Notas: ¡Estamos aquí un domingo más! Me apena un poco no haber podido escribir nada específico para el Sessrin Smut Week de este año pero con llevar dos historias al día tenía más que suficiente. Además, va a haber contenido acorde la temática, y creo que este capítulo me ha quedado un poco más largo de lo habitual, ¡así que espero que los disfrutéis mucho!

Los siguientes días Sesshomaru aún permanecía distante, aunque más receptivo que los días previos al encuentro con Kagura. Parecía sentirse menos ansioso ahora que sabía a lo que se enfrentaba. En ocasiones, llegaba a observarlo blandir la Tenseiga, un gesto que se me antojaba muy extraño para una espada sanadora como aquella. Sin embargo, supuse que debía estar tratando de descifrar las palpitaciones que había descrito días atrás, por lo que traté de no interrumpir su entrenamiento.

Por mi parte, había estado concentrada en un ejercicio de introspección, sentándome conmigo misma para desbaratar mis desagradables sentimientos de celos. Sesshomaru no podía hacer nada más por ayudarme a eliminar aquella inseguridad, por lo que supe que debía enfrentarme a ello por mí misma, escuchándome y dándome contraargumentos para calmar mis miedos. No quería volver a sentir aquel vacío en mi corazón si aquella mujer volvía a mostrarse, por lo que necesitaba estar preparada para poder actuar en caso de que fuera necesario.

Tampoco era que tuviera ninguna prueba inequívoca de que Kagura estuviera interesada en mi pareja, para empezar. Sesshomaru sí me había dicho que ella se había confesado en el pasado, ¿pero era siquiera factible que sus sentimientos permanecieran intactos tras haber sido rechazada? Incluso si no habían cambiado, esto no quería decir que el demonio se viera obligado a aceptarlos, y ya me había asegurado en más de una ocasión que no estaba interesado en ella. No tenía nada que temer. No había ningún motivo para desconfiar ni sentirme angustiada.

Respiré hondo. Resultaba complicado dialogar conmigo misma de forma interna en el más absoluto silencio, pero me daba la sensación de que poco a poco comenzaba a sentirme más relajada y tranquila respecto al asunto. Aunque para poder comprobar los resultados, debía esperar a ver aparecer de nuevo a la mujer.

Aquella noche, Sesshomaru tardó en reunirse con el grupo en torno a la fogata. Jaken y Ah-Un ya se habían retirado a dormir, y sólo quedaba yo custodiando la comida que había dejado reservada para el demonio. Sin embargo, éste la rechazó con un gesto amable.

- No tengo mucho apetito. Gracias, Rin.

Él se quedó absorto en sus pensamientos mientras observaba la fogata crepitar frente a sus ojos. Se veía exhausto.

- ¿Seguro que no necesitas alimentarte? – Le pregunté, observándole con preocupación.

Sesshomaru inhaló mientras me dedicaba una mirada de soslayo.

- Ahora mismo, no. – Respondió con voz queda.

El fuego crepitaba junto a nosotros, convirtiéndose en el único sonido en mitad de la noche. Dejé a un lado la comida que había preparado y me volví hacia él. Su mente parecía ocupada, incansable, a pesar de encontrarnos a altas horas de la noche.

- ¿De verdad no hay nada que pudiera hacer por usted? – Insistí, persiguiendo su mirada, la cual vagaba de un lado a otro.

Entonces fue cuando el demonio fijó sus ojos dorados en mí. Incluso en aquella delicada situación, no podía evitar quedarme sin aliento cada vez que me observaba de aquella forma tan directa e intensa.

- Estoy bien, Rin… - Me aseguró, con tono tranquilizador.

Sus dedos rozaron mi mejilla con suavidad, produciéndome un agradable cosquilleo. Cerré los ojos, sujetando su mano contra su rostro, deleitándome con la calidez de su piel. Lejos de mostrar rechazo por aquel gesto, Sesshomaru giró su muñeca para atender el otro pómulo. Mis párpados se separaron, permitiéndome contemplar su tierna expresión. Finalmente parecía haber dejado de lado por completo su intenso entrenamiento mental. Le sonreí, enternecida.

Llevado por la curiosidad, deslizó sus uñas lentamente en sentido ascendente por mi sien. Alcé el rostro, siguiendo la dirección de sus caricias. Sentí que podría haber comenzado a ronronear en aquel momento en caso de haberme tratado de un felino. Sesshomaru dibujó círculos en mi frente despacio antes de recorrer el puente de mi nariz en sentido descendente. Cuando sus yemas se posaron sobre mis labios, no pude evitar darle un suave beso.

Sus ojos no lograron esconder su sorpresa, a pesar de su estoica expresión. Recordé entonces el motivo al que asociaban los demonios los besos principalmente, y no pude evitar sonrojarme.

- E-esto, yo… - Balbuceé.

El demonio sujetó mi brazo con suavidad y lo atrajo hacia su boca. Trazó un camino de besos sobre mi muñeca, provocándome un escalofrío. Una vez hubo alcanzado el centro de la palma de mi mano, separó sus labios, mostrando sus afilados colmillos blancos. Entonces introdujo mi dedo índice dentro de su boca, envolviéndolo con la lengua mientras me lanzaba una mirada descarada.

Derritiéndome por dentro, no pude hacer más que exhalar un suspiro.

- Lamento si te has sentido desatendida estos días, Rin. – Murmuró él, derramando su aliento sobre mi húmeda falange, poniéndome la piel de gallina.

Sintiendo mi rostro arder, le retiré mi brazo para esconderlo tras mi espada, nerviosa.

- N-no es nada, yo también he estado ocupada con mis propios asuntos… Tampoco he tenido tiempo de pensar en nada así, en estas circunstancias…

Sesshomaru se inclinó hacia mí para pellizcar la punta de mi nariz.

- No me mientas. - Murmuró con la voz ronca. – Sabes que puedo olerlo…

Era cierto que le había deseado muchas noches, sobre todo cuando podía sentir su calor recostado a mi lado. ¿Cómo podía no hacerlo? Sólo con recordar la última vez, mi cuerpo reaccionaba inmediatamente, pidiendo más. Sin embargo, nunca había sentido que era un momento oportuno para iniciar nada, notando cómo su mente se encontraba ausente durante todo el día.

- ¿P-por qué nunca has dicho nada? – Le reproché, avergonzada.

- Hmm… Quizás estaba esperando a que tú hicieras el primer movimiento esta vez. – Se mofó de mí, divertido.

Una parte de mí sospechaba que había estado inmerso en sus propios asuntos como para prestarme aquella atención, aunque entendía que no quisiera alimentar mis inseguridades al decir eso.

- S-sabe que nunca me atrevería decirle algo así… - Respondí en un hilo de voz. – Menos aún, cuando no estamos solos.

Sus ojos brillaban mientras se reflejaban en ellos las llamas que seguían ardiendo junto a nosotros.

- Si alivio tu deseo ahora, a cambio… ¿Prometes esforzarte en comunicarme cuando quieras este tipo de atención?

- P-pero… No podemos…

- ¿Lo harás a partir de ahora, Rin? – Insistió él.

Asentí, despacio.

- Sí que lo deseo, pero… No creo que sea el momento apropiado ni el lugar. – Admití, juntando las manos sobre mi regazo.

Sesshomaru lanzó una mirada a nuestros compañeros, profundamente dormidos a unos pasos de nosotros. Se desabrochó la armadura cuidadosamente, sin producir más ruidos del estrictamente necesario. Entonces se puso en pie, decidido, con la Tenseiga aún colgada del cinto.

- Sígueme.

Dubitativa, acompañé al demonio hasta ocultarnos detrás de un árbol. ¿En qué estaba pensando?

- Sesshomaru, no creo que esto sea buena idea, podrán escucharnos a tan poca distancia…

- Shh… - Siseó él, llevándose la mano al cinto. – Puede que las barreras no sean mi fuerte, pero creo que debería ser suficiente para que no nos vean y para apaciguar tus sonidos…

Absorta, observé cómo él desenvainaba la Tenseiga y la clavaba en el suelo con decisión. En ese momento, un haz de luz blanquecida brotó de la empuñadura y rodeó por completo el área a nuestro alrededor. Unos instantes después, el resplandor desapareció, devolviendo todo a la normalidad.

- ¿Y-y dices que no nos escucharán…? – Le pregunté, en voz baja.

Sesshomaru extendió su mano en dirección al lugar donde dormían nuestros compañeros.

- Puedes comprobarlo por ti misma.

No era que no confiase en él, pero me costaba quedarme tranquila sin visualizar una barrera física que pudiera ocultarnos visual ni acústicamente. Me asomé ligeramente apoyada sobre el tronco del árbol, estudiando los cuerpos de nuestros compañeros rendidos sobre el suelo.

Me llevé los dedos a la boca y emití un sonoro silbido.

- ¡Ah-Un! – Canturreé, con el mismo tono con el que solía llamarle. Ninguna de sus cabezas se inmuto o abrió sus ojos ante mi llamado. - ¿J-Jaken…?

El duendecillo tampoco reaccionó a ninguno de los ruidos, ni a la mención de su nombre. Realmente parecía que no podían escucharnos. Me giré sobre mis talones, volviéndome hacia el hombre de cabello plateado.

- ¿C-cómo has hecho eso…?

- He estado investigando los distintos poderes de Tenseiga estos días. Bastante útil, como puedes comprobar.

El demonio caminó hacia mí, acorralándome contra el árbol que estaba detrás de mí. Antes de que él pudiera hacer un movimiento más, fui yo la que se puso de puntillas para besarlo. Pareció complacido con aquel inesperado gesto. Su rodilla se interpuso entre mis piernas, presionando uno de mis puntos débiles, haciéndome suspirar en su boca.

Acaricié su abdomen por encima de la ropa, descendiendo hasta alcanzar el rincón más sensible de su cuerpo. Sin embargo, él apenas se inmutó ante el contacto. En cambio, agachó la cabeza para besarme, jugueteando con su lengua sobre mis labios. Extrañada al no percibir la evidencia de su deseo, tanteé entre los pliegues de su ropa en busca de la misma.

Sesshomaru me detuvo, sujetando mi muñeca.

- Hmm, no te molestes, humana. No me encuentro de humor para que eso vaya a funcionar hoy. – Susurró junto a mi oído.

- E-entonces, ¿por qué estás haciendo esto?

Él acarició mi rostro mientras me observaba de cerca.

- Porque me gusta complacerte, Rin. Incluso si no puedo hacerte el amor como me gustaría en todo momento.

Sonrojada, dejé que me besara nuevamente. Sus muestras de afecto eran tan calientes y húmedas como siempre, por lo que creí en sus palabras.

El demonio procedió a sentarse con la espalda apoyada en el tronco del árbol, donde me invitó a recostarme entre sus piernas. Curiosa, seguí sus instrucciones, dejándome envolver por la firmeza y calidez que desprendía. Su única mano recorrió las curvas de mi cuerpo pacientemente mientras depositaba besos en mi sien.

- ¿No quieres que te toque, Sesshomaru? – Pregunté, comprendiendo las limitaciones de aquella posición, con mi espalda topando contra su pecho.

- No merece la pena, prefiero centrar mis sentidos en ti esta noche.

Sesshomaru mordió el lóbulo de mi oreja con suavidad, enviando un escalofrío a lo largo de mi columna. Sin apenas darme cuenta, desanudó el lazo de mi obi, dejando mi cuerpo accesible. Recordando las limitaciones de tener un único brazo, le ayudé retirando las distintas capas de tela de que me recubrían hasta sentir cómo el aire de la noche comenzaba a acariciar mi piel. La caliente lengua del demonio descendió por mi cuello, haciéndome suspirar.

- Realmente deseas esto, ¿no es así, Rin? – Susurró junto a mi oído. – Puedo olerlo.

No tenía sentido negar algo que era tan evidente para él, y que no quería seguir reprimiendo por más tiempo. Aquello no estaba mal, no era ningún tipo de error y sabía que podía decirlo en voz alta.

- S-sí… Deseo que me toques, Sesshomaru…

Apenas podía creer que hubiera logrado decir eso en voz alta. Mientras trataba de luchar contra el prominente rubor de mis mejillas, él apoyó su enorme mano sobre mi abdomen. Mi cuerpo se veía pequeño en comparación con el suyo, debido a mi delicada complexión. ¿O quizás los demonios eran más grandes que los hombres humanos? En aquel punto, ya no estaba segura, aunque tampoco me molestaba este hecho. Es más, casi podría decirse que me encendía aún más el ser consciente de su abrumador tamaño respecto a mí, y cómo a pesar de aquella superioridad física, él seguía siendo tan gentil y cuidadoso conmigo.

Observé sus afiladas garras fijamente. Cuando sus dedos comenzaron a dirigirse hacia mi pecho, me pareció notar que la longitud de sus uñas se reducía ligeramente.

- Aún no puedo replegar mis garras por completo, - Anunció el demonio. – por lo que te recomiendo que no te muevas demasiado. Seré cuidadoso.

Su mano acunó uno de mis pechos, despacio. Sin embargo, no pude evitar morderme el labio, sintiendo cómo una opresión crecía bajo mi vientre. Si podía replegar sus garras, aunque fuera solo un poco, no debería haber problema, ¿verdad…?

Auné todo mi valor para tomar su mano y conducirla hasta mi sexo, donde me sentía húmeda tras varios días de anticipación y fantasías. No necesitaba que me preparase más de lo que ya estaba.

- ¿Qué…? – Musitó él, sorprendido por mi atrevimiento.

- Q-quiero que… M-me toques a-aquí… Por favor. – Añadí en voz muy baja, consumida por la vergüenza tras pronunciar aquellas palabras.

Sesshomaru apoyó su mandíbula contra mi sien, con su cabello derramándose sobre mi hombro. Tras una breve pausa, depositó un dulce beso sobre mi coronilla.

- Como desees, Rin.

El aterciopelado tono de su voz cada vez que pronunciaba mi nombre era suficiente para hacerme levantar las caderas, en busca de su ansiado tacto. Él no se hizo de rogar más, recorriendo con delicadeza mis pliegues, explorando en busca de aquellos rincones que me hacían retorcerme de placer.

- Te he dicho que no te muevas tanto. – Me recordó, en tono firme, aunque amable, como siempre.

Tenía razón, debía tener cuidado, pero era muy difícil contenerse cuando estaba tan cerca…

- Es que… Q-quiero que esté dentro de…

En ese momento, trazó círculos sobre mi clítoris, interrumpiendo mi intervención con un sonoro gemido. Temía que pensase que estaba exagerando, pero mis sentidos realmente estaban a flor de piel. Mi interior se encontraba palpitante y rogaba por la atención que se le estaba negando.

- ¿Cómo dices? – Inquirió, socarrón. – No he podido escucharte.

Él lo sabía. Tenía plena constancia de lo que necesitaba mi cuerpo, y aun así iba a seguir jugando conmigo hasta que pudiera expresarlo en voz alta. Tan pronto como volví a abrir la boca para hablar, sus dedos rápidamente presionaron una vez más aquel afrodisíaco lugar, haciéndome gimotear. Una parte de mí quería que siguiera, pero otra comenzaba a rugir con un hambre distinta.

Jadeando, agarré su muñeca una vez más, e introduje de forma descarada la punta de su dedo índice en mi entrada. Me estremecí con aquel leve contacto.

- Quiero que entre en mí. – Le pedí, mucho más segura esta vez.

El demonio siguió el camino frente a él, avanzando lentamente mientras se recreaba en aquel obsceno acto. Gemí, retorciéndome entre sus brazos mientras sentía cómo rozaba los rincones más sensibles de mi ser, rotando y girando con descaro su dedo mientras iniciaba un movimiento de salida.

- ¿Así? – Inquirió, visiblemente orgulloso por las reacciones que despertaba en mí.

- M-Más… - Fue todo lo que pude responderle entre escalofríos de placer.

Mis caderas se movían solas, acompasadas con el vaivén de sus dedos, mientras arqueaba la espalda. Con los ojos cerrados, crucé los brazos sobre mi pecho, sobrecogida por el torrente de sensaciones. Entonces, comencé a sentir de forma clara cómo algo presionaba la parte baja de mi espalda. Le dediqué una mirada de soslayo, sorprendida. Él me miraba con los ojos brillantes por el deseo, y la boca entreabierta mientras jadeaba.

- Se-Sesshomaru, estás…

El demonio introdujo un segundo dedo en mí, y de forma inconsciente me mordí el labio para acallar el sonoro gemido que ascendió por mi garganta. No pude evitar imaginar que la dureza que había despertado en él era la que me atravesaba en aquel momento.

Incapaz de coordinar una frase coherente, decidí simplemente actuar para seducirlo, y que su deseo se volviera tan insoportable como el mío. Sujeté mis pechos con descaro, asegurándome de que él podía verlo perfectamente por encima de mi hombro. Entonces abandonó mi interior para sujetar mis clítoris entre el pulgar y el corazón, presionando y tirando delicadamente. Ahogué un chillido cuando hizo esto último.

Seguí acariciando mis pezones mientras observaba hipnotizada cómo sus falanges danzaban alrededor de mi sexo: saliendo, entrando, tentándome, haciéndome tocar el cielo… Los dedos de mis pies se curvaban de forma inconsciente cuando él tocaba aquel punto específico en mi interior que me hacía temblar de pies a cabeza. Mi torso se sacudía cada vez que volvía a juguetear con el botón de mi cuerpo únicamente destinado al placer… Sentía que estaba perdiendo la cabeza y la visión de todo lo que estuviese más allá Sesshomaru.

A pesar de que el demonio había mencionado que la barrera de Tenseiga ahogaría cualquier sonado, cubrí mi boca con ambas manos cuando sus estocadas a mi interior se volvieron más duras e intensas. Le escuché dejar un escapar un gemido al refregar su prominente sexo contra mi cuerpo. Quise pedirle que me tomase, que me hiciera el amor contra el suelo si era necesario, pero era incapaz de coordinar o pronunciar una frase coherente en aquel momento como para pedírselo.

Mi pelvis comenzó a sacudirse con las primeras descargadas eléctricas provocadas por su contacto. Gimoteé, presionando con fuerza las palmas contra mis labios. Cuando sentí que llegaba finalmente, mis piernas comenzaron a temblar, dejándome caer relajaba sobre el suelo. Sin embargo, Sesshomaru aún no parecía saciado, por lo que empezó a dar toques sobre mi sobreestimulado sexo. A pesar de ser cuidadoso, sus caricias me hacían sobresaltar por la alta sensibilidad de mis nervios.

- Sessh… No… Ah, ya… - Sollocé, tratando de explicar entre jadeos que no podía seguir más, que ya había alcanzado el clímax.

- Un poco más. – Musitó él, con la voz ronca. – Déjame oírte un poco más.

Abrumada por el orgasmo prologando, cerré los ojos mientras me dejaba hacer. Un escalofrío encadenado tras otro, sentía cómo se acercaba otra oleada de sensaciones. Con aquella condición delatada en mi voz, Sesshomaru frotó con sus dedos mi intimidad, primero despacio, y luego aumentando la velocidad a medida que mis gemidos se volvían más agudos.

Entonces chillé, perdiéndome una vez más en el efecto del roce de sus manos mientras cerraba las piernas, en la necesidad de alejarme de su contacto, demasiado sensible para soportar más placer. Me concedí unos instantes para recuperarme, con los ojos párpados cerrados con fuerza. Entonces, para cuando los latidos de mi corazón comenzaron a estabilizarse, me di cuenta de que la respiración del demonio se había vuelto pesada.

Miré su rostro, anonadada. Su larga y delicada lengua limpiaba la humedad residual en sus dedos, su expresión completamente en calma. Me percaté entonces también de que en algún momento había desaparecido la presión de su miembro contra mi espalda.

- ¿Te has venido, Sesshomaru…? – Inquirí, pensando por inverosímil que sonase, era la única explicación plausible.

Sus orbes dorados apuntaron directamente hacia mí, provocando mariposas en mi estómago. Él no parecía ser real, tan perfecto y misterioso. Se veía una criatura sacada de un cuento, aunque ciertamente, para muchas personas los demonios únicamente eran seres de fantasía.

- Sí. – Respondió, con la satisfacción reflejada en su rostro.

- ¿Únicamente por… tocarme? – Insistí, perpleja ante aquella revelación.

- Mis sentidos son más agudos que los de un ser humano. – Explicó, estirando los dedos de sus manos frente a sí. Pude apreciar cómo sus garras se alargaban hasta recuperar su longitud habitual. – Puedo experimentar las cosas de una manera distinta, con más intensidad… Aunque ni por asomo había previsto que pudiera acabar así. – Admitió con un tono tan serio que me hizo sonrojar.

Apenas podía creer que él acabase de correrse mientras me masturbaba, cuando él mismo pensaba que no estaba de humor para que yo le tocase. Él creía que ni siquiera se encontraba con ánimos de excitarse de aquella manera, pero aun así él había terminado… En aquellas circunstancias.

Esquivando su mirada por la vergüenza, me acurruqué en su pecho, dejando que su calor me arropase.

- Me alegra… que haya terminado. – Musité.

Sentí cómo envolvía su brazo alrededor de mí, despacio, antes de estrecharme contra su cuerpo. La firmeza de su torso en contraposición con la suavidad de su ropa convertía aquel espacio en un lecho perfecto, por lo que simplemente sonreí como una boba mientras dejaba que toda la tensión de mis músculos se fuera desvaneciendo…

- ¡…maru! – Me despertó el sonido de una estridente voz. - ¡Señor Sesshomaru, ¿cómo ha podido marcharse sin mí?! – Me revolví, tratando de ignorarlo para volver a caer dormida entre los brazos del demonio. - ¡Ah-Un, levanta! ¡Percibo su olor y el de Rin, no deben de estar lejos! – Atiné a escuchar a la criatura bicéfala bufar, molesta por aquel escandaloso despertar.

Sesshomaru masculló algo ininteligible entre dientes y me liberó de su abrazo. Me dejó recostada y arropada en su estola antes de alejarse unos pasos. Recuperó la Tenseiga y se la guardó en el cinto con gesto visiblemente molesto. Mientras yo me retiraba las legañas de los ojos, escuché un sonoro golpe en la lejanía, seguido de un quejido.

- ¿Podrías dejar de armar tanto escándalo por la mañana, Jaken? – A pesar de haber empleado palabras amables, el frío tono de Sesshomaru hizo temblar a sus sirvientes a pies a cabeza.

- ¡A-A-Amo mío! ¡Pensaba que se había marchado en mitad de la noche, y…! ¿Y la humana?

- Dale su espacio, tiene que vestirse... – Ordenó el hombre de cabello plateado, casi amenazador. – Ven aquí.

Sesshomaru se acercó al lugar donde había estado la lumbre el día anterior y se colocó la armadura sobre el kimono con la ayuda de su sirviente, dado que no podía hacerlo por sí sólo con un único brazo.

- Quédate aquí y cuida de Rin, Jaken. No me sigas. – Ordenó el demonio de forma tajante, a sabiendas de que el duendecillo lo seguiría hasta el final del mundo si no le imponía aquellas barreas.

Entonces, él desapareció entre la espesura, silencioso y como una exhalación. Seguramente necesitaba asearse a conciencia después de los eventos de la noche anterior.

Yo comencé a incorporarme, sintiéndome pesada y con los músculos agarrotados. Ah-Un gruñó, acercándose a mi apaciblemente.

- Buenos días, Ah-Un. Buenos días, Jaken. – Los saludé, todavía envuelta en el capullo de tela de la mullida mokomoko de Sesshomaru.

Me di cuenta de que la mirada del duendecillo me esquivaba deliberadamente. Se veía avergonzado tras haber descubierto el motivo por el cual su Amo se había ocultado de él…

Yo comenzaba a estar acostumbrada a que fueran de conocimiento público los momentos que teníamos de intimidad, por lo que traté de no darle más importancia. Ah-Un se acercó a mí, buscando mis caricias de buena mañana. Esto fue muy conveniente para mí, dado que la criatura cargaba en sus alforjas todas mis pertenencias. Entonces, tras asearme con paños secos, me cambié de ropa, puesto que el kimono de la noche anterior se encontraba húmedo y con manchas en el interior. Al rebuscar entre las alforjas de Ah-Un me di cuenta de que, entre mi reserva de plantas medicinales, me estaba quedando sin los ingredientes necesarios para la receta de contracepción que me había regalado Kaede… Entre sus notas, hacía mucho hincapié en que era importante tomar la mezcla cada día para asegurar el efecto, aunque no se estuvieran manteniendo relaciones a diario.

El plan del día estaba decidido, entonces. Primero, comí algo ligero para terminar de despertarme del todo, y luego me monté en Ah-Un para recorrer mayores distancias en el menor tiempo posible en busca de mis ingredientes. Jaken decidió permanecer en el campamento, en caso de que su Amo volviese. Aunque todos sabíamos que no hacía falta preocuparse por él, el pequeño demonio siempre procuraba estar cerca de él, velando por su bienestar.

Sobrevolando el cielo con Ah-Un, oteaba las zonas verdes al horizonte, y nos dirigíamos a ellas en busca de las plantas que yo necesitaba. Aquella actividad se sentía relajante, a solas con aquella criatura con que tenía tan buena relación.

Después de haber visitado varios lugares, cerca del mediodía, descendimos sobre una pradera que aún conservaba algo de verdor, a pesar del gélido aire invernal. Encontré brotes y otras hojas medicinales allí, para reemplazar por otras que me habían marchitado dentro de las alforjas, por lo que no podía estar más satisfecha con la incursión.

Sin embargo, tan pronto como me agaché a recoger las hierbas, el viento trajo consigo la presencia de una voz poco agradable.

- Volvemos a encontrarnos, mocosa.

Alcé la vista para encontrarme con los ojos carmesí de Kagura. Ocultaba parcialmente su rostro tras su abanico, el cual ya sabía que era un arma peligrosa, por lo que retrocedí con cautela. A pesar de que traté de recordar mi entrenamiento mental respecto a aquella mujer, algo en la forma de acercase a mí no me daba buena espina.

- Kagura… - La llamé, incapaz de disimular el desdén en mi voz. - ¿Buscas a Sesshomaru?

Agarré las riendas de Ah-Un a ciegas, tratando de tantear el cierre de uno de los bozales a mis espaldas. No quería perder de vista a Kagura ni por un solo instante, pero sabía que, si no descubría alguno de los hocicos del demonio, no le sería posible atacar o defendernos en aquella situación.

- No, en esta ocasión… Vengo a por ti. – Anunció con una sonrisa socarrona.

Aquella frase confirmó todas mis sospechas, por lo que antes de que Kagura pudiera actuar, logré localizar el mecanismo de apertura del bozal. Aunque tan pronto como me giré para liberar las fauces de Ah-Un, sentí cómo unas gruesas cadenas se enroscaban a mi alrededor, inmovilizándome y haciéndome perder el equilibrio. Caí a al suelo, golpeándome el costado y el rostro, de forma irremediable.

Ah-Un trató de ocultarme entre sus patas, en actitud defensiva. Sin embargo, Kagura lanzó un poderoso ataque con su abanico que golpeó del pleno el torso de la criatura, derribándola en el acto.

- ¡Ah-Un! – Chillé, observando al demonio perder la consciencia por el golpe. - ¡No! – En aquel momento, una figura que se acercaba caminando hacia mí lentamente proyectó su sombra sobre mí. - ¿Ko… haku? – Le llamé, casi sin aliento.

El muchacho me observaba con los ojos carentes de emoción, sujetando una hoz de la cual partía la cadena que me tenía aprisionada. El pobre muchacho estaba siendo utilizado por Naraku una vez más, y esa certeza me partía el corazón en mil pedazos…

- Buen trabajo, Kohaku. – Le felicitó Kagura, tomando una de las plumas de su cabello. – Trae a la muchacha y vámonos.

El cazador de demonios obedeció sin rechistar, y me cargó sobre su hombro con facilidad. La mujer lanzó la pluma al aire, y ésta creció hasta alcanzar un tamaño suficiente para abarcarnos a los tres. Kohaku y Kagura se acomodaron sobre el trasporte conmigo en medio, sujetada firmemente por las manos del joven.

- ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué es lo que quieres de mí? – Pregunté a la mujer, desafiante. - ¡No pienso permitir que le hagas daño a Sesshomaru!

- Qué irritante. – Rezongó la mujer, levantando un dedo a la par que la pluma gigante alzaba el vuelo, con nosotros sobre ella. – Duérmela, Kohaku. No me apetece aguantar los lloriqueos de una mocosa.

Entonces, sentí un poderoso golpe en mi nuca, el cual me hizo perder el conocimiento al instante.

Cuando desperté, me encontré en el frío suelo de un calabozo. En mitad de la oscuridad, la única luz provenía de un ventanuco por el cual se filtraba la luz de la luna. Había pasado bastante tiempo desde que había sido noqueada por Kohaku, sin duda.

Según comenzaba a espabilarme, sentía las muñecas entumecidas, atadas firmemente en mi espalda. Rodé sobre mi cuerpo para tratar de incorporarme y estirar mi cuerpo en la medida que las restricciones físicas me lo permitían. Al sentarme, me dio un leve mareo; quizás me estaba apresurando demasiado. Sin embargo, no podía quedarme esperando sentada a que Sesshomaru viene a rescatarme, tenía que hace algo al respecto.

Al inspeccionar mis alrededores, descubrí al otro lado de los barrotes una gigante figura que me observaba en un perturbador silencio. Reconocí aquel tétrico rostro y aquellas dimensiones: se trataba del gigante que se había llevado a Kohaku cuando Naraku comenzó a controlarlo de nuevo. Aquello, sin duda, dificultaba las cosas. Entonces me rugió el estómago ferozmente. Encima, estaba muerta de hambre, y me sentía débil. No las tenía todas conmigo.

Agudicé el oído para percibir cómo unos pasos se acercaban en la distancia. El atronador sonido del portón metálico al abrirse me taladró los sesos, mientras que el vigilante no se inmutó lo más mínimo.

- Ya ha abierto los ojos. – Informó el gigante con su perenne y grave voz.

Aquel hombre, si podía describirse de aquella manera, carecía de vitalidad, como si hubiera sido arrastrado de la tumba en contra de su voluntad. El tono grisáceo de su piel también contribuía a la inquietante imagen de muerto viviente.

- Tráela al salón principal, Moryomaru. El Amo Naraku la reclama.

Reconocí aquel timbre de inmediato, a pesar de que sonaba monótono y carente de emociones. Se trataba de Kohaku. Aterrada, observé al gigante llamado Moryomaru ponerse en pie mientras el muchacho accedía con un manojo de llaves para abrir la celda.

- ¡Kohaku! – Le llamé, con el corazón en la garganta. - ¡Soy yo, Rin! ¿No me recuerdas?

Sus pupilas vacías miraron a través de mí, concediéndome la misma importancia que a un insecto en el camino. Realmente no parecía que tuviera consciencia de sí mismo, ni demostraba signos de reconocerme en absoluto… Aquello era demasiado cruel para un muchacho con tan buen corazón como él. No quería ni imaginar cómo se sentiría Sango si lo viera así…

Moryomaru me cargó en su hombro con una facilidad inquietante. Su piel era rugosa y gruesa, y parecía tan robusto que una katana no sería capaz de atravesarle con facilidad, como una fortaleza acorazada con forma humana. Supe entonces que cualquier tipo de resistencia sería inútil. Por el momento, era mejor idea no armar un escándalo, analizar la situación y esperar al momento adecuado.

Kohaku guio a su compañero a través de los pasillos hasta alcanzar un amplio pabellón. En mitad de aquella sala, nos esperaba Naraku de pie, acompañado de una niña blanca como el papel que sostenía un espejo entre las manos.

- Qué bueno que hayas despertado, humana. Quería tener unas palabras contigo.

Moryomaru me dejó en el suelo, colocándome sobre mis pies con mayor cuidado del que habría esperado de una bestia así.

- Moryomaru, Kohaku. – Kagura habló repentinamente desde un rincón de la habitación, sobresaltándome en el acto. No la había visto en un primer momento. – Será mejor que vigiléis fuera. Sesshomaru no debe tardar mucho en aparecer, dudo que Hakudoshi haya podido retenerlo por más tiempo.

Así, tanto el muchacho como el gigante se marcharon, dejándome en la sala con la mujer, la niña y el diablo en sí mismo.

- Dime, humana… - Se dirigió hacia mí el hombre de cabello azabache. - ¿Cómo crees que podrías persuadir a tu adorado esposo para que accediera a colaborar conmigo?

- ¡¿Acaso piensas que yo aceptaría ayudarte de alguna manera?! ¡Eres un monstruo! – Grité, sintiendo la ira crepitando en mi interior.

Él sonrió, divertido con mi reacción.

- No necesito ayuda de una vulgar humana como tú, no te confundas. Te estaba ofreciendo un trato, en caso de que quieras que las cosas seas más fáciles para todos, y evitar una batalla innecesaria.

Su tono meticuloso y calculador hizo que un sudor frío me recorriese la espalda.

- No podrás dañar a Sesshomaru. – Declaré, segura. – Si estás tan desesperado por evitar un enfrentamiento directo con él es porque no debes confiar demasiado en tus posibilidades de victoria.

La sonrisa del demonio se volvió más amplia.

- Es posible que no pueda derrotar a Sesshomaru por mis propios medios, sin embargo… Te recuerdo que la vida de Kohaku está en mis manos. Sois muy buenos amigos, ¿no es así?

Aquella amenaza atravesó mi corazón, sabiéndome acorralada en aquella situación. Iba a usar a Kohaku como moneda de cambio para obtener lo que fuera. Era un sucio tramposo y un cobarde.

- ¿…qué es lo que quieres de mí? – Pregunté, calmando mis nervios y fingiendo docilidad.

- Dime, mujer de Sesshomaru. – El hombre se acercó a mí despacio, hasta detenerse frente a mí, sujetando un mechón de mi cabello. - ¿Qué crees que le haría más colaborador: encontrarte aquí con todos los huesos rotos, o con todo tu cuerpo impregnado de mi marca y mi esencia?

Aquel hombre estaba loco. Su expresión mostraba una perversa satisfacción ante mi expresión de más puro terror.

- Qué pregunta más tonta, ¿verdad? Cuando puedo hacer ambas. – Añadió con la expresión más sádica que había contemplado jamás.

Todo mi cuerpo comenzó a temblar. No había ningún tipo de negociación sobre la mesa, esa criatura simplemente disfrutaba del dolor ajeno, y sabía que, cuanto más destrozada mental y físicamente me encontrase el demonio, más dispuesto estaría a colaborar. Por aquel motivo, traté de reprimir mis ganas de llorar y gritar por auxilio. Permanecí lo más estoica que pude, sin desviar la mirada de los ojos carmesí de aquel monstruo, luchando por deshacer las ataduras de mis muñecas a mi espalda.

- Una chica valiente, por lo que veo. – Rio él entre dientes. – Eso me gusta. Si también eres inteligente, sabrás que es mejor que no te resistas a partir de ahora.

Agarró mi rostro con una de sus desagradables manos para acercarme a él. Dejé de respirar unos instantes, pensando en simplemente aguantarlo por el bien de Kohaku. Podía soportar que me besase, aunque me resultase la criatura más nauseabunda del mundo… Cuando su boca asaltó la mía, de forma intrusiva y desagradable, toda mi convicción se deshizo por completo. Me provocaba repulsión, y no sería capaz de soportar lo que sabía que seguiría a los besos… Temblando por un miedo atroz, no pude evitar reaccionar mordiendo su labio con rabia, llenándome del sabor de su sangre.

El hombre me propinó entonces un puñetazo en el estómago, haciéndome caer y rodar por el sueño con un alarido de dolor. No sabía si me había fracturado alguna parte de la caja torácica, pero sentía como si mi cuerpo se fuera a partir en dos del dolor.

- Veo que sí te faltan luces en el cerebro… - Siseó él, relamiéndose la sangre de la boca con una sonrisa diabólica. – Hagas lo que hagas, voy a conseguir lo que deseo, tanto de ti como de él. – El demonio echó a andar nuevamente hacia mí, haciéndome temblar de nuevo. – Resistirte sólo lo hará más doloroso para ti, y más entretenido para mí.

Cuando creía que estaba todo perdido, Kagura se interpuso velozmente entre su Amo y yo.

- Siento la interrupción, pero no creo que nos quede tiempo para todo esto, Naraku. – Interrumpió la mujer. – El rastro de Sesshomaru está muy cerca, debemos empezar con los preparativos.

Me quedé perpleja analizando el tono de desaprobación de Kagura y su gesto protector hacia mí. ¿Ella estaba desafiando a su Amo? ¿Para protegerme a mí? Naraku masculló, molesto:

- Luego rendiré cuentas contigo, Kagura… - El hombre se giró hacia la niña de cabello blanco, la cual había permanecido inmutable durante como aquel tiempo. – Kanna, ya sabes lo que tienes que hacer. No hay tiempo que perder.

Kagura me dedicó una mirada de reojo mientras se apartaba para dejar paso a la chica que caminaba con un espejo entre las manos. De fondo, pude observar cómo el demonio se deshacía de su hakama, descubriendo su pecho para extraer un pedazo de su carne. Una visión aterradora y grotesca. Aquel hombre se deshacía de fragmentos de su cuerpo con una calma y normalidad espeluznante. Todo un monstruo.

Mi visión fue entonces bloqueada por mi propia imagen, reflejada en el espejo que cargaba Kanna. Al encontrarme con mis propios ojos sobre aquella superficie, fui trasladada a un oscuro vacío que me arrastró inexorablemente hacia el interior de aquel misterioso objeto.

Notas: Vengo a hacer una mención especial a Viento, la persona en la que más confío para revisar cada capítulo y su reacción al leer este fue tipo "Con lo tranquilo que estaba todo, esto ha escalado muy rápido", lo cual me hizo bastante gracia, pero es que tiene tanta razón.

La verdad es que echando la vista atrás, me siento muy satisfecha con la evolución de los personajes, y aunque me encanta describir escenas más cotidianas entre ellos, ya iba siendo el turno de algo de drama, así que aquí os dejo por hoy 3 Os leo en comentarios y nos vemos de nuevo en dos semanas!