II El primer flechazo


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Hace dos o tres años atrás…

Ella tenía quince años, cuando él decidió regresar a Rio de Janeiro para pasar las fiestas con sus padres, regresó de muy mala gana ya que su madre le insistía en cada carta que le enviaba. Isaura entendía el afecto que su madrina hacia Leoncio, porque era su único hijo de sangre, biológico y el único que vivió porque tuvo varias perdidas antes del nacimiento del primogénito de Almeida.

La esclava acompañó a su madrina hasta la entrada para ver a un joven Leoncio, descender del carruaje que lo había traído a su hogar. Sonreía más que nada, por ver a su madrina tan feliz por la llegada de su querido hijo.

Cuando lo vio bajar, tan refinado y tranquilo acomodándose su traje. Se sentía un poco avergonzada en poner su atención hacia un hombre, ella seguía feliz por su madrina que se mostraba tan animada, tan alegre de recibir a su hijo. Por otro lado, apenas hizo un contacto visual con Leoncio Almeida, en donde sus orbes verdes claros no apartaban la mirada ante ella.

"El señorito Leoncio me está… ¿Mirando?" pensó la joven, romper ese ligero contacto visual.

El comendador Almeida también estaba en la entrada para recibir a su primogénito, manteniendo una postura firme y seria hacia su hijo que subía las escaleras. Se quitaba su sombrero azulado en forma de copa, para saludar cortésmente a su madre y a su padre. Por otro lado, miró con más atención a la jovencita que se escondía detrás de su madre, el muchacho la observaba frunciendo el ceño.

— ¿Quién es ella? —interrogó curioso.

—Hijo mío, ella es Isaura, ¿Te acuerdas de ella? —preguntó su madre, tratando de controlar sus emociones de querer abrazar a su hijo.

—Creció un poco, la última vez que la vi tenía diez años — contestó Leoncio, al ver a la jovencita que estaba formando su madre, se notaba que la educación que ella le estaba dando a la esclavilla, obviamente, adoptó un aspecto bastante refinado para ser una esclava.

Gertrudis, hace un pequeño empujón hacia su ahijada para que salude educadamente a su "hermano" o al señorito de la familia. La joven tropezó y su cabeza chocó contra el pecho del señorito, estaba tan cerca de él que podía oler el perfume masculino y costoso.

El joven Almeida parecía estar confundido, después de todo le resultaba difícil ver a esa esclava como una niña, porque los años fueron favoreciendo y madurando el cuerpo femenino de la inocente esclava.

Ella se distancia un poco de él, para hacer una reverencia, después entra a la casa por petición de su madrina —; Discúlpeme, señorito Leoncio. Fue mi culpa, tropecé y lo empujé… Ahora, me retiro.

—Esclava torpe—murmuró el comendador, pero fue reprochado por su esposa dándole un ligero codazo en su panza, haciendo que se queje por eso.

—Silencio, esposo mío.

—Que rápido está creciendo la esclava —habló Leoncio, sin dejar de mirar la entrada a su hogar, curioso de escuchar la melodía que estaba tocando esa jovencita.

—Leoncio, ve hacia tu habitación, te espera una refrescante ducha, tenemos mucho porqué hablar…—le dijo su padre, quien se mantenía serio en sus palabras.

—Entiendo padre, con el viaje y el estudio me dejan muy agotado —musitó Leoncio, sonriendo de lado.

—Lo entiendo, hijo mío. Es que quería verte de nuevo — dijo Gertrudis, sintiéndose un poco apenada por su insistencia — A veces me olvido que has crecido, hijo mío. Pronto Isaura, hará lo mismo.

Leoncio avanzó hasta pasar por el marco de la entrada, sin antes voltear y decirles algo a sus padres, con respecto a la insistencia para festejar en familia y con la gente de clase alta.

—Padre, Madre… Tengo casi diecinueve años, soy un adulto — habló, sin mirarlos hasta que se voltea —.Por otro lado, hogar, dulce hogar.

Un esclavo se encargó de llevar las maletas hasta la habitación del señorito, Leoncio Almeida se detuvo en seco al escuchar como cantaba esa muchachita que estaba en pleno desarrollo, le parecía curioso ver ese cambio drástico entre la niña que recuerda hasta llegar a la jovencita que es hoy en día; tan pura, tan frágil… Tan angelical. Aún recuerda cuando paseaba con ella, siendo una niña de tan solo diez años porque todavía tenía la imagen de esa niña tan pura, educada y alegre que su madre seguía educando el tema de la caligrafía y el piano, por un lado, le hubiese gustado disfrutar esa infancia junto con Isaura. Por un lado sintió que se perdió de algunas cosas, cuando él hacia ciertas maldades teniendo esa edad. Según las cartas que su madre que le enviaba para que sepa algunas noticias de su hogar, que por un lado no le interesaban… Hasta ahora.

El joven Almeida se sentía tan distraído, sin dejar de observarla con desdén. Imaginando que esas delicadas manos toquen su rostro con tanta ternura y…Que lo reciba con un beso de bienvenida.

¡Oh! —Reaccionó al darse cuenta de su presencia, ella se detuvo abruptamente para mirarlo de reojo — ¿Algo anda mal, señorito Leoncio?

—No, dejes de tocar Isaura —habló con cierto énfasis en su nombre —Aun no caigo que hayas crecido.

Él la miraba con cierto interés, ella se sonrojaba al sentir como la penetraban esos orbes de verdes claros, tan fijos hacia su persona. Le incomodaba pero por alguna razón le agradaba un poco saber cómo ese hombre la reconocía; por su mente pasaban recuerdos vagos de su infancia, en los pocos momentos que el señorito Leoncio solía mirarla tocar el piano, cuando su madre la guiaba.

—Estaba tocando un poco de piano, nadie me lo pidió pero suponía que a mi madrina le iba a gustar —dijo ella, tratando de aclararse la garganta.

—Sigue tocando Isaura, mi madre habló mucho de ti —confesó, mientras sonreía de lado cuando trataba de elogiarla —. Todavía no puedo creer que seas esa niña, que encontré llorando entre los esclavos.

Gertrudis entra junto a su esposo y le pareció curioso encontrarlos hablando, después de que al principio Leoncio no la aceptaba mucho como una "hermana", por la simple razón de que es una esclava, también por otras cosas que su padre le hablaba constantemente sobre la familia de aquella niña. Isaura podrá tener la edad de quince años pero a veces tenía un comportamiento de toda niña inocente, hablando con alguien que al principio la rechazaba por ser una esclava, recordando momentos de su infancia en donde el Almeida le desgarraba la ropa, en frente de su hijo… Tal palo, tal la astilla se burlaban un poco de ese momento, aunque Gertrudis era quien los reprochaba a ambos en mejorar su comportamiento.

Sin embargo, Leoncio se seguía negando en aceptar a esta esclava como su hermana, peor, seguirá sin reconocerla ya que verla un poco más desarrollada, tendría razones para aceptarla de otra manera.

—Sigue tocando Isaura —le alentó Leoncio, sonriendo un poco.

La madrina alentó después y parecía un poco perpleja al ver tal reacción de su hijo pero esos ojos fijos en su pequeña ahijada le preocupaban, más que nada lo que sería su futuro. No le gustaría verlos juntos, sobre todo viéndolos como sus propios hijos, como hermanos de casi misma sangre.

—Está bien —comprendió la muchacha y continuó tocando cada teclado del piano y agregándole una bella letra a ese sonido instrumental.

Leoncio le estaba sonriendo a Isaura, sin apartar la mirada de sus padres que seguían mandando a sus esclavos para que preparen la cena. La joven hizo un pequeño intercambio de miradas con el señorito y sonrió de igual manera, hasta que después se concentró en el piano. Cuando tenía once o doce años le parecía curioso ver al señorito, sentía como extraña, también que le interesaba saber su bienestar porque después de todo, serian como hermanos para su madrina; si ella se preocupaba, la jovencita tenía que hacer lo mismo pero los latidos de su corazón solían ser agitados y llegando al punto de confundirla de sus propias emociones delante de él.

Aquella adolescente Isaura, tenía miedo de sentir algo que no debe, o más bien, que nunca debería interponerse…No le corresponde. Por un lado, se sentía como atraída hacia él, le gustaba verlo sonreír, esos ojos que la miraban con alguna pisca en especial que no podría describirlo…No sabía si definirlo como ¿Admiración? O… ¿Deseo?

—Isaura, ¿Me permite tocar el piano a su lado? — preguntó el joven Almeida, con cierto interés.

—No creo que sea correcto, señorito Leoncio. El comendador y mi madrina no les gustaría vernos juntos —respondió ella, en un tono desanimada —No debería acompañar a una esclava.

—Pero yo no veo a una esclava —replicó este, mirándola a los ojos —Mi madre seguramente se alegrará de vernos así juntos.

— ¿Eso creé?

—Es lo que ella quiere de nosotros. Isaura — contestó el joven, tras acomodarse en la silla para tocar al lado de ella.

La joven esclava estaba confundida, aunque siempre tomaba en cuenta las palabras de su madrina ya que deseaba que ellos se llevaran bien, que por lo menos se conocieran mejor. Que el hermano mayor cuide de su pequeña hermana, que también pueda ayudarla a ser presentada dentro de la sociedad para que conozca a un buen caballero.

— ¿No me ve como esclava, señorito? —Preguntó perpleja —No eres el único que piensa en eso, tuve la suerte de ser educada.

—No, te veo como un ángel al tocar el piano, Isaura —confesó, al sonreírle tratando de contener ciertas emociones —Me gustaría…

— ¿Si?

—…Ser un buen hombre para ti —dijo, mientras tocaba los teclados del piano hasta rozar sus dedos y manos con las de ella.

—Lo lamento, señorito — se disculpaba ella, al levantarse de la silla. Estaba sonrojada al escuchar esas palabras y rozar las manos algo ásperas del caballero quien se sentaba a su lado.

— ¡Leoncio! —Lo llamó su padre, quien los observaba por arriba de las escaleras — ¡Aléjate de esa esclava!

—Solo estábamos tocando el piano —explicó el joven, tratando de no reírse, tanto ella como él sintieron que fueron captados por hacer alguna travesura infantil; aquella esclava sabe recuperar la compostura, en ese sentido, Leoncio se dio cuenta que su madre la educo bastante bien, solo le faltaba hablar en francés.

—Isaura, ¿Qué te he dicho? —interrogó el comendador, con una mirada amenazante.

—Que cuando llegue el señor Leoncio, no debo comer en la mesa, solo estar en la cocina con los demás esclavos —repitió desanimada, sintiendo la mirada del comendador y de Leoncio, que parecía algo apenado por ella.

—Papá no es su culpa…—quería defenderla, pero su padre ignoró su comentario.

—Isaura, ve a prepararle el baño a Leoncio —le ordenó, sin apartar la mirada —.No trates de defenderla, ella es una esclava, tú preocúpate por tus estudios.

La esclava le dio una última mirada al joven Almeida, y se fue subiendo las escaleras. Sintiéndose culpable por darle un momento desagradable al recién llegado. Gertrudis miraba como su ahijada se encargaba de prepararle el baño para su hijo, no podía verla así le gustaría darle su libertad pero ella sabía que si le daba eso; la perdería para siempre ya que su padre sería capaz de llevársela lejos.

—Lo siento, mi niña. Sabes cómo es el comendador, no quiere que seas la hermana de Leoncio — le hablaba su madrina, cuando la observaba desde el marco de la puerta hacia la otra habitación.

—Me gustaría tener mi libertad, no tendría problema en venir a trabajar en este lugar que fue mi primer hogar —comentó, tratando de contener las lágrimas. El comendador solo la humillaba y ahora delante de su hijo, ya todo un caballero, se ponía peor. Porque él le dijo unas lindas palabras pero sabe muy en el fondo, que si él le gustara… Nunca podrían estar juntos.

—Mi niña, yo quiero que te cases con un caballero —le dijo Gertrudis, se acercaba para agarrarla de la mano.

Isaura se limpiaba las lágrimas que estaban por desbordarse, trato de aclararse la garganta para hablar y poder expresarse mejor —; Dices un caballero, ¿Cómo el señorito Leoncio?

—Sí mi niña, como él. Como el hijo de la familia Cuhna —le afirmaba ella, al sonreírle de lado —Pronto llegará ese caballero especial, Isaura.

—Y ¿Qué pasaría si él ya llegó? —preguntó de manera inocente.

—Isaura, ¿Estás enamorada de André?

— ¡Claro que no madrina!

La esclava se tapó la boca, para no levantar la voz y tampoco ser alguien desubicada por casi gritar en la cara de su madrina, pero se sentía avergonzada de como su madrina pensara eso entre André y ella. Ambas se rieron de manera juguetona, pero a ella no se sentía rara al estar acompañada del esclavo, solo lo ve como un amigo. Gertrudis se despidió de ella, para bajar a almorzar.

Leoncio había salido anteriormente de una de las habitaciones del piso de la planta alta, al parecer tuvo un gran sermón de parte de su padre, o más bien, le dolía un poco su espalda por ese castigo. Otra vez, no fue bien recibido de parte de su padre, porque se había enterado de algunos gastos que realizó en la segunda etapa de sus estudios y por las malas influencias que tenía en su círculo de compañeros y amigos. Sin embargo, algo logró escuchar en la conversación entre su madre e Isaura, se sentía celoso y a la vez alarmado por saber que ese esclavo de André también está interesado en ella.

El muchacho abrió con cuidado la puerta de su habitación, encontrándose con ella nuevamente. Ellos se sentían incomodos, sobre todo el joven no quería actuar enojado y agresivo por cómo le dolía su cuerpo, no con ella que lo miraba de manera inocente y confundida.

—Isaura…Yo…—la nombró con cierto énfasis. El joven Almeida caminó hacia la esclava pero se detuvo en seco, quedando frente a frente.

—Sí, lo sé debo irme señorito —terminó la frase, sin verlo a los ojos.

—No, no quiero que te quedes…Por favor —por primera vez, le estaba suplicando a una mujer. ¿Acaso era el inicio de un cambio? —Es cierto eso…?

— ¿Qué cosa?

— ¿Te gusta André?

— ¡No! — admitió, se sonrojaba de la vergüenza por tal pregunta. No entendía porque él le preguntaría algo así.

El muchacho sintió un fuerte alivio pero no quería estar solo, no después de los golpes que recibió. Por alguna extraña razón quería que alguien estuviera a su lado y no conocía a otra persona que no fuera Isaura, por lo menos la más cercana e incluyendo quererla a su lado.

—Necesito que me ayudes con la ropa —le dijo él, cuando empezó a desprender sus botones.

Ella se voltea para darle la espalda, no se esperaba contemplar una escena así con un hombre y bajo el mismo techo. En ningún momento había accedido en ayudarle, la joven decidió acercarse hacia la puerta pero fue sujetada del brazo para que se mantenga en el lugar.

— ¡Señorito Leoncio…! —reaccionó la joven, estando sonrojada de verlo expuesto desde la cintura para arriba. La esclava empezó a bajar el tono de su voz, tras ver con horror las marcas por los latigazos que al parecer el comendador le había pegado a su único heredero. Las heridas seguían abiertas y los pequeños hilos de sangre se desborda, también manchó parte de la camisa blanca del joven.

—Así es como me reciben en esta casa… A latigazos —habló desanimado.

— ¿Necesita que traiga alguna medicina de Juaquina? —preguntó la joven, tratando de no tocar esas heridas.

—Por favor, seria de mucha ayuda —contestó Leoncio, tras aguantar un pequeña puntada en su espalda, se quejó de dolor y sintió la mirada de su esclava —Y… Gracias Isaura.

—Enseguida regreso, señorito.

—Dime Leoncio, Isaura —ordenó él, cuando apenas hizo contacto visual con ella.

Internamente, tanto uno como el otro se estaba derritiendo por dentro, en especial Leoncio que trataba de contener sus impulsos por balancearse sobre ella, con ganas de que se quedara más tiempo con él. Le gustaría tener más tiempo para estar con esa esclava, tenía ese debate interno de querer poseerla pero al verla tan inocente, tan frágil… Tan delicada como una flor, ya ni sabe cuánto tiempo podría abstenerse de querer poseerla o de huir con la esclava, aunque sus padres no la aceptaran.

—Claro, Leoncio —asintió, hizo una pequeña reverencia antes de retirarse de manera apresurada. Por primera vez, estaba conociendo una parte de su amo, no recuerda verlo tan débil frente a ella, su mirada parecía triste, roto y dolido pero eso suponía que se debe al comendador; quien no tuvo misericordia para castigarlo, según él, los latigazos dan disciplina hacia la persona que se le practique.


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Pasaron unos minutos, Isaura solo prestaba atención a como se debía aplicar la medicina sobre la herida, cuando le había informado para quien era esa medicina; algunos esclavos la miraron de mala manera, hasta su "amiga" Rosa y su amigo André. Juaquina no expresaba alguna empatía hacia el señorito Leoncio porque siempre lo consideraba como el hijo del Diablo. Por como maltrató al pobre de André, también a otros esclavos.

—Mi niña, tienes el corazón tan puro. No te dejes influenciar por ese hijo del Diablo —habló la anciana, queriendo alguna grosería.

— ¡Juaquina! Es el hijo de mi madrina y del comendador —reprocha Isaura, tratando de calmar a la anciana —Estoy segura que el señorito Leoncio puede cambiar.

—Ni te creas mi niña, ese muchacho nació loco y malvado — la corrigió, refiriéndose a un dicho.

—Quiero tener la esperanza de que la gente puede cambiar.

—Hay mi niña, eres tan inocente pero no te involucres con ese muchacho, te lo advierto.

—En serio, señorita Isaura, por favor haga caso a Juaquina, el señorito Leoncio es el Diablo — le repetía André, mostrando preocupación por si llegara a existir algún acercamiento entre Leoncio e Isaura.

La joven asintió con la cabeza y sin decir nada, se retiró del granero con la medicina llevando en sus manos. Por su mente, recordaba las marcas en la espalda del señorito Leoncio y ese rostro tan triste, a diferencia de todas las cosas que le dijo Juaquina con respecto al muchacho. Le gustaría creer que él puede cambiar para mejor, ahora que regresó a su hogar junto a sus padres. Se apresuró en subir por las escaleras y al abrir con cuidado la puerta, se detuvo en seco, al encontrar al joven enredándose una toalla por su cintura y completamente desnudo.

Él la vio por el reflejo del espejo y cuando estaba por voltear en pronunciar su nombre, la joven cierra la puerta de manera avergonzada y con sus mejillas coloradas.

—Isaura, ¿trajiste la medicina? —preguntó él, queriendo abrir la puerta para recibirla.

S-Si, se supone que no debería mojarse, sus heridas quizás se pueden infectar —le respondió, estando del otro lado de la puerta —Podría ponerse algo de ropa, así le dejó la medicina…?

—De acuerdo, Isaura. Tendrás que ayudarme, porque mis brazos no llegan a la espalda —le sugirió, tratando de contener una risa.

Oh…No corresponde que lo haga.

—Por favor, Isaura… Te necesito —dijo, otra vez pronunciando su nombre con cierta ternura.

El corazón de Isaura latía de manera abrupta, al escuchar cómo le pedía "por favor", sentía un raro cosquilleo con ese tono de su voz, tan sereno y tierno que sus sentimientos le causaban un conflicto interno. Ella trataba de quitarse la imagen de Leoncio, casi desnudo, sentía que le faltaba el aire y que sus piernas temblaban al ver un hombre así. Nunca estuvo tan cerca de un "caballero" como tanto describe su madrina o los libros románticos que ella le leía.

—Por favor, Isaura. Ya me puse algo de ropa —le avisó Leoncio, logrando abrir la puerta para que la joven entrara.

En silencio, el muchacho se voltea para darle la espalda. Con sus pantalones puestos pero desde la cintura hacia arriba estaba expuesto y seguía mostrando sus cicatrices, incluyendo las heridas más actuales. Isaura se encargó de aplicarle la medicina casera, sin ser recetada por algún doctor pero ella tenía la fe que esto podría ayudarla.

Sus dedos delicados hacían pequeños círculos al momento de aplicar la medicina, él se quejaba porque todavía le ardía, podía sentir como si ella estuviera pintando en su espalda y lo relajaba, esa esclava estaba tocando su piel, como también él estaba sintiendo sus suaves y delicados dedos. El joven cerraba sus párpados, dejándose llevar, podría decirse es el masaje que necesitaba y eso lo relajaba.

—Deberías agradecer a Juaquina por esto —comentó ella, rompiendo el silencio incómodo.

Leoncio seguía callado, hasta que sintió una puntada en una de sus heridas provocando que se quejara de nuevo.

—Sí, lo haré. Descanso y comida como recompensa — dijo en voz baja, igual su acompañante lo había escuchado — Isaura…

— ¿Sí? Señorito Leoncio.

—Primero, te dije que me llames Leoncio y segundo, ¿Qué tanto deseas tu libertad?

—Más que nada en el mundo, quisiera ver a mi padre y estar con él.

—Existen métodos para que obtengas tu libertad ¿Lo sabe, no?

Ella se detuvo en seco, no recuerda cuántos métodos pueden existir para darle su libertad.

—Me gustaría…Dártelo, pero también existen condiciones —comentó el muchacho, mientras miraba el reflejo de la esclava, a quien tenía a sus espaldas.

Isaura parecía confundida y a la vez sorprendida por las condiciones que podría decirle él.

— ¿Cómo cuáles?

—Uno sería a través de una carta, otro sería casarte con una persona de la alta sociedad y por último, huir. Aunque es la última opción, no te la recomiendo por los cazadores furtivos.

— ¿Por qué me dices esto? —interrogó, sintiendo un nudo en su garganta, no le gusta que jueguen con sus emociones de querer ser libre al fin.

—Porque… Cuando pueda recibirme de algo, me gustaría que te cases conmigo, o trataré de convencer a mis padres para que esto suceda.

—Señorito…No creo que sea bueno que busque a una esclava, se merece alguien de la sociedad.

—Pero te necesito a ti, no creía en el amor a primera vista… Hasta que te vi —explicaba tras voltearse y sostener las manos de la esclava —Cuando me vaya de nuevo, quiero que me escribas una carta, al recibir eso trataré de mejorar en mis estudios, trataré de cambiar con los esclavos y mi comportamiento. Solo quiero que estés conmigo y que tengamos hijos.

Leoncio…—murmuró su nombre, estando pasmada por semejante declaración. Le gustaría ver eso, que él cambie pero no por tener la idea de que sea por ella, no es correcto debe cambiar por sí mismo, para mejorar como persona. —No estoy segura que mi madrina quiera eso.

—Trataré de convencerla, quiero cambiar y ser un mejor hombre —seguía proponiendo como seria su futuro. —Solo quiero recibir muchas cartas de su persona. No quiero casarme con nadie que no sea usted.

—Yo…Yo…No sé qué decir.

—Solo di que sí, sé mi esposa en el futuro —le dijo al darle un suave beso en la frente, dejando impactada a la esclava. Por otro lado, su rostro se enterraba por el hueco del cuello de aquella mujer, oliendo su perfume mientras que la abrazaba con fuerza.

Estaban tan cerca uno del otro, que sus labios estaban a unos pocos centímetros sus respiraciones chocaban, hasta que la puerta se abre en su presencia y ellos se separan abruptamente.

—Hijo mío, ¿Cómo te sientes? Me enteré de lo que te hizo tu padre —preguntó Gertrudis, al entrar dentro de la habitación. Ella se percató de ver a Isaura tan cerca de su hijo pero al ver un pequeño frasco ser sostenido entre sus manos, se sintió aliviada. —Oh… Mi niña, viniste a ponerle medicina a tu hermano…?

—Así es madrina, vi las heridas del señorito Leoncio. Su camisa tiene manchas de sangre —habló la joven, que agarraba la ropa del joven para llevar a lavar —Si me permiten, los dejo solos. Tome madrina, siga aplicando la medicina casera.

—Que sabía que es Juaquina.

Antes de que Isaura cerrara la puerta detrás de su espalda, miró por última vez a Leoncio, quien también hizo contacto con ella y le sonrió de lado.

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Continuará…


¡Saludos y cuídense!

Atte. J. H (c)