Notas: ¡Feliz Navidad a todes! Estamos de vuelta cada dos semanas, ¿qué pasará con Kohaku? Siempre lo paso mal y empatizo mucho con este personaje, espero que le deis mucho amorcito 3
Por cierto, estoy muy contenta de anunciar que tenemos portada nueva! Es obra de liegeofiris, una personita muy especial para mí, podéis encontrar más de sus dibujos en Instagram.
Ahora sí, sin más dilación, os dejo con el capítulo:
Mientras le explicaba a Kohaku sobre la desaparición de Kikyo y cómo Sesshomaru había marchado en su busca, el muchacho fue recuperando la compostura progresivamente. Una vez se hubo tranquilizado, logré convencerlo para exponer sus preocupaciones a la anciana Kaede, en busca de su consejo. La sacerdotisa convino que lo mejor era que el joven cazador de demonios pasara la noche en nuestra cabaña para que pudiéramos vigilar sus movimientos durante la noche. A pesar de los reparos iniciales del muchacho, finalmente accedió a dejarse ayudar, aunque nos hizo prometer que no dudaríamos en usar la violencia contra él en caso de que fuera necesario.
La abuela Kaede y yo acordamos que nos mantendríamos despiertas en turnos para vigilar el sueño de Kohaku. Dadas las frenéticas jornadas de la anciana, ambas estuvimos de acuerdo en que yo realizase la primera guardia, mientras que Kaede iniciaría su jornada poco antes del amanecer para que yo pudiera descansar hasta el mediodía. Me pareció una distribución más que justa, ya que yo no tenía tantas obligaciones como la sacerdotisa, y no tendría problemas en dormir más durante el día. Lo peor era lidiar con la quietud y las sombras de la noche.
Ya habían transcurrido varias horas desde que Kohaku y Kaede dormían plácidamente frente a mí en la cabaña. Trataba de mantener la mente ocupada repasando los pocos caracteres que recordaba haber aprendido mientras estudiaba kanji en el palacio, deslizando los pinceles con la mayor delicadeza posible, evitando hacer el más mínimo ruido. Era una actividad relajante, salvo por el detalle de que cada pequeño movimiento que hacía el joven cazador de demonios me hacía dar un respingo, estropeando el texto que estuviera redactando en el momento. En el fondo, no estaba mal, ya que era importante mantenerme alerta y no quedarme dormida.
Además, aquello era mejor que dejar a mi mente dar vueltas libremente respecto a la partida de Sesshomaru. A pesar de haberlo hablado con Kohaku, no me sentía liberada de la opresión en mi pecho. Sentía un pavor excesivo ante la posibilidad de ser abandonada de nuevo por él. La amarga despedida que me había dado quizás también estaba influyendo en mi preocupación. Tal vez no había sido tan frío como yo recordaba, y todo el mal sabor de boca era producto de mi mente. Iba a volver. No podía perder la certeza de que no iba a ser como la última vez. Me observé la muñeca distraídamente. Tenía una forma de invocarlo si me desesperaba la espera, aunque se tratase de un capricho mío, confiaba en que acudiría a mi llamado.
No sabía cuántas horas más de noche me quedaban por delante cuando Kohaku se incorporó con normalidad y se quedó sentado en el futón. No dijo una sola palabra mientras me miraba fijamente.
- ¿No puedes dormir, Kohaku? – Le pregunté en un débil susurro.
No se le notaba somnoliento en absoluto. Me preguntaba si había fingido dormir, incapaz de conciliar el sueño por la preocupación. El joven se puso en pie despacio y se acercó hasta quedar a escasos pasos de mí. Entonces fue cuando noté el ambiente enrarecido. Sus ojos carecían de su habitual chispa, y se veían vacíos, oscuros como la noche.
- ¿K-Kohaku? – Volví a llamarlo con la voz temblorosa.
Entonces el muchacho se abalanzó sobre mí, atenazando mi cuello con sus hábiles manos. Fue tan veloz que ni siquiera pude gritar. Pataleé con todas mis fuerzas contra el suelo, despertando a la anciana sacerdotisa con todo aquel estruendo.
Rápida como una exhalación, la mujer sujetó al joven por debajo de las axilas para quitármelo de encima, aunque a pesar de ello el muchacho no hizo amago de soltar mi cuello. Aprovechando que la anciana lo había separado de mi lo suficiente, lancé una fiera patada hacia su estómago, disculpándome internamente con él, aunque la noche anterior nos había autorizado expresamente a usar la fuerza en caso de que la situación se volviese peligrosa.
El cazador de demonios perdió fuerza en su agarre tras el golpe, por lo que aproveché aquel momento para escabullirme hacia un lado y recuperar el aire. Tosí con vehemencia, tratando de ensanchar mis vías respiratorias tras haber sido oprimidas. La anciana Kaede no perdió tiempo e inmovilizó al muchacho con el rostro contra el suelo.
- ¡Detente de una vez, Kohaku, vuelve en ti! – Exclamó la anciana, reprimiendo al joven que se retorcía débilmente bajo su peso.
El chico parecía carecer de alma, tratando de liberarse con escasas fuerzas, como si no tuviera como propósito real escapar. Observé a ambos con preocupación me recuperaba del ataque.
- ¿Qué es lo que le ocurre, abuela Kaede?
La sacerdotisa negó con la cabeza.
- No tengo la más menor idea. ¿Qué es lo que has visto?
El muchacho comenzó a retraerse lentamente, cerrando los párpados y estirando sus lánguidos dedos sobre el tatami. Con cautela, la anciana se retiró lentamente de encima del joven. Parecía que tan pronto como había comenzado aquella tormenta, cesó en apenas unos instantes.
Me senté sobre el suelo con las piernas flexionadas hacia un lado, no me sentía con fuerzas para arrodillarme correctamente.
- Yo no he visto nada fuera de lo común, anciana Kaede. – La mujer permaneció en silencio, a la espera de mi relato. – Él… parecía estar durmiendo con normalidad hasta que se ha levantado y ha venido hacia mí… Al principio, no había notado nada extraño en su comportamiento, pero conforme se ha acercado he notado su carencia absoluta de expresión… Como si fuese un muñeco sin vida.
- Como una marioneta, querrás decir…
La experiencia de Kaede y su perspicacia brillaba en aquel tipo de situación.
- ¿Quiere decir que puede estar poseído por algún ente?
La mujer asintió, cerrando su único ojo por un momento.
- La cuestión es que si no has visto nada paranormal ocurrir esta noche quiere decir que lo que sea que lo está controlando lleva dentro de él más tiempo… Lo que no sabemos es desde cuándo.
Dediqué una mirada lastimera al muchacho que yacía sobre el suelo. Su respiración era lenta y profunda, su pecho se hinchaba rítmicamente para vaciarse al soltar el aire en un largo exhalo.
- Me alegro de que al menos no haya recuperado la consciencia mientras me atacaba… - Musité, aliviada. – Esa terrible imagen se hubiera quedado grabada en su mente junto con toda la culpa que ya siente…
- Mañana deberías hablar con él de todo esto, igualmente. – Indicó la anciana con tono severo. – Estoy segura de que será duro para él, necesito saber cuánto tiempo exactamente lleva pasando esto y si se le ocurre alguna circunstancia concreta que haya podido iniciarlo, ¿de acuerdo? También necesito que te cuente cómo ha pasado la noche. Cualquier detalle es importante, por nimio que pueda parecer.
- E-está bien, abuela Kaede… - Musité. - ¿Pero por qué no se lo pregunta usted?
Recordaba el pánico de Kohaku el día anterior al tratar aquel tema, por lo que me sentía mal obligándole a hablar en detalle de ello, aunque fuera por su propio bien. Recé porque todo aquello al menos significase que podríamos encontrar una solución lo antes posible.
- Creo que se siente más cómodo abriéndose contigo, aunque estoy más que dispuesta a escucharlo si lo desea. – La anciana se puso en pie. - Por ahora es mejor que te marches a descansar un rato, Rin. Ya está amaneciendo. – Indicó la anciana señalando con la cabeza los rayos de sol que se colaban por la ventana.
Al día siguiente, después de haber dormido hasta el mediodía, salí para encontrarme con Kohaku. El muchacho se encontraba en los campos, vestido con ropa holgada y con la azada en mano. Picaba la tierra con expresión ausente, perdido en sus pensamientos.
- Buenos días, Kohaku. – Le saludé, cautela. Desconocía si la anciana Kaede le había mencionado algo sobre la noche anterior.
- Rin. – El joven dejó caer la herramienta que sostenía entre las manos al escuchar mi voz, sobresaltado. – No te esperaba aquí… Buenas tardes. – Balbuceó con nerviosismo.
El sol ya se encontraba en lo más alto, comenzando descender hacia el oeste.
- Tienes razón, es demasiado tarde para dar los buenos días. – Rectifiqué con una risilla incómoda. – Venía a hablar contigo sobre anoche… - Crucé los brazos por delante de mi estómago, frotándome las manos, sintiéndome inquieta. - ¿Cómo te encuentras?
Su boca se curvó en una expresión amarga. Clavó los ojos en el suelo.
- Debería ser yo quien te preguntase eso a ti… ¿Estás bien?
Kaede debía de haberle contado cómo me había atacado en mitad de su sueño. Por un lado, me alivió no tener que ser emisaria de aquellas malas noticias, pero por otro me preocupaba lo directa que podía haber sido la anciana sacerdotisa, el cazador de demonios tenía un corazón sensible y frágil.
- Yo me encuentro perfectamente, como puedes ver. – Le aseguré tratando de transmitirle seguridad. – Sólo fue un susto.
- ¿Y si no hubierais podido detenerme a tiempo? – Kohaku se llevó las manos al rostro, atormentando, y se giró para darme la espalda. – Yo… Seguramente… Todos estaríais mejor si yo no estuviera. - Mi cuerpo pareció congelarse ante aquella petición, en pleno estado de shock. - Mi existencia no es más que una carga y un peligro para todos… Mi tiempo ya se ha terminado, después de todo, yo… - El discurso del joven se convirtió en una espiral que descendía hasta el lugar más oscuro de su alma. – No debería seguir aquí, ni siquiera tengo derecho a pedirte que te ensucies las manos por mí… Puedes darte la vuelta y marcharte, Rin. No tengo ni idea de cómo se va a ver esto…
Él mismo trató de alcanzar su nuca, donde pude vislumbrar un reflejo violáceo. El pánico se extendió por mi cuerpo cómo la pólvora por lo que me lancé de una zancada hacía el muchacho, rodeándole con los brazos a la altura del pecho. Cubrí con mi mejilla el lugar de donde proveía la luz de la perla de Shikon.
- ¡Para, Kohaku! – Le supliqué. – Buscaremos una solución todos juntos.
Kohaku comenzó a temblar, sumido en llanto.
- Es que… La única opción es acabar con esta vida prologada de forma artificial, Rin… - Gimoteó lastimeramente. – Ya que… sigo siendo su marioneta, después de todo…
Alcé el cuello para observar el perfil de su rostro. Tenía las manos cerradas en puños a la altura del pecho, encogido como un niño asustado e impotente.
- ¿Hablas de…?
Kohaku asintió.
- Tiene que ser Naraku. – Afirmó con seguridad. – Anoche pensé que estaba teniendo una pesadilla, pero todo lo que vi estaba sucediendo de verdad. No podía controlar lo que hacía, esa sensación de pérdida de control sobre mí mismo es… Es la misma que… - Hizo una pausa para recuperar el aire en sus pulmones. – Es igual que antes de que mi hermana me rescatase. Todo este tiempo he creído que había logrado escapar de él, pero, es… Es imposible… La única manera de evitar que me posea y haga lo que quiera con mi cuerpo es arrancar el fragmento de la perla de mi espalda.
Estreché el tembloroso cuerpo de Kohaku entre mis brazos, acariciando sus hombros en un gesto tranquilizador.
- Entiendo que te sientas desesperado, e incluso que te odies a ti mismo por las atrocidades que te ha obligado a hacer con tu cuerpo, Kohaku… Pero nada de esto es tu culpa. Tú no tienes que pagar con tu vida por los pecados de otro. Siento no poder prometerte que vamos a encontrar una alternativa, pero te ruego, te imploro… Que no te des por vencido hasta que lo hayamos probado todo. Odio ver cómo te abandonas a ti mismo, así que déjame ayudarte. Esta noche hablaremos de nuevo con la anciana Kaede, y vamos a trabajar los tres en buscar una solución, ¿de acuerdo?
Kohaku siguió llorando en silencio mientras me escuchaba. Con cada una de mis palabras, el ritmo de su respiración comenzó a disminuir, calmando los latidos de su corazón.
- ¿Realmente crees que merece la pena arriesgarse por alguien como yo?
Su voz sonaba rota y desgarrada.
- Por supuesto que sí. – Le aseguré. Le liberé de mi abrazó y apoyé la barbilla en su hombro para observarle de reojo. – Eres mi mejor amigo, haría lo que fuera por ayudarte. Quiero que seas feliz, te lo mereces más que nadie en este mundo. Y estoy segura de Sango sigue luchando cada día contra ese monstruo por darte una nueva oportunidad de vivir.
Kohaku se llevó el dorso de la mano a la cara para secarse las lágrimas.
- Gracias… me he dejado llevar, he sido un desconsiderado con todos… Lo siento.
- No te disculpes. No es tu culpa. Repítelo conmigo. – Le pedí.
- N-no es… mi culpa… - Repitió las palabras como si le costase pronunciarlas.
- Vamos a pararle los pies a Naraku, ya lo verás.
Pronuncié aquellas palabras con la mayor llama de ira que jamás había sentido ardiendo en mi pecho.
Al caer la noche, Kohaku se presentó en la cabaña apenas acabábamos de cenar la anciana y yo. Kaede recibió al joven cazador de demonios, que vestía su armadura negra, con un gesto a medio camino entre la sorpresa y la compasión.
- No esperaba verte vestido así en la aldea, Kohaku.
El muchacho se mostraba decidido. Me lanzó una mirada cómplice en busca de apoyo. Le dediqué una sonrisa de aprobación. No había huido de la situación.
- Anciana Kaede… - Comenzó a hablar el muchacho. – Sé que esta mañana estuve muy evasivo cuando me interrogaste, me sentía muy abrumado… Pero si no es molestia, me gustaría discutir los detalles con vosotras ahora.
La anciana me dedicó una mirada incriminatoria en busca de la mente tras aquella encerrona, ya que no la había avisado de la reunión con el muchacho para no hacerlo sentir culpable si se echaba atrás al final, a lo que le respondí con un encogimiento de hombros. Ella dejó escapar un largo suspiro.
- Me conforta tener constancia de que habéis hablado sobre ello… Está bien, toma asiento, joven.
Kohaku accedió a la vivienda y se colocó a mi lado, mirando de frene a la sacerdotisa, que no tardó en iniciar su interrogatorio:
- Entonces, Kohaku, ¿podrías decirme ahora si existe algún factor que haya podido desencadenar este tipo de episodios?
El joven me miró de reojo y volvió su vista al suelo. A juzgar por la conversación previa que habíamos tenido en privado, la única opción viable que se le ocurría es que Naraku lo hubiese localizado y estuviese cerca. Sin embargo, la única manera de librarse del control de aquel despreciable demonio era retirar el fragmento de la perla clavada en la espalda de Kohaku, tomando su vida en el acto. Por lo tanto, eso quedaba completamente descartado. Recé porque la anciana Kaede pudiera pensar en otra alternativa.
- Rin… - Musitó Kohaku. - ¿Podrías… hablar tú por mí?
La voz del chico temblaba, atemorizado. Realmente odiaba ser una carga u objeto de miradas de lástima por parte de los demás, sentimiento con el que empatizaba profundamente. Lo último que yo querría en su situación sería responder preguntas, por lo que acepté su petición sin pensarlo.
- Anciana Kaede, - Tomé la palabra con firmeza. – creemos que todo esto es obra de Naraku.
La mujer fue incapaz de esconder su desconcierto, abierto su único ojo con expresión de sorpresa.
- ¿Cómo dices? – Inquirió.
- Creemos que Naraku está controlando a Kohaku a través del fragmento de la perla Shikon que tiene clavado en la nuca. – El cazador de demonios asintió en silencio mientras yo seguía hablando. – Ese pedazo fue empleado por Naraku para devolverlo a la vida y convertirlo en su mano ejecutora. – Observé de reojo cómo el joven mantenía la vista clavada en el suelo, conteniendo su angustia. – Ahora Kohaku ha logrado recuperar sus recuerdos y su consciencia, por lo que puede actuar por voluntad propia, pero sólo ha funcionado así desde que fue rescatado por Sango. Creemos que es posible que ese demonio esté acechando la aldea para recuperar el control sobre Kohaku, a saber con qué propósito…
Temía no haber sabido explicar todos los detalles correctamente, a lo que Kaede alzó una ceja mirando a Kohaku fijamente.
- Eso que has dicho… ¿Quieres decir que si retiramos el fragmento Kohaku moriría?
Tragué saliva.
- Así es. Por eso, queremos buscar otra solución… - Respondí con cautela.
La anciana Kaede no era una persona cruel, pero no dudaba que protegería la aldea y a todos sus habitantes como fuese. Al cruzar ese pensamiento por mi mente, temí por un instante por el destino de Kohaku. ¿Sería exiliado del pueblo como último recurso?
- Date la vuelta, Kohaku. – Ordenó la anciana con determinación. – Déjame ver ese fragmento. No pienso quitártelo, no preocupes. – Añadió, suavizando su tono.
Kohaku y yo exhalamos un suspiro de alivio casi al unísono. El muchacho siguió las instrucciones de la sacerdotisa y le dio la espalda. Kaede se acercó con cautela y frunció su ojo.
- Ojalá tener a Kagome aquí… - Musitó. – Mi vista ya no es lo que era.
- ¿Puedo ayudarla, abuela Kaede? – Me ofrecí de inmediato.
- ¿Puedes ver los fragmentos de la esfera, Rin?
Me acerqué a la espalda de Kohaku y la escruté en silencio. No veía absolutamente nada. Rocé con mis dedos su espalda hasta que un ligero brillo violeta emanó del punto que estaba tocando.
- No. – Admití, derrotada. – Sólo puedo ver la luz que emite si lo toco.
Kaede suspiró.
- Como el resto de los mortales, entonces. No es de mucha ayuda, sin embargo… tengo una teoría.
Kohaku se giró veloz para observarnos.
- ¿De verdad? – Preguntó con un hilo de esperanza pendiendo en su voz.
- Dejadme que me explique. – Rogó al sentir nuestras intensas miradas sobre ella. – No podemos conocer el estado del fragmento, pero estoy segura de que ese abominable demonio jamás tendría control sobre un objeto sagrado. Eso quiere decir que el fragmento debe encontrarse corrupto, seguramente empapado de la culpa y otros sentimientos oscuros de Kohaku. Estoy casi segura de que si lo purificamos, no habrá manera de que Naraku tenga acceso a tu consciencia ni tu cuerpo, joven.
- ¡Suena lógico, podría funcionar! – Exclamé apenas hubo acabado su explicación.
Miré a Kohaku esbozando una sonrisa de oreja a oreja, incapaz de contener la emoción. Él me dedicó una tímida sonrisa, inseguro, pero sin duda, deseaba en el fondo de su corazón que hubiéramos encontrado la manera adecuada de liberarle.
Sin perder tiempo, la anciana recogió del almacén las plantas purificadoras que utilizaba en sus ritos sagrados y nos condujo a un pequeño santuario a las afueras del pueblo.
- Aquí fueron enterradas las cenizas de mi hermana, Kikyo. – Nos explicó. – Es el lugar que contiene la mayor concentración de energía sagrada en los alrededores, espero que nos asista.
En el suelo podría observarse la tierra removida donde debía encontrarse la tumba. Recordé con pesadumbre que aún no tenía noticias de Kikyo ni de Sesshomaru. Me convencí de que tendría que armarme de paciencia, había otros asuntos más urgentes en ese momento.
- Kohaku, ¿llevas algún arma u objeto peligroso encima? – Inquirió la anciana.
El cazador de demonios se retiró la tachi del cinto y extrajo de varios compartimentos de su atuendo diminutas dagas y trampas contra monstruos.
- Siempre llevo esto encima…
- Entrégaselo todo a Rin, por seguridad.
Extendí las manos, donde el joven depositó todas sus pertenencias. Las recibí con una ligera reverencia.
- Va a salir todo bien – Le aseguré en voz baja.- Ya verás.
Kohaku asintió con nerviosismo. Todo su rostro estaba bañado en la preocupación, aunque parecía convencido a aferrarse a aquella diminuta posibilidad.
- Ya estoy listo, anciana Kaede. – Dijo el muchacho con más seguridad de la que aparentaba.
- Arrodíllate y agacha la cabeza.
El cazador de demonios siguió sus instrucciones y cerró los ojos con solemnidad. Tenía las manos entrelazadas contra su pecho, rezando porque todo aquello funcionase.
La anciana comenzó a recitar sutras sagrados en un idioma antiguo, incomprensible para mí. En una de sus manos portaba sal, y en la otra una rama de una planta desconocida para mí. Ambas comenzaron a emitir una débil luz que se intensificaba con los cánticos de la sacerdotisa. Tan pronto como la mujer vertió la sal sobre la cabeza del muchacho, éste comenzó a convulsionar dejando escapar un alarido.
La mujer no tuvo ocasión de colocar el otro elemento de su ritual sobre Kohaku porque repentinamente él clavó sus manos en la tierra y barrió los puntos de apoyo de la anciana con sus piernas, haciéndola caer al suelo.
- ¡Abuela Kaede! – La llamé, echando a correr en su dirección, soltando los bártulos que sujetaba en las manos.
Kohaku me observó con la mirada vacía por un instante, antes de salir disparado en dirección contraria sin mirar atrás.
- ¡Estoy bien, Rin! – Me aseguró la anciana poniéndose en pie. – No me he lastimado, no preocupes.
- Entonces no pienso permitir que Kohaku se aleje de la aldea.
- ¡¿Cómo?! – Kaede me miró horrorizada. - ¡Es muy peligroso!
- ¡No pienso permitir que Naraku haga lo que quiera con Kohaku, voy a traerlo de vuelta!
Kaede trató de retenerme por el brazo. Sin embargo, logré escapar su agarre y salí corriendo sin dudar de mi misión un solo instante. Tiré de la falda de mi yukata para liberar mis piernas, siguiendo la dirección en la que se había perdido el cazador de demonios.
Llamaba el nombre de mi preciado amigo en la oscuridad del bosque. Seguí el rastro que dejaban las ramas partidas y hongos pisoteados a su paso. Las evidencias del camino a seguir desaparecieron abruptamente, por lo que me detuve a recuperar el aire y sopesar mis opciones. No podía seguir avanzando sin rumbo.
En ese breve momento de descanso, sentí cómo unos brazos me aprisionaban, sujetándome desde dejado de los hombros, con los puños firmemente colocados a ambos lados de mi cabeza. Reconocí el tejido negro y las placas amarillas de la armadura de Kohaku.
- ¡Suéltame, Kohaku! ¡Volamos a la aldea! – El joven me empujó para seguir avanzando entre la espesura. - ¡No! ¡Kohaku!
Traté de resistirme, revolviéndome violentamente, pero me vi reducida ante su superioridad física. Jamás habría adivinado los poderosos músculos del joven bajo su menuda estructura. Quizás era yo la que era demasiado débil, pensé con pesar.
- Vaya, vaya, si tenemos aquí a la esposa humana del Señor Sesshomaru. – Una voz sibilina surgió desde un claro del bosque.
Kohaku me arrastró en aquella dirección, donde se encontraba de pie un hombre de tez blanquecina y ojos oscuros. Un destello de color rojo parecía refulgir en ellos. Aquella persona vestía ropas elegantes y llevaba su larga melena caoba suelta sobre su espalda. Tenía una desagradable sonrisa en el rostro y me observaba divertido, con aires de superioridad.
Era la primera vez que lo veía, pero no tenía la más mínima duda de quién se podía tratar.
- Naraku.
Notas: Para sorpresa de nadie, ¿verdad? Bueno, se pone la cosa intensa jejej
Quería aprovechar este espacio para comenzar también que he comenzado a maquinar un nuevo fanfic de Rin y Sesshomaru ambientado en el presente^^ ¿Querríais leerlo? No sé si esperar a acabar este o publicarlos de forma simultánea, ¿qué pensáis?
