Capítulo 16.


Presente...

Esta era la situación:

Bajo la luz de la luna y las antorchas que alumbraban cada cierta distancia, en los jardines que conducían a la entrada principal, Yona y sus muchachos – y la preciosa y valientísima Ao, por supuesto – estaban rodeados por un gran número de soldados. La cantidad se había incrementado en cuestión de un par de minutos, quizás debido a que ya no había dos focos de conflictos, suponía Yona. Ahora que se habían reunidos todos en un mismo lugar, palacio no necesitaba dividir sus fuerzas, por lo que prácticamente todos los hombres activos en el hogar del monarca se habían congregado en aquel punto.

Y eso databa de unos setenta o más hombres.

Setenta soldados, con sus espaldas y armaduras, los tenían rodeados por todos flancos. Todos con órdenes de apresarles o, tal vez, algo mucho peor.

Y allí se encontraba ella, en el centro de todo y de todos, protegida por cinco cuerpos masculinos, que actuaban de escudo humano circular, dándole la espalda y enfrentándose al ejército sin vacilar ni un instante.

—Son demasiados...—susurró con las piernas temblando, atisbando lo que podía entre sus protectores. Había muchas cabezas.

—No te preocupes, querida Yona— exclamó Jae-Ha, una oscura sonrisa estaba dibujada en su semblante, a juego con la mirada que le dedicaba— Deja que nos preocupemos ahora nosotros.

—Sí— confirmó Kija sin apartar la mirada del frente— Ya has hecho muchísimos por nosotros. Ahora es nuestro turno de protegerte. No dejaremos que te hagan daño.

—Chicos...— el nudo en su garganta se hizo más fuerte. Quería decirles que en realidad ella no estaba preocupada por sí misma, sino por ellos. Porque confiaba en ellos y sabía que no dejarían que le hiciesen nada, que la protegerían... pero tenía miedo de que alguno fuera herido, o algo peor, por su culpa. Nunca se lo perdonaría.

Ella que había hecho todo y más para evitar una situación como esta. Al final... todo... había sido para nada. Sus mayores temores estaban haciéndose realidad.

—Tenemos órdenes del rey de no haceros daño. Soltad a la princesa y seremos buenos con vosotros.

—Perdona que te diga, pero las órdenes de tu rey nos las pasamos por-

—¡No dejaremos que le hagáis nada!— exclamó Kija repentinamente, cortando lo que su hermano dragón fuera a decir y ganándose por ello una mirada furibunda.

—¿Es que no ves la diferencia numérica que hay? ¿Queréis ser aplastados o qué?— replicó el mismo guarda.

—¿Por qué no lo intentáis y después hablamos? Pronto estaréis mordiéndonos el cul-

—¡Os recomendaría que no lo hagáis! Vais a salir perdiendo.

—¿Puedes dejar de cortarme?— se quejó Jae-Ha, frunciendo el ceño.

—¿Y tú puedes dejar de ser tan malhablado? ¡Estamos delante de la princesa!— espetó Kija entre dientes en respuesta.

Yona parpadeó y Seiryuu miró de reojo a sus hermanos, quienes se habían girado para mirarse el uno al otro, olvidándose de los que les rodeaban.

—No todos hemos tenido tu maravillosa y excelentísima educación, albino, pero ahora eres tú el que estás siendo muy maleducado al no dejar hablar a tus mayores.

—¡Tú eres el maleducado! ¡Modera su vocabulario, que tienes la lengua sucia!— Kija tenía las mejillas ruborizadas mientras hablaba.

Una sinuosa sonrisa se extendió en el rostro de Jae-Ha.

—Hombre, procuro tenerla limpia, aunque no me importa ensuciarla de vez en cuando, ya sabes...

—¡CALLA!— ahora sí, las mejillas de Kija estaban al rojo vivo. Jae-Ha se carcajeó.

—¡Zeno encuentra esta conversación muy divertida!— exclamó el cuarto de los dragones, con dicha emoción reflejándose en su mirada. Casi parecía como si no estuviera – estuvieran – viviendo una situación de vida o muerte.

Yona creyó oír un suspiro frustrado y todavía incrédula por lo que estaba viendo, se giró hacia Hak, quién se encontraba con una mano en la frente y una expresión de molestia en el rostro. Parecía un padre con sus dos niños pequeños que no dejaban de alborotar y molestar.

—¿Podéis parar de una vez?

—¡Ha empezado él!

—¿Qué dices, albino? Eres tú el qu-

—¿Os estáis riendo de nosotros o qué?— exclamó uno de los soldados, de pronto, y la pregunta fue coreada por sus compañeros.

La diversión desapreció del rostro Jae-Ha, que volvió a fruncir el ceño.

—¿Qué le pasa a todo el mundo con interrumpirme?

—¿Veis?— suspiró Hak, sacudiendo la cabeza— Ya les habéis enfado.

—Enfadado estoy yo— chistó Jae-Ha.

—Zeno cree que sus hermanos dragones son muy divertidos. A Zeno les gusta. ¿A Yona no?

Yona, que no esperaba que nadie le hablara directamente, tardó un poco en girarse para encontrarse con el chico rubio, el último de los dragones. Parpadeó en su dirección.

—Eh... yo...

¿Ella era la única que se daba cuenta que aquel no era precisamente el mejor momento para discutir eso?

—Venga, ya me habéis cabreado. Me lo estaba tomando con filosofía, pero de verdad que sabéis como tocar bien los coj-

—¡JAE-HA!

El mencionado chasqueó la lengua, y un segundo después se movió. Con las manos desnudas, con solo su fuerza sobrenatural, se lanzó hacia los guardias dispuesto a llevarse a más de un maleducado por delante. Si alguien se atreviera a interrumpir a la bella Gi-Gan, habrían caído por la borda en el segundo siguiente. Uno tras otro, pensó con macabra diversión.

Los soldados, ufanos por, creían, la superioridad numérica con respecto a sus enemigos, atacaron sin dudarlo ni un instante, y los dragones tuvieron que imitar a su hermano, Hak incluido. Se desplegaron, siempre teniendo cuidado de tener a Yona a la vista y bien custodiada en todo momento.

—No te separes de mí— exclamó Hak, enarbolando la espada que había robado allá atrás a uno de los soldados caídos.

—Hak, no me gusta esto...

—No dejaremos que te toque.

Tendrán que pasar por encima de mi cadáver, afirmó para sí mismo, defendiéndose del primero de los hombres que fue a por él.

Por fin había escapado, por fin era libre. Por fin había salido de aquella celda y podía moverse como así lo quisiera.

Por fin, por fin, por fin podía proteger a su princesa guerrera. Tantos años esperando este momento, sufriendo y sintiéndose impotente por no poder hacer nada, por estar encerrado... todos esos sentimientos estaban viniendo a él como una ola de ira y determinación.

No la tocarían.

Jamás.

Luchó, lucharon todos, con todo su empeño. La diferencia numérica de los oponentes en principio podía parecer importante, pero pronto los soldados se dieron cuenta de que estos no eran hombres normales y corrientes; con una fuerza, resistencia y agilidad envidiable, superaban a todo aquel que se acercase a ellos, ya sea en solitario o en grupos.

Incluso Hak.

A trompicones y con apenas fuerzas ya, Hak no dejó de moverse, de fintar y atacar. De defender a su princesa.

En una de las veces, un grupo de hombres – imprudentes y estúpidos, según Hak – le rodearon y terminaron alejándolo más de lo previsto de Yona, ya que no quería que estuviera en medio de la batalla. Mientras se defendía, no puedo evitar echarle un par de vistazos rápidos a dónde se encontraba la joven.

—¡Hak!

—Maldita sea— masculló para sí mismo.

—¡No!— se oyó de pronto la voz de la joven.

—¡Princesa!

—¡Yona!

Los dragones y Hak perdieron por un momento la concentración en sus peleas para mirar a la princesa, y casi gruñeron al unísono cuando la vieron caminando hacia atrás para alejarse de un par de soldados que se dirigían hacia ella con la intención de retenerla. Fue Zeno, el que se encontraba más cerca, el primero en reaccionar. En una rápida carrera, se colocó delante de la chica, actuando como un escudo humano. Ao, aferrada a su cabello rubio, también adoptó la misma postura.

—¡Zeno ordena que se alejen!

—¡Si no quieres morir, apártat-

—¡DETENEOS!

El mundo pareció acatar la orden bramada desde la distancia. De pronto, la batalla se paralizó como si se hubieran convertido sus combatientes en piedra y todos a la vez se giraron hacia donde provenía la voz.

Yona sintió sus piernas temblar y se aferró inconscientemente a la ropa de Ouryuu.

—Padre...

Hak se quedó sin respiración cuando por primera vez en años se encontró cara a cara con el hombre que le había secuestrado, que le había mantenido retenido durante años... y que era el padre de Yona. La mano que sostenía su arma empezó a vibrar mientras sentía su sangre cada vez volverse más y más caliente. Estaba allí, delante de él, a tan solo unos pasos...

Pero Il, el hombre que le había destrozado la vida, ni siquiera parecía haber notado su presencia. En lugar de eso, sus ojos estaban fijos en donde estaban desperdigados su querida hija... y los cuatro dragones, y sus pupilas brillaban de una forma tan extraña que consiguió ponerle los vellos de punta hasta a aquellos que tenían la sangre de los dragones corriendo por sus venas.

—Jamás pensé que estaría vivo para ver esta imagen— dijo el rey, sin darse cuenta de que estaba diciendo sus pensamientos en voz alta—. Los cuatro dragones de Hiryuu por fin reunidos... y su reencarnación.

Hak creyó que no había oído bien. Sus ojos rápidamente se giraron hacia donde estaban los dragones desperdigados en el campo de batalla y posteriormente a Yona.

En ninguna de las expresiones vio rastro alguno de sorpresa o incredulidad.

¿Qué había dicho?

—Para no creerlo te tomaste muchas molestias en cumplirlo.

—Eres Ryokuryuu, ¿verdad?— la atención del monarca se desvió hacia el dragón que había hablado— Recuerdo lo que me dijeron de ti: sin pasado ni familia, pertenecía a un grupo de piratas que atracaba en las costas de Awa. Costó encontrarte, y mucho más... —vaciló— traerte.

—¿Por qué no lo dices a la cara, eh? ¡Secuestrarme! ¿Por qué no dudas hacerlo pero sí decirlo? ¡No seas hipócrita!

Las arrugas en el rostro de Il se marcaron por la tensión y Yona contuvo la respiración, esperando su respuesta. Después de las verdades que había escuchado en las últimas 24 horas ya se podía esperar cualquier cosa de él.

Incluso lo que hizo a continuación:

—Yona, cariño— dijo, ignorándolo el ataque directo, y desvió sus pupilas en dirección a su hija— Ven aquí y hablemos las cosas. No lo pongas más difícil.

—Ya te lo dije, tú y yo no tenemos nada de lo que hablar— replicó ella, colocándose al lado de Zeno para quedar cara a cara con su padre.

Más arrugas. Más tensión en el cuerpo del monarca.

—Lo hice por tu bien...

—¡No quiero volver a escucharte decir eso! ¡Mi bien no era tenerme encerrada durante años sin poder salir de los muros del castillo! ¡Mi bien no era secu-

De pronto, los ojos de Il se abrieron de par en par y el pánico puedo vislumbrarse en sus pupilas. Alzó una mano e hizo el amago de dar un paso hacia delante, aunque Hak nunca podría saber cuáles eran sus intenciones. La atención de este se hallaba en asunto mucho más importante y apenas prestó atención a acciones del rey. Aprovechando el momento de confusión y revuelo que se había creado, un grupo de soldados se movieron en perfecta sincronización. Rodearon a la joven, que seguía junto a Zeno, dejando de esta manera a los otros dragones y a Hak en el exterior, quienes no actuaron con la suficiente rapidez como para interponerse.

Sus armas apuntaban hacia ella.

—¡Yona!

—¡¿Te das cuenta de que estás levantando las armas contra tu propia hija?!— exclamó Kija, rabioso, apretando las manos, la humana y la no-humana, en un puño.

Ni Jae-Ha, ni Kija, ni Hak, ni Seiryuu prestaron atención a los soldados que se valieron del momento para también controlarlos, pues su atención estaba puesta por completo en la pelirroja y en Zeno. Los ojos de la Yona se perdieron por un momento entre tanta muchedumbre, encontrándose con los de Hak por encima de la multitud de cabeza que les separaban, y la joven sintió como su corazón daba un vuelco.

Había tanta preocupación, rabia y desesperación en su mirada que lo único que deseaba era correr hacia él y sostenerlo entre sus brazos. Lo único que ella deseaba era volver a sentir el cuerpo masculino junto al suyo. Lástima que aquel no fuera un buen momento, y quizás nunca...

No, no puedo dejarme llevar por esos pensamientos tan negativos, se reprendió a sí misma, y luchó por esbozar una pequeña (y esperaba) tranquilizadora sonrisa. Vio a Hak tragar fuerte y su mirada se suavizó momentáneamente. Durante un segundo, solo fueron él y ella, en ese pequeño oasis que ellos sabían crear, salvo que esta vez tenían cuerpos humanos entre ellos, en lugar de barrotes.

Nada que no pudieran superar.

—No necesito que nadie me dé lecciones— estaba diciendo mientras tanto Il— Lo único que busco con mis actos es proteger a mi hija.

—Sí, eso lo estás dejando muy claro— exclamó Jae-Ha irónico— Vamos, se está viendo perfectamente lo preocupado que estás por ella, lo mucho que buscas su felicidad.

—Algún día entenderá por qué tuve que hacerlo.

—Lo siento, padre. Podré llegar a entender tus motivos, pero jamás podré perdonarte.

La aflicción se mostró momentáneamente en la mirada de Il.

—Si ese es mi castigo, con gusto lo afrontaré. Mi recompensa siempre será saber que no te perdí.

—¡¿Es que no te das cuenta?! ¡Ya me has perdido!— sollozó sin lágrimas, dando un inconsciente paso hacia delante, incapaz de creerse las palabras que escuchaba— ¡Por culpa de todo lo que has hecho! ¡Todo! ¡En realidad, ha servido para todo lo contrario, para alejarme de ti! ¡Yo pensé...! Pensé... fui tonta y creí que todavía había algo que salvar en ti, que todo lo que mis ojos veían no podía ser verdad... pero con cada segundo que pasa no haces más que demostrarme... que...— su voz se extinguió debido a los sollozos que le impedían articular más palabras, sin embargo, el fuego en sus pupilas nunca se apagó, así como tampoco desapareció la postura decidida que había adoptado.

El rostro de Il se desfiguró como si le hubieran apuñalado en el corazón. Por un ínfimo segundo, Yona creyó ver un inmenso mar de culpabilidad y dolor en su expresión, pero pronto su rostro se ensombreció y fue como si se hubiera colocado una máscara de imperturbabilidad. La señaló con un brazo.

—Todavía eres demasiado joven para entenderlo. ¡Retenedla, que no escape!

El corazón de Yona se partió por millonésima vez en el día, y la joven estuvo segura de que este ya no se podía reducir en más pedazos. Sus esperanzas habían sido destruidas hasta convertirse en meros escombros. Daba igual cuanto intentase razonar con él... el rey Il de Kouka, su padre, hacía tiempo, mucho tiempo que se había ido.

Motivados por la orden, los soldados se movieron para acatarla, pero así también lo hicieron los dragones, quienes buscaban defenderla y sacarla de ahí como fuera posible. Aunque la diferencia numérica jugaba en contra, esperaban que la fuerza del dragón les ayudara. Sin embargo, cuando conseguían quitar a dos del medio, tres se les interponía por el camino y les estaba costando más de lo esperado llegar a dónde estaban ella y Zeno.

¡Mierda, mierda, mierda!

—¡QUIETO TODO EL MUNDO!

Por segunda vez en la noche, el mundo se detuvo. Y todos los pares de ojos presentes se giraron hacia dónde provenía la voz, solo que esta vez... la imagen que encontraron fue muy diferente.

Yona sintió que estaba a punto de desmayarse y tuvo que agarrarse a Zeno para no desfallecer en el sitio.

—Dile a tus hombres que la suelten— exclamó Hak con el rictus serio. En la mano sostenía la espada que había conseguido birlar a un soldado... y la punta de esta apuntaba al cuello del monarca. De alguna manera había conseguido escabullirse entre los escoltas reales y amenazar al mismísimo rey... para salvar a su princesa— Dile a tus hombres que la dejen en paz o no respondo— insistió cuando vio que no obtenía ninguna respuesta.

Il, en una actitud bastante estoica para la situación en la que se encontraba, hizo una señal para que los soldados dieran un paso hacia atrás. Los ojos del rey no se despegaron de aquel que le amenazaba.

—¿Qué? ¿No te acuerdas de mí?— las palabras escaparon de sus labios antes siquiera de haberlo pensado.

Tuvieron que pasar un par de segundos para que el reconocimiento borrara la expresión de confusión en el rostro del Rey de Kouka.

—El nieto del viejo Mundok...

Que ese hombre actuara con tanta... indiferencia, le enfureció como nunca antes nada lo había hecho. Porque ahí estaba de nuevo, el hombre que le había arrancado de su hogar y le había tenido años encerrado, actuando como si no hubiera hecho nada malo. Como si no se acordara de haberle destrozado la vida, ni quién era él.

Durante un momento se sintió tonto, olvidado e insignificante. Ridículo.

—Veo que no recuerdas lo que me hiciste, ¿no?— gruñó entre dientes.

Il no apartó la mirada.

—Lo hago, aunque no lo creas. Me sentí muy mal por tu abuelo— asintió ligeramente, con una macabra mueca de simpatía y aflicción—. Fuiste un daño colateral que no pude controlar. Sé que no debí hacerlo, pero no podía dejar que Yona corriera peligro.

Daño colateral.

Daño colateral.

Desde el momento que en el que estuvo seguro de que él no era un dragón perdido, Hak había sabido que nada en esta "pelea" tenía que ver con él. Había sido un cúmulo de errores y malentendidos lo que le habían llevado a esa situación... los que le habían hecho conocer a Yona. Durante muchísimo tiempo le enfureció y se sintió indignado por ello, aunque sabía que no podía hacer nada para cambiar el pasado. (O también si realmente alguna vez habría hecho algo; no, si eso significaba no haber conocido a esa valiente pero tozuda princesa de Kouka). Sin embargo, escuchar sus pensamientos en voz alta, siendo ratificados por el hombre que perpetró el daño, causó que una bola de fuego se creara en su estómago y rápidamente se extendiera por todo su cuerpo.

La mano que sujetaba la espada empezó a temblar y por un momento Hak se vio clavándosela en donde un corazón oscuro como el carbón debía estar latiendo.

Daño colateral. A eso se resumía su vida: a un mísero daño colateral.

—No querías pero tuviste que hacerlo, ¿eh?— jadeó sin aire en sus pulmones, mientras la bola de fuego se iba haciendo más y más grande.

Imágenes de Mundok sonriéndole orgulloso se sucedían frente a sus ojos. El ceño fruncido de él cuando Hak le molestaba al no llamarle abuelo, sus palabras de aliento antes de su pelea en el Torneo, el sonido de sus ronquidos segundo antes de que el carromato en el que iban de vuelta fuera atacado por los soldados. Recordó a sus amigos y compañeros: Tae-Woo, Han-Dae, incluso Ayame. Rememoró cada momento encerrado entre esas cuatro paredes de piedra, encadenado como si fuera un animal, sin poder ver la luz del sol o los reflejos de la luna.

Antes de poder pensar su siguiente movimiento, Hak ya se encontraba colocando la espada en el cuello de Il, a escasos centímetros de la tierna carne. Tenía la sensación de estar viendo a través de un túnel, con su atención fijada en el frágil y expuesto cuello del hombre que lo había mantenido cautivo por años. El mundo y el presente se había esfumado y en Hak solamente permanecía el pasado: sus vivencias, el recuerdo de su infancia, de su hogar. Todas y cada una de las lágrimas que Yona había derramado por ellos, por él. Los comentarios que había escuchado de los soldados que les suministraba el agua y la comida, las horas lentas e interminables allí encerrado.

La sensación de estar enterrado en vida sin haber llegado siquiera a los 20 años.

Estaba a tan solo unos centímetros de acabar con la vida de aquel que había condenado su vida. De conseguir la venganza que llevaba tanto tiempo rumiando, de dar un golpe final a ese sentimiento de impotencia que se había asentado en su corazón y le pesaba como una gran piedra. Estaba a tan solo unos centímetros...

—¡Hak, Hak, no! ¡Hak, detente! ¡Por favor!

...de acabar con la vida del padre de Yona, de su Yona.

El muchacho parpadeó, su visión aclarándose ligeramente conforme los segundos pasaban. Y entonces vio el rostro impasible del rey, sintió la tensión en el ambiente, el silencio palpable. El cese del temblor en sus manos. Los frenéticos latidos de su corazón.

Y allí, a lo lejos, por encima del castillo, los primeros rayos del alba asomándose tímidamente por entre las montañas.

—No merece la pena— lloraba Yona en la distancia. Una parte de Hak batalló contra la idea de moverse para ir hacia ella y consolarla, para acogerla en sus brazos y no soltarla jamás— No lo mates, por favor— el corazón de Hak se retorció ante la desesperación en la voz de la muchacha. Miró por encima del hombro durante un segundo y cuál fue su sorpresa cuando descubrió que no estaba mirando a su padre, sino que lo miraba a él. De alguna manera, estaba suplicando por él— Si lo matas, serás acusado y decapitado. Vámonos. Vámonos lejos, llévame lejos de aquí.

Hak, entre toda la rabia acumulada, sabía perfectamente lo que estaba diciendo: si escapaban ahora, el rey y sus hombres le perseguirían, sí, pero tendría que dar muchas explicaciones a las tribus para que estos se unieran a su causa. Si lo mataba, si finalmente acababa con el rey para sentir el más leve atisbo de satisfacción, estaría atentando contra la corana y todo el reino se levantaría contra él. Las posibilidades de escapar, de ser libres, se reducirían hasta casi desaparecer.

Yona le estaba haciendo decidir. Qué le importaba más: su venganza o la libertad.

Tan solo necesitó mirarla para saber cuál sería su respuesta.

Inspirando hondo, Hak se obligó a tranquilizarse lo suficiente como para poder dar un paso atrás, aunque no bajó el arma.

—Hak...

—Cállate. Esto no es por ti, nunca lo será. Como dices, todo es por tu hija. La alejaré de ti para que esté segura y sea feliz.

Algo se rompió en la expresión de Il. Algo muy profundo de él, algo que tocaba donde estaba su corazón. Pero Hak no lo vio. En su lugar, se dio la vuelta y su mirada se encontró una vez más con la de Yona. Se miraron, se dijeron todo y nada en el segundo que duró la conexión, y entonces él se desvió hacia dónde estaban los dragones.

—¡Ahora!— gritó.

Yona de pronto sintió como le sujetaban por la cintura. Un brazo le rodeó el cuerpo y tiró de él hasta pegarla a un muro de carne.

Entonces, el viento la golpeó y creyó estar volando.


¡Uf! ¡Vaya capítulo más intenso, ¿no creéis?!

Mi pobre Hak, no puedo amarlo más :'c Me ha dado muchísima pena escribir el final...