Sesshomaru y yo caminamos con las manos entrelazadas un rato más. Sus largas uñas acariciaban el dorso de mi mano generándome un agradable cosquilleo. Tenía ganas de iniciar una animada conversación con él, aunque no me decidía el tema sobre el que hablar, por lo que finalmente me dediqué a disfrutar de su compañía. Sin secretos de por medio ni más conversaciones pendientes, nuestro silencio compartido no se me antojaba nada incómodo.

Aún me estaba acostumbrado a verlo en su apariencia demoníaca constantemente, aunque pensaba que le sentaba mejor que los sencillos rasgos humanos. En aquel momento podía apreciar la afilada línea de su mandíbula, sus marcados pómulos y sus ojos rasgados, más prominentes de lo que estaba acostumbrada. También estaban las marcas moradas sobre sus mejillas y frente, así como sus orejas puntiagudas, que le concedían un aura mística. Su belleza me resultaba muy peculiar y llamativa.

Perdida en mi ensoñación, él me dedicó una mirada furtiva, haciéndome apartar la mirada mientras me sonrojaba. ¿Había sido tan indiscreta que se había dado de cuenta de cómo estaba analizando su rostro? Esperaba que no, resultaba algo bochornoso.

Centrándome en el camino para evitar sus ojos dorados, acabamos llegando al claro en el que me encontré con Kikyo por primera vez, donde se erigía aquel enorme árbol en el que ella descansaba aquella noche.

- Es aquí. – Informé a mi… a Sesshomaru.

El demonio soltó mi mano, generando en mí una leve sensación de amargura al hacerlo. El hombre de cabello plateado se adelantó para inspeccionar el lugar, dejándome unos pasos por detrás de él.

- ¿Dices que la viste aquí por última vez? – Quiso asegurarse.

- Sí, estaba a los pies de este árbol… - Balbuceé, observando desconcertada cómo no había ni rastro de la sacerdotisa en aquel lugar.

Me preguntaba seriamente consternada qué tan lejos podría haber llegado Kikyo con aquellas heridas. Sesshomaru se acercó al tronco del árbol y cerró sus ojos, seguramente agudizando sus sentidos. Su rostro de contrajo en una muestra de desagrado.

- ¿Esa Kikyo que dices se trata de un cadáver andante con ropa de sacerdotisa?

Miré a al demonio, sorprendida.

- ¿La conoces?

Él asintió con firmeza, observándome fijamente.

- Vino a buscarme. Dijo que lo estabas pasando muy mal por mi culpa, que necesitabas hablar conmigo.

Una punzada de dolor atravesó mi pecho al oírle decir aquellas palabras. A pesar de haberme aconsejado alejarme de él, Kikyo había ido a trasladarle personalmente lo desesperada que estaba por reencontrarme con la persona que amaba. A pesar de las claras diferencias de carácter, aquella mujer era tan amable como su hermana.

- Sí, lo siento, ella… yo… - No sabía qué decir exactamente, no quería hacerle sentir más culpable por todo lo que había pasado. – Siento mucho haberle importunado con mis deseos egoístas. No tenía ni idea de que Kikyo le buscaría…

La expresión del demonio se tornó melancólica.

- No tienes nada por lo que disculparte. Ella sólo quería lo mejor para ti. – Sesshomaru me dio la espalda mientras seguía buscando rastros de la sacerdotisa, examinando el suelo con detenimiento. – Y no me molesta que me buscases, Rin…

Parecía temer pronunciarlo, pero era consciente del sufrimiento por el que había pasado desde nuestra abrupta separación. Kaede tenía razón, el trauma derivado de aquella situación no podía borrarse tan fácilmente, por mucho que nuestros sentimientos fuesen correspondidos…

Entonces, vi al demonio agacharse para tomar un alargado y plano objeto blanco del suelo. No lo había visto al estar oculto por un puñado de hojas marchitas. Se parecía a la cinta con la que Kikyo se recogía el pelo.

- ¡Eso es…! – Exclamé al reconocer el accesorio de cabello de la mujer desparecida.

- Este hedor le pertenece, sin duda alguna. – Confirmó el demonio, arrugando la prenda al cerrar el puño sobre ella.

- ¿Puede encontrarla siguiendo su olor, Señor Sesshomaru? – Le rogué, recordando las poderosas habilitades olfativas de Inuyasha – Estaba muy malherida y me preocupa.

Sesshomaru mantuvo su semblante calmado mientras se ponía en pie de nuevo.

- Si así lo deseas… - Musitó, no muy convencido.

- No parece agradarle la idea. – Señalé, preocupada por su falta de ánimo.

- Su rastro se pierde en la distancia, por lo que si salgo en su busca no puedo asegurarte cuándo volveré a pasar por aquí. – Explicó con su acostumbrado tono monótono. – Además, si esa sacerdotisa estaba herida como dices, es posible que se encuentre envuelta en alguna situación turbulenta.

Por un instante, sentí cómo el alma se me caía a los pies.

- ¿Quiere decir que podría poner su vida en peligro?

Sesshomaru negó con la cabeza categóricamente y se acercó a mí con su elegante caminar.

- No me refiero a que mi vida vaya a peligrar. Quiero decir que no sé cuándo podré volver a verte. Me preocupa pensar que eso te pueda causar malestar.

Me reconfortó la seguridad que mostraba respecto a su supervivencia en cualquier tipo de situación, pero tenía razón. Sería duro para mí volver a la desesperante rutina de esperarle, sin saber muy bien cuándo o si aparecería. Era muy probable que me generase ansiedad, pero si constituía una mínima posibilidad de salvar a aquella mujer que había sido tan bondadosa conmigo, no podía pensar únicamente en mí misma.

- Por supuesto que voy a estar ansiosa por verle de nuevo… - Admití, apesadumbrada, tratando de ocultar la angustia que me producía la separación. – Sin embargo, estoy verdaderamente preocupada por Kikyo, siento que… No puedo quedarme tranquila sin saber qué ha sido de ella.

- ¿Aunque ya esté muerta? – Replicó Sesshomaru con su tono de voz serio y analítico.

- Ella fue buena conmigo sin tener obligación realmente… Y siento que no le estaría devolviendo el favor si me quedase de brazos cruzados, sabiendo que puede estar en apuros. Me gustaría acompañarle, incluso… - Me atreví a sugerir, convencida de que no le gustaría nada aquella proposición.

- De ninguna manera. – Me cortó de forma tajante. – No tengo ni idea de a qué podríamos enfrentarnos, por lo que es mejor que te quedes en la aldea.

Entendía su argumento, pero tampoco era justo encargarle una misión que no tenía nada que ver con él mientras yo no hacía más que esperar en la comodidad de mi vida en la aldea.

- Pero no siento que eso esté bien… - Repliqué, cabizbaja.

- Rin. – Me llamó el demonio mientras recogía un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. – Ya te he perdido una vez delante de mis ojos. No quiero volver a pasar por eso.

Alcé la mirada hacia él para ser testigo de la expresión de dolor que cruzó su rostro al mencionarlo. No me había parado a pensar ni por un solo momento cómo habría tenido que sentirse él al encontrarme sin vida. Poniéndome en su lugar, no sabría si yo hubiera sabido reaccionar en aquella situación… Incluso para un longevo demonio, la muerte de un ser querido debía suponer un profundo trauma.

- Lo… comprendo. Tiene razón. – Le concedí, posando mis dedos sobre los suyos, apoyados en mi mejilla.

De modo que aquello significaba que íbamos a separarnos de nuevo. Traté de repetirme una y otra vez que era por una buena causa, e iba a ser temporal, no de forma indefinida. No se trataba de las mismas circunstancias que la última vez, ni de lejos. Esta vez tenía la certeza de que Sesshomaru iba a volver tan pronto como pudiese. Dejé escapar un profundo suspiro.

- ¿Puede prometerme que no tardará más de un ciclo lunar en volver? – Inquirí con voz temblorosa.

- Haré todo lo posible. – Me prometió en un susurro, retirando su tacto de mi mejilla. – Por ahora, te acompañaré de vuelta a la aldea.

Aquello fue muy repentino. No me apetecía lo más mínimo separarme de él todavía.

- ¿No se puede quedar un poco más conmigo? – Repliqué mientras mi expresión se tornaba como la de un animalillo abandonado.

- La sacerdotisa podría estar en peligro, será mejor que me ponga en marcha cuanto antes.

¿Cómo se me podía ir tanto la cabeza por su mera presencia? Admiraba que él pudiera mantener siempre sus prioridades en orden y actuar con racionalidad. ¿Acaso yo era la única ilusionada con pasar más tiempo juntos?

- Tiene razón, vámonos... – Accedí, incapaz de disimular mi disgusto.

Sesshomaru me guio entre la frondosa vegetación, moviéndose con la familiaridad de alguien que llevase recorriéndolos toda la vida.

- Señor Sesshomaru, ¿por qué conoce tan bien los bosques? – Traté de iniciar una conversación, exprimiendo el escaso tiempo que restaba de aquel encuentro.

El demonio me lanzaba mirabas furtivas mientras caminaba a mi lado.

- He tenido muchos años para recorrerlos.

- ¿Pero usted siempre ha vagado por aquí? Quiero decir… ¿no tiene un hogar al que regresar?

- Siempre he preferido la naturaleza.

No parecía muy cómodo con el tema de conversación. Sin embargo, sus escuetas respuestas siempre despertaban mi curiosidad. Todo su pasado era un misterio que me moría por descubrir.

- Pero imagino que no se ha criado usted solo en el bosque, ¿verdad? – Inquirí con genuina curiosidad.

Comencé a quedarme atrás debido al acelerado paso del demonio. Aunque su rostro permaneciese impasible, no podía disimular el nerviosismo que le provocaba hablar de sí mismo. Al darse cuenta de que me estaba costando seguirle el ritmo, disminuyó la velocidad de la marcha, permitiéndome alcanzarlo.

- Claro que no. Pasé la mayor parte de mi infancia con mi madre en el Palacio del Oeste. – Sus ojos vagaban por la profunda floresta, en busca de la salida. – Mi padre… era alguien importante para los demonios de aquel territorio, por lo que normalmente pasaba más tiempo organizando batallones y encargándose de asuntos importantes antes que en casa…

Capté en su tono de voz la decepción que debía de haber sentido aquel niño esperando ansiosamente para pasar tiempo con su padre. Cada vez que hablaba de él era palpable que lo admiraba profundamente. No parecía sentir el mismo afecto por su madre, a pesar de que debía de haber pasado más tiempo con ella, a juzgar por su testimonio.

- Debía de extrañarle mucho. – Comenté.

- Quería ser tan fuerte como él para poder acompañarle.

- ¿Y lo consiguió cuando se hizo mayor? – La verdad es que no tenía ni idea de cuánto tiempo podría tardar una criatura como él en considerarse "adulto". ¿Siglos, acaso?

Sesshomaru negó con la cabeza.

- Mi padre jamás quiso que me involucrase en sus asuntos. Supongo que no confiaba lo suficiente en mí. – Expresó con amargura.

Dirigí mi mirada a la espada que colgaba de su cinto, aquella de la que no se había separado desde que me salvó la vida con ella. ¿Por qué iba a regalarle a su hijo un arma con unas capacidades tan milagrosas si no tuviese fe alguna en su juicio?

- Entiendo cómo se siente, pero sospecho que su padre tendría sus motivos. Después de todo, no le habría dejado a Tenseiga si no creyese en su criterio.

Repentinamente, Sesshomaru se detuvo en seco. Apenas pude evitar chocarme con su hombro, cubierto con su pesada armadura.

- Entonces… - Masculló, con la mirada clavada en el suelo. - ¿Por qué le dejó en herencia su posesión más preciada, su arma más poderosa, a un hijo bastardo al que ni siquiera llegó a conocer en vida?

Por primera vez, fui consciente del profundo desprecio que sentía Sesshomaru por su medio hermano, así como el resentimiento por no poseer la Tessaiga. No creí que fuera prudente inmiscuirme en sus rencillas familiares, por lo que supe que debía dejar incidir en el tema.

- N-no lo sé, Señor Sesshomaru…

Por un momento, me atemorizó que su ira pudiera llevarlo a transformarse en el monstruoso can gigante de mis pesadillas. Al escuchar mi tembloroso hilo de voz, el demonio me observó con cautela.

- No pretendía asustarte. – Se disculpó. - ¿Estás bien?

Sesshomaru alargó su brazo hacia mí. Permanecí clavada en el sitio, tratando de ignorar sus afiladas garras. A pesar de que siempre habían estado allí, el recuerdo repentino de aquella traumática noche me había vuelto terriblemente susceptible a su presencia.

- S-sí…

Me sentía tan paralizada que apenas podía hablar. Me aventuré a observar su rostro, y me tranquilizó comprobar que el color de sus ojos no había cambiado. Di una gran bocanada de aire.

- No es nada, de verdad. – Le aseguré bajo su atento escrutinio. No se movió ni un ápice. – Sigamos.

Eché a andar de nuevo, escuchando los pasos del demonio detrás de mí. No lo debía de haber convencido demasiado, pero apreciaba que no me pusiera en duda ni me hubiera insistido. Finalmente, salimos del bosque, por lo que a lo lejos podía distinguirse la aldea. Eso significa que había llegado la hora de la despedida.

Me di la vuelta lentamente. Una suave brisa meció nuestras cabelleras ligeramente.

- Espero… que nos volvamos a ver pronto. – Dije, forzando una sonrisa.

Sesshomaru no paraba de escrutar mi expresión atentamente. Entrelacé los dedos a mis espaldas, cohibida.

- Ya… ya se me pasará, no se preocupe. Ahora mismo es más importante encontrar a Kikyo.

Sabía que él no había hecho nada malo, pero no podía evitar sentirme intranquila. Era complicado negociar con el pánico irracional que había sentido.

- ¿Me tienes miedo, Rin? – Pronunció la pregunta que debía atormentarle la conciencia.

- No. – Me apresuré a contestar. – Por supuesto que no.

Su semblante me juzgaba, claramente escéptico de mi respuesta. Aún así, su expresión de suavizó y decidió dejarlo correr. El demonio oteó la aldea humana.

- Si hay cualquier tipo de emergencia en mi ausencia… Deja correr tu sangre, Rin. – Le dediqué una expresión de extrañeza. – Con que se derrame una sola gota percibiré tu olor y acudiré de inmediato. ¿Lo entiendes?

Una parte de mí se sintió conmovida. Me estaba otorgando un medio para comunicarme con él. Por otro lado, aquella advertencia se me antojó inquietante.

- ¿A qué tipo de urgencia se refiere? – Quería asegurarme de en qué tipo de situaciones quería ser llamado.

- Lo dejo a tu libre criterio. – Respondió. – Recuerda que vendré de inmediato si huelo tu sangre.

- ¿Y es un accidente estúpido? No quiero hacerle venir en sano.

- Prefiero encontrarme una falsa alarma que una escena más trágica.

La manera en la que hacía referencia a la posibilidad de encontrarme sin vida de nuevo me helaba la sangre. Sabía que solo estaba siendo cauteloso, pero me dibujaba como una criatura tan frágil que me sentía culpable por mi mera existencia, como si fuese una carga para él.

- Entiendo. – Musité. – Apresúrese en encontrar a Kikyo, por favor. – Le rogué, desviando el tema de conversación.

- Volveré pronto.

No sonaba tan seguro como era habitual en él, aunque supuse que no tenía otras palabras de aliento que darme.

Le dediqué una inclinación con la cabeza y comencé a descender por la pendiente que llevaba a la aldea sin mirar atrás. Sabía que, si lo veía una vez más, consciente de su inminente partida, no podría contener el llanto por más tiempo. Mientras dejaba al demonio a mis espaldas, no dejaba de sentir su mirada persiguiéndome.

Angustiada por la separación, pensé que aún estaba a tiempo de darme la vuelta y suplicarle que me llevase con él. Si aquello no surtía efecto, ¿sería muy egoísta pensar que no era necesario que fuera él quien buscase a Kikyo? Aunque se lo había pedido en un impulso, temía convertirme en una mala persona si me arrepentía de mi decisión, solo porque íbamos a estar unos días sin vernos. Quizás estaba exagerando, y el mal sabor de boca con el que había acabado el encuentro me había afectado más de lo que quería reconocer.

Mi mente daba vueltas mientras cruzaba la aldea y pasaba de largo de la cabaña de Kaede. No debía entrar en pánico, todo iba a estar bien. O de eso trataba de convencerme. Al no ser cuidadosa con donde pisaba, tropecé con mis propios pies. Apenas pude dejar escapar un gritito de sorpresa, cuando sentí un cuerpo interponerse raudo y veloz entre el suelo y yo.

- Rin, ¿va todo bien?

Los ojos color pardo de Kohaku me observaban con preocupación, mientras me ayudaba a incorporarme.

- Sí, solo estaba… Pensando. – Respondí todavía algo absorta en mi mente. No terminaba de ubicarme en mitad de la aldea, un escenario tan familiar que se había vuelto extraño en ese momento.

- ¿Ya se ha marchado Sesshomaru? – Inquirió, observando nuestros alrededores con cautela.

- Sí. – Asentí algo cabizbaja.

El cazador de demonios soltó mi brazo, que había estado sosteniendo todo aquel rato hasta asegurarse de que podría mantenerme en pie sola.

- No sé si es un buen momento, pero… - Balbuceó el joven de las pecas en el rostro. - ¿Podemos hablar un momento?

Mi atención se volcó de inmediato en él al detectar algo de angustia en su tono. Debía de ocurrirlealgo.

- Por supuesto que sí, dime.

El joven se mostraba cauto.

- Agradecería si nos trasladamos a un sitio un poco más… privado.

- Ah, sí, claro…

En mitad de la jornada de trabajo, ninguno los aldeanos parecía prestar atención nuestra conversación, pero el chico se encontraba notablemente cohibido. Le guie en dirección al río, donde contemplamos las estrellas durante el festival del Tanabata.

- ¿Aquí está bien?

El muchacho asintió, tomando asiento con las piernas cruzadas sobre la hierba. Me arrodillé frente a él.

- ¿Qué es lo que ocurre, Kohaku? – Le pregunté, procurando no alzar la voz demasiado.

Él tenía las manos cerradas en dos puños, apoyadas con firmeza sobre sus muslos.

- Últimamente… Comienzo a tener miedo, Rin.

- ¿Por qué dices eso?

El joven temblaba ligeramente.

- Ya van varias noches que… Sufro terribles pesadillas.

Posé la mano sobre su hombro, en un intento de reconfortarle.

- ¿Quieres hablar sobre ellas en detalle?

Kohaku negó con la cabeza. Tenía la mirada clavada en el suelo mientras seguía hablando.

- Eso no es lo importante… Lo que me preocupa es que tiendo a despertarme fuera. Es decir… es como si anduviese en sueños.

Jamás había conocido a nadie que padeciese algo así. Sonaba cuanto menos escalofriante.

- ¿Te encuentras a ti mismo fuera de la aldea en mitad de la noche?

El joven asintió despacio.

- Anoche… tenía el cuerpo de un ratón a mis pies. - Aquel hecho agravaba todavía más la situación que explicaba. – Yo sólo… Estaba protegiendo a mi hermana en mis sueños, y al abrir los ojos, yo ya…

- ¿Se lo has dicho a la anciana Kaede? – Le interrumpí, tratando de refrenar su desgarrador relato. No quería torturarle más haciéndole recordar.

- Por supuesto que no, me aterra lo que pueda pensar de mí…

Cubrí su mano con la mía. Tenía los nudillos blancos de hacer tanta presión. Por un instante, me detuve a analizar el tacto de su piel, recordando cómo Sesshomaru había pensado que había algo más entre Kohaku y yo. Sin embargo, tras aquella confirmación no había lugar a dudas en mi corazón que solo te trataba de un amigo al que tenía infinito aprecio.

- Es más posible que intente ayudarte a buscar una solución antes que juzgarte, Kohaku.

El joven me alzó la vista hacia mí mientras las lágrimas corrían por su rostro.

- Lo siento, tú tampoco tenías muy buen aspecto, y aquí estoy contándote mis penas…

Utilicé la manga de mi kimono para secar su rostro con delicadeza.

- Mis preocupaciones no son nada en comparación con las tuyas, Kohaku. – Me quedé pensativa unos instantes. - ¿Antes me buscabas para contarme esto?

- S-sí… Disculpa por haberos interrumpido…

- No digas eso. Lo siento yo por haberte dejado solo.

- Quizás… - Murmuró el chico. – Soy yo quien debería marcharse de la aldea.

En aquel punto alcé la voz sin darme cuenta.

- ¡¿Por qué dices eso?!

El chico se encogió, replegándose sobre sí mismo.

- ¿Y si me convierto en un peligro para todos? – Se cubrió la cara con las manos, como si quisiera encogerse hasta desaparecer. – No quiero ser un estorbo… No quiero hacer daño a nadie…

Su respiración se estaba agitando, incapaz de contener la angustia en su menudo cuerpo.

- Kohaku, no digas eso. No estás molestando a nadie. Vamos a hablar con Kaede, seguro que se le ocurre alguna solución…

El muchacho seguía negando con la cabeza oculta entre sus manos. Traté de retirarlas, temerosa de que tuviera dificultades para respirar de aquella manera. Él se resistió.

- Kohaku… Buscaremos una solución, ya lo verás…

Notado cómo temblaba incontrolablemente entre sollozos, terminé abrazándolo con suavidad, permitiéndole desahogarse. Teníamos que hacer algo, no era justo que viviera sus días en tal estado de pánico.

- Lo siento… - Musitó el chico una vez se hubo tranquilizado un poco. – Sé que tú también tienes mucho sobre tus hombros, Rin…

Le estreché entre mis brazos con cuidado.

- Eso no tiene importancia en comparación con lo que me has contado, Kohaku…

- ¿Te importaría hablarme de ello? – Me pidió, en un susurro.

Le solté para observar su rostro con detenimiento.

- Puede esperar, me parece que esto es más urgente.

El cazador de demonios se secó las lágrimas con las manos aún temblorosas.

- Me ayudaría pensar en otra cosa ahora mismo…

Dejé escapara una bocada de aire, consciente en ese momento de lo tensa que me había puesto verlo romperse aquella manera por la angustia. Le dediqué el atisbo de una sonrisa nacida de la compasión.

- Está bien.

Notas: Feliz domingo a todos! He tenido unas semanas muy caóticas pero por fin tengo encauzado el ritmo que va a seguir la historia, espero que sigáis acompañándome y comentando vuestras opiniones, nos leemos!