Arnold se dejó caer al suelo, abrazando el suéter.

Su cabeza parecía que iba a explotar, sus pulmones dejaron de funcionar, las heridas en su cuerpo dolían.

Podía sentir las manos de ella empujándolo.

Entre otros objetos en el suelo reconoció un zapato rojo... solo uno, pero estaba seguro de que era ese zapato, porque el otro todavía lo tenía.

–¡Tonta! – dijo, casi llorando, pero tratando de ahogar su voz – ¿Por qué...? ¿Por qué no me dijiste antes lo que sentías? ¿Por qué no me di cuenta antes de que tú...? ¿Por qué pretendimos durante meses que nada había pasado? ¿Por qué...? ¡Maldición Helga! ¿Por qué me salvaste?

Recordaba lo loco que fue ese día. Helga pretendiendo ser Cecile lo dejó con más dudas que certezas en cuanto se fue. Nunca la volvió a ver... y, a pesar de todo, una parte de él... sentía que sabía hacía mucho tiempo que la chica de esa cita era ella...

Otra vez el dolor en su cabeza y una sensación de mareo.

Estiró su mano para tomar el zapato y entonces notó una caja: cosas de Arnold.

¿Qué podía tener Helga de él? No recordaba haberle prestado nada.

Abrió la caja: algunos diarios, algunas fotos de él, una especie de máscara... ¿qué era todo eso?

Escuchó que la gente comenzaba a despedirse.

Guardó las cosas que había sacado y cerró la caja.

Tenía que irse de ahí.

Escuchó pasos en la escalera y con prisa salió del armario apagando la luz. Alcanzó a sentarse en la cama de ella justo antes que se abriera la puerta. Por suerte para él, era la señora Pataki.

–¿Qué haces aquí, jovencito? – lo miró con tristeza, sosteniendo una taza, que por el aroma Arnold supo que no contenía café.

–Lo siento, quería estar solo... y sin pensarlo terminé aquí

– ¿Extrañas a mi hija?

El chico asintió.

–¿Qué tienes ahí?

–Alguna vez vi a Helga con esto... – le enseñó el suéter sin estirarlo, dentro había escondido el zapato.

–Oh, esa cosa vieja... traté de botarlo y ella siempre volvía a guardarlo. Llévatelo

Entonces la mujer abrió uno de los cajones de su hija.

–Tal vez quieras llevarte esto también

Ella se acercó y le enseñó el viejo listón.

¿No lo tenía con ella?

Otra vez su cabeza.


–¿Por qué estás de mal humor?

–Me quedé dormida y no pude peinarme antes de que llegaras

–Te habría esperado

Ella lo miró como si quisiera asesinarlo.

–¿Es tan malo que te veas diferente hoy?

–Pierdo mi estilo sin mis coletas...

–Me gusta cómo te ves con el cabello suelto

Ella se sonrojó

–Gracias, Arnoldo

Él miró alrededor. Nadie conocido cerca. Se acercó a darle un beso en la mejilla

–¡Ey! ¿Quién dijo que podías hacer eso?

–Nadie nos vio – respondió con una risita –. Y ya no parece que estés enojada

–Cl-claro que no...tonto cabeza de balón


–No entiendo por qué se empeñaba en usarlo, pero era su favorito – dijo la madre de Helga, interrumpiendo sus recuerdos –. Tómalo – insistió.

–¿Por qué yo? ¿Qué hay de ustedes?

–Mientras menos pensemos en ella mejor será para todos. Probablemente la próxima semana tendremos convertida esta habitación en una oficina o algo así...

Arnold sujetó el listón con furia y lo dobló, metiéndolo en el bolsillo de su camisa.

Estaba por salir, cuando tuvo una idea.

–Helga – cada vez que repetía su nombre sentía una aguja en su pecho –... tenía algunas cosas mías, me dijo que las guardó en una caja – dijo el chico.

–¿Una caja? Creo que la he visto – Miriam bebió lo que quedaba en su taza y entró al armario, encendió la luz y buscó entre las cosas de su hija – Arnold, ¿cierto?

–Sí, ese soy yo

La mujer retrocedió chocando con la puerta.

–Cielos, lo siento

Balanceándose con torpeza puso la caja sobre la cama y Arnold temió que la abriera, descubriendo su mentira.

La mujer se sentó, sujetando su cabeza.

–Creo que me excedí... – comentó.

–¿Quiere que le traiga agua? ¿O que llame al señor Pataki?

–¿A Bob? No cielo, eres muy amable... solo necesito recostarme

Intentó hacerlo, pero su mano chocó con la caja y la observó un momento.

–Arnold – repitió la mujer, sin mirar al chico –. Es gracioso, ella siempre repetía ese nombre...

–¿Qué?

–Por las noches... decía tonterías... – miró el suelo – y decía muchas veces es nombre

El chico no estaba seguro de qué hacer, solo quería tomar la caja y salir.

–¿Puedo... llevarme eso?

–Ah, sí. Llévate esas cosas...

–Gracias

Arnold dejó el suéter que todavía envolvía el zapato sobre la caja, la cargó con cuidado y se apartó.

–Adiós, señora Pataki

–Adiós, jovencito

Esta vez la mujer se recostó en la cama de su hija y cuando Arnold salió creyó escucharla llorar, pero no iba a volver para verificarlo. Tenía que moverse rápido. Dudaba de tener la misma suerte con el Gran Bob.

Lo siguiente que supo fue que estaba acomodando la caja en el asiento de atrás del auto del abuelo.

–¿Qué es eso, hombre pequeño?

–Cosas – dijo – cosas que ella tenía...

–¿Y te las dieron?

–La caja tiene mi nombre – dijo encogiéndose de hombros.

El bolsillo de su camisa se sentía cálido... ahí había guardado el listón y parecía palpitar al mismo ritmo que su corazón.

Un palpitar doloroso y sangrante.

Miró la casa de la familia Pataki deseando que fuera la última vez. No importaba que Helga hubiera crecido ahí y tampoco importaba que él no fuera la persona más perspicaz del universo, incluso si ella no le contaba todo, algo que sí sabía era que Helga Geraldine Pataki no fue feliz ahí. Y él deseaba separar lo que recordaba de ella de la amargura que representaba ese lugar.

¡Arnold, cuidado!

Recostado en su habitación y con los ojos cerrados no dejaba de escuchar su voz una y otra vez.

En un espacio arriba de su librero, el par de zapatos descansaba junto al diario rosa.

En la cama, junto a él, el suéter.

Mientras lo contemplaba las lágrimas cayeron por sus mejillas sin que él fuera consciente.

No le importaba lo borrosa que se volvió su habitación.

Solamente estaban él y ese maldito dolor en su pecho.

Nunca supo en qué momento se quedó sin lágrimas.

Eran las tres de la mañana y cada vez que cerraba los ojos, las palabras volvían a sonar en su cabeza.

¡Arnold, cuidado!

Helga, por favor, responde...

Vamos a estar bien...

Helga... no vayas a dejarme...

Te amo...

Era la primera vez que se lo decía y jamás sabría si ella llegó a escucharlo.

Molesto, se levantó de la cama y decidió qué si no podía dormir, bien podía revisar los diarios. La textura de algunos era similar al diario rosa que él tenía. ¿Así que había conseguido más? ¿Y qué había escrito? ¿Estaría bien si le echaba un vistazo...? Bueno... no le importó hacerlo con el otro... y ahora... ahora ¿qué podría pasar? No lastimaría a nadie si lo leía... bueno... a nadie además de sí mismo.

Sostuvo el primer diario frente a él y comenzó a leer las páginas. No era un libro de poemas, como suponía, era un diario de vida.

Y qué vida...

Helga estaba definitivamente loca... loca por él...

Y él jamás se dio cuenta de lo mucho que ella lo amaba y apenas pudo decirle... que él empezaba a sentirse igual... completamente enamorado... y completamente loco... por una chica que ya no estaba allí...


Esta tarde Phoebe y yo intentamos sabotear a Arnoldo durante el festival del queso.

Fue un desastre.


¿El festival del queso?

El chico leyó todo lo que la rubia describió, tratando de recordar ese día. ¿Estaba tan encandilado por Ruth? ¿Todos esos encuentros con Helga no fueron un accidente? ¿Y Phoebe le siguió el juego todo el tiempo? ¿Por qué?

Sus ojos pasaron por las líneas, leyendo y releyendo en detalle lo que pasó ese día: las trampas, los juegos, como habían errado al elegir el auto chocón, el intento de terminar juntos en el túnel...

Siguió avanzando las hojas, era tan detallado que imaginaba que estaba ahí, podía cerrar los ojos y verla escribiendo, riendo o lamentando, con su extraña manía de hablar sola y mirar ese...

Relicario

El relicario siempre estaba con ella... debió... debió tenerlo cuando ocurrió el accidente.

Era uno que él le había regalado, con una foto nueva.

Siguió leyendo.


Arnold, cuando vi que tenías el diseño más maravilloso de carro alegórico, sabía que tenía que encontrar una forma de ayudarte, así que hablé con Bob y conseguí que él financiara el carro. Iba a estar listo para el desfile de la ciudad. Incluso sería parte de la competencia. Era una visión tan bella... un trabajo hermoso...

Pero tarde me di cuenta que Bob no tenía una visión artística. Para ese se necesita una sensibilidad de la que él carece.

Fui una cobarde.

¿Por qué no pude oponer más resistencia a la intervención de Bob y su socio?

Aunque fura la "Reina de los localizadores" ¿De qué iba a servir todo eso si al final, oh, amado mío, sólo te hice sufrir?

Cuando pienso en cómo se descontroló el carro... y cómo nos salvaste. Tu actuar fue tan valiente, audaz, intrépido, osado y heroico. Y así y todo el anciano trató de robarse tu crédito. No me enorgullezco de haber alzado mi voz en ese momento, solo lamento no haber tenido el valor de hacerlo antes...


Cerró el diario.

Helga estuvo en peligro en esa ocasión por culpa de su padre y fue él quien logró salvarla. Los salvó a todos, sí, pero ahora... ahora eso no valía de nada, porque fue ella quien se sacrificó por él.

Trató de recordar el accidente.

¡Arnold, cuidado!

El primer golpe.

Negro.

Desorientación.

Ruido.

Dolor.

He-Helga... por favor... responde

La sensación de su mano. Ella... temblaba.

Vamos a estar bien...

Ella respiraba lento.

El dolor repentino en su cuerpo lo obligó a cerrar los ojos.

Helga... no vayas a dejarme...

Gritos.

Te amo

Su cerebro no lograba reconstruir lo ocurrido.

Volvió a revisar la caja y ordenó los diarios. Empezó a leer otro. Le gustaban sus poemas.

Incluso antes de saber que era de ella, leyó una y otra vez el diario rosa que nunca estuvo seguro de cómo terminó en sus manos.

Pero un día que hacía un trabajo con Helga notó algo familiar en su letra. Dijo que él terminaría de ordenar todo para entregarlo y se llevó las notas a casa. Con su corazón acelerado comparó esas notas con el diario. Estaba seguro que era de ella. Sintió una mezcla de curiosidad y vergüenza. Fue después de lo que pasó en la torre.

En un comienzo fue confuso, pero con cada relectura le parecía más dulce.

Tenía una parte de Helga con él, una parte que nadie más sabía que existía, como un tesoro secreto.

Abrazó el libro que estaba leyendo.

Después de ese día de los Inocentes, a pesar de las bromas y las tonterías, no dejaba de pensar en lo mucho que disfrutó bailar con ella y cómo ese coqueteo no era solo parte de su juego.

Oh, rayos, había coqueteado con ella...

Pero Helga era como era y sin importar lo que él hiciera, mantenía su fachada y se apartaba de él.

Aunque, después de ese día, era mucho más consciente de cómo su presencia la alteraba, de cómo se ponía ligeramente nerviosa cada vez que se acercaba demasiado, cada vez que sus manos se tocaban no tan accidentalmente y cada vez que él se ofrecía a acompañarla a casa cuando eran los últimos del grupo después de una tarde de baseball en el Parque Gerald y parecía que ninguno de los dos se quería marchar.

No podía culparla por su miedo. A él mismo le tomó bastante entender y aceptar lo que sentía.

Helga era importante en su vida porque además de ser su compañera de clases, era su amiga.

Ella le parecía atractiva antes de darse cuenta de lo que sentía.

Y no solo porque pensara que era linda, también porque era inteligente y graciosa, incluso dentro de su crueldad.

E incluso sabiendo todo eso, notaba como ella mantenía la distancia. Como rechazaba sus cumplidos y atenciones, como intentaba mantenerlo a raya. Fue tan buena pretendiendo, que a ratos llegó a cuestionarse si esa confesión fue real... y si acaso todas esas declaraciones no fueron más que una elaborada forma de torturarlo.


La luz del sol entró en su habitación y Arnold notó que le ardían los ojos. Sabía que tenía que dormir, pero se resistía a hacerlo. No estaba tan cansado y no tenía que ir a la escuela, así que ¿qué importaba?

Recostado, siguió leyendo poemas. Escuchaba la voz de Helga en su cabeza, declamando cada uno con ese dramatismo que había percibido algunas veces.

Con cada declaración de amor eterno, de entrega, de absoluta adoración, sentía que se hundía un poco más en la tristeza. Sabía que Helga lo amaba, ella le había dicho exactamente esas palabras, pero esto... esto era más allá de lo que esperaba... y pensaba en lo dulce y aterrador que era...

Siguió revisando la caja.

Encontró un viejo relicario y se sorprendió de encontrar una foto de él más pequeño. No estaba seguro en qué momento Helga comenzó a fijarse en él, pero había varias versiones, incluyendo una tierna manualidad de cartón y cartulina con su foto al centro... una foto de primer grado.

Si tenía que leer y releer cada palabra, cada poema, cada registro de los diarios, lo haría las veces que fuera necesario. Esa sensación de dolor lograba calmar en parte la voz en su cabeza que aseguraba que la muerte de Helga era su culpa ¿Cómo no iba a serlo? Ella estaba ahí con él, de alguna forma ella lo protegió, de alguna forma ella lo salvó.

Tal vez nada de eso hubiera pasado si el señor Simmons no los hubiera asignado como pareja de excursión.

¡El señor Simmons sabía que Helga sentía algo por él! Así como asignaba a Gerald con Phoebe ¿Los asignó juntos a propósito? ¿También lo hizo para la tarea del huevo en cuarto grado? Oh... ese día... estaba tan ansioso que actuó como un idiota. Pero... pero era Helga y no quería lidiar con ella, no estaba de humor para sus bromas y tonterías.

Otra vez le dolía la cabeza.

Helga no parecía tan entusiasmada como él por ser pareja en la excursión. Pero, honestamente, Helga casi nunca parecía entusiasmada.

Se recostó en la cama boca abajo.


–¿Por qué estás enfadada?

–¡Eres tan poco sutil!

–¿Qué quieres decir?

–... Si sigues así, esto no va a resultar...

Ella tenía una mirada triste.

Un ruido sobre ellos. Helga miró hacia arriba, él no.

–¡Arnold, cuidado!

Ella lo empujó.


Arnold abrió los ojos y notó una bandeja de comida en una silla junto a su cama. ¿Por qué no intentaron despertarlo?

Se sentó y con una punzada en su cabeza. El sueño que tenía era... ¿qué era?

Otro recuerdo.

Cuando volteó a ver a Lila y Rhonda intentó molestarlo, Helga se alejó de él, estaba molesta. Intentó alcanzarla y cuando sujetó su mano, ella se enfadó y comenzaron a discutir.

No habrían discutido si no le hubiera tomado la mano.

No habrían discutido si él no hubiera actuado todo el día como un idiota enamorado.

No habrían discutido si el profesor Simmons hubiera asignado otras parejas.

Y aunque una parte de él odiaba que el maestro hubiera intervenido, al final sabía que era culpa suya.

Soy un idiota...

Helga... ¿por qué?

No quería dejarla atrás.

Sabía que debía seguir adelante.


Pasó una semana antes que volviera a la escuela.

Al entrar al salón vio el puesto de Helga lleno de flores.

Los demás charlaban en sus grupos. Nadie más que él parecía extrañarla. Todos estaban siguiendo su vida:

Harold, Stinky y Sid bromeaban en un rincón del salón.

Rhonda enseñaba alguna de sus compras banales, mientras Eugene, Sheena y Nadine la admiraban.

Curly charlaba con Lorenzo y Peapod.

Phoebe no había llegado. Gerald tampoco. Probablemente había ido por ella.

¿Acaso nadie...?

Brainy

Brainy parecía sombrío.

¿Dónde había estado en el funeral? ¿Y fue al velorio?

Arnold no recordaba haberlo visto, pero no podía ser que no hubiera ido.

No quería hablar con Brainy, porque no sabía cómo se sentiría si supiera que Helga salía con él. No sabía si alguien más sabía del accidente. No sabía si alguien más sabía que Helga le salvó la vida. No sabía si alguien más lo culpaba, porque no dejaba de repetirse que fue él quien debió morir y casi al instante añadía en su mente que la muerte de Helga no podía ser en vano.

Se quedó en la entrada hasta que sonó el timbre y los rezagados pasaron con prisa al salón, obligándolo a moverse.

Gerald llegó entre los últimos. Parecía cansado.

–Hola – dijo Arnold, cuando su amigo se sentó a su lado.

–Hola, viejo

–¿Cómo estás?

–No muy bien... – se estiró – ¿Qué hay de ti?

–Es raro volver y que... no esté aquí. ¿Dónde está Phoebe?

–No está lista para volver a la escuela y tiene permiso para quedarse en casa. Tal vez quieras hacer lo mismo

–No quiero quedarme en casa. Cuando estoy solo no dejo de pensar... en ella... a ratos... pienso que puedo llamarla o verla... y luego recuerdo... que no

–Lo lamento, viejo

El profesor Simmons entró al salón. Profundas ojeras marcaban sus ojos y su mirada parecía triste. A Arnold le pareció que incluso había perdido algo de peso en esos días, porque la ropa le quedaba extrañamente floja.

–Jóvenes – comenzó a decir, con un claro esfuerzo en mantener la compostura –. Sé que siguen afectados por todo lo que ocurrió la semana pasada. Es una situación terrible y es de esperar que todavía estén lidiando con esto. Por eso... la escuela ha llamado a una terapeuta para que hable con ustedes

El profesor abrió la puerta y una mujer conocida entró al salón.

–Se trata de la doctora Bliss...

Arnold sabía que Helga iba con ella.


–Helga, ¿vamos a Salaucer's?

–No puedo, cabeza de balón, estoy ocupada

–¿Porque nunca podemos vernos los martes? ¿Tienes otra cita?

Lo dijo en broma y luego ella lo miró con una de esas sonrisas que auguraban que no podía venir nada bueno para él.

–Podría decirse que sí

Esperó que ella se riera y dijera que estaba bromeando, pero no lo hizo.

–¿Estás... saliendo con alguien más?

Ella mantuvo su expresión.

–¿Quién quiere saberlo?

–¡Helga! ¿Es en serio? No puedo creerlo...

Entonces ella comenzó a reír.

–¿En verdad estás celoso?

–¡No me estás diciendo nada! ¿Por qué empezamos a salir si ves a alguien más?

Ella volvió a reír y él evadió su mirada.

–Solamente salgo contigo

El chico la miraba confundido.

–Está bien, te lo diré. Los martes veo a Bliss, ella es mi terapeuta...

–¿Por qué vas a terapia?

–Porque soy una Pataki

Hubo un largo silencio.

–No lo entiendo

–Criminal. Escucha, Arnoldo, sé que ninguna familia es perfecta, pero de alguna forma la mía se las arregló para ser peor que el promedio y tengo dos razones para no volverme loca en este mundo... y una es la terapia, así que los martes no puedo salir contigo

–Comprendo, Helga. Lamento... lamento si te incomodé y gracias por decirme. Si algún día quieres te acompañe o vaya por ti después de la sesión, me encantaría hacerlo

Ella dejó escapar un bufido, ahogando una risa.

–Solamente tú no saldrías huyendo tras una declaración como esta, cabeza de balón

–Es que todo lo que tenga que ver contigo me importa, Helga...

–La mayoría de la gente me juzgaría por ir con la loquera

–Convengamos en que tus locuras no son algo precisamente nuevo para mí

Arnold reía, ella levantó un lado de su ceja, pero sonreía.

–Cierto

–Y me alegra que alguien profesional pueda ayudarte a, ya sabes, lidiar con tus cosas...

–Sí, es mejor que odiarlos en silencio

–No eres muy silenciosa respecto a tu odio

Ambos rieron.

–Bueno, Arnoldo, tengo que irme

Arnold asintió, dándole un beso.

–Helga, espera...

–¿Qué? No tengo tu tiempo, ¿sabes?

–Dijiste que hay dos razones para no volverte loca, ¿cuál es la otra?

Ella lo miró por largo rato.

–Tú, cabeza de balón

Le dedicó una sonrisa tan tierna y sincera, que él sintió que corazón saldría de su pecho.


Podía escuchar su voz, pero no podía ubicar ese recuerdo. No podía ver más que sus ojos. No podía recordar dónde estaban o qué hacían ese día. Probablemente salían de clases.

Después de saludar al grupo la mujer habló a modo general sobre las dificultades que podía representar un duelo.

Arnold de reojo notó que algunas personas estaban distraídas en sus cosas, mirando por la ventana, dibujando en sus cuadernos, incluso alguien sacaba cera de su oído.

Sin embargo, ella continuó hablando como si nada.

Explicaba que quizá se sintieron afectados en un comienzo, que tal vez ahora al ver su puesto con flores recién comenzaran a entender lo que significaba la pérdida o cómo podía ser que en algunas semanas se sintieran mal. Que habría detalles que podrían hacerlos extrañar a su amiga y compañera de clases: una frase, una canción, un lugar, cualquier cosa podía generarles tristeza, ira, enojo o confusión y que era normal. Si sentían que era difícil de manejar o si ese sentimiento duraba muchos días, podían ir con ella.

Arnold trataba de escucharla, pero su voz se desvanecía. Solo podía imaginar cuántas cosas podía saber esa mujer sobre Helga, cosas que él ignoraba. ¿Sabía ella que Helga lo amaba?

Arnold

Arnold

Arnold

–Arnold... ¿estás bien? – dijo de pronto el profesor Simmons.

–¿Qué? Yo... – el chico miró alrededor.

Solo estaba ahí Gerald, el profesor Simmons y la doctora Bliss.

–Yo... no... lo siento. No me siento bien

–¿Quieres ir a la enfermería?

–No, no es nada de eso... – miró a los adultos – Estaré bien, todavía me duele el golpe que recibí

–Arnold – dijo la mujer – Me gustaría que asistieras a algunas sesiones para poder ayudarte a procesar toda esta situación. No solo lo de Helga, también el accidente

–Yo... – miro la tarjeta que la mujer le ofrecía – Yo estoy bien... solo todavía no recuerdo algunas cosas...

–Es normal que hayas perdido algunos recuerdos. Puede que los recuperes a medida que empieces a sanar. Tal vez tengas algunas pesadillas, pero sería bueno que pudiera evaluarte un profesional, alguien que pueda guiarte y acompañarte...

–Gracias

Dijo eso. Pero no lo sentía.

Dijo eso, pero sabía que tenía que estar bien.

Arnold había sobrevivido, Helga no.

No tenía derecho a estar mal.

Ella había entregado su vida por él.

No podía dejar que la (rabia) pena lo consumiera.

–Creo que lo intentaré – dijo.


Esa misma tarde asistió a la primera sesión con la terapeuta.

–Entonces, ¿cómo funciona esto? – dijo el chico.

–Bueno, te sientas ahí y hablamos sobre ti, de cómo te sientes o de cómo crees que deberías sentirte, me cuentas sobre las cosas que hay en tu mente y yo intento ayudarte a organizarlas, a dar un paso más allá, a apartar las sombras... pero todo a tu ritmo, no intentaremos forzar nada. Puede que en una sesión logremos entender muchas cosas y puede que en otra sientas que no conseguimos nada... eso dependerá de tu estado de ánimo, tu honestidad y tu compromiso con la terapia... y también... intento evitarlo siempre, pero si llego a creer que necesitas ayuda, tendremos que considerarlo

–¿Ayuda?

–Medicamentos

–Drogas

–Sí, Arnold, son drogas, de prescripción, que, en dosis adecuadas, por el tiempo adecuado y administradas por un profesional que pueda monitorearte, pueden ayudarte a mejorar, pero no te las daremos si no son necesarias... ¿está bien?

El chico asintió.

–Bueno, Arnold. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?

El chico reflexionó un segundo, intentando decidir si había algo que quisiera decir.

–Usted... trataba a Helga, ¿cierto?

Bliss lo miró sin sorpresa y luego asintió.

–Así es, ¿quieres hablar de Helga?

Arnold negó.

–Quiero saber... ¿por qué venía aquí?

–Esa es información confidencial de otro paciente, no puedo...

–Ella ya no está

–Lo siento, Arnold, no hay mucho que pueda decirte de ella sin comprometer mi trabajo

–Pero...

–Helga tenía sus propios problemas... y puedo decirte que eras alguien especial para ella

–Helga... y yo... comenzamos a salir... el verano pasado...

–¿Quieres contarme sobre eso?

–Usted ya lo sabía

–Así es, ella me lo dijo

–¿Alguien le dijo que ella se sacrificó por mí?

–¿Qué quieres decir?

–Ella me salvó. Se sacrificó para que yo viviera...

–Arnold, fue un accidente

–¡No! Nosotros no debimos estar ahí. Nos quedamos atrás porque la hice enfadar. Si no hubiera discutido con ella... esto no habría pasado

–Arnold, no puedes culparte por esto

–Si Helga no hubiera sido mi pareja de excursión no hubiéramos discutido... si no hubiera tomado su mano... si no hubiera sido tan insistente con ella... ella no se habría ido

El chico la vio tomando nota.

–Arnold, estás pasando por un sufrimiento profundo. Tuvieron un accidente juntos, es normal que tengas todos estos pensamientos. Se llama culpa del superviviente...

–¿Qué? ¿Esto tiene nombre? ¿Entonces estoy enfermo?

–No, Arnold. Estás pasando por un proceso traumático. Por un lado, el accidente mismo y, por otro, el duelo por Helga. Son cosas difíciles de manejar incluso para una persona adulta, así que... tienes que tomarte tu tiempo. Puedo darte un permiso para que faltes a la escuela...

–No quiero faltar a la escuela... no quiero seguir pensando en ella y es lo único que hay en mi cabeza

Charlaron largo rato y Arnold intentaba parecer calmado, pero en el fondo, muy en el fondo, estaba furioso. Quería gritar, quería llorar, quería saber qué era lo que él nunca supo de Helga... y al mismo tiempo sabía que nada, absolutamente nada de lo que hiciera o dijera, le regresaría a su amada.

Esas estúpidas sesiones eran inútiles.

Ir a la escuela era inútil.

Hablar con Gerald era inútil.

Todo... todo lo que hiciera sería inútil.

Y no podía dejar de hacerlo.

Tenía que recobrar el ritmo y seguir en pie como si nada hubiera pasado. Vivir cada día, como si ella no se hubiera marchado. Y, por Cristo, era horrible, como tener un témpano de hielo adentro que sólo crecía.


Las flores en el puesto de Helga se marchitaron, algunas fueron reemplazadas, pero poco a poco dejaron de aparecer.

Aprendió a hacer flores de origami. Dejaba una distinta una cada día.

Día tras día, clase tras clase.

Extrañarla y desear que ella estuviera ahí.

Cada noche soñar con ella, sus ojos, su cabello, sus manos, sus abrazos, sus labios.

Despertar ahogado en llanto. Tomar un baño. Prepararse para salir. Poner atención en clases, levantar la mano para responder preguntas.

Hacer tarea con Gerald lunes y miércoles.

Visitar a Bliss el jueves.

Ir al parque el sábados.

Quedarse en su habitación el domingo.

Hacer una flor cada mañana.

Dejarla en el puesto de Helga.

Mirar alrededor deseando encontrarla.

Escucharla reír. Escucharla bromear. Solamente en sus sueños.

Despertar sin poder respirar.

Prepararse para la escuela.

Poner atención en clases.

Hacer preguntas.

Hacer la tarea con Gerald el lunes y de nuevo el miércoles.

Visitar a Bliss el jueves.

Ir al parque el sábado.

No moverse de la cama el domingo.

Repetir.


NOTAS:


Day Two: Distance/Carnival/Routine Día Dos: Distancia/Carnaval/Rutina