Capítulo 13.


Nota:

AVISO IMPORTANTE - A partir de aquí, habrá spoilers del capítulo 190 del manga hacia delante.

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—¡Hak, no...!— Yona se incorporó, súbitamente, con el grito ahogándose en su garganta.

El corazón le iba a mil por horas, la cabeza le palpitaba como si alguien se hubiera dedicado a golpearle con saña en el mismo sitio y su cuerpo temblaba como una hoja seca, pero apenas reparó en ello. Sus ojos, frenéticos, observaron su alrededor y no tardó mucho en descubrir que se encontraba en su cama, en su habitación... y que no estaba sola.

Yona se tensó, encogiéndose sobre sí misma, cuando advirtió a un hombre que estaba a los pies de la cama, mirándola fijamente.

Se trataba de un soldado con el uniforme distintivo de la guardia personal de palacio, pero ella no lo había visto nunca antes. No podía reconocerlo.

Sintió el corazón en la garganta.

—Buenos días, princesa, ¿ha dormido bien?— inquirió el hombre con el semblante serio, como si realmente estuviera interesando en su respuesta.

—¿Qu-quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está mi pad-

—Veo que se encuentra bien. En ese caso, sígame, por favor.

—¿Eh?

Hizo un gesto en dirección a la puerta.

—Acompáñeme a un sitio, por favor.

Cuando vio la duda en el rostro femenino, el guarda se cruzó de brazos. Era alto, grande – no más que Hak, Yona podría jurar – y poseía un porte innato que imponía; aunque claro, la espada que le colgaba del cinto y que él enseñaba descaradamente también ayudaba lo suyo...

No, no le haría nada. Era un hombre de su padre. Estaba en el palacio. Todo iría bien... ¿verdad?

—Por favor, no me haga repetírselo. Levántese y venga conmigo.

—¿Dónde me lleva?— se rebeló la chica, frunciendo el ceño.

—Creo que le gustaría ver a sus... amigos, ¿no?

Como un fogonazo, el calor prendió fuego en el pecho femenino. Abrió los ojos y la boca de la impresión y su sangre empezó a correr a gran velocidad por sus venas. ¿Cómo que amigos? ¿Qué sabía? ¿Qué estaba pasando?

—Ven y obtendrá todas las respuestas— le espetó, prácticamente leyéndole la mente, y en lugar de quedarse mirándola como había estado haciendo todo ese tiempo, se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta sin echar la vista atrás.

—¡Esp-espera!— exclamó, bajándose de la cama. En un primer momento, las piernas amenazaron con no sostenerla y se perdieron en los vuelos de la falda del vestido (¿llevaba el mismo vestido de la fiesta?), pero Yona apretó los dientes y se forzó a seguir caminando, siguiendo al hombre.

«Ven y obtendrá todas las respuestas.»

Salieron de sus aposentos que estaba desiertos y no fue hasta ese momento que Yona no descubrió que era de noche. El camino tan solo era alumbrado por la luz de las antorchas que había a cada cierta distancia del pasillo.

A Yona le costó tragar saliva mientras lo seguía, con la cabeza yéndole a gran velocidad por la cantidad de pensamientos que se acumulaban en ella:

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quiénes es él? ¿Qué me pasó? ¿Dónde están los demás? ¿Estarán bien? ¿Y mi padre? ¿Y Tae-Woo? ¿Por qué he despertado en mi habitación? Lo último que recuerdo es que estaba yendo al jardín. Ao se acercó y...

De pronto, se tropezó con el aire y tuvo que apoyarse con una mano en la pared para no caer de bruces contra el suelo. El horror se había adueñado de sus facciones.

Ao había ido a verla, y con ella traía... un trozo de tela... que pertenecía... Y en el momento en que lo descubrió... alguien había aparecido por detrás y...

—Camine— ordenó el soldado, sin hacer ningún amago de ayudarle.

Yona miró a su alrededor y se dio cuenta de que el camino le sonaba familia... muy, muy familiar...

Todo su cuerpo se estremeció.

El hombre entrecerró los ojos en una muda orden. A ella le hubiera gustado acatarla, toda ella le clamaba por que lo pasara de largo y corriera hacia donde se encontraban los chicos para saber que todo estaba bien, sin embargo, su cuerpo no reaccionaba. No podía andar, no podía moverse.

—¡Veng-

—Tranquilo, no es necesario alzar la voz.

El corazón de Yona se detuvo. Súbitamente, miró por encima de su hombro y se encontró con...

Oh.

—¡Papá!— exhaló casi sin aliento.

El rey Il, con ambas manos a su espalda, en esa postura que siempre tenía cuando era un asunto serio, la miró a unos pasos de distancia. Por primera vez en su vida, Yona no supo interpretar su mirada y eso le aterró más que cualquier otra cosa que pudiera pasarle. Sin embargo, era su padre, la persona que había estado junto a ella toda su vida, y el simple hecho de ver una cara conocida cuando el mundo a su alrededor parecía estar desmoronándose en mil pedazos la hacía sentir muy aliviada.

—Yona— los labios de su padre sonrieron, pero no así sus ojos— ¿Cómo te encuentras?

—Yo no... no... —balbuceó, irguiéndose en el sitio— ¿Qué está pasando, padre?

La expresión de su padre se suavizó, pero una vez más, esa emoción no llegó a su mirada. Sus ojos eran dos pozos sin fondo, y conforme más lo iba a advirtiendo la muchacha, más iba sintiendo como el alivio que anteriormente le había inundado, lentamente se iba escapando de sus manos hasta anudarse en la boca del estómago.

—Hija mía...— el rey Il suspiró—. Tengo tantas cosas que contarte...— empezó a decir, aunque de pronto se detuvo y echó una rápida mirada por encima del hombro de ella, como si en ese momento hubiera recordado que no estaban solos en el pasillo—. Déjanos a solas.

—Su Majest...

—Ya— ordenó severamente.

—Sí— el guarda claudicó y pronto lo único que pudo escuchar Yona fue el sonido de sus pasos alejándose.

No apartó la mirada de su padre, no podía, por lo que pudo de captar el momento en el que la expresión del hombre se tensó. A leguas se veía que prefería estar en cualquier lugar menos allí. Con ella. Teniendo esa conversación.

—Sígueme, hija— Il hizo el amago de darle la espalda y emprender el camino.

—No— le costó hablar, pero una vez las palabras salieron de su boca, una tras otra se deslizaron con facilidad— Primero dime que está pasado. Yo... no entiendo... es todo tan...

—Lo haré, pero todo a su tiempo.

La ira fluyó por sus venas como fuego ardiente en una pila de madera. No. Se acabó esperar, agachar la cabeza y ser la hija buena.

—Creo que dieciséis años son suficiente, ¿no, padre?

El cuerpo de Il se tensó. Le lanzó una larga (y taciturna) mirada a su hija.

—Te has hecho tan mayor... y yo sin querer verlo. Ha ocurrido delante de mis ojos por más que me digo que no es así...

—Padre...

Il sonrió, suave, ínfimo, pero fue como si ese suceso hubiera ocurrido en contra de su voluntad. Rápido, se recompuso y soltó un largo suspiro.

—Este no es el mejor momento ni el mejor lugar para hablar. Te lo contaré, pero tienes que venir conmigo.

—¿Dónde?— inquirió, sin poder evitar echarle un vistazo a la puerta que le llevaría a dónde estaban Hak y los demás. Sentía un fuerte retortijón en el estómago, uno que le gritaba PELIGRO, pero... llevaba tanto tiempo temiendo y deseando este momento que...

—Ellos estarán bien.

El simple hecho de escuchar esas palabras de la voz de su padre, el conocer la historia que había detrás, causó que el nudo de su estómago se anidara con más fuerza, apretando y apretando hasta casi dejarle sin respiración. Manteniendo los labios en una apretada línea, echó una nueva mirada a la puerta.

Un segundo, dos.

—Dame tu palabra— se forzó a hablar.

Por el rabillo del ojo, le pareció ver reflejada la sorpresa en su rostro. Las arrugas de sus ojos desaparecieron. Sus labios se entreabrieron. Pero rápidamente se esfumó. Y volvió a ser el hombre en el que se había convertido desde se encontraron hoy en mitad de la madrugada.

¿O el hombre que había sido siempre?

—Por supuesto, hija, me conoces— dijo poniendo énfasis en sus palabras.

¿Te conozco?, quiso preguntar, pero se lo guardó para sí misma. Suspiró, y se odió con cada sonido que escapó de su boca:

—Vamos.

Pronto estaré con vosotros, prometió en su cabeza, echando una rápida mirada hacia atrás antes de seguir a su padre pasillo abajo. ¿La dirección? No lo sabía, y parte de ella temía llegar al final del camino.

·

Desde una esquina del pasillo, observó el movimiento que hacía los bajos del vestido. Sentía unos irrefrenables deseo de mordisqueárselo, pues hacía tiempo que no se llevaba nada a la boca. Se ondulaba y ondulaba con cada paso que daba. Y tenía tanta hambre...

Vio la figura femenina desaparecer cuando giró al final del pasillo.

Olisqueó en el aire y sus orejas se pusieron de punta. Escuchó pasos. Pasos alejándose. Pero también, en la dirección contraria, había voces. Era la voz de ese chico tan guapo que siempre le rascaba detrás de la oreja y tan bien le hacía sentir. Dio un par de pasos en su dirección. Quería comer y esperaba le volviera a dar trozo de su pan, que, aunque estaba un poco duro, sabía bien. Y a lo mejor también conseguía que le rascara en la espalda, en ese punto que llevaba todo el día molestándole...

O también podía decírselo a su compañero. Nunca le había hablado, pero siempre parecía entender sus deseos. Le gustaba mucho, sobre todo cuando le dejaba quedarse dormido en su mullida piel cálida y blanca. Aunque la echaba de menos. Desde que entraron en aquel oscuro lugar, se la había llevado y ella pasaba un poco de frío por las noches. Menos mal que le dejaba acurrucarse en su pecho calentito, sino...

Las voces se elevaron, adquiriendo más fuerzas.

¿Sería la hora de la comida? Ella también se ponía feliz cuando había comida cerca.

Quizás si llegaba rápido podían darle el trozo más grande... Olisqueó y emprendió el camino hacia las escaleras, pero entonces se detuvo. Y miró por encima del hombro hacia el final del pasillo, por donde había desaparecido esa chica que le gustaba que se acurrucara con ella y le acariciaba siempre que se lo pedía. Al irse le había parecido ver que estaba triste...

¿Y si tenía hambre ella también? Quizás no sabía encontrar comida...

A veces los grandes no sabían apreciar una buena comida y se ponían exquisitos con ella. Ella misma lo sabía. Y también había veces en las que no querían comer cuando la tenían delante. Tontos, como si pudieran encontrarla en cualquier momento...

Sus orejas se movieron, intentando encontrar el sonido de sus pisadas, pero ya habían desaparecido. Tan solo quedaba un leve rastro del olor frutal de la chica...

Se quedó quieta en el sitio. Dudó.

Y entonces empezó a andar, a correr.

Las voces de ese hombre guapo y la suculenta comida que le esperaba poco a poco fueron alejándose, y Ao se adentró en los laberínticos pasillos del palacio, buscando a la princesa Yona.

Quizás tenía suerte, y allí también podía conseguir algo que llevarse a la boca.

·

Cuando salieron del castillo y se dirigieron al jardín, Yona empezó a sentirse nerviosa, muy nerviosa. ¿Adónde quería llevarla su padre? Pero cuando lo atravesaron de lleno y se encaminaron hacia la parte de atrás del terreno...

El Rey se detuvo, admirando por un pequeño instante el edificio que se alzaba delante de él, y sin dirigirle una segunda mirada, empezó a subir las escaleras para dirigirse al interior.

Yona, en cambio, se quedó plantada en el lugar, sin atreverse a dar un paso más.

Era... el templo de Hiryuu. Imponente y regio, la joven no recordaba haber entrado nunca en él. Normalmente para sus rezos privados iba al santuario que había en el interior del castillo, por lo que nunca había surgido en ella la necesidad de visitarlo. Su padre le había dicho una vez que aquel no era un lugar en el que debiera estar y, honestamente, nunca le había llamado lo suficiente la atención como para aventurarse, por lo que apenas había reparado en él. Le había sorprendido, sí, ver un edificio tan grande y tan pulcro, y a veces se había preguntado de pasada cómo sería por dentro, pero su vida había estado lo suficientemente ocupada con otros asuntos como para querer meterse en más líos.

Pero ahora que lo pensaba... si había descubierto a una persona encerrada cuando había bajado a las mazmorras, uno de los lugares que tenía prohibidos... ¿Qué no habría ahí dentro? ¿Qué más podría esconderse en el interior de esas enormes e imponentes paredes?

Mientras su padre subía sin dudar los grandes escalones que daban al interior, Yona admiró la fachada y se sorprendió al descubrir un detalle que anteriormente había pasado por alto; quizás, debido a que nunca se había puesto a escudriñar con tanto ahínco: en ciertos lugares, la piedra brillaba más que otros. Era como si... como si fuera más nueva, no sabría explicarlo bien. ¿Tuvo que volver a construirse? ¿El templo se remodeló? ¿Se destruyó? ¿Su padre no le había dicho una vez que fue llevaba siglos en pie?

¿Qué estaba pasando?

—Yona.

Su padre le llamó desde lo alto de la escalera. Con un pequeño sobresalto, la joven salió de sus pensamientos y rápidamente se cogió la falda del vestido para empezar a subir las escaleras. El camino se le hizo infinitamente largo para la pequeña cantidad de escalones que eran, pero terminó llegando a las enormes puertas del templo y se colocó junto a su padre.

Después, entraron en el lugar. Lo primero que vio Yona fue una enorme sala ovalada. Al fondo de esta había una especie de altar de unos tres metros de ancho y uno de alto, al que se accedía a través de una escalera de tres escalones y cuya estructura alargada base se prolongaba más allá por otras escaleras, más largas, que llegaban a una superficie lisa dónde descansaba un trono dorado. En la pared del fondo, justo detrás del imponente trono, el enorme dibujo de un dragón rojo atraía toda la atención.

La boca de Yona estuvo a punto de descolgarse. Era impresionante, e imponente, y magnífico. La joven, al encontrarse allí, sintió como los vellos se le ponían de punta y un estremecimiento le recorrió la espalda entera.

Sencillamente... increíble. Tanta magnificencia y sobriedad, y ella tan... tan... minúscula...

Yona, por un momento, pensó que el mundo debería conocer aquel lugar. Los demás deberían sentir de primera mano lo que ella notaba arremolinándose en su pecho. Pero el lugar estaba desierto... y polvoriento.

Como si realmente no tuviera muchas visitas.

Sin embargo, no fue un pensamiento al que Yona le prestara mucha atención. En realidad, sus ojos estaban fijos en la imagen del enorme dragón que decoraba el fondo, quién no podía ser otro que...

—El gran Hiryuu.

La voz de su padre le sorprendió pues, honestamente, por un momento se había olvidado de que él también se encontraba allí. Rápidamente se giró a mirarlo y descubrió que este estaba parado a su lado, observando también la imagen del dragón, con las manos entrelazadas en la espalda... y una expresión de ¿rabia? No podía estar muy segura...

¿Qué estaba pasando?

—Conocí a tu madre en este mismo lugar— Il cerró los ojos e inspiró profundamente. Cuando volvió a abrirlos, todo halo de tensión en su mirada había desparecido, dando paso a... un velo de pesar, tristeza... e infinita añoranza— Exactamente como estamos tú y yo ahora. Recuerdo que pensé que tenía un curioso color de pelo, negro como la noche, pero aun así brillante como la más hermosas de las estrellas. Ella... brillaba por sí sola.

Yona, con el cuerpo paralizado, tragó saliva para intentar eliminar el nudo que de pronto se le había formado en la garganta.

Era el discurso más largo que alguna vez había dicho sobre su madre. Y que lo estuviera haciendo justo ahora... la hacía sentir inquieta, muy, muy inquieta.

—Pensé que ella jamás podría fijarse en mi...— cruzó los brazos por detrás de la espalda, en esa postura suya característica, y sus hombros se hundieron— Pero ella me lo dio todo. Todo lo que nunca pude imaginar— de pronto, alzó la cabeza y sus ojos se conectaron con su hija—: tú, mi pequeña princesita.

En el interior de Yona hubo una lucha de dos fuerzas: la que quería tirarse a los brazos de su padre y llorar en su hombro, y la que deseaba correr lejos de allí, ir en busca de su querido Hak y los demás y enfrentarse a todo aquel que se le pusiera por el camino. No obstante, terminó ganando su lado más curioso, esa voz en ella que le decía que debía conocer la verdad...

Que debía empezar a encauzar toda aquella locura de una vez por todas.

—¿Por qué hay cinco personas encerradas en las mazmorras de palacio?

Cuando Yona se había imaginado diciendo esas mismas palabras anteriores veces, creía que el mundo se echaría a temblar. Que el suelo a sus pies se abriría en dos, las aves empezarían a volar en bandada... y los volcanes amenazarían con erupcionar. En cambio, nada de eso pasó, no-tan-sorpresivamente. El momento llegó, ocurrió y pasó y el mundo continuó su camino. Nada cambió, nada salvo el corazón de la joven, que estaba a un suspiro de escapársele por la boca.

—Antes de nacer, ya sabía quién serías. Tu madre me lo dijo— dijo, en cambio, su padre.

—¿Que ella qué?— cada palabra que decía, la confundía más y más.

Il suspiró y sus hombros se hundieron como si estuviera cansado de sostener el peso del mundo. Entonces, la miró y Yona jamás lo vio tan serio como en aquel momento.

—Tu madre me dijo que tú serías la reencarnación del Hiryuu.

Yona trastabilló hacia atrás, las palabras le habían golpeado físicamente, y todo el aire escapó de sus pulmones.

¿Qué?

—Tu madre... la buena de Kashi... era capaz de ver... no, no ver propiamente dicho. Más bien... atisbar el futuro. Ella me dijo tú serías la reencarnación de Hiryuu y que reunirías a los cuatro dragones.

Repentinamente, una voz le susurró a Yona al oído: «Hakuryuu, Ouryuu, Ryokuryuu y Seiryuu dieron su sangre y otorgaron un valioso poder a cuatro guerreros, cuya misión de vida era proteger a Hiryuu, creándose así los cuatro guerreros dragones. Fueron un fuerte inquebrantable con el pasar de los años, pero con la muerte de Hiryuu, los guerreros decidieron tomar rumbos diferentes, asentándose en distintos lugares del reino... Y actualmente siguen existiendo. No los mismos, claro, sino que los poderes van pasando de generación en generación, esperando el día en el que Hiryuu decida volver a la vida.»

Kija le había hablado de esto, años atrás, cuando le contó la historia de los cuatro dragones. Desde el principio habían sabido que esa leyenda era de vital importancia en todo esto, pero... pero...

¿Ella, Yona, la ingenua y cobarde Yona, era... la reencarnación de Hiryuu?

—No, no puede ser...— se respondió a sí misma en voz alta— Yo no puedo... yo...— súbitamente, alzó las manos y se miró las palmas como si de pronto le hubieran salido escamas o garras en los brazos. Cuando vio su blanca y suave piel... quiso llorar, o reír, del alivio, de la sorpresa, de la frustración... Apretó los dedos en puños y tragó saliva— Eso no responde a mi pregunta—. Tenía que centrarse. Más adelante podría reflexionar sobre las palabras de su padre, primero tenía que descubrir aquello que llevaba tantísimo tiempo necesitando saber—. Dime por qué has tenido durante años encerrada a una persona que no lo merecía, lejos de su hogar y de su familiar; dime por qué has ido secuestrado a los dragones y coleccionándolos en jaulas de hierro— escupió con voz temblorosa.

Si su padre se sorprendió por las palabras oídas, no dio muestra de ello. En su lugar, hundió aún más los hombros, como si el peso del mundo hubiera vuelto a él, y volvió a mirar al relieve de Hiryuu. Con cada segundo que estaba en silencio, la ira, caliente y viscosa, se iba adueñando de las venas de la joven, recorriéndola de punta a punta. Estaba a punto de ir hacia él y zarandearle para que empezara a hablar...

Cuando lo hizo. Sin mirarla en ningún momento, Il empezó a hablar y con cada cosa que le contaba, la incredulidad y la inquietud se iban adueñando de la chica.

Le habló de un tiempo en el que Joo-Nam, su padre, el abuelo de Yona, todavía gobernaba. En el que su hermano Yu-Ho, el primogénito, era un hombre intrépido y adorado por todos. Y en el que él, el joven escuálido Il, pasaba gran parte de su día en este templo, rezando junto a los otros sacerdotes. Le habló de Yong-Hi, su tía, una mujer desconocida por el mundo que se encontró de casualidad con quién se convertiría finalmente en su marido. Yong-Hi, quién resultó ser la descendiente del rey Hiryuu, de la cual nadie tenía constancia, y había estado toda su vida escondida en su aldea, temiendo que su secreto fuera descubierto. Y le contó sobre la animadversión de Yu-Ho con los religiosos... el fatídico día en que el secreto de su mujer fue develado y cómo mandó quemar todas las iglesias para proteger a su esposa... cómo su madre estuvo involucrada en el fuego del templo que casi le quita la vida...

Le reveló que, en realidad, no fueron asaltantes de camino quienes mataron a Kashi años más tarde, como ella había creído siempre, sino que fue su propio hermano, sangre de su sangre, quién ordenó su muerte...

—Y entonces ahí estaba yo, delante de un risco pronunciado, en un lugar donde habíamos jugado cientos de veces cuando éramos niños, viendo a mi hermano sonreír como si no me hubiera arrancado una de las cosas más valiosa de mi vida, como si pensase que jamás podría enterarme...— la enronquecida voz de Il murió mientras bajaba la mirada a sus palmas, unas que antaño se habían teñido de sangre, de su sangre— No dudé que clavar mi espada en su pecho.

Yona jadeó e inconscientemente dio un paso hacia atrás.

Su cabeza era un remolino de pensamientos inconexos que iban de aquí para allá, intentando encontrarle sentido alguno a todo lo que le estaba contando su padre. ¿Su padre... su dulce y tranquilo padre... había...? No, no podía ser posible... Él no...

—Nunca había matado a nadie con mis propias manos, no lo necesité. Y siempre había pensado que en el momento que eso ocurriera... yo... me disgustaría... se sentiría mal— su voz sonaba hueca, vacía. Aunque estaba de cuerpo presente, su mente se encontraba lejos, muy lejos de allí— Pero no ocurrió así. Cuando vi en la mirada de mi hermano, la sorpresa, el horror... yo... Supongo que así debió sentirse Kashi cuando llegó su momento final. O así debí verme yo cuando me enteré de todo. Pero él acabó con dos vidas, la de Kashi y la mía, yo... solo lo hice con una. Hasta el momento.

Yona sintió un estremecimiento recorrerle de arriba abajo, mientras una sensación de pesadumbre, horror e incredulidad se asentaba en su estómago. No, aquella persona que estaba delante de ella no podía ser su padre. Simplemente no...

—¿Qué quieres decir?— balbuceó a duras penas, llevándose una mano de forma inconsciente al estómago. Tenía un muy mal presentimiento.

Il seguía observando sus manos, como si en ellas mismas se encontrara la historia que contar. Abrió y cerró los dedos, intermitente, sintiendo el peso de una espada que no se encontraba allí y sus hombros se hundieron por la presión de una decisión que definitivamente sí estaba en él.

—Le hice lo mismo que él me hizo a mí.

Las piernas amenazaban con fallarle, y casi estuvo a punto caer cuando repentinamente Il alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de ella. Unos ojos convertidos en ese pozo sin fondo, insondable, que habían engullido a quién ella creía que era su padre.

—Él se llevó a lo que más amaba, así que yo seguí su ejemplo— Il sonrió, pero fue una sonrisa tan oscura y desapasionada, que Yona sintió ganas de vomitar—. En realidad, le hice un favor cuando no debía hacerlo: le reuní con su mujer e hijo.

Yona sintió como el mundo se detenía por solo un instante antes de que todo empezase a girar. Girar, girar y girar, a una velocidad en la que todo le parecía borroso. No sabía dónde estaba, qué estaba pasando, quién era... y entonces...

Y entonces recordó. Breves y luminosos flashes acudieron a su mente y Yona vislumbró una escena que había permanecido durante muchísimo tiempo escondida en su memoria. Una que había olvidado, no sabía por qué. Estaba en el jardín de palacio, con su madre, y una mujer que no reconocía. Estaba aburrida porque su madre no hacía más que hablar y hablar, y ella quería ver los patos del estanque, pero su madre no quería llevarla. En otra imagen, aparecía una tercera mujer, con el pelo rubio y unos bonitos ojos verdes, parecía nerviosa y reservada, pero tenía una sonrisa muy dulce. Y junto a él... había un niño, un niño con el mismo color de cabello y de ojos que ella, un niño con la sonrisa más bonita que ella jamás había visto nunca.

«¡Yona, Yona!», oyó de pronto una dulce voz, y una parte de sí la asoció con aquel niño. Recordó lo bueno que era con ella, lo mucho que adoraba verle porque era el único con el que podía (y quería) jugar... «¡Yona, somos primos, eres mi familia, y la familia siempre estará unida!», le dijo una vez, cuando la encontró llorando entre los matorrales, pues se había alejado de su madre y estaba perdida. «Nunca estarás sola, te lo prometo, Yona.»

En la imagen que se había creado en su cerebro, vio a su madre. Vio a la mujer rubia y vio al niño. Los tres estaban mirándola, su madre con ese halo de serenidad e imperturbabilidad que le caracterizaba, la mujer rubia con una dulce expresión y el niño... el niño le sonreía de oreja a oreja, como si verla fuera lo mejor que le hubiera pasado en la vida.

«¡Soy Soo Won, tu primo!», le dijo acercándose a ella. Su sonrisa se hizo más grande, más pícara, y entonces... entonces tiró de alguien. Y una nueva figura se mostró en ese mosaico mental, llenado por completo la estampa de su recuerdo.

«Y este es Hak, mi nuevo amigo», señaló a otro muchacho de cabello negro y mirada curiosa.

El suelo amenazó con abrirse con abrirse bajo los pies de Yona y engullirla por completo cuando asimiló lo que estaba pasando, los nuevos sucesos que habían acudido a su memoria. En realidad... Ella... ella había conocido a Hak, a su Hak, mucho antes de verlo en el Torneo. Por eso le había llamado la atención y no había podido apartar la memoria de él; porque aunque sus recuerdos hubieran desaparecido, o más bien, habían quedado sepultados y olvidados, una parte de ella había reconocido a ese muchacho de mirada firme y expresión orgullosa. Porque le recordaba a esa tarde de juegos, a su última tarde acompañada, en ese enorme castillo que era su hogar y más tarde se convertiría en su prisión con barrotes de oro.

No obstante, aunque aquella idea ya le había dejado fuera de juego, fue la segunda de las deducciones la que la dejó devastada por completo: ese niño inocente... Soo Won, su primo, aquel que joven que tan feliz le había hecho y que su consciencia había decidido olvidar por el dolor de la pérdida...

Había muerto. No por un accidente, no. Por un asesino.

Soo Won, Yong-Hi, dos seres inocentes en toda una historia de traiciones y deseos, habían muerto a manos de su padre.


*silencio sepulcral*

Bueno, ¿os esperabais algo de lo que se ocurre/se dice aquí? ¿Qué pensais del pasado de Il y Soo Won?

¡Tengo muchas granas de leeros!

Pd: la escena que se menciona al final del capítulo de Yona con Soo-Won y conociendo a Hak por primera vez es canon. Se relata en el capítulo 196 del manga. Hak de pequeño es *carita de enamorada*