Observé intermitentemente a la pareja de desconocidos y a Sesshomaru, en un profundo estado de confusión. ¿Acaso esos dos eran los aliados de Kagura? ¿Tenían algún tipo de cuenta pendiente? ¿Por qué se parecían tanto físicamente ese joven y mi esposo? ¿Se tratarían de demonios de la misma especie? ¿Por qué ayudaría una chica humana a masacrar tanta gente inocente? Las posibilidades eran infinitas, y cada una arrojaba más preguntas sin resolver que la anterior.

Sentí como si el tiempo se hubiera detenido mientras me planteaba todas estas cuestiones en mi cabeza, una tras otra. Aquel estado de abstracción fue disuelto por el brillo celestial de una flecha que voló rozando el hombro del Señor Sesshomaru, quien seguía parado a mi lado.

- ¡No me hagas repetirlo, Sesshomaru, aleja tus zarpas esa chica inocente!

Esa mujer no era una asesina. Parecía estar intentando protegerme. Aun así, no terminaba de estar segura de sus intenciones.

- ¡Kagome, no seas imprudente! – Fue reprendida la joven por el demonio con las orejas de perro. – No es buena idea provocar a Sesshomaru.

Mi esposo dio un paso la en la dirección de aquellos desconocidos. Traté de seguirle, ofreciéndole su espada, pero él me detuvo interponiendo la palma de su mano.

- No necesito ese pedazo de basura. Retrocede, Rin. – Me ordenó con un tono frío y calculador.

Di unos pasos atrás, pasando a ser una simple espectadora de la escena que se desarrollaba frente a mis ojos. Sesshomaru se dirigió al joven, que vestía completamente de rojo:

- ¿Qué diablos has venido a hacer aquí, patético medio demonio?

El interpelado pareció molesto por aquella denominación.

- ¡Es obvio que he venido en busca de los fragmentos de la perla de Shikon que posees, desgraciado!

Era más que obvio que aquellos dos se conocían, aunque tenían una relación terrible. La chica llamada Kagome bajó su arco en un intento de dialogar.

- No tenemos por qué pelear, Sesshomaru. Sólo queremos que dejes en paz estas tierras y nos entregues los fragmentos.

- ¡Kagome, este idiota nunca se rendirá por las buenas, es imposible negociar con él!

Los llamados Kagome e Inuyasha debían de ser aliados, aunque no parasen de discutir. Ella tenía un acercamiento más diplomático, mientras que él optaba por la opción más confrontativa y violenta. A pesar de todas sus exigencias, Sesshomaru no se amedrentó lo más mínimo. Es más, ignoró toda su conversación como si nada fuera realmente con él, no parecía interesado.

- Inuyasha, - Mi esposo pronunciaba ese nombre con ponzoña en la voz. – es todo un detalle que hayas traído la Tessaiga hasta mí, ¿pero podrías aprender al menos a blandir la espada de nuestro padre de forma honorable antes de entregármela?

¿Había dicho "nuestro" padre? ¿Tessaiga era el nombre de la espada que portaba el chico?

- ¡Como si fuera a entregarte a Tessaiga, maldito engreído! – Respondió el joven, encolerizado.

- Lo haremos por las malas, entonces.

Sesshomaru dejó salir de sus dedos un larguísimo hilo verdoso, con el cual trató de azotar a Inuyasha, quien detuvo el golpe con su enorme espada.

- ¡Si quieres pelea déjate de trucos baratos y pelea como un hombre! – Le retó el chico del hakama rojo.

Mi esposo se abalanzó sobre él, veloz como el rayo, tratando de alcanzarle con un fiero golpe de sus garras. El chico apenas tuvo el tiempo justo para esquivarlo.

- ¿Acaso se atreve a llamarme cobarde un medio demonio que se escuda tras una espada para poder enfrentarse a un verdadero yokai? Deberías conocer tu lugar antes de hablar.

Inuyasha no permaneció impasible frente sus palabras. No se esforzó en ocultar su irritación, y tampoco hizo ademán de bajar el arma. Es más, la levantó bruscamente del suelo para intentar asestar seguidos golpes contra el Señor Sesshomaru, que lo esquivaba de forma elegante, dando saltos y formando espirales en el aire. Se detuvo cuando hubo retrocedido hasta quedarse justo delante de mí, dándome la espalda. El chico del kimono rojo se mostraba visiblemente frustrado e impaciente. Alzó su espada hacia el cielo con un movimiento tosco pero potente, y entonces dejó caer el mandoble contra el suelo, del que brotaron varios haces de luz en nuestra dirección.

- ¡Viento cortante! – Rugió Inuyasha.

Sesshomaru recibió el golpe de lleno, sin hacer ademán de moverse del lugar donde se encontraba. Tras que se disolviera la nube de polvo levantada por el ataque del medio demonio, noté que, aunque mi esposo aún se mantenía en pie, su cuerpo y ropas estaban cubiertos de feos rasguños. Puse ver cómo se extendían varias manchas de sangre.

- ¡Señor Sesshomaru, ¿se encuentra usted bien?! – Di unos vacilantes pasos hacia él para comprobar su condición.

- Rin, no te muevas de donde estás. – Dijo volteándose para mirarme.

Sus ojos dorados mostraban un brillo lleno de determinación y ferocidad. Aquel enfrentamiento debía de ser de vital importancia para él. No terminaba de comprender todas las circunstancias que le enfrentaban a su hermano ni por qué me había mentido respecto a su existencia, pero decidí que seguiría confiando en su juicio. Después de todo, estaba segura que de si él no hubiera bloqueado el ataque de la Tessaiga, probablemente yo hubiera sido fulminada en el acto. Asentí, retrocediendo hacia mi posición original.

Escuché de fondo cómo Kagome regañaba a Inuyasha. Ella también había sido consciente de que aquel golpe había sido lanzado en mi dirección, y no parecía contenta ante la posibilidad de haberme lastimado. No debía de ser una mala persona, después de todo.

Sesshomaru aprovechó aquel momento de distracción para arremeter ferozmente contra Inuyasha, y lanzó su espada volando de una poderosa patada. Inuyasha quedó desconcertado, casi parecía aterrorizado por el hecho de haber sido despojado de su arma. Kagome disparó una fecha rápidamente para alejar a mi esposo de su compañero.

Acto seguido, la joven echó a correr hacia la Tessaiga, que se había transformado en una katana oxidada al caer al suelo, mientras Inuyasha seguía clavado en el sitio, con la mirada gacha.

- ¿Ya te rindes, Inuyasha? ¿Necesitas la ayuda de una débil humana para enfrentarte a mí?

Contemplé con asombro cómo el joven fulminó en ese momento a Sesshomaru con la mirada. Tenía los ojos completamente rojos y unos prominentes colmillos asomaban por encima de sus labios. Estaba completamente fuera de sí, gruñendo como una bestia salvaje.

En esta ocasión fue el chico vestido de rojo el que inició la ofensiva. Los dos hermanos se enzarzaron en una pelea donde volaban los puñetazos y arañazos. Los movimientos de Inuyasha eran erráticos pero poderosos, los de Sesshomaru más débiles, aunque precisos. Comencé a temer por la seguridad de ambos, aunque no tenía ni idea de qué podía hacer para detenerlos.

Kagome, por su lado, estaba a punto de alcanzar la Tessaiga, cuando una sombra cruzó rápidamente la sala y se la arrebató en sus narices. Se trataba del látigo de Sesshomaru. Mi esposo planeaba usar la espada contra su dueño original, quien estaba a punto de lanzarse sobre él en mitad de su estado iracundo. Sin embargo, tan pronto como cayó en sus manos, la katana emitió una poderosa barrera alrededor de su empuñadura, abrasando las palmas del demonio, quien no tuvo más remedio que dejarla caer de inmediato. Asestó una patada a Inuyasha, para alejar a la bestia que trataba de clavarle las garras, quien salió despedido contra la pared. Una vez fuera de peligro, mi esposo observó con impotencia el arma tendida en el suelo, en forma de una mera katana vieja y oxidada.

- Te burlas de mí una vez más, Padre…

En ese momento, sentí de forma repentina un delgado filo contra mi cuello, mientras me inmovilizaban rodeando mi cuerpo con un solo brazo. Quedé sin aliento por un instante, sintiendo cómo mi cabello caía suelto sobre mis hombros. Entonces cobré consciencia de que el arma que amenazaba mi cuello era la propia horquilla que me había regalado Sesshomaru, y había estado sujetando mi cabello. A pesar de la apariencia frágil y delicada de aquella extremidad, su agarre era firme.

- Sesshomaru, - Se trataba de la voz de Kagura– vengo a cobrarme los fragmentos de la perla Shikon, tal y como acordamos. Ya tienes tus poderes de vuelta, ¿no?

Sesshomaru se dirigió a nosotras con paso elegante, sin apresurarse o mostrarse nervioso.

- No será gracias a estos pedazos de basura.

El demonio extrajo de la manga de su kimono un buen trozo de cristal de color violeta, aunque no parecía constituir ni la cuarta parte de la esfera completa. Se la mostró a Kagura.

- Suelta a Rin. – Le ordenó, con un tono de voz que no admitía desacato.

- Primero, la Perla. – Le exigió ella.

Tragué saliva, paralizada de puro terror. Sabía que esa despiada mujer no dudaría en matarme para obtener lo que quería. Sesshomaru lanzó el fragmento hacia mí, y Kagura lo recogió con la misma mano que sostenía el kamikazari. No hizo ademán de dejarme marchar si quiera por un solo instante.

- Kagura. – La llamó él con voz amenazante. – Déjala marchar.

- Acaba con Inuyasha primero. Y no le haré daño.

Kagura me estaba utilizando como rehén para manipular al Señor Sesshomaru y obligarle a asesinar a su propio hermano. Era demasiado cruel, ruin y retorcida. Me sentí molesta conmigo misma por no poder hacer nada en aquella situación. Odiaba ser un estorbo.

- ¡No se preocupe por mí, Señor Sesshomaru! – Chillé. - ¡No escuche a esta mujer, usted no tiene por qué seguir las órdenes de nadie!

- Guarda silencio, humana. – Me espetó bruscamente.

Cerré la boca de inmediato, sorprendida por su repentina brusquedad. ¿Acaso temía lo que pudiera hacerme Kagura si no obedecía? ¿Acaso no tenía otra opción?

Sesshomaru me dio la espalda y se dirigió hacia Inuyasha sin vacilar un instante. El joven parecía haber vuelto en sí tras que Kagome le devolviese la espada, que volvía a tener la imponente forma de un colmillo gigante. Aun así, me partía el corazón saber que esa pelea iba a disputarse única y exclusivamente por mi culpa. Traté de deshacerme de la inmovilización de Kagura. La mujer, molesta, me susurró al oído:

- Quizás te convendría recordar que sólo te permito vivir porque no quiero sufrir su ira más adelante. -Fingió un tono de voz dulce mientras proseguía. - Míralo bien, es un poderoso demonio nacido con el único propósito de destruir.

Aquella despreciable mujer sonaba cautivada por el poder del Señor Sesshomaru. Ya había escuchado con anterioridad que era muy poderoso, pero me negaba a creer que fuera un asesino indiscriminado. Él no haría daño a nadie sin un buen motivo, ¿verdad?

En ese momento Sesshomaru fue envuelto por una ráfaga de viento, por lo que sus ropas y cabello comenzaron a flotar. Una terrorífica y desagradable aura demoníaca impregnó la sala en apenas unos segundos. Desde donde me encontraba no podía verlo con claridad, pero sabía que se estaba transformando, que las facciones de su rostro se estaban afilando y que sus ojos debían de haberse teñido del color de la sangre. Escuché el crujido de sus huesos mientras toda su estructura cambiaba, acompañado de un agudo chirrido como el de un cristal siendo rayado, a punto de estallar. Delante de mis ojos, fui testigo de cómo se transformaba hasta convertirse en un gigantesco can demoníaco, el cual rugió, seguido de un ensordecedor estruendo, como el de un espejo al quebrarse por completo.

- ¡Ha roto el sello, Inuyasha! – Advirtió Kagome.

Un violento vendaval sacudió todo el lugar. El monstruo que se erigía en mitad de la sala emitía un humo verdoso que, si iba en consonancia con los poderes de Sesshomaru, debía de ser altamente venenoso e incluso corrosivo. Kagura me liberó repentinamente, dejándome caer al suelo. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que mis piernas habían dejado de responder debido al pavor.

- No tenía ni idea de que no había recuperado el control de su bestia… - Musitó con asombro Kagura. Yo le lancé una mirada de odio. – Buena suerte sobreviviendo, mocosa. De todas formas, yo ya tengo lo que he venido a buscar. – Me mostró cómo se guardaba la perla de Shikon en su kimono.

Kagura tomó una pluma de su cabello y al lanzarla al aire ésta aumentó rápidamente de tamaño. La mujer se montó sobre ella para salir volando de allí como una exhalación. Menuda cobarde.

Mientras tanto, Inuyasha volvía a blandir su espada contra Sesshomaru, y Kagome había tomado su arco nuevamente. Haciendo acopio de todas mis fuerzas, me puse en pie y grité:

- ¡No le hagáis daño al Señor Sesshomaru, por favor!

Por primera vez, el chico de las orejas de perro me miró para dirigirse a mí directamente:

- ¿Acaso estás loca? ¡Esa bestia va a intentar acabar con todos nosotros, tú incluida!

Tenía que hacer algo. Pelear no era una opción, pero eso no significaba que debiera seguir de brazos cruzados. El enorme demonio se abalanzó ferozmente sobre Inuyasha y lo arrinconó contra el suelo con una de sus poderosas garras. Kagome le disparó una flecha, permitiendo que el medio demonio pudiera escapar. El can gigante emitió un sonido lastimero mientras se lamía la el punto donde se le había clavado la afilada punta. Sabía que se trataba de una herida menor, pero no soportaba la visión de su sangre goteando.

Recordé por un instante el incidente de esa misma noche. El dolor podía hacerle reaccionar. Sin embargo, no podía pedirles ayuda a aquellos desconocidos, sus armas eran demasiado peligrosas y temía que pudieran herir aún más mi esposo. Me palpé el obi, descubriendo que los sutras que había ocultado seguían allí. Suspiré. Hubiera deseado no tener que usarlos jamás contra él, pero no tenía otra opción. Ahora solo necesitaba acercarme a la bestia mientras se encontraba distraída atacando a Inuyasha y Kagome. Odiaba pensar que los estaba usando como señuelo, pero sólo tendrían que aguantar un poco más antes de poder detener los ataques de Sesshomaru por completo. Mi intención era salvarnos a todos.

Tratando de no llamar su atención, me acerqué a los cuartos traseros del monstruo. Sus dimensiones eran abrumadoras, y se me complicaba respirar según me acercaba a él. Su aliento seguía emitiendo toxinas. Traté de darme coraje a mí misma: si lo hacía rápido, todo iba a volver a estar bien.

Tomé varias hojas de papel en las manos, asegurando la espada Tenseiga en mi obi para no perderla. Entonces, di un salto para estampar los sutras en su pata trasera, de los que emergió una pequeña descarga eléctrica al contacto con su pelaje. Sesshomaru se giró de un sobresalto, como si hubiera sentido la picadura de un molesto insecto. El terror me paralizó en cuanto su mirada se posó en mí. Sus ojos estaban vacíos, carentes de emoción o capacidad para reconocer a absolutamente nadie. Ése no era él. No era posible que se tratase de la persona de la que yo estaba enamorada. Él jamás me miraría así. Rugió salvajemente y se giró para asestarme un zarpazo con su garra izquierda. Temblando, junté las manos sobre mi pecho y cerré los ojos, esperando mi inminente final.

- ¡Detente de una vez, maldito Sesshomaru! – Escuché gritar a Inuyasha.

Acto seguido, resonó en la sala un aullido de dolor proveniente de la bestia. Abrí los ojos y me encontré con la visión del medio demonio cayendo del cielo, acompañado de la enorme pata cercenada del animal. Inuyasha me había protegido con su espada, cortando la extremidad de mi adorado esposo.

Mis piernas volvieron a fallarme, haciéndome caer de rodillas mientras observaba el charco de sangre que se estaba formando en el suelo. El monstruo, visiblemente adolorido, comenzó a disminuir de tamaño y fue ocultado tras una espesa niebla. Cuando esta comenzó a disiparse, pude observar la familiar silueta de mi esposo, arrodillado en el suelo, sujetándose el brazo sangrante. Apretaba la mandíbula, incapaz de disimular el dolor.

Quise llamarle, pero me fallaba la voz. A pesar de eso, como si escuchado mi grito silencioso, Sesshomaru dirigió su mirada directamente hacía mí. Observó su también su brazo inerte, que yacía en el suelo, habiendo recuperado también una apariencia humana. Recuperó su porte digno, y se puso en pie sin esfuerzo, con un fluido movimiento.

Inuyasha se giró hacia él para encararlo con su espada.

- ¡¿Aún quieres pelea?! – De haberse tratado de un animal, hubiera jurado que tendría el pelaje erizado en un intento de intimidación.

Sesshomaru no pronunció una sola palabra en respuesta. Le ignoró deliberadamente para mirarme fijamente. Extendí mi mano hacia él, desolada. No podía moverme. Era incapaz de llegar hasta él, aunque sólo se encontraba a unos pasos de mí. La distancia era demoledora. Entonces, mi esposo desvió la mirada y cerró los ojos. Un haz de luz le rodeó y me llenó de pánico. Reconocí la forma de desplazarse que empleó para llevarnos al monte Musubi.

- ¡S-Señor Sesshomaru…! – Conseguí articular finalmente.

Se esfumó en cuestión de un parpadeo. No quedó rastro tras aquella cegadora luz. Se había ido. Sesshomaru se había marchado. Sin mí.

Me había abandonado.

Sentí un inmenso dolor atravesar mi pecho, dejándome sin respiración. Me dejé caer contra el suelo, incapaz de sostenerme por un segundo más. Me rodeé el cuerpo con los brazos, palpando la katana que aún pendía de mi obi.

- Por favor… - Musité. – No me deje… Señor Sesshomaru…

Cerré los ojos, agotada y rendida. Me dolía todo el cuerpo. No podía más. Todo se volvió oscuro, dejé de percibir estímulos auditivos. Perdí la consciencia. Tampoco la iba a necesitar. Ya nada importaba. Si iba a volver a estar sola, no quería volver a despertar nunca más.

Sin embargo, mi voluntad no fue respetada. Mis ojos se abrieron tras lo que pareció una larga noche y me encontré en una habitación desconocida. Sentía todo mi cuerpo entumecido. Dolía.

- Parece que está despertando. – Dijo una voz desconocida.

- ¡Es cierto! – Entró en mi campo de visión la chica llamada Kagome. Parecía genuinamente aliviada. - ¿Rin? – Me llamó. – Ése era tu nombre, ¿no?

Parpadeé varias veces seguidas para intentar comunicarme. Tenía la boca demasiado seca para articular palabra y el resto de mi cuerpo no respondía. Al lado de Kagome, vi a una mujer mayor vestida como una miko, con un parche sobre un ojo, a la cual debía pertenecer la otra voz que había escuchado. La anciana, perspicaz, llenó un cuenco de agua y lo colocó sobre mis labios mientras sujetaba mi cabeza. Con dificultad, conseguí tomar varios sorbos, aliviando la sequedad de mi garganta. Le devolví el cuenco a la mujer del parche, tratando de indicar que no tenía más sed.

- La pobre chiquilla debe estar famélica, lleva casi dos días inconsciente. Voy a prepararle una sopa de miso. – Dijo la sacerdotisa, dándose la vuelta. – Vigila que no se vuelva a dormir, Kagome, tiene que comer algo.

- ¿No prefiere que salga yo a por los ingredientes, anciana Kaede?

- Le pediré ayuda a Inuyasha, no te preocupes. – Dijo antes de salir de la cabaña.

Examiné a mis alrededores por primera vez, comprobando que se trataba de una vivienda muy humilde. Constaba de una única habitación, con una olla que pendía desde el techo en el centro de la sala, sobre unas brasas apagadas. Yo me encontraba tumbada junto a una diminuta ventana, envuelta en un futón individual. Kagome estaba sentada a mi lado, observándome consternada.

- ¿Cómo te encuentras?

Aún algo aturdida, traté de incorporarme y sentí unas franjas paralelas arder en mi espalda, obligando a que me volviese a dejar caer sobre el lecho. Dejé escapar un quejido. Kagome posó su mano sobre mi brazo.

- Será mejor que no te levantes tan bruscamente, tus heridas no han sanado aún.

Aquellas marcas que me había dejado mi esposo con sus garras. ¿Cómo olvidarlo?

- ¿Sabe a dónde ha ido el Señor Sesshomaru? – Pregunté en un murmullo casi inaudible. Me faltaban fuerzas para poder alzar más la voz.

La chica negó con la cabeza.

- Desapareció sin dejar rastro.

Asentí en silencio. Observé los débiles rayos del sol que se colaban por la cortinilla que decoraba la entrada y salida de la vivienda. Di otro barrido con la mirada a aquella sala y encontré a Tenseiga a mis pies. Era el único objeto que reconocía.

- No soltaste en ningún momento esa espada mientras te trasladamos hasta aquí. – Me explicó Kagome, que parecía leer el interrogante en mi cara. – Parecía muy importante para ti.

Se trataba del único objeto tangible me vinculaba a la persona que más amaba, que me permitía confirmarme que no había sido sólo un sueño. El dolor de las cicatrices de mi cuerpo también era muy real, aunque sanarían con el tiempo. Una parte de mí no quería que se desvanecieran, no quería que desapareciera ningún indicio de que había estado a su lado. Me encogí bajo la manta, temblando, aunque no tenía nada de frío, dado que estábamos ya en verano.

- Esto… Rin, ¿verdad? – Kagome volvió a pedirme confirmación respecto a mi nombre y esta vez asentí, sin mirarla a la cara. – Supongo que no será fácil para ti hablar de esto ahora mismo, pero… ¿Qué relación tienes con Sesshomaru?

- ¿Acaso no es obvio? – Tronó una voz masculina que me hizo levantar la mirada hacia la dirección de la que provenía. Se trataba de Inuyasha, de pie en la entrada, cargado con varios fardos de comida. – Seguramente se trataba de su amante.

Kagome se sonrojó al escuchar sus palabras. Yo seguí con los ojos los movimientos del joven vestido de rojo, quien dejó caer los bultos en el suelo de la cabaña sin cuidado ninguno.

- ¿E-en qué te basas para decir eso? – Inquirió la joven del kimono extraño.

- Apesta a Sesshomaru, está completamente impregnada por su aura demoníaca. – Su rostro se contrajo en una mueca de disgusto. – Me da náuseas sólo estar cerca de ella.

- Inuyasha, siéntate. – Ordenó Kagome con voz tajante.

El collar de cuentas que llevaba el joven brilló y fue arrastrado por una fuerza invisible hacia abajo, estampando su cara directamente contra el suelo. No sabía que un ser humano podía poseer una habilidad para subyugar a un demonio con tanta facilidad. Observé a la chica llamada Kagome, impresionada.

- ¡¿Por qué diantres has hecho eso?! – Reclamó Inuyasha, notablemente molesto.

- ¡Deja de decir cosas insensibles delante de Rin! ¡Sólo es una chica asustada y malherida, y lo último que necesita es que nadie le diga esas groserías!

Los gritos de ambos comenzaban a hacer que me doliese la cabeza. Decidí intervenir en la discusión, para evitar más malentendidos y discusiones innecesarias.

- Tiene razón, en parte. – Admití. – Soy la esposa del Señor Sesshomaru.

- ¡¿Su esposa?! – Corearon los dos al unísono, mirándome con los ojos y la boca bien abiertos.

Mi confesión había provocado el efecto contrario al deseado. Me palpitaba la sien. En ese momento, volvió la anciana Kaede y les lanzó una mirada de reproche.

- ¿Os parece que esto es darle tranquilidad a una paciente que aún se está recuperando? Menudo espectáculo. Será mejor que salgáis de mi casa, yo me encargaré de ella a partir de ahora.

Visiblemente avergonzados por la reprimenda, la extraña pareja salió de la estancia. Agradecí profundamente el silencio que imperó tras su partida. Kaede no me hizo ni una sola pregunta personal mientras preparaba abundante sopa. Se limitó a dirigirse a mi para asegurarse de mis gustos culinarios y para comprobar mi condición física.

Se me abrió el apetito que creía haber perdido con el delicioso olor del miso. Kaede me ayudó a sentarme sobre el tatami. Mientras tomaba el cuenco humeante en mis manos, me di cuenta de que me habían vestido con un sencillo yukata de color blanco. Sentí también las vendas que presionaban mis heridas para contener el sangrado. Me habían cuidado mucho mientras yo había permanecido inconsciente. Era mucho más de lo que yo merecería.

- Muchas gracias por todo, señora Kaede. – Dije una vez hube terminado de ingerir la comida con avidez.

- No tienes que darlas, es lo mínimo que podía hacer por alguien en tu situación.

Era una mujer demasiado amable y considerada.

- No quiero aprovecharme de sus buenas intenciones, me marcharé mañana mismo para no causarle más molestias.

Kaede me miró escéptica.

- ¿Y a dónde piensas ir?

Dudé.

- Yo… Ya encontraré un lugar. Tengo que buscar al Señor Sesshomaru. Estaba herido, también.

La sacerdotisa dejó su comida por un momento y tomó asiento a mi lado.

- ¿Te refieres al hermano de Inuyasha?

Su confirmación del parentesco entre Sesshomaru e Inuyasha me atravesó el pecho como una fecha envenenada.

- Sí.

- Comprendo tu preocupación, pero seguramente estará bien, ellos sanan rápido. – Me aseguró. – Cuando se haya recuperado, vendrá a buscarte, seguramente.

¿Y si no lo hacía? Podría haber huido conmigo a su lado con sus poderes, pero la realidad era que no lo había hecho, y por ello me encontraba con otras personas, sin ni una sola pista sobre su paradero. ¿Cómo podía tener una mínima certeza después de tantos secretos, mentiras y ese cruel abandono? ¿Acaso se había aburrido de mí, o nunca me necesitó en primer lugar? El recuerdo de sus ojos dorados observándome me atormentaba cuanto más pensaba en él.

- Voy a salir a que me dé el aire un momento.

Kaede pareció comprender sabiamente que necesitaba un momento a solas. Una vez en pie, no me resultaba tan doloroso moverme. Afuera ya había caído la noche. En el exterior, me encontré en mitad de un pueblo agrícola, con diversas hileras de cabañas repartidas por los alrededores. Me alejé de la aldea sin rumbo, huyendo de la gente y el ajetreo, hasta que me encontré un pequeño riachuelo. Aquel lugar era tranquilo y silencioso. Me senté con dificultad debido al entumecimiento mis extremidades y a la tirantez de mis heridas.

Rodeé mis rodillas con mis brazos mientras observaba el cielo estrellado. Ese mismo firmamento que había podido contemplar al lado de mi esposo ahora se me antojaba interminable y solitario.

¿Realmente estaría bien? Esperaba que no se le hubiesen infectado las heridas. ¿Era por eso que no había venido a buscarme?

Por mi mente cruzó el horrible pensamiento de que Sesshomaru conocía de antemano a la terrible Kagura, y parecía tener algún tipo de acuerdo con ella, relacionado con los fragmentos de la misteriosa perla de Shikon. ¿Acaso había estado involucrado en la indiscriminada masacre que había presenciado? ¿Toda nuestra relación había sido una fachada?

¿Por qué me había ocultado la existencia de su hermano cuando yo le había preguntado expresamente por ese tema? Hubiera sido capaz de entender que me lo hubiera ocultado, pero no que me mintiera a la cara. Aparte de eso, ¿por qué se odiaban tanto como para pelear de aquella forma tan violenta que había presenciado?

¿Y la espada heredada de su padre, la Tenseiga? No hacía más que decir que no la necesitaba, pero tampoco se había desecho de ella, a pesar de ser una persona organizada y sumamente práctica. Jamás conservaría algo que fuera completamente inservible, estaba convencida de ello.

Además, parecía que ansiaba la espada que poseía Inuyasha por encima de todo, aquella con un poder destructivo masivo, Tessaiga. Recordaba que hubieran mencionado que pertenecía a su padre, también.

Pero por encima de todo, la pregunta que hacía mayor eco en mi cabeza era por qué había decidido tomarme como esposa, para luego marcharse de aquella manera cuando la situación se puso fea. Él no tenía ninguna garantía de que aquellas personas con las que me había dejado fueran a ser amables conmigo, ni siquiera de que fueran a rescatarme en aquel estado deplorable.

Las lágrimas nublaban mi visión. ¿Por qué, por qué y por qué? No conseguía entender nada en absoluto, provocándome un nuevo dolor de cabeza. Quería odiarle por lo que había hecho, a la vez que sabía que me lanzaría sin dudar a sus brazos como una idiota, si es que volvía a verlo.

Un chisporroteo y una tenue luz titilante me sacaron de mi espiral de angustia. Me volteé. Allí estaba Kagome, con una fina varilla en la mano que desprendía diminutas chispas.

- Son bengalas. – Me dijo, con una sonrisa amable, ofreciéndome el objeto. - ¿Quieres que encendamos algunas juntas?

Sin comprender muy bien cómo funcionaban aquellos artefactos, me sequé las lágrimas del rostro con la manga del yukata y asentí. Eran hermosos. Podían ser una buena distracción, si no quería seguir cuestionándome innumerables preguntas sin respuesta.

Kagome trató de animarme ofreciéndome uno tras otros aquellos palitos a los que aplicaba fuego con un dispositivo mágico hecho de un material desconocido, parecido al hierro. No entendía cómo generaba aquella débil llama, pero tampoco tenía fuerzas para interesarme por ello en ese momento. Lo cierto es que me resultaba relajante ver cómo se consumían las varillas entre aquellas hermosas pero efímeras chispas. Cuando se hubo extinguido por completo aquel chisporroteo, observé a Kagome. Se le habían acabado aquellas "bengalas". Parecía preocupada.

- Gracias, Kagome. – Dije, tratando de que no se sintiera responsable de mi estado de ánimo, forzando una sonrisa. – Tu compañía me ha calmado mucho.

Ella pareció sorprendida de que me dirigiese a ella por su nombre por primera vez.

- Ojalá se me ocurriera algo más que hacer por ti. – Confesó, observándome con lástima.

Pero quizás si que podía ayudarme. No podía descartar que tuviera la respuesta a algunas de mis preguntas, siendo la mujer de Inuyasha, y teniendo un carácter mucho más apacible de tratar que él.

- ¿Podrías contarme todo lo que sabes? – Me miró extrañada. – Te daré todo lo que me pidas, pero por favor, háblame de todo lo que sepas respecto a Sesshomaru.

No parecía un mal lugar desde el que empezar.

Notas de la autora: ¡Hola a todos, espero que estéis disfrutando de esta historia! A decir verdad, en sus inicios este iba a ser un fic sencillo, con algunas anécdotass indas, sus escenas lemon correspondientes y poco más. Sin embargo, admito que he acabado un poco obsersionada con los dos personajes y quería darles mucho más trasfondo y una historia más elaborada. Se puede notar que a partir de este capítulo va a cambiar la narrativa habitual de la historia, espero que os siga gustado de igual manera ;-;

Voy a empezar a compartiros las canciones que escucho mientras escribo, ya que a mí me ayudan mucho a empatizar con los sentimientos de Rin, para poder escribrir desde su punto de vista de forma más acertada. Espero que os llegue todas la emciones que empleo en cada capítulo. Para esta parte en concreto, tuve en bucle la cancion de Red de Taylor Swift, sobre todo para la segunda mitad. La letra de esa canción me ayudó a hacer muchísimo más real los sentimientos de Rin.

¡Gracias por leerme hasta esta sección, estaré pendiente de vuestros comentarios, me dáis la vida! 3