Capítulo 15.


Dos horas antes...

Decía llamarse Zeno.

Y de ese enunciado, lo que más había activado las alarmas en la cabeza de Hak no era su nombre, que ya de por sí era un poco raro. Pero bueno, era un dragón. Si no le hubiera sorprendido verlo con un par de alas a la espalda, menos lo iba a hacer su nombre.

El quid de la cuestión en este caso era el verbo: decía.

Decir.

Porque él lo estaba diciendo.

Estaba hablando. Estaba hablando y moviéndose como si nada.

Y no había pasado ni un día desde que lo trajeron. Es más, Hak juraría que la luna acaba de salir para cuando escuchó el sonido de unos pasos, el tintineo de unas cadenas. Unos sonidos que no pertenecían a él, ni a ninguno de los compañeros que se encontraban dormitando en sus respectivas celdas.

—Zeno piensa que el trato podría haber sido mejorable— habló por primera vez, y su voz sonó ronca y aniñada, una mezcla de lo más extraña, pero que de alguna manera casaba en él.

Hak irguió la cabeza, apoyado como estaba contra el muro de piedra que lo separaba de la celda contigua.

—¿Eres el cuarto dragón?

—Zeno es Zeno.

Hak se puso en pie en un santiamén. Las pesadas horas que había transcurrido en soledad, comiéndose la cabeza para buscar un nuevo plan, preocupándose por como estaría su princesa, teniendo tan solo las respiraciones de los dragones como compañía... había estado a punto de volverse loco, por lo que escuchar una voz causó que su corazón pegara un pequeño salto. Aunque esa voz...

—¿Cómo es que estás despierto?— inquirió incrédulo— Apenas han pasado unas horas desde que te trajeron y tus compañeros pueden tardar días en estar lúcidos.

—Zeno tiene muy buena salud- ¡Oh! Hola, amigo. O amiga, perdón— exclamó y de alguna manera Hak se imaginó que estaba sonriendo. Sonriendo, en aquella situación— Zeno cree que eres muy tierna y adorable. A Zeno le gustaría tener una cola como la tuya para acurrucarse. ¿Dónde podría conseguir una?

¿Quién demonios era Ouryuu?

—¿Cómo te capturaron?

—A Zeno no le pillaron— respondió entre los distintos arrumacos y risitas. Ao debía estar en su salsa con la atención que le estaban brindando.

—¿Qué?

—Zeno repite que a Zeno no lo capturaron. Zeno vino aquí porque quería.

Vale, eso... Eso no tenía ningún sentido.

—¿Qué?

—¿Tienes problemas de oído? Zeno sabe que hay unas hierbas que si se infusionan...

—¡No!— gruñó, y en menos de dos pasos llegó hacia la verja— ¿Cómo que viniste aquí queriendo? ¿Te dejaste capturar?

—Bueno... un poco, sí.

¿Cómo que un poco, sí?

Hak sintió como si le hubieran golpeado en el pecho. Después de todas los días, semanas, que habían pasado preocupándose de que encontraran el cuarto dragón, lo angustiada que había estado Yona porque el tiempo se acabara... ahora este les decía que se había dejado secuestrar voluntariamente. Durante un segundo, Hak agradeció que Yona no estuviera presente para oírlo, porque él tuvo el deseo de estampar su cabeza contra la pared y no parar hasta perder la conciencia.

Todo había sido para nada.

—Zeno no podía quedarse de brazos cruzados.

—¿Qué?

Se escuchó una risilla, que contrastó con el ambiente del lugar.

—Zeno cree que eres muy gracioso haciendo esos ruiditos de un perro rabioso.

Él sí que le enseñaría lo que era un perro rabioso cuando lo viera cara a cara. Lo último que necesitaba en este extraño... e irreal momento era que se burlaran de él.

—Explícame que significa eso de que no podías quedarte de brazos cruzados— se limitó a murmurar entre dientes.

—Bueno, significa... que Zeno lleva mucho tiempo buscando a sus hermanos. Y hasta ahora no ha podido encontrarlos. Y significa que Zeno ha venido aquí a ayudarles a escapar.

¿Ayudarles a escapar?

Hak se obligó a permanecer tranquilo, a no dejarse llevar por el revoloteo de las alas de la esperanza que pugnaban por crecer en su pecho.

—¿Cómo pensabas hacerlo? No tenéis poderes... ¿o tú sí? Porque ellos no pueden. Créeme, lo han intentado.

—No, Zeno es normal. Pero mis hermanos sí pueden. A Zeno le extraña que no hayan roto ya estos hierros y hayan escapado.

—Los dragones no tienen poderes— explicó en tono neutro. ¿Ese era su plan? ¿Usar los poderes de sus hermanos? Maravilloso — Desde que los trajeron aquí, los han perdido. Solo tienen la fuerza de un humano. ¿No lo has sentido tú?

El recién llegado no respondió. Si fuera posible, Hak habría creído escuchar los engranajes de su cabeza moverse a toda velocidad.

—Ryokuryuu— dijo, entonces, en un tono de llamada.

—Está dormido. No lo intentes. Cuando aparece otro dragón, se llevan horas sin fuerza.

Ouryuu pronunció un sonido bajo de molestia y premura.

—Zeno sabe que no hay tiempo para eso. Ryokuryuu. Ryokuryuu, despierta.

—Oye...

¡Clan! ¡Clan! ¡Clan!

El sonido de un metal chocando con otro metal sacudió el lugar. Hak necesitó un par de segundos para darse cuenta de que Zeno estaba golpeando repetidas veces las cadenas contra la verja, provocando un fuerte estrépito que resonaban en las paredes cavernosas del lugar.

—¡¿Qué haces?!

¿Quería que los guardias bajaran y vieran que estaba despierto o qué?

—¡Ryokuryuu! ¡Ryokuryuu! ¡Ryokuryuu!

—¡Para! ¡Detente o...

—¡Ryokuryuu!

Hak gruñó e iba a alzar la voz, cuando coro de gemidos atrajo por completo su atención.

—¡Ryokuryuu!

—¿Qué pasa?— murmuró el mencionado con voz pastosa y en un tono muy bajo.

—¡Ryokuryuu! Rápido, dale la mano a Zeno.

—¿Qué?

—¡La mano! ¡La mano a Zeno!

—Pero...

—Lagartija, por lo que más quieras, deslízate por el suelo con las uñas si hace falta y dale la maldita mano como te dice— espetó Hak a duras penas, mandando a volar el plan de no tener esperanzas.

Durante un segundo hubo silencio. Entonces, se escuchó el sonido de unas cadenas moviéndose.

—¡Aquí! ¡Aquí!

—Quiero dormir, jod-

Jae-Ha calló de forma abrupta. Después de haber estirado lenta y a duras penas la mano por entre la verja en dirección a la celda de la derecha, alguien se la había sostenido. Y menos de un segundo después, un hormigueo estaba recorriéndole toda la extremidad. Este hormigueo se extendió por su pecho, abarcándolo por completo, y atravesó todo su cuerpo hasta llegar a la punta de sus pies. De pronto, su piel parecía estar en llamas, la sangre circulando a toda velocidad por su vena.

Los dedos del desconocido se cerraron con más fuerza entorno a sus dedos y Jae-Ha lo reconoció sin necesidad de palabras como Ouryuu, como su hermano dragón.

—¿Qué me es-está pasando?— dijo Ryokuryuu con la voz mucho más despierta y segura. En realidad, todo el cansancio de su cuerpo parecía haber desaparecido y todo él pulsaba por moverse, por saltar y volar lejos.

Era como si... era como si sus poderes hubieran regresado.

Su pierna cubierta de escamas empezó a latir por debajo de la bota, y Jae-Ha abrazó ese cosquilleo. Se sentía igual que si hubiera estado muchísimo tiempo sin ella, como si se la hubieran amputado, y esta de pronto hubiera empezado a crecer, a regenerarse...

—Nos necesitamos— la voz de Zeno sonó alegre, emocionado casi diría— Nacimos para estar juntos, y nuestras almas se reconocen.

—¿Qué está pasado?— exclamó Hak, quién llevaba muy mal estar a ciegas cuando ocurría algo importante.

—Yo...— se miró las manos y las apretó en un puño por un par de segundos, antes de volver a extender los dedos— Siento como mi fuerza ha regresado— dijo, segundos antes de aferrarse a la cadena que lo ataba a la pared con las dos manos. Tan solo necesitó ejercer un poco de fuerza y...

Clan.

Los eslabones se soltaron. Ya no estaba atado.

—¿Qué? ¿Me estás diciendo la solución era que os tocarais, era el poder de la hermandad y todo eso?

En respuesta, Jae-Ha se puso en pie y aunque en un principio trastabilló porque todavía se encontraba un poco confundido, consiguió mantenerse erguido. En un par de pasos, se puso delante de la cancela de metal y... pateó. No con todas sus fuerzas, no hacía falta. En realidad, lo hizo con la misma presión con la que un niño humano golpearía una pelota en un juego, pero la cancela salió despedida contra la pared de enfrente, causando un fuerte estruendo.

Una lenta, excitante sonrisa se extendió por sus labios cuando dio un paso al exterior y salió por encima de la verja que yacía extendida en el suelo. Se sentía como el día en el que fue libre de su cautiverio – de su primer cautiverio –, cuando pudo volar lejos de allí y se prometió a sí mismo que jamás dejaría que nadie le encerrase de nuevo. Solo que está vez, ese sentimiento de plenitud estaba manchado, mezclado por otro más... sucio. Inquietud, preocupación, aprensión. Por esa estúpida princesa que no tenía sentido de supervivencia alguno, que había dado todo y más por ayudarles cuando no tenía por qué hacerlo.

(Un poco y solo un poco, esa joven de cabello rojo le había recordado cuando la escuchaba hablar y alegar sobre cómo los salvaría a su querida Gi-Gan, la mujer que le había salvado la vida y la que le brindó el primer y único hogar que había conocido en su vida.)

Por eso, y sería algo que jamás diría en voz alta, no hizo caso a su primer instinto, a lo que le decía la voz de la razón: correr lejos de allí sin mirar atrás, sin importarle nada ni nada. Por eso, se detuvo delante de la celda que estaba a su izquierda y se acuclilló delante de ella. Mechones de su largo cabello esmeralda se deslizaron entre sus piernas cuando inclinó la cabeza hacia abajo, sonriendo con una mueca de astuta diversión en su mirada.

—Querido hermano, Hakuryuu, dame la mano y deja que este hermoso príncipe te despierte con un beso. Llegó la hora de hacerles ver quiénes somos en realidad.

Los dragones habían despertado, y era el momento de que el mundo los escuchara rugir.

Kija se había espabilado debido a todo el estruendo que hubo, pero aún con la mirada perdida y nublada, no dudó en extender la suya para que sus dedos se tocaran. Ryokuryuu notó como parte de su esencia se traspasaba a su hermano dragón, e imaginó que él debía estar sintiendo lo mismo que le había pasado a él hace tan solo unos instantes.

De pronto, a lo lejos, se oyeron el sonido de pisadas. Corrían por el castillo, alejándose y acercándose... Habían escuchado el estruendo de la puerta – honestamente, Jae-Ha nunca pensó en esconderse –, quizás las voces; e iban a por ellos.

Jae-Ha vio como Kija abría los ojos y como lentamente estos iban aclarándose, su cuerpo ganando cada vez más fuerza. Su sonrisa se amplió, y en el momento que se puso en pie y dio un paso hacia atrás, la puerta de las mazmorras se abrió y numerosos soldados entraron en tromba en aquel minúsculo lugar. Ryokuryuu miró por encima de su hombro antes de encararlos.

—¡Quieto!— exclamó uno de ellos, el primero, con una espada en sus manos apuntando hacia él.

Jae-Ha escuchó a su espalda el chasquido del metal y sin necesidad de mirar hacia atrás, supo que Kija había descolgado la verja de sus engranajes. Parte del motivo se debía al rostro descompuesto de los soldados ante semejante imagen.

—¿Decías?— sonrió divertido Jae-Ha, inclinando la cabeza— Kija, ocúpate de los demás— dijo en el momento que oía los eslabones de este rompiéndose, y se lanzó con oscura diversión contra los soldados.

Qué empezase la acción.

Había conseguido quitarse de encima a tres de ellos con facilidad cuando escuchó un grito a su espalda. Alguien pensaba atacarle por detrás y era lo suficientemente estúpido como para hacérselo saber. Rápidamente se dio la vuelta, tensando su pierna humana para atacar, cuando vio al soldado poner los ojos en blanco y caer desmayado. Detrás de él, Hak estaba con una expresión de satisfacción y petulancia en el rostro.

Unos metros más allá, Kija estaba desenganchando la verja de Zeno, quedando el todavía semiinconsciente Seiryuu en último lugar.

—De nada, lagartija— Hak arqueó una ceja en su dirección.

—Que sepas que lo tenía.

—¿Ah, sí?— Hak se agachó y cogiendo la espada del soldado caído, en menos de un segundo la había lanzado por encima del hombro del dragón. Jae-Ha tan solo parpadeó en su dirección—. ¿Y a ese también?

Otro hombre había caído a los pies del dragón y no lo había derribado él. Se sintió medio divertido, medio irritado, y luchó por no tomárselo como algo personal. No estaban viendo quién derrotaba a más soldados. Estaban en una situación muy seria.

Más soldados entraron, formando un semicírculo frente a la puerta de las mazmorras, mientras Kija desenganchaba la última de las puertas y se internaba para ayudar a Seiryuu. Hak y Jae-Ha dieron un paso hacia atrás y se miraron a los ojos, quizás recalculando su próximo movimiento. El número de soldados allí abajo no era un problema para ellos, no ahora, pero sí un obstáculo. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pues no era necesario, pero había algo, alguien, que prevalecía en sus cabezas.

Necesitaban salir de allí cuanto antes, sin perder más tiempo.

—Volved a las celdas— ordenó uno de los soldados— Dejad que os encadenemos de nuevo y no habrá ninguna represalia contra vosotros.

—Creo que han quedado inservibles, ¿no lo veis?— se jactó Jae-Ha, señalando a su espalda con un movimiento de mano.

En ese momento, emergieron Kija y Seiryuu de la celda de este último, y sin mucha prisa, se colocaron en primera línea de batalla. Los ojos de los soldados se abrieron como platos cuando observaron la enorme y dragónica mano del peli-blanco, quién la mostró con una sonrisa sardónica en sus labios. A su lado, Seiryuu observaba a todos en silencio. Zeno aprovechó ese par de segundos de calma para colocarse junto a sus hermanos y el humano.

—No voy a repetirlo, volv-

—Que alguien lo calle, me va a terminar dando dolor de cabeza— Jae-Ha chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco. El tono burlón y despectivo que utilizó enfureció a los soldados, y Jae-Ha sonrió al ver los rostros crispados por la furia.

Sí, sonrió.

Porque estos no dudaron en alejarse de cualquier vía diplomática – quizás tenían órdenes no hacerles ningún daño – e ir con todas a por ellos. El sonido del metal desenfundándose resonó en el lugar cuando todos a una, extrajeron las espadas de las vainas.

—¿Estáis preparados, chicos?— dijo Kija sin apartar la mirada de los enemigos.

No necesitó respuesta. Ni siquiera tuvieron tiempo alguno para dársela. De pronto, en una perfecta formación, los soldados alzaron sus armas y atacaron a los escapistas.

El mentón de Hak se tensó, pero no dudó en hacerles frente. Cada segundo que perdían allí era un segundo más que ella estaba lejos, sola.

Era un segundo más que no estaba a su lado.

·

Haber estado tanto tiempo encerrados no solo traía consecuencias psicológicas, que eran muchas. Hak jamás volvería a ver una habitación cerrada de la misma manera, estaba segura. También estaba seguro de que, por muy espacioso que fuera, un lugar sin ventanas le traerían muy, muy malos recuerdos. La desesperación, la impotencia, la rabia acumulada. Todo eso había sido un peso que había tenido que aguantar a su espalda durante estos años y de los que no había hablado con nadie.

Pero además, y en este momento eran más importantes, había consecuencias físicas. De niño, Hak recordaba las largas jornadas que había pasado entrenando con su abuelo y sus compañeros de tribu. Mundok le había dicho que, en la lucha, era como una esponja: absorbía el conocimiento de todo aquel que le rodeaba y lo interiorizada con una rapidez y seguridad envidiable. Apenas había cumplido los once años cuando superó al más bravo y ágil de los guerreros de su tribu. Solo dos años después, cuando tenía trece, el rey había convocado el Torneo Real y había derrotado a Lee Geun-Tae y Joo-Doh, no sin esfuerzo, pero había terminado coronándose como el hombre más fuerte del reino de Kouka. Con tan solo trece años. Ese fue el último día que vio el sol, la luna y las estrellas. Ese fue el último día que vio a su abuelo, a sus amigos y compañeros. Y ese fue el día que vio a Yona, a esa princesita de palacio con la que jugó una vez cuando era un crío y no volvió a ver más hasta que se la encontró allí, encima del palco, observándola con esos ojitos brillantes color violeta.

Ahora, sentía sus músculos cansados después de un par golpes y todo su cuerpo gemía por cada movimiento que hacía. Cada paso que daba era un esfuerzo titánico; sin embargo, no se detuvo, no podía parar ahora. No cuando la libertad la tenía al alcance de su mano. No cuando estaba a escasos metros de encontrar a Yona.

Juraba por lo que más quería – por su tribu, por ella – que una vez la tuviera frente a sus narices, no volvería a dejar que escapara. La ataría a él si hiciera falta. No dejaría que se alejase de él ni un mísero paso más. Sabía que de ser así, no podría contener sus nervios una vez más. Suficiente lo había hecho ya.

—¡Hak!— Kija le avisó por detrás.

Alertado, el mencionado se dio la vuelta rápidamente y consiguió esquivar a duras penas el embate del soldado. Giró el tronco y con todas sus fuerzas, levantó la espada para desviar la trayectoria. Con trece años, ese ataque habría sido suficiente para desarmarlo y acabar con él, los dos en uno, y no habría necesitado ni pestañear. Ahora, lo que al menos consiguió fue repeler la embestida para que no le hiriera en un costado. Dio dos pasos hacia atrás para alejarse, pero sus músculos protestaron por la fuerza utilizada y un siseo bajo escapó de sus labios.

Mierda.

Tengo que aguantar, tengo que luchar. Tengo que defenderme. No puedo quedarme aquí.

—Ahora verás...— el soldado volvió a lanzarse contra él, y esta vez no tuvo tiempo a esquivarlo con el cuerpo, por lo que interpuso su arma. Ambas chocaron y el sonido de metal con metal se camufló con el resto de la pelea que transcurría a su alrededor.

Buena parte de él agradecía que los dragones estuvieran luchando de su lado, por mal que le pesara para su orgullo, porque él había perdido mucha, muchísima práctica. Y además había otro asunto: él no contaba con una fuerza mágica que provenía de la sangre de un dragón ancestral. Era simple y llanamente Hak, el chico adoptado por el antiguo Jefe de la Tribu del Viento, que se había labrado un título con sus sangres y manos.

Y con eso le bastaba y sobraba.

Motivado por ese último pensamiento, agarró con más fuerza el arma y de dos golpes consiguió quitárselo de encima. Hizo un rápido barrido con la mirada en el par de segundos de calma que tuvo y vio a Jae-Ha, Kija y Seiryuu luchando con los demás. Los tres parecían estar manejándose bien y se notaba que todos estaban cultivados en el arte de la lucha, en mayor o menor medida. Por otro lado, Zeno, alejado unos pasos, hacía todo lo posible por quitarse de encima a todo el que se abalanzaba contra él y aunque parecía que no tenía mucha idea de pelear, de alguna manera u otra siempre terminaba airoso. Quizás el estar rodeado de sus hermanos que a veces le echaban una mano también le era de mucha ayuda.

Mierda, pensó justo antes de que otro soldado se tirara a él, estamos atrasándonos mucho.

Tenían que buscar a Yona, tenían que encontrarla ya. No podía perder más tiempo.

Golpeó a su atacante en la cabeza, justo detrás del cuello, y este calló desplomado inconsciente a sus pies. Hak dio un paso, dispuesto a continuar el camino cuando le pareció ver un borrón anaranjado entre tantos pies. Un segundo después, esa mancha naranja se había convertido en Ao, quién no había dudado escalar por sus pantalones hasta llegar a sus hombros. Entonces, con sus patitas sujetó algunos mechones de su cabello y pegó un fuerte tirón.

—¡Ah!— exclamó más sorprendido que adolorido.

De un salto, Ao cayó al suelo frente a él, lo miró por un pequeño instante y echó a correr entre la pelea.

Hak le entendió. Sabía lo que quería decirle.

Y por primera vez, podía seguirla. Era libre de ir con ella.

—¡Eh, espera, Hak!— oyó como uno de los dragones le gritaba a su espalda cuando echó a correr sin mirar atrás.

—¡No tardéis!— respondió él, esquivando uno de los soldados que se tiraba a él.

—¡Hak!

No disminuyó la velocidad.

Ya voy, Yona, pensó para sí mismo con desesperación. Ya voy a ti y una vez te encuentre, no pienso soltarte jamás.


¿Qué os ha parecido este capítulo de transición? No sé, pero necesitaba escribir algo como esto para conocer un poquito más a los chicos. Para el siguiente ya volvemos a la línea temporal normal. Los dragones libres, junto a Yona, y enfrentándose a los hombres del Rey. ¿Cómo creéis que acabará?

Por cierto, aviso de que queda tres capítulos más y el epílogo para concluir la historia :)

¡Muchas gracias a todos lo que estáis por aquí!