Capítulo 14.
—¿Cómo...?— jadeó, sintiendo que le faltaba el aire— ¿Cómo pudiste hacerlo?
Il la miró como si realmente le sorprendiese la pregunta.
—Mataron a tu madre.
—¡No!— Yona parpadeó, y apenas reparó en el hecho de que las lágrimas se le habían escapado— ¡Tu hermano lo hizo, no ellos!
Yona jamás había estado de acuerdo con la violencia, le parecía algo repugnante y que debía evitarse a como fuera lugar, pero... Quizás... si su padre se hubiera limitado a buscar venganza, podría haber algo en ella que hubiera sabido entender sus acciones. Mató a su madre, el simple hecho de pensarlo también hacía a Yona querer... matar a quién fue su tío...
Pero su padre cruzó la línea.
Una línea que jamás pensó que tendría que hacer...
Y de pronto, todas las dudas que pudo haber en ella desaparecieron, murieron, como también lo hizo la niña, la joven, la mujer que una vez habitó en ella y que amó al hombre que, en parte, le dio la vida y que era todo para ella.
—Eres un asesino— escupió las palabras, con las lágrimas humedeciéndole el rostro, con el corazón roto en millones de pedacitos pequeñas, con ella manteniéndose en pie gracias al último soplo de energía que le quedaba.
Su padre dio un paso hacia atrás, las palabras le habían golpeado como si de un ataque físico se tratase y el desconcierto cubrió por completo su expresión, alejando durante un instante el semblante frío y oscuro que se había adueñado de él. Entonces, la ira ocupó su lugar, enrojeciendo sus pómulos y orejas.
—¡Intentaba protegerte!
—¿Protegerme?
—¡Todo lo he hecho por ti, ¿no lo ves?!— siguió diciendo, sin haberla escuchado, con sus ojos brillando con un sentimiento que ella no supo distinguir— ¡Ella sabía tu secreto, quién eras!
Yona asumió que con ese ella se refería a Yong-Hi. Aunque había miles de cosas mal y que le ponían los vellos de punta en esa afirmación, no pudo evitar preguntar:
—¿Y Soo Won, qué? Tan solo era niño. Era inocente.
—No. Él también sabía cosas. Lo noté, lo percibí en su mirada.
—¡Era un niño!— sollozó, sacudiendo la cabeza— ¡No podía tener más de seis años, por todos los dioses! ¡¿Qué habría hecho?!
La expresión de Il se volvió más sombría y Yona supo que si la había escuchado, no tomó conciencia de sus palabras. Jadeó, en busca de aire, y se llevó las manos a la cabeza, mientras sus pensamientos eran una vorágine sin sentido. Todo estaba siento tan irreal... confuso...y desgarrador.
—No me has respondido— musitó, entonces, en el mismo momento que ella se daba cuenta—. No has dicho por qué has secuestrado a cuatro personas. Por qué las has tenido retenida durante tantos años.
—¿Todavía no lo sabes?
La pregunta se asentó en la mente y en la boca de su estómago como un peso muerto. Dio otro paso hacia atrás, como si alejarse físicamente le sirviera para evitar oír y recordar sus palabras.
—Para protegerme...
¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué?
¿Todo había sido por ella?
—¿No lo ves? Mi propio hermano me traicionó— los ojos del monarca brillaron una vez más con un sentimiento irreconocible— Llevo toda mi vida temiendo que te pasase algo... que te ocurriese lo mismo que a tu madre...Pero sabía que la profecía debía cumplirse, las palabras de Kashi debía hacerse realidad...
—Y por eso los buscaste. Removiste cielo y tierra para encontrar a los cuatro dragones. Pero... ¿cómo hiciste para que el reino no lo supiera?
La expresión de Il se suavizó y cruzó los brazos por detrás de su espalda, adquiriendo la postura que siempre usaba cuando estaba en una de las tantas lecciones de protocolo que le daba. La familiaridad del momento al contraste con las palabras que salían de su vida hizo que el nudo de su estómago se hiciera más fuerte y el corazón amenazara con escaparse de su pecho.
—Conocía la profecía de la reencarnación de Hiryuu antes de que me la contara Kashi, pero eso fue gracias a los sacerdotes del templo. Como te dije, de joven amaba estar en este lugar y empaparme de la historia de Hiryuu y los cuatro dragones. Sin embargo, no todo el mundo la conocía, y menos sabía la historia completa. Cuando nos quedamos solos... cuando tu madre murió... Yona... yo me volví loco de preocupación por ti. Los sacerdotes habían sido eliminados, Yo-Ho lo hizo, y aunque en su momento me sentí profundamente triste por la ceguera de mi hermano... Cuando me encontré... me encontré solo, contigo... en el fondo, cierta parte de mí llegó a agradecer lo sucedido. Porque nadie más a parte yo sabría la historia completa. Tenía la esperanza de que podrías estar a salvo.
—¿A salvo de qué?
—De que vinieran a reclamarte, por supuesto. A que te llevaran lejos de mí.
—¿Por eso era mejor encerrarlos a ellos, no?— Yona susurró temblorosa, pensando en los días y días que sus amigos, que Hak, habían permanecido lejos de la luz del sol... por ella. Por su culpa. Por protegerla.
—Tenía que hacerlo, ¿no lo ves?— espetó, frunciendo ligeramente el ceño— Necesitaba mantenerlos controlados. Pero el mundo no podía enterarse de la verdad, el por qué lo hacía. El fanatismo... el fanatismo religioso muchas veces...— calló abruptamente, y sacudió la cabeza, como si no quisiera seguir esa línea de pensamientos— Por eso, hice correr el rumor entre mis hombres de que íbamos en busca de unos monstruos... que necesitaban ser quitados del medio para que los cimientos del reino no se tambaleasen.
La respiración de Yona se agitó mientras iba escuchando cada cosa que decía su padre, mientras asimilaba sus palabras.
—Eso... eso es secuestro, lo sabes, ¿verdad?— inquirió, con voz temblorosa, sin saber realmente qué podía decir.
Secuestro y asesinato. Oh, dioses.
—Era precaución— el ceño de Il se hizo más pronunciado— Lo único que buscaba era tu protección... aunque... tú no lo hayas visto de esa manera— murmuró, de pronto, cambiando por completo el tono y su postura. Yona respingó al advertir el disgusto en su expresión, acompañado por una mirada de... ¿traición? ¿Pensaba que ella le había... traicionado?— ¿Cómo pudiste?
El nudo de su garganta le impedía pronunciar palabra alguna, pero la ira, esa lava que llevaba ardiente incandescente en sus venas durante muchísimo tiempo, le dio la suficiente fuerza como para no apartar la mirada y enfrentarse a él una vez más.
—¿Desde cuándo lo sabes? ¿Cómo lo descubriste?
La mirada que le echó su padre respondió por sí sola y Yona sintió la incredulidad deslizase sobre ella como una viscosa capa.
—¿Lo has sabido desde... desde siempre?
—¿De verdad creías que eras tan... silenciosa? ¿Tan escurridiza?— Il la miró igual que cuando era pequeña y la pillaba haciendo algo que ambos sabían que estaba mal, pero eran cosas como coger galletas en horas tempestivas, o revolcarse por el barro del jardín; no... escabullirse por los pasillos de palacio a mitad de la noche para visitar a unos prisioneros, o invitados especiales.
Un pesado y profundo silencio se instaló en el lugar, uno en el que Yona intentó asimilar la noticia. Y aunque sabía que ya había llorado suficiente, notó cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
Porque si su padre había sabido desde el principio... todo, también significaba que su aventura, su plan, había estado abocado al fracaso desde el principio. Sin embargo... si había intentado mantenerla aislada del mundo de fuera, si su misión y objetivo en todo momento había sido protegerla... ¿por qué aceptó que la visitara Tae-Jun? ¿O por qué aceptó celebrar su cumpleaños?
Quizás...
Quizás porque sabía que habría un día en el que él no estaría allí para ella. Habría un día en el que él moriría, y ella se quedaría... sola. Y por eso, necesitaba estar seguro de con quién la dejaba. Tae-Jun pudo ser la primera prueba, una que falló estrepitosamente. Pero con su cumpleaños... ella no había exigido en ningún momento quién debía ser invitado, así que le daba carta blanca para que su futuro marido fuera escogido entre los hombres que minuciosamente había seleccionado su padre con anterioridad.
Todo estaba muy bien orquestado.
Yona sentía como si durante los últimos años de su vida, desde que se aventuró a bajar unas tenebrosas escaleras para encontrarse al chico más maravilloso que jamás había conocido, cada movimiento o acción pensada en realidad no hubieran sido hechas por voluntad propia, sino que hubo alguien mayor, por encima de ella, que la había estado moviendo con hilos al son de sus deseos. Él único acto rebelde que había tenido en toda su vida, en realidad... había sido... una farsa. Un engaño.
Una manipulación.
—Jugaste conmigo también. Has secuestrado a cuatro personas, me has mantenido encerrada aquí durante toda mi vida... todo para protegerme. Y me lo restregaste en las narices, sabiendo que cada día veía las consecuencias de tus actos.
Cada paso que había dado, cada lágrima, sonrisa y deseo, todo había surgido a consecuencia de las acciones de su padre. Cada sueño frustrado, cada minuto en el que se había ahogado en la tristeza y la impotencia, cada onza de rabia y odio contra su progenitor... Todo, todo, todo, su padre lo había sabido. Lo había motivado.
—Pensaba que lo tenía controlado, pero no fue así— Il suspiró y la miró apesadumbrado, nuevamente con ese matiz de... ¿traición?— Nunca pensé que irías en mi contra. Que buscarías mis espaldas... para...
—¿Para qué, padre? ¿Para traicionarte? ¿Para liberarles? Dilo en voz alta.
Il se encogió como sus palabras le hubieran golpeado de lleno.
—¿Y qué pretendías que hiciera?— se quitó el rastro de lágrimas de un manotazo, y dio un paso atrás, alejándose de la figura de su padre— ¿Que me quedara de brazos cruzados? ¿Qué los dejara allí a su suerte?
La conversación cada vez se estaba volviendo más y más surrealista. Necesitaba marcharse, alejarse de allí. Ir en busca de los muchachos, en un último acto de desesperación antes de que su padre la detuviera y encerrara para toda su vida. Necesitaba darles esa libertad que le había prometido. No podía quedarse más tiempo allí.
Las cartas finalmente habían sido descubiertas sobre la mesa, y era su momento de hacer el próximo movimiento.
—Lo hice por ti...— empezó a decir su padre con una mueca en su expresión, pero al verla moverse hacia atrás, detuvo sus palabras y empalideció— ¿Dónde vas? Estamos hablando.
—Ya he escuchado todo lo que me tenías que decir. Yo... Yo no puedo...— sacudió la cabeza enérgicamente y se dio la vuelta. Los pocos pasos que le separaban de la puerta le parecieron agónicamente largos. Mientras acortaba la distancia, se recogió la falda con las manos para tener más libertad de movimiento, pues con lo nerviosa y enajenada que estaba, temía tropezarse consigo misma.
Escuchó detrás de sí la voz de su padre llamándola («¡Yona, hija, vuelve! ¡Yona! ¡Yona!»), pero no miró atrás. Se abalanzó hacia la puerta y tiró de la pesada hoja de madera que habían dejado entreabiertas, aunque no eran más que unos centímetros. Cuando abrió el suficiente hueco como para poder pasar ella, se escabulló sin pensárselo dos meses. Su mente estaba puesta en las mazmorras, en él, y todo lo demás había desaparecido.
Sin embargo, apenas pudo dar dos pasos en el exterior que se golpeó contra un muro de carne. En el momento que alzó la mirada, frenética, confundida, todo el aire escapó de sus pulmones cuando se encontró cara a cara con el soldado que le había despertado hacía tan solo... ¿qué? ¿Un rato?
Para Yona, en realidad, habían pasado años, toda una vida.
—¿Adónde crees que vas?— gruñó el hombre, estirando el brazo para sujetarla.
Algo hizo click en la mente de la muchacha y, con una rapidez con la que ella misma se sorprendió, pegó un salto hacia atrás, esquivando por los pelos el agarre. Pero su espalda chocó de lleno con la puerta y supo que no tendría escapatoria. Con su padre detrás y ese hombre delante, cortándole el paso, su épica huida había fallado incluso antes de tener lugar.
Una sonrisa se deslizó por los labios del hombre, una sonrisa que mostraba lo pagado de sí mismo que estaba.
—Lo siento, princesa, pero no escaparás.
Yona apretó los dedos en puño, sin apartar la mirada. No dejaría ver lo asustada que estaba. Antes muerta.
De pronto, un chillido agudo cortó el tenso silencio que se había formado y Yona atisbó un borrón anaranjado lanzarse al rostro de su captor. El hombre, cogido totalmente por sorpresa, dio un traspié hacia atrás mientras hacía aspavientos para quitarse lo que estuviera obstruyéndole la visión.
—¡¿Qué es esto?! ¡Ah! ¡¿Qué está pasando?!
Yona no se lo pensó dos veces. Lanzando un agradecimiento al cielo junto con una plegaria por su seguridad, volvió a aferrarse a las faldas y se deslizó por el lateral del guardia.
No la estoy dejando atrás, se decía a sí misma a pesar de gran parte de ella sí lo pensaba. Ao es escurridiza, solo me está dando tiempo para escapar y vendrá a mí. Estará bien, no la estoy abandonando. Todo irá bien.
A su espalda, oyó la voz de su padre:
—¡Coged a la princesa!
Yona apretó el paso, mientras oía las pisadas de los soldados movilizándose a su alrededor después de un segundo de pausa por la sorpresa de la demanda. Oyó un chillido a sus pies. Tan solo apartó la mirada de su camino por un segundo, pero el simple hecho de ver a la pequeña Ao corriendo a sus cuatro patitas a la par hizo que parte del nudo que le aprisionaba el pecho se soltara. Le sonrió tenuemente. Ao saltó a la falda de ella y como toda una escaladora profesional, en un par de tirones ya estaba en su cintura y, posteriormente, encaramada en su hombro y el hueco de su cuello.
—Gracias, bonita. Me has salvado ahí atrás— exhaló entre jadeos mientras corría a las puertas de palacio.
—¡Pukkyu!
—Tenemos que escapar y sacar a los chicos de allí de alguna manera. ¿Tienes algún plan?— inquirió medio en broma; en realidad, apenas estaba pensando los siguientes pasos que daba. Tan solo tenía una meta en su cabeza y lo demás era improvisación pura.
Nada nuevo para ella. Al parecer, todos sus planes siempre estaban condenados al fracaso.
Apenas estaba llegando a las escaleras que conducían al interior del palacio, cuando la puerta se abrió con un estruendo y de allí apareció un par de soldados. Tenían las manos en el mango de la espada, preparados para usarlas, pero había algo en su expresión que reflejaban lo contrariados que estaban por seguir la orden.
Yona decidió rápidamente no jugársela otra vez. Maldiciendo por lo bajo y sobre la marcha, dio media vuelta y cambió el rumbo en dirección a los jardines, dirigiéndose al centro de este para intentar despistar a sus perseguidores. Con cada segundo que pasaba, con cada paso que daba, el plan se le iba escurriendo de las manos.
¿Cómo podía ella, una joven, sola, enfrentarse a toda la guardia de palacio? Era imposible...
No, se reprochó así mismo. No pienses así. No después de todo lo que has pasado. No puedes dejarlos en la estacada, no cuando todo estaba tan cerca... Hay que resistir.
Se adentró entre los altos setos que hacían las veces de muros naturales y creaba pasillos por los que discurrir, formándose un laberinto a pequeña escala. Era de noche y con el camino apenas iluminado por algunas antorchas repartidas por el camino, esperaba utilizarlo a su favor. Habían sido incontable las veces en las que se había perdido en aquel lugar mientras dejaba las horas pasar, esperando la noche; de algún modo, se conocía cada quiebro, curva o pasillo que había. Sin embargo, aunque la distancia entre sus perseguidores y ella creció, las pisadas y las voces detrás de ella no desparecieron y durante un momento de pánico, Yona se imaginó siendo una hormiga perdida en un jardín, un pequeño animalillo con quienes los gigantes humanos se divertían. Se imaginó siendo un corderito que había sido escogido por una manada de lobos como su siguiente presa.
No, no, no, no se dejaría ganar...
Estaba prácticamente jadeando en busca de oxígeno, con las piernas temblando, cuando llegó la salida y apareció al otro lado del jardín, cerca de la puerta principal de palacio. Pero lo que encontró allí hizo que sus piernas amenazaran con no sostenerla. Casi cayó de boca cuando se detuvo de sopetón.
—No...
—¡Pukkyu!— chilló Ao en su oído, antes de saltar al suelo.
Yona apenas reparó en ello. Con el corazón latiéndole a gran velocidad en el pecho, con las tripas a punto de salírsele del cuerpo, dio un paso hacia atrás, pero las pisadas se hicieron más fuerte, y por el rabillo del ojo advirtió que la comitiva de soldados estaba saliendo por el arco hecho de enredaderas.
Delante de ella, otros tantos más estaban cortándole el paso.
No... no... aquí no podía terminar todo...
—Princesa, deténgase...— dijo uno de ellos, con la voz firme, pero los ojos llenos de dudas— Tenemos la orden de llevarla ante el rey, por favor, no se oponga.
—Aléjense— espetó intentando parecer lo más segura posible, aunque en realidad fuera un manojo de nervios.
No... no... Seguía repitiendo en cabeza como un mantra: este no es el final, no lo es. No. No.
—Princesa, son órdenes directas del Rey, no se resista...
—¡No se acerque! ¡Que nadie se acerque a mí!— exclamó frenética cuando vio al soldado portavoz dar un paso hacia ella. El pánico poco a poco iba adueñándose de ella mientras las palabras de su padre resonaban en su cabeza:
«Lo hice por ti...»
«No dudé que clavar mi espada en su pecho.»
«Le hice lo mismo que él me hizo a mí.»
«En realidad, le hice un favor cuando no debía hacerlo: le reuní con su mujer e hijo.»
«Lo único que buscaba era tu protección.»
Tu protección...
Por ti...
Tú...
Mi hija... mi querida hija...
Yona, cariño, mi princesita hermosa y guerrera...
Te quiero... eres lo más bonito de mi vida...
Flashes de su padre sonriéndole, enseñándole como debía sentarse una señorita, de sus tardes en la biblioteca empapándose de un nuevo libro, la sonrisa orgullosa que siempre le dedicaba; imágenes de toda una vida junto a su padre aparecieron en su cabeza mientras lentamente sentía como su cuerpo iba entumeciéndose. El fuego de sus venas se congeló hasta ser hielo puro y cada latido de su corazón dolía como si le arrancasen el alma.
Su padre, su querido padre, el hombre que siempre había estado ahí apoyándola...
—Princesa, por favor, venga sin mucho revuelo...
—¡NO!— súbitamente Yona salió de su ensoñación a tiempo para evitar que le agarrase, dando un par de pasos hacia atrás.
La frente del soldado se crispó, irritado por todos los problemas que le estaba ocasionando, pero Yona apenas sintió una pizca de satisfacción; en realidad, no sentía nada. Pasos se oyeron a su espalda y cuando se dio cuenta, estaban, efectivamente, rodeándola como si fuera su presa.
Yona se obligó a respirar con normalidad, se obligó a mantenerse erguida. No dejaría que le cogieran. No podía volver a estar en las garras de su padre. No, sabiendo que él era un secuestrador, un asesino... su opresor. Que había movido cada segundo de su vida como si de un títere se tratase. No podía.
Lucharía con la última onza de sus fuerzas.
—Muy bien, no nos deja otra opción— espetó, lanzando una rápida mirada a sus hombres.
La tensión cubrió el cuerpo de la muchacha, pero no bajó la cabeza ni apartó la mirada, a pesar de que sabía que no tenía escapatoria.
Whisssssst.
De pronto, el mundo se detuvo. Un segundo, dos.
Entonces, el soldado que había estado hablando, el que se encontraba justo delante de ella, trastabilló hacia atrás y se cayó de espalda. De su pecho sobresalía lo que parecía ser un puñal, y a su alrededor empezó a formarse una mancha escarlata que poco a poco fue aumentando su tamaño.
Yona ni siquiera tuvo tiempo de sobresaltarse.
Los soldados murmuraron. Se oyeron varios golpes, gritos, seguido de...
—¡Princesa!
Instantes después, unos brazos la rodearon por la espalda, pero antes de que un grito escapase de su garganta o ella intentara soltarse, la empujaron y, guiada por el desconocido, rodó sobre este hasta quedar a detrás de un muro de carne. La soltaron rápidamente y se oyeron nuevos golpes.
Yona parpadeó, y parpadeó, y volvió a parpadear intentando aclarar su visión. Porque no podía ser... lo que estaba viendo... Seguro que todo era un producto de su imaginación, una pobre salvación que su mente se le había brindado en sus últimos momentos.
Esos inconfundibles hombros anchos, ese pelo oscuro revuelto... esa espalda... no podían más que ser de...
—Hak...— jadeó, sin voz, sin sangre en el rostro...
—Siento llegar tarde—. Su espalda se onduló, sus hombros se movieron cuando pegó un puñetazo a alguien— Pero hubo algunos pesados que se nos metieron por el camino.
—¿Qué...?
El sonido del metal siendo desenvainado resonó en el lugar, a la espalda de la joven, y Yona miró por encima de su hombro como acto instintivo. Un par de soldados se acercaban hacia ella, con el arma en su mano, sin ningún rastro de duda en su rostro. A izquierda y derecha más hombres les acorralaban. Perfectamente podía haber quince hombres – catorce, contando con el caído – contra dos. Bueno, uno y medio.
—Hak...
—Tranquila, princesa. Todo está controlado— declaró Hak, con el pecho trabajando a gran velocidad pero con una sonrisa en sus labios. A pesar de la situación peliaguda en la que se encontraban, Yona no pudo evitar pensar en lo mucho que había echado de menos ver esa sonrisa, esa curvatura sesgada y brabucona que la volvía loca.
—Apártate, no vamos a hacerle nada a la princesa— exclamó uno de los hombres de su padre, del rey de Kouka.
—¿Por qué no me obligas?
Como si hubiera hecho falta esas palabras para que el interruptor se accionase, todos a una se lanzaron contra la pareja. Yona contuvo un chillido mientras se apretaba contra la espalda de Hak.
Pero la cosa no se quedó ahí. De pronto, se escucharon nuevos gritos y cuando Yona abrió los ojos – no supo en qué momento los había cerrado –, sintió como su mandíbula caía al suelo al ver a las nuevas figuras que habían aparecido.
Eran...
—¿Os echamos una mano?— exclamó Kija, con las mejillas ruborizadas y una sonrisa en el rostro, como si no se creyese todavía lo que estaba haciendo. Con la mano del dragón sujetaba a uno de los soldados desde la parte de atrás del uniforme para mantenerlo en alza, sus pies retorciéndose en el aire.
—Ah— exclamó Jae-Ha, tras darle una patada, con su pierna humana, a otro de ellos—, no recordaba lo bonita y poética que era la luna. Hoy está especialmente bella— y guiñó un ojo en dirección a la pelirroja.
Unos metros más allá, Seiryuu tenía a un tercero agarrado por la espalda, con el brazo ejerciendo la suficiente presión en el cuello como para tenerlo inmovilizado. La pequeña Ao se encontraba sobre la cabeza de este, y casi parecía un general de batalla liderando a su pelotón.
—Chicos...— murmuró Yona, con una sonrisa aliviada, emocionada, empezando a extenderse por sus mejillas.
Estaban allí. Fuera. Con ella.
Libres.
—Creía que os habíais perdido— Hak esquivó uno de los envites y cogiéndole la muñeca, le retorció el brazo hasta que su oponente tiró la espada—, ¿fuisteis por el camino que no era o qué?
—Este sitio es un laberinto, y nunca nos dieron un recorrido cuando nos trajeron aquí. No es culpa nuestra, bestia— Jae-Ha puso los ojos en blanco, en medio de un golpe.
—Vaya dragones estáis hechos— bufó el moreno.
—Si nos hubieras esperado...— dijo Kija en respuesta, lanzando por los aires a su oponente y rápidamente capturando a otro.
Los ojos de Yona se abrieron como platos.
¿Cómo había podido...? ¿Y cómo Jae-Ha acababa de saltar tan alto? Era... simplemente... imposible...
O quizás...
De pronto, una figura captó la atención de la joven: cabello rubio y alborotado, ojos color del cielo, una curiosa ropa amarilla y naranja... Se encontraba unos metros de distancia, sonriendo, mientras observaba con atención la pelea que trascurría delante de él. Como si hubiera sentido el peso de su mirada, los ojos del desconocido se deslizaron hacia donde Yona estaba y en medio de la locura que estaban viviendo, la joven sintió como su corazón pegaba un vuelvo.
Porque no necesitaba que nadie se lo dijera para saberlo:
Ese extraño... era Ouryuu.
Los cuatro dragones habían sido reunidos finalmente.
Y vagaban libremente por el castillo de Kouka.
¡Han pasado muchas cosas en este capítulo! Nuevos secretos desvelados, la escapada de Yona... ¡y ese ansiado reencuentro! Ya no solo de los de los dragones, sino también de ellos con Yona. Hum, ¿qué pasará ahora?
Ahora toca irnos al punto de vista de los chicos. ¿Cómo pensáis que escaparon?
¡Nos leemos prontos!
