Observaba su escultural, delgado y desnudo cuerpo frente al espejo. Admirando y recorriendo con la punta de los dedos, palmo a palmo, las marcas de amor que ese hombre lujurioso le dejó. La amargura y el rencor la cegaron por completo, arrastrándose a su lecho a fuerza del despecho para entregarse a él, como tantas veces antes.

— Lo siento, no quería ser tan salvaje está vez — la rodeó con los brazos desde atrás, para enfrentar sus ojos en el reflejo — Pero tú me vuelves loco, Meg — la besó en la nuca por un instante — Cada vez que vuelvo a verte yo…— lo acalló con un dedo en los labios.

— No digas nada — abrazó su cuello para verlo a la cara — Necesitaba de tí por una noche y eso está bien para mí, no digas nada que lo pueda arruinarlo — faltaban unas horas para que el sol comenzara a rayar el alma — Ahora debo irme a descansar —

— Lo sé, mañana será un día muy largo — aferró su rostro con las manos y la acercó a sus labios para poder besarla una última vez — Tengo coto de caza y espero verte allí, prometo que ganaré la mejor presa para tí — la soltó, ya que había comenzado a vestirse.

— No seas absurdo, sabés bien que no iré — cubrió su cuerpo con la bata a sus pies y caminó hasta la puerta a paso elegante — Detesto ese tipo de cosas y además, te recuerdo que tengo a un hijo a quién cuidar — la abrió, echándole un apasionado vistazo y mordiéndose el labio con lujuria — Le daré tus saludos al despertar — sonrió ampliamente.

— Gracias — la despidió con un gesto y ella se fue sin mirar atrás — Nicholas — río por lo bajo y negando con la cabeza de un lado a otro antes de arrojarse a la cama — Espero que tengas dulces sueños, pequeño —

La duquesa había apartado la hora del desayuno para compartir ese tiempo con sus hermanos, pero la atmósfera se percibía extraña y oscura. Todo llamaba al silencio y la tensión se percibía en el aire, algo estaba pasando, pero los dos hombres presentes, desconocían por completo de que se trataba.

— Pueden retirarse — ordenó a la servidumbre que obedeció sin rechistar — Bien — bebió un poco de té al quedarse solos — Que bueno que pudieron venir, tenemos que hablar —

Dejó la taza sobre el platillo y miró con ojos asesinos a su hermano mayor, pero no dijo nada. Estaba esperando el pie para continuar y no perder el papel de gran duquesa.

— ¡Sabemos la cochinada que hiciste anoche, Aslan! — como siempre, Gaia, no lo pudo soportar — ¡Te ví! — golpeó la mesa con fuerza con la palma de su mano — ¡Los encontré a los dos infraganti, cuando fui a tu cuarto para compartir una copa de vino que me robé del barco contigo! —

Él estaba mudo. Creyó haber estado solos, pero no, su hermana los había pillado en pleno acto.

— Perdón — el sumo sacerdote no entendía nada, pero había reaccionado como si él también fuera regañado — ¿De que están hablando? —

Sus hermanas estaban matando con la mirada a Aslan y él quería intervenir o al menos, tomar un bando.

— ¿Hace cuánto tiempo que tienes amoríos con la condesa, Aslan? — la duquesa volvió a tomar la palabra, para evitar que su iracunda y voluble hermana lo hiciera — No quiero mentiras y tampoco excusas, sólo quiero la verdad —

— Desde hace años — se le había cortado el apetito y la respiración, todo en su boca tenía sabor amargo — Mucho antes de que se convirtiera en la esposa y condesa de Hellsing — explicó cohibido y avergonzado.

— ¡Aslan! ¡Por todos los santos! — ahora había llegado su turno de regañarlo — ¡Sólo falta que nos digas que su hijo es tuyo y todo se irá al demonio! — silencio absoluto, ni una palabra fue dicha o dada — Por dios —

Susurró impactado y la mirada en blanco. Su ausencia de argumentos los atravesó a todos. Ese pequeño niño era su hijo.

— No puede ser, esto es lo peor que has hecho — fregó su frente como cada vez que lo hacía cuando perdía la compostura — El Conde está criando a un niño que no es suyo, ¿Cómo pudiste permitir algo así, Aslan? —

Reclamó indignada. Él se incorporó para plantarles cara, estaba harto y cansado de su actitud, principalmente, de que lo trataran como un niño estúpido. Al fin había llegado el momento de develar la verdad y no iba a callar. No más.

— ¡No vengan a mí con su falsa modestia y moral! ¡Que ninguno de nosotros es trigo limpio y tiene más de un pecado que confesar! — les gritó sin mediar palabra — ¡Megan era mía antes que suya y él me la quitó, me la arrebató de las manos! — le enseñó sus palmas vacías y cayó a plomo sobre la silla detrás, hecho añicos — Me enamoré de ella, cuando era solo un mozalbete trabajando para la finca de su familia — comenzó a narrar los hechos — Era hermosa, rebelde y joven, sólo necesitaba de un hombre que la hiciera sentir bien por las noches y yo fui aquel — rememoró con ojos perdidos en la nada — Pero un día, él apareció y todo cambió, se enamoró perdidamente del hijo del Conde —

Keilot Hellsing, le quitó lo único que él había amado y anhelado en toda su vida. No pudo hacer nada, un hombre pobre, sin recursos y futuro como él, no podía luchar contra el hijo de un conde. Decidió, con todo el dolor de su alma y sabiendo que ella pertenecía a otro, dejarlo todo atrás, para forjarse un nuevo camino y así poder regresar como un hombre nuevo. Cumpliendo con su objetivo después de un corto tiempo.

— Él no apareció y mucho menos te la arrebató, Aslan — la duquesa llevó una mano a la suya para que le dirigiera la mirada — Ese matrimonio en algún momento tenía que suceder, así se manejan las cosas en las altas sociedades —

Le dió un consuelo absurdo, pero efectivo, a duras penas. Cómo plebeya y gran duquesa lo sabía bien, aún gran parte de la sociedad londinense no podía aceptarla a causa de su humilde origen.

— Sí, lo sé — besó sus nudillos a modo de agradecimiento — Pero aún así, duele y nunca dejará de doler — jamás habían visto esos ojos oliva tan tristes.

— ¿Qué vas a hacer con el niño? — el sumo sacerdote quiso saber — Él tiene el derecho de saber que tú eres su padre y sobre todo de nosotros, su otra familia —

Bebió su taza de té para calmarse. Él tenía razón, ocultaban muchos secretos guardados bajo la alfombra y no era el momento de sacarlos a la luz, pero el asunto del niño, era algo muy diferente.

— Cuando Megan me confesó que estaba embaraza, no dude jamás de que ese pequeño era mío — una enorme risa irónica y gutural brotó de su garganta — Se entregó a Hellsing aquella noche, producto de una borrachera y propia voluntad, lo sé — no había nada que reprochar, él también tenía muchas historias de alcoba — Estuvo tantas veces conmigo antes que, no le dí el beneficio de la duda, pero… —

Para ese entonces, él ya había dejado el marquesado y dado los primeros pasos para convertirse en el propietario del Fleming's.

— ¿Pero? — siguió él, ya que aún faltaba más.

— Pero decidimos que sería mucho mejor para él, el ser el hijo de un conde, en vez de un don nadie como yo criado en las calles —

Esperaba que ese sea el fin de la conversación y respetaran su decisión.

— No estoy muy convencida de eso — la duquesa no sabía qué más decir — Pero si es lo mejor para el niño, me parece bien — los ánimos se habían calmado, ya que Logan asintió de acuerdo sin tener más que hablar — ¿Gaia? —

Se había mantenido callada casi todo el tiempo, escuchando atentamente y sin querer participar, porque era consciente de que su verborragia la iba a traicionar.

— Tengo que irme al coto de caza — se incorporó y cruzó un arco en su espalda — Nos vemos después —

— Espérame — su hermano la alcanzó cargando con un rifle — Voy contigo — quiso abrazarla por los hombros pero lo quitó de un manotazo.

— No me sigas, Aslan — lo cortó en seco evitando que diera un paso más — Quiero estar sola y lejos de tí ahora, dame espacio —

Quedó inerte en su lugar, mientras sus otros dos hermanos, los observaban impactados. El ambiente en los días venideros, no sería para nada bueno hasta que ellos dos arreglaran sus diferencias.

— Esto se va a poner feo — murmuró su santidad con la taza a medio camino de su boca.

— Ni que lo digas —

Se removió incómoda en su sitio y buscando un mejor lugar, contemplando a Aslan como un muerto en vida andar.

Abrió los ojos y lo primero que observó, fueron las tiernas facciones de su pequeño niño durmiendo a su lado. No cabían razones en su ser para explicar todo el amor que sentía por él. Siempre sería su mayor tesoro, aquel que protegería eternamente en cualquiera lugar.

— ¿Hijo? — movió su cuerpecito con una mano para que despertara — Abre los ojos, amiguito — un sonoro beso trompetilla lo hizo despertar ágatas — Buenos días, campeón — lo cargó en brazos colocando su cabecita sobre uno de sus hombros al cubrirlo con una manta — Ya sé que tienes mucho sueño, pero tengo que llevarte con tu madre, me voy al coto de caza — explicó al salir del cuarto y buscando a la servidumbre — Judith — habló a la sirvienta de piso que iba de paso.

— Buenos días, Conde Hellsing —

Saludó ella, en una postura muy recta después de una pequeña reverencia.

— Buenos días — respondió igual — ¿Cuál es la habitación de la condesa? —

No podía creer que no supiera en qué habitación se encontraba su propia esposa.

— La puerta al final del pasillo, señor — apuntó en esa dirección.

— Muchas gracias — agradeció de un leve cabezazo — Sigue trabajando — movió los pies a la dirección indicada — ¿Megan? — llamó por ella después del primer toque — Ábreme, traje a Nicholas, está dormido y vengo a dejarlo contigo — explicó — Tengo que ir al coto, ábreme — el pestillo se escuchó y la criada de su esposa salió.

— La condesa sigue dormida, señor — extendió los brazos para tomar al niño — Yo cuidaré de él mientras tanto —

— Gracias, Kate — se lo entregó procurando no despertarlo — Antes de la cena volveré, cuídalo bien — besó su oscuro cabello antes de partir.

— Déjalo ahí — señaló la condesa su cama a medio hacer y fumando junto a la ventana — Así que tú también irás de caza, desgraciada — podía verla desde esa posición caminando hacia los establos — Solo espero que Lyndel haga bien su trabajo — apagó el cigarrillo y caminó hasta su hijo — Despierta, mi bebé — con un tenue toque en la mejilla logró despertarlo — Kate, trae el desayuno para él y luego ya sabes que hacer —

Besó su manito al verlo incorporarse y fregar uno de sus ojitos. Ella lo amaba de una forma muy extraña, no era una madre devota o abnegada, pero haría cualquier cosa por ese pequeño regalo que había recibido de Aslan.

— La niebla está muy espesa, ¿No cree, señorita Curtis? —

Habló el doctor Lyndel, se encontraban con el grupo de caza en la apertura del bosque.

— Sí — estiró una mano y la visibilidad era escasa — Quizás cerca del medio día aplaque —

Era la única mujer dentro de un pequeño grupo de hombres, pero ella conocía muy bien y a profundidad el bosque, no iba a perderse o desorientarse.

— Si usted quiere, podría acompañarla —

Como si hubieran sido invocados por las palabras del doctor, su hermano y Keilot llegaron a su lado por cada uno de los flancos. Los dos estaban allí, en completo silencio y mirando al frente, como machos alfas dominantes marcando su territorio.

— No es necesario, conozco muy bien el bosque — acomodó el arco en su espada y la coleta que contenía su cabello a raya, para hacer lo mismo con sus botas altas — Nos veremos al regresar, doctor —

Caminó sin prisa y sin despedirse a la espesura delante. No estaba de humor para escuchar o conversar con nadie.

— Gaia, ¿A dónde vas? — quiso saber al gran duque, al verla pasar a pie junto a su caballo — Todavía no dí inicio a la competencia — la siguió con la mirada, ya que lo ignoró.

— Pudrete — alcanzó a escuchar antes de perderla entre la bruma.

— Bueno, parece que mi cuñada está de malas esta mañana —

Rascó su nuca sin saber cómo excusarla, tenía el mismo temperamento iracundo que su estimadisima esposa y lo mejor sería no molestar.

Ser la duquesa, mejor dicho, la gran duquesa, es una labor extenuante y agotadora, pero tenía sus grandes momentos de ocio y como el que estaba presenciando justo ahora.

— ¡Tío Logan, mira esto! — le enseñó una esfera de cristal que descomponía la luz en colores — ¡Es muy bonito! —

La pequeña Irina parecía un torbellino andante. Tenía el alma inquieta y curiosa como su tía Gaia, el temperamento explosivo de su tío Aslan, la inteligencia innata de su tío Logan, el fuerte espíritu inquebrantable de su madre y los ojos azules de su padre. Todo un paquete lleno de sueños e ilusiones.

— Sí, es muy hermoso, princesa — lo observaron a contraluz con ojos curiosos — Este fenómeno se conoce como difracción, la luz blanca que llega a nuestros ojos, está formada por todos estos colores que no podemos ver por sí solos — la niña lo miró y chaqueo sus pequeños dedos al recordar algo.

— ¡Es como un arcoiris! — su tío asintió, ella era muy lista para su corta edad — ¡Mira mami, tengo un arcoiris guardado aquí y en mi mano! — le enseñó la esfera a ella también.

— Así es, hijita —

Se veía incómoda y molesta, como si no estuviera sentada en un buen lugar.

— ¿Te duele la pancita, mami? — llevó una manito a su abultado vientre, preocupada.

— No, amor, es sólo que tu hermanito está muy inquieto el día de hoy —

Acarició sus rizos con ternura, había heredado el mismo cabello indomable que ella, pero de un color tan negro como la noche.

— Tú también eras muy inquieta, Iri — su tío la cargó para sentarla con él en su regazo — Todavía recuerdo el día en que nos enteramos que tú llegarías a nuestras vidas — sería un recuerdo imborrable para él y para todos — Fue maravilloso —

— ¿Sí? — lo miró a los ojos desde abajo con curiosidad.

— Sí, tu padre se volvió loco de felicidad al saber que estabas creciendo dentro de mí, como el hermoso fruto de nuestro amor y él podría verlo — rodó los ojos por lo cursi y sentimental que podía llegar a ser su esposo — Textuales palabras —

Su hermano cargaba con ella en brazos después de haber colapsado en el invernadero y siguiendo los pasos apresurados del joven duque, que los guiaba a una de las habitaciones de invitados a tranco largo. Detrás de ellos venía la señorita Irene con uno de sus criados de confianza por si necesitaban algo.

— Recuéstala aquí — abrió las cortinas de par en par y trotó hasta el baño.

— Está muy pálida — murmuró la joven a su lado quitándole el sudor con un paño húmedo — Y suda frío — lo miró por un segundo — Ayúdame a inclinarla de lado, le aflojaré el corset para que pueda respirar mejor —

No hizo falta, fue tan rápido que no podía creer lo que veían sus ojos. De un rápido y limpio movimiento, él extrajo una pequeña navaja de su túnica y rompió el vestido junto con el ajustado corset que oprimía el pecho de su hermana, dejando a la vista una escueta camisola de muselina blanca.

— ¡Maldita porquería! ¡Casi la mata! — se lo quitó a tirones para arrojarlo lejos — ¿Qué? —

Preguntó a la defensiva a los ojos azul celeste que lo miraban perplejos y guardando la navaja en su bolsillo después de hacerla girar en la mano.

— Nada — respondió incómoda y mirando a la joven en la cama que aún no despertaba — Eso fue algo inesperado, como si no fuera la primera vez que haces algo así —

El tono de doble sentido que salió de su boca sin pensarlo, le resultó ajeno y muy inapropiado para usarlo con un hombre santo.

— Soy un monje, pero eso no implica que sea un puritano —

Una sonrisa lasciva se materializó en sus labios, al observarla de reojo y comprobar el adorable sonrojo en sus angulosos pómulos.

— Entiendo —

Agregó indiferente y fingiendo que nada pasaba, aunque sus palabras la acariciaron en lo más recóndito y perverso de su alma. La pequeña llama de intriga y excitación que se ubicó bajo su vientre, no tenía explicación o nombre aparente. Estaba segura que, debajo de esa túnica e inmaculada fachada de feligre, se escondía un gran amante y hombre.

— Preciosa — la inclinó con uno de sus brazos al regresar y acercar una pequeña botella a su nariz que emanaba un hedor fuerte — Despierta, amor mío —

Besó su coronilla meciéndola de un lado a otro y ubicándose sobre la cama con ella en su regazo.

— No — murmuró obnubilada y apartando la botella de su rostro con los ojos cerrados — Me da náuseas —

— Lo siento, pero tenías que despertar — apretó su agarre para acercarla un poco más a él — ¿Te sientes mejor?, De verdad me preocupe —

Asintió, arropandose en su pecho al hacerse pequeña y sentir su calor, sentía muchísimo frío.

— Sí, gracias —

Abrió los ojos parpadeando varias veces para acostumbrarse a la penumbra, ya que la habitación se encontraba a dos luces.

— ¡Logan! —

Se incorporó de golpe buscándolo alrededor y al recordar lo sucedido antes de desmayarse.

— ¡Aquí estoy! — se precipitó hacia ella, se veía confundida y asustada — ¡Aquí estoy, hermanita! — aferró su rostro con ambas manos para que lo mirara a la cara — Aquí estoy — sonrió tranquilo al verla bien y acariciando su largo cabello castaño — No sabes el susto que nos diste —

Lo abrazó de golpe y sin darle tiempo a reaccionar, había quedado estático. Ella lo estrechó, lo estrechó tan fuerte, que parecía que no quería apartarse de él así lo intenten.

— Logan — lloraba como una niña entre sus brazos — Hermanito — escondió el rostro en su cuello, desconsolada — Te extrañé tanto — él sobaba su espalda de arriba a abajo intentando tranquilizarla — Me has hecho tanta falta, que yo… que yo… — no podía continuar, los espasmos del llanto la ahogaban — No sé qué decir — se deshizo en lágrimas — ¡No vuelvas a dejarme sola! —

— Shhh, tranquila, ya no llores — levantó una mano detenido cualquier movimiento del joven duque para intentar apartarla — Cálmate, ahora estaré contigo y nunca más volverás a sentirte así, lo juro —

— ¿Lo prometes? — se apartó para verlo a los ojos limpiándose las lágrimas — ¿No me dejarás como lo hizo Gaia? —

— No, hermanita — le ayudó a apartar los rastros de tristeza en su cara, él también quería llorar, pero se contuvo lo suficiente para no hacerlo — Nunca más voy a dejarte sola — se fundieron en un abrazo eterno para no soltarse jamás.

— Mmm, lamento interrumpirles — las voz de la joven Irene rompió el momento — Pero Henry acaba de decirme que el doctor Lyndel está aquí — hamacó su cuerpo de un lado a otro — Me tomé el atrevimiento de mandar a mi sirviente a por él —

— ¿El doctor Lyndel? — repitió ella sin romper el abrazo.

— Sí, el doctor Lyndel —

Aseguró el joven duque atrayéndola hacia él y colocando ambas manos sobre sus pequeños hombros, para recostarla en la cama al darle espacio.

— No creo que sea necesario que el doctor Lyndel me revise — presentó sus argumentos sin ser oída por ninguno de los tres — Sólo sufrí un desmayo a causa del calor, la impresión de volver a ver a Logan y llevar un corsét muy apretado —

Movía las manos inexplicablemente para que le prestarán atención, pero fue en vano, ya que el duque le había pedido a Irene y a su hermano salir.

— Nada de lo que digas impedirá que el doctor te revise, pequeño ángel — dijo este último antes de irse — Cuando termine la consulta volveré a verte, ¿Está bien? —

Se despidió con dos dedos en su frente y siguiendo el paso de la otra joven por uno de los largos pasillos que guiaban al ala oeste de la mansión Laurel.

— Joven monje — pronunció a su lado — Estoy muy feliz de que Dea… — no pudo continuar con su charla amena, ya que él la arrinconó sin escapatoria contra uno de los muros — ¿Qué haces? —

Respondió sin aliento y demasiado aturdida, cuando él presionó uno de sus turgentes senos con la mano.

— No finjas conmigo — le susurró en el oído inclinándose a su altura — Sé muy bien que me deseas — su aliento frío impactando contra su cuello erizó todo su cuerpo — Te estremeciste por un instante al saber que no soy para nada inmaculado —

Rozó sus labios a modo de juego y provocando su lujuria un poco más. Un poco más y ambos explotarían en llamas. El calor sofocante en el aire y de sus cuerpos juntos, generarían una ignición inminente.

— ¿Y qué harás al respecto? —

Lo desafío sin dejarse intimidar y mirando fijamente aquella gris tormenta que tenía plasmado en los irises.

— No tendrías que haber preguntado, muñeca —

La puerta del cuarto de la pequeña fue abierta después de un tenue golpe y la pelirroja cabeza de la mujer que rondaba por sus pensamientos y su mente, apareció tras ella. Irene había regresado después de mucho tiempo a Laurel.

— ¿Qué es esto? — tocó con los dedos las huellas de largas garras que marcaban el camino delante — ¿Un oso? — miró más allá y otro par, pero mucho más pequeño, las seguían — Y sus crías, según parece — se levantó — Por suerte, no son recientes — suspiró tranquila — ¿Qué tan profundo me introduje en el bosque para haber huellas aquí? —

Observó alrededor y no logró ver nada o reconocer el lugar, la bruma aún seguía vigente a esa hora de la mañana.

— No recuerdo que había animales tan grandes por estos lugares —

El ruido de ramas rompiéndose y el crujir de las hojas a unos metros la pusieron en guardia. Mantuvo a la espera su arco cargado y dispuesta a disparar a cualquier peligro que pudiera atacar.

— ¿Pero qué…? — bajo su arma lentamente — ¿Qué haces tú aquí? —

Laurel y sus alrededores, nunca dejarían de sorprenderle.