El Señor Sesshomaru había salido aquel día. Al parecer iba a reunirse con otros señores feudales cercanos para llegar algunos acuerdos económicos y de protección que permitieran recuperarse a las aldeas afectadas por el fuego. Era por lo menos la tercera vez que tenía que emprender en este tipo de viaje por sus obligaciones y no se sabía cuándo iba a regresar. Podía llegar a tardar varios días.
Nunca era agradable verlo marchar, pero lo peor de todo era que me agobiaba el ambiente de palacio cuando yo era la máxima autoridad. Me hacía sentirme como una impostora, pues era demasiado consciente de que no pertenecía a un estrato social poderoso y refinado, pero tenía que actuar como tal de igual manera. Todo el mundo buscaba mi aprobación, requerían mi criterio para decidir cualquier cosa, en nombre de mi esposo.
Aquel día necesitaba escapar de toda aquella presión, ser yo misma por completo. La única opción que me quedaba era escaparme, por unas horas al menos. Debido a que el clima se estaba volviendo más cálido, me puse mi antiguo yukata de cuadros naranjas y amarillos, que me hizo sentir mucho mejor de inmediato. Dejé una nota en mis aposentos dirigido a la sirvienta llamaba Inori, a quien había indicado que se pasara a limpiar mis aposentos esa mañana. El escrito rogaba que fingiera que me encontraba enferma, motivo por el que me iba a pasar todo el día descansando, y no deseaba ser molestada. También aseguraba que volvería antes de caer la noche, por lo que no alarmase a los guardias ni al Señor Sesshomaru innecesariamente. Recé porque la doncella de la limpieza se apiadase de mí y siguiera mis instrucciones, o al volver me encontraría en problemas. Aun así, merecía la pena correr ese riesgo.
Vestida y calzada cómodamente, me escabullí ágilmente para escalar árbol cercano al muro trasero de palacio, como había acostumbrado a hacer en mis frecuentes incursiones en el pasado para contemplar al señor Sesshomaru. Gracias a aquellas travesuras infantiles y al conocimiento actual de los turnos de los centinelas del jardín, fui capaz de saltar al otro lado sin ser detectada.
No me sentía tan libre desde hacía varias lunas. Estiré mis brazos y piernas y eché a caminar por la pradera. Todos los árboles y piedras del camino me eran familiares, evocando una agradable familiaridad y nostalgia. Me tentó dirigirme a la aldea, y visitar mi antigua cabaña, pero pensé que no sería sensato dejarme ver por nadie que pudiera reconocerme, en caso de que comenzaran a buscarme desde palacio. Necesitaba un poco de calma, tranquilidad, y, sobre todo, tiempo para ser yo misma. En ese momento no había nada que me apeteciese más que visitar uno de mis lugares favoritos.
Se trataba de una pradera de hierba alta. Había algunas flores de colores vistosos, aunque no tantas como en el claro dentro del bosque que me había mostrado el Señor Sesshomaru. Lo que más me gustaba de ese sitio era que un río pasaba muy cerca de allí, donde había acostumbrado a pescar mi comida o refrescarme en días calurosos. Los aldeanos no se acercaban mucho a aquella zona por leyendas que circulaban sobre kappas que secuestraban y devoraban niños, por lo que era raro encontrarse con alguien. Lo cierto era que yo nunca me había topado con ninguna criatura siniestra allí.
Una vez hube llegado, me dejé caer de espaldas en la hierba fresca, y contemplé el cielo azul. Había algunas nubes grisáceas en el cielo, pero el sol seguía brillando con fuerza, no había nada de lo que preocuparse. El agradable viento me acariciaba el rostro con los ojos cerrados, se colaba por mis amplias mangas y por mis piernas, en el interior de mi falda. Se escuchaba el sonido del agua corriendo de fondo. Así eran la libertad y la despreocupación absoluta. Echaba de menos de menos esa sensación.
De repente, noté un morro animal olisqueado mi mejilla. Su respiración me provocaba cosquillas. Abrí los ojos y me encontré con una criatura que parecía… Un gato, ¿quizás? Tenía los ojos grandes, un pelaje claro con marchas negras repartidas en las patas delanteras, orejas y frente, además de… ¿dos colas? Apenas tuve tiempo para reaccionar, cuando escuché una voz humana:
- ¿Kirara? ¿Has encontrado algo allí?
El animalillo emitió un sonido agudo, pero definitivamente no era un maullido. Me incorporé, sobresaltando a la extraña criatura, y me encontré con una mujer que se acercaba vestida con una armadura negra, con algunas piezas de color rosa. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta alta, y cargaba lo que parecía un bumerán gigante a sus espaldas. En la mano llevaba un hatillo de tela que parecía contener su equipaje. Contuve la respiración mientras trataba de pensar alguna excusa. Aunque esa mujer no tenía por qué saber que no yo debía estar allí, ¿no? Mis nervios y mi sentimiento de culpabilidad estaban comenzando a aflorar tan pronto como me había encontrado con una persona. Además, no se me daba bien socializar, y menos con desconocidos…
- Disculpa, chica… ¿Te encuentras bien? No tienes buena cara. – La mujer me tendió una mano mientras flexionaba las rodillas. - ¿Estás herida?
Su forma de hablar y acento sonaban diferentes al de los aldeanos, por lo que pensé con alivio que seguramente estuviera de paso. Me esforcé por convencerme de que no iba a delatarme ni a pasar nada malo. Tomé su mano para ayudarme a ponerme en pie.
- Estoy bien, señorita, disculpe si la he sobresaltado… a usted y… a su mascota. - Balbuceé, incapaz de encontrar palabras correctas para expresarme.
El animalillo seguía olisqueando alrededor de mis talones con intriga. Visto desde arriba, era mucho más pequeño y adorable de lo que me había dado tiempo a procesar en un primer momento, por lo que sentí una enorme necesidad de acariciar su pelaje y estrujarlo entre mis brazos. Sin embargo, debía contenerme. Nunca se sabía cómo podría reaccionar un… ¿gato? ante un acercamiento por parte de un desconocido.
La mujer dejó escapar una suave risa, hermosa como el trino de un ruiseñor.
- Parece que Kirara está muy interesada en ti. – Me dedicó una sonrisa. – Eres de la zona, ¿no? ¿Sabes si hay un río por aquí cerca?
- J-justo ahí detrás… -Le indiqué, señalando en la dirección de la que provenía el murmullo del agua.
Me costaba mucho sostenerle la mirada. Quizás la única persona con la que podía hacerlo cómodamente era el Señor Sesshomaru.
- ¡Estupendo, muchas gracias! – Cuando se iba a echar a caminar, se dio cuenta de que yo había clavado la vista en la criatura llamada Kirara, en un intento por evitar sus ojos castaños- ¿Quieres acompañarnos? Pareces caerle bien.
Asentí, todavía algo dudosa. Las seguí hasta el río, tratando de igualar el paso de la mujer y no tropezar con Kirara, que seguía dando vueltas alrededor de mis piernas. Un segundo, ¿por qué sabía el nombre su acompañante y no el de ella?
- Disculpe… Aún no sé su nombre. A mí puede llamarme Rin. – Me presenté mientras seguía su decidido paso.
- Perdona mis modales, yo soy Sango. – Su nombre era tan hermoso como ella. - Y no es necesario que me hables de forma tan cortés. – Volvió a mostrarme su amable sonrisa.
Nos sentamos al borde de la corriente de agua y Sango dejó a un lado su equipaje. Se arrodilló con el enorme bumerán en mano y lo sumergió en el agua, frotando unas oscuras manchas marrones.
- ¿Para qué utilizas esa herramienta, Sango? – Le pregunté, llena de curiosidad.
- Es un arma. – Reconoció tras meditar su respuesta unos instantes. – Soy una cazadora de demonios.
Observé a su peludo acompañante, y en ese momento las piezas empezaron a encajar.
- Entonces, ¿Kirara es un demonio?
- Así es, pero no tienes nada de lo que preocuparte. Jamás haría daño a un ser humano. – Me aseguró rápidamente.
Le tendí la mano a Kirara, quien pareció alegrarse y frotó su frente contra mis dedos. Su pelaje era realmente esponjoso y suave. Volví a sentirme tentada de estrujarla entre mis brazos. Me alivió confirmar que había más demonios buenos y pacíficos. Volví a observar a Sango, quien hizo a su lado su bumerán y extrajo de su hatillo un kimono con manchas rojas, que seguramente se trataban de sangre. Se dedicó a su tarea de limpieza concienzudamente.
Mientras Sango permanecía ocupada, yo observaba hipnotizada las facciones de su rostro, era muy hermosa. Llevaba un maquillaje sutil que nunca había visto antes, con unas sombras rosadas sobre sus párpados y unas pestañas tan largas y delicadas como el aleteo de una mariposa. Mi corazón dio un salto. Sentí que quería ser como ella, o tener una amiga muy cercana que fuera así de bella... ¿Por qué estaba pensando en aquellas cosas? Traté de volcar mi atención en rascar detrás de las orejas de Kirara.
Comencé a divagar en medio de mi distracción y me di cuenta de que, si Sango se dedicaba a exterminar demonios, debía de saber algo más respecto a los recientes altercados que mantenían a mi esposo tan ocupado.
- Sango, - La llamé, sacándola de su ensimismamiento. - ¿Kirara y tú estáis por la zona exterminando a los demonios que provocaron aquellos incendios?
Ella asintió.
- Sí, habíamos escuchado que habían estado pasando cosas extrañas por los alrededores… Y por eso vinimos.
- ¿Ha pasado ya el peligro? Toda la gente de la aldea se siente muy inquieta, aunque no hayan sido afectados directamente.
Sango de detuvo en su labor por un momento y me dirigió una mirada. Parecía sentir lástima.
- No sabría decirte, Rin, pero lo más probable es que no.
- ¿Por qué dices eso? ¿Sigue suelto por ahí ese demonio?
- No, el demonio fue destruido, pero… - Dejó la frase en el aire.
A Sango le resultaba complicado para ella hablar de estos temas conmigo, sus respuestas eran vagas.
- ¿Vendrán más después de ese?
Me rehuyó la mirada, clavándola en el suelo.
- Me temo que sí. – Dijo con tono amargo.
Supuse que era mejor no hablar más de esos incidentes. Sin embargo, la conversación ya había encendido mis ansias de conocimiento. Me pregunté internamente si ella, que debía conocer más sobre el mundo de los demonios y sus peligros, podría dar respuesta a alguno de mis interrogantes.
- Sango, ¿has visto alguna vez a un demonio con marcas púrpura en las mejillas y una luna en la frente? ¿Sabes qué tipo de demonio es?
Quizás era una pregunta que podía haberle hecho al mismo Sesshomaru, aunque era la primera vez que me daba curiosidad este asunto concreto. La mujer se quedó pensativa.
- La verdad es que nunca me he encontrado con ningún demonio con esas características, si te soy sincera. – Admitió, visiblemente avergonzada por su desconocimiento. - ¿Te has cruzado con ese tipo de demonio alguna vez?
Olvidaba que lo normal era huir de los demonios, no interesarse por ellos. Forcé una risa algo incómoda.
- Solo… He escuchado leyendas, ja, ja, ja…
La cazadora de demonios me observó consternada. No parecía sospechar que le estaba mintiendo, pero estaba claro que algo en mi discurso le estaba chirriando. Aún así, tenía otra pregunta que quería hacerle de forma imperiosa. Desde la última vez que Jaken vino a palacio, no había sido capaz de dejar de darle vueltas al objeto que le había traído a Sesshomaru. Sin embargo, todos mis intentos de investigación sobre el tema en el archivo del castillo no habían sido fructíferos, dado que no había nada escrito sobre ello o que se le pareciese, al menos dentro de mi rango de lectura. Si alguien podía ayudarme con ese tema, era sin duda alguien que estuviese familiarizado con los demonios.
- ¿Sabes algo sobre la perla de Shikon?
Sango se mostró genuinamente sorprendida.
- ¿Cómo sabes sobre eso?
Me encogí de hombros, tratando de restarle importancia.
- He escuchado rumores por ahí, pero no tengo ni idea de qué es o para qué sirve.
- Básicamente… es una joya mágica que confiere un inmenso poder a quien la porta, y se dice que puede llegar a cumplir tu más profundo deseo.
- Suena muy bonito. – Comenté.
- Sin embargo, el poder de la perla puede corromperse si cae en manos de alguien con malas intenciones, y los demonios la utilizan principalmente para aumentar su poder destructivo.
¿Y el Señor Sesshomaru estaba coleccionando un objeto de tamaño poder? ¿Para qué?
- Aunque también podría usarse para el bien, ¿no? – Cuestioné a la exterminadora de demonios.
- No hay criatura viva que la haya usado para una buena causa, me temo. Solo provoca desgracias. – La expresión de su rostro reflejaba genuina angustia. Parecía haber sufrido por culpa de dicho artefacto.
Se veía profundamente derrotada, mientras sacudía y estrujaba su kimono para quitarle el exceso de agua. Las manchas parecían haber desaparecido casi por completo.
- Siento si te he molestado con tantas preguntas, Sango... – No me gustaba ver esa expresión triste en su rostro.
Me miró de nuevo con lástima.
- Son temas complicados. Admiro tu interés por los demonios, pero sería mejor que no te involucrases demasiado. La gran mayoría son muy peligrosos.
Quería hacerla sonreír, no me sentía bien por haber provocado angustia en ella.
- ¿También sería peligroso que intentase achuchar a Kirara? Llevo todo este tiempo conteniendo mis ganas.
Una sonrisa adornó su cara de nuevo, y dejó escapar una risa.
- Puedes hacerlo, si a Kirara no le molesta. Pero definitivamente no resulta peligroso que lo intentes.
Tomé al pequeño demonio, que parecía algo incómodo por ser suspendido en el aire, pero de igual manera se dejó estrechar entre mis brazos mientras frotaba su pelaje contra mi mejilla.
- ¡Es tan suave y blandita! – Exclamé, llena de júbilo.
Kirara emitió un agudo sonido, parecía complacida por la atención. Siguió olfateándome, haciéndome cosquillas en el cuello. Sango nos miraba con la ternura de quien observa a unos niños jugando alegremente, ajenos a las complicaciones de la vida.
- Me alegra verte más relajada, Rin. – Dijo ella. – Parecías muy tensa desde que te he encontrado. ¿Va todo bien? ¿Necesitas ayuda con algo?
Dejé a Kirara sobre el césped suavemente. No me gustaba tener que mentir, pero tampoco podía ser sincera con ella.
- Todo está bien, solo me estaba escaqueando de mis tareas porque… Me he agobiado un poco. Pero después de hablar contigo me siento mucho mejor, Sango. Gracias.
Al menos todo eso sí era cierto.
- Entiendo… Me alegro de que te sientas mejor.
Era una chica muy amable y comprensiva. Me apenaba pensar que no volvería a verla, pero era una forastera y yo tampoco podía decirle dónde encontrarme si volvía a visitar la zona. Aunque no podía asegurar si atacaría al Señor Sesshomaru al verlo, sabía que a él no estaría nada de acuerdo con la idea. Tenía como referencia el incidente pasado con Miroku. No debía entrar en el castillo nadie que pudiera desenmascarar su verdadera identidad.
Me puse en pie con cierto pesar. Quería tener una amiga como ella.
- Bueno, Sango, una vez más, gracias por todo, pero he de marcharme. Ha sido un placer conoceros a las dos. – Me esforcé por sonreír.
Sango parecía algo confundida por mi repentina despedida. Aún así, me dedicó una sonrisa angelical. Era demasiado hermosa.
- Cuídate mucho, Rin. Yo también me alegro de que nos hayamos encontrado.
Me alejé de allí a paso lento. No tenía ganas de volver a palacio, pero sabía que si tardaba mucho más podría poner en apuros a varias personas, por lo que sopesé que había tenido suficiente libertad por un día. Cuando llegué al muro de palacio el sol aún estaba en lo alto, el anochecer no estaba ni cerca. Me escabullí por la misma ruta por la que había escapado, y tras comprobar que no había guardias en los alrededores en ese instante, salí de mi escondite y traté de actuar con normalidad. Si todo había ido bien, nadie sabría que me había marchado.
Logré llegar a mis aposentos sin ser interpelada por nadie. Me resultó algo extraño encontrar los pasillos tan vacíos, aunque agradecí no tener que dar explicaciones. Todo mi alivio se desvaneció tan pronto como encontré un grupo de mujeres allí reunidas. Una mujer de avanzada edad me miró con severidad. No recordaba su nombre, pero sabía que era la jefa de dirección del servicio del hogar.
- Conque ya está de vuelta, Señora. Me gustaría tener unas palabras con usted.
El resto de criadas que se arremolinaban a su alrededor no podían parar de cuchichear mientras abandonaban la estancia. Una vez nos hubimos quedado a solas, la mujer me mostró la nota que había dejado escrita aquella mañana.
- ¿Qué tipo de broma infantil cree que es esta? – Agaché la cabeza, dejando que me regañase. Sabía que había nada que pudiera replicar para justificar mi comportamiento. – Podría haberse esforzado en mejorar su caligrafía al menos antes de dejar semejante atrocidad por ahí, sin mencionar el contenido. – Me sentía muy avergonzada. - ¿Acaso cree que puede abandonar sus labores así, sin más? Sin contar, por supuesto, que podría haberle sucedido algo allí fuera, con todos los peligros que acechan últimamente, y la cantidad de problemas que nos hubiera causado a todos innecesariamente. Además, ¿no es acaso usted consciente de que lo inapropiado que resulta que abandone el castillo sin escolta? ¿Qué dirán ahora las criadas? Su marido atendiendo asuntos de primera importancia y usted se marcha, abandonando sus obligaciones, para verse con otro hombre. – Quería replicar que eso no era cierto, pero resultaba imposible interrumpir a esa mujer. - Menuda falta de respecto a nuestro Señor. ¿Le parece un comportamiento digno de una mujer casada? – En ese punto, las lágrimas asomaban mis ojos. Espera ser reprendida si me pillaban, pero cada una de las palabras acusadoras que escupía se sentían como un azote directo a mi sentimiento de culpa. - Yo ya sabía desde un principio que este matrimonio no iba a salir bien, usted es simplemente una mocosa vulgar que ha sabido aprovechar sus encantos para que el Señor se encapriche de usted. Pero créame, "señorita", que esa juventud y belleza terminarán por desvanecerse, y no va a quedar nada valioso en usted. No sirve para absolutamente nada más que para cumplir los deseos del amo en el lecho. ¿Cuándo piensa siquiera engredar un heredero? No tengo noticias respecto a ninguna posibilidad de embarazo. ¿O sigue usted sin cumplir con sus funciones como esposa? – Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin remedio, ¿es que no iba a parar? - Es usted una ingenua, una consentida, una fresca y…
El abrupto sonido de la puerta abriéndose de golpe detuvo el monólogo de la implacable mujer. Se trataba del Señor Sesshomaru. No estaba segura de si debía sentirme más aliviada o si la situación iba a escalar con su intervención.
- He vuelto a toda prisa porque me dijeron que mi esposa había desaparecido… Y sin embargo, nada más llegar me informan de que se encuentra en los aposentos… ¿Me puede explicar qué está pasando? – Se dirigía a la jefa de servicio.
Sí que le habían alertado al final. ¿Todo el mundo lo sabía, entonces? Me sentí como una persona horrible, egoísta y desconsideraba. Por buscar un respiro para aliviar mi ansiedad, había causado problemas a todo el mundo. La mujer mayor le dedicó al imponente Señor Sesshomaru una amplia reverencia y le entregó mi escrito.
- Lo que ocurre que su Señora se está comportando de forma inapropiada, como una mocosa malcriada… - Ya no quería seguir escuchándola.
Traté de ignorar sus palabras, y me centré en la reacción de mi esposo. Escrutó la nota con rostro inexpresivo. Se tomó unos segundos para leerla, pacientemente. Entonces pidió silencio a la enloquecida mujer que tenía frente a él.
- Es suficiente, puedes marcharte.
- Pero, Señor, estaba intentando enseñarle qué se espera de ella como una dam…
- Yo hablaré con mi esposa. A solas.
La mujer abandonó la estancia con actitud reticente. Sabía que volvería a buscarme para escupir más dardos envenenados, pero eso sería una preocupación para la Rin del futuro. Sin embargo, ahora me tocaba enfrentarme al Señor Sesshomaru. Me limpié las lágrimas con el dorso de ambas manos, tratando de recuperar mínimamente la compostura.
- S-Señor Sesshomaru, le prometo que yo no… - Traté de justificarme antes de que él dijera nada.
Sin embargo, él me interrumpió mientras acariciaba mi mejilla, secando los surcos que habían dejado mis lágrimas.
- No tengo ni idea de qué te habrá dicho esa bruja, pero no te creas ni una sola palabra.
Me sorprendieron gratamente sus palabras. Era lo último que esperaba oír de su boca, pero sin duda era lo que más necesitaba. Me tranquilizó lo suficiente para poder articular frases con sentido.
- Le prometo que no he salido para verme con ningún otro hombre, Señor Sesshomaru, se lo digo de verdad.
No quería que pensase que había roto mi promesa. Nunca se me pasaría por la cabeza.
- Lo sé. - Contestó. – Si lo hubieras hecho, lo sabría de inmediato por tu olor. – A veces olvidaba lo perceptivo que podía llegar a ser. – Y tampoco me hubiera molestado que lo hubieras hecho. Lo que no me gusta es que no me hayas informado de nada.
¿No le hubiera molestado que me viera con otro hombre? Surgieron nuevas preguntas en mi cabeza con respecto a las relaciones entre demonios.
- ¿A qué se refiere?
- Las normas humanas y la etiqueta me parecen excesivas y totalmente ridículas, por lo que siempre me mantengo al margen. Como tú pasabas tanto tiempo entre el resto de criados, creía que sólo yo lo veía así, siendo un demonio. Jamás imaginé que necesitaras huir de todo esto, o que pudiera superarte, siendo humana como ellos.
- Es cierto que soy humana, pero yo sólo soy una simple plebeya. La vida de palacio no está hecha para mí. – Admití amargamente.
- No entiendo vuestras jerarquías, cuando sois todos igual de débiles.
Me imaginé que para los demonios la posición venía derivada del poder, más que de el estrato social que ocupasen.
- Aún así, vos también debéis ser consciente de que no muchas personas estuvieron a favor de nuestra unión. – Le recordé. La ceremonia de boda fue casi tan silenciosa como un funeral. – Todos estarían mejor sin mí.
- Yo decidí tomarte como esposa, y nadie podrá revocar esa decisión. – Dijo con firmeza, mirándome a los ojos.
Eso era cierto. El único motivo porque el que yo podía vivir entre aquellos muros había sido por su orden expresa. Todo el mundo había cuestionado su decisión. Sin embargo, a él no pareció importarle en absoluto lo que tuvieran que pensar de él por tomar como esposa a una joven de la calle. Sin posesiones, conexiones políticas ni un linaje honorable a mis espaldas.
- Si tanto necesitas huir de este ambiente cargado de veneno, - Prosiguió mi esposo. – Podemos salir de aquí tú y yo al caer la noche, solos. Así nadie podrá reclamarte nada.
Le observé con profunda devoción. No habíamos vuelto a ir a salir ningún sitio desde que me mostró aquel prado lleno de flores en mitad del bosque. Su proposición hizo que la sensación de euforia enterrase todos los sentimientos negativos y miedos que había dejado salir la reprimenda de la jefa de servicio. Si el Señor Sesshomaru no estaba enfadado conmigo, no tenía por qué importarme que esa señora me odiase.
- Me encantaría salir con usted esta noche. – Contesté, tratando de contener mi emoción. – Muchas gracias.
Sesshomaru asintió y se dirigió a la puerta.
- Tengo que encargarme de algunos asuntos debido a que voy a posponer mi viaje un día. Vendré a buscarte cuando caiga la noche. – Anunció.
Al final mis actos sí que le estaban dando más problemas, aunque no me hubiese recriminado nada. El Señor Sesshomaru tenía un gran corazón y mucha consideración. Le despedí con una sonrisa y una reverencia.
Une vez sola, medité sobre cómo pasar el tiempo hasta que mi esposo estuviera listo para partir. Tenía claro que no quería salir de la alcoba y encontrarme con la mirada inquisitiva de las criadas. Tampoco tenía nada de hambre, por lo que renunciaría a la cena aquella noche, decidiendo que lo mejor sería quedarme en la habitación descansando. O eso pretendía, pero no podía estar sin hacer nada. Con la intención de distraerme y mantenerme ocupada, tomé de un cajón los bártulos necesarios para practicar la caligrafía. Realmente me estaba esforzando todo lo que podía por mejorar, pero me seguían doliendo las palabras de aquella horrible anciana. Todas y cada una de ellas.
Tenía razón, mi escritura no era nada delicada, y había muchos textos que no podía leer por completo, pero podía asegurar que estaba haciendo todo lo que se encontraba en mi mano para estar a la altura. La forma en la que había invalidado cualquier habilidad o cualidad que yo pudiera tener también me hacía sentirme muy crítica conmigo misma, rompiéndome por dentro. Dolía mucho que todo el mundo pudiera creer que yo era una fresca que engañaba al señor Sesshomaru con otros hombres… Y tampoco me había sentado nada bien que me redujese a un objeto de alivio sexual o una mera herramienta para parir un heredero. Sabía que no todo era cierto, pero aun así, todas sus acusaciones habían calado muy dentro de mí.
Di una bocanada de aire para liberar tensión y agarrar el pincel con más delicadeza. Escribí el nombre de Sesshomaru. Eran los caracteres que más había practicado, por lo que era la palabra que trazaba con soltura. El resultado también era bastante decente. O eso me gustaba pensar. ¿Estaría él de acuerdo?
Mi cabeza no dejaba de dar vueltas en círculos hasta regresar a las palabras que aquella mujer. No la odiaba. Era más que consciente de que no la odiaba, pero tampoco quería volver a encontrármela. Me daba miedo esa posibilidad.
Finalmente me rendí, soltando el pincel y me dirigí a la ventana para que me diera el aire. Estaba empezando a anochecer. Me preguntaba si el señor Sesshomaru tardaría mucho. Me eché sobre el futón, inquieta, y me abracé a la almohada. No era tan suave como Kirara, pero achucharla me reconfortaba mínimamente. Además, me fijé en que tenía un tenue aroma que me evocaba a mi esposo. Eso me resultó algo más tranquilizador. Cerré los ojos con fuerza. No quería pensar más, me encontraba demasiado agotada y tenía jaqueca. El aroma de mi esposo me trasladó a las memorias de aquellas noches que había descansado entre sus brazos, lo que logró facilitar que conciliase el sueño, de puro agotamiento.
Tras un sueño ininterrumpido sin pesadillas, sentí cómo alguien tocaba mi hombro. Abrí los ojos con dificultad para encontrarme el rostro de mi amado. Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra del cuarto.
- ¿Rin? ¿Estás lista?
Él se había cambiado de ropa. Llevaba el mismo kimono blanco y rojo que aquel día que salimos de viaje, junto con aquella armadura sobre su pecho, de la que seguía colgando el brazalete que confeccioné con flores, aunque ya estaban marchitas. También cargaba su suave estola sobre el hombro.
Aún medio adormilada asentí, tratando de incorporarme. Él me tomó entre sus brazos, ahorrándome el esfuerzo de levantarme.
- ¿A dónde quieres ir hoy? – Me preguntó, acercándose a la ventana.
Mi cabeza era una nebulosa en ese momento, no se me ocurría nada concreto.
- La última vez me llevó a un sitio que me gustaba a mi… - Balbuceé. – Esta vez me gustaría visitar un sitio que le guste al Señor Sesshomaru.
Asintió en silencio. Ya estaba comenzando a espabilarme, por lo que traté de descender para poner los pies en el suelo, pero él me lo impidió sujetándome con fuerza.
- Puedo andar, Señor Sesshomaru, no es necesario que me cargue…
- Esta vez no vamos a ir a caballo, Rin. – Me informó. Observé su rostro, que presentaba todas sus marcas de demonio. – Agárrate a mí.
No tenía ni idea de lo que estaba a punto de hacer. De la nada surgió un haz de luz que nos envolvió y pude sentir cómo nos elevábamos por el aire. Solté un chillido por la impresión. Salimos a través de la ventana y el señor Seshomaru surcó el cielo conmigo en brazos. Observé maravillada el cielo nocturno, más cerca de lo que nunca antes había estado.
- No sabía que tenía este poder, Señor, es precioso.
Él se encontraba con la mandíbula tensa, y sus ojos comenzaban a cambiar de color vagamente. Decidí no distraerle y disfrutar del viaje por los aires. El aire nocturno era más cálido debido al final de la primavera. Aterrizamos sobre una montaña con una frondosa vegetación. Una vez sus pies hubieron tocado tierra, me permitió andar por mí misma.
- ¿Qué sitio es éste, señor Sesshomaru?
- Es el monte Musubi.
No tenía nada de particular, por lo que no terminaba de entender qué hacía aquel lugar tan especial para él. ¿Descubriría algo si me adentraba en el bosque?
- Rin, no vayas por ahí.
- ¿Qué hay en esta dirección?
- … Una barrera colocada por un poderoso demonio. Ese es el motivo por el cual este lugar es tan silencioso y tranquilo, es mejor no molestarlo.
Supuse que otros no se atrevían a desafiarlo y por eso el lugar estaba completamente ausente de vida, exceptuando las plantas.
- ¿Le gusta este sitio porque es silencioso?
Él asintió. Tomó asiento sobre unas rocas y alzó su rostro hacia la luna.
- También tiene buenas vistas.
Me acerqué para sentarme a su lado y miré hacia el cielo. En el amplio firmamento, podía admirarse el brillo de la luna y las estrellas perfectamente. Entendía por qué le gustaba. Sería precioso ver una lluvia de meteoritos desde allí. Pensé que tenía que haber sido más agradable incluso ir a ese monte en primavera, con todos los cerezos en flor. Dirigí mis ojos hacia Sesshomaru. Siempre me dejado sin aliento contemplar lo hermoso que era. Sus delicadas facciones eran bañadas por la luz de la luna, dándole un aire más misterioso.
- Señor Sesshomaru, ¿no ha venido con su padre aquí alguna vez?
Tardó un poco en contestar.
- No, que yo recuerde.
- ¿Lo echa de menos? – Sesshomaru siguió observando el cielo en silencio. – Yo sí que echo muchos de menos a mis padres… También tenía un hermano.
Esta vez sí que me miró para prestarme atención.
- ¿Pasó algo con tu familia? – Preguntó.
- Bueno… Fueron asesinados por unos bandidos que asaltaron el pueblo para robar. Yo era muy pequeña, me escondí y…. Fui la única superviviente. – Habían trascurrido años, pero era la primera vez que lo contaba en voz alta, por lo que me fallaba la voz mientras explicaba debido a la emoción. - Durante un tiempo, no pude articular palabra debido al shock. Vagué de pueblo en pueblo mucho tiempo, pero todos pensaban que era una niña extraña, o que estaba maldita, al no poder hablar… - Traté de disimular las lágrimas que asomaban mis ojos, ya había pasado la peor parte. - Hasta que finalmente parecieron aceptarme en aquella aldea que se encuentra al lado del castillo. Me permitieron quedarme en la cabaña de un anciano que acababa de perecer por la hambruna y… Estuve viviendo allí hasta que contrajimos nupcias.
Sesshomaru se quedó sin palabras. Sólo me observaba fijamente, sin articular palabra. Comencé a temblar debido a la brisa fría que soplaba en la montaña. Mi esposo me envolvió y arropó con su estola. Era muy cálida. Seguramente era también, en parte, la única forma que se le ocurrió de reconfortarme. Yo tampoco sabría que decir en su situación.
- Gracias… -Murmuré, dejando caer mi cabeza contra su hombro. - ¿Qué hay sobre su familia, aparte de su padre? Nunca me ha hablado de su madre.
- Mi relación con mi madre no es muy cercana.
- ¿Y no tiene hermanos?
Noté como Sesshomaru apoyaba su barbilla sobre mi coronilla.
- No. – Su respuesta fue tajante.
- Qué lástima. ¿Nunca se ha sentido solo? – Sólo obtuve silencio por respuesta. – Yo siempre he pensado que… Me gustaría poder formar mi propia familia algún día… Ya que perdí a la que tenía. - Ahora que lo pensaba, ni siquiera tenía claro si los demonios podían engredar descendencia con los humanos. - ¿Usted querría tener hijos?
Formular esa pregunta me provocó un fuerte rubor en las mejillas, inevitablemente.
- Nunca lo había pensado. No tengo ese apego por el concepto de… "familia".
Su tono de voz se notaba desanimado. No quería molestarle más si le estaba desgastando mucho aquel tema. Le di un beso en la mejilla.
- Al menos, ahora nos tenemos el uno al otro. – Le aseguré.
Sesshomaru me miró a los ojos. Se inclinó para rodear mi cintura con sus brazos y me atrajo hacia sí. Había dado la conversación por finalizada. Supuse que era suficiente por una noche. Eran temas complicados para él. Posé las manos sobre su espalda y me deleité con su aroma mientras nos envolvíamos en un abrazo tan cálido que el frío de la noche parecía no existir.
