El banquete de agasajo para la pequeña princesa Irina había comenzado. Los comensales podían disfrutar de manjares exquisitos, como pato a la naranja, carne de cerdo con salsa espesa de ciruelas, una gran diversidad de cortes de res y conejo asado en su jugo. Además, de una multiplicidad de guarniciones, tubérculos y salsas para acompañar.
Entre tanta cantaleta, música ambiental y charla, los hermanos Curtis y Fleming, se divertían y pecaban de gula sin parar. Tenían el hábito y la costumbre del buen comer, de adorar la buena comida y todo con lo que pudieran degustar. Como para no, sí experimentaron la miseria y la carencia de alimentos desde niños a flor de piel y ahora, siendo los cuatro adultos, no iban a negarse a un buen platillo jamás.
— Mastica los alimentos, Gaia —
Pidió, la elegante duquesa desde su lugar, mientras Logan le pasaba un vaso de vino y su hermano mayor Aslan, le daba pequeñas palmaditas en la espalda, para que la nombrada, pasara los alimentos atorados en la garganta.
— Los siento — se disculpó al pasar bocado — Pero estos últimos dos meses en Italia, fueron durísimos y no solo por el idioma, la comida fue de lo peor — metió una pequeña loncha de jamón a su boca y masticó despacio — Estuve a pastas y mariscos por mucho tiempo — pinchó un huevo de codorniz en su plato — Y mi cuerpo ansiaba comer un trozo de carne con desesperación —
Explicó, para luego tomarlo entre los dientes y triturarlo lentamente.
— Eres repugnante —
Acotó Aslan a su diestra ocultando una leve sonrisa tras la copa en sus labios.
— Tragas como pato, ubicate —
Siguió su otro hermano en una pose noble, digna y galante. Era un sacerdote y la propia instrucción de modales en la mesa la había adquirido desde muy joven.
— Pues, yo como y mastico así — arremeda, devorando su comida como un animal — No molesten —
Le enviaron miradas letales y ella les respondió con una sonrisa ácida. Si querían guerra, la tendrán.
— Basta los tres — su hermana levantó una mano, ya que se habían convertido en el centro de atención en la mesa — Prometieron comportarse esta noche —
— Sí, duquesa —
Afirmaron al unísono y dando por finalizada la pequeña riña nocturna.
— Y no me digan duquesa — advirtió con un dedo desde su lugar.
— Sí, madame —
Volvieron a hacer lo mismo y ella ocultó sus ojos con una mano, agotada. Esos tres sacaban lo peor y lo mejor de su persona al mismo tiempo. No había remedio con ellos, eran sus amados hermanos y no tenía caso el llamarles la atención durante toda la velada, seguirán actuando igual. Esa noche los dejaría ser.
Mirándolos bien y analizandolos en silencio, podía decir que, no se parecían físicamente en nada, excepto Gaia y ella, claro está. En cambio Logan y Aslan eran un caso aparte, tan distintos como el agua y el aceite, indisolubles e incapaz de mezclarse o hallar parentesco alguno. Lo único que compartían era el mismo pabellón auricular, pero además de eso, nada más. Uno era angelado, devoto y noble, mientras que el otro, dos años mayor, era despiadado, ambicioso y cruel, como un vil demonio.
— Preciosa — su esposo le susurró en el oído, asustandola — Lo lamento, pero parecías ida hace unos instantes —
— Perdón, estaba entretenida observando a mis hermanos — inclinó la cabeza y los adoró con la mirada.
— ¿Por qué está el doctor Lyndel aquí? —
Quiso saber, ya que la encargada de organizar el banquete, la cena y la recepción de los invitados, fue su amada duquesa.
— Es el médico de Irina y de nuestro próximo hijo, tenía que invitarlo — acarició su vientre con una pequeña sonrisa en los labios — Y además, le prometí que le presentaría a Gaia —
El hombre en cuestión, no podía apartar la vista de esa bonita cantante que robaba corazones con su magnífica interpretación en el escenario. Su hermana era toda una celebridad de la vida londinense y más allá.
— Entiendo — observó al doctor de soslayo — Es un hombre rico, inteligente y muy buen partido para cualquier joven, pero… — guardó silencio.
— ¿Pero? —
Cuestionó, tocando con la punta de los dedos su agraciado rostro con delicadeza y ternura.
— No creo que sea el tipo de hombre que le guste a tu hermana — afirmó con total elocuencia.
— Si no lo es, ¿Entonces quién? —
Cruzó los brazos sobre su abultado vientre y pecho, un tanto molesta. El doctor Lyndel era el hombre ideal para cualquiera.
— Pues… —
Dirigió los ojos a su mejor amigo a unos escasos metros de él y dando a entender el punto.
— ¡Oh, no! — negó en un susurro exaltado — ¡Sabés que esos dos no se llevan para nada bien! —
Se refería a su hermana y el Conde que, después de su fugaz romance de desesperación y locura cuando jóvenes, no podían ni verse.
— ¡Y además, como si fuera poco, es un hombre casado! —
Parecía que había olvidado ese enorme detalle.
— Espera y verás, preciosa —
Besó uno de sus largos rizos lleno de amor por ella y sin importarle, en lo absoluto, el estado civil de su amigo.
— Espera y verás —
La adoró como siempre lo hacía, su estado de embarazo la hacía resplandeciente y él no quería perder ni un solo instante. Las personas presentes, no podían negar el exceso de amor que el duque proclamaba a viva voz por su mujer, ya que cada vez que la tenía en frente o ella ponía un pie en donde él esté, podían verlo temblar y convertirse en miel. La duquesa no era para nada consciente del gran poder que ejercía sobre él.
— Tus predicciones a veces me asustan, Lai — río traviesa por su infantil toqueteo — Te juro que si no fueras mi esposo, pensaría que eres un vidente —
La cena estaba deliciosa y no podía dejar de comer. Morirse de hambre y en forma conjunta con todos los músicos que la acompañaban, en su última y fracasada gira por Italia, fue la peor decisión de su vida y jamás volvería a hacer algo así nunca. Por suerte y gracias a la procedencia divina de su hermano Logan, al pedir asilo en una iglesia y la enorme ayuda económica recibida de Aslan, pudo volver a casa entera, feliz y en paz.
— ¿Señorita Curtis? — oyó la voz de un hombre muy cerca de ella.
— ¿Hm? —
Miró en todas direcciones con la boca llena y buscando su procedencia.Tan ensimismada y entretenida con la comida se encontraba, que no tenía ni idea de quién le dirigía la palabra.
— Aquí, señorita —
Le habló el sujeto en el asiento frente suyo. Se veía apuesto, con el cabello castaño claro bien peinado, buen porte y ojos ambarinos, muy claros.
— Oh, lo siento — se disculpó al tragar y limpiarse la boca con una servilleta — No sabía que usted era quién me hablaba, perdóneme — bebió un poco de su copa de vino para aclararse la garganta.
— Descuide, sólo quería saber si, ¿Nos deleitará con su hermosa voz más tarde? — sus orejas se pusieron rojas de repente, le parecía mentira que estuviera cruzando palabras con ella — Fue muy inoportuno de mi parte en hablarle de esa manera y le ruego que me disculpe —
— Que agradable es usted y contestando a su pregunta, tengo algo planeado para esta noche — miró a su hermano mayor por un segundo — ¿Conoces al señor, Aslan? —
No era propio de una mujer soltera, el pedir el nombre de un caballero si él mismo no lo hacía primero.
— Sí, es el doctor Johannes Lyndel, un médico muy reconocido en todo Londres y también aquí —
Aclaró él y sin apartar los ojos del sujeto en cuestión. Algo en su mirar le daba muy mala espina.
— ¿De verdad, Logan? — sus ojos viajaron a su otro hermano, ya que se encontraba sentada en medio de los dos — ¿Un médico? ¿Un universitario? — asintió y sin querer ser parte de la conversación, tampoco le agradaba ese fulano — ¡Eso es maravilloso! ¿Puedo hablar más tarde con usted después de la cena? —
La idea le encantó. Jamás había tenido a un médico al alcance de la mano e iba a aprovecharlo.
— Por supuesto, señorita Curtis —
El rojo en sus orejas viajó a su rostro. Sería un sueño hecho realidad.
— Se lo agradezco y prometo no robarle mucho tiempo — metió una uva a su boca para estallarla entre los dientes.
— No lo será —
Después de eso, todo fue lento y monótono. La cena terminó y las mujeres tomaron el salón de la duquesa para chismear y tomar el té, mientras que los hombres, ocuparon el ala de juegos y la mesa de pool con el duque.
— Bien, el doctor dijo que nos encontraríamos en el invernadero de cristal — abrió la puerta e ingresó dentro, pero no logró encontrarlo — ¿Doctor Lyndel? ¿Está aquí? — habló a la nada dando unos pasos al centro del lugar.
— El doctor Lyndel no vendrá — dijo aquella voz a sus espaldas que la hacía temblar — Tuvo un pequeño altercado en el baño —
Volteó y ahí estaba él, con ese porte gallardo e imponente, su cabello oscuro, desordenado y un poco más largo que antes cayendo sobre su frente. Sin mencionar, esos ojos verdes y salvajes como el bosque, que la hacían ponerse de rodillas cada vez. Allí estaba otra vez y frente a ella, el Conde Hellsing.
— ¿Qué haces tú aquí? —
Reclamó abrumada y rascando su frente, no existía formalismo alguno entre ellos ahora. Nunca la dejaría en paz, lo sabía bien, era una cruz que cargaría siempre.
— Descarada — mencionó impertérrito y sin mover un músculo.
— ¿Perdón? — parpadeó pasmada.
— ¿Cómo te atreves a flirtear con otro hombre delante de mí? —
En dos largas zancadas ya la había alcanzado y rodeado sus delegados brazos con las manos. La simple idea de verla con otro lo volvía loco.
— No estaba flirteando, sólo quería hablar con él —
Explicó tranquila y mirándolo a los ojos. Cómo podía un hombre como él ser tan hermoso e indomable a la vez.
— ¿Sobre qué? —
Una de sus enormes manos la aferró de la nuca para acercarla un poco más y no perder detalle de su bonito rostro.
— ¿De verdad quieres saber? — cerró los ojos cuando junto la frente con la suya.
— Cada detalle — acarició sus labios con el pulgar perdido completamente en ella.
— Quiero tener un hijo — abrió los ojos de golpe al oírla — Y no me importa con quién, sea un médico, grumete o aprendiz — siguió, ya que él se veía en shock — Quiero tener un hijo y lo más pronto posible, para dejar en el mundo algo de mí —
La cena terminó, ella interpretó una hermosa canción frente a todos y él regresó a su habitación con el alma en un hilo.
— Así que…— llevaba consigo un vaso de whisky a medio terminar — Quieres tener un hijo y no te importa con quién — lo bebió hasta el fondo, tiró el vaso sobre su hombro y se arrojó a la cama — Entonces, déjame decirte que, mataré a todo hombre que ponga sus sucias manos sobre tí —
Estaba tan ebrio como una cuba y desconocía lo que su inconsciente decía a modo de amenaza.
— Keilot — su esposa salió del cuarto de baño envuelta en un sexy negligee — Al fin llegaste, mi rey, te estaba esperando —
Se arrastró a la cama como un felino en celo y comenzó a besarlo ansiosa de él, pero no hubo respuesta, todo lo contrario.
— Hoy no, Meg — la aferró de los brazos para apartarla suavemente — No me siento bien —
Cubrió sus ojos con un brazo para no verla a la cara. Era consciente del dolor y el enojo que el rechazo le generaba.
— ¡Perfecto! ¡ Si está noche no piensas tocarme! — ocultó su cuerpo con una bata temblando de furia — ¡Tampoco dormiré aquí! —
Cerró de un fuerte portazo al salir. Suspiró fuerte, pesado y profundo al encontrarse solo. Megan Lovegood, su esposa, era una mujer sumamente hermosa y muy codiciada por los hombres de la alta sociedad, pero ella estaba encaprichada con él, a pesar de que no la amaba.
— ¿Papi? —
La voz de su pequeño lo trajo a la vida desde la embriaguez de su mente.
— Hola, amiguito — se incorporó en la cama muy lentamente — ¿Qué ocurre? —
Su diminuta silueta podía verse a trasluz y de puntillas tomando el pomo de la puerta.
— ¿Puedo dormir contigo? — llevaba un muñeco con forma de conejo entre sus brazos — Mi cuarto es muy oscuro y tengo miedo —
Sin importar la insípida relación que mantuviera con su madre, él amaba a su hijo más que a nada en el mundo y a diferencia de su tirano padre, le daría todo el amor que le pudiera ofrecer y más, incondicionalmente.
— Claro que sí, campeón — lo cargó con cuidado para meterlo a la cama y arroparlo junto a él — Duerme bien, hijo —
Besó su frente con una calidez inexplicable, para después, tumbarse a su lado y descansar, ya que el coto de caza se desarrollaría al amanecer. Su mente no paraba de girar en una vorágine interminable de viejos y nuevos recuerdos. Sería una noche larga, amarga y oscura, de eternos pensamientos sin fin.
— ¿Papi? — escuchó, después de un momento de silencio.
— ¿Sí? — siguió la charla aferrando su manito.
— ¿La señorita de hoy era un hada? —
Murió de amor en ese instante. Esperaba que su inocencia sea eterna y que nunca acabe.
— ¿Un hada? — preguntó entre risas — ¿A quién te refieres? —
— A la señorita que cantó hoy para nosotros — explicó maravillado — Era muy bonita — podía verla allí mismo al imaginarla — Parecía un hada, su vestido estaba lleno de mariposas de muchos colores —
Cómo cantante de gran talento, ella había interpretado un show único para todos los presentes del lugar y su vestimenta fue perfecta. Un vestido en tonos lilas largo hasta los pies y rodeado de un millar de mariposas, la hicieron adorable. Bellísima, única y despampanante, como un hada de las mariposas salida de un cuento o un bosque.
— Pues, no — colocó una mano sobre él cuando cruzaron miradas — Esa señorita no es un hada, es humana como tú y yo — palmeó su barriguita que subía y bajaba al respirar — Su nombre es Gaia y… — se detuvo un momento — ¿Puedo contarte un secreto y prometes no decírselo a nadie, Nicho? — levantó su otra mano en forma de juramento — No siquiera a tu madre —
— Lo prometo — entrelazaron meñiques.
— Yo, cuando era niño y tenía unos años más que tú, me enamoré de ella —
Golpeó la puerta delante de su nariz, una y otra vez, hasta que fue abierta por el hombre que se encontraba del otro lado a medio vestir.
— ¿¡Pero qué demonios..!? —
Ella se arrojó a sus brazos sin darle tregua o dejarlo reaccionar.
— Sólo cállate y bésame, Fleming —
Cerró la puerta con el pie e invitandose a entrar. Sin percatarse que, un par de curiosos y obnubilados ojos avellanas, los habían descubierto desde las sombras.
— ¿Estás cómoda? — le colocó una almohada tras la nuca.
— Sí, gracias, hermanito — se acomodó mejor en la cama después de ser cobijada por él — Y lamento mucho que tengas que hacer esto, pero Lai y las sirvientas tienen que atender a los invitados que aún no han ido a descansar —
Le encantaría acompañar a su esposo, pero a causa de su estado se cansaba demasiado y no podía seguir mucho más tiempo de pie. Por suerte, la niñera de su pequeña Irina la había llevado a la cama hace horas y junto con el pequeño hijo del Conde, dándole un enorme beso de buenas noches antes de partir.
— Descuida, es un placer para mí el ayudarte —
Tomó asiento en la silla de junto y la observó en silencio por un largo tiempo, mientras ella comenzaba a leer un libro.
— ¿Qué? — preguntó, sin apartar la mirada de las páginas.
— Cada día que pasa, te pareces un poco más a mamá — respondió sin expresión.
— Lo sé — cerró el libro dejándolo sobre su regazo — Logan, sé que no te gusta hablar de esto pero, ¿Qué fue de ella? — su hermano palideció — ¿Qué fue lo que pasó con mamá al dejarnos? —
— Bien, ella me dejó en el monasterio al cuidado del tío Lucyan y a Aslan con el tío Michel en uno de los bajos fondos de Londres — explicó tranquilo — Y después de eso, dijo que volvería a casa con él — apretó los puños y los dientes para contener la rabia — Con nuestro padre — sus visión se nubló — ¿Tú qué crees que pasó con ella al regresar? —
— Lo peor — tragó el dolor y un posible llanto innecesario — Lo peor, Logan —
Una mano llegó a él, para que dejara de apretar los puños y evitar que se hiciera daño. Ella siempre lograba ponerlo en calma.
— Él la mató, Dea — sus ojos se llenaron de lágrimas — La mató como a un animal y arrojó su frágil cuerpo a los cerdos al terminar — su voz tembló, el simple hecho de no haber estado allí y poder hacer algo, se convirtió en su calvario — Ni siquiera, una tumba decente pudo tener nuestra pobre madre a causa de él — giró el rostro para que no lo viera romperse un poco más — Pero tuvo el final que merecía, el desgraciado —
— ¿A qué te refieres? — se horrorizó y él se incorporó evitando mirarla — ¡Logan! — intentó seguirlo, pero a causa de su estado, no pudo hacerlo — ¡Logan! ¡Te estoy hablando! —
Se detuvo antes de cruzar el umbral. A pesar de ser su hermano, no podía ser irrespetuoso con la duquesa.
— De un terrible y mortal pecado, hermana —
No podía verla a la cara, no quería y si lo hacía, seguramente se haría pedazos, confesandolo todo.
— Es lo único que tienes que saber —
Salió sin decir más y dejándola helada por la cruda verdad que no pudo revelar.
— ¡Dea! — entró a la habitación como un torbellino y cargando una botella de vino consigo — ¡No sabes lo que acabo de ver! —
La destapó para comenzar a beber y pasar el mal trago. La mañana siguiente sería un caos cuando abriera la boca.
