Capítulo 4.


—Feliz cumpleaños, hija. Estás preciosa— le sonrió su padre con cariño en el interior de la sala donde solía comer con él.

La sonrisa le salió sola a Yona por el amor que destilaba su voz y mirada, aunque después tuvo que forzarla a quedarse, pues las turbaciones de su cabeza le impedían pensar en cosas tan triviales como la cena de su cumpleaños.

—Gracias, padre. Siempre tienes muy buen gusto pero esta vez te has superado— se acercó a él y extendió sus manos.

—Solo quiero lo mejor para mi bella hija— entrelazó sus dedos con los de ella y las arruguitas aparecieron en sus ojos cuando le sonrió ampliamente.

Yona lo abrazó, en parte por lo bueno que siempre era con ella… en parte para impedir que viera el desasosiego que podría aparecer en su mirada. Porque no podía evitar los pensamientos que a veces asaltaban su cabeza: ¿cómo eres capaz de mirarme a los ojos sabiendo lo que hay bajo este castillo, padre? ¿Cómo puedes tener la conciencia tranquila?

—Bueno, ¿comemos? Estoy que me muero de hambre— se separó de él y se giró para encaminarse hacia mesa, donde estaban puesto los platos y la cubertería. A pocos pasos de esta, sus piernas se detuvieron súbitamente.

—Espera, hija— dijo su padre acercándose a la joven por detrás— Hoy tendremos un invitado especial.

Sí, Yona había llegado a esa conclusión por sí misma al ver que no eran solo dos platos, si no tres, los que estaban colocados en la mesa.

Su corazón aumentó de velocidad.

¿Qué…?

De pronto, se escuchó la puerta correrse y unos pasos adentrarse en la sala.

—Majestad. Princesa.

La expresión de su padre se iluminó y sonrió al recién llegado.

—Lamento la tardanza, señor.

—No te preocupes, solo estábamos charlando. Ven, acércate. Yona, hija— Il sostuvo la mano de la chica y le dio un suave tirón para darle la vuelta. La joven se dejó hacer de forma mecánica— Te presento a Kang Tae-Jun, el segundo hijo de Soo-Jin, jefe de la Tribu del Fuego.

Tae-Jun era un joven apuesto que rondaría los veinte, con un lustro cabello plateado y unos profundos ojos marrones, los cuales brillaron en el momento que se posaron en la chica. En sus labios apareció una amplia sonrisa.

—Es un placer conocerla, princesa. Y lo es aún más haber sido invitado a la celebración de su cumpleaños— hizo una reverencia, aunque no dejaba de mirarla por el rabillo del ojo. Cuando se irguió, la sonrisa amenazó con extinguirse en el rostro de él cuando advirtió la sorpresa en las facciones de la muchacha— ¿Princesa? — inquirió dubitativo.

—Oh, ¡ah! — parpadeó rápidamente y como si no hubiera pasado nada, le correspondió con otra sonrisa, aunque más comedida— El placer es mío, señor— hizo otra reverencia.

—Puedes llamarme Tae-Jun, princesa.

—Oh, gracias.

El joven sonrió ampliamente y ella lo hizo de vuelta de forma automática, pues tampoco es que estuviera prestándole atención. Cuando el silencio se instaló en la habitación solo duró unos segundos, rápidamente Il les dijo que era hora de sentarse y cada uno ocupó su lugar. Tae-Jun se apresuró a ir hacia la silla de ella y bajo la atenta mirada del rey de Kouka, la echó hacia atrás y después la ayudó a acomodarse.

Yona le agradeció el gesto y mientras este se iba a su asiento, frente a ella, sus manos se entrelazaron con fuerzas por encima de su regazo. Con Tae-Jun y su padre hablando de algo que ella no llegó a escuchar, se preguntó qué estaba tramando su padre.

¿Qué había impulsado a Il a romper la barrera invisible (o visible, pues eran las murallas del castillo) que la alejaba del exterior?

¿Qué significaba esto? ¿Tae-Jun sería el primer invitado o el único?

¿Habría alguna posibilidad de que…?

—Hija— la voz de su padre la sacó de sus ensoñaciones, y cuando se enfocó en el presente descubrió que ambos estaban mirándola. El rubor cubrió rápidamente sus mejillas.

—¿Qué decías, padre?

—Tae-Jun ha preguntado si después podría tener la oportunidad de escucharte tocar el arpa. Le he estado comentado lo maravilloso que es escucharte.

—Oh, claro. Por supuesto. Sería todo un placer.

Su padre sonrió. Tae-Jun también lo hizo.

Y Yona solo deseó salir de aquel lugar para resguardarse bajo el castillo… junto a la única persona con la que deseaba compartir sus pensamientos… y el motivo de celebración.

·

Había pasado considerablemente la media noche cuando Yona se sintió la bastante segura como para salir de la habitación. Por suerte, el pasillo estaba desierto, así que Yona aprovechó el cambio de guardia para escabullirse una vez más.

Abrió la puerta con cuidado de no hacer mucho ruido y apenas se había adentrado un paso en el interior, que escuchó el familiar tintineo de las cadenas. Sus ojos se encontraron con los de Hak a través de la distancia.

—Princesa— dijo él, incorporándose desde donde estaba sentado. En su voz había un extraño tono de… ¿alivio?— Pensé que…

—Lo siento, pero la cena se alargó más de lo previsto— respondió ella, escueta, mordiéndose el labio inferior— ¿Tú qué…? ¿Cómo está él?

Yona se acercó hacia las celdas, pasando por primera vez de largo la de Hak para asomarse a la que estaba a su lado. El interior estaba oscuro, pero sí lo suficiente iluminado como para poder distinguir el cuerpo tendido en el suelo.

—¿Todavía no ha despertado? — preguntó con preocupación.

—Las primeras horas no dejará de entrar y salir de la inconciencia— respondió él acercándose a los barrotes, a la esquina más cercana a dónde estaba la joven—, y es lo que ha estado haciendo. Apenas he podido sacarle algunas palabras coherentes antes de que estuviera inconsciente otra vez. Se pondrá mejor una vez haya eliminado la toxina por completo de su cuerpo.

—¿A ti te pasó lo mismo?

Hak no contestó, aunque tampoco fue necesario. Su silencio fue lo bastante elocuente por sí solo y cuando Yona se acercó a la celda de él y lo vio a los ojos, estos ya contaban su historia.

Yona tuvo el deseo de estirar la mano para coger la suya. No sabía cómo se sentía cuando te drogaban, pero estaba segura de que no era nada bueno, y él lo había pasado en absoluta soledad. Sin saber dónde lo habían metido o qué había pasado, despertándose en un lugar que no reconocía, lejos de su casa y su familia…

La princesa de Kouka pensó en su padre, en la sonrisa llena de cariño que le dedicó cuando propuso un brindis en honor a su "adorada hija" pidiendo por más celebraciones así, y su estómago dio un vuelco, incómoda y furiosa. ¿Cómo?, se preguntó una vez más. ¿Cómo podía mirarla a los ojos, sin preocupaciones, sabiendo que había secuestrado a alguien? ¿Habiéndolo hecho una segunda vez?

El suspiro de Hak consiguió sacar a la chica de sus cavilaciones.

—¿Qué tal has pasado el día? — inquirió él, mirándola a través de los barrotes.

—Cómo todos los años— Mentira, pensó. Estás mintiéndole— ¿Y el tuyo?

Era una mentirosa, sí, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Si le hablaba de Tae-Jun, si le contaba sobre sus locas ideas acerca de la posibilidad de que ella… pudiera ver el mundo exterior… y él se ilusionaba… Si después resultaba ser mentira y todo quedaba en un saco roto…

No, no podía decírselo. No todavía, al menos. Primero tenía que investigar, pensar, averiguar cualquier cosa que sirviera a su plan.

—Bueno, he pensado renovar mi habitación, pero me he dado cuenta de que no puedo meter más de lo que ya tengo— replicó Hak en tono irónico, ajeno al lío mental que era la cabeza de la chica. Sorprendentemente, la broma no vino acompañado por un tono duro, sino por una sonrisa irónica o incluso divertida, y cuando Yona la vio, sintió su corazón aumentar de velocidad— A lo mejor me pongo mañana.

—Lo primero que todo sería cambiar esas cortinas. Combinan muy mal con todo— fingió una mueca de horror que, oh, dios, consiguió arrancarle una risa baja a él.

Yona jamás admitiría que se quedó prendada de ese sonido. Ni que, inmediatamente después de escucharlo, pensó que haría lo imposible por hacer que pasase de nuevo.

No, nunca pasó nada de eso.

—¿Sabes qué? — recordó, entonces, entusiasmada.

—¿Qué? — Hak arqueó una ceja en su dirección.

—Mira lo que he conseguido traer— le sonrió cuando, después de sacar la mano del morral que llevaba atado a su cintura, le tendió lo que había cogido.

Los ojos de Hak brillaron como dos luciérnagas en la oscuridad.

—¿Son los de miel?

—Los mismos— respondió, orgullosa de sí misma.

Hak no dudó en cogerlo y desenvolver el pañuelo que recogía la suculenta mercancía. Como cada vez, sus ojos adquirieron una tonalidad más clara y se volvieron ligeramente acuoso bajo la atenta mirada de ella.

Todos los años en la fecha de su cumpleaños, su padre expresamente le traía kais en lugar de tener tarta de cumpleaños; los kais eran los pasteles típicos de la Tribu del Aire que se hacía con trigo y miel, entre otros ingredientes, y del cual Yona quedó prendado en el primer momento que los probó.

En su primer cumpleaños después de conocer a Hak, se acordó de la coincidencia en el momento que se estaba comiendo uno y con mucho cuidado guardó unos pocos, prometiéndose llevárselos nada más pudiera escabullirse en mitad de la noche.

Hak nunca reconocería -ni bajo amenaza de tortura- que lloró esa noche cuando se los llevó y él los degustó casi sin masticar. No obstante, nunca se mencionaría que él nunca dejó de darle la espalda mientras lo hacía y cuando terminó y ella estaba a punto de irse, se miraron a los ojos y Yona advirtió como este los tenía rojos. «Gracias», le había susurrado con la voz algo enronquecida. «No sabes cuánto te agradezco esto».

La sonrisa que se formó en ese momento en los labios de Yona amenazó con partirle el rostro en dos, pero se obligó a calmarse mordiéndose el labio inferior y sacudió la cabeza.

«Sabes que no es nada», le había respondido ella, y por la mirada que él le dedicó, Yona sabía que Hak pensaba que ese gesto había sido lo contrario a nada.

De vuelta en el presente, Yona se encogió de hombros.

—Había traído también para el nuevo, pero viendo como está ahora…

—Es una pena— Hak imitó su gesto, su expresión diciendo lo disgustado que estaba por ese hecho— No te preocupes, no se echarán a perder.

Yona rio y en silencio observó, intentando no ser muy obvia, cómo Hak se comía los dulces, degustando cada bocado como si fuera el último. Cuando terminó, se quedó mirando el pañuelo vacío retenido en su puño y en su expresión se mostró una mueca pensativa. Yona juraría que escuchaba las ruedas de su cabeza moverse sin parar.

—Tengo algo para ti.

—¿Eh? — sus palabras la habían cogido por sorpresa.

Hak levantó la mirada y sus ojos azules se clavaron en los de ella.

—Bueno, sí, no es mucho, pero…— cortó la conexión de sus pupilas y llevó las suyas a la mano en la que tenía sujeto el pañuelo de lino. Toqueteó su muñeca con la mano libre bajo la atenta mirada de la chica y entonces esta vio cómo se soltaba la pulsera de la pluma— Toma— dijo con voz queda, adelantándose un par de pasos y sin atreverse a mirarla, extendió la mano con su "regalo".

—¿Me lo das? — inquirió incrédula la muchacha sin poder moverse; tenía el corazón a punto de escapársele del pecho por la rápido que iba.

—Sí, venga, cógelo— la apremió, su ceño frunciéndose.

Yona pareció despertar de su letargo, pues acortó el par de pasos que lo separaban y dudando un poco, extendió la mano y la coló entre los barrotes. Cuando Hak dejó caer la pulsera sobre sus manos, sintió el roce de los dedos masculinos sobre su palma y todos los vellos se le pusieron de punta.

Rápidamente se llevó la mano al pecho.

—¿Por qué?

—Porque se está deshilachando ya y tengo miedo de romperla o algo; seguro que tú podrías cuidarla mejor— respondió él en un tono demasiado indiferente. Sus ojos, dos esferas de fuego azul, contrastaban por completo con la imagen de naturalidad que intentaba dar— Además, te debo ya algún que otro cumpleaños, ¿no? Espero que eso cubra mis deudas.

—Hak…— murmuró ella, tocándola con mucho cuidado.

Sabía que lo que descansaba en ese momento en su mano era la única conexión que tenía Hak con el mundo de allá fuera, con su tierra, y que él estuviera confiando en ella para cuidarlo y atesorarlo… le emocionaba como nunca antes nada lo había hecho. Mierda, incluso sus ojos se le habían aguado.

—¿Podría pedirte un último favor?

La miraba como si ella fuera el amuleto en sí y el corazón de Yona amenazó con detenerse para siempre en ese mismo instante. Habiendo perdido la capacidad para razonar y hablar, Yona asintió, expectante, emocionada.

—Llévalo contigo siempre. No dejes… no lo pierdas, ¿vale?

Yona se llevó la mano al pecho donde estaba lo que se había convertido de un segundo para otro su tesoro más preciado y asintió con un nudo en la garganta que le dificultaba la respiración.

—No es un favor— finalmente pudo decir a duras penas—, sino una promesa. Cuidaré de esto con mi vida, Hak. Muchas gracias por tenerme esa confianza, no te decepcionaré.

Hak asintió, con la misma solemnidad en su expresión, y de pronto, fue él el que extendió la mano más allá de los barrotes. Era la primera vez que lo hacía y Yona se quedó sorprendida por ello. Hak curvó sus dedos, pero no llegó a cerrarlos.

—Princesa…

Yona tragó saliva, sintiendo un horrible cosquilleo en su estómago, pero no titubeó en el momento que dio un paso hacia a él y posó sobre su palma la mano donde todavía tenía la pluma que lo distinguía como ciudadano de la Tribu del Aire, su gente. Los dedos masculinos se cerraron sobre los suyos con una perfección pasmosa, como si sus manos hubieran sido hechas para estar juntas, como dos piezas de un puzle muy complejo.

—Feliz cumpleaños, princesa.

Había escuchado esas mismas palabras cientos de veces a lo largo de todo el día, proveniente de todos los que vivían en el castillo, quienes se habían asegurado tener un hueco en su ajetreado horario del día para ir a felicitarla… pero ninguna de ellas, ni siquiera la de su padre, la había hecho sentir tan dichosa y conmovida como estaba en ese preciso instante. Había algo en la forma en la que la miraba que hacía que ella…

—Gracias— balbuceó como una idiota.

Hak se quedó mirándola en silencio por un momento, como si estuviera bebiendo, saciándose a más no poder, de su imagen.

—Lamento no decirte que me gustaría pasar muchos más a tu lado.

La broma de él la hizo sentir divertida y afligida a partes iguales, pero la sonrisa que se había formado en los labios masculinos terminó por contagiarla a ella.

—Esperemos que no, porque te quedarías sin cosas para regalarme— le dijo ella con fingida inquietud y descaro.

Por dentro, sin embargo, Yona sabía que no querría ningún regalo de él. Le bastaba con su compañía, con saber que podría verlo una vez más, aunque eso le hiciera ser la persona más egoísta y malvada del maldito universo.

·

—Princesa.

Yona se sobresaltó y se apresuró a mirar por encima de su hombro al recién llegado.

Tae-Jun se acercaba caminando por el puente del jardín con paso comedido pero seguro. La miraba… la miraba con una sonrisa adornando sus labios y su expresión al completo. Parecía complacido -verdaderamente complacido- de verla.

—Hola— le saludó ella con amabilidad.

—Hace un día espléndido, ¿no le parece? — dijo, deteniéndose a unos pasos de ella. Que la mirara tan fijamente empezó a incomodar a la chica.

—Sí, la primavera está abriendo sus alas— respondió Yona, desviando su atención a las hermosas flores que todo el castillo cuidaban primorosamente; habían sido las favoritas de su madre y a la muchacha siempre le habían parecido las más bonitas: de un rojo pasión con unos pétalos grandes que parecían cobijar un corazón negro y brillante.

—Este lugar es magnífico, abarrotado de todas estas flores tan magníficas y exótica. Pero ninguna será más bella que la tengo aquí conmigo…— su voz se quedó inconclusa y cuando Yona se giró a mirarlo, descubrió que él seguía observándola.

Irremediablemente, sus mejillas se sonrosaron y le agradeció el cumplido por cortesía.

Tae-Jun le sonrió un poco bobalicón, aunque un par de segundos después pudo reponerse y carraspeó mientras neutralizaba su expresión. Cruzó las manos en la parte baja de su espalda y el silencio se alargó más de lo que se sentía normal.

—Bueno, debo irme. Hida estará buscándome. Ha sido un placer haberle conocido y le estoy agradecida por que haya venido a mi cumpleaños— dijo Yona, un poco incómoda con la situación, emprendiendo el camino de vuelta a los aposentos privados de la familia real.

—Yon- ¡princesa! — la llamó él, cortándole el paso.

La mencionada alzó la mirada y sus ojos sorprendido se encontraron con los de él.

—Yo… En unas horas volveré a mi tribu, a mi cuidad, aunque eso es algo que usted ya sabe, pero… bueno… me gustaría…— dudó un poco al decir sus siguientes palabras, pero rápido su expresión se llenó de determinación— Me gustaría, si usted quisiera y me aceptara, poder seguir viéndola.

—Oh.

Oh.

—Lamento sonar tan… torpe con mis palabras, pero por muy bochornoso que suene, estar a su lado me pone un poco nervioso— cambió el peso de un pie a otro, sonriendo ligeramente.

—Hum… Bueno, yo… —entrelazó sus dedos delante de ella y sus pupilas bajaron al suelo— Bueno, no me im-importaría volver a verlo…— murmuró con una voz casi inaudible.

Lo escuchó aspirar con fuerza, como si no se hubiera sorprendido de la respuesta. Cuando volvió a mirarlo a los ojos, lo encontró sonriendo tan amplia y brillantemente que sintió una leve punzada en el estómago.

—Es todo un honor saber que me está dando esta oportunidad, princesa.

Unos minutos después, Tae-Jun caminaba rumbo hacia las cuadras para, como él decía, volver a su hogar, aunque no tardaría más que unas semanas en volver. Yona se quedó mirando su espalda mientras marchaba y cuando desapareció, suspiró y alzó una de sus manos. Echando un poco la maga de su vestido hacia atrás, sus ojos se clavaron en la pulsera que, como había prometido, no se la había quitado después de arreglarla y ponérsela y sintió su corazón estremecerse mientras la acariciaba con infinito cuidado, al amparo de la intimidad que le brindaban los arbustos que la rodeaban.

Tae-Jun no le daba muy buena espina. Y alguna parte retorcida de ella pensaba que no era bueno que él fuera el único que su padre le hubiera presentado, que debía significar algo, algo importante que se le escapaba; pero no le importaba jugar por un tiempo más al son que le dictaba su padre. Total, llevaba toda su vida haciéndolo, sin cuestionarlo, simplemente aceptando todo lo que su padre quería de ella…

Ahora… Ahora que había abierto los ojos… no solo seguiría siendo esa tierna ovejita que no se oponía a sus órdenes para no levantar sospechas, sino que, además, se aprovecharía de ello para volverlo a su favor.

Era, exactamente, lo que estaba haciendo ahora mismo.

De alguna manera u otra, encontraría un modo de hacerse un hueco en el mundo que había más allá del castillo y Tae-Jun era la clave para conseguirlo, estaba segura.

Podía ser peligroso, sí, pero se lo debía a Hak.

Y, por él, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.


¡Muchas gracias por los comentarios! Sois un amor, me ayudais a animarme y a seguir escribiendo la historia, aunque parezca que no tenga muchos seguidores...

En fin, ¿qué pensáis de Tae-Jun? ¿Y de el regalo de Hak? ¿Y de la decisión de Yona? ¿Creéis que será buena idea?

¡Nos vemos la próxima semana!

Pd: Carla, con respecto a tu reviews, sí, más o menos voy al día con el manga (me faltan los últimos capítulos), así que sé a lo que te refieres y solo quiero decir... que no diré que no a tu propuesta jejeje