaba volver a hacer uso de dicha herramienta siempre que deseara oírle gemir de forma plenamente consciente. Me puse en pie lentamente y le miré el rostro. Tenía las mejillas levemente sonrojadas, posiblemente por el calor del vapor de la sala, y sus ojos se volvían progresivamente dorados, a la vez que las marcas de sus pómulos se retraían lentamente.
No era habitual verlo lucir tan desprotegido, sin su coraza, por lo que mi corazón se enterneció al verlo así. Me puse de puntillas para darle un tímido beso en la comisura de los labios. Él rodeó mi cuello con sus brazos e introdujo su lengua en mi boca salvajemente. La intensidad duró lo suficiente para que pudiera sentir sus colmillos contra mis labios. Acto seguido, se retiró lentamente mientras me miraba a los ojos fijamente.
- Deberíamos asearnos. -Murmuró antes de comenzar a dirigirse hacia la tina, humeante.
Lo seguí hasta entrar en el recipiente lleno de agua caliente, dejando que el líquido nos envolviese con su agradable temperatura. Me acurruqué al lado de mi esposo, dejando reposar mi cabeza sobre su hombro. Le observé de reojo. Tenía los ojos entrecerrados y su rostro se encontraba relajado. Era la criatura más hermosa que había visto en el mundo, sin duda.
Sin embargo, aún me costaba creer que era la bestia monstruosa de la que me advertía a menudo. Quizás el amor me impedía ver con claridad lo poderoso que podía llegar a ser, pero yo sólo quería conocerle más. Quería saber sus gustos, las cosas que le desagradaban, incluso su naturaleza demoníaca de despertaba una gran curiosidad… Consciente de que todavía se encontraba más relajado de lo habitual, decidí formularle una pregunta que no paraba de rondar mi cabeza:
- Señor Sesshomaru, ¿es cierto que los demonios tienen mayor libido que los humanos?
La expresión de su rostro no se inmutó un ápice con mis palabras.
- No lo sé. Nunca he tenido interés por estos asuntos.
- ¿No ha tenido parejas anteriormente? – Pregunté, bastante confusa ante sus declaraciones.
- No. No me interesaba.
Esa respuesta sí que no la esperaba. En todo momento había asumido que tenía experiencia. Me pareció un detalle muy tierno, y dejé escapar una sonrisilla.
- ¿Qué te parece tan gracioso? – Frunció el ceño, incapaz de comprender la línea que seguían mis pensamientos.
- Me parece muy lindo, señor Sesshomaru. – Confesé, incapaz de contener una sonrisa.
Su rostro comenzó a denotar una confusión genuina, incapaz de discernir si debería sentirse ofendido o halagado de alguna forma que él no comprendía. Esa imagen era tan adorable que sentí unas ganas irrefrenables de achucharlo entre mis brazos como si se tratara de un cachorrillo. Me contuve a duras penas para evitar confundirlo más, y me contenté con imaginarme esa situación.
- ¿Quiere que le frote la espalda, señor Sesshomaru? -Me ofrecí, a modo de compensación.
Asintió en silencio y se dirigió a uno de los pequeños asientos de madera. Lo acompañé en el camino y tomé un paño limpio para pasarlo por su cuerpo. Su expresión volvía a endurecerse a medida que recuperaba las fuerzas, pero se dejó hacer de todos modos, no parecía ofendido por mis acciones.
No insistió tampoco cuando le dije que yo podía lavarme sola. No sabía si podría soportar su tacto sin que acabáramos enredados el uno en el otro, por lo que me aseé rápidamente bajo su atenta mirada. En ese momento no supe discernos si era peor el remedio que la enfermedad. Traté de no pensar en sus penetrantes ojos dorados ni en su provocadora intensidad.
Mientras nos dirigíamos a la antesala para vestirnos de nuevo, me percaté de que su rostro seguía presentando la luna púrpura sobre su frente y las franjas moradas sobre sus pómulos, lo cual me pareció extraño. Había pasado un largo rato desde que no habíamos hecho nada para provocarnos el uno al otro. Seguí observándole mientras envolvía su cuerpo en un sencillo kimono blanco, pero no había cambios. ¿Acaso era seguro que saliera así, donde podrían verle todos y dejar expuesto su secreto?
- E-esto… Señor.
- ¿Pasa algo?
Comencé a anudar el obi de mi kimono para eludir el contacto visual directo.
- Esto… No sé si se ha percatado de que… Su rostro sigue siendo el de un demonio. No ha vuelvo a la normalidad.
Él se observó las manos y las marcas de sus antebrazos. No parecía demasiado sorprendido.
- Ya veo… Supongo que tendré que tomarme mi tiempo. – Suspiró con pesar.
En ese momento, escuchamos cómo alguien aporreó la puerta.
- Mi Señor, hay un hombre en el portón esperando para hablar con usted. Es un monje budista, y solicita pasar la noche aquí para poder exterminar un aura maligna que ha detectado en los alrededores.
- No pienso acceder a las peticiones de un desconocido a estas horas. – Contestó mi esposo sin ápice de duda.
Tuve un extraño presentimiento respecto al monje, por lo que intervine apenas Sesshomaru hubiera terminado de firmar su sentencia.
- ¡Y-Yo saldré a atenderle! -Recé por no ser desacreditada- Iré a hablar con él para saber qué es lo que quiere realmente, m-mi Señor.
Observé a Sesshomaru dudosa, era muy posible que mi petición fuera denegada. Me miró a los ojos unos interminables instantes y terminó cediendo, con un bufido:
- No hagas ninguna tontería, Rin.
Le hice una reverencia, agradecida, y me coloqué un haori decorado con nubes azules sobre el kimono blanco para salir al exterior, acompañada del guardia de palacio. Tal y como había informado, un monje vestido con un hábito budista aguardaba a las puertas de la fortaleza. Varios centinelas le cortaban el paso y amenazaban con la punta de sus naginatas.
- Buenas noches, bella dama. Mi nombre es Miroku. – Me saludó el forastero, entusiasmado por mi presencia. – Pasaba por estas tierras en mi santo peregrinaje cuando percibí un aura maligna cernirse sobre ésta su morada. Me tomará una noche completar el exorcismo, si me permitís proceder con mi sagrada misión. ¿Podría hablar con el Señor de la casa para rogar por su permiso? - Su tono de voz se tornó meloso, tratando de engatusarme de forma descarada.
Todos los guardias le observaban con una mezcla de desconfianza y terror. Yo estaba segura de que estaba mintiendo, pero supe que había hecho bien al seguir mi corazonada y salir a recibirle. Los hábitos del monje se encontraban sucios y llenos de tierra. Además, se apoyaba excesivamente en su bastón mientras hablaba. Ese pobre hombre sólo estaba a nuestras puertas a esas horas de la noche en busca de comida y cobijo, se veía agotado y demacrado por su viaje. Supe que el señor Sesshomaru sabría perdonarme.
- Mi nombre en Rin, y soy la Señora de este palacio. Puedes pasar la noche aquí, sígueme y te proporcionaremos alimento para que puedas prepararte para tus ritos de exorcismo, monje.
Los centinelas guardaron silencio sepulcral, atónitos ante la situación sin precedentes. No estaban acostumbrados a verme ejercer autoridad, pero sabían que no podían oponerse a mi decisión. Las criadas se apresuraron a traer al comedor las sobras de la cena, y yo tomé asiento junto al monje para vigilar todos sus movimientos, en caso de que tramara algo sospechoso. No podría arriesgarme a que genuinamente estuviera sintiendo la presencia demoníaca del Señor Sesshomaru.
- No sabría cómo agradecer su infinita amabilidad, misericordiosa Señora. – Comentaba el monje con una exaltación exagerada. – De no ser por su intervención, es posible que incluso los guardias hubieran acabado conmigo.
Me resultaba muy incómoda su forma de dirigirse a mí, como si yo fuera algún tipo de eminencia.
- Está bien, de verdad, no podía dejarle fuera, monje…
- Miroku. Puede llamarme simplemente Miroku.
Asentí. El monje comenzó a devorar las sobras de comida mientras me lanzaba miradas furtivas.
- ¿Lleva mucho tiempo de viaje? – Le pregunté, curiosa.
- Varias lunas, mi señora, y en ningún otro lugar había presenciado una belleza como la suya. - Reí nerviosamente, tratando de disimular mi incomodidad. – Su esposo debe ser muy feliz con su matrimonio.
Carraspeé, tratando de disimular mi sonrojo.
- Nuestro matrimonio marcha bien, Miroku, gracias…
Miroku pausó su cena durante un momento, y extrajo un rosario de cuentas de sus ropajes, que me ofreció con una sonrisa ladina.
- Soy consciente de que no es mucho, pero espero que esta ofrenda sirva para bendecir su unión y protegerles de todo mal.
A fin de cuentas, no parecía tener mala intención. Seguramente se sentía muy solo. Acepté su regalo y me coloqué el accesorio en la muñeca. No estaba segura de si el efecto de protección que prometía podía ser real, pero me parecía grosero no llevar aquellas cuentas decorativas mientras él estuviera en palacio.
En ese preciso momento, una voz grave emergió de la entrada al comedor:
- Buenas noches, forastero, lamento no haber podido recibirle hace unos momentos, me encontraba algo indispuesto.
Giré la cabeza de inmediato para encontrarme con el señor Sesshomaru ingresando en la estancia, con su aspecto habitual, el rostro pálido y envuelto en un halo de fragilidad. Su fría mirada, sin embargo, atravesaba al hombre que estaba a mi lado como una afilada daga, recibiendo así a un claramente indeseado invitado. Miroku, ajena a esta situación, se puso en pie para corresponder su saludo con una reverencia.
- Lamento haberles importunado a estas horas, Señor, mi nombre es Miroku. Espero que mi labor en este palacio pueda compensar las molestias que haya podido causarle. – Me lanzó una mirada de soslayo, sonriendo con inocencia - Su esposa ha sido muy bondadosa de dejarme pasar en su ausencia.
Sesshomaru nos inspeccionó a ambos con la mirada, y en esta ocasión se dirigió a mí, frío como el hielo:
- Señora mía, tengo unos asuntos que tratar contigo, ¿sería tan amable de acompañarme un momento?
Seguramente no estaba nada contento con que un extraño pasara la noche dentro de sus muros. Me dirigí hacia él con la mirada gacha, a sabiendas de que era posible que recibiera una severa reprimenda. Miroku habló a mis espaldas:
- He escuchado sobre su delicada condición de salud, ¿va todo bien, mi Señor?
Sesshomaru le atravesó con la mirada una vez más. El sagrado hombre debía de tener unos nervios de acero o no temer a la muerte.
- Todo bien, monje. Disfrute su cena.
Mi esposo me escoltó de vuelta hasta nuestros aposentos, donde se volvió hacia mí para ordenarme:
- Quítate eso, Rin.
- ¿A qué se refiere?
Parecía seriamente molesto, pero no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
- Lo que te ha dado el monje. Ese rosario.
Le mostré mi antebrazo y retiré las cuentas que lo adornaban. Sesshomaru me lo arrebató de las manos con un ágil movimiento. El objeto pareció reaccionar a su contacto, mostrando una tenue barrera con un brillo acristalado a su alrededor. Las garras del demonio comenzaron a emitir un resplandor verdoso, que fundió el objeto pedazo por pedazo hasta que se desvaneció por completo. Observé el proceso sin apenas pestañear, anonadada.
- ¿Era un objeto sagrado de verdad?
- Estaba lacado con agua bendita. Ese monje te lo ha dado porque sospecha de ti, y probablemente de mí también, ahora que me ha visto. – Su rostro se ensombreció. – No debe salir de aquí con vida.
- ¿A qué se refiere con sospechar de mí? No lo entiendo.
Sesshomaru me contentó con impaciencia:
- Ese insecto habrá sentido mi aura demoníaca impregnada en ti.
El comportamiento extraño de Miroku comenzaba a encajar con lo que decía mi esposo. Aún así, no estaba convencida con tomar medidas tan drásticas.
- Comprendo su preocupación, amo, pero… Déjeme hablar con él, lo convenceré para que se marche sin decir nada.
- ¿Cómo esperas que me fíe de un sucio humano?
- Yo también soy humana, mi Señor. – Respondí con mucha más seguridad de la que sentía. – Confíe en mí, puedo solucionarlo.
Él alzó una ceja, claramente en desacuerdo.
- ¿Igual que has manejado la situación de tal manera que has invitado a entrar dentro de mi morada a una clara amenaza?
Era un golpe bajo, pero sentía que me lo merecía. Donde yo solo había visto un pobre hombre en busca de cobijo, Sesshomaru sólo entendía que el monje era un peligro inminente para su secreto y su existencia en palacio. Mi criterio no había sido acertado esta vez.
- Me he equivocado… Me disculpo, señor Sesshomaru. Yo… solamente he pensado que ese hombre decía estar agotado y tener hambre por vagar sin rumbo hasta altas horas de la noche. Sin embargo, es cierto que no me he parado a pensar en cómo lo podía interpretar usted… Hablaré con él y conseguiré que se marche sin armar más revuelo, se lo prometo.
Mi esposo exhaló un profundo suspiro y trató de suavizar su expresión. Me dio la espalda y musitó:
- Está bien. – Escupió las palabras como si le costase pronunciarlas- Confío… en ti.
Mi corazón dio un salto con sus palabras, pero sabía que no era momento de celebraciones. Salí de la alcoba con paso firme, en busca del monje, quien seguramente había comenzado su exorcismo en algún rincón de la mansión. Tal y como esperaba, ya que no se encontraba en el comedor. Apenas quedaban sirvientas merodeando por lo pasillos, por lo que no pude obtener indicaciones de ellas. Finalmente, localicé al monje tras una apresurada carrera con el corazón en la garganta, colocando unos sutras sagrados en los postes cercanos a la oficina donde trabajaba Sesshomaru.
- ¡Miroku! – Lo llamé, diriendp su atención hacia mí. - ¡Monje Miroku, hay algo importante que me gustaría hablar con usted!
Él se giró hacia mi lentamente, observándome de pies a cabeza.
- Yo también quería hablar con usted, Señora… - Tendió su mano hacia mi para agarrarme del brazo y atraerme hacia él. – Se encuentra usted en un terrible peligro, le ruego que huya conmigo. Voy a sacarla de aquí.
