El viaje a San Lorenzo no fue la solución inmediata que Arnold deseaba.

Entre los asuntos académicos y la continuación de su tratamiento, los preparativos tomarían unas tres semanas.

Arnold regresó a la escuela cuando acabó su suspensión. Lo primero que hizo fue disculparse con Gerald, luego habló con el resto de la clase, pidiendo perdón por su reacción. Les contó que estuvo saliendo con Helga en secreto desde que regresaron de San Lorenzo y que eso sólo hacía más difícil sobrellevar la pérdida.

–Lo siento, Arnold – dijo Sid – No quise ser insensible...

–No es que no la extrañemos... – admitió Harold –. Es sólo que no me gusta pensar en esas cosas... hace que me duela la cabeza...

Lila, Rhonda, Nadine, Sheena, Stinky y finalmente Gerald, también comentaron que a veces pensaban en Helga. También como su muerte detonó un miedo en ellos. La vida era frágil y efímera. Cualquiera podría morir en cualquier instancia: otro accidente, un desastre natural, una enfermedad, una guerra...

El señor Simmons hizo lo mejor que pudo para tranquilizar a su clase, pero en ese punto la mayoría estaba llorando y decidió permitirles ese instante de catarsis.

Brainy no dijo nada, pero Arnold lo vio esconder su rostro.

Cuando la mayoría se calmó, Sheena le preguntó a Gerald por Phoebe. Todos sabían que se había trasladado, pero no estaban al tanto de mucho más. El chico les contó que como siempre le iba bien en la escuela y el desafío la mantenía motivada.

Rhonda dijo que era un alivio y luego varios comentaron que nunca supieron como integrarla más y que lamentaban no haber sido un apoyo.


Esa tarde, Gerald y Arnold le contaron a Phoebe lo sucedido.

–Me hubiera gustado estar ahí – comentó la chica, con una sonrisa, mientras su rostro se llenaba de lágrimas – Sé que Helga no era la persona favorita de todos, pero es lindo saber que la recuerdan con cariño

Arnold y Gerald la abrazaron.

–Gracias, chicos – Phoebe limpió su rostro con un pañuelo

–También te enviaron saludos – añadió Gerald – Dijeron que extrañaban a la mini genio de la clase

Phoebe medio rio.

–Es cierto – dijo Arnold.

–También los extraño. No ha sido fácil hacer nuevas amistades. Cuando llegué los grupos ya estaban formados y me ha sido complicado encontrar dónde encajar

–No te están molestando, ¿cierto? – dijo Gerald, con rostro de enfado.

–Claro que no – respondió su novia, con una sonrisa tranquilizadora – Simplemente me cuesta un poco encontrar algo de qué hablar. Tal vez tenga mejor suerte el próximo año

–Sí, es probable que lleguen más personas y puedas tener un nuevo grupo – dijo Arnold – Además Gerald estará ahí

La pareja intercambió una mirada y Arnold notó de inmediato como el ambiente se tornó un poco tenso.

–Bueno... no en realidad – dijo Gerald, incómodo.

Le explicó que no cumplía los requisitos para cambiarse a la escuela a la que iba Phoebe, pero entraría a uno de los equipos de secundaria y dedicaría esos dos años a mejorar sus calificaciones.

–No suena como un mal plan – dijo Arnold – Sé que lo harás bien

–Sí, además Phoebe me ayudará – dijo Gerald, con su aire relajado.

–Con mi programa de estudio, estarás entre los estudiantes premiados – explicó ella con orgullo –. Y yo me aseguraré de que lo cumplas

Los chicos intercambiaron una mirada de incomodidad, que por suerte Phoebe no notó.


Los siguientes días pasaron lentos para Arnold. No había vuelto a soñar con Helga y no estaba seguro de si eso era algo bueno o malo... en especial porque su abuelo tenía razón: ansiaba regresar a los sueños donde estaban juntos.

Pero ese último sueño... fue diferente... y no podía evitar preguntarse si acaso existía alguna forma... sólo para negar ese pensamiento, convenciéndose de que no.


El día del viaje, Gerald y Phoebe pasaron toda la mañana con Arnold. Entre lágrimas y risas recordaron algunos momentos felices e hicieron planes y promesas para cuando volvieran a reunirse.

Cerca del mediodía los padres de Arnold se asomaron a su habitación.

–Bueno, niños, ya tenemos que irnos... – dijo Miles.

–Bajaremos en un minuto...

Arnold abrazó a sus amigos y los tres jóvenes fueron a la entrada, Miles y Stella ya se despedían de los residentes y los abuelos.

Phoebe y Gerald salieron con él a esperar el auto y Arnold se despidió de los residentes mientras sus padres sacaban el equipaje.

–Gracias por su compañía – dijo el rubio.

–Ten cuidado en la jungla – dijo Gerald –. Tendrás que arreglártelas por tu cuenta esta vez

Arnold miró el suelo con tristeza y Phoebe le dio un codazo a Gerald.

–Lo siento, amigo

–Tranquilo – Intentó sonreír. –. Esta vez estaré con mis padres, no creo que pase nada malo

–Así espero

El taxi llegó y la pareja se quedó en la vereda, viendo como los Shortman cargaban sus maletas.

–Y recuerda. Nunca comas frambuesas – dijo el abuelo antes que Arnold subiera al vehículo.

–Lo recordaré, abuelo – dijo el chico entre risas.

–¡Buen viaje! – gritó la abuela agitando un pañuelo desde la ventana.

–¡Adiós, abuela! – dijo Arnold mientras cerraba la puerta.

Ajustó el cinturón y volteó para ver a los demás por última vez en quizá cuánto tiempo.


Los primeros días en San Lorenzo todo era nuevo, distinto. Tenía mucho que hacer y aprender. En el viaje anterior estuvo tan obsesionado con buscar a sus padres, que no tuvo tiempo de apreciar el lugar.

Se instalaron algunos días en un hostal donde solían quedarse las personas que trabajaban para Ayudantes de la Humanidad antes de dirigirse a pueblos más pequeños.

Dedicaron un mes a buscar un terapeuta que pudiera continuar el trabajo de Bliss con Arnold, a la vez que gestionaron los programas de educación, para que el chico pudiera seguir estudiando.

Con eso resuelto, se trasladaron a un pueblo a una hora de la capital. Donde Miles y Stella podían dedicar su tiempo a la labor que tanto extrañaban, mientras cuidaban de su hijo.

Entonces Arnold sintió el peso de todo lo que estaba pasando: Dejó su hogar de toda la vida, se despidió de sus amigos y se fue a un país que apenas conocía, apenas hablando el idioma y sin ninguna idea de lo que quería hacer.

Repetía en voz alta que era una oportunidad de dejar atrás lo que pasó, pero al mismo tiempo la voz en el fondo de su cabeza gritaba: "Tengo que encontrar esa cueva... tengo que encontrar a Helga", consciente de lo absurdo que parecía, pero era Arnold Shortman y no podía evitar sentir una pequeña esperanza creciendo dentro de él, junto con el deseo de volverla a ver en sus sueños.


Pero los sueños no volvieron.

Los días pasaron y luego las semanas, los meses y sin que se diera cuenta, llevaba casi cuatro años viviendo en San Lorenzo.

Por supuesto que cada vez que podía acompañaba a sus padres a sus excursiones, atento a su entorno, intentando encontrar cualquier pista que lo llevara hacia el lugar que vio en ese sueño. Pero no halló nada, ni el claro, ni el río, ni la cueva.

No había olvidado a Helga, pero ya no podía verla en sus sueños.

No dejaba de pensar en ella, pero no podía recordar cómo sonaba su voz y la grabación quedó en la computadora en Hillwood.

No podía rememorar la sensación de sus manos, sus abrazos y sus besos.

Lo único que recordaba de ella era el color de su cabello y sus ojos.

Antes del viaje, guardó las cosas de ella en el ático. No quiso arriesgarse a que se perdieran en el avión, pero las extrañaba, ansiaba leer su poesía y visitar sus memorias.

Deseaba haberse arriesgado con siquiera uno de los diarios, aunque sabía que, si de alguna forma se hubiera perdido o dañado, no se habría perdonado.

Deseaba, que hubiera algo más en su cabeza que las últimas palabras que le dijo:

Helga, por favor, responde...

Vamos a estar bien...

Helga... no vayas a dejarme...

Te amo...

Sabía que ella le dijo que tuviera cuidado, pero no estaba seguro de recordarlo bien. El tono, la forma, el quiebre en su voz...

Y se obligaba a seguir con su vida.


Todos los meses Arnold y su familia regresaban a la capital durante un fin de semana. El viernes temprano llevaban al chico a terapia y más tarde volvían al hostal, donde él se conectaba a internet, intercambiando correo electrónico con sus amigos.

Estaba contento de que Gerald lograra trasladarse con éxito a la escuela de Phoebe y ella estaba destacando en sus estudios como siempre.

Arnold les hablaba de lo que estaba aprendiendo, de las dificultades del clima y el terreno, de las últimas investigaciones de su madre y su padre y una que otra visita de los Ojos Verdes.

Al terminar de escribir Arnold regresó a la habitación, se recostó en la cama y reflexionó.

Había algo sobre lo que no se atrevió a hablar en sus correos.

Conoció a una chica de su edad que también era de otro país. Ella llegó un año atrás acompañando a su familia, que hacía el mismo trabajo que sus padres, así que pasaban mucho tiempo juntos. Ella era guapa, lista y simpática. Solían estudiar y compartían algunos gustos en música y arte. Y las cosas estaban bien... hasta el día anterior, cuando ella aprovechó que él se despedía para decirle que estaba enamorada de él.

Esa confesión había cambiado su perspectiva de esa amistad y se dio cuenta de que ella se le había insinuado muchas veces. No sabía si fue demasiado ingenuo para darse cuenta antes o si intencionalmente lo ignoraba, pero en retrospectiva parecía tan obvio que dolía.

– Esto es halagador, pero no estoy seguro de qué más decir. No sé cómo me siento al respecto... lo siento...

Esa fue la respuesta que elaboró en ese instante.

Sí, fue una cobardía, y lo sabía, pero no quería perder su amistad.

Al menos con eso ganó algo de tiempo.

¿Cómo iba a explicarle a esa chica que no podía corresponderle?

Seguía enamorado de una persona que ya no estaba con él.

¿Era esa una razón suficiente?

¿Se ofendería ella?

¿Qué diría Gerald? ¿Y Phoebe? Ellos estarían de acuerdo en que debía seguir con su vida y Arnold sabía que era lo que tenía que hacer, pero tampoco podía obligarse a sentir algo por ella. Cuando la miraba no había esa chispa, cuando sus manos se tocaban, él no sentía la calidez, su pulso no se aceleraba enviando demasiada sangre a sus mejillas, no tenía deseos de besarla, ni encontraba algo especial al sentir el aroma de su cabello o su piel.

La idea de "corresponderle", "usarla" para olvidar, le parecía horrible.

Al menos... fue justo antes de su visita a la capital... tenía tres días para pensar la forma adecuada de rechazarla, de disculparse por no haber sido claro y para prepararse en caso que ella decidiera alejarse.

Decidió distraerse mientras esperaba que sus padres llegaran. Tomó un libro, recostándose en la cama.

Se perdió entre las páginas, devorando palabra tras palabras, mientras en su mente la escena de aventuras se reproducía con nitidez.


Estaba tan inmerso en su fantasía, que el golpe en la puerta lo sobresaltó.

Sus padres tenían llave, no necesitaban golpear. ¿Quién podía ser?

–¿Diga? – dijo el chico, dejando su libro y acercándose a la puerta.

–¿Señor Arnold Shortman? – dijo una voz femenina al otro lado.

–Soy Arnold, pero creo que busca a mi padre

–Necesitamos su ayuda

El adolescente abrió la puerta y se topó de frente con una mujer en mediado de sus veintes. Sabía que trabajaba con los Ayudantes de la Humanidad.

–¿Qué pasa?

–Verá... tenemos un... emh... incidente en las oficinas y podría ayudarnos a resolverlo

–¿Yo? ¿No será mejor esperar a mis padres?

Ella negó.

–Ya enviamos por sus padres, pero tememos que tarden demasiado en llegar, por favor

–Está bien, deme un minuto

El joven con un suspiro regresó al interior de la habitación, dejó su libro sobre la cama, escribió una nota para sus padres en caso que fueran por él, tomó sus llaves, una chaqueta y siguió a la mujer hasta la oficina de Ayudantes de la humanidad, en el edificio junto al hostal.

–¡Suéltenme!

La voz que escuchó en cuanto atravesó la puerta aceleró su pulso.

–¡No me iré a ningún lado sin ver a los Shortman! ¿Me oyeron? ¡No me importa cuanto tenga que esperar!

Arnold se apresuró.

–¡Aleja tus manos de mí, estúpido gorila!

No podía ser cierto.

–Ustedes lo pidieron

Vio el puño en el aire y su cabello rubio con dos coletas bajas.

–¡Helga!

Ella volteó y pudo ver esos hermosos ojos de zafiro.

–¡Arnold!

Helga intentó acercarse, pero los guardias la retuvieron.

–¿La conoce? – preguntó la mujer que acababa de alcanzarlo.

–Es mi amiga – dijo el chico.

El personal miró por sobre su cabeza y Arnold al voltear alcanzó a ver como la mujer asentía.

Los hombres dejaron ir a Helga y ella se lanzó sobre él, abrazando su cuello y escondiendo su cabeza en su hombro.

–¿Q-qué haces aquí? – dijo él, rodeándola por la cintura con uno de sus brazos, mientras con el otro le daba palmaditas en la cabeza.

La chica no respondió, solo lo abrazaba con fuerza.

–Helga, ¿qué pasó?

–Su amiga llegó hace una hora y armó un gran escándalo – dijo la mujer que había ido por él.

–Bueno... siempre ha sido un poco dramática – intentó disculparse.

–Guarda silencio, cabeza de balón

–Helga, ¿te metiste en problemas?

Ella negó.

–¿Cómo demonios... fue que llegaste aquí?

–Caminando, obviamente – dijo y él pudo imaginar como ponía los ojos en blanco.

–Helga, sabes a lo que me refiero

Finalmente, ella se apartó un poco y Arnold pudo apreciar la tristeza en su mirada, que fue reemplazada de inmediato por la vergüenza cuando su estómago rugió.

–¿Has comido algo hoy?

Ella miró el suelo, negándose a responder.

–Helga, no te estoy regañando, solo te hice una pregunta

–No tengo hambre, cabeza de balón

–Está bien, entonces vamos por un jugo

Tomó su mano, dispuesto a sacarla de ahí, pero en cuanto volteó, se dio cuenta de algo.

–¿Dónde está tu equipaje? – quiso saber.

–Solo traje mi mochila – dijo, girando un poco para que la viera colgando en su hombro.

–Está bien – Arnold miró a la mujer que había ido por él. –. Perdón por todas las molestias... me aseguraré de que no se repita

–Ya quisieras – murmuró Helga.

–No se preocupe – respondió la mujer –. Señorita Pataki, la próxima vez que venga de visita, asegúrese de que la estén esperando

–Sí, sí, como sea...

Arnold dio un largo suspiro. Le dio un tirón suave a la mano de la chica para que lo siguiera hacia la salida. Ella lo hizo sin resistencia. Arnold sonrió.

–Me alegra poder verte – le dijo –. Te extrañaba mucho, Helga

Ella se sonrojó y frunció el ceño, evadiendo su mirada. Tuvo que reír en silencio, o se arriesgaba a hacerla enfadar. A veces le parecía que su actitud era muy tierna.

Caminaron un par de cuadras hasta llegar a un local al que el chico había ido otras veces. Pidieron algo y buscaron una mesa al final del patio, lejos del ruido de los autos, ocultos de cualquiera que pasara por la calle.

–¿Por qué estás aquí? – dijo el chico sin rodeos.

–Porque compré un pasaje, tomé un avión y me dejó aquí

Arnold rodó los ojos.

–Helga, no quiero jugar a adivinar lo que piensas, así que dime de una vez... ¿por qué escapaste de tu casa?

–Te extrañaba

–Extrañarme no es razón suficiente

–No lo soporto, ¿sí? Y es cierto que te extrañaba ¿Está bien? Sabes cómo era mi familia, que no te sorprenda que las cosas hayan empeorado. Necesitaba... verte – Apoyó uno de sus brazos en la mesa mientras giraba su cuerpo hacia él. –... en persona – Evadió su mirada. –... no un intento patético de videollamada de baja resolución y audio desfasado – Se acercó un poco. –... no me bastaba con tu voz... ni con una foto... por más reciente que fuera... yo... quería... – Levantó la mirada. – quería...

Arnold se quedó sin aire. Podía sentir su corazón latiendo a mil por hora.

Cuando Helga no pudo decir más, lo miró a los ojos y su rostro sonrojado era adorable... y al mismo tiempo... le parecía tan atractiva.

Bastaba con que uno de los dos se moviera un poco, apenas un poco, y podría volver a sentir esos labios que no había sentido hacía tanto tiempo...

Una punzada en su cabeza.

Arnold se apartó, cerrando los ojos con fuerza.

–¿Estás bien?

Escuchaba la voz de Helga.

Era distinta a como la recordaba.

Sintió las manos de ella en su rostro.

Subió sus propias manos para sujetarla.

Sus dedos se sentían fríos y aun así disfrutaba mucho ese contacto.

Su corazón bombeaba con fuerza y enviaba la sangre a su rostro y sus orejas.

Quería abrazarla.

Quería besarla.

Pero si lo hacía, ella seguiría el juego y los dos se perderían, hasta el punto en que tratar de hablar parecería absurdo.

–Solo estoy cansado – dijo el chico.

Abrió los ojos y le sonrió.

La adolescente frente a él vestía como lo haría un chico. Un gorro ocultaba parte de su cabello, donde antes habría estado su listón, mantenía su actitud de siempre, sus gestos de siempre.

Creyó que podía vivir sin ella, pero su presencia bastó para revivir todo lo que sentía: ese amor profundo, intenso, vivo; un amor que bombeaba por sus venas, colmando de calidez cada rincón de su ser.

–Helga Pataki, estás loca por venir a verme – dijo con una sonrisa.

–¡¿Vengo hasta aquí y es lo único que tienes que decir?!

–Amo tus locuras

Ella se sorprendió y aunque trató de decir algo, no escapó nada de su boca antes que las manos de él la sujetaran por la nuca, impidiéndole escapar de ese beso.

Sus labios eran suaves y sabían a jugo de piña.

Fueron varios los minutos que estuvieron así. Apenas respirando. cerca, muy cerca, abrazados, sin la intención de soltarse. Compartían un ritmo suave, explorando con anhelo la cálida humedad del interior de sus bocas, la porosidad de sus lenguas, la forma de sus dientes...

Arnold no quería dejarla ir.

No quería apartarse nunca.

Temía que al hacerlo ella desaparecería.

Por eso cuando el beso terminó, apoyó su frente en la de ella, con los ojos cerrados, sin soltar su cintura ni apartar la mano de su nuca.

Sentía que los dedos temblorosos de la chica seguían en sus hombros.

–Parece que te volviste más fuerte, cabeza de balón – bromeó ella.

–Y tú estás más delgada – respondió él – Siento... tus costillas... – continuó y añadió–¿Eso está bien?

–No lo sé...

–Helga

–Como en la escuela, cabeza de balón ¿conforme? Como dije, las cosas en casa empeoraron

–Te vas a enfermar...

–Da igual... me enfermo y me repongo fácilmente

–Me preocupas

–Lo sé. Lo siento

Arnold abrió sus ojos lentamente. ¿Qué pasaría si ella volvía a desvanecerse?

La contempló con temor. Tenía el recuerdo de haberla perdido muchas veces.

Sabía que había llorado por ella.

Sabía que su corazón había dolido tanto, que sólo podía sentir el frío en su interior.

Sabía que la tristeza fue tan profunda, que necesitó ayuda de pastillas para funcionar día a día, hasta hacía poco.

–¿Qué pasa, Arnold? – dijo ella, acariciándole la mejilla.

–Tú... me dejaste...

Otra punzada en su cabeza. Esta vez se resistió a cerrar los ojos del todo.

–¡Claro que te dejé!

Arnold la miró con temor.

–¿Acaso lo olvidaste? Te ibas a quedar en Hillwood... ¡Por mí! ¿Que eres idiota? No iba a dejar que te separaras de tus padres ¿Sabes lo patético que te veías llorando por ellos cuando estaban desaparecidos?

–¡Ey!

–Así que tuve que ponerme firme... y traté de hacerte entender... y como no entendiste, te mandé al demonio – evadió su mirada –. Lamento... lamento haber dicho todo lo que dije... pero si no te enfadabas conmigo... ibas a quedarte... sé que ibas a quedarte

–¿Entonces nada de eso fue en serio?

–Por supuesto que no, preferiría morir que cambiarte por Wolfgang. Pero sirvió que lo creyeras en serio

Morir

Por unos segundos se sintió como si estuviera bajo el agua.

–Debiste decírmelo – dijo él.

–No, porque eres un cabeza dura. Si te lo hubiera dicho habrías tenido más razones para seguir junto a mí...

Arnold sonrió.

–Gracias, Helga

Le dio un beso en la nariz.

–¿Significa que... podemos... volver a estar juntos?

–No lo sé, cabeza de balón. Aunque me escapé para verte, eso no significa que pueda extender mi estadía aquí por mucho tiempo... y no me gustan las relaciones a distancia

Arnold la miraba.

–Está bien, Helga, ya lo resolveremos... – dijo acariciando con cariño su mejilla.

Disfrutaba la sensación de su rostro.

Terminaron sus jugos y él la convenció de pedir algo de comer. Luego iniciaron su camino de regreso al hostal.

Al pasar junto a las ventanas abiertas de la oficina, notaron gritos.

–¡Tienen que encontrar a mi hijo!

Arnold escuchó la voz y se paralizó, sintiendo un escalofrío recorrerlo.

–¿Qué pasa, Arnold?

–Olvidé la nota que le dejé a mis padres... diciendo que estaría en la oficina de Ayudantes de la Humanidad...

–Oh, rayos. En serio metiste la pata ¿quién lo diría?

–Espera aquí...

–No, iré contigo, esto es mi culpa

–Pero...

–Solo vamos

Ella lo empujó hacia la oficina y siguieron la voz de Stella.

–Mamá – dijo el chico.

–¡Hijo! – La mujer lo miró con una pose de enfado, pero reflejando alivio en su mirada.

Se acercó a abrazarlo y entonces reconoció que la persona junto a él le era familiar.

–¿Helga? ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste?

–Emh... ¿Por dónde empiezo? – murmuró ella.

–Necesitaban a alguno de nosotros aquí era porque... Helga... estaba... verás... esto... emh... – dijo Arnold intentando ayudar.

–Hice un escándalo – admitió ella –. Lo siento, no quise causar problemas, solo que no me decían dónde encontrarlos

–Eso no responde mi pregunta – dijo Stella, fingiendo enfado.

–Escapé de casa... lo siento... no estaré mucho tiempo aquí... solo necesitaba... verlos...

No era mentira. En su rostro, sus gestos y su voz, Arnold leía que no era mentira.

Su familia había acogido a Helga con cariño cuando empezaron a salir, incluso antes de saber que era su novia y ella se encariñó con ellos.

–Está bien – dijo la mujer –¿Tus padres saben que estás aquí?

Helga negó.

–Tenemos que llamarlos

–Preferiría que no. Me iré el domingo, no tienen por qué enterarse...

–Por favor, mamá, no te enfades – dijo Arnold, mirando a su madre con ojitos de cachorro.

–Está bien – dijo ella con un suspiro, luego miró a la chica – ¿Ya tienes tu vuelo de regreso?

Helga asintió y sacó el boleto de su mochila, enseñándoselos a Stella.

–Bueno... ya no hay de otra – la miró – Y me imagino que ese pasaje no era parte de un paquete turístico con hospedaje...

–No precisamente...

–Imagino que tampoco traes mucho dinero

–Solo tenía para los pasajes

–Tendrás que quedarte con nosotros – concluyó con un suspiro.

Stella sacó a los jóvenes de las oficinas y los tres fueron al hostal. Era un espacio lo suficientemente amplio para tener una cocina con su un comedor y una pequeña salita con un sofá y una televisión y dos dormitorios. Los baños estaban al final del pasillo del primer piso, piso en donde también estaba la salita con tres computadores que Arnold utilizaba para comunicarse con sus amigos.

La mujer les pidió esperar en el comedor mientras ella ordenaba algunas cosas en el dormitorio.

–Tuviste suerte de venir estos días que estamos aquí... – comentó Arnold.

–No fue suerte. Phoebe me contó de tu itinerario... ella me ayudó a calcular cuándo estarías por aquí, a conseguir los pasajes y a llegar a este lugar... y esas cosas...

–Creo que les doy demasiada información en mis correos

–No, ella se dio cuenta por las fechas y los horarios

–Phoebe es muy lista. No le iría mal con una agencia de detectives

–Estoy de acuerdo – respondió Helga con una risita.

Aunque no se atrevían a volver a besarse, porque sería incómodo que los viera la madre de Arnold, los jóvenes habían entrelazado sus dedos, escondiendo sus manos bajo la mesa.

Cuando Stella volvió, cargaba algunas cosas.

–Bueno, Helga, tendrás que dormir en el sofá – dijo dejando las mantas y la almohada sobre éste.

–Gracias – dijo la chica – Es más de lo que merezco. Mi plan era dormir en alguna estación o algo así

–Eso no es muy seguro, jovencita

–Debí suponerlo

Stella se sentó frente a ellos.

–Ahora, con calma, por favor, cuéntame, ¿qué fue lo que pasó en tu casa para que creyeras que hacer esto era una buena idea?

Helga miró a Arnold, luego a Stella. Bajó la mirada y comenzó a contarle del conjunto de problemas que tenía en casa y como su cumpleaños terminó en una pelea con Bob.

Miles llegó un poco más tarde. Justo en el momento que Arnold y Stella abrazaban a Helga, intentando consolarla, mientras ella lloraba.

Se acercó, le dio unas palmadas en la cabeza a la chica y se unió al abrazo grupal sin preguntar.

Arnold le agradeció con una sonrisa.

Estar con Helga otra vez parecía un sueño.

Los cuatro se quedaron despiertos por horas, poniéndose al día con sus vidas.

Más tarde Arnold le pasó a la chica algo de ropa y le prestó su habitación para que se cambiara.

Cuando ella abrió la puerta, no pudo evitar mirarla de arriba abajo.

–Toma una foto, durará más... – dijo ella.

Arnold consideró en serio usar su cámara, pero eso significaba entrar a la habitación, pasando junto a ella... y sabía bien qué no iba a resistir besarla otra vez.

Dio un largo respiro.

–Helga, duerme en la cama, yo me quedaré en el sofá

–Pero tu madre dijo...

–Estarás más cómoda – la interrumpió –. Solo... cierra la puerta y ve a descansar... debió ser un día largo, con el viaje, el escándalo... y, bueno, todo – bostezó.

–Gracias, cabeza de balón

La chica retrocedió un par de pasos, sin dejar de mirarlo. Puso su mano en la puerta y él se giró, estirándose, convenciéndose de que debía dormir.

Escuchó los pasos detrás de él y apenas logró anticiparse antes de sentir que ella lo rodeaba con sus brazos.

–No quiero que este día acabe – dijo ella.

–Helga... tienes que dormir... tenemos que dormir

Sintió como ella lo apretaba más, apoyando su frente en la cabeza de él.

Un cosquilleo cálido al sentir su aliento en su nuca.

–Helga, estaré aquí cuando despiertes, lo prometo – dijo él, sujetándole las manos, apartándola con cuidado.

Volteó y ella evadió su mirada, incómoda.

–¿Qué pasa? – dijo él.

–No es nada, cabeza de balón

Arnold sonrió, sujetó su mentón y le dio un beso en los labios.

Ella se apartó, completamente sonrojada.

–¿Qué haces?

–Pensé que podías querer un beso de buenas noches – explicó él con una sonrisa tranquila.

Ella volvió a su actitud de siempre.

–Tienes suerte de gustarme, ¿sabes? Si alguien más intentara algo así, su cara conocería de cerca a la vieja Betsy...

Arnold rio.

–Lo sé, Helga, tengo suerte

Ella se volvió a sonrojar y regresó a la habitación.

–Buenas noches – dijo antes de cerrar la puerta.

Arnold se dejó caer en el Sofá.

Su corazón latía rápido.

Quería volver a besarla, abrazarla, sentirla cerca. Necesitaba el contacto de su piel... ¿Cómo había soportado tantos años lejos de ella?

De pronto sintió presión en su sien.

Necesitaba dormir.

Despertó con el ruido que hicieron sus padres al preparar el desayuno. Su madre le entregó un par de toallas y le dijo que despertara a Helga y que fueran a tomar un baño. El chico tuvo que recordarse mentalmente que eso no era un permiso y que había baños separados para hombres y mujeres.

¿Qué me pasa?

Cuando logró despertarla, todavía estaba medio dormida. Saludó a los padres de Arnold antes de recordar que él le había pasado ropa y volvió a esconderse en la habitación para cambiarse. Los tres rieron en silencio para no incomodarla y los padres del chico pretendieron no notar nada.

Después de desayunar Miles y Stella los invitaron a pasear. Recorrieron distintos lugares turísticos en la ciudad y almorzaron juntos.

Luego los padres de Arnold regresaron al hostal, dejando a los chicos por su cuenta, con las respectivas advertencias que él ya conocía de memoria: lugares y horarios.

Los jóvenes compraron un par de bebidas y se sentaron en una plaza a charlar... y volver a besarte... y conversar otro poco... y besarse otra vez... y otra...

Cuando regresaron, la cena estaba lista y otra vez compartieron los cuatro.

Arnold no dejaba de sonreír. Sentía algo cálido dentro de sí cada vez que notaba la sinceridad con la que Helga se comportaba con su familia. Pensaba que parecía tan feliz.

Deseaba que no se fuera.

Otra vez su cabeza dolía.

Deseaba que se quedara con él.

La sensación de presión otra vez.

Deseaba que esa fuera su vida siempre.

Las voces de los demás se perdieron por un instante.

Arnold...

Arnold...

Arnold...

–Arnold, ¿estás bien? – dijo Helga, sujetando la mano que él llevó a su rostro sin darse cuenta.

–Oh... sí... solo... creo que estoy cansado...

Sus padres terminaban de ordenar la cocina.

Helga lo acompañó hasta los baños y lo esperó afuera.

El chico lavó su rostro y miró su reflejo.

Algo está mal...

Otra vez el dolor en su sien, como una aguja clavada.

No podía respirar.

Sentía que se ahogaba.

¿Qué es lo que está mal?

Se dejó caer al suelo y al hacerlo golpeó una jabonera que hizo bastante ruido.

–Arnold ¿está todo bien allí? – dijo Helga, desde el otro lado de la puerta.

–Sí, fue un descuido, dame un minuto

La jabonera no estaba rota, por suerte. La regresó a su lugar y se obligó a ponerse de pie.

No quería preocuparla, mucho menos si viajaría de vuelta al día siguiente.

Ya averiguaría que le estaba pasando después que ella se fuera.

Se obligó a sonreír y abrió la puerta.

–Creo que me dio un golpe de calor por todo lo que paseamos – explicó.

–Entonces necesitas hidratarte – respondió ella, tomando su mano.

Sus dedos estaban fríos.

Le gustaba esa sensación.

Cuando entraron al pequeño departamento, Miles y Stella ya estaban por irse a dormir. Hablaron con su hijo y él aseguró que no era nade de qué preocuparse.

Fue al dormitorio a ponerse su pijama y luego dejó entrar a Helga, quien dio las buenas noches a todos antes de encerrarse.

El chico se acostó en el sofá y fingió dormirse antes que sus padres fueran a su propio dormitorio.

Estuvo lidiando con sus miedos a solas en la oscuridad:

Helga estaría en un avión a esa hora el día siguiente.

¿Llegaría bien a Hillwood? ¿Alguien iría por ella al aeropuerto? ¿Tal vez Phoebe? ¿Estaría bien que regresara a su casa? ¿No podía quedarse de alguna forma...?

Se sentó a pensar en las posibilidades. Sus padres la querían y todos se llevaban bien, pero no tenía idea si eran capaces de vivir juntos. Además... ¿cómo serían las cosas con Helga viviendo en San Lorenzo? ¿Podrían soportarse a diario?

Entonces escuchó un murmullo.

–¿Qué? – el chico volteó para todos lados.

–Guarda silencio – dijo Helga en un tono apenas audible.

La vio rodear el sofá en penumbras y llegar a sentarse a su lado, subió las piernas, abrazó sus rodillas y dejó caer su cabeza en la de él.

–¿No puedes dormir? – preguntó Arnold.

Ella negó.

–¿Quieres hablar?

Volvió a negar.

Entonces Arnold pasó su brazo por sobre los hombros de ella y la abrazó.

Estar así era agradable.

Sus ojos estaban acostumbrados a las penumbras.

Recorrió los contornos de su cuerpo.

La camiseta le quedaba un poco suelta y desde esa posición se dio cuenta que podía ver...

Apartó la vista, sonrojado.

No fue su intención y sentía la lucha entre su mente y sus ojos.

Solo un vistazo...

Ni lo notará...

¡Basta!

¡Yo no soy esa clase de chico!

–Arnold... – musitó ella.

Tragó saliva, nervioso.

–¿Q-qué pasa, Helga?

–¿Te gusto? – preguntó.

Arnold la miró. ¿Acaso era una broma? Se pasó toda la tarde besándola, tomando sus manos, abrazándola y volviéndola a besar.

–Claro que sí... todavía...

–No eso... no todavía... no a la Helga que te abandonó. La yo de ahora... ¿te gusta esta Helga?

–No entiendo qué quieres decir...

–Sé que... no soy la clase de chica... que se arregle y se vea bonita...

–Helga, eres hermosa...

–Claro que no. Me visto como un chico, actúo como una maleducada casi todo el tiempo...

–Eso último ha sido siempre así... – contestó con una risita – Y no me importa tu estilo, creo que te queda bien. Por cierto. ¿Por qué cambiaste los vestidos por esto? ¿Hubo alguna razón?

–En la secundaria... no lo pasé muy bien cuando los chicos empezaron a verme como una chica...

–¿Qué quieres decir?

–Que algunos chicos son idiotas y actúan sin pensar. No es mi culpa que mi cuerpo cambiara

Arnold dejó de respirar. ¿Qué le había pasado mientras estuvo lejos? ¿Alguien la lastimó?

–Helga...

–No te preocupes, cabeza de balón, suena peor de lo que es. Betsy conoció muchos nuevos rostros en secundaria y los cinco vengadores tuvieron bastante trabajo que hacer. Y vestida como un chico era más cómodo pelear. Además... odiaba estar preocupada por mi vestido y si acaso algún idiota trataba de espiar... o si cumplía con el largo del código de la escuela. Rhonda intentó ayudarme, pero las dos nos frustramos. Vestirme como un chico es más simple...

–¿Crees que no me gustas porque te vistes así?

–Los chicos dejaron de ponerme atención cuando comencé a vestir así... por eso...

–Como dije, Helga... es solo un estilo, no me importa y creo que va bien con tu personalidad – añadió con una risita.

–Gracias – Helga se puso de pie y se estiró–. Intentaré dormir

Arnold la sujetó por la muñeca en un impulso. Cuando ella volteó, tomó por la cintura y la atrajo hacia él, para besarla.

Al perder el equilibrio, las manos de la chica terminaron en sus hombros y sus piernas a los costados de él.

–¡Qué te...! Pa...sa... – comenzó con un reclamo agresivo que se apaciguó al verlo sonreír.

–¿Te queda claro que me gustas, Helga G. Pataki? – contestó él.

Ella asintió, completamente sonrojada. Cerró los ojos, intentando apartarse, pero Arnold no la dejó ir. La abrazó otra vez y volvió a besarla, lentamente, buscando alcanzar su lengua.

Cada vez que ella intentaba apartarse, él la volvía a sujetar.

Todo en ella lo ahogaba. Sus ojos, su respiración, su cabello, su piel, sus manos, su cuerpo.

Sabía que tenía que contenerse.

Un beso más... un abrazo más...

Helga comenzó a acercarse a él, abrazándolo con fuerza, correspondiendo sus besos y caricias. Podía sentir las piernas de ella sobre las suyas.

No resistió la idea...

Apartó su boca, sujetó su mentón, giró su rostro y besó su cuello.

Eso fue demasiado para los dos... y él supo que ella había notado lo que provocaba su cercanía, cuando Helga dio un pequeño brinco y luego se apartó.

No pudo retenerla, estaba avergonzado.

–L-lo siento – comenzó a disculparse.

Ella puso su índice en los labios de él, haciéndolo callar. Arnold asintió. Luego ella tomó su mano y le pidió que la siguiera con un gesto.

El chico obedeció y fueron en silencio al dormitorio.

–Helga, si mis padres nos descubren...

–Entonces guarda silencio – murmuró ella.

–Pero...

La chica cerró la puerta con cuidado y sin mediar palabra se quitó la ropa.

Arnold se quedó sin aliento.

–¿Qué esperas? – dijo ella en un susurro.

–¿Qué?

–Apresúrate, no tenemos toda la noche – continuó en el mismo tono.

Arnold asintió y la imitó.

Su corazón latía con fuerza.

Sus besos lo dejaban sin aliento.

Su piel se sentía suave y cálida...

Sus manos estaban tibias...

Ella se veía hermosa.

Escondidos, intentando que fuera lo más silencioso posible, besándose hasta quedarse sin aire, abrazados, unidos...

Arnold rogaba en su mente que esa noche fuera eterna...


NOTA:


Day Five: Bloodstream/Smother/Hidden

Día Cinco: torrente sanguíneo/Ahogar/Oculto