El último día de clases antes del receso de invierno Gerald le pidió a su amigo que lo acompañar a visitar a Phoebe, pues ella quería hablarles de algo importante.

El rubio aceptó en gran parte porque no quería ir a casa, pero también porque ya habían pasado casi dos meses desde el accidente y apenas había tenido oportunidad de hablar con Phoebe.

En cuanto llegaron a la casa de la chica, los muchachos dejaron sus abrigos en la entrada y Phoebe los invitó a la cocina, donde su madre les dejó chocolate caliente y algunas galletas navideñas recién horneadas que los tres compartieron.

–Esto está delicioso, gracias, Phoebe – dijo Arnold.

–De nada – contestó ella con un aire desganado.

Los tres bebieron un poco de chocolate y sacaron un par de galletas.

–Bebé, ¿qué era lo que querías conversar con nosotros dos? ¿Es sobre la escuela?– dijo Gerald.

–Así es. Como sabrán, no he estado bien por la situación...

–Imagino que por eso no has regresado – dijo Arnold.

–Afirmativo – Phoebe ajustó sus lentes –. Por más que lo pienso, la idea de asistir a clases y no ver a mi amiga ahí sólo me provoca una profunda tristeza

–Lo comprendo. Yo todavía no puedo ver su puesto vacío sin sentir que una parte de mí se rompe en pedazos

–No entiendo como sigues asistiendo

–Estar a solas con mis pensamientos es peor

–Lamento que sea así. Debe ser... difícil

–Lo es. A veces... – dudó un instante – a veces fantaseo con la idea de cambiar de lugar, de volver atrás, de... salvarla...

–Sé que de haber podido protegerla, lo habrías hecho

Ambos miraron sus tazones, cada uno perdido en su melancolía.

–Entonces ¿qué harás con la escuela? – dijo Gerald, rompiendo el incómodo silencio.

–Oh, lo siento – dijo Phoebe, sonriéndole a su novio con esfuerzo –. Bueno, debido a que no me acomoda la idea de volver, mis padres y yo consideramos que lo mejor que puedo hacer es trasladarme a otra escuela

–¿El próximo año?

La chica negó.

–¿Entonces...?

–Comenzaré a asistir a una nueva escuela después del receso de invierno

–Entiendo

–Creo que es mejor así – añadió Arnold.

–Y también – Phoebe tomó aire – quería pedirles que consideren trasladarse a esa escuela para cursar la secundaria allí conmigo

–¿De qué hablas, Bebé?

–Creo que sería más fácil adaptarnos los tres a una nueva escuela ¿qué dicen?

–No lo sé, Phoebe – dijo Arnold.

–Además, si es una escuela que te guste, debe ser para genios... – intentó bromear Gerald.

–Bueno, es un poco avanzada si comparamos con el nivel que tiene la 118, pero sé que los dos pueden ponerse al día con los requisitos académicos durante el próximo semestre. Además, tienen equipos deportivos que compiten a nivel nacional y en los que ustedes podrían participar. –No lo sé – dijo Arnold.

–Tendría que hablarlo con mi familia – dijo Gerald – ¿Es muy costosa?

–No tanto, pero ciertamente no es una escuela pública

–La verdad, Bebé, es que lo veo un poco difícil. Además, si le digo a mamá que quiero cambiarme de escuela, Timberly querrá ir también

–Sí, es cierto, no consideré ese factor

–Yo tampoco sé si mis padres puedan pagar, tendría que conversarlo – añadió Arnold – ¿Tienen becas?

–En efecto. Cuenta con un programa de becas, tanto académicas como deportivas

Arnold y Gerald se miraron un segundo.

–Phoebe, – dijo el rubio – ¿ya tenías planeado cambiarte de escuela antes de que pasara lo de Helga?

Ella lo miró con una sonrisa triste.

–Así es. Lo había considerado hace un tiempo. Es una buena alternativa, tiene programas interesantes. Tanto Helga como yo cumplíamos con los requisitos para entrar, pero ella lo descartó de inmediato... – cubrió sus labios, mirando a Arnold.

–¿Por qué no quiso cambiarse de escuela? – dijo el chico, pero luego levantó la vista y notó la mirada de la chica –¿Q-quieres decir que se quedó por mí?

Phoebe asintió.

–Pero... pero yo lo habría entendido... ella pudo haberme dicho... yo pude ir por ella a esa escuela... pude acompañarla por las mañanas... incluso podría haber intentado postular para ingresar en secundaria o en preparatoria. Si se hubiera ido... ella estaría...

–No, Arnold – Phoebe tomó su mano para calmarlo, moviendo su cabeza en gesto negativo. –. No es como si se pudiera haber evitado. Aunque fue durante quinto grado que debido a nuestro rendimiento evaluamos la posibilidad de trasladarnos, teníamos que cursar sexto grado en la 118. Ella simplemente decidió que no quería irse. Y hasta hace poco no había retomado la idea, debido a que quería seguir estando con ella...

–¿Por qué lo descartó si nosotros... ni siquiera...?

–No quería alejarse de ti. Recuerdo que dijo que le parecía que de alguna forma las cosas estaban mejorando entre ustedes... por eso eligió quedarse

La chica ahogó un sollozo y cubrió su rostro mientras Gerald la abrazaba.

Arnold miraba el suelo, sintiendo su pecho arder. Estaba furioso otra vez. ¿Si el accidente no hubiera ocurrido, Phoebe hubiera insistido en el cambio de escuela? ¿Habría convencido a Helga de irse con ella o Helga hubiera elegido seguir con él? ¿De cuántas formas habría arruinado el futuro de la chica que amaba sin siquiera saberlo? ¿Importaba ahora que no había futuro alguno en qué pensar?

Apretó las manos, molesto.

–Arnold, lamento si dije algo que te hiciera enfadar. Yo no...

El chico tuvo que recordarse mentalmente que era visita en casa de una amiga y que ella no le decía nada de eso para herirlo, solo estaba siendo honesta.

–Gracias por tu consideración, Phoebe –logró decir, sin levantar la vista –. Hablar de Helga sigue siendo difícil, pero me gusta aprender cosas que ella decidió ocultar

El chico inhaló lento y profundo antes de sonreír con tristeza.

–La verdad – continuó – es que a ratos he pensado en cambiarme de escuela, pero me asusta que si lo hago comenzaré a olvidarla. Tú pasaste mucho tiempo con ella, pero yo solo tenía las tardes de juego y las clases... todavía tengo problemas para recordar lo que pasó los meses previos al accidente – bajó la mirada otra vez –. No quiero... no estoy listo para dejar atrás todo eso

–Lo entiendo – Phoebe miró a su novio. –¿Y tú qué dices, Bebé?

–Bueno... la verdad veo difícil que mi familia acepte sumar otro gasto, pero si logro conseguir una beca, no es mala idea. Creo que tengo que pensarlo

–Entiendo. Sólo quiero que sepan que es una posibilidad

–Gracias – dijeron los chicos a coro.

Arnold terminó su chocolate caliente y decidió irse a casa.

–Te acompaño – dijo Gerald.

–No te preocupes, quédate con Phoebe

–Pero viejo...

–Estaré bien, Gerald – Intentó forzar una sonrisa. –. Necesito pensar algunas cosas

–¿Estás seguro?

Arnold asintió.

–Gracias de nuevo por las galletas, Phoebe, estaban deliciosas

–No hay de qué – dijo la chica.

Arnold tomó su abrigo y la pareja lo despidió en la puerta de la casa.


Caminó mirando el suelo con nostalgia.

Su cerebro todavía estaba confundido y le costaba ordenar sus recuerdos desde el final del quinto grado, pero poco a poco algunas escenas estaban apareciendo en su memoria.

Con la ayuda de Gerald logró reunir las piezas del concurso y el viaje a San Lorenzo.

También en sus sueños regresaban a ratos momentos con Helga, instantes desde que habían comenzado a salir, pero le era difícil ordenarlos cronológicamente.

–Es la forma que tiene tu mente de protegerte del dolor de la pérdida…

Era lo que la terapeuta había dicho.

¡Al demonio con eso! No quería estar a salvo, quería asegurarse de no perder lo que le quedaba de ella. Se estaba aferrando con todas sus fuerzas a cada fragmento que pudiera encontrar.

En algún momento tuvo miedo de olvidar cómo sonaba su voz, hasta que leyó una de las entradas del diario.


Me juré que nunca en la vida volvería a aceptar gas de la risa. ¿Sabes lo que me hizo hacer? En la consulta del dentista, y delante de todos los pacientes, corrí a la recepción, tomé el teléfono y llamé a la Casa de Huéspedes para confesarme, pero nadie contestó. La grabación terminó casi en el mismo instante que el efecto del gas y me di cuenta del estúpido error que había cometido, mientras todos los presentes se reían de mí.

Tenía que recuperar esa cinta, borrarla, destruirla. Pero por alguna estúpida razón la guardé.

Entrar a tu casa fue pan comido. Obtener la cinta fue lo complicado. Salir fue una tortura. Creo que ustedes estaban tan incómodos como yo cuando aparecí de la nada en tu habitación.


Cuando leyó eso, revolvió frenéticamente las cosas que tenía. La cinta estaba en la caja.

Nunca hablaron sobre ese día. Estaba media clase en su habitación cuando Helga apareció cubierta de polvo y con una cinta en la boca.

Helga en ese tiempo era una niña extraña.

Y daba miedo.

Pero en retrospectiva sus rarezas parecían dulces.

¿Se hubiera apaciguado a medida que crecieran? ¿Sus rarezas cambiarían? ¿O se volverían incluso peores?

Le costaba imaginar a una Helga tranquila, sin sus amenazas o bromas. Tal vez seguiría siendo igual, un poco más consciente de los límites que transgredía, porque vaya que lo hacía…

Al menos tenía una grabación con su voz. Era algo a lo que podía recurrir cuando lo necesitaba.

Le tomó un tiempo, algunos viajes al centro, comprar algunas piezas y algo de lectura, pero logró reparar la vieja contestadora que, para su suerte, seguía en el ático.

La noche en que logró escucharla, hizo una copia del audio en su computadora y lo reproducía cuando estaba a solas.

Mientras caminaba podía escucharlo en su cabeza:

Ah, Arnold, Arnold, soy yo, Helga. Sí. Helga G. Pataki. La que te adora. Sí, la que se despierta cada día con pensamientos apasionados por mi ángel amado. Ah, cómo te amo

Antes que llegara a la Casa de Huéspedes, la nieve comenzó a caer. Primero vio un par de copos y luego poco a poco el suelo se fue llenando de blanco.

Sonrió con tristeza mientras entraba en la casa, sacudiendo su abrigo antes de colgarlo. Saludó con desgano y subió directo a su habitación.

Recostado en su cama miraba como los cristales se cubrían de un manto blanco.

Esa hubiera sido su primera navidad juntos.

Le hubiera gustado decorar el árbol con ella y hacer juntos muñecos de nieve, lo que inevitablemente llevaría a una guerra de bolas de nieve con ellos dos intentando ganar hasta terminar completamente agitados…


Un momento de cercanía accidental.

Ver sus mejillas rosadas y como su aliento forma vapor al exhalar. Besarla porque no sabía qué más hacer. Disfrutar como el rubor cubría todo su rostro hasta sus orejas, esforzarse por ignorar el hecho de que él está igual. Perderse en su mirada. Y en ese segundo de descuido ella aprovecharía de estamparle una última bola de nieve en la cabeza.

Por dios, chicos, entren a la casa, agarrarán un catarro

Lo siento, abuelo, esa guerra de nieve se nos fue de las manos

Así es, Arnoldo, pero yo fui la vencedora

No estoy de acuerdo

Te rendiste

¿En qué momento?

Una mirada traviesa mientras sacudían sus chaquetas.

Niños, siéntense junto al fuego…

Aquí tienen, Eleanor, Kimba… chocolate caliente para estos jóvenes guerreros

Gracias, abuela

Hombre pequeño, ve por una frazada, no querrás que tu amiguita se congele

Sí, abuelo

Estoy bien, no es necesario

Iré por una frazada de todos modos, yo tengo algo de frio…

Como quieras, cabeza de balón

Compartir la frazada sentados en el sofá, mientras charlan y ríen con los residentes de la casa. Escuchar las historias que cuenta su familia. Cada uno sostiene un tazón de chocolate. Sentir el cansancio tras una tarde de juegos. Quedarse dormidos en el sofá, juntos y que nadie los moleste por horas.

Hijo, hijo, despierten, creo que tu amiga tiene que irse a casa

¿Qué... qué pasó?

Helga cubriendo su rostro, mortificada por la situación. Sonreír con incomodidad. El abuelo ofreciéndose a conducir. Viajar los dos en el asiento de atrás, sin decir nada. Bajar del auto para despedirse. El abuelo encendiendo la radio para no escuchar lo que su nieto habla con esa chiquilla y para pretender que no sabe lo que pasa.

No puedes decirle a nadie lo que pasó hoy

¿Qué cosa? ¿Qué ganaste una batalla de bolas de nieve?

¡Eso no importa!

¿Entonces qué? ¿Qué dormiste conmigo?

¡No lo repitas!

¿Por qué? Yo creo que fue lindo

Pero si lo dices... pensarán...

¿Qué?

¿Acaso eres idiota?

Sonrojarse al caer cuenta de lo fácil que era mal interpretar sus palabras.

Helga. Lo siento, no quería...

¿Qué cosa no querías?

No quise decir nada malo... no pensé que...

Exacto, cabeza de balón, no pensaste. Sé que no fue algo malo y sé que no lo dijiste con mala intención, pero si le cuentas a alguien algo así podrían pensar...

No es como si fuera a decirle a todo el mundo... menos ahora que entiendo como suena

Bajar la mirada e intentar esconderse en la bufanda.

Veo que aprendes rápido. Bueno, cabeza de balón, gracias por acompañarme a casa

Helga volteando para subir la escalinata hasta su puerta. Subir tras ella, alcanzarla.

Helga, espera

¿Qué quieres?

Solo quiero darte un beso de despedida, por favor. No te veré en una semana. Y voy a extrañarte...

Ella mirando alrededor asustada. Las cortinas en su casa cerradas.

Nos va a ver tu abuelo

Estoy seguro que mi familia sabe que estamos saliendo...

¿Acaso les dijiste?

Claro que no, prometí no hacerlo, pero ni siquiera Gerald pasa tanto tiempo en mi casa como tú...

Ella hubiera sonreído, con esa sonrisa entre engreída y molesta.

Está bien, cabeza de balón, considera esto tu milagro de navidad

Lo hubiera abrazado, besándolo con cariño y él hubiera correspondido con afecto.

Que pases lindas fiesta, Helga

Igual tú, cabeza de balón


Despertó tratando de abrazarla. En el sueño sus besos y abrazos se sentían tan reales. Una y otra vez, mientras dormía, le parecía que ella estaba a su lado, acariciando su rostro, sujetando sus manos. A veces despertaba seguro de haber escuchado su voz o haber sentido sus labios, solo para encontrarse con la decepcionante realidad de su ausencia.

Pero ese sueño no era un recuerdo, fue una fantasía. Llevaba algunas noches desde que había descubierto que, si se dormía imaginando que estaba con Helga en alguna situación, su cerebro seguía completando la idea.

No estaba seguro si le daban tranquilidad o eran solo otra forma de castigarse con todo lo que pudo ser.

Tomó aire y aunque era de madrugada se levantó de la cama. Encendió la luz y buscó la caja con las cosas de Helga. Todavía no terminaba de leer los diarios de vida.

Abrió uno sosteniendo con cuidado su marcapáginas: la tira de fotografías.

Se quedó largo rato mirándola.

Helga se veía hermosa cuando tuvieron esa cita en el cine.

Era algo clásico, sin riesgos, pero era un buen comienzo para ambos. Un lugar conocido, lo bastante oscuro para poder estar juntos sin que fuera un problema, al que iban con suficiente frecuencia para tener una excusa simple si alguien conocido los llegaba a ver juntos. Y, como extra, ya que todavía era verano el aire acondicionado del lugar ayudaba bastante a soportar el calor.

Arnold disfrutó ese día. Estaba contento de pasar tiempo con ella a solas al fin.

Fue ella quien pasó a buscarlo, asegurándole que Bob no estaría muy contento si se llegaba a dar cuenta que salía con alguien, así que Arnold aceptó. También acordaron no vestir de forma especial ese día, ya que como seguían de vacaciones alguien podía verlos y era mejor que pareciera que todo era lo más casual posible.


Llegaron al cine conversando entre risas. Todavía faltaba un rato para la película que querían ver, pero el tiempo se redujo mientras hacían fila para comprar la entrada.

–Déjame invitarte, por favor –casi rogó.

–De acuerdo – ella sonrió, nerviosa.

El chico compró las entradas y antes que fueran por la comida, Helga vio la máquina para tomar fotos. Arrastró al chico ahí y sin pensarlo hizo varias caras graciosas. Cuando Arnold la beso, estuvo a punto de golpearlo, pero se tranquilizó lo suficiente antes de salir. Fue ella quien se quedó la tira de fotografías y la guardó en su mochila. Arnold intentó que al menos lo dejara ver qué tal habían quedado, pero ella se negó y discutieron un rato al respecto hasta que se dieron cuenta que ya podían entrar a la sala.

Arnold compró palomitas y bebidas, mientras Helga hacía la fila de la sala. La alcanzó cuando quedaban un par de personas por delante de ella.

Al entrar, se ubicaron en la parte central y charlaron hasta que las luces se apagaron.

Arnold no le puso ni una pizca de atención a la película. Su mente era un caos:

¿Helga estaría entretenida? ¿Lo estaría pasando bien? ¿No le molestaba compartir un balde enorme de palomitas? ¿Una soda mediana para cada uno fue una buena decisión? ¿O pensaría que era tacaño?

¿Se enfadaría si la dejaba a solas un momento para ir al baño? Tal vez sí. Quizá es mejor no acabarse la soda.

¿Había lavado bien su cabello? ¿La ropa estaría bien? ¿Le quedaban pastillas de menta? Sí... ahí, en el bolsillo derecho. ¿A qué olía su cabello? Era delicioso. ¿Y él apestaba? Sudó un poco caminando bajo el sol...

¿Lo dejaría abrazarla? Tal vez era mejor tomar su mano. Pero sería incómodo compartir las palomitas tomados de la mano...

¡Eso era! Podría meter su mano en el cubo al mismo tiempo que ella y tocar sus dedos pretendiendo que era un accidente. Con cuidado. ¿Se asustó? ¿Se enfadó? ¿Por qué?

Helga evitó voltear hacia él en todo lo que quedaba del filme. Quizá realmente le interesaba la película.

Arnold siguió mirando la pantalla pendiente de cada gesto de ella, cada comentario, risa, suspiro, todo.

De pronto la película acabó.

–Vamos a otro lado – dijo ella.

Arnold asintió, notando que parecía decepcionada. La siguió fuera del cine y caminaron hacia el parque y luego hasta puente. Helga se apoyó en el borde, mirando el agua.

–Siento haber elegido esta cita aburrida – dijo ella.

–¿De qué hablas?

–No le prestaste atención a la película... pensé... pensé que era algo que te gustaría...

–Helga...

–No sé hacer esto, Arnoldo, no sé tener citas de verdad, no sé ser una novia de verdad... no tengo idea de cómo hacer que esto resulte. Todavía... todavía no puedo creer que me correspondes... y siento que en cualquier momento despertaré de este sueño. Tengo miedo de decepcionarte o que simplemente te des cuenta que no soy la chica para ti...

–Helga...

–Por favor dime si lo estoy arruinando... no quiero... no quiero que te alejes de mí sin siquiera intentar arreglarlo

Incluso si le daba la espalda, Arnold pudo notar que ella lloraba.

Se acercó a abrazarla y ella lo miró un segundo, antes de darse la vuelta y cubrir su rostro.

–No me mires, me veo fatal

–No te ves mal... Helga, sólo triste... no es lo mismo...

–Pero...

–No estaba aburrido, estaba nervioso. Siento... algo parecido a lo que acabas de decir. Tengo miedo de arruinarlo. Me cuesta entender lo que sientes por mí, en especial después de todo lo que hiciste. No sabes cuántas veces pensé que tal vez hice algo para que realmente me odiaras, cuando... cuando solo intentabas ocultar lo que sentías... y yo... sé que me gustas-gustas, pero tampoco sé cómo funciona esto, no sé cómo ser un buen novio... ni cómo hacer planes divertidos... ni nada de eso... ni siquiera estoy seguro de dar buenos besos...

Ella entonces volteó a verlo, mientras limpiaba sus lágrimas. Tenía una sonrisa segura.

–Bueno, Arnoldo, tal vez podemos empezar practicando los besos...

Arnold levantó su rostro para acercarse y ella le correspondió, tomando sus manos. Fue un beso parecido al que se dieron en la jungla.


Esos primeros besos fueron suaves, tiernos, cargados de inseguridad e inocencia.

Con el paso de las semanas los dos parecían aprender. Los besos duraban más, ya no se ahogaban y lentamente se atrevían a jugar un poco con sus lenguas.

Arnold recordaba la mirada de Helga cada vez que las cosas se volvían un poco más intensas y él tenía miedo de asustarla, pero ella, ella parecía encantada de cómo las cosas pasaban y eso, debía reconocerlo, lo avergonzaba un poco.

Volteó la tira de fotografías o se quedaría contemplándola hasta que saliera el sol, como tantas otras veces.

Dio un largo suspiro mirando el punto donde se había quedado en el diario de vida.

Era difícil avanzar entre los recuerdos de ella, porque a ratos era abrumador. Lo que ella sintió por él, la forma en que lo amó, la forma en que lo adoraba...

Sí, lo adoraba, y no era una palabra al azar, porque después de algunas lecturas se dio cuenta de que algunos de los objetos en la caja eran de una especie de altar. ¿Acaso Helga le había hecho un culto?

A ratos daba miedo. Pero Arnold la amaba y no quería dejar fuera nada de ella. Tenía... tenía que averiguar todo lo posible.

El abuelo dijo que ella vivía en sus recuerdos, así que estaba dispuesto a todo por llenar los vacíos, incluso si eso significaba adentrarse en las sombras de Helga Geraldine Pataki.

Volvió su atención a los diarios:


Tuve mi primera sesión con Bliss... al principio no quería contarle demasiado, le hablé de mi familia y le hablé... de ese primer día de preescolar. Mi amado Arnold, si tan solo entendieras cómo tu tierno e inocente acto de bondad te convirtió en el cálido sol que guiaría por siempre los impulsos de mi corazón después de la tormenta que tuve que soportar. Si tan solo supieras lo abandonada que estaba y lo insignificante que me sentía hasta que llegaste a mi vida. Jamás cambiaría mi listón, porque tú lo viste y dijiste que te gustaba...


Le costaba trabajo recordar ese día. El abuelo lo llevó en su auto porque llovía y vio a una niña sin paraguas al bajar. Cuando entraron la maestra la ayudó a limpiar su ropa antes de empezar la clase, que era básicamente juegos y canciones. Más tarde alguien le robó sus galletas a esa niña, dejándola al borde de las lágrimas y él sin pensarlo compartió las suyas.


Entonces el horror. El inocente amor que iba creciendo en mí me hizo blanco de burlas y críticas. Y una Pataki no puede ser ridiculizada, eso es inaceptable. Helga no iba a ser la víctima de nadie, Helga G. Pataki sería la matona si eso era lo que se requería para mantenerla a salvo. Y en especial debía ser tu matona, porque, en primer lugar, nadie sospecharía lo que sentía por ti ni lo vulnerable que era, y, en segundo lugar, me aseguraba que nadie más se metiera contigo. Nadie vería mi suave y cursi interior, no hasta que estuviera preparada para enseñarlo... para enseñártelo...


Ese recuerdo de Helga siendo una niña dulce, a punto de llorar, luego sonriendo agradecida, no era falso. Ella fue así al comienzo y... ¿quién la hizo cambiar? ¿Quién la molestó? ¿Quién la lastimó tanto... para convertirla en la persona agresiva, violenta, burlona y despectiva que... fingía ser? ¿Realmente lo fingía o estaba intentando convencerse de que lo fingía? Porque después de tantos años... definitivamente disfrutaba un poco ser así...

¿En qué momento se dio cuenta que la actitud de Helga escondía algo más? No estaba seguro, pero si había visto otros aspectos de ella muchas veces y realmente la quería, incluso antes de empezar a salir, él muchas veces se preocupaba de ella, intentaba acercarse, hablarle, entenderla y una parte de él había comenzado a sentirse ligeramente inquieto cada vez que la descubría mirándolo de... esa forma...


–Oye, Helga...

–¿Qué pasa, cabeza de balón?

–Es lindo cuando estamos solos y me miras así

–No sé a qué te refieres...

–La forma en que me miras... me hace sentir... que de algún modo soy importante para ti...

Helga miró el suelo con esa sonrisa de ella, su sonrisa segura.

–Lo eres, camarón

–¡Hey! ¿Por qué me dices así?

–Es para que no se te suba a tu enorme cabeza. Estaré enamorada de ti, pero Helga G. Pataki no es una de esas tontas que anda suspirando por ahí...

–Creo que haberte visto haciendo eso...

–Cállate

Arnold sonrió y ella le dio un beso.


Con un bostezo dejó su "marcapáginas" en la última hoja que leyó. Acarició la imagen congelada en el tiempo del rostro sonrojado de ella con su índice. Cerró el diario, lo guardó y decidió dormir.


Se levantó tarde al día siguiente. Seguía sin recuperar su apetito de antes, pero se dijo que tenía que comer algo de todos modos.

Cuando bajó, escuchó risas en el salón. Eran sus padres, sí, pero había alguien más. Cuando se asomó a ver se encontró con Eduardo.

–¡Arnold! ¡Mijo! – lo saludó el hombre al verlo, acercándose para darle un abrazo.

El chico correspondió, pero una sombra se instaló en su corazón de inmediato: ¿acaso Eduardo venía a llevarse a sus padres otra vez? No iba a permitirlo, pero debía pretender.

–Qué sorpresa – dijo el chico – ¿Cómo has estado?

–Muy bien, Arnold. Veo que has crecido desde la última vez – dijo el hombre–. Te ves bien

–Gracias

–Invitamos a Eduardo a pasar las fiestas con nosotros – dijo Stella – ¿Qué te parece?

–¡Genial! – dijo el chico.

Bueno, al menos lo habían invitado. Seguía decidido a vigilarlo.

–Y nos estaba contando sobre algunas de sus aventuras – añadió Stella –¿Por qué no te sientas con nosotros?

–Está bien – Arnold fue a instalarse a uno de los sillones, mirando el fuego en la chimenea.

–Hijo, ¿quieres algo de comer? – dijo Miles.

–Oh... es cierto... no he desayunado... – intentó levantarse.

–Quédate ahí, tranquilo – insistió su padre.

–Gracias, papá

Arnold se acomodó y Eduardo siguió contando sus historias. Había volado a muchos puntos de Centro América. Era un piloto experimentado. Conocía muchos lugares, habló con mucha gente. Era una persona agradable y sus padres estaban muy contentos por verlo ahí.

Intentaba convencerse de que su visita no tenía por qué tener otros fines.

–¿Recuerdan cuando Arnold apenas era un bebé y jugaba con los controles de la avioneta sentado en mis piernas?

–El pequeño piloto más tierno – dijo su madre, dándole un beso en la frente.

–¡Mamá! – dijo el chico, sonrojado.

–Creo que tengo una fotografía... – Eduardo sacó su billetera y entre varios papeles encontró una foto donde él y Miles estaban en el avión, saludando, con Arnold sujetando los controles y presionando botones apagados.

–Eras tan pequeño – dijo su madre mirando la imagen con nostalgia.

Arnold sonrió cuando se la enseñaron. Apenas podía reconocerse a sí mismo. Todavía no tenía su gorra.

Pensó por un segundo que los bebés son extraños.

Su padre y Eduardo se veían mucho más jóvenes y alegres. Supuso que eso fue antes que su familia decidiera regresar a Hillwood.

Suspiró, regresándole la fotografía al invitado.

Terminó de comer su desayuno y volvió a la cama.

Había recuperado a sus padres. Tenía a su familia. No tenía derecho a sentirse así. Pero el vacío de la ausencia de Helga no lo abandonaba.

Cerró los ojos.

Soñó otra vez con ella. Otra fantasía.


Aprendía a pilotear aviones y la invitaba a volar con él, recorriendo el mundo. La estatua de la Libertad, Las Pirámides de Egipto, La Torre Eiffel, El Coliseo, El Big ben... pasaban por cada lugar y él le enseñaba los monumentos, dando vueltas en la avioneta. Ella le sonreía, agradecida por el paseo...

Aterrizaban en una playa en Hawaii y compartían una comida romántica mirando el atardecer, pero en cuanto sus copas chocaban, un temblor interrumpió la velada. La gente corría a su alrededor, mientras un volcán arrojaba humo y lava en explosiones. Se levantaron y corrieron hacia la avioneta.

Arnold subió y logró encenderla. Pero Helga no subió con él.

–¡Vamos! – gritó el desesperado.

–No puedo irme

La lava se acercaba.

–Pero... Helga...

–Arnold... tienes que salir de aquí...

–¡No pienso dejarte! ¡No quiero perderte!


Despertó asustado. Las lágrimas escurrían por su rostro.

No otra vez.

–Helga...

Rodó sobre la cama, abrazando el suéter de la chica, sin poder contener el llanto.


Los días que siguieron nunca faltó conversación, tampoco faltaron risas. Pero para el chico todo era irreal, como si estuviera contemplando una película.

Por algunas noches temió volver a tener pesadillas y se resistía a dormir. Perderla en sus sueños se sentía horrible. Pero cuando el cansancio lo venció para su suerte volvió a sus recuerdos, a los lindos momentos que tuvieron juntos. Sus sueños eran maravillosos. Ver a Helga, abrazarla, poder escuchar su risa... eso si valía la pena.


NOTAS:


Day Three: Memories/Pilot/Hold on

Día Tres: Recuerdos/Piloto/Aguantar