Capítulo 7. Eres el inteligente del grupo, ¿a qué sí?
Tenía alto conocimiento de que se veía en toda mi cara.
Las ganas de reír estaban a nada de salir de mi boca, tuve que utilizar cada gramo de fuerza de voluntad para retenerme.
No, no lo hagas, sólo finge naturalidad. Trío de idiotas.
- Quita esa sonrisa, sádica, sólo necesitamos tu casa.
- …. De alguna manera, te las arreglas para que, de hecho, quiera tratarte peor que lo que sea que los ha machacado cual gusanos deprimentes parecen ser – mi voz totalmente baja, sarcástica.
- …
- Hayabusa-san, no es momento para discutir. – Tratando de disolver la tensión, el líder operativo voltea a verme. Creo que me ve, si la recolocación de su cabeza hacia la mía es una indicación.
Malditos agujeros diminutos de las máscaras shinobis, jamás sabes si el que está detrás te está mirando correctamente.
- Lamentamos la molestia tan tardíamente y bajo condiciones inadecuadas, sin embargo, esperamos evocar a su empatía y permitirnos reacomodarnos bajo su techo.
- Iie.
- Oneg…
Cerré la puerta de la cabaña sin miramientos. Regresé a mi asiento mullido del sofá. Un tal Sherlock Holmes me está esperando para resolver el caso de la página 107.
Toques más fuertes que los anteriores azotaron mi puerta nuevamente.
¿De verdad? En el pueblo y a donde sea que fui alguna vez en la vida, no significaba no. No es difícil de entender, ¿o sí?
- ¡Niña!
Ah no, no no. Eso sí que no.
Podrás llamarme sádica, celosa, psicópata, demente, asesina, kunoichi, pero jamás, - jamás en mayúsculas y en negritas - tengas el atrevimiento de llamarme niña. Mi noche se está arruinando, pero tenía una lección pendiente de respeto que iba a mostrarle a ese pequeño bastardo.
Bastet me miraba fijamente con una mirada encantada burlona – ¡burlona! – en su peludo rostro. Furia salía de mis poros, diversión de los de él.
- ¿No vas a hacerle ver su error al inmundo animal?
- Por supuesto que sí, por supuesto que sí.
Abrí la puerta en cuanto empezó a sonar nuevamente.
Doce horas antes.
Todo normal estaba ocurriendo en mi día, una caminata en el pueblo, pasando a comprar la maciza para los fideos udon, hasta que:
- Sakura-chan, ¿escuchaste que al fin van a investigar las desapariciones de los cadáveres del kokujin bochi?
- ¿Al fin las autoridades han destinado su valioso tiempo para salir de la residencia de nuestro amado Daimyo-sama para verificar lo que ocurre en nuestra pequeña localidad? No se vayan a cansar, deberíamos traerles agua a hombres tan sedientos de poder, perdón, por ayudar, ayudar – La florista reía con cada palabra sarcástica.
- Iie, mi niña, al parecer le comentaron la problemática a nuestro señor y decidió mostrar solidaridad a nuestras pequeñas presencias.
Mi mano quedo quieta por un segundo, tratando de digerir correctamente lo que acababa de escuchar. Si estaba entendiendo bien, el Daimyo, primo del señor feudal, "dueño" de estas tierras forestales, al parecer había enviado:
- …shinobis, llegaron ayer mi niña, se instalaron en el hostal de Tajima-san, llegaron por la tarde e informaron que investigarían lo que estaba ocurriendo con el kokujin bochi… Sakura-chan, ¿ya te vas?
- Hai… - respondía apresurada – no recuerdo si coloque la suficiente leña para cocer la carne o lo deje sólo para té. No recuerdo con claridad, pero me disculpo Watsimima-san, me retiro a casa – me despedí mientras tomaba mis compras y emprendía el camino a casa.
- Oh… sí, Sakura-chan, aunque deberías de pasearte de vez en cuando por el hostal de Tajima-san, pregunta por ti muy seguido estos días...
- Gracias por todo Watsimima-san, hasta pronto.
Chismes del bosque, chismes del pueblo, en este momento ninguno me llamaba la atención.
Lo único que me importaba era llegar a casa, nuestra casita del bosque. He de asegurarme que seguía ahí y que mi bakeneko estuviera intacto, y que Sacacorhos siguiera parloteando innecesariamente…
Mi corazón y mente iban a mil, pensando en todo lo que podría salir mal con shinobi en el pueblo, tan cerca de nosotros. Tan cerca de mi hermano. Se lo llevarían si algo salía mal… cualquier cosa podría salir mal.
Incoherencias en las conexiones de mis neuronas dejaron espacio de una fracción de segundo para detectar el punto de mira de alguien sobre mi espalda. Seguí caminando tan tranquilamente como una campesina común y corriente, mientras dejaba que la brisa veraniega de junio se llevará los finos cabellos salidos de mi trenza y los elevará suavemente cual pétalo al viento.
Sabía que hoy me veía en extremo menos peligrosa que nunca. Usaba un kimono incompleto de tela semi suelta en el torso, pero ceñido a la cintura, fresca, en tono crema y hueso. Los olanes con aberturas en brazos y antebrazos le daban un aspecto de modesta nobleza, un cinturón de bisutería dorada le daba un lindo contraste al igual que los brazaletes y collares del mismo tono que venían confeccionados al kimono. Me llegaba a las pantorrillas, y en conjunto con mis sandalias del mismo color que el cinturón, los chicos de mi vida decían que parecía una ninfa perdida.
¿Por qué decidí ponérmelo hoy? Porque un Bastet muy molesto y un Naruto aún más enojado, en uno de sus ataques mutuos, decidieron que mi armario era un excelente escenario de boxeo destruyendo parte de mi vestuario.
Este fresco kimono no se salvó; sin embargo, la forma en como quedo medio destruido en la parte inferior le dio un bonito toque, salvaje pero elegante.
Lo admiraba mientras mi hermano y gato causantes de esta desgracia me miraban desde su lugar a donde los enterré. Justo al lado de un hormiguero al cual le arrojé un pequeño cigarro dentro. Ambos quedaron un poco besados por las enormes hormigas rojas, expresiones idénticas de traición dirigidas a mi ofendida persona por el castigo que les impartí.
Sacacorchos por ello me mandó al pueblo, decidido a confeccionarme más vestidos aludiendo a que de cualquier manera necesitaba más ropa de mi tamaño, aunque me quede en mi metro con sesenta y uno, al parecer me rellene en lugares donde una dama debería de tener su buena cantidad de grasa y que mis vestidos anteriores no contemplaban.
Mientras que mi estómago continuo plano y tonificado, mis pantalones ya no me quedaban adecuadamente, los muslos se habían cargado con masa muscular al igual que las pantorrillas por lo que seguido sólo podía utilizar shorts o faltas amplias para ocultar la piel entrenada. Todo que no fuera eso, o la desnudez, me estorbaba.
Mis hombros, brazos y espalda afortunadamente no se hicieron de esa masa, simplemente consiguieron estar tonificados, sin embargo, todo esto era totalmente un desperdicio de calorías perdidas en pensamientos sin sentido cuando seguía sintiendo ese punto de mira, cual objetivo de kunai, en mi nuca.
Alguien me mira y no disimulaba absolutamente nada en hacerlo.
No quería voltear, mi instinto me decía que era peligroso definitivamente. Sin embargo, si no volteaba, , quien me observaba pudiera sospechar sobre mi reacción, y tenía una idea muy específica de quien me veía.
Arriesgando solo una mirada, sin voltear todo mi cuerpo, justo lo suficiente como parecer una civil levemente curiosa por la sensación en mi nuca, deslice mi mirada lentamente, despacio a atrás de mí, donde sabía que se encontraba el hostal de Tajima-san, el único de todo el pintoresco pueblo.
Un par de sandalia de Jōnin en color platino oscuro con textura aparecieron a mi vista, a unos siete metros, seguí mi camino visual por el resto de un cuerpo revestido en negro, vendas, bandas, soportes, todo designado para la carga de su arsenal empezó a aparecer, al llegar al cinturón la tela cambio, ahora transformándose en un chaleco verde musgo con malla negra de fondo. Manos enguantadas en cuerpo negro y muñecas envueltas en vendas del mismo tono, muñequeras con peso liviano, el almacenaje del senbon y kunai favoritos. Más arriba, un torso que se adivinaba firme, no era tosco, para nada, se antojaba tonificado. Apostaba una garra de Bastet que era más músculo magro que masa muscular.
Un cuello delgado, manzana de Adán a la vista, se veía… extraño. Oh, por el tono de piel. Sentí cosquillas desagradables dentro de mí. La cabeza esta justo a centímetros de mi vista… y más arriba… Demonios, me estaba emocionando. Tiene máscara. Hasta aquí termina mi traviesa – maquillada - observación.
El shinobi era un ANBU…
¡… Maldición, era un ANBU!. Más que nunca debo de tener cuidado, pocas veces antes me había enfrentado a los llamados portadores de muerte. Aquellas contadas ocasiones salí con vida apenas por poco. Esos seres eran más demonios de lo que jamás sería mi hermano.
Su máscara diseñada a la forma de karasu, un cuervo, con tintes negros, no existía más color en ella que no fuera el contraste con el fondo blanco de la misma.
No parecía retirar la mirada, la tenía clavada en… mí. Algo electrizante deseaba paralizarme en este momento, únicamente podía ver la oscuridad a través de ambas cuencas, pero desconocía esa sensación. Era como algo que quería retenerme en mi lugar y no dejar de mirarlo.
Exteriormente, intente que nada se viera fuera de lugar, trate de ponerme en su lugar: una chica vestida de ninfa del bosque únicamente teniendo curiosa interacción visual con un hombre que a todas luces podría enterrarme en lo más profundo del cementerio si así gustaba hacerlo; o si así se lo habían solicitado, ya fuera por la módica cantidad de 80 mil a 200 mil ryō dependiendo que tan despechado estuviera aquel que quisiera la vida fuera de tus ojos, o hasta un millón de ryō, dependiendo el señor influyente que fuiste en vida.
Considerando que las misiones de rango D, podían variar de precio entre los cinco a cincuenta mil - dependiendo de la aldea a la que pertenecieras - era una obviedad porque la comunidad ANBU eran una posición económicamente ansiada por la mayoría de la población ninja.
La guerra no fue amable con los niños, especialmente aquellos que eran de clase media y baja.
Por un momento me pareció ver un par de gemas rojas saliendo de las infames concavidades que se hacían llamar ojos en la máscara del ANBU. Jamás había visto algo así. ¿Qué fue eso?
Intenté continuar mi exploración ocular cuando algo llamo la atención del shinobi y volteo brevemente la mirada por detrás de él, hacia la puerta del hostal.
Aproveche por instinto mi oportunidad de escape, desapareciendo como bruma cuando una carreta paso en el espacio entre el cuerpo del shinobi y el mío.
Nadie vio mi escape por fortuna, me asegure cuando me reacomode en los arbustos cercanos a metros del sendero; sin embargo, apenas estaba tocando el piso levemente y en silencio, cuando mayor fue mi sorpresa al ver a aquel shinobi plantado en el lugar de donde yo misma había estado de pie hace unos segundos.
Volteo la cabeza, buscando. Sensor. Por fortuna, cada vez que salgo al pueblo cuido que mi chakra no sea mayor al de una ardilla, de esa manera, estos sensores no podrán encontrarme en un bosque cuya población de roedores es inmensamente mayor al número de ciudadanos de una gran aldea shinobi.
Sin embargo, el tema está en que jamás había visto a alguien moverse a esa velocidad, era ridículo. Nadie que no fuera yama-uba.
Debía informar este nuevo avance a los chicos en casa, por fortuna tenemos planes para este tipo de situaciones, sin embargo, algo me está molestando.
Un ANBU, nunca está solo, no de día. ¿Dónde se metieron aquellos compañeros suyos?
- Buen día, discúlpeme la intromisión, estamos investigando sobre las desapariciones dentro del kokujin bochi, ¿está disponible para hacerle unas preguntas? – Un tenor, atenuado, que se antojaba elegante hablo a mis espaldas.
Al llegar a casa, no tuve tiempo para cambiarme de ropa, hasta que no termine mi relato con Naruto, Bastet y nuestro mueble - organiza cosas - parlante.
Como debía de ser, decidimos el mejor plan estratégico con el que contábamos. Es así como mi hermano paso a mudarse brevemente a la montaña de la princesa dormida junto a Bosu-sama y su manada.
Afortunadamente, en una cabañita mucho más pequeña que la nuestra, abandonada en lo alto, ya la habíamos equipado con lo necesario para su estancia. Sin embargo, eso no apagaba el agobio de mi corazón al ver partir la espalda de Naruto al lado de Bosu-sama con pergaminos de viaje, directos a su nuevo hogar temporal. Mi corazón se estrujaba con cada paso. Es por tu bien, intente convencerme.
Sospechábamos que esta situación no duraría más allá de la semana, si es que la reputación de estos shinobis descrita en los libros Bingo era algo que decir.
La Máscara de cuervo fue un fuerte indicativo para proseguir con cuidado con cada palabra que decidiera salir de mi boca de ahora en más, justo como ahora.
- Sal de mi huerto.
Voz tajante, expresión seria teñida de fastidio, visión de una campesina con vestido de ninfa bajo un delantal desde el suelo arrodillada, fue lo que recibió al shinobi que aplastaba mis berenjenas. ¿Ese animal tenía esas sandalias para pisar indiscriminadamente todo lo que estuviera bajo el suelo?
- Sabemos que puede tener mucho trabajo por lo que no tomaremos mucho de su valioso tiempo. Serían unas preguntas muy brev… - Prosiguió el maleducado este.
- Y yo te di una orden muy simple, u obedeces o te retiras con la poca dignidad que dejaré embarrada en el suelo – levanté mi canasta con los tomates cosechados, caminando directamente a lo que ahora eran tres machos ninjas.
Dos de ellos, por detrás del que me dirigía la palabra. Entonces es una célula de tres machos. Jóvenes si el olor es correcto. Acento, del país del Fuego, más que confirmado por la banda que portaba cada uno en sus brazos.
Los tres tenían el mismo traje estándar, aunque era una combinación extraña, nunca me había tocado ver vestimenta ANBU disfrazada por encima con chalecos de rango Jōnin, las tintas en sus máscaras eran lo único distinto entre ellos.
En cuanto a altura, parecían una escalerita humana. El que estaba por delante, quien tuvo la osadía de aplastar un precioso bebé berenjena, era el más alto, pero únicamente por uno o dos centímetros, era casi idéntico al que vi en el pueblo a no ser por el largo de su cabello, quien estaba justo a su mano derecha por detrás.
Este mocoso insultante tenía cabello negro, tan oscuro como una noche sin luna ni estrellas, pero parecía que acababa de salir de la cama, muy revoltoso, pero corto y rizado.
A su mano izquierda, a dos pasos detrás, estaba el más pequeño de los tres, pero lo vislumbraba cerca de la altura de mi hermano, tal vez metro con setenta y cuatro, lo que indicaba que los otros dos eran más altos – levemente – a mi hermano. Este ninja por alguna razón inexplicable tenía un pato negro en la cabeza, cabello puntiagudo oscuro, pero cual río en la oscuridad, azulado, no tan rebelde como el del anterior, sino más como encerado duramente. Parece que lo chamusco un rayo y su cabello electrificado quedo como evidencia.
Y el último, el shinobi que vi en mi recorrido al pueblo, a mano derecha del mocoso que aún no retira su enorme patota de mi retoño. Había algo en él, no pude descifrarlo en los dos segundos de observación que di en general, pero ese me parecía - por su lenguaje corporal - el líder de esta pandilla. Sin embargo, el hecho de que hablará primero un posible subordinado, si mi deducción era correcta, significaba que estaban actuando como taichos, capitanes, del más pequeño, quien, por el sonido de su respiración, diría que no estaba acostumbrado al uso de la máscara.
Los tres congelados en el tiempo, mientras parecían digerir mis palabras:
- ¿Disculp… - Intento de nuevo el seudo líder, una vez que pare mi andar enfrente de él.
- No mostraré modales, ni educación alguna a quien no presente la misma cortesía, especialmente en mi propia casa – Conteste cortante, mi voz tranquila traicionando la ceja levantada que le dirigí al shinobi de cabello rizado.
Aunque mi altura parecía fastidiosamente pequeña para el trío, fingí ignorancia de que mi cabeza quedará a la altura de su barbilla, y proyecté un aura de fastidio y altanería.
Baje mi mirada a donde estaban plantados sus pies.
Ni él ni sus compañeros parecieron ver el error.
- Cuando me otorgues primero el permiso de entrar a tu casa, me encargaré de aplastar a tus mascotas hasta que las consideres irreconocibles, ¿te parece? – voz más aterciopelada y una sonrisa deslizándose por mi rostro.
Yuki-chan dice que me salen excelentes estas sonrisas porque son reflejos de mi imaginación realmente simulando los escenarios que relato.
Él continúa mirando entre el suelo y yo, curiosidad y temor de haber cometido una ofensa, se siente en el aire, así que decido sacarlo de la ignorancia:
- Después de estar altamente vigiladas y procurar el clima ideal para ellas, las berenjenas tardan cuatro meses en madurar. Muchas gracias por arruinar cerca de noventa días de arduo trabajo – sonrió maléficamente.
El shinobi se mueve inmediatamente un paso a la izquierda, sin saber que está pisando.
- Muchas gracias por arruinar ahora otros 120 días desquitándote con mis pobres espinacas. – Comente manteniendo mi falsa sonrisa, insinuando la molestia creciente por la estupidez agrícola del joven.
- Oh discúlpeme tanto… - El pobre ninja no sabía dónde meterse, vi como intento colocarse en puntillas, pero para mí fue suficiente de sus desgracias.
- ¿Por qué no llevan su persona, no invitada, fuera de mi huerto hasta que termine de arreglar los estragos que un mastodonte, sin conocimiento por los buenos modales, ha ocasionado? – Hable con fastidio resentido en la voz y una sonrisa sacada del repertorio de mi top en sarcasmo, sin soltar la canasta dirigiendo mi molesta mirada a los otros dos, quienes estaban inmutables - ¿Puedes o te llevo de la mano Shinobi?
El ninja con tendencias por el asesinato vegetal parecía sinceramente arrepentido. Los otros dos no pronunciaron palabra alguna, simplemente dieron media vuelta y salieron, aguardando por su compañero afuera.
Un "Discúlpeme" muy discreto de una cabeza avergonzada fue lo que percibí cuando me arrodillé nuevamente para cuidar de los bebés de Sacacorchos. Este huerto es su lugar especial en todo el mundo, jamás pararía de quejarse si se daba cuenta de cualquier desperfecto. Menos de un berenjeminicidio.
Suspiré. Estos iban a ser días duros, si esta primera conversación era un preludio de lo que venía.
¿Cómo iba a saber que eso era un invernadero si está cubierto de madera? – Escuche tenuemente desde afuera.
Ahhh…. Otro suspiro más largo esta vez. Sí, definitivamente más duros.
- Entonces, ¿está segura de que no ha escuchado o visto algo?
- … Te refieres a si estoy segura de tener dos ojos totalmente funcionales y no haber visto con ellos a estos… ¿cómo los llamaste? Oh, si: "muertos vivientes", vagando ¿por ahí? Oh déjame pensar, mmm, - chasqueo con la lengua - Creo que vi uno, conversamos esta mañana, pero el rocío lo estaba matando de frío. Espera, ¿o tal vez se moría por vivir? - sonrío gatunamente.
- …-
Sentada en una mesita que estaba en el jardín delantero – entiéndase todo el verde claro - continue tomando mi taza de agua fresca. Mientras se quedaban de pie frente a mí, les ofrecí a nuestros invitados non gratos, sin embargo, miraron las tazas y las dejaron intactas. "No les escupí, si eso es lo que piensan… aunque ganas esencialmente no faltaron" fue el murmullo que ellos escucharon cuando comencé a beber.
Tenían cerca de veinte minutos preguntando sobre lo ocurrido en kokujin bochi. Aparentemente, en nuestro cementerio local, por alguna razón llamado: el oscuro cementerio, kokujin bochi, han estado desapareciendo los cadáveres; no había problema en cierta manera porque sucedía de vez en cuando que los coyotes semi urbanizados desenterraban los cuerpos y se los llevarán a otra parte a degustar. Asqueroso, pero así ocurría.
En cambio, en los últimos seis meses habían desaparecido el ochenta por ciento de los cuerpos, no es que falleciera mucha gente, pero la aldea había tenido su parte justa de soldados caídos en la última tercera gran guerra shinobi por lo que eran cerca de unos cien cuerpos, a saber, dónde se habían alojado actualmente.
No habían sido los coyotes, conclusión a la que llegaron los aldeanos por la forma de la tierra, ya parecía más como que no fue algo externo tratando de llegar a los difuntos, sino más bien, parecía que desde adentro se habían escapado los cuerpos. Como si los difuntos se levantarán.
Esto ya llevaba algo de tiempo y no fue sino hasta que el cuerpo de la querida esposa del señor feudal desapareció que este, tomando un favor familiar, le pidió al Daimyo mandar ayuda y apoyo, y que mejor que enviando shinobi de la Aldea de la Hoja.
"Estamos para cuidarla a usted, amigos y familia". Al menos esta es la historia que estos cautelosos ninjas- mata espinacas- me han contado.
¿Por qué no creerles si están para cuidarnos? Porque a pesar de que en efecto tenemos un problema de cadáveres fugitivos por ahí, el Daimyo jamás habría agotado recursos tan valiosos, enviando a shinobi de alta gama: tres ANBU, y más aún, conforme la solicitud de "proceda con cuidado" que me dio Bastet cuando le conté sobre el movimiento en rojo que vi en los ojos del shinobi; en resumen, el líder no era un shinobi cualquiera.
Un poderoso magnate heredero como al Daimyo, le interesa el beneficio que puedan recolectar a sus arcas de dinero y poder, ya sea en fuerza shinobi o civil. Nuestra aldea no era productora, ni turística, altamente autosustentable, no era un lugar al que decidieras ir de vacaciones o por gusto a la cultura en general.
Aquí hay algo más y es justo a lo que vienen a investigar los ninjas que ahora me miran, indecisos sobre si esta campesina es simplemente molesta por querer fastidiar o mi personalidad en general.
- ¿Han pensado en enterrarse ustedes mismos? Tal vez descubran quien los desentierra, a menos claro, que se olviden de su persona ahí abajo.
El trío quieto, sin moverse ni quejarse sobre mi comportamiento.
Supongo que entendieron que yo era, una mamá berenjena vengadora por siempre en búsqueda de justicia por la muerte de su niño.
- No quisimos insinuar que usted estaba mintiendo, simplemente que el cementerio queda más cercano a esta cabaña y por el desplazamiento de ciertas pisadas que parecían ser arrastrados, llevan a la parte sureste del bosque. El lugar habitable más cercano a ello es esta casa.
El ninja de cabello rizado, el único que se ha dignado a hablarme, describe el lugar a donde Naruto va a meditar cada mañana.
¿Tan cerca?
- Cualquier rastro desaparece no bien florece el río, y usted sabrá que, al parecer, es el desemboque de varios caminos hidráulicos río arriba. No hay más señales ni huellas que puedan indicar que alguien los cruzo al otro lado, para caer al lado contrario de la montaña.
- …-
- Sin embargo, uno de los taladores del pueblo, nos comentó que hace apenas tres semanas, durante su recorrido, escuchó y vio lo que pareciera ser el abuelo de uno de sus amigos, alguien fallecido cinco años antes, caminando totalmente solo y moviéndose hacia el sendero que lleva a este lugar.
- …-
- Viéndolo desde esa perspectiva, los pocos rastros obtenidos en el cementerio indican solo un par de huellas, como si la tierra hubiera sido jalada desde abajo, justo sobre las cajas funerarias. Sobresaliendo solo en algunas ocasiones parecieran pisadas con cierto retraso al andar, como de alguien con torceduras en alguno de los pies. No hay más rastros, ni más de alguna persona cerca o incluso rastro animal.
- …-
Estaba muy seria tratando, lo juro, tratando tan duro pero no pude evitarlo. Bostece.
Supongo que el menor de los ninjas se desesperó una vez que vio mi bostezo de boca completa, a gusto, sólo cubierto por mi mano. Una dama no muestra su boca totalmente abierta.
- ¿Fuiste tú?
En mucho tiempo, es la primera vez que quiero reírme a carcajada abierta frente a un desconocido. Este tonto...
- Por supuesto que sí.
El trío, desconcertado, se congela. Sé por qué. A propósito, lo dije sonando como una verdad, y, por tanto, piensan que soy yo de verdad, o al menos los he hecho sospechar. Están entrenados en micro expresiones. No saben si soy alguien malvada por naturaleza o simplemente una civil molesta que casualmente parece decir la verdad por medio de una mentira. Sus músculos tensos por un momento antes de que toda su experiencia shinobi entre en camino. Un verdadero criminal no se revelaría así.
- …-
- ¿Qué esperas? Atrápame ninja – le dije seria, serena, mientras tomaba el resto de mi taza.
Su voz, también atenuada por la máscara, era de un tenor más bajo que la de su taicho, no era chocolatosa, era más como sake caliente en una noche tormentosa. Su olor era azul oscuro con tintes de rojo y fuego. Tal combinación sólo podía ser tan bien mezclada junto a una personalidad que figure como: adolescente.
- … ¿Lo dices de verdad? – él contestando estupefacto, al igual que como quedaron sus compañeros shinobis si su tenso cuerpo era un indicador.
- Por supuesto, evidentemente te falta encontrar el vínculo entre mi alta necesidad de cuerpos humanos en putrefacción; y agruparlo a mi falta de voluntad para aguantar a seres tan defectuosos, cuyos órganos estuvieran envenenados con la sangre toxica de sus hígados, y sumarlos en una forma de utilidad a mi beneficio.
Moví mi mano señalando mi invernadero:
- Bajo esa forma de pensar, los cuerpos los he estado utilizando como abono para mis deliciosas fresas.
Le sonreí cuando al fin capto el sarcasmo:
- Considerando tu personalidad de cocodrilo, no sorprendería que tuvieras esqueletos ahí.
- ¿Ese es tu mejor intento? ¿De verdad? Existiendo un vocabulario tan amplio de nuestro colorido lenguaje y se te ocurren sólo... ¿cocodrilos? – lo miro con decepción negando con la cabeza.
Lo señalo con el dedo índice a su compañero de cabello rizado.
- Recomiendo sacarlo a pasear más a menudo. Soltarle la correa para que crea que es independiente. Mejorará su autoestima. Si no resuelve su problema de analfabetismo, un periódico envuelto bien colocado en la espalda reiteradas ocasiones funcionará.
- ¡Tú! – avanza el shinobi ofendido un paso dejando salir su voz en gruñido.
- Quieto, muchacho – digo cual orden a un perro, mirando al cabeza de pato.
- Sakura-san, sabemos que hemos ofendido tu casa – miro al de cabello rizado cuando habla dejando ver lo que pienso de su comentario – de lo que nos disculpamos de nuevo. Sin embargo, requerimos tu apoyo. Si has visto algo extraño, por mínimo que sea, sería de utilidad en nuestra investigación.
Suspiro profundamente mirando un momento al shinobi dejando salir mi respuesta:
- Evidentemente, algo de mi psique estaría rota si estuviera tan dispuesta como para creerles que existen algo como los cuerpos de muertos que desean salir de sus tumbas. – haciendo comillas en el aire, no pare mi diatriba hasta dar a entender mi punto de lo estúpido que consideraba todo esto.
- … ¿Entonces no fuiste tú? – pregunta el cabeza de pato
- … Eres el inteligente del grupo, ¿a qué si? – me burlo astutamente.
Se adelanta un paso hacia donde yo estaba sentada. Este niño me daba tanta gracia.
- Hayabusa-san – Fue una orden. Voz realmente baja, pero con terciopelo encima
El único hombre al que no había escuchado, al fin dijo su primera palabra y fue para detener al mocoso jōnin con ínfulas de adolescente malcriado.
Este hombre seguía teniendo un magnetismo al que no quise caer todo este tiempo.
El chakra de los tres estaba oculto desde que llegaron al claro de mi terrenito, pero se podía sentir aun así la vibra de cada uno.
El que tenía la máscara de pantera, se sentía en efecto como un gatito juguetón escondiendo peligro inminente.
El que tenía la de halcón, pareciera ser el de un mocoso arrogante.
Pero este último, el de la máscara de cuervo, se sentía …altamente … dominante. Pero no en un aspecto agresivo. No. Era más como un instinto, síguelo. Parecía calmarme y ponerme nerviosa.
Sin embargo, mi teoría es que ambas emociones tan contradictorias en mi eran porque: uno, era un ANBU; dos, olía como mi condimento favorito, canela picante con toque a menta.
La familiaridad de uno me hacía disyuntiva con el peligro imperioso del otro. Sí, eso era.
- Lamentamos la molestia, entendemos su molestia al tratar con desconocidos. Nos disculpamos y le agradeceríamos pueda apoyarnos en caso de más consultas en el futuro. – Dijo en un tono educado, muy superior, al infame cabeza de pato.
- Si entendieran realmente mi molestia, sabría que los desconocidos no son mi problema – una dama no alza la voz ni discute, solo expone puntos de vista distintos.
Nos miramos a los ojos brevemente, viento suave deslizando los pocos mechones que salieron de mi rosada trenza. Estaba cayendo la tarde, el sol a los laterales nuestros:
- Compensaremos cualquier molestia en su huerto - ¿Acaudalado? Los shinobis no pagan desperfectos colaterales.
- Olvide mi huerto y arreglen este desastre con el kokujin bochi, personalmente no tengo a nadie ahí; sin embargo, muchos viejos conocidos de la familia residían en santo descanso – una dama siempre es cordial con quien lo es con ella.
- Exploraremos el bosque en búsqueda de más pistas o los cuerpos, por lo que podría vernos de vez en cuando, por favor no se asuste, trataremos de no importunarla nuevamente -
¿Esta insinuando lo que creo que esta insinuando?
- Escuche sobre los rumores hace meses; sin embargo, si lo que buscan, conforme su descripción, es algo que se está moviendo constantemente, les recomiendo que consideren tomar el mismo tiempo porque el bosque es grande y tiene sus propios peligros. No saben lo que se pueden encontrar.
No quise que sonará a advertencia, pero por alguna razón cuando intento ser positivamente seria pareciera que soy más una profeta malvada. Eso dice Bosu-sama.
- Lo tendremos en cuenta – Reverencia perfecta ante un civil, ni muy abajo ni desgarbado.
Los otros dos lo imitan, dando por terminada la tarde con mis nuevos vecinos al parecer.
Permanezco sentada, incluso cuando ya no aparecen a lo lejos del sendero directo al pueblo, dos kilómetros de distancia les espera, en velocidad shinobi promedio serán ocho minutos en que lleguen al hostal con sus pertenencias.
Confirmando que ya no están sus lecturas de chakra, ni alguna vibración, mi gatito baja el genjutsu que cubría su invisibilidad sobre mi regazo.
No es un gato pequeño, pero se las arregla para caber en mis muslos.
- Salió tan bien como se podría imaginar.
- Sospechan de mí.
- Eso es obvio, tontos si no lo hicieran, idiotas masivos si no descubren lo que eres.
Lo miro un momento, rememorando las palabras del shinobi; me estarían vigilando.
- Estas demasiado nerviosa, debes relajarte para que todo fluya.
Suspiró.
-No puedo evitarlo, es su vida de la que estamos hablando aquí, parece que estoy jugando con ella.
- En primer lugar, seikō, nunca debes de valorar más vida que la mía propia, - mis ojos en blanco -, en segundo lugar, contrólate. De lo contrario, nuestra planificación perfectamente diseñada de años llenos de duro esfuerzo será enviada a la basura por tu impertinencia; recomiendo té con leche de lavanda con jengibre, parece calmarte siempre; y tercero – esta vez el micifuz dirige la mirada a donde yo la lleve segundos atrás – toda vida es un juego, no lo olvides.
