Los personajes de esta historia pertenecen a la increíble Stephanie Meyer, la trama pertenece a la asombrosa autora CaraNo, Alepattz la tradujo, sullyfunes01 es nuestra prelectora, yo tengo el permiso para publicarla.

Thank you CaraNo for allowing us to share this amazing story in Spanish.


19 - SEATTLE EN NOVIEMBRE

BPOV

"¿Estás bien, cariño?" Carlisle me susurró.

¿Estoy bien? Sí, solo estoy tan jodidamente nerviosa.

Estamos frente a las pesadas puertas. Están a punto de abrirse, y una vez que lo hagan... mierda. Veré a ciento ochenta invitados. Ellos me verán. Todos me verán.

Frente a mí tengo a Rose, y frente a ella está el cura, y frente al cura está otro tipo. No sé realmente quién es, pero tenía algo con... algo. Y detrás de mí estaba Nessa. Detrás de Nessa hay dos guardias, pero se quedarán donde están, muchas gracias. Conn y Kellan, por cierto.

Todo esto está en el fondo de mi mente, sin embargo. Todo eso. Los invitados, todo. Excepto Edward. Él está muy presente en mi mente. Por así decirlo.

"Sí, estoy bien", le susurré, apretándome más al brazo de Carlisle... porque no quiero tropezar delante de ciento ochenta personas. También me aseguré de que mi agarre de las flores fuera mortal. Fuerte, porque no quería dejarlas caer.

Eran demasiado hermosas para eso.

Las campanas de la iglesia empezaron a sonar.

Muy ding-dong. Potente y ruidoso.

Luego pararon. Después de un rato.

Ya era hora.

Las puertas se abrieron y, a través de mi velo, vi a toda la asamblea ponerse en pie. Frente a nosotros. A mí. Frente a mí.

Comenzó la música. Era diferente y hermosa. Violines en lugar del órgano.

No podía ver a Edward. Demasiados pendejos en el camino. Dios, el pasillo es largo.

Empezamos a caminar entonces, lentamente, tras Rose... que caminaba tras el cura... que caminaba tras ese otro tipo.

Se oían murmullos muy bajos por todas partes, pero yo mantenía los ojos fijos en la espalda de Rose.

Lo último que necesitaba era gente que me distrajera.

El pasillo era jodidamente largo.

Oí a Carlisle reírse un poco, y creo que fue porque caminé demasiado rápido.

No estoy segura. Solamente quiero ver a...

Oh Dios, tan guapo. Sexy. Hermoso. Sonriente. Nervioso.

Esperándome.

Carlisle volvió a reírse.

Uy.

Mis ojos se clavaron en él. Edward. Mi Edward. Cristo, lo amo. Tanto.

Sus ojos sobre mí eran tan intensos como los míos sobre él, y las cosas sucedían a nuestro alrededor. Se intercambiaron palabras, y Edward dijo algo.

No oí ni una palabra, pero supe que Carlisle acababa de delatarme, por así decirlo, porque entonces lo vi con claridad. Cuando Edward levantó el velo.

Oh, mi mano está en la mano de Edward ahora. Caliente. Un poco húmeda, pero creo que la mía también. Este es un gran día después de todo. Muy grande. Enorme. Y no puedo creer que esté aquí.

Estábamos uno frente al otro mientras el cura hablaba y hablaba y hablaba.

Lecturas, bendiciones, oraciones... lo que sea. Solo déjame decir "Sí, quiero".

Edward estaba igual. Podía verlo. No nos centramos en las palabras dichas.

No importaban. No mucho. De acuerdo, importaron, y escuchamos algo. Pero no todo.

Ni mucho menos.

Pero oí algunas, y sonreí cuando el cura leyó una bendición irlandesa que Edward y yo habíamos elegido juntos. El chico irlandés también sonrió y me apretó la mano. Fue emotivo.

Que Dios te acompañe y te bendiga.

Que veas a los hijos de tus hijos.

Que seas pobre en desgracias y rico en bendiciones.

Que solo conozcas la felicidad a partir de hoy.

Era el momento de nuestros votos y tragué saliva cuando Edward se aclaró la garganta y se preparó para empezar.

Lo hizo. Iba primero.

Hablaba con firmeza, pero con voz aterciopelada. Como solo él podía. Estoy segura.

"Tu belleza fue lo primero, aquel día que te vi. Luego tu voz, tu descaro". Me guiñó un ojo y luché contra las lágrimas. "Luego vino tu increíble personalidad, tu fuerza y honestidad... Y por el camino llegó tu corazón. Me dejaste entrar, y por eso te estaré siempre agradecido, Bella.

"Mi promesa de amarte para siempre es fácil de hacer, y amarte no requiere esfuerzo. Sé que te amaré para siempre, que te seré fiel, y prometo demostrarte por el resto de nuestras vidas que soy tuyo."

Oh, Cristo, el chico irlandés tiene facilidad de palabra.

Mis lágrimas caen. Dando gracias a Dios por el rímel a prueba de agua.

Ahora es mi turno, chico irlandés, y estás a punto de ver cuánto te he dejado entrar.

Me aclaré la garganta porque era necesario.

"Intenté escribir mis propios votos", murmuré, sabiendo que la mayoría de los invitados eran incapaces de oírme, pero así es la vida. Supérenlo. "Pero no pude", me reí entre dientes. Sólo un poco. "Sin embargo, encontré otra cosa. Esme me ayudó, y es irlandés".

Edward sonrió ampliamente.

Asentí con la cabeza. Para mí misma, una vez, y luego volví a hablar... o a citar, más bien.

El voto de unidad irlandés.

El voto irlandés de unidad.

"Juramos por la paz y el amor mantenernos juntos,

de corazón a corazón y mano sobre mano.

Ven, oh Espíritu, y escúchanos ahora,

confirmando este, nuestro Sagrado Voto."

Los ojos de Edward estaban un poco empañados y ya era hora de que terminara.

Así que lo hice. "Esas palabras se aplican mucho a mí, Whistler", le dije en voz baja, gruesa. "De corazón a corazón. Tú me amas y tu corazón es mío, dices. Espero que sepas que también tienes mi corazón, y espero que sepas que te amo mucho... porque realmente lo hago. Y prometo que te respetaré, te amaré, te seré fiel y seré tuya para siempre".

Con un último aliento, le dije: "Gráím thú".

'Te amo' en gaélico. Sí, tomó tiempo, y afortunadamente Esme fue paciente.

Pero acerté. Jodidamente correcto.

Se intercambiaron más palabras.

Tener y cuidar.

Y todo eso.

Pero Edward y yo nos mantuvimos concentrados el uno en el otro, y le dije una y otra vez con los ojos que lo amaba, deseando que lo entendiera. Deseando que lo creyera.

Al cabo de un rato lo hizo.

Estaba... locamente emocionado, pero eso no me sorprendió. En cuanto vi que los ojos de Edward se humedecían, supe que iba a necesitar una maldita fábrica de Kleenex.

Sí, te amo.

Rose tenía mis flores en ese momento porque era el momento de los anillos, y el... "Sí, quiero".

"Sí, quiero".

Nadie podía impedirme sonreír.

La sensación de deslizar ese anillo en su dedo... no hay palabras para describirla.

Era sencillo, de titanio y muy brillante, pero sencillo, al fin y al cabo. Sin embargo, se convirtió en la cosa más hermosa del mundo en el momento en el que estaba en el dedo de Edward Ryan Cullen. Lo juro. Y sentí como si él pensara lo mismo, cuando deslizó mi alianza en mi dedo. También una argolla muy sencilla y muy fina, porque quería centrarme en mi anillo de compromiso, y por eso no le permití que me comprara otra cosa que no fuera sencilla.

Pero la mirada que me dirigió y la forma en que besó el dedo, ahora que tenía los dos anillos, me hicieron creer que él pensaba lo mismo: nada le había parecido más bonito.

Nuestro amor, nuestra relación... todo era mutuo.

Me ama. Me adora. Y lo demuestra.

Lo amo. Lo adoro. Y me aseguraré de que lo sienta por el resto de nuestras vidas.

"Yo los declaro marido y mujer..."

Marido y mujer.

Estamos casados.

Como si yo fuera de cristal, Edward me acunó la cara, se agachó y apretó sus labios contra los míos, y en serio, ¿cuándo demonios ha sido eso suficiente?

"Bésame como es debido, Whistler", susurré contra sus labios, mientras le rodeaba el cuello con los brazos... a lo que él me gruñó en la boca, y señoras, eso no es apropiado en una iglesia. Y luego me besó como es debido. Firmemente. Ardientemente. Tan apasionadamente que casi se me doblaron las rodillas.

¡Oh, Dios!

Gemí.

Edward gimió en voz baja.

Alec se rio, recordándome nuestro entorno.

El sacerdote se aclaró la garganta con un muy sutil "Ejem".

Sí, sí, Amén a ti también.

"¿Mejor, princesa?" Edward respiró, rompiendo nuestro beso lentamente.

"Humhmm", fue mi inteligente respuesta, pero fue culpa suya. Me deslumbró.

Ese chico irlandés tiene unas habilidades locas. ¡Muy locas te digo!

Estaba impaciente por irme y Edward también, pero permanecimos de pie, con cierta paciencia, mientras el sacerdote leía otra bendición, pero entonces... después de lo que pareció una eternidad, la ceremonia llegaba a su fin, y Rose me devolvió mi ramo mientras Edward y yo nos volvíamos para mirar a la asamblea... ahora como marido y mujer.

El señor y la señora Cullen.

Maldición, eso suena bien. Se siente aún mejor.

No vi a ninguno de ellos. A los invitados. Incluso cuando aparté la vista de Edward, y de pie frente a la multitud, todo lo que vi fue a él. Mi marido.

Le apreté la mano, porque tenía que hacerlo. Él me devolvió el apretón.

Entonces, cuando los violines volvieron a sonar, llegó la hora de marcharnos, cosa que hicimos, más rápido de lo que se suponía, y eso nos valió unas cuantas risitas de los invitados, pero a mí no podía importarme menos. Necesitaba a Edward urgentemente, a puerta cerrada preferiblemente.

Un paso más cerca.

Dos pasos más cerca.

Agarré con más fuerza la mano de Whistler. Él hizo lo mismo.

Estábamos tan cerca. De las pesadas puertas. Aunque nos seguían Rose y Nessa, Emmett y Alec, no me importaba, y esperaba que a Edward tampoco.

Tan cerca.

Sólo unos pasos más.

Edward aceleró. Le seguí con impaciencia.

Más risitas.

Finalmente, llegamos al final.

Y antes de que pudiera reaccionar, Edward me arrastró hacia la pared más cercana, donde apretó su cuerpo contra mí. Me besó con fuerza. Jodidamente fuerte. Metió su lengua en mi boca mientras mis brazos rodeaban su cuello. Sus manos viajaron hacia el sur, me tocaron el culo, haciéndome gemir.

Ignoramos las risitas y las carcajadas procedentes de... sí, ya sabes cómo se llaman.

"Dilo, nena. Por favor, dilo, mierda", murmuró entre besos. "Necesito oírlo otra vez".

Lo supe. Entendí enseguida lo que quería, necesitaba, oír.

"Te amo", gemí. "Te amo".

"Mierda", jadeó, apoyando la frente contra la mía. "Yo también te amo, Bella. Tanto, joder. Dios..."

Nuestros ojos se encontraron. Ojos felices. Bocas felices que se curvaban en amplias sonrisas y, con cariño, me rozó la mejilla con los nudillos.

"Mi esposa", susurró, observándome con reverencia.

Me estremecí.

"Mi esposo", dije en voz baja.

Sonrisas aún más amplias.

"Ejem."

"Ejem."

"Ejem."

"Sí, ejem, Jefe."

Emmett, Rose, Nessa, Alec.

De acuerdo. No estamos solos.

Por la fuerza de Emmett y Alec, nos condujeron a la pequeña habitación en la que Rose y yo nos habíamos arreglado antes, y me senté pacientemente, probablemente apretándole la mano a Edward, mientras oíamos el alboroto fuera; los invitados abandonaban la catedral para recibirnos fuera, donde se había montado una enorme carpa para mantener alejados a los ojos indeseados.

Reporteros, italianos, federales...

"Tan hermosa, nena", susurró, apoyando la frente en la mía.

Mi esposo.

"Estamos casados", fue lo que dije. Fueron las únicas palabras que pude pronunciar.

Pero necesitaba decirlas.

Se sentían bien. Muy bien.

Asintió una vez contra mi frente, sonriendo maravillosamente, por fin relajado, sabiendo ahora lo mucho que yo también quiero esto.

Al cabo de unos minutos, Emmett anunció que era la hora, y Edward y yo esperamos unos minutos mientras los cuatro se dirigían a la salida, y luego llegó nuestro turno.

"¿Lista, señora Cullen?" preguntó, entrelazando nuestros dedos.

"Realmente lo estoy", dije, estremeciéndome ante el efecto de sus palabras y lo profundamente que me atravesaban. No en el mal sentido, sino todo lo contrario. Fue como si se abrieran paso para quedarse grabadas en mi alma para siempre.

Señora Cullen.

Esa soy yo.

El nombre me dio mucho. Mucho que nunca consideré, pero ahora, ahora que es mi nombre... Siento orgullo. Estoy orgullosa de llevar ese nombre.

"Te amo", tuve que decirlo.

Edward tragó duro, lo vi, y no dijo nada. Solamente sacudió ligeramente la cabeza. Cerró los ojos. Creo que fue grande para él escucharlo.

Las puertas se abrieron entonces, y nuestro pesado momento se aligeró cuando nos reímos entre dientes de los cientos de flashes que nos alcanzaron. A los invitados no se les había permitido hacer fotos dentro de la iglesia, porque se las enviarían más tarde, como agradecimiento por haber venido. Eran Esme y Tan que contrataron a los fotógrafos, y no puedo esperar a verlas más tarde.

Unos cuantos empezaron a gritar para que Edward me besara. Allí donde estábamos, en la escalinata, frente a la catedral de San James, Edward no estaba para perder el tiempo.

Me incliné hacia él mientras levantaba la cara, nos dimos un beso suave y prolongado, y coloqué mi mano adornada con un anillo sobre su pecho.

Mío.

Su mano mantuvo la mía en su sitio, mostrando al mundo nuestros anillos, y luego nos centramos el uno en el otro. Mirándonos, besándonos, sonriendo. Malditos ojos felices. Muy felices.

*O*O*O*

Fue una lástima que Edward y yo no estuviéramos solos en el viaje en limusina hasta el Fairmont, donde se celebraba nuestra recepción, porque yo necesitaba algo de Edward, y por la forma en que me tocaba, diría que él necesitaba algo de Bella, pero... no estábamos solos. Teníamos a Rose, Em, Alec y Nessa... en la limusina, también. Riéndose entre ellos y riéndose de nosotros.

Cuando llegamos al Fairmont, los seis tuvimos que esperar en una suite del hotel mientras el salón de baile se llenaba de invitados, y una vez más Edward y yo deseamos estar solos. Maldita sea, incluso nos sorprendimos el uno al otro mirando la cama, lo que hizo que sus ojos se oscurecieran, y yo... bueno, me mordí el labio. Para detener el gemido.

Cuando un guardia de seguridad entró y anunció que todos habían llegado y estaban sentados, Emmett, Rose, Nessa y Alec salieron, y Edward y yo les seguimos poco después, deteniéndonos justo delante de las puertas del salón de baile.

Tomándonos de las manos. Fuertemente.

"Te amo", susurró, dejando caer un beso en lo alto de mi cabeza.

Le sonreí. "Yo también te amo".

Ojos enamorados se encontraron.

Éramos tan cursis.

Desde el interior del salón de baile, oímos a Carlisle entonces. Dando la bienvenida y todo eso, y luego nuestra entrada...

"...ahora como marido y mujer, ¡Edward e Isabella Cullen!"

"Maldición, eso suena bien", siseé.

Eso me valió una sonora carcajada de mi marido.

Las puertas se abrieron, y Edward y yo fuimos recibidos con una maldita ovación al entrar, caminando hacia nuestros asientos.

El salón de baile era enorme. Tenía que serlo, ¿no? Quiero decir, 180 invitados.

Había mesas redondas por todas partes -excepto en el centro, donde estaba la pista de baile- y luego, en el extremo más alejado, había una mesa larga para mí y Edward, y nuestra familia más cercana.

Todo el mundo se levantó, lo que me pareció humillante, mientras Edward me tendía la silla, y no fue hasta que los dos estuvimos sentados que todos los demás sentaron el culo.

Como estaba previsto, pusieron una cerveza fría delante de Edward y una copa de champán para mí, y no hubo ninguna duda; los dos bebimos con avidez, porque seamos sinceros... casarse te agota.

Pero todo el mundo siguió, parecía. Tal vez fueran los irlandeses, porque mirando a mi alrededor, me di cuenta de que los camareros ya estaban rellenando y rellenando y rellenando.

Edward y Emmett eran dos de ellos, y me reí mientras se zampaban una Murphy entera en cuestión de segundos.

Me sentaron entre los dos, porque al parecer esa era la tradición: que yo me sentara al lado del padrino de Edward, y que Edward se sentara al lado de mi dama de honor. Y al lado de Emmett se sentaron Nessa, Alec, Liz y Ed.

Junto a Rose estaban sentados Esme, Carlisle, Tan y Garrett, y esto era familia.

Sí, incluso Ed y Liz, supongo. Pero en defensa de Liz, ella es como Esme. Adorable, franca, genial, elegante, hermosa - todo envuelto en una mujer increíble. Ed por otro lado... bueno, es agradable y todo eso - realmente lo es - pero aún así... nah, me alegro de que no lo veamos mucho.

El ajetreo y el bullicio se calmaron entonces, cuando Carlisle se levantó, y supe que se avecinaba otra cosa irlandesa. Al parecer, daba buena suerte que un hombre que no fuera tu marido te diera la bienvenida a tu nueva familia, y eso era lo que Carlisle estaba a punto de hacer.

Edward me rodeó con el brazo, apoyándolo en el respaldo de la silla, y me dedicó aquella sonrisa que me hacía caer las bragas. Ya la conoces. Sí, la conoces. Y fue bueno verlo relajado, finalmente. Porque ahora mismo... Jesús, el chico irlandés me está sonriendo bobaliconamente.

"Hermosa Isabella", dijo Carlisle, sonriéndome. "Puedo decir que hablo en nombre de todos cuando digo que es un honor tenerte en nuestra familia, y sé que llevarás bien el apellido Cullen.

"Cuando Edward me habló de ti, oí las palabras 'increíble', 'preciosa', 'hermosa'... y entonces, como estamos hablando de mi hijo, por supuesto oí algunas de sus palabras más coloridas".

Todos nos reímos entre dientes, mirando a Carlisle atentamente a la espera de sus siguientes palabras, porque si algo sabía de los Cullen era que son brutalmente sinceros.

"Creo que 'jodidamente espectacular' fueron dos de esas palabras, ¿no es así, hijo?". Carlisle se rió.

Edward también se rio, sin avergonzarse, y asintió encogiéndose de hombros.

Solté una risita y me ruboricé, pero eso no es nada nuevo.

"De todos modos, Isabella", continuó Carlisle. "Ahora que he llegado a conocerte, sé que mi hijo tiene razón. Realmente le ha tocado el premio mayor de la lotería, y es un honor para mí darte la bienvenida a nuestra familia." Levantó su copa. Todos lo hicimos. Todos.

"Por Isabella - ¡Sláinte!"

Sonó un coro de "Sláinte" y me ruboricé ante la atención, pero asentí en señal de agradecimiento. La respuesta no hizo más que humillarme y me alegré de tener a Edward a mi lado, porque nunca había soportado bien tanta atención. No era incómodo, pero no estaba acostumbrada y los elogios eran nuevos para mí.

"Ta tu go halainn", susurró entonces Edward, y sonreí con curiosidad.

He oído a Edward hablar irlandés muchas veces, pero suele ser por teléfono, y siempre es de negocios. Pero esto, esto era en tono de chico irlandés. No la firme voz de negocios.

"Eres preciosa", aclaró, guiñándome un ojo mientras me rozaba la mejilla con los nudillos. Sabía que le encantaba mi rubor traicionero.

Obviamente, ahora me sonrojé más.

¿Y estaba mal que me excitara el idioma extranjero?

Espero que no.

La cena se sirvió entonces, y observé con los ojos muy abiertos cómo por lo menos... veinticinco o... ¿treinta? camareros entraban por las puertas, todos con platos y más platos con comida. Me di cuenta entonces de lo muerta de hambre que estaba y me alegré de que nos sirvieran primero a Edward y a mí.

Por lo que parecía, yo no era la única hambrienta, porque Edward y yo nos zampamos algo con muchas ganas, claro que sí. Y por supuesto, Emmett también nos siguió en cuanto se hubo servido, y pronto estábamos todos comiendo, conversando, riendo y bebiendo... todo era perfecto. Malditamente delicioso, también. Me encanta el cordero, por cierto.

"¿Quieres más para beber, princesa?" preguntó Edward, y levanté la vista de mi comida, dándome cuenta de que tenía un camarero esperando.

"Una Coca-Cola y un vodka con arándanos, por favor", dije, sonriendo.

El camarero asintió en señal de comprensión antes de marcharse corriendo, y Edward me guiñó un ojo porque así es el chico irlandés. Siempre guiña el ojo.

"Estoy jodidamente lleno", oí a Emmett decir entonces. "Cristo, esto estaba bueno."

"Sí, estuvo muy bien", gorjeó Nessa, siempre haciéndose eco de las palabras de Emmett.

Edward y yo sonreímos mientras ambos girábamos la cabeza en dirección a Rose y no pudimos evitar reírnos al ver cómo Rose ponía los ojos en blanco.

"Me alegro mucho de que no tengamos ese problema con Alec", solté una risita en voz baja, solo para que Edward la oyera, y él rió de acuerdo.

"Alec es casi lo contrario", resopló juguetonamente. "Empiezo a preguntarme si no te prefiere más a ti".

"Eso es ridículo", me reí, asintiendo en señal de agradecimiento mientras llegaban mis bebidas.

"Eres su héroe y lo sabes".

Edward estaba a punto de responder, pero Emmett nos interrumpió y... Dios, llegó la hora de su discurso. Ya sabes, el brindis del padrino. Y mientras miraba a Edward, supe que debía temer esto.

Sonreí. Ampliamente. En anticipación.

Eso me valió que mi esposo me frunciera el ceño, pero no aguantó mucho.

Emmett carraspeó muy sutilmente. "¡Ejem, ejem, EJEM! Estoy haciendo sonar mi maldita copa".

Dios mío...


¿Y qué viene después de la boda? La noche de bodas...*cejas*