Notas: ¡Buenas! No sé si lo esperabais o no, pero se viene capítulo desde el punto de vista de Sesshomaru 3 Me consta que a muchos os gustó la última vez, así que me he animado a traerlo de vuelta para esta ocasión, aunque me cuesta muchísimo adentrarme en su mente y que quede bien reflejada su personalidad.
Espero que disfrutéis mucho el mundo interior de Sesshomaru!
"Meido Zangetsuga". Aquella era la técnica oculta que había dejado mi padre en su Tenseiga, pujando por salir a la luz desde que el arma había comenzado a palpitar dentro de su vaina.
Tomé la katana y la posicioné verticalmente frente a mis ojos, concentrándome en sus latidos hasta que pude verlo frente a mí. Si cortaba en dirección oblicua frente a mis ojos, podría abrir una puerta al Inframundo con aquella espada. Con los pies firmemente anclados en el suelo, asegurando mi posición, y con la respiración controlada, me concentré en la Tenseiga. Tras unos segundos, tracé un arco descendente, con el brazo siguiendo el ángulo correcto que me había mostrado el arma.
El portal no tardó en abrirse, en forma de media luna, mostrando a través de aquella abertura una visión de aquella oscura dimensión. Tenía una amplitud mayor a la de mis intentos previos, y no ejercía una fuerza de succión hacía aquel vacío. ¿Lo haría si lograba abrir el portal con forma de luna completa? Eso era lo que pensaba descubrir, aunque mis experimentos no fuesen concluyentes, por el momento. Por eso, cada día me alejaba más del campamento para entrenar, ante la posibilidad de que aquella puerta al más allá se saliese de control y tratase de succionar a quienes más me importaban.
Si lograba entender y manipular aquella técnica a voluntad, debería ser pan comido fingir ayudar a Naraku para acabar con su vida en el acto. Aunque aún ni siquiera sabía si era posible volver con vida una vez atravesado el portal, ni si aquel desgraciado se atrevería a cruzarlo por sí mismo, pues era muy plausible que mandase a Kagura u otro de sus subordinados en su nombre.
Suspiré con pesar. Aquella mujer demonio seguía profundamente traumatizada por los hechos acontecidos en el monte Hakurei, donde casi había perdid la vida al tratar de alcanzar el más allá por orden impetativa de su Amo. Sin embargo, gracias a su astucia, ella había logrado escapar a tiempo de aquella trampa mortal, aunque no sin severas secuelas psicológicas.
Kagura era una mujer orgullosa, por lo que jamás confesaría a nadie el miedo que había dejado entrever al informarme de los planes de su Señor. Al percibir aquella agitación en ella, supe necesitaba desesperadamente ser libre de aquella prisión de cadenas invisibles, y una parte de mí quería ayudarla, después de todo. Una vida en la cual un tirano tiene tu corazón, tu órgano más vital, cautivo, y que amenaza con destrozarlo en caso de desobediencia, era para volverse loco. Y aquella mujer era fuerte física y mentalmente, pero no había criatura que soportase aquella humillante situación eternamente. Kagura me despertaba una piedad que jamás habría creído posible albergar en mi ser, hasta que Rin me había ayudado a escuchar y reconocer mis sentimientos.
Una vez el portal creado por el Meido Zangetsuha se hubo cerrado por sí solo, devolví la Tenseiga a su funda, en silencio.
Sí, Rin… Ella me había aportado una calma mayor de la que jamás había podido imaginar durante mi larga existencia. Con el tiempo, aquella humana había logrado superar su más visceral miedo hacia mí, y no sólo se sentía cómoda en mi presencia, sino que incluso se atrevía a llevarme la contraria abiertamente cuando algo no le parecía correcto. Al principio, aquel comportamiento me resultaba irritante, simplemente porque no estaba acostumbrado a que nadie me levantase la voz, pero con el tiempo, había llegado incluso a apreciar aquellas discrepancias, dado que ofrecían una mayor riqueza respecto a otros puntos de vista.
Gracias a esa mujer, había aprendido que, si me paraba a escuchar a mi alrededor cómo se sentían mis acompañantes, yo mismo me encontraba menos solo, y no me frustraba tanto que las cosas no funcionases exactamente acorde a como yo hubiera esperado o planeado unilateralmente. Porque el mundo no giraba a mi alrededor, y me sentía más en paz fundiéndome con el universo, antes que enfrentándome a cualquier obstáculo que yo sintiera que se ponía en mi camino. Y no era que el mundo entero se pusiera en mi contra, como siempre había creído de forma egocéntrica, sino que había barreras que simplemente acababan frente a mí por algún motivo que no tenía nada que ver conmigo. Darme cuenta de aquello había cambiado mi autopercepción, deconstruyendo todas aquellas enseñanzas de mi madre. Ella siempre me había dicho que toda criatura inferior debía postrarse a mis pies si deseaba clemencia. Y no era así. No podía haber estado más equivocada.
Rin me había enseñado que, hasta las flores del suelo, que podíamos pisar sin darnos cuenta, merecían respeto. Incluso podíamos apreciar en ellas una belleza que no se encontraba en ningún otro lugar. Esa era la forma de ver la vida y al resto de seres vivos que me había transmitido aquella pura mirada de color castaño, a través de sus actos y cómo se relacionaba con su alrededor. Era fascinante cómo viajar con ella me había hecho cambiar tanto, y sabía que tenía mucho que agradecerle… Aunque nunca encontraba un momento correcto o una forma para verbalizarlo. Sería muy extraño darle las gracias de la nada por algo tras trascendental como aquello, ¿no?
- ¡Amo Sesshomaru! – La chirriante voz de Jaken zumbó en mis oídos, llena de pánico. - ¡Es una emergencia, mi Señor!
Respiré hondo, reuniendo toda mi paciencia. Incluso si me resultaba molesto su tono, parecía estar genuinamente preocupado por algo, así que debía escucharle, como mínimo. Me di la vuelta para encontrarme con el duendecillo, que corría hacia mí arrastrando a Ah-Un por sus bridas. El demonio de dos cabezas se veía aturdido, siguiendo el paso de Jaken con dificultad.
- ¿Qué es lo que ocurre, Jaken? – Le increpé en el tono de voz más neutral que pude emitir. - ¿Y Rin? No la habrás dejado sola. – No pude evitar regañarle al comprobar que la humana no les acompañaba.
- ¡Ese es el problema, mi Señor! – Admitió mi sirviente, presa de pánico. – Rin se marchó con Ah-Un a buscar unas plantas medicinales, pero éste no ha vuelto hasta hace poco, completamente solo, y… Me temo que ha debido ocurrir algo, la situación no pinta bien.
Una parte de mí quería desquitarse y aporrear hasta el desmayo a aquel inepto por no haberla acompañado, cuando su única misión era velar por la seguridad de mi esposa. Sin embargo, no tenía sentido hacerlo una vez cometido el error, ya que no había más tiempo que perder. Decidí que le reprendería más tarde, para recordarle que Rin seguía siendo una frágil mortal. Aquello no había sido nada prudente.
Me acerqué a Ah-Un para examinar su condición. No parecía herido a simple vista, pero sí que se veía muy aturdido y desorientado. Me impresionaba que hubiera logrado regresar solo al campamento en aquel estado, por lo cual lo felicité en silencio mientras daba suaves palmadas sobre uno de sus cuellos. Entonces, llegó a mis fosas nasales la putrefacta esencia de Naraku, con una nota de frescor al final.
Aquello había sido obra de Kagura. Y no tenía ni idea de qué podía estar tramando su Amo, pero no pensaba parar hasta descubrirlo y traer a Rin de vuelta.
- Quédate aquí con Ah-Un hasta que se recupere, Jaken. Yo me encargaré de rescatar a Rin.
- Pero mi Amo… - Comenzó a objetar mi sirviente. – Déjeme acompañarle, puede ser peligroso.
- Es una orden. – Mascullé, tajantemente. – Él te necesita más que yo en este momento. Igual que Rin te necesitaba a tu lado, tal y como te había mandado.
La criatura hundió los hombros, con lágrimas asomando a sus grandes ojos.
- No tengo palabras para describir cuán culpable me siento… - Gimoteó lastimeramente. – Señor Sesshomaru, puede disponer de mi vida como desee tras este error imperdonable…
El demonio se dejó caer sobre sus rodillas, con la cabeza gacha. Aquella posición simbolizaba la entrega completa de su existencia, como si sólo pudiera expiar sus pecados con la muerte. Todo su cuerpecillo temblaba, esperando su inevitable final.
Aquella desoladora imagen me hizo sentir una punzaba de culpabilidad. Yo había hecho creer a aquella criatura que sería capaz de hacerle algo así. A pesar de su genuina devoción por mí, Jaken realmente siempre había temido las consecuencias de no cumplir mis órdenes hasta el punto de pensar que podría cobrarme su vida por algo así… Por eso jamás se había atrevido a contradecirme jamás. Darme cuenta de que aquellas circunstancias me hizo pensar que yo no era mejor que Naraku, después de todo, y detestaba aquel sentimiento con todas mis fuerzas.
Me dirigí hacia Jaken, el cual se tensó al instante, esperando un golpe mortal. Sin embargo, lejos de sus expectativas, me arrodillé a su lado para tratar de equiparar lo máximo posible nuestras alturas, en un intento de mostrarme lo menos amenazador posible. A pesar de mis buenas intenciones, el pobre diablo se sobresaltó al escucharme hablar tan cerca de él:
- No mereces la muerte por lo que has hecho, Jaken. – Le dije, hablando pausadamente, para que todas y cada una de mis palabras se grabasen en su conciencia. – Sólo te pido que cuides que otro de nuestros compañeros no sufra más daño hasta mi regreso. ¿Podrías hacerlo?
Los enormes globos oculares de demonio me observaban abiertos de par en par, perplejo.
- P… Por supuesto. – Respondió él, aún incapaz de creer lo que sus ojos veían.
- Hablaremos sobre este asunto más tranquilamente después. – Le informé, poniéndome en pie nuevamente. – Ahora voy a buscar a Rin.
Jaken seguía sin salir de su asombro mientras me observaba transformarme en bestia. Dejé escapar un rugido antes de echar a volar por el firmamento. Pensaba asegurarme de que Naraku lo fuese a pagar muy caro en el caso de que la mujer que amaba resultase herida.
Para cuando llegué a la guarida de Naraku, ubicada en una fortaleza abandonada en mitad de la montaña, a sus puertas me esperaba un niño arrogante con una naginata. Él mismo se había presentado como Hakudoshi, y se autoproclamaba como el más poderoso de todos los demonios nacidos de la carne de Naraku. Me di cuenta de que detestaba aquella actitud altiva porque me recordaba a lo prepotente que había sido yo mismo en el pasado. Y no podía imaginar sensación más gratificante que cerrar la boca de un bufón así ganándole en el juego del que se creía maestro.
Aquel despojo no merecía enfrentarse a mi forma de bestia, por lo que recuperé mi figura humanoide para enfrentarme a él con mi espada diabólica, Tokijin.
- ¿Crees que acaso podrás derrotarme en combate con un único brazo, tullido? – Exclamó el niño, en un intento de provocarme.
Sonreí, seguro de mis habilidades. Lo aquel mocoso no sabía era que con aquella extremidad tenía más que suficiente para derrotarle. Sus fintas eran veloces, y podía esquivar mis ataques con facilidad gracias a mi mermada agilidad, aunque sus ataques eran sencillos y predecibles. Su técnica era incluso más tosca que la de Inuyasha, por lo que aquello sería pan comido, sólo necesitaba esperar al momento preciso.
Intercambiamos varios golpes de nuestras armas, sin que la balanza se inclinase a favor de ninguno de los dos. Hakudoshi parecía empezar a impacientarse.
- Esto es todo de lo que eres capaz, ¿"Lord Sesshomaru"? – Pronunció mi nombre con sorna, tratando de provocarme.
Sin pronunciar una sola palabra en respuesta a su bravuconería, me abalancé contra él para amenazar su cuello con una certera estocada. Justo en el momento en el cual Hakudoshi se agachó para esquivar el golpe, solté mi katana, dejando que saliera despedida por los aires. Entonces, liberé las toxinas corrosivas de mis garras para cegarlo momentáneamente. No tardé en sacar provecho de aquel momento de vulnerabilidad para sujetar su rostro con un ágil movimiento, suspendiéndolo por encima de mi cabeza.
Entre alaridos de dolor, el mocoso dejó caer su naginata mientras luchaba con sus escuálidos brazos por escapar de mi mortal agarre. Aunque siendo parte de Naraku, y era posible que tuviera habilidades regenerativas, supuse que tomaría su tiempo, y podía asegurar que no pasaría un rato agradable reconfigurar la totalidad de su rostro, derretido por el veneno. El cuerpo de Hakudoshi comenzó entonces a convulsionarse, a punto de perder el conocimiento de puro dolor.
- Bienvenido, Lord Sesshomaru. – Al girarme para identificar al dueño de aquella voz, me encontré con el joven cazador de demonios al que Rin había intentado proteger. Kohaku. - El Amo lamenta la brusca bienvenida. – Sus pupilas estaban tan vacías como los de una marioneta inanimada, y su voz sonaba fría, carente de vida o emoción. Lanzó entonces una mirada al muchacho que seguía sufriendo a merced de mis garras. – Puede detener esas acciones tan desagradables, no será necesario que recurra a la violencia para que le permitamos el paso.
Tras las espaldas del chico humano surgió una figura descomunal, la misma que le había abducido meses atrás, cuando Naraku había vuelto a poseerlo. Apestaba a carne podrida y a miasma, un hedor inconfundible. Arrugué la nariz, tratando de soportar una esencia tan invasiva como aquella, mientras estiraba los dedos, dejando caer el inerte cuerpo de Hakudoshi al suelo. No sabía si estaba muerto o si volvería a levantarse, pero en cualquier caso, esperaba que no le quedasen ganas de volver a entrometerse en mi camino.
Di varios pasos al frente, dirigiéndome al lugar en el que había caído la espada que había arrojado durante el combate, la Tokijin, con intención de recuperarla. Sin embargo, el gigante que se erguía junto a Kohaku se me adelantó, y pisando con fuerza sobre la hoja de la espada, la partió en dos.
- No vas a necesitar esto. – Gruñó la tenebrosa voz de aquel montículo de carne nauseabunda.
La aparentemente pacífica invitación de Naraku seguida de la destrucción de mi única arma ajena a mi propio cuerpo se sentía mucho más hostil que el confrontamiento directo con Hakudoshi. Sin embargo, supe que no tenía sentido oponer resistencia, si quería encontrar a Rin lo antes posible. El gigante tenía la piel acorazada y el cazador de demonios era una persona preciada para mi mujer… Nada bueno podía salir de un combate en aquella situación.
Restándole importancia a la pérdida del arma, me dirigí hacia Kohaku en silencio y él echó a andar hacia el interior del castillo. Por fortuna, el gigante nauseabundo se quedó en el exterior, guardando el cuerpo de su compañero, permitiendo que el aire de mis fosas nasales se purificase mínimamente. Aunque dentro de aquel lugar todo desprendía olor a miasma.
Si me concentraba en mis sentidos lograba captar la delicada esencia de jazmín que pertenecía a Rin, lo cual significaba que había llegado al lugar correcto, y cada vez estaba más cerca de ella. Mi corazón comenzó a palpitar en mi garganta, fruto de la incertidumbre. No sabía cómo reaccionaría si Naraku había osado tocar uno solo de sus cabellos…
Pero me estaba adelantando a los acontecimientos, y no podía pensar con claridad con la sangre hirviendo por la ira anticipatoria. Respiré hondo a la par que sostenía la empuñadura de Tenseiga en mi cinto, tratando de recuperar la templanza de un guerrero. Aquello podía complicarse en exceso si perdía los nervios. Después de todo, estaba en terreno enemigo, completamente solo, y a saber qué retorcido plan podía haber elaborado aquella sabandija cobarde de métodos más que cuestionables.
Al final del trayecto, el cazador de demonios me hizo pasar a un amplio salón, donde me esperaba Naraku de pie, con Kagura a su lado. El medio demonio me dedicó una grotesca sonrisa al verme entrar. El olor de Rin era intenso, estaba muy cerca, aunque no pudiera verla a simple vista.
- Ya pensaba que no vendría a honrarme con su presencia, Lord Sesshomaru. Temía que Kagura no hubiera sido suficientemente clara contigo.
La mujer me dedicó una mirada incómoda, visiblemente disgustada por tener que seguir los juegos sucios de aquel hombre. Sus labios rojos dibujaron una silenciosa advertencia, haciendo que todo mi cuerpo se tensase como un arco, preparándose para lo que se pudiera avecinar.
- Déjate de juegos, Naraku. – Hablé, asegurándome de que mi voz resonase con claridad en toda la habitación. – Si no me he presentado antes es porque aún no domino la técnica para abrir la puerta al Inframundo que requieres de mí, así que devuélveme a mi mujer.
- ¿Te refieres a esta humana? – Inquirió aquel diablo, dejando que la menuda figura de mi esposa emergiera por detrás de su espalda. La muchacha se quedó de pie, mirándome fijamente, cuando aquel malnacido se atrevió entonces a posar sus sucias manos sobre los hombros de Rin. – No tienes que preocuparte por ella, se trata de mi invitada de honor, y la estoy tratando como tal.
Sin embargo, aunque no había duda de que aquella humana se trataba de ella, y emanaba su dulce olor, había algo que no encajaba. No había dicho ni una sola palabra desde que yo había entrado en la habitación, a pesar de no encontrarse amordazada. Y tampoco parecía dispuesta a echar a correr, aunque sus extremidades se encontraban libres, al menos ahora. Sus muñecas presentaban unas oscuras marcas, señal de que había luchado por liberarse previamente. Entonces noté que sus ojos se veían exactamente igual que los de Kohaku: apagados, sin vida ni voluntad propia.
Inmediatamente deduje que estaba siendo controlada.
- No… la toques… - Gruñí, sintiendo cómo todo mi cuerpo se hinchaba, pujando por transformarse en una bestia y arrancarle la cabeza de un solo bocado.
Naraku alzó las manos mientras seguía sonriendo con sorna. Deseaba poder eliminar aquella desagradable expresión de su rostro de un solo golpe. Pero no podía perder los estribos, debía controlarme. Estaba claro que tenía un plan en mente con aquella morbosa situación que había preparado.
- Está bien, está bien, disculpa… No seré yo quien mancille el cuerpo de tu hembra… Frente a tus ojos, al menos.
Se estaba marcando un farol. El medio demonio no había tocado su cuerpo, aunque sí podía percibir en su olor que se había acercado a ella y había osado rozar su rostro. Y pensaba hacerle pagar por ello, pero de momento debía mantener mi mente calmada y no darle vueltas a aquel asunto. Si dejaba volar mi imaginación y mi rabia, podía ser el fin. Era más que evidente que Naraku estaba tratando de forzar mi transformación con sus provocaciones. ¿Pero con qué propósito? Si lo que necesitaba de mí era que utilizase a la Tenseiga para abrir el portal, aquello no tenía ningún sentido y era completamente innecesario.
Naraku sacó una tachi de su cinto y se la entregó a la joven.
- Confío en que tú puedas convencerle para colaborar, querida. – Siseó el medio demonio, observando cómo la humana se acercaba a mí, blandiendo el arma.
Rin me observaba fijamente con aquellos ojos vacíos como los de una muñeca de porcelana mientras se acercaba con paso firme hacia mí. ¿Realmente pretendía que nos enfrentásemos? Aquello era tan retorcido como ridículo, pero comenzaba a leer entre líneas sus intenciones. Cuanto más exaltados se encontrasen mis instintos, más complicado sería evitar dañarla, y era más posible que hiciera algo de lo que me pudiera arrepentir; otra posibilidad era que yo me rindiese en el acto al temer lastimarla. Ahora comprendía por qué mostraba tanto interés por sacarme de mis casillas. Sin embargo, su plan no había funcionado, me encontraba suficientemente lúcido para controlar todas y cada una de mis acciones sin temor a perder el control.
- Podemos evitar todo esto si accedes a abrir la puerta hacia el Inframundo en este mismo instante, Sesshomaru. – Me recordó aquel villano, muy seguro de sí mismo.
- Ni lo sueñes. – Respondí, amenazante. – Libera a Rin en este instante. O lo lamentarás.
La única respuesta a mi amenaza fue la estocada de Rin en mi dirección, la cual esquivé sin dificultad. Sus movimientos eran lentos y torpes, como era de esperar de su naturaleza humana y su inexperiencia en combate. Sin embargo, sí que tenía una buena postura, seguramente gracias al tiempo que había entrenado con Kohaku, y disponía de energía de sobra para asestar un golpe tras otro, sin darme a tiempo a elaborar una estrategia. El hecho de que sus ataques no siguieran un patrón, completamente erráticos, me dificultaba concentrarme en nada más que no fuera esquivar y evitar a toda costa devolver ningún golpe.
Tras haber retrocedido casi hasta la entrada de la sala, inmovilicé el brazo de Rin que sostenía la katana, frenando en seco sus débiles estocadas.
- Rin. – La llamé, en un susurro apenas audible. – Soy yo, detente. Vuelve en ti.
Sin embargo, ella comenzó a gruñir, fuera de sí, resistiéndose mientras trataba de liberarse. Nada de lo que dijera iba a traer su conciencia de vuelta, y la certeza de aquel hecho se me antojaba insoportable. Tenía que haber alguna manera, pero para llevarla a cabo, primero debía descubrir cómo estaba siendo controlada.
Antes de que mi agarre pudiera comenzar a forjar un moretón más alrededor de la piel de su muñeca, le arrebaté el arma tirando de la empuñadura con rapidez. Sus delicadas manos apenas tuvieron tiempo para reaccionar y tratar de conservar la tachi consigo. Tras sopesar mis opciones unos instantes, decidí lanzar la espada lejos, comprobando cómo Rin echaba a correr en su busca, concediéndome unos segundos adicionales para analizar la situación.
Kagura sostenía su abanico en mano, seguramente preparada para atacar en caso de que la situación se descontrolase; mientras, su Amo era testigo de aquella escena con un brillo de satisfacción en los ojos, no parecía dispuesto a lanzar ningún ataque, sino que se dedicaba a disfrutar del espectáculo. Era un monstruo que simplemente disfrutaba contemplando el sufrimiento ajeno. Deplorable.
En cualquier caso, no parecía que ninguno de los dos estuviese haciendo nada sospechoso. ¿Cómo estaban controlando a Rin, entonces? Aquello era lo primero que tenía que averiguar para poder salir de aquella situación. Escaneé la habitación de un lado a otro, pero no lograba percibir nada…
Hasta que atisbé un tímido brillo en un rincón de la habitación. Olfateé el aire con avidez. No. En aquella sala solo nos encontrábamos Naraku, Kagura, Rin y yo. Kohaku se había marchado poco después de conducirme hasta allí. ¿Entonces qué era aquel resplandor? ¿Un mecanismo? Tendría que acercarme para comprobarlo.
Salté en dirección hacia aquel misterioso destello para encontrarme con una niña con el cabello y las ropas de color blanco sosteniendo un espejo. Me sorprendió encontrarme un ser vivo, dado que incluso a aquella distancia no desprendía olor alguno, como si se tratase de un espejismo. Del objeto que sostenía entre sus manos brotaba un hilo de luz que conducía hacia Rin. Alcé el puño con intensión de quebrar el objeto, pero me detuve en seco al notar que la muchacha no hacía ningún amago por tratar de defenderse. ¿Significaba aquello que la conciencia de Rin se vería comprometida si destrozaba el espejo? ¿Acaso podía arriesgarme? No tenía certeza de lo que podría pasar, aunque me hallase bastante seguro de que la estaba controlando con aquel misterioso artefacto.
- Dudar en el campo de batalla puede ser nefasto, Sesshomaru. – Se burló Naraku, visiblemente entretenido por aquel patético escenario. – Deberías saberlo mejor que nadie.
No tuve tiempo siquiera para darme la vuelva y confirmar la posición de Rin. Sentí un objeto afilado atravesar mi espalda y sobresalir por mi abdomen junto a una punzante sensación de dolor. Maldición. Había estado concentrando tanto mis sentidos en analizar a aquella extraña niña frente a mí que había descuidado mis instintos de alarma. Sobre todo, porque la cercanía de Rin se me antojaba tan familiar que atravesaba todas mis barreas antes de que pudiera notarla.
La sangre ascendió a mi boca, llenándome la lengua de un desagradable sabor metálico. Mi primer pensamiento fue que no debía preocuparme por aquella herida, ya que no tardaría en sanar apenas retirase el metal de mi cuerpo. Sin embargo, comencé a notar cómo mi visión se tornaba borrosa, y mis piernas me fallaban, haciéndome caer al suelo de rodillas, en contra de mi voluntad. ¿Qué diablos estaba ocurriendo?
Naraku profirió una risa que retumbó en mis oídos.
- Sabía que la única persona capaz de acertarte con esa esa arma sería ella, no me equivocaba… No te encuentras bien, ¿Sesshomaru? – Preguntó, con tono burlón. Sólo pude lanzarle una mirada de odio mientras me inclinaba sobre mi estómago. – Verás, me consta que eres muy resistente al veneno, sin embargo, veo que no toleras muy bien el miasma directamente en tu torrente sanguíneo. – Kagura se había llevado las manos a la boca, con el rostro deformado en una expresión de horror. Sin embargo, ella no podía gritar ni hacer nada para detener el curso de los acontecimientos, su propia vida estaba en juego si intentaba cualquier afrenta contra su Amo. – No es nada personal, pero si no tienes intención de ser mi aliado, me conviene más que estés muerto, Sesshomaru.
Mi mandíbula se tensó de pura rabia e impotencia. Su plan había sido distraerme con el secuestro de Rin, y con ello fingir que trataba de obligarme colaborar mediante aquella extorsión. Sin embargo, él ya tenía muy claro desde un principio que iba a prescindir de mí, y yo había sido tan estúpido que había caído de lleno en sus artimañas. La aplastante victoria contra Hakudoshi había hecho que me creciese antes de encontrarme con Naraku, aunque no estaba seguro de si aquel enfrentamiento también había sido parte de sus planes. Y por supuesto, utilizar a Rin como mi contrincante había sido la mejor elección para que yo no la hubiera considerado una amenaza real contra mi vida en ningún momento. Fuera como fuese, aquel desgraciado había logrado prever y manipular a su gusto la evolución de mis emociones a su conveniencia para lograr su auténtico objetivo.
Tenía dos opciones en aquel punto: o me sacaba la espada del cuerpo para evitar que el miasma se siguiera extendiendo por mi organismo hasta matarme, a riesgo de desangrarme y perder el conocimiento allí mismo, ya que mis heridas tardarían en sanar por culpa de la polución; o dejaba el arma incrustada en mi cuerpo para poder pelear hasta que el miasma corrompiese todo mi cuerpo y se llevase mi último aliento. Ninguna de las dos perspectivas era alentadora, pero dispondría de más tiempo para combatir si no extraía el arma, a pesar del alto riesgo que esto conllevaba. Sin embargo, debía de ser más que suficiente para partirle en dos antes de que la vida me abandonase. Esa era la única opción de victoria que tenía.
A mis espaldas, sentía cómo la hoja de la tachi seguía hundiéndose en mi carne, casi como mofa que me obligaba a recordar quién se había convertido en mi ejecutor. Entonces, un olor salado como el mar llegó a mis fosas nasales. Eché la vista atrás para encontrarme el rostro de Rin surcado por lágrimas. A pesar de seguir siendo controlada, parecía conservar su consciencia, siendo testigo de todo lo que ocurría frente a sus ojos. Aquel sádico quería que ella viviera en primera persona que había sido la autora de mi asesinato.
Mi sangre comenzó a arder ante aquel descubrimiento. Podía soportar la humillación de haber sido engañado o derrotado, pero lo que no pensaba permitir era que ella sufriera por mí. Si yo perdía la vida frente a sus ojos, sabía que aquella imagen se convertiría en una pesada losa sobre su conciencia de por vida, y no estaba dispuesto a permitirlo.
Tenía que proteger el corazón de la mujer que amaba. No deseaba verla sufrir nunca más por mi causa. Quería salvar la sonrisa, la paz y la mente de Rin. Yo… Tenía que sobrevivir, de cualquier manera que fuera posible... Por ella. Incluso si aquella humana dejaba de elegirme en algún momento de su breve existencia. No podía permitir que un horror así ensombreciese sus ojos castaños para siempre.
"¿Tienes a alguien a quien proteger con tu poder, Sesshomaru?". Las palabras que mi padre había repetido hasta el día de su muerte resonaron en mi cabeza una vez más.
"Sí. Hay una persona a la que deseo proteger más que a nada en este mundo", pensé con una firme resolución.
En ese momento, sentí un asfixiante calor recorrer mi cuerpo, dirigiéndose directamente hacia el lado izquierdo de mi cuerpo, acumulándose donde antaño había estado mi brazo. Envuelto en una bruma de color verdoso, del mismo pigmento que mi veneno, observé sin dar crédito cómo mi extremidad se regeneraba frente a mis ojos. Junto con los músculos y la carne, en mi mano se materializó una katana con la empuñadura de color hueso y motivos geométricos.
Aquella espada comenzó a pulsar con fuerza al contacto con la piel de mi renovada mano izquierda. Algo en mi interior me hacía sentir que aquella espada era legítimamente para mí. Que mi padre se las había arreglado para dejarme preparada una herencia superior a la Tessaiga, para la cual había tenía que volverme digno sin saber siquiera de su existencia.
Pero no había tiempo para analizar aquella situación. Con el poder recorriendo mi cuerpo, la sensación de dolor completamente apaciguada por la adrenalina, me abalancé sobre Naraku y atesté un poderoso mandoble contra él. La recién obtenida katana expulsó un torrente de energía similar al de una tormenta y acertó de lleno al medio demonio, desintegrándolo en el acto. Cuando el ataqué cesó, observé cómo en el suelo quedaban los restos calcinados de catalizador que empleaba Naraku para crear a sus dobles. No se trataba de su cuerpo real, acababa de destrozar un mero señuelo. Maldije para mis adentros.
Cuando aterricé en el suelo, sentí cómo la tachi, creada de la carne de aquel falso Naraku, se desintegraba por completo, desatando la hemorragia de mi abdomen de forma irremediable. Me encontraba muy debilitado por el miasma, así como por la súbita pérdida de sangre, y sabía que estaba al borde del desmayo, pero aún no podía desvanecerme. Tenía algo muy importante que hacer antes de sucumbir.
- Kagura. – Llamé a la mujer, que se había quedado estupefacta ante los hechos que acababa de presenciar. – Libera a Rin, por favor…
Luché por permanecer en pie, a pesar de que la energía de mi cuerpo se desvanecía por medio de aquella herida a una velocidad de vértigo. El dolor comenzaba a extenderse como la pólvora por todos y cada uno de mis nervios, tornándose casi insoportable mientras me sostenía sobre mis dos piernas.
- ¡Kanna! – Exclamó Kagura, dirigiéndose a la niña de color blanco. - ¡Detente, Naraku no nos observa ahora! ¡Devuelve el alma de esa humana!
- Y sácala de aquí… – Añadí, suplicante.
Con aquella última petición, sentí que finalmente podía respirar tranquilo, aunque para aquel entonces ya no pude evitar caer al suelo, apoyándome lastimeramente sobre mis codos. De ambos brazos. Al menos, sabía que, sin su Amo delante, podía confiar en Kagura. O eso quería pensar, pues tampoco me quedaba otra opción en aquellas circunstancias. Exhalé una bocada de aire, presionando la herida con el puño derecho para refrenar el sangrado, sin éxito. Apreté la mandíbula para soportar la atroz intensidad de dolor que me producía aquel gesto.
No podía creer que iba a morir ahora que había recuperado mi brazo izquierdo, sobre el cual me sostenía en aquel momento. Ahora, que había comprendido verdaderamente las palabras de mi padre, y me había convertido en un digno heredero de su linaje y de su arma más poderosa… la Bakusaiga. Era tan patético que casi me daban ganas de reír histéricamente. Aunque tampoco es que tuviera fuerzas para hacer nada que no fuera luchar por seguir respirando.
- ¡Sesshomaru! – Escuché la voz de Rin llamarme desesperadamente.
Sus pasos se aproximaron a la mayor velocidad que le permitieron sus curvilíneas piernas. No podía creer que en aquel momento lo primero que había acudido a mi mente fuese la bella forma de sus muslos, mientras perdía sangre a borbotones. Debía estar delirado, sin lugar a dudas. Mientras me reprendía mí mismo mentalmente, la humana se arrodilló frente a mí, enmarcando mi rostro con sus manos.
- ¡Sesshomaru! – Repitió mi nombre, aterrorizada por mi ausencia de respuesta. – Amor, oh, dios mío, estás sangrando muchísimo…
Una débil sonrisa cruzó mi rostro sin mi consentimiento. Era la primera vez que ella me llamaba de aquella manera… Me gustaba. Deseaba poder volver a escucharlo en el futuro, pensé con amargura.
- Rin… - Musité, comenzando a perder su dulce rostro de vista, cada vez todo se volvía más oscuro. – Estás bien… Me alegro…
Entonces mi cuerpo dejó de responderme por completo, y caí de bruces sobre el hombro de la mujer que me miraba, desconsolada.
- ¡E-espera! – Chilló. - ¡No te duermas! ¡Sesshomaru, abre los ojos!
No podía desvanecerme. No quería dejarla. Tenía que seguir luchando, de alguna manera. Pero estaba dejando de escucharla, así como cesé de percibir todo lo demás mi alrededor. No quedaban olores, presencias, sonidos, ni dolor. Cada uno de los estímulos fue reemplazado lentamente por un abrazo glacial.
Nunca había sentido tanto frío.
Y jamás antes me había encontrado tan en paz. ¿El mundo había sido tan tranquilo alguna vez?
Notas: Me creáis o no, esta escena ha sido muy dolorosa para mí también, pues trato de empatizar mucho con lo que escribo para que suene creíble, y la primera vez sentí desesperación y angustia. Me sabe hasta mal dejaros con este final de capítulo, sinceramente. Pero no puedo contaros más, por el momento.
Espero vuestros comentarios sobre el POV de Sesshomaru cómo de cualquier cosa que os haya llamado la atención, y nos leemos de nuevo en dos semanas, como siempre 3 gracias
