Habían transcurrido varios días, y ya comenzaba a hacerme a la vida en aquella pequeña aldea. Por las mañanas, ayudaba a Kaede a hacer el desayuno para nosotras y el pequeño demonio zorro, que solía acompañarnos, cuando no se quedaba dormido. Después, salíamos a realizar la ronda diaria de la sacerdotisa, visitando a los enfermos para comprobar su evolución y ajustar el tratamiento, en los casos necesarios. Por la tarde, Kaede me enseñaba todo lo que sabía sobre plantas medicinales que se podían encontrar en los alrededores.
Para la cena, normalmente se nos unían Shippo, Inuyasha y Kagome, por lo que nunca resultaba aburrido. Durante aquellas noches me habían hablado largo y tendido de cómo los fragmentos de la perla Shikon se había dispersado por toda la región, así como que su misión era reunirlos todos antes de que un terrible demonio llamado Naraku lo hiciera. Kagome me explicó que ella podía ver y sentir los fragmento a distancia, lo que facilitaba mucho la tarea. También me aclaró que Kagura era sirviente de aquel al que llamaban Naraku, por lo que no era de extrañar que atacaran el castillo donde habitaba Sesshomaru para reclamarle los fragmentos.
Las conversaciones sobre aquella fatídica noche todavía resultaban un tema espinoso para mí, por lo que no se hablaba abiertamente sobre la posible conexión entre él y Naraku. Sin embargo, era consciente de que todos tenían sus sospechas. No me parecía justo, ya que había sido claramente traicionado en aquel caso, pero nadie parecía albergar un mínimo de compasión por él.
A pesar de todo, en aquel período de tiempo, había logrado sentirme mucho más cómoda con todos los habitantes de la aldea, excepto en el caso de Inuyasha. Aparte del obvio interés que tenía en tratar ciertos temas con él, me apenaba que mi sola presencia le hiciera sentir molesto. No sabía que más podía hacer para deshacer ese ceño fruncido cada vez que me cruzaba con él. Siempre terminaba rehuyendo el quedarse a solas conmigo.
Había otro tema que comenzaba a preocuparme significativamente: la ausencia de mi período. Podía ser debido a la conmoción, o quizás aún no habían pasado días suficientes, pero no podía evitar que la posibilidad de estar embarazada pasara por mi mente y me encogiese el corazón de angustia. No me sentía capaz de tener un hijo en aquellas circunstancias, y mucho menos sin un padre. Tampoco me atreví a comentarle a nadie sobre el tema porque me sentía terriblemente avergonzada. Además, podrían ser paranoias mías, no quería darle más dolores de cabeza a otra persona, no tenía pruebas contundentes más allá del leve retraso de mi menstruación. Por el momento, tenía temas más urgentes de los que ocuparme, y tampoco es que pudiera hacer nada al respecto, si resultaba que estaba encinta de Sesshomaru.
La sola mención de su nombre me llenaba de pesar. Con el paso de los días, parecía dolerme cada vez más su ausencia, en cada silencio, en cualquier momento en el que me quedaba a solas con mi cabeza. Aún tenía la esperanza de verlo aparecer a lo lejos cualquier día, en mi busca. Aquella débil ilusión era lo único que me animaba a levantarme todos los días, forzando una sonrisa.
Mis heridas habían terminado de secarse y estaban comenzando a cicatrizar. Por otro lado, mis músculos se habían liberado de la rigidez y estaba recuperando mi agilidad habitual. El tiempo iba haciendo su efecto en todos los aspectos.
Aquel mediodía Kaede me había mandado al río a llenar un buen balde de agua para la cena de esa noche. Me dirigí hasta la orilla diligentemente. Llené el recipiente todo lo que pude y lo cargué de vuelta, tratando de no derramarlo todo por el camino, aunque me resultaba difícil manipular un objeto tan pesado por mí misma. Cuando estaba a punto de llegar a la aldea, sentí cómo unas manos se ayudaban a cargar el peso.
- Una señorita como usted no debería cargar algo tan pesado por sí sola, ¿no cree?
Aquella voz me era conocida. La persona que me había ayudado vestía hábitos de monje y llevaba un sombrero de paja en la cabeza.
- ¡Miroku! Eres tú, ¿verdad?
Él me guiñó un ojo mientras sonreía.
- Me agradaba que me recuerdes, Rin. No esperaba verte por aquí. – Comenzó a sondearme sin dar más rodeos.
Por detrás del monje se acercaba algo planeando en el aire. La figura parecía la de una bestia de gran tamaño. Solté de inmediato el balde que sostenía en las manos mientras daba un paso atrás, petrificada ante aquella visión. El monje no pudo sujetar el barreño en el aire para impedir que se derramase toda el agua a tiempo. Mientras tanto, yo no podía dejar de mirar aquellos colmillos gigantes y los ojos rojos que parecían atravesar mi alma, con los pies clavados al suelo.
El monstruo tomó tierra a unos metros de nosotros, y pude ver como dos jinetes descendían del lomo del animal. Se trataban de una mujer y un muchacho. Había un aire familiar en la chica, quien llevaba puesta una máscara metálica que cubría la mitad inferior de su rostro, y emitía un aura más diabólica que ningún otro demonio que hubiese visto antes.
- Monje… ¿Se puede saber qué hacer flirteando con…? – Su oscura aura se disipó al mirarme .- ¿Eh? – La mujer me observó con los ojos muy abiertos, y se retiró del rostro el objeto que cubría su nariz y boca. - ¿Eres tú, Rin?
Se trataba de Sango, la bella mujer que había conocido el día que me escapé del castillo. Miroku retrocedió, temiendo cómo se acercaba hacia nosotros. El monje comenzó a balbucear una excusa tras otra de forma casi ininteligible, aunque nadie le estaba prestando atención en ese momento.
No pude evitar sorprenderme ante la coincidencia de encontrarme a la vez a dos personas que había conocido por separado. Entonces, si la cazadora de demonios estaba allí, la bestia que se erigía tras ella debía ser…
La terrorífica criatura fue envuelta por un halo de llamas y redujo su tamaño hasta el de un gato doméstico. Sin lugar a dudas, se trataba de Kirara. ¿Cómo podía haberme asustado tanto como para no darme cuenta? Me sentí profundamente avergonzada de mi exacerbada reacción.
- ¡S-S-Sa-Sango! – Tartamudeé, en respuesta. – Qué agradable sorpresa encontrarla a usted también. – Tenía que recomponerme, no quería tener que hablar sobre mi terror a las criaturas con colmillos y ojos rojos. – No sabía que ustedes eran conocidos… - Comenté mientras observaba a la cazadora de demonios junto al monje.
- Estamos prometidos. – Admitió la mujer con rubor adornando sus mejillas.
Miroku, visiblemente más calmado, posó su mano sobre el hombro de la mujer mientras me delicada una cálida sonrisa.
- Se cumplieron los buenos deseos que tenías para mí. – Dijo mirándome con una expresión solemne. – He encontrado a alguien que me ama de verdad.
No pensé que fuera a recordar nada de lo que le dije. Sango le lanzó una mirada asesina.
- No olvide que lo reconsideraré si le veo cortejando a otras mujeres. – Amenazó con los ojos reducidos a dos delgadas líneas acusatorias.
- ¡C-como estaba explicando, sólo estaba saludando a Rin! ¡Jamás he tenido ninguna intención de nada más con ella!
A pesar de su discusión, me alegraba sinceramente verlos juntos, de aquella manera. Como una pareja.
- Felicidades a los dos por su compromiso. – Les dije, tratando de ocultar mi tristeza por el fracaso de mi propio matrimonio.
Dolía admitirlo, pero nadie se alegró jamás por mi unión con el Señor Sesshomaru. ¿Habría sido esa ausencia de bendiciones la que había provocado que todo acabase tan irremediablemente mal? ¿O simplemente era inevitable porque se trataba de un demonio?
- Deberíais aprender a llevaros un poco mejor antes de dar otro paso, ¿no? – Comentó tímidamente un muchacho que se acercaba a nosotros.
Se trataba del otro jinete que había descendido de Kirara junto con Sango. No le había prestado ninguna atención debido a la conmoción de la situación. Era un joven esbelto, que lucía de mi edad aproximadamente, y llevaba puesta una armadura idéntica a la de Sango, con placas protectoras de color amarillo en lugar de rosa.
- Tienes razón, Kohaku. –Le concedió con seguridad el monje. – Para asegurar la estabilidad y durabilidad de una pareja, es importante aprender a no discutir por este tipo de trivialidades…
Su prometida no estaba nada de acuerdo.
- Más bien, tú tendrías que trabajar en no darme motivos para desconfiar de ti.
La pareja comenzó una discusión sobre los hábitos pasados del monje Miroku, quien había sido un mujeriego de campeonato. La verdad es que no comprendía gran parte de lo que estaban hablando, pero sí alcancé a entender por qué Sango estaba tan molesta. El joven cazador de demonios dio un suspiro y dejó a un lado a aquellos dos, ignorándolos. Se dirigió hacia mí discretamente:
- Discúlpalos, aún tienen asuntos que resolver como pareja…
- Ya veo. – Musité, cohibida ante el escenario que estaba presenciando.
El chico notó el balde vacío en el suelo y lo recogió por mí. Debía de haber presenciado todo lo que había ocurrido desde el aire.
- Te ayudaré a llenarlo de nuevo, si quieres. – Se ofreció. – Así le damos espacio a estos dos para que arreglen sus diferencias.
- E-está bien, gracias por tu ayuda… -Asentí, algo apurada, aunque deseosa de alejarme de la acalorada discusión prematrimonial.
Probablemente era lo mejor para todos, ya que no aportábamos absolutamente nada en su conversación, por lo que nos alejamos de allí sin decir nada más. Mientras guiaba a Kohaku hasta el río, sentí cómo Kirara me pisaba los talones, olfateándome con la misma insistencia que la otra vez. Parecía que me recordase de nuestro último encuentro.
- Por cierto, creo que no me he presentado debidamente contigo… - Comenzó a hablar el joven, algo nervioso. – Mi nombre es Kohaku, y soy el hermano menor de Sango.
Me fijé en las adorables pecas que adornaban su rostro, le hacían verse más aniñado de lo que debía ser.
- Mi nombre es Rin, encantada de conocerte. – Le respondí, algo avergonzada por no haberme presentado debido al estado de conmoción en el que me encontraba con la aparición de Kirara.
Llegamos a la orilla del río, donde traté de tomar el recipiente de vuelta, pero Kohaku insistió en llenar y cargar el barreño por sí sólo.
- Me siento responsable por hacerte repetir tus tareas, lo menos que puedo hacer es ahorrarte las molestias. – Se justificaba, apurado por la situación.
- De verdad que está bien, no tienes que preocuparte… - Me sabía mal que estuviera siendo tan amable conmigo sin conocerme de nada.
Ambos nos quedamos paralizados al escuchar un repentino gruñido por parte de Kirara. Me estaba mirando fijamente, en posición de alerta. Retrocedí, sobresaltada.
- Kirara, ¿qué te ocurre? – Kohaku parecía sorprendido por el comportamiento del pequeño demonio. - ¿Por qué te pones a la defensiva? Rin es una amiga.
Yo solo podía temblar de pies a cabeza, rogando en silencio porque no se transformarse de nuevo en una criatura gigante. Kohaku me observó y me habló en un tono de voz suave, cuidadosamente.
- ¿Has estado en contacto con algún demonio recientemente?
Asentí con la cabeza, incapaz de poner en pie ninguna frase coherente. El chico acarició el lomo de la criatura con suavidad.
- Cálmate, Kirara, ella no es una enemiga. No es su aura eso que percibes, no se trata de un demonio ocultándose tras una apariencia humanas. – Ante las lentas palabras y caricias del joven, Kirara se fue relajando hasta comenzar a lamerse una para con despreocupación. Entonces, él siguió hablando con tono calmado. – Siento mucho el sobresalto, Rin. Es posible que Kirara se haya sentido amenazada, pero no es tu culpa. No te hará daño, lo prometo.
Parecía que el aura maligna de Sesshomaru era muy evidente para todos los demonios, no únicamente Inuyasha. Me pregunté cuán peligroso podría llegar a volverse, si es que podía favorecer el ser atacada por otras criaturas de la noche. Se volvía imperativo hacer algo al respecto.
En un silencio un poco tenso, dejé que Kohaku me acompañara hasta la cabaña de Kaede, escoltados por Kirara, que se mantenía cauta a todos mis movimientos. Le agradecí una vez más su ayuda y se excusó diciendo que iba a buscar a Miroku y su hermana. Al parecer, también eran conocidos de Inuyasha y Kagome. No pude evitar pensar en lo pequeño que era el mundo a veces. Le di ánimos para soportar aquella reunión de parejas que solían discutir acaloradamente. Él me sonrió tímidamente, diciendo que esperaba poder volver a verme pronto.
Comprobé con alivio que la anciana no se encontraba en casa al entrar, seguramente habría salido a atender a algún paciente. Tras depositar el barreño cargado de agua cerca de la entrada, me dejé caer sobre el tatami, perdida en mis pensamientos, observando la Tenseiga, abandonada en un rincón de la habitación. No importaba cuánto tratase de distraerme, mis labores no me ocupaban la mente lo suficiente como para no pensar en él día a día.
Sobre todo, sentía que me derrumbaba en los breves lapsos de tiempo que tenía para dedicarme a mí misma. Por ejemplo, cuando iba a bañarme, sentía con más claridad las cicatrices en mi espalda. Su textura bajo mis dedos volvía los recuerdos y el dolor demasiado reales, como si fuera transportada de nuevo a aquella noche de pesadilla.
Muchas personas habían perdida su vida en un abrir y cerrar de ojos. Mi mente ya había borrado sus rostros para minimizar el trauma, pero no podía olvidar del todo que los había conocido. Yo seguía respirando, aunque sentía cómo me marchitaba lentamente con el pasar de los días. La espera se estaba haciendo muy larga, Señor Sesshomaru. ¿Cuánto más me iba a hacer esperar para venir a por mí? Iba a hacerlo, ¿verdad?
La anciana Kaede trató de invitarme a cenar bajo las estrellas con Kagome y compañía, pero insistí en que no tenía hambre y prefería estar sola, al menos aquella noche. Necesitaba pasar tiempo con mis oscuros pensamientos. Tenía que buscar alguna manera de salir de aquella espiral de miseria por mí misma, ya que seguir evitándola con la compañía de otras personas sólo parecía agrandar la herida para los momentos que me quedaba a solas con mis pensamientos.
Sin embargo, apenas podía soportar mis intensas mis emociones, pisoteada por el abandono, agotada como una muñeca de trapo sin vida… ¿Acaso quería seguir arrastrándome de aquella manera por el resto de mis días? ¿Sólo se calmaría esa opresión en el pecho cuando volviera ver al hombre que me había robado el corazón?
En la quietud de la noche, llegó a mis oídos una tenue reverberación. Me incorporé con cautela. No sabía si mi mente me estaría jugando alguna mala pasada, pero podría jurar que había escuchado un rugido. Había sonado muy, muy lejano, pero me resultaba terriblemente familiar. Mi pulso se aceleró, sintiendo cómo mi corazón ascendía hasta mi garganta.
Si existía la posibilidad de que se tratase del Señor Sesshomaru, aunque fuera en su aterrador estado de bestia, no podía quedarme sin comprobarlo. Me puse en pie, como impulsada por un resorte, y me asomé con cautela a la entrada de la vivienda. El pueblo dormía y no veía a nadie por las calles, debían de ser altas horas de la noche. Me calcé rápidamente y salí disparada de allí, en dirección al bosque. No tenía ni idea de por dónde comenzar a buscar, pero no podía quedarme quieta. Él podría estar allí fuera. Esperando por mí, quizás. Llamándome.
Temía en la misma media que anhelaba encontrarme sus ojos del color de la sangre, acechándome en la oscuridad.
Casi sin aliento, vislumbré una luz blanquecina entre los árboles. No podía tratarse de un fuego prendido por un ser humano. Seguí la luz, atraída como una polilla, luchando por no tropezarme con la maleza. Avancé con cautela, temiendo lo que pudiera encontrarme en las profundidades del bosque, con el pulso tan acelerado que sentía que cualquier depredador podría escuchar mis latidos desbocados.
La luz me llevó hasta un enorme árbol, rodeado de espíritus blancos que cargaban unas misteriosas esferas de energía. Revoloteaban por el aire hasta dejar caer lo que transportaban sobre la mujer más hermosa que había visto en mi vida, quien se encontraba sentada sobre una rama, vestida con un impecable atuendo de sacerdotisa. Tenía el cabello de color azabache como la noche, lacio y tan largo que podría vestirse únicamente con su melena. Sus ojos desprendían un aire de tristeza mientras me observaba. No parecía sorprendida ni molesta por mi inesperada aparición.
- ¿Qué hace una jovencita como tú en el bosque a estas horas? ¿Te has perdido?
Su voz era angelical a la par que delataba una soledad indescriptible.
- Estaba… buscando a alguien. – Me sentía incapaz de ocultarle la verdad a aquellos misteriosos y profundos ojos negros.
- ¿En mitad de la noche? – Me escrutó con severidad. - ¿Se trata de un hombre?
Era como si pudiera leer mi corazón con sólo verme parada frente a ella.
- ¿Le has visto por aquí?
La sacerdotisa me mostró una sonrisa amarga.
- Ningún ser humano en su sano juicio deambularía por un lugar tan tenebroso a estas horas de la noche, querida.
No me importaba si sus palabras sugerían que estaba loca. Además, ¿no era acaso ella también una humana?
- Estoy buscando a un demonio. – Confesé, decidida a interrogarla. – Tiene el cabello plateado y los ojos dorados.
El gesto de la sacerdotisa se torció en una mirada de rencor.
- ¿Estás hablando de Inuyasha? – Preguntó cautelosa.
Negué rápidamente con la cabeza.
- Busco a su hermano, el Señor Sesshomaru.
La mujer pareció aliviarse de que no me estuviera refiriendo al medio demonio. Meditó unos instantes antes de volver a dirigirme a mí:
- Si no quieres acabar con el corazón roto, te recomiendo que no te involucres con hombres que nunca podrás alcanzar. – Me aconsejó, mirándome con lástima. – Los demonios son criaturas misteriosas, etéreas… Nunca podrás comprender sus intenciones o anhelos completamente.
Un fugaz pensamiento cruzó mi mente mientras escuchaba su discurso. Sonaba como una víctima de un desengaño amoroso.
- ¿Es usted el primer amor de Inuyasha?
Se mostró sorprendida por mi perspicacia, y asintió sin vacilar, aunque no parecía dispuesta a dar más detalles al respecto. En ese momento, pude empatizar con las inseguridades de Kagome, si se comparaba constantemente con aquella mujer… Su aura celestial hacía que pareciese provenir de otro mundo, como una diosa sagrada. Lo que no alcanzaba a entender era cómo alguien con un temperamento sereno como el de una erudita, podría haber encontrado algún encanto en el mal carácter del medio demonio.
- Señorita… - Me dirigí a ella de aquella manera, pues no sabía su nombre. - Agradezco infinitamente su consejo, pero realmente necesito hablar con el Señor Sesshomaru. ¿Puede decirme si lo ha visto esta noche por aquí? Tiene unas marcas de color púrpura en las mejillas y una media luna en la frente.
El semblante de Kikyo se endureció. Era incapaz de descifrar si había visto a quien yo buscaba o no.
- ¿De veras crees que alguien que te cause tal tristeza en el alma merece una sola palabra de tu parte, jovencita? Harías mejor en olvidarte de él.
No sabía si mis expresiones eran transparentes como el cristal, o si efectivamente ella tenía poderes para leer mi mente, pero me sentía completamente desnuda. No podía ocultarle el sufrimiento de mi corazón.
- No es cuestión de merecer o no. Tengo muchas preguntas. Necesito saber por qué me dejó atrás sin ningún tipo de explicación. – No había sido intención hablar de más, pero necesitaba desesperadamente que me ayudase a encontrarlo, si estaba en su mano. – Necesito saber si aún me ama, o jamás seré capaz de dejar de pensar en él…
La sacerdotisa finalmente fue conmovida por mis palabras. Murmuró con dulzura:
- Qué cruel es el destino de algunas mujeres, viviendo enamorada de un hombre así…
Ambas fuimos sobresaltadas en ese momento por un ruido entre la maleza. De aquella dirección emergió, ataviado con su característico kimono de color rojo, el medio demonio que tenía por nombre Inuyasha.
- ¡Kikyo…! – Llamó a la mujer. - ¿Qué haces aquí con Rin…? – La observaba con una mezcla de adoración y cautela.
La sacerdotisa palideció con la llegaba de su pasado amante. Podía notar en su mirada que aún tenía sentimientos muy profundos por él, y que debían de hacerla sufrir en soledad.
- No estaba tratando de robar su alma, si es lo que te preocupa. – Respondió con serenidad. – Es ella quien ha venido a mí. – Se excusó, decepcionada ante el injusto interrogatorio al que estaba siendo sometida. – Será mejor que te la lleves de vuelta a la aldea, Inuyasha.
Los ojos del joven parecían brillar con el deseo de poder seguir disfrutando de la presencia de la sacerdotisa. Sin embargo, era consciente de que eso no sería sensato, por lo que se acercó a mi para tomarme del brazo con brusquedad.
- Vámonos. – Dijo, con tono seco.
Los dos evitaban el contacto visual directo, con las miradas gachas. No quería causarles más problemas, por lo que accedí a acompañar al medio demonio, aunque me mortificaba la incógnita de si Kikyo realmente había visto a Sesshomaru por los alrededores. Esa posibilidad ardía en mi pecho como una vela consumiéndose poco a poco.
Caminaba al lado del medio demonio a través del bosque de forma nostálgica para mí. Por primera vez desde que lo conocía, Inuyasha permanecía en silencio absoluto, absorto en sus pensamientos, recordándome ligeramente a su hermano mayor. En el caso de Sesshomaru, su silencio era tranquilizador y reconfortante, ya que formaba parte de su personalidad; pero no pude evitar sentirme responsable por el estado de ánimo decaído del chico con orejas de perro, ya que no era nada propio de él.
- Siento que hayas tenido que venir a buscarme a altas horas de la noche, Inuyasha. – Musité, para no sobresaltarlo al sacarlo del hilo de sus pensamientos. – Deberías estar descansando.
El chico me miró con dureza, molesto por mi mera presencia, seguramente. Era más que evidente que no le agradaba.
- No importa, no puedo dormir de todas formas. - ¿Eso era un atisbo de sinceridad, por primera vez?
Tomé sus palabras como una invitación para tener una conversación más personal con él.
- ¿Qué te impide conciliar el sueño?
Inuyasha se veía abatido, por lo que no tenía fuerzas para ser grosero como de costumbre.
- Kagome y yo tomamos turnos de guardia cada noche desde que llegaste aquí. – Me explicó. – Tememos que la aldea sea atacada por demonios que sean atraídos por tu potente olor a demonio.
Se me cayó el corazón al suelo. No tenía ni idea de la cantidad de problemas que les estaba causando.
- Yo… - Murmuré. – Lamento mi ignorancia, no sabía que esa era la situación. – Me sentía totalmente helada ante su confesión, como si me hubiese caído un cubo de agua encima. – Me marcharé de la aldea, entonces. No quiero ser un problema más. – Sólo quería recoger la Tenseiga, y no quedaría nada que me atase a aquel lugar.
Una vez más, sentía que estaba maldita, no podía encontrar un lugar al que no me persiguiera la muerte y el peligro. Inuyasha me miró directamente a los ojos con sus orbes dorados. A pesar de su actitud directa, aquella mirada no era tan fiera como de costumbre.
- Bueno, puedes aprender a defenderte por ti misma o investigar cómo hacer desaparecer ese olor, si quieres ayudar. No podemos permitirnos perder más tiempo en la aldea.
No podía creer que no me hubiera recriminado que siguiera causando molestias con mi presencia. No era tan mal tipo como recordaba.
- Me encantaría poder ayudar. – Declaré, motivada por sus buenas intenciones. – Pero creo que necesitaría que me hablar más sobre esa aura demoníaca que dices, y cómo funciona.
El medio demonio suspiró con pesadez.
- Explicaciones, qué fastidio… - Rezongó, recuperando su actitud habitual. – Voy a decirte lo que sé al respecto, aunque te advierto que tampoco es mucho. A fin de cuentas, he sido criado entre humanos, y no termino de entender los rituales de mi propia especie.
Esa última declaración me pilló por sorpresa. Fui incapaz de contener mi curiosidad.
- ¿Su padre no le explicó nada?
- Nunca le conocí. – Admitió, con ligero pesar. – Mi madre me contó que murió protegiéndonos el día que yo nací.
Debía haberse sentido muy solo sin un padre. ¿Nunca hubo nadie que pudiera explicarle sobre su propia naturaleza? Sesshomaru parecía el único candidato disponible, pero dada la relación que tenían los hermanos, dudaba que aquello hubiera podido tener lugar.
- Lo siento por eso.
- Eso no es relevante ahora, vamos a centrarnos en lo importante. – Admiré la poderosa fuerza de voluntad y la férrea fachada con la que Inuyasha se armaba para seguir adelante. – Desconozco el motivo o el medio por el que lo ha hecho, pero el resultado es que tu esencia está fuertemente impregnada y mezclada con la de ese desgraciado. Más allá de que a mí me resulte extremadamente desagradable, este hecho supone varios problemas.
Sentía que tenía que haber tomado alguna herramienta para tomar apuntes.
- ¿Cómo cuáles? – Le insté a seguir.
- Todo el problema parte de la misma raíz: eres una simple humana que emite un poderoso olor a demonio, y nada menos que el del heredero del Señor del Oeste.
- ¿El Señor del Oeste? – No pude evitar interrumpirle.
Tenía que concederle a Inuyasha que se estaba esforzando notablemente por no exasperarse.
- Nuestro padre, conocido como Inu no Taisho, fue un poderoso y temido demonio. Según decía mi madre, reinaba sobre las tierras del oeste. Y por razones más que obvias, Sesshomaru es el legítimo heredero de ese reino. – Asentí, haciéndole saber que estaba siguiendo su explicación. – Como comprenderás, un título tan llamativo puede resultar problemático. En lo que te respecta a ti, puede provocar dos reacciones básicas en cualquier demonio.
Hizo una pausa para sentarse sobre una piedra cubierta de moho y proseguir con su explicación. Podía vislumbrar la aldea no muy lejos allí, estábamos a punto de abandonar el bosque.
- Por un lado, lo más normal es que los demonios que reconozcan un aura tan poderosa te teman, y por ello se alejen de ti para no buscarse problemas. Aunque también existe la posibilidad de que traten de atacarte si se sienten amenazados. – La imagen de Kirara erizándose ante mi presencia tras olfatearme acudió a mi mente de inmediato. – Por otro lado, existen demonios poderosos que ansían poder, o que guardan algún tipo de rencor contra Inu no Taisho. Y por supuesto, en estos casos ninguno perderá la oportunidad de obtener prestigio o vengarse, acabando con la preciada propiedad del Señor del Oeste.
- ¿Propiedad? – Pregunté confundida.
Su expresión demostraba que no estaba acostumbrado a tener que dar tantas explicaciones sobre detalles que parecían obvios para él.
- El olor de la marca… Es distinto al aura de un demonio real. Se puede reconocer al autor de la misma, pero sabrán que no te trata de Sesshomaru en persona. Sin embargo, pueden creer que tienen una oportunidad de que éste se aparezca para poder enfrentarse a él si ponen en peligro tu vida. Incluso podrían tratar de secuestrarte para atraerlo y forzarlo a pelear. Ése el peligro que más nos preocupa, es posible que se cobren muchas más vidas en ese proceso.
No podía expresar con palabras lo agradecida que estaba por su aclaración. Todo hubiera sido mucho más sencillo de digerir y gestionar si me lo hubiera informado desde un principio. Sin embargo, debido a su buena disposición de aquella noche, decidí no reprochárselo. Contuve el impulso de dar palmaditas sobre su cabeza mientras le decía "buen chico".
- Comprendo… Porque crees que Sesshomaru no acudirá en mi ayuda, ¿verdad? – Expresé con amargura. – Es por eso que mi vida y toda la aldea correría peligro.
- No estoy seguro. – Admitió. – Lo cierto es que no hemos visto ningún demonio atacar la aldea en todas las noches que llevamos montando guardia, lo cual me resulta extraño.
Mis ojos se iluminaron con aquella información.
- ¿Quiere decir que es posible que el Señor Sesshomaru de esté ocupando de ellos? – Y, por ende, no debía de andar lejos.
- Es difícil asegurarlo. – Comentó, algo molesto. – Ese desgraciado siempre ha sido muy bueno ocultando su presencia, y tu peste constante tampoco ayuda a distinguirlo con claridad, es un aura muy parecida.
Millones de pensamientos cruzaban mi mente a toda velocidad. Era mucha información que procesar, pero por fin podía comenzar a trabajar en algún tipo de solución.
- ¿Puedo pedirte un favor, Inuyasha?
Su paciencia se estaba agotando. Se puso en pie con un quejido de exasperación y me mostró su dedo índice.
- Es la última pregunta que te permito, y nos volvemos a la aldea. Kagome está esperando.
Me enterneció que estuviese preocupado porque su compañera pudiera disfrutar de algunas horas más de sueño. No tenía ni idea de cuál era la situación con Kikyo, pero sin duda, Kagome y el medio demonio formaban un dúo encantador.
- Antes que nada, necesito contrastar una teoría que tengo. Bañarme no ayuda a disipar el aura demoníaca, ¿verdad?
- En absoluto. – Respondió, volteándose para reanudar la marcha hacia la aldea. – El agua es inodora.
Di varias zancadas con torpeza, para que no me dejase atrás. Mi mente estaba trabajando frenéticamente, mientras trataba de darle forma a alguna idea coherente.
- Entonces, - Comencé a hablar, una vez hube encajado todas las piezas en mi cabeza. - si consigo fabricar algún tipo de perfume, ¿podrías ayudarme a medir su eficacia? Con tu olfato, podrías aconsejarme según qué tipo de fragancias lo ocultan mejor, hasta que desaparezca por completo. De esa manera, Kagome y tú ya no tendríais que permanecer en la aldea, protegiendo a todos.
Sus orejas de perro se movieron ligeramente. Se volvió para mirarme con una sonrisa de lado.
- No suena como una mala idea. -Su expresión era triunfal. - Te ayudaré.
Inuyasha no era tan mezquino como aparentaba. Después de todo, era mitad humano.
