- Rin, termínate toda la comida. – Me indicó la anciana.
- No puedo comer más, de verdad, abuela Kaede…
- Tienes que recuperar fuerzas para acabar con ese resfriado, pequeña. Apenas has probado bocado.
La noche del festival me había quedado hasta bastante tarde hablando con Kohaku. Después de que él se sincerase conmigo, decidí ser justa y compartirle mi situación también, aunque fueran solo algunas pinceladas superficiales. Ensimismados en nuestras confesiones, terminamos perdiendo tanto la noción del tiempo que no nos dimos cuenta de que se acercaban nubes de tormenta, por lo que acabamos empapados.
No sabía cómo se encontraría él, pero yo me había resfriado y llevaba todo el día metida en el futón, con la frente ardiendo por la fiebre.
- Me da miedo vomitarlo todo de nuevo, como esta mañana… - Le admití a la sacerdotisa.
- Comprendo que eso te preocupe, pero tienes que comer al menos esta pequeña cantidad, ¿de acuerdo? Tienes toda la noche, hazlo poco a poco.
El festival seguía en marcha y la presencia de la sacerdotisa era necesaria para ciertos rituales sagrados. De todas formas, aquella mujer no podía hacer nada más por mí, por lo que no quería que tuviera reparos en dejarme sola.
- Espero que vaya todo bien en el festival, abuela Kaede. – Le deseé, tumbaba desde el lecho.
- Irá bien, pequeña, tú descansa, ¿de acuerdo?
Asentí y la despedí con una sonrisa. Aún me quedaba medio tazón de arroz y tres tiras de pescado, pero no me sentía capaz de probar bocado por el momento. Cerré los ojos para disipar las náuseas que me provocaba la visión de comida. Decidí que sería mejor descansar un poco antes de intentar comer algo.
Me sentía casi sin fuerzas, por lo que no me costó quedarme dormida. Aún así, no fue un sueño apacible. Tuve pesadillas inconexas, repletas de sangre, demonios y lágrimas. Debía de estar subiéndome la fiebre. El calor que sentía era asfixiante, quería despertar, pero no sabía cómo hacerlo. Sentía una creciente opresión en el pecho de la que no podía liberarme. No era capaz de conectar con mi cuerpo para obligarme a abrir los ojos…
Hasta que sentí el roce de una mano sobre mi mejilla. Su temperatura era templada, en comparación con mi ardiente rostro. Comencé a abrir los ojos pesadamente. Alcancé a vislumbrar una cascada de color plateado y unos ojos de color ámbar refulgiendo en la oscuridad de la habitación.
¿Acaso se trataba de Inuyasha? ¿Por qué iba a venir a verme? ¿Le había avisado la anciana Kaede de que estaba enferma?
Había algo en el tierno roce de aquellos dedos que se sentía tranquilizadoramente familiar. La oscura figura se puso en pie al darse cuenta de que me había despertado. Vislumbré unas franjas de color púrpura sobre su pálida muñeca, cuando retiró el tacto de mi rostro. Mientras se daba la vuelta para marcharse, logré reunir suficientes fuerzas para abalanzarme desesperadamente sobre el flanco izquierdo de aquella persona, bloqueando la salida. Todo lo que pude agarrar fue la manga vacía de un kimono blanco. Le faltaba un brazo.
- Señor Sesshomaru… - Jadeé, fatigada por la fiebre. – Es usted, ¿verdad?
Aquella imponente figura se volteó ligeramente para observarme. Las proporciones de su cuerpo se me antojaban más grandes de lo que yo recordaba, parecía más alto y corpulento. Su mirada felina se clavó en mí.
- Suéltame, Rin. – Ordenó, frío como el hielo.
Era su voz, definitivamente se trataba de él. Mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad, permitiéndome distinguir su semblante, imperturbable. Me agarré con más fuerza a su kimono, mientras seguía de rodillas en el suelo. No era capaz de ponerme en pie. Quizás por eso me parecía enorme, en comparación conmigo.
- Pero… h-ha venido a buscarme, ¿verdad? – Inquirí, al borde del llanto.
Por fin tenía a Sesshomaru frente a mí, después de tantos días anhelando aquel reencuentro… ¿y se iba a marchar sin más? ¿Otra vez?
- No. – Respondió, severo. – Es mejor que te quedes entre los humanos. Después de todo, se trata del lugar al que perteneces.
Aquellas declaraciones se clavaron en mi pecho como una puñalada.
- Mi corazón sólo le pertenece a usted, Señor Sesshomaru. Permítame estar a su lado, se lo ruego. – Sollocé, suplicante.
Sesshomaru se giró para mirarme de frente y se agachó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. Me sentí hipnotizada por sus delicadas facciones. Nunca había podido olvidar su rostro, pero había perdido inmunidad ante su abrumadora presencia. Lo observaba casi sin pestañear. No se trataba otra pesadilla provocada por la fiebre, ¿verdad?
- No es cuestión de lo que yo desee o no. – Murmuró. – Se trata de cómo deben ser las cosas.
Después de aquel preciado tiempo que habíamos pasado juntos, ¿realmente se atrevía a decir que no debería haber ocurrido?
- ¡Pero yo no quiero separarme de usted! ¡Nunca he querido! – Le repliqué, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.
El demonio posó su enorme mano sobre las mías. Solté su kimono, sorprendida por el delicado roce. Nada de lo que hacía encajaba con sus palabras. ¿Quería alejarse de mí o tenía las mismas ganas de verme que yo a él?
- Yo no siento el mismo tipo de apego, siendo un demonio. – Se puso en pie mientras yo me dejaba caer sobre mi trasero, exhausta. – Por eso, es mejor que te cases con algún humano que te mire con la misma adoración con la que te observaba ese muchacho con el que estabas ayer. Serás más feliz de esa manera. – Declaró con un tono de voz completamente neutral y carente de emoción.
Me molestaba que estuviera decidiendo la forma que en la debía obtener mi felicidad. Además, sus palabras delataban que me había estado observando con Kohaku la noche anterior. La mirada que había notado en ocasiones cuando me quedaba sola debía de haberse tratado de él, sin lugar a dudas.
En resumidas cuentas, Sesshomaru nunca se había alejado demasiado de donde yo estaba, atento a mis movimientos, ¿y ahora pretendía que me creyese que no le importaba que nos separásemos, y que era lo mejor? Podía ser bueno ocultando sus emociones en su expresión facial, pero se trataba de un pésimo mentiroso.
- ¡Nada de lo que está diciendo tiene sentido, Señor Sesshomaru! – Le espeté, tratando de ponerme en pie.
Me dio la espalda, ignorando mis esfuerzos.
- Adiós, Rin.
Fue envuelto por un halo de luz y desapareció por la ventana. Se empeñaba en aparentar que no le importaba en absoluto, pero el mero hecho de su presencia mientras yo estaba enferma apuntaba a todo lo contrario. No pensaba volver a dejarlo marchar sin hablar las cosas esta vez.
Saqué fuerzas de alguna fuente de energía desconocida, y salí de la casa, echando a correr en dirección al bosque. Sabía que su escondite no podía estar muy alejado.
- ¡Señor Sesshomaru! – Le llamé, en mitad de la noche. - ¡Sé que está ahí, no se esconda! ¡Tenemos que hablar, Señor Sess…!
Sentí un mareo que me obligó a detenerse en seco. Las náuseas ascendieron por mi garganta a toda velocidad como la pólvora. Me recogí cabello con las manos y me agaché para dejar salir la poca comida que albergaba mi estómago. Odiaba aquella sensación tan desagradable. Me temblaba el cuerpo.
- ¿Qué diablos estás haciendo aquí en estas condiciones? – Me recriminó una voz femenina.
Era Kikyo. Colocó su mano sobre mi hombro, agachándose a mi lado.
- ¿H-Has visto… al Señor Sesshomaru? – Jadeé.
- ¿Cómo puedes preocuparte por ese idiota en tu estado? – La sacerdotisa me tendió un pañuelo. – Toma, límpiate un poco.
Pasé el pedazo de tela por mis labios y barbilla, retirando los desagradables restos.
- Tengo que hablar con él. – Insistí. – Le he visto salir huyendo en esta dirección.
Kikyo dejó escapar un prolongado suspiro.
- Nunca conseguirás alcanzar el paso de un demonio, por mucho que corras. – La bella mujer me ayudó a ponerme en pie, pasando sus brazos por debajo de mis hombros. No sentía ningún tipo de calidez proveniente de su cuerpo. – Por ahora, te voy a llevar de vuelta a la aldea.
- Señorita Kikyo… Necesito su ayuda para encontrarle, por favor… - Le rogué.
Frunció el ceño.
- Ven a buscarme cuando estés recuperada, y hablaremos. – Dijo con tono severo.
Me contenté con aquella concesión.
- Gracias. – Murmuré.
Anduvimos en silencio de vuelta hacia el poblado, y le señalé a la sacerdotisa la dirección de la casa en la que me estaba hospedando. Llegando a aldea, alcancé a escuchar una voz llamándome. Entonces nos cruzamos con la anciana Kaede, muerta de la preocupación. Se quedó pálida al vernos.
- K-Kikyo… - Tartamudeó la anciana.
¿Las dos sacerdotisas se conocían? Tenía sentido, dado que compartían profesión.
- Cuánto tiempo, Kaede. – Saludó la mujer más joven. – Me he encontrado a esta niña enferma en el bosque. ¿Se está quedando contigo?
¿Por qué era tan coloquial con aquella venerable anciana? Me pareció que empleaba un tono muy familiar con ella.
- A-así es… Esa chiquilla se encuentra a mi cargo. – Le dedicó una breve inclinación con la cabeza.
Desconocía los códigos y etiqueta de las sacerdotisas, pero me resultaba extraño que fuera la anciana quien hablase con mayor respeto a la joven. Kikyo se acercó hasta la anciana para que pudiera apoyarme en su hombro. Me sentía muy débil por la impulsiva carrera.
- La dejo a tu cuidado, entonces. – Dijo la hermosa mujer de cabello azabache.
La anciana le dedicó una sonrisa melancólica.
- Cuídate, hermana mayor.
¿Eran familia? ¿Cómo podía ser Kaede la hermana menor?
Kikyo se despidió con una leve inclinación de cabeza y me lanzó una mirada intensa antes de dirigirse de nuevo al bosque. La anciana sacerdotisa dejó escapar un suspiro.
- ¿A dónde fuiste a estas horas de la noche, Rin?
Temía que si le decía la verdad comenzaría a sobreprotegerme y limitar mis salidas, por lo que no me quedó más remedio que alterar ligeramente la realidad de lo que había ocurrido.
- Creo… - Murmuré. – Que la fiebre me hizo delirar, abuela… Me parecía haber visto al Señor Sesshomaru ingresar en el bosque. Lo seguí sin pensar…
Estaba segura de que la experiencia había sido completamente real, aunque pareciese sacada de un sueño. Él había venido a verme, y nadie podría convencerme de lo contrario. Kaede asintió tras escuchar mi testimonio.
- Comprendo… - La mujer comenzó a caminar de vuelta a la cabaña conmigo a su lado.
Aquella anciana nunca hacía preguntas personales, respectando mi intimidad. Sabía que estaría dispuesta a escucharme, si yo iniciaba la conversación, pero prefería mantener mi ambiente doméstico libre de conversaciones sobre mis complicados sentimientos.
- Anciana Kaede… ¿Kikyo es realmente su hermana mayor? ¿O es una forma de dirigiros entre sacerdotisas? – Le pregunté, desviando el tema de la conversación.
- Era mi hermana mayor, sí. – Respondió con amargura. – Murió hace más de 50 años…
- Pero… ella parecía estar… aquí. Respirando. – Si se tratase de un espíritu, no debería haber sido capaz de tocarme o ayudarme a levantarme, ¿verdad?
- Ese cuerpo tiene su alma, pero no es más que un recipiente hecho de barro, cenizas y hueso. No debería seguir vagando por este mundo con tanto dolor a sus espaldas…
Me costaba creer que aquella hermosa sacerdotisa estuviese muerta. Kaede no tenía razones para mentirme, pero, ¿cómo podría haber vuelto a la vida? La anciana se veía agotada, por lo que decidí no darle más dolores de cabeza, y volvimos al interior de la cabaña en silencio.
Al día siguiente, no fui capaz de levantarme de la cama. La fiebre no remitía, por lo que la anciana Kaede insistió en quedarse en casa a cuidar de mí. Me sentía mal por ella, no hacía más que cargarle trabajo. Esta vez me esforcé por seguir sus indicaciones al pie de la letra, tomándome las medicinas y raciones de comida que me servía. Las náuseas no volvieron a presentarse aquel día.
Mientras trataba de reposar en el lecho no dejaba de darle vueltas a la breve conversación que había mantenido con Sesshomaru. No se había tratado de reencuentro cálido que esperaba. Sin embargo, sabía que me había mentido porque sus palabras no encajaban con su forma de actuar. Él nunca había dejado de intentar acercarse a mí, por lo que seguramente lo que ocultaba bajo aquella máscara de hielo era que volvía a estar asustado de sí mismo. Aterrorizado de poder hacerme daño de nuevo. Parecía que había regresado al mismo punto que la primera noche que pasamos juntos: pronunciaba palabras duras con intención de alejarme sólo para no confrontar sus propios demonios, creyendo que así me mantendría a salvo.
Por desgracia, su buena intención no tenía más que efectos contraproducentes. Por lo tanto, tenía que hablar con él de todo lo que había pasado desde que desapareció de mi vida, y dejarlo claro que no era la forma en la que yo deseaba que se gestionasen las cosas. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ser capaz de sentarlo a tener una conversación conmigo.
- Buenas tardes, siento venir sin avisar. – Escuché una voz conocida proveniente de la entrada. – He escuchado que Rin no se encuentra bien.
- Buenas, Kohaku, puedes pasar, creo que no está dormida aún. – Respondió la anciana Kaede.
Abrí los ojos para observar al joven cazador de demonios acercarse a donde yo estaba tumbada.
- Hola, Kohaku, me alegro de ver que no te has resfriado tanto como yo. – Le saludé con una sonrisa.
El chico ocultaba sus brazos tras su espalda.
- Bueno, sí que me encontraba algo cansado ayer, pero hoy ya me he recuperado por completo. Me extrañaba no haberte visto hoy.
Tenía razón. Supuestamente, debía haber acudido al entrenamiento aquella madrugada. Era una desconsiderada con él.
- Lo siento, Kohaku. – Me disculpé en un susurro para que la sacerdotisa no me escuchase. – La abuela Kaede está cuidando mucho de mí, ya verás como me recupero pronto.
El chico, con las mejillas sonrojadas, me mostró sus manos, que habían permanecido ocultas hasta ese momento. Sostenía un abundante ramo de lavandas frescas. Reconocí su embriagador aroma en el aire, a pesar de tener las fosas nasales obstruidas por el resfriado.
- H-he oído que te gustan las flores y-y… Aunque no puedo hacer mucho por ayudarte, e-espero que te anime un poco.
Un breve flashback crucé por mi mente al escuchar sus palabras:
- "He oído que te gustan las flores. -Comentó mi esposo de imprevisto.
Alcé la vista hacia él, sin comprender a qué se refería. Me dejó caer suavemente sobre mis miembros inferiores para ponerme en pie, y retiró la frondosa vegetación frente a nosotros con su brazo, por la que se filtraban potentes rayos de luz. Apenas hubo abierto camino, me adentré de un salto para encontrarme un hermoso claro bañado por la luz, y cubierto por completo de hermosas flores."
Sentí mis mejillas humedecerse. Las lágrimas brotaron de mis ojos sin mi permiso. Tanto Kohaku como Kaede se mostraron preocupados.
- Estoy bien… - Dije, para no preocuparlos – Me emociona mucho que me hayas traído un detalle así, muchas gracias…
Acepté el regalo de Kohaku con la convicción de salir en busca del hombre al que amaba tan pronto como me hubiese recuperado. Además, tenía una conversación pendiente con Kikyo.
La paciencia rindió sus frutos, y un par de días más tarde, logré ponerme en pie de nuevo. En este intervalo, Kagome e Inuyasha habían regresado a la aldea. Parecían menos tensos entre ellos que cuando se marcharon, aunque seguían escupiendo veneno sobre el odiado Naraku.
Por mi parte, no había perdido tiempo en perfeccionar mi perfume con las flores que me había traído Kohaku. Tenían un olor poderoso, y si funcionaban, podría evitar encontronazos desagradables con algunos demonios cuando partiese. Había completado la nueva fórmula incorporando las lavandas como ingrediente principal y distribuyendo las esencias de otras flores silvestres en porcentajes diferentes a los que ya había probado. Sin embargo, necesitaba que mi compañero de investigación le diese el visto bueno…
- ¡Shippo! – Hablando del rey de Roma, ya estaba armando revuelo en la aldea. - ¡Ven para acá, que te voy a dar tu merecido, maldito niñato!
Me rocié el cuello y las muñecas con la nueva loción y salí en busca de Inuyasha. Seguí el rastro de los desastres que había estado causando en el poblado el medio demonio, hasta encontrarlo enrabietado mientras observaba la copa de un árbol, donde debía haberse ocultado el pequeño demonio zorro. Me acerqué al joven del cabello plateado y le toqué el hombro. Esperaba que Shippo aprovechado la distracción para salvarse de la ira del medio demonio, aunque comenzaba a pensar que sus bromas eran muy seguidas y pesadas.
Inuyasha dio un respingo ante mi contacto y me observó con los ojos abiertos como platos.
- ¿R-Rin? – Balbuceó, estupefacto. - ¿C-cuánto tiempo llevas detrás de mí?
No se había percatado de mi presencia. En absoluto.
- No mucho. – No quería perder tiempo, por lo que fui directa al grano. - He estado mejorando el perfume y quería preguntarte sobre su efectividad.
Él olfateó el aire con intensidad. Frustrado, se fue acercando a mí hasta casi enterrar el rostro en mi cuello. Su aliento me hacía cosquillas, por lo que di un paso hacia atrás para alejarme.
- ¿Y bien, Inuyasha? – Le pregunté, expectante.
- Esto es muy extraño. – Admitió el medio demonio, confundido. – No importa cuánto me acerque, sólo detecto olor a flores. No hay rastro de la marca, y ni siquiera de tu propio olor.
Me hubiera conformado con camuflar el olor del aura demoníaca de Sesshomaru, pero había creado una protección incluso más potente. Si lograba ocultarme, ningún demonio sería capaz de encontrarme para hacerme daño.
- ¡Entonces, el experimento ha sido un éxito! – Anuncié, orgullosa. - ¡Gracias, Inuyasha!
Los ojos ambarinos del medio demonio reflejaban una gran duda en ellos. No parecía contento, o convencido de haber hecho lo correcto.
Aquella noche insistí en hacer yo la cena. La anciana Kaede había cuidado de mí durante muchos días, por lo que lo mínimo que podía hacer era tratar de devolverle el favor. Invité a Kohaku, Shippo, Inuyasha y Kagome a que nos acompañasen en aquella velada.
- ¡Todo está delicioso! – Exclamó la joven del kimono extraño. – ¡Me recuerda a la comida de mi madre, es demasiado bueno!
Su halago se alegró infinitamente.
- No está nada mal. – Agregó Inuyasha, con la boca llena.
Verlos a todos allí reunidos, disfrutando de mi comida, me hizo sentir algo culpable. Esa misma noche iba a marcharme para buscar a Sesshomaru. No tenía ni idea de cuándo volvería a verlos, pero sabía que los iba a extrañar. Todos habían sido muy amables conmigo, y sabía que no era justo marcharme sin decir nada. Aunque también era consciente que no me dejarían partir en su busca si se lo decía, por lo que no podía despedirme de ellos.
Fue una noche animada, pero se estaba haciendo tarde, y Kaede los animó a marcharse para que pudiéramos recoger todo antes de irnos a dormir. Se negó a toda la ayuda que le ofrecieron. Cuando nos quedamos solas, la anciana se dirigió hacia mí:
- ¿Qué es lo que nubla tus pensamientos, Rin? - Me extrañó que ella me hiciera una pregunta tan directa. - Puede que no me hayas contado mucho, pero ya te conozco lo suficiente para saber que algo no va bien. Planeas marcharte, ¿verdad?
Kaede era demasiado perspicaz como para ser engañada. Es probable que hubiera decidido no meterse en mis asuntos hasta aquel momento, simplemente.
- Lo siento. – Musité, avergonzada por haber sido descubierta de aquella manera. - ¿Vas a intentar detenerme?
- ¿Habría alguna forma de convencerte de que te quedes, acaso?
Negué con la cabeza. La mujer exhaló un profundo suspiro.
- Tienes la misma mirada que mi hermana cuando seguía con vida, Rin. – Dijo la anciana. - Completamente cautivada por un demonio, incapaz de dejarlo marchar, aunque el raciocinio te diga que es mejor que sigáis caminos separados…
Sabía que el tema de su hermana era delicado. Traté de cuidar mis palabras.
- Abuela Kaede, sé que puedo sonar infantil, pero sé que lo mejor para mí es estar con el Señor Sesshomaru. Fue la primera persona en darme un hogar. Aunque usted se ha convertido en mi segunda madre y no sabría cómo agradecer por el tiempo que he pasado a su cuidado, mi corazón no sanará si no hablo con él. Espero que pueda entenderlo.
La anciana cerró su único ojo con solemnidad.
- Puedo comprenderlo perfectamente, Rin. Pero tengo miedo de que encuentres el mismo destino que Kikyo. – La observé en silencio, sin entender a qué se refería. – Mi hermana falleció prematuramente por tratar de amar a Inuyasha como una mujer normal. Ella era la sacerdotisa más poderosa, la protectora de la perla Shikon, y quería utilizar aquella joya sagrada para convertir a ese medio demonio en humano, para poder vivir con él pacíficamente por el resto de sus días. Sin embargo, Naraku no iba a permitir que la perla fuese empleada para ese propósito.
Conque ese Naraku también era el responsable de la muerte de Kikyo. Comenzaba a sentir un odio y rencor visceral cada vez que escuchaba hablar de él. Me acerqué a la anciana para abrazarla. Debía de extrañar mucho a su hermana, había perdido toda una vida a su lado por culpa de aquel monstruo.
- Entiendo y agradezco su preocupación por mí, anciana Kaede… Pero voy a ir preparada para protegerme y no estaré sola. Voy a reunirme con la señorita Kikyo, ella dijo que me ayudaría.
Kaede no podía ocultar la tristeza en su mirada.
- Si no puedo detenerte, ¿dejarás al menos que esta anciana te de provisiones para el viaje?
No merecía el amor ni la compasión de esa mujer con el corazón más bello que me había encontrado en mi vida.
Notas de la autora: Feliz domingo a tod s! Por fin ha habido reencuentro, aunque bastante amargo . Aviso de que se vienen cositas, la próxima semana subiré dos capítulos seguidos, espero que estéis pendiente de la actualición, tengo muchas ganas de leer vuestros comentarios!
PD: Por curiosidad, del 1 al 10, ¿cuántas ganas hay de darle una bofetada a Sesshomaru tras este capítulo? Yo, personalmente, creo que 10.000, mi pobre Rin no merece :(
