Domingo por la mañana, el día en el que los duques de Row junto a sus dos hijos y parte de la servidumbre, asistían a misa. Una mañana típica en la campiña inglesa, húmeda, brumosa y verde, con el rocío de la matinal mojando sus pies y enrojeciendo sus frías narices.

— Tome mi mano, my lady — ofreció el duque Aren Row a su esposa, para subir los escalones del monasterio de forma segura — Ten cuidado, ya que es piso está algo complicado —

Sus hijos venían a unos metros de distancia conversando entre ellos y sin prestar mayor importancia a lo que pasaba a esas horas de la mañana.

— Lo tendré, cariño — levantó la falda con la otra mano — Dea, querida… — llamó a la criada detrás.

— ¿Sí, alteza? — se acercó inmediatamente.

— ¿Podrías hacerme un favor antes de que la misa comience? — le entregó una pequeña bolsita de terciopelo azul con cuidado — Es el relicario de mi madre y lo traje a bendecir — apretó el mismo como si fuera un valioso tesoro — ¿Podrías llevárselo al sumo sacerdote por mí? —

— Por supuesto, señora — hizo una reverencia llevando ambas manos al pecho — Lo cuídare bien —

Giró sobre su propio eje y pasó junto a los pequeños duques, pero uno de ellos, no le permitió seguir.

— ¿A dónde vas? — exigió saber, ya que caminaba en sentido opuesto.

— Por un recado de la duquesa, joven maestro —

Desde que comenzaron a tener intimidad por las noches, no podía mantenerle la mirada o mirarlo a la cara, cada vez que se encontraban de forma casual dentro del ducado.

— Yo te acompañaré — soltó el brazo de su hermana — Este lugar es muy grande y podrías perderte —

— No es necesaria su consideración, joven maestro — se alejó unos pasos de él — Soy una sirvienta y si eso ocurre, pediré indicaciones a alguno de los monjes o frailes de aquí —

Miró a la joven a su lado con pupilas suplicantes. La princesa Eyra, era conocedora de su oculto romance y ahora, necesitaba su ayuda más que nunca.

— Pero…—

— Ella estará bien, Lai — llevó una mano a su brazo, interrumpiendolo — Tú sabes lo religiosa que es nuestra madre y lo diligente que es, cuando las personas retrasan sus órdenes — excusó tontamente.

— Sí, tienes razón — suspiró cansado — Ve —

La dejó ir con un ademán extraño y así lo hizo. No apartó sus ojos de ella hasta que la perdió de vista al doblar por una de las esquinas del jardín.

— No puedes seguir así, Lai — murmuró por lo bajo y siguiendo su andar, procurando que nadie más oyera — Tú sabes lo que podría pasarle, si nuestros padres se enteran de lo que tú haces con ella por las noches —

— ¿¡Cómo lo sabes!? — preguntó en mismo tono exaltado al deternerse y apartarla a un lugar más privado — Ya sé, no me digas nada…— se apretó el entrecejo levantando la mirada — Irene — habló seguro, pero se equivocó.

— No, Dante — aclaró su errir — Él me lo dijo y no compares mi relación con él con la tuya — le apoyó el dedo índice en el pecho dando a entender la gravedad del asunto — Keilot está de acuerdo en que lo mantenga como mi amante y sirva como herramienta para romper nuestro compromiso, cuando el momento llegue —

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella amaba a ese mozalbete de quinta y no estaba predicando con el ejemplo. Además, como si no fuera suficiente, tenía el tupé de reclamarle a su hermano lo mismo que ella estaba haciendo.

— Eyra… — la sostuvo de los hombros inclinándose a su altura — Si tú estás…—

— Silencio, Lai — quitó su agarre de un golpe — Yo sé lo que hago — siguieron camino dando por cerrado el asunto.

Y como fue predicho, se perdió dentro de ese vasto lugar. Había caminado kilómetros dentro del recinto principal y los alrededores, pero no pudo hallar al sacerdote, algún monje o fraile para pedir orientación.

— ¿Quizás sea aquí? — abrió una enorme puerta de dos hojas frente a ella — ¡Por todos los dioses! — murmuró asombrada y abriendo muchos los ojos — ¡Es más grande que la biblioteca del duque! — cerró despacio y sin hacer ruido en lo absoluto para no ser descubierta — Es muy hermosa —

Recorrió con los dedos los lomos de los libros en la estantería más cercana, hasta que su cuerpo cayó al suelo de un golpe sordo. Uno de los monjes se encontraba tomando una siesta y el cual, no lo había visto bajo sus pies hasta caer.

— Lo siento, señor monje —

Susurró azorada y observando a los intensos ojos grises del hombre que la sostenía entre sus brazos.

— ¿Se encuentra bien, señorita? —

Habló con voz profunda. No aparentaba más de veinte años.

— Sí, lo lamento — se apartó un rizo del rostro con mucha vergüenza — Sinceramente, no lo ví dormido aquí —

— No se disculpe — la ayudó a incorporarse cuando él lo hizo — La culpa fue mía por haberme quedado dormido en un lugar poco práctico — rascó su cabeza riendo como tonto — Soy una persona peresoza y mi maestro me vuelve loco —

Ella río con él, se veía un joven simpático y divertido. Además de ser alto, muy alto, media una cabeza más alto que ella y su cabello era tan brillante como el cobre, ridículamente despeinado y cayendo desprolijamente sobre sus tenues rasgos infantiles, que aún quedaban en él.

— Sé lo que se siente — parecía que podían hablar por horas y horas, sin detenerse — Trabajo en el Ducado y siempre hay mucho que hacer todos los días — le enseñó lo que llevaba en mano — Es más, creo que esta es la prueba de fuego para convertirme en una de las doncellas de la duquesa, si hago bien este recado — lo levantó en alto tomándolo de la cadena después de sacarlo de la bolsita — ¿Sabe dónde se encuentra el sumo sacerdote?, Tengo que entregárselo para que lo bendiga — negó con la cabeza de un lado a otro — Que pena —

— Ahora lo entiendo — observó el relicario con curiosidad y luego, a ella — Eso demuestra tu aire de sofisticación y gracia, pequeño ángel — tomó uno de sus rizos a modo de juego — Te convertirás en una hábil doncella en muy poco tiempo —

— Eso espero — guardó el relicario en uno de los bolsillos del mandil — Estoy cansada de ser una triste sirvienta —

— ¿Triste? — descansó su cuerpo de brazos y piernas cruzadas en la estantería — A mí me resultas una persona muy divertida — la miró con interés de arriba a abajo — Y muy bella, también — sonrió amistoso — Tienes unos ojos muy bonitos — su semblante cambió de repente — Me recuerdan a los de mi madre —

— Gracias, es muy lindo saberlo — respondió conmovida, ya que no percató o percibió una doble intención en él.

— Tú te pareces mucho a ella — acercó una mano a su rostro acariciándolo con el pulgar — Los mismos ojos, la misma boca y el mismo espíritu —

Ella se petrificó, observándolo con melancolía. Encontró algo muy familiar en él y sobre todo, en sus hermosos ojos. Parecía como si alguien hubiera atrapado un rayo dentro de una botella y ocultando detrás de ellos, una de las fuerzas más terribles de la naturaleza, como también, un triste pasado.

Unos pasos en el oscuro silencio del lugar, llamaron su atención por un momento. Alguien había entrado a la biblioteca.

— ¿Interrumpo? —

Pronunció la profunda y rasposa voz del joven duque a unos metros.

— Por supuesto que no, joven maestro — respondió nerviosa, inclinándose.

— Mi madre te está buscando — su mirada profunda no se apartaba del sujeto junto a ella.

— Lo siento, me perdí — explicó atemorizada — Y el señor monje aquí, me estaba brindando ayuda — intentó justificarse en vano.

— Eso veo — cruzó los brazos en una pose dominante — Ven aquí y vámonos — asintió incómoda y siguiendo sus órdenes.

— Pequeño ángel — la detuvo de un hombro evitando que diera un paso más — El sumo sacerdote es mi maestro — indicó, ignorando al duque — Si tú quieres, puedo hacer el recado por ti —

— No lo sé — se removió inquieta por su agarre — No me parece bien, este relicario es muy preciado para la duquesa —

— Prometo que lo cuidare con mi vida — llevó su otra mano hacia el corazón en forma de juramento — No puedo mentir, soy un monje y es uno de mis principios —

— ¿Joven maestro? — giró hacia él, recibiendo de su parte un gesto desinteresado — Está bien y gracias, vendré por él más tarde —

Se lo entregó con cuidado y quitándose un rizo del rostro. Ese gesto tan único e inocente, robaba suspiros y corazones a cualquiera que dirigiera sus ojos ella, como era el caso del joven duque que no podía dejar de mirarla, así lo intentara con todas sus fuerzas.

— Excelente — lo guardó en su túnica — ¿Cuál es tu nombre? — quiso saber.

— Mi nombre es… —

— ¡Vámonos ya! — tiró de su mano sin poder soportar, ni un solo minuto más, su toque sobre ella — ¡Tú ve al Ducado cuando esa cosa esté lista! — asintió a su orden sin mayor importancia — ¡Y pregunta por mi madre cuando lo hagas! — le apuntó con un dedo a la cara — ¡No quiero que te acerques a ella! — advirtió amenazante.

— Usted no me da órdenes — no se dejó intimidar por sus palabras — El ducado Row no tiene jurisdicción aquí —

Totalmente cierto. El ducado no podía gobernar la iglesia o el monasterio a su voluntad, ya que se trataban de poderes sumamente independientes.

— ¡Escúchame bien remedo de…! —

— Joven maestro — tiró de su manga evitando el caos — Creo que debemos irnos ya, ¿Verdad? —

Su hermoso rostro y serena voz, le trajeron paz.

— Sí, lo lamento, preciosa — su actitud sufrió un cambió drástico — Creo que acabo de perder mi papel por un segundo —

— Está bien — sonrió tranquila — Gracias por su ayuda, señor monje — se inclinó ante él — Espero verlo pronto —

— Yo también, ten un buen regreso a casa, pequeño ángel — los vió partir en silencio — Tienes que ser una de ellas, estoy seguro —

Murmuró al encontrarse solo. Volvería a verla y era una promesa.

— ¿Y qué más pasó? ¡Cuéntenme! —

Preguntó, sentada sobre las piernas de su hermano mayor, ya que la había traído hacia él después de una pequeña riña de insultos épica.

— Ssshhh — respondió Logan con la oreja apoyada en el vientre de su hermana, mientras ella le acariciaba la cabeza. Tenía el mismo toque angelado que su madre — Estoy escuchando a nuestro sobrino, silencio —

— ¿Cómo sabes que es niño? — quiso saber incómodo, ya que Gaia no dejaba de picarle el rostro con un dedo — ¡Basta, enana maldita! —

Intentó morderle la mano al acercarla a su boca, pero no pudo hacerlo, ya que chilló de la impresión, apartándola.

— Porque yo sé muchas cosas — dejó su cabeza en donde estaba, algo muy relajante estaba pasando allí dentro y no quería perdérselo — Será niño y se llamará Sebastián, como nuestro bisabuelo —

— Me encanta, es un nombre muy hermoso — su mano aún seguía en él — Espero que a su padre también le guste —

— A él no le agrada nada de lo que yo diga o proponga — besó su palma con ternura, su calor le daba paz — Pero estoy conforme de ese psicópata te haga feliz, hermanita —

No pasó mucho tiempo hasta que volvieron a encontrarse. De hecho, la reunión con la duquesa y el sumo sacerdote, fue concertada para el día miércoles dentro de las dos próximas semanas. El tiempo se hizo entreno para uno de ellos, pero prefirió ser paciente y esperar.

— Mi niña — ella dió un paso al frente al ser nombrada, la duquesa siempre la llamaba así — ¿Quieres acompañar al joven monje a dar una vuelta por el invernadero, mientras hablo con su santidad? —

— Como ordene, my lady —

Inclinó la cabeza y lo invitó a salir con ella a los pasillos interiores de la mansión que dirigían al invernadero de cristal. El duque le había mandado a construir a su esposa como regalo de cumpleaños hace unos años.

— Te ves un poco cansada, pequeño ángel — habló después de un rato de caminar en silencio — ¿Te encuentras bien? —

Su aspecto lozano de hace unas semanas atrás, se había marchitado como una flor y ahora, su semblante era enfermizo y lúgubre.

— Lo siento, señor monje — se apartó un rizo del rostro un tanto avergonzada — Pero acabo de recibir razones de mi hermana en la capital y creo que la noticia me ha sentado fatal — suspiró fuerte y abriendo una de las puertas que daban al invernadero — No pude dormir en toda la noche después de leer su carta — llevó una mano al faldón de su vestido y pensando si debía enseñársela para recibir consejo — Hace casi tres meses que mi hermana se fue de aquí y no deja de meterse en problemas, desde un entonces —

— ¿Quieres contarme? —

Habían llegado. Era un lugar hermoso, cálido y colorido, incluso exóticas mariposas revoloteaban por doquier. Pero él no estaba allí para admirar el entorno, tenía que hablar con el pequeño ángel que cada vez más, le recordaba a su bella madre.

— Sí, por favor — tomaron asiento juntos en una pequeña banca debajo de un cerezo en flor — Pero no sé por dónde empezar —

— Por el principio, tenemos todo el tiempo del y prometo que todo lo que digas, permanecerá entre nosotros — admiró su perfil en silencio esperando que hablara por unos cuantos minutos — Te escucho —

Asintió agradecida por brindarle su confianza, inhaló profundo y abrió la boca para poder empezar.

— Como dije, mi hermana huyó de aquí hace unos tres meses — pequeños pétalos rosados caían sobre ellos como en un encantamiento — Tuvo un fugaz amorío con el hijo mayor del conde Hellsing y aterrada de su suerte, decidió huir a Londres —

— ¡Vaya! — abrió los ojos gigantes por la sorpresa — Según dicen, el conde Hellsing es un monstruo y de hecho, es como una leyenda dentro del ejército, es un verdadero tirano — habló por lo bajo mirando alrededor y evitando ser oído por extraños — Y además, tengo entendido que, su hijo está comprometido con la princesa Eyra — asintió muda — Tiene sentido que tu hermana haya escapado de aquí después de eso —

— Sí, el conde es de temer, pero su hijo es muy dulce y todo un caballero — era consciente, desde siempre, de cómo el pequeño conde admiraba y amaba a su loca hermana desde que era un niño — Y por esa razón, movió el cielo, mar y tierra para tratar de encontrarla, después de romper su compromiso con la princesa al descubrirla engañándolo — cerró los ojos con fuerza al recordar lo escrito en la carta por su hermana.

— Y como puedo deducir al ver tu cara, lo hizo, la encontró mucho antes de lo que imaginaban — asintió con los labios apretados en un gesto turbado — ¿Qué más pasó, ángel? —

Le apartó un rizo detrás de la oreja para invitarla a continuar y compartir su pesar con él.

— ¡Todo fue un caos! — tiró de su cabello hacia atrás para admirar la lluvia de cerezos sobre sus cabezas — ¡Él la encontró en Fleming's, el lugar en donde ella trabajaba como cantante desde que llegó a Londres e intentó llevársela a la fuerza, arremetiendo a puño limpio contra el público! — tenía un enorme don de la narración, ambos podían verlo frente a sus ojos con cada palabra — ¡Pero mi hermano se lo impidió y casi se matan a golpes el uno al otro, cuando intentó sacarla del club! —

Sentía orgullo y también mucho temor, por lo que podía pasarles a sus hermanos a partir de ahora.

— Tu hermano debe ser demasiado temerario, como para trenzarse en una riña golpes con el hijo de uno de los condes más poderosos de Londres por su hermana —

Estaba fascinado, pero la cara de preocupación de ella, no le permitió expresar toda la emoción y admiración que galopaba en su pecho a viva voz. Daría cualquier cosa por conocerlo y felicitarlo en persona.

— Sí, lo es — admitió cohibida — Él es el dueño de Fleming's, de hecho — se removió inquieta de un lado a otro — Tiene mucho dinero, demasiado para mi gusto, pero eso no lo hace intocable para la nobleza, la justicia o la corte — llevó las manos en puño a su pecho llena de angustia — Tengo mucho miedo de que algo malo pueda pasarles a mis hermanos, si el conde toma represalias contra ellos y al ser conocedor de lo que pasó con su hijo en el club — respiró profundo para poder seguir y evitar llorar — Quiero verlos, pero no cuento con el dinero suficiente para viajar cómoda a Londres en este momento — sus palabras salían de su boca por si solas y se incrustaban en su corazón como dagas — Todo lo que tenía se lo envíe a mi hermana cuando escapó de aquí y ahora, no sé qué hacer — estiró sus dedos, nerviosa — Tampoco quiero preocuparlos o pedirles dinero, ya que ellos jamás permitirían que viajará sola hasta allá — era consciente de los temperamentos volátiles y volubles de sus hermanos — Serían capaces de venir por mí y eso tampoco sería bueno — terminó al fin y sin poder hallar una solución a su problema.

— No te preocupes — dijo él y llevando una mano a las suyas, ya que no dejaban de moverse — Yo te prestaré el dinero e iremos los dos juntos a Londres cuando tu lo digas — le dio un leve apretón, para transmitir tranquila y confianza — No importa el tiempo o el lugar, iré contigo si me lo pides —

Una sonrisa agradecida brotó en sus labios, pero bajo ningún contexto aceptaría. No estaba bien y no sería propio de un monje, el viajar con una joven mujer desconocida a una ciudad tan cosmopolita como Londres. Cuando quiso replicar a tal invitación, una profunda voz a sus espaldas, se lo impidió.

— ¿Qué? — era el joven duque, que había escuchado la última parte de la conversación — ¿Qué acabas de decir, monje? —

Se acercó a ellos a paso lento y pudieron percibir que no estaba solo. Una joven pelirroja de ojos azules y muy hermosa, lo acompañaba. Irene Lovegood, la hija mayor de uno de los marqueses de las tierras del sur y una de las amigas más cercanas e íntimas de la princesa Eyra Row.

— Buenas tardes, joven maestro — se levantó apresurada e inclinando la cabeza en una pose reverencial — Y bienvenida nuevamente, señorita Lovegood —

Miró al monje para que hiciera lo propio y él, en un gesto de puro desdén, obedeció sin ánimos. Era una persona perezosa y la propia cortesía le fastidiaba la vida.

— ¡Pero qué maravilla, linda! — respondió el saludo con una gigantesca sonrisa y unas enormes ganas de abrazarla, pero se contuvo— ¡Estás muy hermosa! — tenía aspecto atlético, varonil y juguetón. Incluso, llevaba pantalones, camisa y chaleco, algo muy poco común en una mujer noble — ¡Me encanta que hayas aceptado la propuesta de la duquesa! ¡Te queda el cambio! — aplaudió feliz — ¿No es así, Lai? —

Lo codeó en el estómago a modo de juego. Ella sabía que su amigo, su mejor amigo, moría por esa preciosa doncella de ojos bellamente tristes.

— Sí — respondió ignorándola y cabreado como una mula — Te hice una pregunta, monje — no daba crédito a lo que acababa de oír — Y exijo una respuesta — llevó una mano a la empuñadura de su espada sin apartar la mirada — Pero ten en cuenta que, dependiendo de la misma, tu vida estará en riesgo —

Si pensaba llevarse a Dea con él o siquiera, intentar arrebatarla de su lado, su cabeza rodaría con el simple movimiento de su mano. Ella era suya, de nadie más y cuando ascendiera al poder de sus tierras, la convertiría en su duquesa. No la perdería por nada del mundo a causa de un monje de pacotilla.

— No tengo porque responder a su exigencia y mucho menos, a sus amenazas, joven duque — sus extraños irises simulaban ser una tormenta atravesados por mil emociones — La conversación que mantuvimos con el pequeño ángel, es completamente nuestra y privada, así que…—

La rodeó por los hombres de manera protectora y él dio un paso al frente para intentar separarlos, pero su amiga atravesó un brazo para detenerlo. La furia de Lai estaba a punto de estallar y no sería bueno para nadie si eso ocurría.

— Dea —

Aclaró en un susurro y entre temblores la joven bajo su brazo. No sabía qué hacer o cómo salir del momento de tensión, los furiosos ojos azules del joven duque, le daban pavor. Sus celos eran peligrosos, corrosivos, tóxicos y letales, podrían llegar a matar si daban un paso en falso o decían una palabra de más.

— Mi nombre es Dea, señor — se soltó de su agarre al hacerse a un lado — Dea Curtis y sería muy apropiado de su parte que empiece a usarlo, en vez de usar ese extraño apodo que usted me dió —

Él había quedado inerte, petrificado y detenido en el tiempo, como si un rayo lo hubiera atravesado en ese mismo momento. Con el rostro pálido y temblando como una hoja, estiró una mano que depositó en su mejilla con sumo cuidado.

— ¿Puedes decirlo una vez más? —

Pidió con los ojos aguados y la voz ronca, parecía que iba a romper en lágrimas.

— Mi nombre es Dea Curtis — repitió acongojada y llevando una mano a la que no había quitado de su rostro — ¿Se encuentran bien?, Perdió el color de repente —

— Sí, perfectamente — acarició su pómulo con el pulgar, muerto de ternura y agradecimiento a Dios — Y ahora, más que nunca — tragó pesado — No me recuerdas, ¿Verdad? — ella estaba impávida, no entendía de lo que estaba hablando — Es normal, eras muy pequeña la última vez que te ví —

— ¡Ya es suficiente! — el filo de una espada llegó a su cuello en forma de advertencia — ¡Quita tu mano de ella en este instante o la cortaré! —

— ¡Lai! — gritó la chica a su lado aferrando su brazo en alto — ¡No pierdas la compostura, por favor! —

Rogó, ya que la joven doncella había perdido el alma del susto y él no parecía entrar en razón. Iba a matarlo.

— ¡Te dije que la sueltes! — volvió a decir, soltándose de su agarre y dándole un enorme empujón que lo apartó de golpe — ¡No me oíste! —

El monje no daría su brazo a torcer y mucho menos, se doblegaría ante sus órdenes. Nadie lo apartaría de su lado como lo habían hecho antaño y sin poder hacer nada, al tratarse de un niño sin voluntad. No más. Caminó hasta ella que estaba inerte y ocultándola, parcialmente, al extender un brazo. Iba a protegerla de ese demonio así le cueste la vida.

— ¡Oblígame! —

La punta de la espada llegó a su cuello nuevamente y esta vez, unos centímetros más cerca.

— ¡Tú lo pediste! — levantó su espada en alto para darle fin.

— ¡Joven maestro! —

Se interpuso entre la espada, el monje y él, cuyo filo le rozó la nariz. Por suerte y gracias a Dios, pudo detener el ataque a tiempo. El aturdimiento, la violencia y posesión del duque la había dejado en jaque. Actuó sin pensar, por pura inercia e instinto, ya que un recuerdo fugaz de su triste infancia y de un pequeño niño protegiéndola de los feroces golpes de su padre, llegó a mente y junto con un nombre, aclarando por completo el panorama. Él siempre la protegería de todo mal e injusticia, porque ese era su deber de hermano. Así fue y siempre sería su hermano mayor Logan.

— ¡Por favor, se lo imploro! ¡No lo lastime! — juntó sus manos en una plegaria y mirándolo a los ojos, deteniendo con todas sus fuerzas esas odiosas lágrimas que no quería soltar — Él es mi her…—

Se desmayó al perder el aliento e incapaz de mantenerle la mirada un minuto más. El agotamiento, la angustia y el miedo, habían hecho mella en sus nervios, haciéndola colapsar.

— Dea, mi hermanita — los poderosos y protectores brazos del monje lograron atraparla a tiempo, mucho antes que los del duque — Al fin te encontré — la arrulló con cuidado después de besar sus largos rizos y descansar la mejilla en ella, para observar en silencio a las otras dos personas presentes — Ya la escuchó, así qué, calmase — lo mató con sus ojos en una silenciosa advertencia — Más tarde hablaré con usted y aclararemos unas cuantas cosas cuando ella despierte —

El silencio parecía una maldición entre ellos y les resultaba horrible, como también ensordecedor. Desde que se reencontraron hace algunos años atrás, nunca habían hablado de cómo sucedió todo y el desenlace que tuvieron sus vidas después de aquello.

— Eso fue increíble — pronunció impactada y todavía en las piernas de su hermano — Su reencuentro fue mucho más bonito que el nuestro, Aslan — lo golpeó en el pecho con el dorso de su mano a manera de reproche — Nos volvieron a ganar —

— Sí, lo sé — la acomodó mejor sobre su regazo — Pero sin ese inesperado desmayo, no hubiéramos sabido nunca que Irina llegaría a este mundo —