Capitulo # 3
Presente
Esa noche ambos durmieron en el sofá en forma de L sin proponérselo. Cada uno en su espacio; Sarada de medio lado con sus pies casi tocando el pecho del mayor, y Kawaki con la punta de sus pies por fuera del mueble. No hablaron mucho después de eso, y las últimas palabras de cada uno fue inteligible para el otro por lo soñolientos que estaban, la Uchiha por estar todo el día en la universidad y el Uzumaki por los arreglos a su apartamento.
La cama de Kawaki lució cómoda y arreglada toda la madrugada, tentándola a sumergirse en ella, sin embargo, su cansancio fue más grande que arrastrarse por el cuarto y caer rendida, las últimas fuerzas que tuvo las destinó a enviar un mensaje a Kagura diciéndole que Chouchou – su mejor amiga – pasó por ella, y que no se preocupara.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, con el cabello ya seco y en direcciones opuestas, encontró al pelinegro durmiendo con su propio pie decorado por uñas negras en su cara. Estuvo a punto de reírse y tomar una foto por la cómica vista, pero se abstuvo de hacerlo. Se levantó, fue al baño y como pudo se limpió los dientes con el dentífrico del dueño, agarró nuevamente el cepillo de Himawari y se peinó, dejando sus cabellos sueltos, la ropa que había dejado en la lavadora del baño ya estaba seca así que se la puso. Ya dejaría para bañarse cuando estuviera en casa.
Cuando salió, ya presentable, el pelinegro seguía durmiendo. Así que, sin permiso, se dio la libertad de recorrer su departamento, pero cuando se aburrió, solo abrió la nevera y agarró una manzana verde para comer. Podía observar como el mayor seguía teniendo una obsesión con la vida saludable, encontrando su nevera repleta de verduras, frutas frescas, y la ausencia de chatarra en ella. Supuso que esa era la vida de un cabo.
Era mitad de semana apenas y no tenía la menor idea si el Uzumaki tenía algo pendiente, pero sin importar eso, no lo despertó, solo tomó el mismo puesto que la noche pasada y se dispuso a verlo dormir un poco más. Se veía más calmado que nunca, sin la típica mueca de irritación en su cara, sin el ceño fruncido, la ironía de sus labios o el semblante aburrido, de cualquier forma, había algo que era indiscutible; Kawaki, era por lejos, el hombre más atractivo que vio en su vida.
El solo pensamiento hubiera hecho que su yo adolescente se sonrojara y apartara la vista, pero ahora, solo sentía curiosidad. Curiosidad por el tipo de chica con la que saldría el pelinegro actualmente. Cuando eran adolescentes fue inevitable ignorar la belleza de mujeres que lo rodeaban, con personalidades diferentes, pero al final, siempre con un atractivo etéreo. Para Sarada, sus novias eran tan hermosas que le causaba cierto fastidio ver como este no les prestaba la atención que ellas querían, y es que, el pasar mucho tiempo en la casa Uzumaki hizo que la Uchiha tuviera frecuentes conversaciones con ellas. Incluso recuerda como una vez, su novia de ese entonces, una pelirroja de ensueño, mientras esperaba al mayor, habló con ella y Himawari por horas mientras les enseñaba a hacerse el delineado en la parte posterior del ojo.
En definitiva, Kawaki no era el novio del año y, probablemente la mayoría de sus relaciones fallidas, hayan estado con él por lo guapo que se veía con la ilusión de cambiarlo a alguien más entregado y dulce, pero si algo sabía del pelinegro en ese ámbito sin ser cercana, es que era honesto desde un principio. Todas ellas aceptaron estar con él, haciendo caso omiso a las advertencias sobre no querer esforzarse en una relación.
Sin embargo, había pasado ya cinco años. En esa cantidad de tiempo, la gente cambia demasiado; incluso ella.
Kawaki abre los ojos en su dirección, observando a la pelinegra viéndolo desde arriba y apartándose de golpe cuando sus ojos conectan.
- ¿Qué hora es? – preguntó ronco, estirándose en el proceso.
- Son casi las diez. – respondió levantándose – te estaba esperando.
- Ya veo. – Kawaki estaba en una posición entre sentado y acostado, se quedó mirando un punto fijo sin hacer movimiento o sonido alguno, demasiado atolondrado para reaccionar.
- Debiste dormir en la cama – mencionó la azabache mientras desconecta su celular y lo mete en su bolso, ignorando las llamadas y mensajes pendientes.
- No me di cuenta.
- Me tengo ir – anunció la Uchiha llamando la atención del otro – Gracias por dejar quedarme.
El pelinegro se encogió de hombros restándole importancia. Se levantó del sofá siguiéndola hacia la puerta e ignorando el rugido de su propio estómago.
- Supongo que te veré por ahí. – se animó a decir el mayor.
- No sé cuándo sería eso – dijo.
- Puede ser pronto – insinuó con algo detrás. Sarada levanta sus cejas con duda.
- Adios, Kawaki.
No sabe a lo que se refiere el otro así que se va por el pasillo, encontrándose con un gato negro dormido en las escaleras.
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Había algo en el edificio, en sus pasillos, en el apartamento, en cada rincón de él, que era diferente. Desde que se mudó sintió la sensación de estar viviendo bajo una mala revista de inmuebles que están a disposición de los pacientes en la sala de espera del odontólogo; vacío aun con los espacios amoblados. Estático sin importar cuantas veces cambie el orden de los muebles. Elegante, pero sin la menor presencia alguna. Tal vez era sus humildes inicios que no se acostumbraban a tales excentricidades, pero la verdad es que, incluso la casa de sus padres, vacía o no, siempre estaba llena de vida. Le irritaba, pero ya se había rendido a vivir en un departamento sin esencia alguna hasta que la mocosa Uchiha, una vez salió por esa puerta, hizo más notoria esa sensación.
Cuando la observó peinarse fue como si la imagen de ella calzara perfecta en su departamento, pero no fue solo ahí; en la parada de bus, bajo una sombrilla, también subiendo por el ascensor juntos. ¿Qué clase de pensamientos eran esos? Eran dulces, desagradables ¡no eran propios de él! Creía que no faltaba mucho para caer en la locura puesto que, cualquiera que tenga sentimientos de manera poco convencional hacia la Uchiha, estaba destinado a perder la cabeza.
Cuando estuvo de servicio, no había tiempo ni alguna razón que te arrogue a pensar demasiado, a menos que sedas a tus miedos, así que no era su caso. Pero desde ese día en la mañana, cuando Sarada sale de su departamento, no dejó de pensar.
Pensarlo fue difícil, pero el decir toda la situación en voz alta fue aún peor. Himawari se pasó por el lugar dos días después, metió al estúpido gato que siempre estaba en el pasillo sin importarle la molestia en su cara y, mientras hablaba de su salida a la Universidad con su grupo del colegio, le recordó que tenía que acompañarla a entregar unos papeles, ahí, de la manera más receptiva, no pasó por alto los cabellos largos y negros que adornaban su propio cepillo. Su hermana tenía el cabello azul oscuro.
No creyó la necesidad de mentir, sabía que de alguna manera quedaría peor si lo hacía, pero la mirada seria y penetrante de su hermana menor lo confundió, replanteándose si debió decir la verdad. No le pareció la gran cosa, de todas maneras, solo dijo de manera superficial lo que pasó, ignoró por completo el decirle lo que sentía, no por vergüenza sino porque ni él sabía. Aun así, para la menor fue tan fácil saberlo que no hizo falta contarlo. Con tal seguridad le preguntó:
-¿Te gusta Sarada?
No podía creer su pregunta. Con suerte y la había visto dos veces desde que llegó, no había razones detrás que respaldaran esas palabras; ¡solo le dio un lugar donde dormir! Kawaki no respondió, en su expresión notándose lo absurdo de la situación, porque así lo era.
-Está bien – concordó - ¿Te ha gustado Sarada?
Al parecer – según su hermana, – siempre le dio la impresión de que le gustaba ella desde pequeños.
-Te equivocaste de hermano.
Era estúpido que le preguntara eso, incluso si sabía la relación que tenía Boruto con la Uchiha. Aun así, ella le refuto con insistencia, que a su otro hermano nunca le gustó Sarada pero que siempre le llamó la atención como el pelinegro pretendía ignorarla durante las reuniones familiares y cuando esta no veía, la observaba. Kawaki se mostró sorprendido. Le contó cómo le daba igual los comentarios que el resto hiciera, pero siempre parecía escuchar con atención lo que ella tenía que decir. No pasó por alto mencionar lo, aparentemente bien que quedarían estando juntos, y lo extasiada de felicidad que estaría de ver a sus personas favoritas salir.
Después del silencio por parte de Kawaki, quien no afirmó ni negó nada, la menor dejó el tema ahí, sin embargo, siguió hablando de Sarada durante esos años, con la excusa de que esa información le sirva en un futuro. Descaradamente le guiñó el ojo.
Al parecer, Sarada había ocupado el cargo de hermana mayor con la Uzumaki esos casi cinco años fuera, incluso si apenas tenía tiempo para sus estudios, siempre respondía sus mensajes, llamadas y salían de compras. La Uchiha era hija única y aunque tenía muchos primos y tíos cercanos, muy pocas eran las mujeres de su familia, razón por la cual adoptó a Himawari como su autoproclamada hermana menor. Hinata estaba encantada.
La azabache estudiaba economía, trabajaba medio tiempo en la empresa de su familia – siempre y cuando no estaba en parciales –. Era la encargada principal de extender la biblioteca en su casa – oficio que se tomaba muy en serio –. Se planteaba mucho el mudarse a un lugar sola, pero temía dejar a sus padres. También le contó sobre el accidente de tráfico que había tenido con su primo Obito mientras este conducía y el pavor que le generaba conducir. Como hace poco había terminado con su ex por lo que tenía el camino libre y lo mucho que soñaba con viajar sin parar por el mundo.
Aunque hubiera preferido que esa información se la diera la Uchiha misma, agradeció mentalmente los datos.
A la mañana siguiente estaban, ambos hermanos, dentro de la universidad entregando los dichosos papeles de ingreso de la menor. El lugar era enorme y la cantidad de estudiantes era equiparable al tamaño, aun así, prefirieron seguir recto, perderse por los pasillos, que preguntar por indicaciones de dudosa procedencia.
- ¿Por qué no le preguntaste a Sarada que te acompañara? – preguntó sentado en las bancas de un pasillo, cansado de caminar por los edificios. La Uchiha estudiaba ahí, el lugar era cerca de su departamento por lo que no le costó intuir que, esa noche cuando la azabache era más agua que persona, se había quedado hasta tarde en esa universidad. La única razón por la que aceptó ir fue porque no sabía de qué otra manera tentar a la suerte y coincidir en un mismo lugar.
- Tiene una presentación hoy.
- Te dijeron que trajeras tus papeles hoy, más no te dieron hora. Espera a que termine y te ayude.
La Uzumaki cedió, fueron a la cafetería que era el único lugar destacable que parecía no tener perdida y mientras comían, escucharon de la mesa a su lado como las presentaciones de la facultad de Economía eran abiertas en el auditorio, Himawari sin pensarlo lo arrastró persiguiendo a los chicos de gafas. Una vez entraron al magistral lugar que parecía más un teatro de música clásica, se sentaron en las sillas últimas, no de manera céntrica para poder pasar desapercibidos por la aguda vista de la Uchiha.
La vieron en las primeras sillas esperando su turno. Vestía con un pantalón por encima de la cintura; de color negro, ajustado de la manera necesaria en sus amplias caderas, pero suelto al final. Con una blusa de seda blanca hasta sus antebrazos; que escondía el exceso del largo debajo del pantalón, un lazo negro adornaba delicadamente en el cuello de la blusa. Sus tacones negros, de suela roja, eran un poco bajos en comparación a sus compañeras; la Uchiha siempre tuvo una altura más alta que el promedio. Esta vez tenía el cabello suelto, con su flequillo bien peinado y con una balaca perlada.
Una vez fue su turno, su apellido no pudo más que hacerse notar por lo dominante que era.
Cuando la conoció pensó que no era más que una niña privilegiada, una princesa para su familia, que todo en su vida fue fácil, y aunque no estuvo equivocado en ese aspecto, sí lo estaba con respecto a que no trabajó por ello. No podía creer cómo alguien tenía una familia que la quería, una inteligencia que deslumbrara, un estatus social que le permitía equivocarse mil veces de ser necesario, y, por último, que sumado todo eso, también sea inhumanamente hermosa. Con forme crecía se dio cuenta que él, a pesar de también poseer privilegios que su nueva familia le daba, y comparándose con la azabache, no era más que un adolescente quejica.
No tenía la menor idea de lo que hablaba, pero su manera de explicar no dejaba ningún cabo suelto. Incluso para él, el no darle una nota máxima, lo calificaría como una ofensa al trabajo duro. No sabía si la azabache seguía siendo de las que lloraban por no tener la nota perfecta.
Himawari a su lado no hacía más que tomarle fotos, decir lo guapa y genial que era su hermana, a diferencia de ella, él sí estaba prestando atención a la presentación de la Uchiha. En la escuela Sarada siempre tuvo un deje de madurez que resaltaba por encima de cualquier grupo, aunque de puertas para dentro, él la consideraba más inmadura de lo que aparentaba, por eso no fue diferente observar los típicos hábitos que tenía cuando exponía. Lo que sí lo hizo sentir fuera de base, fue lo madura que se veía su ropa en ella, no le molestaba en absoluto, pero no podía evitar pensar en lo mucho que se perdió en esos cinco años; sus rasgos seguían siendo lizos y suaves, pero lo recto y prolijo de su atuendo contrastaba a sus ojos.
Pronto, su hermana menor también estaría obligada a usar ropa elegante para sus exposiciones, incluso si esta seguía prefiriendo los colores pasteles y los suéteres que tienen gatos como estampa.
La ronda de aplausos no se hizo esperar cuando esta concluyó, la de ojos ónix respondía de manera ágil las preguntas que realizaba el jurado, y cuando tocó turno de responder las preguntas del público, la mujer que se encontraba dos asientos delante de los hermanos hizo que la presencia de ambos fuera delatada. Una sonrisa que mostraba una dentadura perfecta se extendió por su rostro, alivianando la madurez de su presentación y contagiando sin darse cuenta a los demás asistentes, aun así, con la guardia baja, esta respondió por las propuestas que la mujer preguntaba.
Podían llamarlo cobarde si querían, pero no dudó en rehuir a su mirada.
La Uchiha guardó sus cosas, entre ellas su portátil en su bolso y subió las escaleras hasta los asientos del costado donde se encontraban, sin sentarse solo hizo un ademán con la cabeza hacia los hermanos, quienes respondieron siguiéndola afuera del recinto.
Himawari y Sarada iban caminando frente él, con las manos agarradas y yendo, al parecer, hacia la facultad de arquitectura. No sabe en qué momento se convirtió en el chico que lleva los bolsos.
Himawari estaba hablando hasta por los codos, la Uchiha un poco más sutil le respondía a cualquier duda. Los tres se encontraban en la sala de espera, unos al lado del otro y con la menor en la mitad hablando sin tomar un segundo para respirar. Cuando llamaron a la Uzumaki, ambos fueron detrás de ella por inercia, tropezándose al intentar pasar los dos a la vez por la angosta puerta.
-Lo siento. A partir de aquí solo puede pasar la aspirante – dijo la auxiliar.
Así que ahí estaban, hombro con hombro en las sillas del pasillo esperando a la de pelo azul. No sabía qué pasaba y por qué era tanta la presión que sentía, por qué se volvía cada vez más difícil hablar con ella o al menos, comenzar una conversación. Pensó, a este punto hablar sobre Himawari no tenía sentido, la menor se encargó de hablar todo el camino, felicitarla por su presentación se sentía como un buen inicio, pero tan rebuscado que lo hacía sentir falso.
-Me gustan tus tatuajes – alagó ella.
Sus tatuajes, por supuesto. Se los hizo un año después de irse que se le olvidó a lo mejor, era algo que llamaba la atención.
- ¿No tienes ninguno? – preguntó.
- No tan grandes – dijo, señaló la parte de atrás de su hombro derecho – aquí tengo el Kanji de fuego.
- Así que eres de la que se tatúa cosas con significado.
- ¿Tú no? – preguntó.
- Son líneas al azar – mostró su brazo izquierdo – pensé que se verían geniales.
- Son geniales – concordó.
Se dio cuenta que sonreía más sin proponérselo, contagiado por la azabache.
-¿Tomarás el transporte público? – preguntó. Se sentía un estúpido, no hace falta la aclaración.
La Uchiha toca un tema interesante como los tatuajes y él, el transporte público, por supuesto que sí. Con un poco de suerte, le pide su opinión sobre los precios que el gobierno destina para su avanzado sistema de transporte público en comparación con otros países. Una pregunta de economía para una chica que estudia economía. Que imbécil era.
- Como voy vestida, no – respondió. La vio acomodarse en su puesto, sentándose de piernas cruzadas – mi tío viene por mí.
- No sabía que estudiabas Economía – era un imbécil.
- No creo que Hima haya obviado un dato así. – lo sabía. Todo el mundo, de hecho.
- Supongo que una vez termines, trabajarás en la empresa de tu familia.
La azabache se gira para mirarlo, con todo su cuerpo en su dirección y ojos de repente brillantes, abre la boca y varias veces la cierra.
-Kawaki, no quiero hablar de mí – dijo – no tienes que preguntar para saber qué estuve haciendo con mi vida. Quiero que me cuentes sobre ti.
Quiso saber cuánto estuvo aguantando para preguntar eso.
-¿Qué quieres saber? – para Kawaki no había nada interesante. Incluso pensó que, siendo tan diferente la economía del servicio militar, él quedaría como alguien insuficiente. Pero ahí estaba la azabache, dispuesta y atenta a escuchar.
Lo pensó durante unos segundos. Quería preguntar de todo, pero el pelinegro no era muy hablador que digamos, por eso pensó en una pregunta que sabía no podía huir de ella, y que la haría saber más de él.
-¿Por qué el servicio militar? – preguntó. Los músculos de su cuerpo se relajaron dispuestos a escuchar la mejor historia que alguna vez contada, sintió la presión ante eso, no por sorprenderla, pero sí por abrirse. Decidió abrirse con ella por segunda vez.
¿Por dónde comenzar? ¿Qué decir? Sarada Uchiha no era del tipo de persona que un "porque sí" le bastará; no porque fuera insistente, todo lo contrario, porque una vez alguien suelta esa sosa respuesta, su interés se esfuma.
- No soy un admirador de la vivir en la ciudad – respondió. Sarada asiente, meditando, sacando respuestas cóncavas a sus palabras, no estando segura si ahí terminaba la historia. – cuando Naruto me contó que prestó servicio, pensé ¿por qué no? Lo intenté, me gustó y me quedé. Esa es la historia, Uchiha.
- Me gustó – sonrió la menor – te falta trabajar más en los detalles, pero me gustó.
Negó con su cabeza por la calificación que le daba – ¿en serio te gustó?
- Sí – afirmó –. Mi papá conoció a mi tío Naruto ahí. Se hicieron rivales y mejores amigos, por eso desde pequeña hizo que practicara deportes de peleas.
- ¿Sabes pelear? – preguntó curioso y con cierta burla.
- No sé cómo sería ahora – rio. Agarró la manga de la camisa del pelinegro zarandeándola levemente – peleemos. Tú y yo.
- ¿Una pelea? – preguntó ahora sorprendido por la invitación.
- Sí – afirmó convencida, lo notaba en sus ojos – será una batalla hasta la muerte.
- O hasta que te rompas las uñas.
Las ansias de demostrar que era la mejor seguían ahí; un apetito voraz que la impulsaba a probarse ante todos.
- Nunca había hablado más en serio, Kawaki – dijo seria. No sabía qué responderle, era obvio que le ganaría, pero no quería romper esa ilusión en sus ojos.
- Yo organizaré la pelea; será en mi casa… – departamento – lo que sea. ¿mañana tienes clases?
- Solo dos horas – respondió extasiada – termino a las doce de medio día.
- Está bien. – anunció –. Será mañana en mi departamento a las dos de la tarde; si faltas serás una cobarde y si llegas, serás una idiota.
Himawari salió de la oficina casi temiendo interrumpir su plática, así que apenas salió, ambos expandieron más el espacio entre ellos, no habían caído en cuenta lo recortado que estaba. Nuevamente la peliazul dominó la conversación, siendo esta la que más hablaba. En la puerta del parqueadero, Kawaki le devuelve su bolso a la azabache antes de subirse al auto con su tío – quien no pasó por alto la oportunidad de saludar a los hermanos y darle la bienvenida al pelinegro, invitándolos a comer cuando les venga bien. Sarada se despidió de Himawari con un abrazo que se extendió, y del pelinegro, agitando un mano de un lado a otro.
Rechazaron el aventón a su departamento porque la distancia era corta.
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Esa mañana, apenas se levantó, no podía encontrarse más que emocionada. No sabía qué esperar, así que no se vistió para la universidad sino para lo que vendría siguiente a ella; se puso unos Jogger negros, un top deportivo debajo de su blusa holgada y blanca que le quedaba por el ombligo. Se aseguró de mandarle un mensaje a su tío para que no pasara por ella después de clases.
No podía negarlo; le gustaba pasar tiempo y hablar con el pelinegro. Al menos este Kawaki, sí conversaba con ella, sí le respondía, sí la miraba a los ojos, esto jamás podría haberlo hecho con el Kawaki adolescente, aquel a quien le dabas la impresión de oler peor que basura radiactiva por lo repelente que, al parecer era para el pelinegro en ese entonces.
Al salir de clases almorzaría cerca de la universidad, aprovecharía el tiempo de entre sus clases y la hora de la pelea para hacer una buena digestión, lo cual la inquietaba ya que recientemente había sufrido de repentinos retorcijones en el estómago cuando estaba con el pelinegro.
Sarada cayó en cuenta que, en todo este tiempo, desde que eran adolescentes hasta la fecha, nunca había tenido agregado a Kawaki en el celular, ¿debería pedírselo a Himawari? Solo dios sabía cuánto evitaba ser intensa así que no lo haría, nunca se lo pidió a algún chico antes ¿por qué lo haría ahora? ¿estaba siquiera considerando al Uzumaki de esa manera?
Veía la clase pasar, la profesora dictar con pasión y a sus compañeros moverse de un lado a otro. Hacía tiempo que no fingía prestar atención, no podrían culparla, alguien ya ocupaba ese lugar. Alguna parte de su cabeza – más específicamente su niña interior – le recordaba cuando lo conoció, queriendo saber él, detrás del pelinegro y queriendo ser su amiga porque había llegado a su círculo de conocidos alguien diferente a lo que solía ver, diferente a ella y por más que se burló de quienes estaban embobados con el recién llegado, incluso a ella le parecía la persona más genial.
La mañana de ese día había amanecido brillante a pesar de los consecutivos días de lluvia, sin embargo, había un aire frio que ponía en duda su duración. Salió de su clase un poco antes para evitar la congestión, se despidió con un ademán de su compañera de puesto desde inicio de carrera y vagó por los pasillos hacia la salida. Cuando se estuvo cerca de la puerta principal se detuvo al reconocer la cabellera negra; el Uzumaki recostado en la pared contraria con su rostro inexpresivo medio alzando el brazo para saludarla.
-¿Qué haces aquí? – preguntó una vez salió por el portón. Lo vio enderezar la postura frente ella, con una mano revolviendo su propio cabello y con la otra agarrando sin preguntar el bolso de la azabache para colgarlo en su hombro. Sabía lo que estaba haciendo, lo vio hacer lo mismo a Himawari varias veces cuando solía ir por ella a su preparatoria.
A pesar de no decirlo en voz alta, el simple acto la enojó un poco.
-Vamos, sabía que escogerías ser una idiota – resumió. El pelinegro comenzó a dirigir el paso como si fuera obvio el que lo iba a seguir, como si ya estuviera acostumbrado a tener a chicas detrás de él. Solo habían pasado segundos de haberlo visto y ya eran dos cosas por las que se estaba enojando.
Lo siguió de igual forma.
- ¿Qué te hizo creer que iba a tu casa? – gruñó por lo bajo a unos metros de él.
- Tu ropa – respondió sin mirar atrás. Rodó los ojos por ese detalle olvidado.
- Iba a almorzar primero – aclaró con condescendía en su tono de voz.
El pelinegro se rio, o al menos eso notó la azabache por el movimiento de sus hombros desde su vista. Se dio la vuelta para esperar y caminar junto a ella.
-Vamos Uchiha, apenas es mitad de día y ya estás enojada – comentó – tengo el almuerzo ya listo.
Sabía que no había razón por la cual su humor chispó de repente, pero ahora se sumaba a la lista de razones el que le haya dicho que estaba evidentemente enojada y que no le haya preguntado primero si quería almorzar.
Esto último no pasaría si tuviera su estúpido número de teléfono.
- Pues peleo mejor enojada – replicó.
- ¿Entonces será una de esas peleas?
- ¿A qué te refieres? – cuestionó con el ceño más fruncido.
- Donde hay más fuerza bruta que técnica – explicó.
Sarada resopló en su sitio sin poder creer lo que dijo – verás ambas cosas.
En el camino ninguno agregó algo más, la azabache guardando enojo para después y el Uzumaki sin querer picarla más. Aunque sus pensamientos iban en contra, se regañó mentalmente, solo no entendía lo que le pasaba. Esta emocionada por la pelea, pero ¿qué había detrás de las palabras y comportamiento del pelinegro que la molestaba tanto? Comenzaba a pensar que lo que realmente le molestaba era parecer una más de su club de fans. Si Boruto o cualquiera de sus amigos cercanos la viera, lo pensaría al instante.
Si era eso entonces ¿qué hacía ahí? Era muy tarde para cambiar de parecer.
¿O no?
-Himawari me dijo que ya no eres vegetariana – comentó mientras dejaba su bolso en la mesa de la entrada – hice salmón.
- ¿Hima te habla mucho de mí? – inquirió sacándose los zapatos y dejándolos en el pequeño closet.
- Algo así.
- Deberías preguntarme a mí ¿no te parece? – no respondió, podía sentir su mirada detrás de ella - ¿puedo tomar el baño?
- Sí, ya sabes dónde está.
De camino al sanitario no pasó desapercibido que, la mesa que estaba frente a los sillones donde pasaron la noche, fue reemplazada por unas colchonetas unas al lado de otras. Se obligó a regular su respiración una vez dentro, que sin haberse dado cuenta por intervalos era contenida y por otros fatigosa, tiró agua sobre su rostro, incluso sin estar acalorada su corazón parecía que acababa de subir a su departamento por las escaleras y no por el ascensor.
Quería seguir viéndolo, tener cualquier oportunidad para tener contacto con él y sabía muy bien que este día determinaría eso. Pero no pudo evitar enojarse. Tenía que relajarse, soltarse más y no caer en sobre pensar todo. Tenía que hacerlo, pero era tan difícil con el nudo que se alojaba en su estómago.
Quería que dejara de verla como una niña, como la niña rara que alguna vez usó esas horribles gafas rojas que eran más grandes que su rostro y a la que estaba obligado a convivir por ser hija de los mejores amigos de sus padres.
No obstante, había algo más grande que ese deseo caprichoso de actuar como una de sus Groupie y era su orgullo, el pelinegro sabía de primera mano cuan grande podría ser. Así que se lo demostraría, la pelea sería una declaración de cuan firme estaba a sus convicciones, que no se dejaría guiar por esos recientes sentimientos y que estaría firme a cualquier ataque de ese Uzumaki. Sería prudente que este tuviera conocimiento de lo que verdaderamente significaba la pelea, pero no tenía coraje para decirlo en palabras.
Salió del baño decidida; había dejado atrás esas irregulares palpitaciones y con paso firme se dirigió al comedor donde Kawaki se encontraba sirviendo la comida. Estaba hambrienta, después de todo acababa de ganar una batalla mental consigo misma; ahora tocaba la física.
Pero lo ponía tan difícil cuan tierno se veía sirviendo de manera prolija los vegetales.
- ¿Tomas algo diferente al agua? – preguntó cuando terminó. Le hizo un gesto para que se sentara y lo hizo.
- Agua está bien.
Se sentaron en la mesa de cuatro sillas, frente uno del otro y aunque ambos dijeron al mismo tiempo "gracias por la comida" como costumbre, ninguno dio el primer bocado. El pelinegro esperando una reacción de la Uchiha y ella, esperando un permiso silencioso.
- ¿No tienes hambre?
- Lo estoy – respondió.
- No lo envenené, si es lo que piensas – replicó – en el ejercito te enseñan valores, ya sabes.
Se escuchó como se ponía a la defensiva, el Kawaki que conocía y al que sí estaba acostumbrada. Comenzaba a relajarse. Al parecer no fue la única que tuvo una batalla mental antes.
- Antes de eso no tenías algún conocimiento de valores.
- Come y ya – ordenó entre dientes. Se rio por lo autoritario que se veía, por como resaltaban sus venas al apretar su cubierto y su ceño fruncido al mofarse de él. Sarada se recostó en el respaldo de la silla – ¿Por qué te cuesta tanto hacer las cosas sin objetar?
- ¿Por qué te molesta que no haga lo que quieres?
- ¡No es así! – exclamó, la azabache alzó se ceja en reproche y este carraspeó soltando el cubierto – no me molesta.
- Sí lo haces. – afirmó tomando del vaso de agua y respondiendo de forma insolente – no soy parte de tu escuadrón, ni mucho menos de tu club de fans, recuerda eso.
El pelinegro relajó su ceño fruncido, la miró analizándola y copió su lenguaje corporal, se recostó para obsérvala mejor – ¿cómo eso tendría algo que ver con que tragaras la comida?
-¿Con la comida? ninguno – respondió simple – solo estoy esperando que tú des el primer bocado, son mis modales.
Kawaki agarra el tenedor, lo pincha en un pedazo de salmón y sin masticar se lo pasa por la boca sin dejar de mirarla – podrías haber comenzado por ahí.
- Había que relajar el ambiente – la azabache se enderezó y comenzó a comer, rompiendo el contacto visual con el pelinegro.
- ¿Esa es tu manera de relajar el ambiente? ¿Provocando a la gente? – la Uchiha comía con su atención en su plato, de vez en cuando dirigiéndole alguna que otra mirada, a diferencia del Uzumaki que a penas y miraba su propia comida.
- No soy buena contando chistes – contestó – pero si te molesta tanto, debí mejor alagar tus habilidades culinarias, como estas increíbles verduras salteadas, nunca había probado estos sabo…
- Ya entendí – interrumpió su insolente discurso. Bramó – entendí que sigues siendo una mocosa de mierda.
Sarada soltó los cubiertos haciendo notorio el insoportable ruido al chocar con el plato de porcelana, se inclinó sobre la mesa y adoptó la postura irritada que tenía el contrario hacía unos momentos – tu realmente quieres comenzar la pelea.
- Tú comenzaste, mocosa de mierda – aclaró hostil – ahora aguántate y termina de comer.
- ¿De qué manera comencé algo aquí?
- Dijiste… - chistó. Tomó una bocada de aire profunda al darse cuenta de que estaba cediendo a las emociones de la azabache – dijiste solo para provocarme que, esperaba que todos hicieran lo que quería.
- Debiste confundirme, pero eso no lo dije para provocarte, solo expuse lo que estabas haciendo.
- ¡Solo te dije que comieras! – exclamó.
- ¡Que comiera primero!
- ¡No puedo creerlo! ¡Eres una inmadura! – se levantó arrastrando la silla de forma brusca, agarró su plato sin terminar y lo puso en el mesón de la cocina – eres la única persona en el mundo que vería algo malo en eso y también la única que me quitaría el apetito, ¡gracias!
- ¿Puedes parar de tratarme como una niña? Eres insoportable.
- Deja de comportarte como tal.
- ¡Cállate de una vez! – quiso levantarse y tirar la comida a la basura igual que él, pero mierda que se moría de hambre y sabía muy bien. Respiró hondo, enderezó su postura y siguió comiendo mientras desde arriba el pelinegro despotricaba contra ella: Eres una inmadura, sigues siendo la misma, niñata. Esperó una respuesta mientras esta devoraba el salmón – tengo algo mejor que hacer aquí, que contestar tus insultos.
Kawaki resopló, se dio la vuelta para lavar lo usado y antes de salir a la sala, dijo – cuando termines deja limpio.
Por supuesto que dejaría limpio, lo dejaría reluciente ¿Quién creía que era? ¿una sucia? ¡lo que faltaba!
No hacía falta resaltar que el plan "mantener la compostura" fue un fracaso.
Una vez limpió y organizó todo, se acercó a la sala donde se encontraba el pelinegro acostado boca arriba en las colchonetas, con sus manos por detrás de su cuello. Imitó su postura y se acostó a un lado de él, no tan cerca.
- No me disculparé, si eso piensas – comentó – solo me reposaré.
- No esperaba que lo hicieras de todas maneras – replicó el pelinegro. Ambos se escuchaban más calmados. Anunció – En una hora.
-¿Ah?
- Nos tomaremos una hora y luego comenzará la pelea – la Uchiha cerró sus ojos y solo lo escuchó hablar – a menos que quieras vomitar lo que comiste.
- Esperemos una hora entonces – balbuceó.
Kawaki giró de medio lado y la vio adormecida, rodó sus ojos por lo débil que era su cuerpo a la hora de resistir el sueño. Siempre fue así.
- ¿Estaba buena la comida? – preguntó.
- Sí, no discutiré eso – comentó – tal vez sí debí alagar tu cocina.
- Ahora lo dices, justo después de pelear.
- Sabía muy bien, Kawaki – confesó. Abrió los ojos y se inclinó de medio lado aun adormecida, parecía que sus rostros estaban más cerca de lo que creía – pero a la próxima pregúntame a mí, no a otro.
Después de eso, a los pocos minutos cayó dormida. Soñó con un recuerdo cuando no era más que una adolescente; la vez que le limpió las heridas a Kawaki, en que estuvo a centímetros de su rostro y que, aunque ese día estaba rodeada de sus demás amigos, pareció una escena tan intima incluso si ambos fueran lo opuesto.
Se levantó con el sonido de un timbre y cuando abrió sus ojos alarmada, se dio cuenta que no fue la única que se durmió después del almuerzo. Zarandeó a Kawaki a su lado, pero este no hacía más que pegarle en la mano para que lo soltara, siendo sus intentos inútiles se irguió para abrir la puerta, dándose cuenta de como el sol comenzaba a esconderse.
Mierda.
Cuando abrió la puerta encontró a un pelirrojo, aquel que no había visto en mucho tiempo. Fue mejor amigo de Kawaki en el colegio y ahí se encontraba, pero esta vez con los ojos estupefactos.
- Mierda – lo escuchó decir por lo bajo. Como pudo se peinó sus cabellos a los que no les había dado tiempo de arreglar – Princesa, no esperaba encontrarte por acá.
- Code – nombró. Carraspeó por lo ronca que sonaba su voz – yo tampoco.
Por detrás sintió como el pelinegro arrastraba sus pies hacia la entrada, con el cabello en todas las direcciones y sosteniendo la puerta con una mano – ¿Qué haces aquí?
- Solo pasaba por aquí… - canturreó meloso – ya sabes, como siempre…
- Te dije que iba a estar ocupado – recordó con voz baja y ronca.
- Ya veo que sí – aventuró a darle una mirada de arriba hacia abajo a la azabache, quien de forma inmediata frunció el ceño mientras ahogaba un bostezo.
- No es lo que piensas, asqueroso – aclaró la Uchiha pero al ver como este se reía en respuesta, lo ignoró y se dio la vuelta para volver dentro, dejando solos a los mayores.
No le interesaba lo que pudieran hablar, solo le pareció misteriosa el tono tan bajo que optaron ambos para que esta no alcanzara a escuchar desde la sala. Revisó su celular y respondió algunos mensajes, la hora había avanzado cuatro horas desde que habían comido, se suponía que la pelea sería a las dos de la tarde, ahora no sabía si quería hacerla.
El apartamento de Kawaki se veía mejor a esta hora, al estar en unos de los últimos pisos, todo el lugar estaba pintado en colores naranjados. La temperatura había bajado, cuando miró hacia abajo los restos de una lluvia de la que no se había percatado seguían en el suelo.
- Ya se fue el imbécil – comentó una vez se sentó a su lado en el sillón – dormimos mínimo cuatro horas.
- Tenía tiempo que no lo veía. El mismo desde que te fuiste.
- ¿En serio? – preguntó incrédulo, la azabache asintió.
El pelinegro se levantó y sobre la colchoneta comenzó a estirase, lo veía desde su posición baja, aun recostada sobre el sillón como los cabellos desordenados del Uzumaki caían con rebeldía en su frente. Escucha los huesos tronar del mayor para luego ver más relajados sus músculos.
- Si que estás dando un espectáculo desde aquí – halagó entre risas. El pelinegro se rio entre dientes y ocultó más su mirada entre sus cabellos – el atardecer está de tu lado.
- ¿Es esta una técnica de distracción? – se acercó unos cuantos pasos para estirar su brazo en invitación a levantarse – ¿No creerás que la pelea se canceló? ¿O sí?
Sarada la tomó, agarrándose de su antebrazo y de su mano, sintió el tirón que la hizo ponerse en pie de un salto. Lo imitó, estirando pantorrillas, espalda y brazos.
- ¿Cómo lo haremos? – preguntó en referencia a la pelea. Se recogió su largo cabello azabache en una coleta alta y con un gancho sostuvo su flequillo.
- Una pelea de tres asaltos – respondió. Kawaki saltó unas cuantas veces en su posición mientras esta se arreglaba el cabello – mientras uno inmovilice al otro por quince segundos, se considerará como ganado el asalto, ¿te parece?
- Me parece – confirmó.
Ambos dieron vueltas sobre la colchoneta, con una buena postura que les permitía tener en control su propio cuerpo y al mismo tiempo con los brazos a una distancia prudente en defensa propia. Kawaki hizo tres intentos de amague en los que la azabache no se dejó intimidar, en el cuarto intentó de agarrar su brazo la Uchiha agarrar firmemente su brazo y lo gira hacia el lado contrario. Escuchó como este soltaba una risa amplia.
-Eso funcionaría si tuvieras cincuenta quilos de más – por alguna razón el otro brazo del mayor terminó en su cintura. Seguía empujando para derribarlo, pero sus palabras explicaban lo que la fisiología daba a entender, lo sabía sin embargo no podía evitar enojarse.
Intentó darse golpes en las costillas, pero este era firme como el árbol más viejo de Nagoya. Sarada intentó, pero este solo se burlaba como peleaba sola.
-Estoy seguro de que, si peleas contra un saco de boxeo, el saco tiene más oportunidad – ironizó – ¿la siesta te ablandó esa rabia que tenías?
- Cierra la boca – gruñó. Bien, no podía estar mucho tiempo cerca de él porque solo la retenía, era insufrible como este solo parecía que la abrazaba sin importar los golpes sin sentido que lanzaba.
Intentó tomar distancia, pero este solo agarró su brazo y no lo soltó, intentó estirarse con toda su fuerza al lado contrario tanto que ahora su objetivo no era derribarlo sino soltarse de ese maldito agarre.
-Suéltame – ordenó. A pesar de que no dolía como la estaba sujetando si alcanzaba a ponerse un poco roja su muñeca.
Kawaki parecía divertido con la situación, por supuesto este no solo era más fuerte y alto, sino que también más rápido y ágil. Idiota.
-Sasuke se lamentaría si te viera – recriminó - ¿Qué pasaría si alguien por la calle se le ocurre sobrepasarte contigo?
- Me puedo defender sola.
- Sí, ya veo que sí – se burló.
Piensa. Debe haber un modo de derribarlo, no le importaba si ganaba o no a este punto, en estas condiciones cualquier cosa era mejor que parecer una niña intentado soltarse del agarre de su madre por querer jugar con los demás niños. Esa era la imagen que estaba dando.
Kawaki decidió comenzar a dar vueltas aun teniendo a Sarada del brazo, y mientras esta seguía tironeando al lado opuesto, perdió el equilibrio a la rapidez con que daba las vueltas. La estaba arrastrando por todas las colchonetas en círculos.
Por supuesto no podía evitar burlarse de ella.
Mientras el mayor se reía desde arriba movió sus pies y los entrelazó con los de él, tumbándolo al piso por lo desprevenido. Con la mejor velocidad que pudo se subió encima de su espalda en un soso intentó inmovilizarlo, comenzó a contar.
1,2,3,4,5,6,7…
Kawaki se rio al escucharla contar, se levantó con ella aun colgada de la espalda cual koala. Agarró el mismo brazo que pasaba por su cuello y lo jaló hacia adelante, trayendo consigo la mitad de cuerpo encima de su hombro, pegó un grito por instinto.
- Me dejas caer y te juro que te enveneno – amenazó. Lo escuchó reír, perdió la cuenta de cuantas carcajadas había soltado en la tarde, a pesar de su mofa, sentía, con la sangre acumulándose en su cabeza al estar boca abajo, el agarre firme en su cintura y piernas.
- Estás dando un espectáculo desde aquí – imitó entre risas. Sarada con las manos en forma de cuchilla lo golpeó entre las costillas debilitando el agarre sobre ella y casi dejándola caer. Gritó nuevamente al sentir como se acercó por centímetros al suelo – ¡cuidado, que te caes!
La Uchiha detuvo sus golpes y este la dejó sobre el suelo, la azabache se acostó cual estrella sobre las colchonetas y con su vista en el atardecer de la ventana – ¿Quieres terminar el asalto?
Asintió. El pelinegro puso sus brazos por los lados de su cabeza inmovilizándola y sin dejar de verla contó lo más lento que pudo hasta el quince.
-Gané el primero – declaró una vez se alejó, esta vez él sentado y ella aun acostada.
- Cuenta dos veces más – accedió con la respiración agitada – me rindo.
Haciéndole caso el pelinegro comenzó la cuenta, inclinándose una vez más y en la misma posición – nunca te había visto rendir, siete.
- Si me pones a Boruto en frente, sí gano, pero con alguien del ejercito es diferente.
- ¿Boruto? Incluso Himawari le gana. Ocho.
Se rio por su comentario. El Uzumaki había crecido; sus rasgos eran más varoniles, su masa muscular encima de ella era evidente, incluso su altura. Si lo pensaba un poco, desde aquí su mirada era diferente a lo que alguna vez vio, era suave, casi amable pero firme como él mismo.
-¿Qué hablabas con Code? – preguntó.
Su cabello alcanzaba a sobresalir. Kawaki siempre fue una persona organizada a pesar de su vida parecer un desastre, aunque su ropa hacía dudar su estrato social, esta siempre estaba planchada por él mismo. Siempre olía bien. Nunca tenía el cabello enredado o mal cuidado. Su propio departamento era la viva imagen del orden y pulcritud. Por eso no pudo evitar ceder a los deseos de tocar sus cabellos pelinegros, comprobando la suavidad que de lejos presumía.
- Él pensó otra cosa sobre tú y yo – respondió, se dejó acariciar por la azabache – nueve.
- Por alguna razón que desconozco no es la primera vez.
- ¿A qué te refieres? ¿te dijo algo? – cuestionó rígido.
- Algo así, no me acuerdo mucho, pero sugirió que quería salir contigo – reveló. Sarada seguía pasando los dedos por entre sus hebras, enganchada por la suavidad de estos y también por supuesto, por la mirada de este – nunca entendí por qué.
- ¿Cuándo fue eso? Diez.
- Cuando tenía… ¿dieciséis?
- Fue hace mucho – espetó – once.
- Sí – concordó – ¿Le explicaste?
- Lo intenté. doce – dijo – pero su versión distorsionada de la historia siempre puede más.
- Entonces me haré la sorprendida cuando comience a oír rumores entre nosotros – deslizó su dedo índice por el borde de su ceja, delineando la curva de su pómulo – igual la gente no creería eso.
- Si se atreve lo mataría – declaró. Trece.
- Si yo tuviera que sostenerme sobre mis brazos durante esos treinta segundos interminables, estaría desplomada – señaló. Audazmente colgó sus brazos por encima de su cuello – ya ganaste.
El pelinegro se sonrojó por la cercanía, que de por si era ya era mucha pero el tener sus brazos encima le hizo despertar de lo atolondrado que lo tenía. Se sentó y esta deslizó sus brazos fuera, divertida por como este se cohibía de repente.
-Treinta – agregó la azabache al verlo quedarse mudo – perdí.
El sonido del celular del mayor interviene en la jauría de pensamientos que pasaban por su mente, y mientras este se pierde en su cuerpo hacia su búsqueda, la azabache se sienta sobre sus pies y cae en cuenta de que había perdido toda pelea ese día.
Actualización: 8-06-2023
Próxima actualización: 8-07-2023
Este capítulo fue algo largo.
El siguiente capitulo de pasado, lo considero divertido.
Gracias por leer.
- Blue H.
