- ¿Huir…? – Balbuceé, confundida y anonadada por sus palabras. - ¿De qué estás hablando, Miroku?
El monje tomó mis manos entre las suyas.
- No podrá decirme que no se ha dado cuenta, Señora… - Hurgó en su memoria unos instantes, tratando de encontrar mi nombre, pero me había tratando con tantos honoríficos que no había tenido la ocasión de presentarte.
- Llámame Rin. – Traté de liberarme de su agarre, pero él no cedió ni un poco.
- Señora Rin, ¿dónde está el rosario que le he regalado antes? - Permanecí en silencio mirando mi muñeca desnuda. – ¡Abra los ojos, su esposo es un demonio y usted está siendo engañada!
Entré en pánico. Estaba alzando mucho la voz. Logré zafarme de su agarre en un momento de descuido y cubrí su boca firmemente con mis manos.
- No grite, por favor. – Le imploré en voz baja. – Ya sé todo esto. No estoy siendo poseída ni nada por el estilo, monje, estoy aquí por elección propia. – Sus ojos se abrieron como platos, sorprendido, y parecía querer hablar. – Prométame que no va a alzar la voz de nuevo.
Él asintió y retiré la mordaza de su boca. No comenzó a retransmitir sus pensamientos de inmediato. Tomó una gran bocanada de aire y se quedó pensativo, midiendo sus palabras.
- ¿Os sentís más segura al lado de esa bestia que lejos de ella?
- No le veo como un monstruo. Es el hombre al que amo y deseo estar a su lado.
Miroku extendió el dedo índice y el corazón y los posó sobre mi frente.
- No pareces estar bajo el influjo de un encantamiento, tampoco… Qué raro.
Puse los brazos en jarras.
- Como ya te he dicho, no corro ningún peligro y estoy aquí por voluntad propia.
- Me cuesta no dudarlo, señora Rin. -Frunció el ceño - Sesshomaru es un demonio muy despiadado y poderoso.
No recordaba haberle dicho el nombre de mi señor.
- ¿Ya conocía al Señor Sesshomaru?
Miroku suspiró mientras negaba con la cabeza.
- Sólo de oídas, pero mis referencias no son muy buenas.
- Pueden ser rumores sin fundamento.
El monje dibujó en su rostro una expresión socarrona.
- Créame, en este caso mis fuentes son más que fiables. De todas formas, no pienso llevármela por la fuerza así que no hay nada más que pueda hacer aquí. Cuídese mucho.
Se inclinó en una breve reverencia, con intención de abandonar aquella conversación.
- ¿Ya se marcha? Creí que no querría pasar otra noche a la intemperie. – Intercedí antes de que pudiera poner los pies en polvorosa.
La expresión de Miroku se relajó y por primera vez pude ver una sonrisa genuina asomar en su boca.
- Tiene usted un buen corazón, pero no deseo causarle más dolores de cabeza ni a usted ni a su esposo. Gracias por su hospitalidad, Señora Rin.
Pasó a caminando a por mi lado, dispuesto a recorrer los interminables pasillos en busca de la salida, pero me apresuré a retenerle un momento más.
- Prométame que no dirá nada de esto a nadie, Miroku, por favor.
Sin voltearse, contestó:
- Jamás haría algo que comprometiese la felicidad de una bella dama como usted. Tiene mi palabra.
Se adentró en la mansión. La luz de las velas proyectaba su sombra cada vez más alargada a medida que se alejaba. Decidí seguirlo a una distancia prudencial para comprobar que, efectivamente, se marchaba sin alertar a nadie dentro de palacio.
Nos estábamos dirigiendo al ala opuesta del palacio cuando Miroku se paró en seco y me encaró, descubriéndome en el acto.
- Esto… señora Rin, ¿me puede indicar dónde se encuentra la salida?
No lo había pensado, pero era lógico que no supiera el camino de vuelta. Asentí y le acompañé en silencio hasta la entrada de la mansión. Soplaba un frío aire fuera, por lo que Miroku me sugirió que no saliese, para evitarme un resfriado.
- De nuevo, -carraspeó- gracias por la comida y toda su hospitalidad.
Se inclinó ante mí una vez más y echó a andar en dirección opuesta. Sin duda, ese hombre se seguía viendo muy solo y desamparado, por mucho que actuara con despreocupación.
- ¡Espero que usted también pueda encontrar el amor, monje Miroku! ¡Cuídese mucho!
Él alzó la mano en señal de despedida. Observé cómo abandonaba los dominios sin mirar atrás. Volví al interior de la vivienda y decidí regresar a la alcoba para informar al señor Sesshomaru. De camino, pasé por delante de su oficina y vi que seguían allí colocados los sutras que había utilizado el monje. Los retiré con cuidado, ya que desconocía lo que podía pasar si los dañaba. Decidí llevármelos conmigo y consultar a mi esposo qué hacer con ellos. Me paré delante del shoji que me separaba de mi dormitorio y exhalé un profundo suspiro antes de acceder.
- ¿Señor Sesshomaru?
Se encontraba de pie, observando a través del pequeño ventanuco que daba al exterior. Observé por un instante que sostenía algo de pequeño tamaño que reflejaba un débil brillo violeta, el cual guardó entre sus ropajes tan pronto como se percató de mi presencia. Me observó expectante, esperando que me pronunciase. Las marcas púrpuras habían vuelto a hacer acto de presencia en su rostro, seguramente debido a la inquietud.
- Ya se ha marchado, mi señor, no ha alertado a nadie dentro de palacio. Lo he acompañado hasta la salida. Le hice prometer que no revelaría nada.
Estaba muy segura de que no había sucedido exactamente de esa manera, pero no haría daño tratar de tranquilizar a Sesshomaru al respecto, si quería que se olvidara del asunto.
- ¿De veras vas a creer en una promesa de ese desgraciado?
Las palabras de Miroku resonaron en mi cabeza: "Sesshomaru es un demonio muy despiadado y poderoso". Diversas imágenes sobre la muerte del monje pasaron por mi mente en un instante. Sacudí mi cabeza, en busca de liberarme de mi escabrosa imaginación.
- Le ruego que me crea, Señor Sesshomaru. No va a decir una palabra.
Los ojos dorados de Sesshomaru refulgieron en la oscuridad.
- Más le vale, si es que quiere seguir con vida.
Comencé a sentir una ligera opresión en el pecho, y la misma angustiosa sensación de aquella vez que trató mi esposo de asustarme. Sus ojos aún no se habían vuelto rojos del todo. Dejé caer los sutras en el suelo y corrí hacia él, preocupada por su temperamento. Traté de abrazarlo, pero me hizo a un lado con sus garras. Señaló los pedazos de papel en el suelo.
- ¿Qué se supone que es eso?
Su tono de voz era frío e imponente, pero no sonaba encolerizado. Tenía que hacer algo antes de que la situación se saliera de control. Sería mejor decirle toda la verdad para que se fuera calmando con el transcurso de la conversación. Así es como solía funcionar él, conociendo todos los datos, analizando la situación y recuperando el control.
- Son los sutras de Miroku. Los he retirado, pero no sabía cómo disponer de ellos.
Sesshomaru los observó unos instantes más con aire pensativo, barajando todas las posibilidades y finalmente me miró a los ojos. Seguían de color dorado, y no dejaban entrever ninguna emoción. Posiblemente, se estuviera calmando.
- Creo que sería buena idea que te los quedes, Rin. – Me indicó con seriedad.
- ¿Para qué, mi Señor?
- Para usarlos contra cualquier demonio que se pueda acercar a ti… O incluso contra mí, dado el caso.
Le dirigí una mirada de horror, negando con la cabeza.
- Nunca podría tener intención lastimarle, señor.
- Esos artilugios no tienen poder suficiente para dañarme. Sólo servirían para mantenerme a cierta distancia por tiempo suficiente para que pudieras huir.
Ya comenzaba de nuevo con su discurso de "soy bestia incontrolable". Por culpa de las palabras de Miroku, no podía evitar que acudieran a mi mente imágenes de mi amado cubierto de sangre. Pero me resistí a esos pensamientos, y tomé el rostro de Sesshomaru entre mis manos.
- Lo repetiré las veces que haga falta, Señor Sesshomaru: no le tengo miedo, y deseo permanecer a su lado.
Las marcas de su rostro comenzaban a desvanecerse mientras le sostenía la mirada. Aunque jamás lo verbalizaba, sabía que hablar de estos temas le hacía sumirse en un profundo estado de tristeza. Delicadamente, me envolvió con sus brazos y se estrechó contra su cuerpo. No dijo nada, atormentado por sus miedos. Rodeé su cintura y le devolví el abrazo, en un intento de reconfortarle.
Por primera vez, comencé a cuestionarme el tipo de cosas horribles que debía de haber hecho Sesshomaru en el pasado para sentirse tan en conflicto con su propia naturaleza. Tampoco tenía claro cómo o por qué había empezado a hacerse pasar por humano, o en qué momento había sido nombrado el príncipe del castillo, antes de casarse conmigo. Tenía muchas preguntas que quería hacerle, pero era más que consciente de que no era el momento de formular ninguna de ellas.
- Deberíamos retirarnos a descansar, Señor Sesshomaru. – Murmuré contra su oído.
Él se estremeció y deshizo el abrazo, acto seguido.
- Sí, vamos a la cama. – Asintió.
No pude evitar sonrojarme ante la mención del lecho que compartíamos. Me quité el haori y me quedé únicamente con el ligero kimono blanco puesto. Me eché sobre el futón, al lado de mi esposo, deslizándome debajo de las gruesas mantas. Sesshomaru pasó su brazo derecho por debajo de mi cuello, atrayéndome hacia él mientras que su mano izquierda acariciaba mi cabello y mi espalda. Apoyé mi frente contra su cuello, aspirando su aroma.
Otro día podríamos hablar de cuestiones importantes. En ese momento, lo más importante era descansar.
El sueño de aquella noche fue el menos reparador que recordaba desde mi llegada a palacio. Me desperté de un sobresalto, con un torrente imágenes de Sesshomaru cubierto de sangre y disfrutando del sabor de la carne humana dando vueltas en mi cabeza. Para empeorar la situación, cuando abrí los ojos me encontré con que estaba sola en la cama. Otro día más en el que el Señor Sesshomaru se iba a enclaustrar en su oficina, ocupado con sus quehaceres.
Por mi parte, no estaba muy segura de cómo comportarme en aquella situación. No quería comenzar a desconfiar de él, pero era evidente que había muchas incógnitas alrededor del demonio que tenía por esposo. Comencé a darle vueltas a las advertencias de Miroku. Había sido muy insistente, y parecía muy convencido de estar haciendo una buena acción al intentar sacarme de allí.
"Sesshomaru es un demonio muy despiadado y poderoso".
Me estremecí bajo las sábanas. No quería que mi consciencia fuera tragada por las pesadillas que rondaban por mi mente. Tenía que mantenerme ocupada y tratar de distraerme. Invertí todos mis esfuerzos en salir de la cama y observé un amasijo de papeles que destacaba en mitad de la pulcritud de la sala: se trataba de los sutras de Miroku. Ya que mi esposo debía de haber sido incapaz de tocarlos, supe que estaba en mis manos quitarlos de en medio. Los recogí y dudé si deshacerme de ellos, aunque finalmente opté por guardarlos, prometiéndome a mí misma que jamás los usaría contra el Señor Sesshomaru.
Dado que sólo los emplearía como último recurso, y contra otros demonios, decidí que no era necesario que estuvieran demasiado accesibles. Me dirigí a un gran mueble de madera lacado que tenía varios compartimentos. Me agaché para extraer el último cajón, y me encontré una espada en su interior.
No tenía muchos conocimientos sobre armas, pero el diseño de la katana era muy elegante, con la empuñadura decorada con rombos blancos sobre un fondo negro. Tenía otros elementos lacados en un color rojo brillante. Supuse que debía de pertenecer al señor Sesshomaru, aunque nunca le había visto empuñar una espada, ni ninguna otra arma, realmente. La vaina tenía un aspecto impecable, como si nunca hubiera sido usada en el campo de batalla. ¿Podía acaso tratarse de una espada ornamental? En ese caso, ¿por qué se encontraba oculta en un mueble?
No terminaba de encontrar una explicación, por lo que me reservé mis interrogantes para más adelante y deposité los sutras sagrados junto a la katana. Entonces decidí dejar el futón listo para volver a ser usado a la noche. Una vez finalizada la tarea, me vestí con el mismo hakama azul de la noche anterior y salí en dirección a la cocina, en busca de algo de desayuno.
Pedí a una sirvienta que calentara algo de agua para un té mientras yo me servía, en contra de todos los protocolos, mi buena ración de arroz y pescado.
- ¿Puedo llevarme esa tetera? El Señor ha reclamado su té. -Cuchicheaba una criada con otra.
- Esta me la ha pedido la Señora, vas a tener que emplear otra.
- Te lo ruego, no quiero hacerle esperar…
Me acerqué a las dos para ofrecerles una solución a su dilema y para tratar de aliviar un poco mi ansiedad.
- No he podido evitar escucharlas… Si me facilitan una bandeja y de las hojas de té, yo misma puedo acercárselo todo al Señor Sesshomaru. – Ellas me observaron consternadas y algo preocupadas, por lo que le mostré la mejor de mis sonrisas. - Podemos compartir el agua, hay más que de sobra.
Se dejaron convencer por mis palabras y me ayudaron a llenar una bandeja con todo mi desayuno, la tetera con el agua caliente y cargada de té en el compartimento superior, además de dos tazas para servirlo. Me advirtieron que tuviera cuidado con el peso, pero les aseguré que estaría bien. Quizás no era la idea más sensata, pero sentía que necesitaba verle para poder evaluar en qué punto me encontraba con Sesshomaru. Una vez hube llegado hasta a la oficina de mi marido sin ningún percance, me arrodillé y deposité los objetos a un lado. Tendría que avisar de mi llegada.
- Señor Sesshomaru, le traigo el té.
- Adelante. – Se escuchó desde al interior.
Corrí el shoji para poder acceder, de nuevo con la bandeja en mano. Sesshomaru me miraba con el ceño fruncido, debía de haber reconocido mi voz desde un primer momento. Ese día tenía el cabello recogido a la altura de la nuca, decorado con una hermosa horquilla de color bronce. Se encontraba sentado frente a un amplio escritorio plagando de documentos pulcramente ordenados, además de varios pinceles, junto con algún que otro ábaco. Dejé la carga sobre la mesa y descorrí el shoiji tras de mí. Cuando me volví para mirarle, no parecía nada entusiasmado con mi presencia, a juzgar por su postura, cruzado de brazos.
Ante su silencio incómodo, me limité a servirle el té sin decirle nada. Me observaba fijamente con sus ojos dorados, seguramente cuestionando el hecho de que hubiera sustituido a la criada a la que había encargado su bebida. Llené mi taza también hasta casi rebosar. Entonces le ofrecí su infusión con la cabeza gacha. Una vez lo hubo aceptado, decidí asaltar mi desayuno. Me rugían las tripas.
- Itadakimasu. – Musité, juntando las palmas de mis manos antes de comenzar a comer.
Sesshomaru me miraba intensamente mientras daba un sorbo a su infusión. Finalmente, se dignó a preguntarme:
- ¿Qué haces aquí? – Su tono era claramente el de una persona molesta.
- ¿No puedo tomar algo en su compañía? – Le cuestioné, mientras seguía comiendo.
Se revolvió en el sitio, algo incómodo.
- Aún sigo molesto por lo de ayer.
No podía decir que me sorprendiese su declaración. Dejé los palillos apoyados sobre el cuenco un momento y suspiré. En el fondo de mi mente, deseaba que lo hubiera dejado atrás a esas alturas.
- Realmente siento mucho haberle importunado con mis decisiones… - No me sentía capaz de mirarle a la cara para disculparme una vez más. Me sentía muy agotada y angustiada.
Su silencio mientras meditaba su próximo movimiento me estaba llenando de ansiedad.
- Sé que lo hiciste con la mejor intención, soy que consciente de que eres una persona muy confiada. – Hablaba con tono neutral, lo que me animó a alzar la vista hacia él. Se le veía algo consternado, pero no realmente enfadado como la noche anterior. – Aún así, desearía que tuvieras más cuidado.
Quizás no era mal consejo del todo. Era cierto que yo nunca dudaba de las intenciones de los demás.
- Creo que tiene razón, intentaré ser más cauta en el futuro. – Admití, tratando de esbozar una sonrisa de conformidad. – Y consultaré con usted decisiones que puedan afectarle.
Arqueó una ceja, desafiante, en reacción a mi intento de sonrisa.
- Los errores no se solucionan sólo con pedir perdón y decir que no lo volverás a repetir. Todo tiene consecuencias.
No me gustaba el camino al que se dirigía la conversación. Estaba buscando discutir abiertamente conmigo.
- Lo entiendo, pero ya hice todo lo que pude para enmendar mis malas decisiones. ¿Qué más espera que haga? ¿No podemos dejarlo a un lado de una vez?
Sesshomaru dejó escapar un suspiro de exasperación, y volvió a enfrascarse en la documentación que tenía frente a él, sin pronunciar ninguna palabra más. Su intención debía ser ignorarme deliberadamente, quizás en un intento de disminuir su enfado. Volví a tomar los palillos con cautela.
- ¿Eso significa que me perdona?
Mi esposo asintió, dándome la razón sin más. Estaba segura de que no estaba conforme pero tampoco quería que la situación escalase, por lo que procedí a seguir tomando mi desayuno, en busca de una relativa normalidad. Él se bebió el té a pequeños sorbos, concentrado en su tarea. El ambiente se estaba volviendo pesado.
No sabía si era un buen momento, pero quise comenzar una conversación casual, en desesperado intento más de hacer las paces.
- ¿Señor Sesshomaru?
- ¿Hmm? – No apartaba la vista de los textos.
- ¿Puedo preguntarle sobre una cosa?
Dejó escapar un quejido en voz baja y me miró a los ojos. Su brillo era cautivador, sin importar cuántas veces lo mirase.
- Dime.
- Hoy… bueno, en otro orden de cosas, esta mañana estaba recogiendo un poco los trastos que había por en medio, y… Bueno, me he encontrado una espada en un mueble. Supongo que debe ser suya, ¿no?
La expresión de su rostro se tensó aún más. Debía tener más cuidado con mis palabras, ya que era posible que no fuera el mejor tema para abordar en ese momento, pero necesitaba alguna respuesta a mis incontables interrogantes.
- Así es.
- Esto… me gustaría saber más cosas sobre usted. ¿Puede contarme algo más sobre esa espada? Nunca le he visto blandir una y me ha dado la sensación de que era más bien una espada ornamental…
- Se trata de un recuerdo, Rin. – Me interrumpió en mitad de mi balbuceo.
Una vez más tono, su tono de sentencia estaba tratando de cortar la conversación de golpe. Pero esa fue la misma explicación que me dio al respecto de su peluda estola, y definitivamente no era suficiente información. Decidí insistir un poco más, hurgar en su nostalgia.
- ¿Un recuerdo de qué? – Traté de animarle con cautela, estaba intrigada por su respuesta.
- Perteneció a mi padre. – Terminó admitiendo, obligándose a quitarse un poco la coraza. – Se llama Tenseiga.
Debía de tenerle mucho aprecio en ese caso. Además, la espada tenía incluso un nombre, por lo que debía tratarse de algo especial. Podíamos acabar la conversación en un buen tono.
- Claro, su padre es un demonio también, ¿verdad? – Asintió. - ¿Cómo es? ¿Hace mucho que no lo ve?
El semblante de Sesshomaru se ensombreció.
- Falleció hace mucho tiempo. La última vez que lo vi tuvimos una discusión.
Me entristecí al escuchar sus palabras. Me sentí idiota por no darme cuenta de que había hablado de él en pasado todo el tiempo.
- ¿No se llevaban bien?
- Teníamos ideales muy diferentes.
No podía permitir que la expresión de Sesshomaru siguiera tornándose cada vez más melancólica. Traté de ser optimista.
- A pesar de todo, debía de quererle mucho, le dejó una herencia muy bonita.
Una sonrisa amarga asomó los labios mi esposo.
- Esa espada es total y absolutamente inútil.
No había duda de que había acabado en malos términos con su padre. El hecho de no haber podido resolver sus diferencias antes de su muerte parecía ser el motivo de que le guardara cierto rencor, probablemente. Aún así, me parecía una pena que tuviera un recuerdo tan negativo de él.
- Yo creo que su padre debía de quererle mucho, Señor Sessh…
- No quiero seguir hablando de esto.
Su orden fue tajante.
- Lo siento muchísimo, he vuelto a pasarme de la raya. – Me arrodillé, agachando el rostro hasta rozar el suelo con mi frente. No quería que volviera a enfadarse conmigo.
- Solo… Necesito algo de tiempo a solas. – Expresó con voz queda.
Comprendí que sólo estaba estorbando en ese momento y me apresuré a recoger todos los enseres para llevarlos de vuelta a la cocina. Me retiré sin mediar ninguna palabra más con él, quería dejarle su espacio.
Decidí emplear el resto del día en mis tareas para no importunarle más. Sesshomaru no abandonó su oficina a la hora de la comida, ni durante la cena. Cuanto más trataba de no pensar en él, más culpable me sentía por haber hablado de más. Tenía mucho miedo de que volviera a intentar apartarme de su lado, pero sabía que insistir en ese momento no podía traer nada bueno. Estaba segura de que, si todo acababa mal, sería única y exclusivamente por mi culpa. Por ser tan torpe y bocazas.
Al caer la noche, en otro intento más por no hundirme en mis pensamientos depresivos sobre la discusión con Sesshomaru, me dirigí a uno de los archivos de palacio para buscar algunos pergaminos que hablaran sobre flores. Quería embellecer el jardín, y darle algo de color podría ser una buena forma de que resultara más alegre. Aún no había aprendido a leer mucho, pero sí lo suficiente para poder extraer unas nociones generales al menos.
Casi por inercia, busqué el apartado reservado a las camelias y me detuve en esa sección. Al parecer, eran flores de invierno, por lo que no sería posible conseguir ejemplares en flor en esas fechas, bien avanzada la primavera. Más allá de eso, en el lenguaje de las flores, las camelias simbolizaban la humildad y la discreción. Seguramente Sesshomaru estaría mejor con una mujer con dichas cualidades, pensé de forma involuntaria. Me esforcé por ignorar mis pensamientos maliciosos y concentrarme en el conocimiento que estaba tratando de adquirir. Entonces leí que también podían ser interpretadas como una muestra de amor sincero y profunda admiración.
Decidí que en algún momento quería regalarle esas flores a mi esposo. Seguramente él no era ni consciente del significado que tenían, pero yo sentía ganas de transmitirle mis sentimientos de todas las formas posibles.
Un brusco sonido me sacó de mi ensimismamiento. Se había abierto la puerta de la estancia y había entrado alguien. Ahí estaba el Señor Sesshomaru. Mi corazón latía con fuerza, algo ansiosa por su presencia.
- Rin, - Me llamó antes de que pudiera abrir la boca para decir nada. – ya no estoy enfadado contigo. – Anunció, acercándose a mi y tomando asiento a mi lado. – He estado meditando el día de hoy y he llegado a la misma conclusión que tú. Ya no puedes hacer nada más para responsabilizarte por tus acciones pasadas.
- ¿De verdad está todo bien? Siento que no hago más que causarle problemas… - Admití, fijando la vista en el suelo.
Tenerlo de nuevo frente a mi me estaba abrumando. Me esforzaba por tratar de reprimir el llanto, no quería seguir actuando como una niña asustada delante de él.
- Tú no eres la fuente de mis problemas. Me gusta tenerte cerca. – Pronunció su confesión mientras tomaba mi barbilla entre sus dedos, alzando mi rostro.
Iba a ver mis lágrimas. Cerré los ojos, en un intento desesperado de que no se desbordaran. Quería sentirme feliz por sus palabras, pero iba a terminar llorando, sin remedio, aliviada y desconsolada al mismo tiempo. Arrepentida por muchas cosas, pero recuperando por fin la calma.
Sesshomaru apoyó su frente contra la mía y musitó contra mi boca:
- Rin, ¿a ti te gusta tenerme cerca?
- P-por supuesto que sí, S-Señor… - Musité con la voz temblorosa.
Mis palabras parecieron servir de señal para que se inclinase sobre mi para besarme. No utilizó su lengua. Simplemente, posó sus labios contra los míos y, despacio, me dio un beso. Fue uno nada más, pero que significó demasiadas cosas para mí.
Sentía que estaba siendo perdonada, amada, validada y, sobre todo, aceptada. Sesshomaru entendía mis debilidades, sabía que podía equivocarme una y otra vez, pero él estaba bien con todo eso. No llevábamos conviviendo tanto tiempo, pero parecía como si me conociera desde hace mucho.
Las lágrimas en ese punto eran imparables. Le abracé con fuerza y me permití dejar salir todo el miedo y la tensión. Gemí en medio del llanto, dejando que todo el dolor y la angustia fluyera hacia el exterior de mi corazón. Noté como sus brazos me rodeaban, acariciando mis hombros y espalda. Frotó su nariz contra el cabello de mi coronilla.
De alguna forma, parecía estar aprendiendo que ese gesto me resultaba reconfortante.
- G-gracias… - Balbuceé, tratando de secar mis lágrimas. – Estoy muy agradecida por todo con usted.
Su única respuesta fue estrecharme más fuerte entre sus brazos. Permanecimos así largo rato hasta que conseguí calmarme. En ese momento, me cargó como si no pesara nada y murmuró, con voz suave:
- Necesitas descansar. Mañana será otro día.
Su consideración me sacó una sonrisa. Me dejé transportar hasta nuestra habitación, donde me cubrió con las mantas del futón. Se tumbó a mi lado y se dejó abrazar, mientras yo hundía la cabeza en su cuello. Olía muy bien. Sabía que iba a una buena noche de descanso, rendida por el agotamiento.
