A la mañana siguiente Bellatrix se levantó temprano; la noche anterior se durmió pronto gracias al placer que se procuró ella misma. Por un lado, pensó en castigar a Rodolphus un año sin sexo por su desplante; por otro, era el hombre que más a mano tenía para solucionar esos menesteres… «Tendré que pensarlo» decidió todavía adormilada.

Se lavó la cara y se puso una bata encima del camisón para bajar a buscar comida. Con la tontería del día anterior, se le olvidó cenar. Le pasaba a veces: cuando estaba centrada en practicar magia, matar o discutir se le olvidaban asuntos como comer o dormir.

Llegó a la cocina y pensó en despertar a Colagusano (o a Lucius o a quien fuera) para que le preparara algo, pero enseguida lo descartó. Prefería estar un rato sola y tranquila, adoraba la calma de primera hora de la mañana. Excepto porque alguien perturbó su silencio… Tres habitaciones más allá había humanos hablando. Sería Lucius, siempre molestando. O Dolohov y Rabastan tal vez… En cualquier caso, salió de la cocina dispuesta a gritarles que se marcharan a otro lado. Se detuvo en cuanto puso un pie fuera y distinguió la voz de su primo. ¿Qué hacía el traidor ahí tan pronto?

—Sí, en la Orden están realmente preocupados por Snape. Le mantendré informado. Pero, ¿qué hay de lo mío?

—No voy a obligarla, Black.

Ahí sí que Bellatrix frenó en seco. Aun a tanta distancia y a que siseaba más que hablaba, la voz de Lord Voldemort era inconfundible. Dedujo que había convocado a Sirius para averiguar si Dumbledore había descubierto la muerte de su espía.

Dio un paso atrás, volvió a la cocina y aguzó el oído.

—Le permití entrar en mi mente y lo vio, es lo que pactamos —decía Sirius.

—No. Yo he cumplido mi parte. El resto depende de ti —sentenció Voldemort.

—Pero si usted se lo pide, ella hará cualquier cosa que…

—¿En qué momento, Sirius Black, has pensado que en un conflicto entre Bellatrix y tú me iba a poner de tu parte? Llevas apenas unos meses con nosotros, Bella lleva toda su vida demostrándome su lealtad.

No hubo respuesta de Sirius.

—Es algo que tendréis que solucionar vosotros. A mí no puede importarme menos.

Lo siguiente que Bellatrix escuchó fue el rumor de una tela pesada —la túnica de Voldemort— y finalmente la puerta de salida. Se quedó inmóvil bastantes segundos, pensando primero en lo que acababa de oír y luego en la desfachatez de que ambos hombres se reunieran en esa casa sin ser el hogar de ninguno. Desechó rápido la segunda vía de pensamiento porque todo lo que hiciera su maestro, bien hecho estaba. Volvió a lo principal.

Sirius quería algo de ella. Lo quería tanto que se lo había pedido a Voldemort a cambio de su ayuda a la causa… ¿Qué sería?

«Ojalá follarme» pensó Bellatrix esperanzada durante un par de segundos. Lo descartó. No se imaginaba la conversación entre ambos magos: a Sirius explicándole que de acuerdo, traicionaría a los suyos y mataría a quien hiciera falta, pero que a cambio le diera permiso para yacer con su prima. «Como si fuese mi padre o algo y le tuviese que pedir autorización» pensó Bellatrix divertida y encantada con la situación.

Cuando escuchó pasos por el pasillo, comprendió que Sirius se marchaba ya. Tenía que devolverle la del día anterior, así que actuó deprisa. Se quitó la bata quedando con un camisón más estético que práctico. Estaban en diciembre y hacía frío, pero no le importó en absoluto. Salió al pasillo con sigilo y comentó burlona:

—¿Nos has cogido cariño, traidor? Estás aquí a todas horas...

Sirius se giró sorprendido y dispuesto a replicar como de costumbre. Pero entonces vio a Bellatrix, que se acercó a él con una sonrisa. El mago abrió la boca, pero no salió nada. Miró a su prima a los ojos y luego al resto del cuerpo. Ella hubiese podido decir algo para reducir la incomodidad, aunque fuese el comentario cliché indicándole a qué altura quedaban sus ojos. No lo hizo, disfrutó del silencio.

—Tenía una reunión con vuestro dueño —expuso Sirius.

Bellatrix no pudo más que admirar el esfuerzo que le había costado formular una frase entera y coherente.

—¿Sobre qué?

—A ti te lo voy a contar —le espetó él—. Me largo.

Bellatrix le cortó el paso, notando al momento como él sacaba su varita. Ladeó la cabeza, lo miró poniendo morritos y preguntó con tono sensual:

—¿No te quedas a desayunar…, primito?

Lo estaba mirando a la cara y aun así, Bellatrix sabía que Sirius experimentaba problemas en la zona del pantalón. La apartó sin apenas tocarla y se marchó a toda velocidad sin responder. La bruja sonrió cual gato de Cheshire mientras lo observaba alejarse.

Bellatrix era muy guapa y siempre lo había sabido. Desde pequeña, tanto ella como sus hermanas fueron unas niñas preciosas: las tres con rasgos grandes y marcados y figuras perfectas. Narcissa, con su cabello rubio y ojos azules, lucía como una princesa, la favorita de todas las familias de sangre pura para casar a sus hijos; Andrómeda resultaba menos singular, pero igualmente preciosa y de sonrisa cálida; Bellatrix poseía una belleza salvaje que de pequeña e incluso de adolescente no se lució tanto como sus hermanas. También porque ella fue siempre la más descuidada, nunca le importó.

Sin embargo, conforme crecieron, Narcissa empezó a resultar más siesa, demasiado fría y con sempiterno gesto despectivo. A Andrómeda huir de su familia, vivir sin apenas recursos y con peligros constantes la desgastó notablemente. A ambas se les sumó criar a sus hijos desde demasiado jóvenes; los amaban, pero la maternidad exige entrega y sacrificios.

Aun con todo, Andrómeda y Narcissa eran mujeres guapas, sin ninguna duda. Pero ya no podían competir con la mayor. Bellatrix fue la única que le ganó el pulso a los años. La envolvió una belleza oscura, un magnetismo subyugante y casi aterrador. Su carácter era gélido, pero había pasión y fuego desde sus ojos hasta sus gestos. A ella le tocó la prueba más dura de todas: Azkaban, que sin duda le había cobrado un alto peaje… pero Voldemort lo pagó por ella con la sangre de Lilith.

Era conocida en ambos mundos, su cartel de Se Busca había recorrido tanto el mundo mágico como el muggle. Bastaba mirarla para temerla. Pese a eso, muchas veces Bellatrix no precisaba la tortura para convencer a sus víctimas de apoyarla: la miraban y se perdían en ella, incapaces de decirle que no. Porque además del físico que cualquier diosa hubiese codiciado, Bellatrix tenía el carácter, el poder y la seguridad en sí misma. Era una mujer encantadora y atractiva en el sentido literal.

Bellatrix era muy guapa y siempre lo había sabido. Y aun así, nunca nadie la había mirado como Sirius Black la miró esa mañana.

—¿Por qué sonríes tanto? —preguntó Lucius asustado, no podía ser buena señal.

Los Malfoy se acababan de levantar y la habían encontrado en el recibidor. Bellatrix no respondió, siguió sonriendo y volvió a la cocina.

—¿Queréis té? —les ofreció magnánima a los Malfoy.

—Sí… Por eso voy a prepararlo yo —murmuró Lucius apartando a su cuñada de la tetera, que en sus manos se convertía en una bomba a presión.

«Al final he conseguido un elfo» pensó sentándose satisfecha. Consiguió dos, porque Narcissa preparó tostadas. Mientras lo servían, Lucius preguntó:

—¿Qué le hiciste ayer a Rodolphus?

Narcissa conocía lo suficiente a su hermana para no haber preguntado cuando vio a su cuñado temblando con el cuello repleto de mordiscos. Pero Lucius no era tan perspicaz, así que tuvieron que oír la respuesta:

—Intente violarlo —respondió Bellatrix llenando su plato alegremente.

«Ah…» fue la respuesta de un abochornado Lucius. Narcissa puso los ojos en blanco ante la falta de clase, pero no la amonestó. Les preguntó si tenían algo que hacer ese día y Bellatrix comentó que necesitaba hacer unas comprobaciones. Lucius a su vez iba a reunirse con Thicknesse, debían darle órdenes a diario.

—Yo me pondré con las invitaciones, las tendré para esta tarde —comentó Narcissa—. Recuerda que tienes que ayudarme a mandarlas, Bella.

Su hermana asintió. Mandar cartas no era una tarea a su altura, por supuesto, pero ese caso era especial. Protegía cada carta con numerosos maleficios que impedían leerla a quien no fuera el destinario y revelar su contenido en forma alguna. Si el destinatario pensaba por un segundo que quizá al Ministerio le interesaría saber dónde se iban a reunir los criminales del país, resultaba envenenado en cuanto tocaba el papel. Había ya una larga lista de víctimas mortales de las invitaciones de las Black. El sistema tenía que ser perfecto —sus vidas estaban en juego— y por eso Narcissa solo confiaba en su hermana; nadie maldecía tan bien como ella.

Bellatrix terminó de desayunar y se preparó para salir. Transfiguró su pelo y sus ojos en otro tono, se puso una capa con capucha y salió de casa. Llovía bastante, no hacía buen día. Eso le venía bien: la gente iba con más prisas y se fijaba menos.

Tras una mañana de extorsionar a sus contactos habituales, a trabajadores del Ministerio y a ancianos de sangre pura, volvió a casa con una conclusión:

—El traidor decía la verdad —suspiró restableciendo su físico y sacudiéndose la lluvia del cabello—. El hijo mayor de los Bulstrode trabaja en el Ministerio. Está en el Departamento de Transportes Mágicos y finge compartir los ideales de su familia, pero les pasa información a los aurores sobre lo que oye en casa sobre el Señor Tenebroso.

—Ya no queda nadie decente —suspiró Narcissa.

—¿Te has ocupado de él? —preguntó Lucius.

—Por supuesto. No creo que le queden ganas de volver a espiar… Si es que alguna vez vuelve a articular una frase entera, claro, igual me he pasado con los crucios —reconoció Bellatrix.

Debatieron qué implicaba eso respecto a la lealtad de Sirius. Bellatrix aseguró que nada, sus sospechas no disminuían. Perfectamente podía haberle pedido Dumbledore que les diera alguna información real para así ganarse su lealtad. Después de lo que había visto en el recuerdo de Snape, Bellatrix esperaba cualquier estrategia del viejo director.

Sin dejar de darle vueltas, se duchó. Después comieron algo y por la tarde cumplió su palabra. Narcissa firmaba e introducía las invitaciones doradas en sobres negros con letras de oro y Bellatrix ejecutaba las maldiciones pertinentes.

—¿Pueden quemarlas sin leerlas? —quiso saber Narcissa.

—Pueden. Pero no arderán, estallarán —murmuró Bellatrix.

—¿Con cuanto alcance?

—Una habitación grande, calculo, pero podemos probarlo —ofreció Bellatrix repentinamente ilusionada.

—No, gracias —se apresuró a detenerla Narcissa.

Su hermana gruñó con fastidio, pero prosiguió la tarea. No obstante, sabían que nadie osaría quemarlas: por miedo y también porque aun con eso, el mundo mágico moría por asistir a las fiestas de los Malfoy. El dinero, las sorpresas, la elegancia, la teatralidad y el buen gusto de cualquier evento organizado por Narcissa eran legendario. Magos y brujas de decenas de países pasaban el año tratando de complacerla para que los invitase.

—No has invitado al traidor, ¿verdad? —murmuró Bellatrix asegurándose que no había ningún sobre con su apellido.

—Claro que no. Pero si el Señor Oscuro le ordena que venga… Él tiene sus propios invitados y no suele comunicármelos.

—No puede venir. Se supone que está infiltrado en la Orden, si le vieran aquí, dejaría de servir como espía.

—Esperemos que tengas razón —suspiró Narcissa. —Ah, esa déjala intacta, es para los Parkinson, Draco se lleva muy bien con su hija.

—Vale, pero eso no los exime de poder traicionarnos —replicó Bellatrix.

Ahí hubo otro debate. En todo lo referido a su hijo, Narcissa estaba ciega, su hermana lo tenía claro. La discusión se prolongó unos minutos, intervinieron hasta los Lestrange, que estaban desocupados en ese momento. Bellatrix decidió terminar el debate sugiriendo de forma irónica: "¿Le preguntamos al Señor Oscuro si merece la pena correr el riesgo?". Ambas sintieron un escalofrío cuando a sus espaldas, una voz aguda y fría preguntó de qué riesgo hablaban.

—¡Señor! Qué honor tenerlo de nuevo en nuestra casa —saludó Bellatrix—. De haberlo sabido hubiéramos…

—He venido a comentar con Lucius las órdenes del nuevo Ministro.

—¿Puedo ir yo también? —preguntó Bellatrix ilusionada.

—No es necesario, aquí haces más falta. ¿Qué querías preguntarme?

La mayor asintió compungida por no ser invitada. Cuando eran asuntos que requirieran estrategia o diálogo, nunca solían invitarla y eso la entristecía. Aun así disimuló y le expuso la situación. Voldemort sentenció que por supuesto maldijeran todas las invitaciones, ninguna precaución era excesiva. Las dos hermanas asintieron, la pequeña con miedo y fastidio y la mayor ligeramente más animada porque había ganado esa discusión.

—Otra cuestión, mi Señor, si me permite el atrevimiento —intervino Narcissa intentando sonar confiada.

A Bellatrix le sorprendió, su hermana jamás iniciaba una conversación con el Señor Oscuro. Le temía y respetaba profundamente. Al mago también le sorprendió, pero se giró hacia ella esperando la pregunta.

—¿Debo mandarle invitación a Severus?

Bellatrix chasqueó la lengua con fastidio, no podía dejar el tema en paz… Voldemort lo meditó unos segundos y después la miró a ella.

—¿Qué opinas, Bella? ¿Le mandamos invitación a Severus?

—Será curioso si responde… —murmuró ella evitando mirar a su hermana.

Voldemort rio con crueldad y después le preguntó muy serio:

—Te deshiciste del cadáver, ¿verdad?

—Por supuesto.

—¿Nada que Dumbledore pueda encontrar? Quiero que se vuelva loco de desesperación.

—Ni un pelo.

—¿Y su varita?

—El traidor la destruyó. Delante de mí.

Voldemort asintió y se marchó al despacho de Lucius. «Supongo que ya no es un secreto» pensó Bellatrix. Lo de Dumbledore debía de seguir siéndolo, porque las ganas de su maestro de hacerle sufrir seguían ahí.

No pudo reflexionar más sobre ello. Al momento, Narcissa le exigió con frialdad y sin su calma habitual que le explicara a qué se habían referido. Bellatrix se lo resumió: Snape era un enorme traidor y tuvo que matarlo.

No esperaba una fiesta en su honor, pero tampoco la mirada de odio descarnado que le dirigió su hermana.

—¿Cómo has podido? —susurró sabiendo que Voldemort seguía en su casa.

—¿Qué? —replicó Bellatrix desconcertada— Estaba de parte de Dumbledore, te lo estoy diciendo.

—¡Sabías que tenía que proteger a Draco! Da igual a quien le fuera fiel, hizo el juramento: tenía que cumplirlo o morir.

—Solo le hiciste jurar cosas respecto a Draco —recordó Bellatrix—. ¡Hubiese podido hundirnos a todos!

Bellatrix no comprendía el problema; del mismo modo que Narcissa solo podía pensar que su hijo ahora estaba solo. Los Lestrange interrogaron también a Bellatrix, preguntándole por qué se lo había ocultado. Esa era fácil: «Así lo quiso el Señor Oscuro». Nadie discutió ese punto.

—¿Y por qué Black sí que lo sabía? —inquirió Rodolphus.

—Mi intención era matarlo a él también —suspiró Bellatrix—. No pude porque lo necesité para matar al otro, resultó ser un traidor mayor. Pero tiempo al tiempo…

Hubo más preguntas de los Lestrange que la bruja respondió a grandes rasgos, sin dar detalles. Ni quería ni sabía si Voldemort se lo permitía. Ni le quedaban fuerzas. Los magos se callaron cuando Narcissa los expulsó de la habitación. Salieron al momento. Entonces, miró a su hermana mayor y le dijo:

—No puedo echarte de mi casa porque ya no es mi casa. Pero el primer día en que esto acabe, te quiero fuera. Y hasta entonces, haz el favor de apartarte de mi vista. La mansión es grande —sentenció levantándose para abandonar el salón—. Ah y cuando venga la semana que viene, no quiero que te acerques a Draco ni un solo minuto.

Bellatrix no tuvo ocasión de responder, aunque tampoco hubiese sabido hacerlo. No entendía qué le pasaba a Narcissa. Snape era un traidor, mucho mejor muerto. Dumbledore iba a morir también, actuase Draco o no. Esa última parte Narcissa la ignoraba, pero aun así, ¿qué más daba que su hijo no tuviese al pesado del profesor metiendo la narizota en su vida? Estaba segura de que el crío lo prefería así. No entendía a Narcissa; era egoísta y a ella, pese a ser su hermana mayor, la despreciaba.

Esperó a que Voldemort se marchara por si la requería para algo más. En cuanto lo escuchó salir, como no tenía ganas de hablar con nadie, salió también. Seguía lloviendo y hacía frío. Se apareció en el Callejón Knockturn, que estaba casi vacío, y callejeó hasta encontrar su bar favorito.

—Whisky de fuego.

—¡Hola, cielo! ¿Cómo has estado? ¿Un día duro?

Bloody Wondersera un bar nocturno que además de alcohol servía pasteles de carne. Su dueña, Eleanor, era una mujer de la edad de Bellatrix con el cabello cobrizo y muchas ganas de hablar. Parecía encantadora, pero Bellatrix sabía que se ganaba la vida secuestrando muggles a los que descuartizaba para fabricar empanadas. No es que fueran amigas, pero se conocían desde hace años: el bar le gustaba porque siempre estaba vacío. Y Eleanor aprovechaba para contarle su vida. Esa vez no fue la excepción.

—A mí esta semana vinieron a hacerme una inspección los del Sanidad del Ministerio —empezó a relatar la pastelera—. Hacía décadas que no cometían ese error… En fin, ahí están —comentó señalando unas empanadas sobre el mostrador— ¿Quieres probarlos? Eran bastante gordos y grasientos, así que están sabrosas.

—No.

—Haces bien, cielo, porque…

—No me llames cielo.

—Es que no sé tu nombre.

—¿De verdad no sabes quién soy? —inquirió Bellatrix mirándola a los ojos.

—Lo siento, cielo. Es que casi nunca salgo del bar, ya sabes que vivo en el piso de arriba… Si necesito algo, mando al elfo. Soy muy casera y hago toda mi vida en esta calle. Tampoco leo la prensa ni me informo de nada, la actualidad me agota y me aburre —explicó poniendo los ojos en blanco—. ¿Sales en alguna revista de esas de brujas sexys? De esas sí compro alguna, pero…

Bellatrix no llegaba a decidir por qué no mataba o al menos torturaba a esa mujer. De acuerdo, no la mataba porque el bar le gustaba, tenía buen alcohol y mucha privacidad; pero torturarla un poquito… No obstante, nunca lo hacía. Era de los pocos seres vivos a los que —sin motivo aparente— soportaba.

—El otro día vino un tipo que se parecía a ti.

Bellatrix apenas la escuchaba, solo le indicó con un gesto que le rellenara el vaso.

—Pero tenía los ojos grises, casi azules… Era el tipo más guapo que he visto en mi vida, al menos para mi gusto, ¿sabes? No era el prototipo de hombre hipermusculado y formal, sino que tenía un rollo oscuro que a mí me pone mucho.

—¿Te dijo su nombre? —preguntó Bellatrix repentinamente interesada.

—Nadie dice nombres aquí, cielo, es el encanto de este barrio. Pero ligó conmigo… Creo que sin querer, ¿sabes? Como que le salía solo, sin esfuerzo. Era encantador. Venía a beber, como tú, y no encontró otro lugar abierto. Pero él charló conmigo y todo eso… —replicó con sorna porque Bellatrix solía ignorarla.

—¿Dirías que era un mago oscuro?

—Desde luego no parecía de los buenos… Pero el aspecto a veces engaña, ¿verdad? No comentó nada que diera pistas de sus ideas.

—¿Llegasteis a algo?

—¿A qué te refieres? —preguntó la pastelera mientras pasaba la bayeta por el mostrador.

—A que ligó contigo y según tú era el tipo más guapo del mundo.

—No era más guapo que tú, cielo —aseguró Eleanor guiñándole un ojo—. Pero no, se marchó repentinamente. Parecía el típico hombre atormentado, con traumas, secretos, quizá una mala infancia… Ya sabes, el pack completo. También parecía solo… como tú.

Bellatrix hizo girar la varita entre sus dedos. No toleraba a nadie hablarle con esa confianza. Aunque a su hermana le había tolerado bastantes impertinencias esa tarde…

Suspiró. Guardó su varita y dejó un billete sobre el mostrador. Quizá estaba pagando de menos o quizá de más, le daba igual. Solo quería dormir y que el mundo desapareciera.

—Tu habitación está limpia —la informó Eleanor.

En la tercera planta, Eleanor tenía su piso. Y en la segunda (justo encima del bar), una decena de habitaciones que alquilaba a clientes de confianza. No llegaba a pensión, era más bien algo clandestino: perfecto para Bellatrix (y para cualquier fugitivo). Se alojaba ahí de vez en cuando desde los dieciséis años. Tenía una habitación en exclusiva para ella. Era pequeña, modesta y sin lujos, pero nadie la molestaba ahí, podía esconderse cuando necesitaba huir.

Como ese día no tenía ganas de volver a casa, asintió y dejó un par de billetes más como pago. El dinero le sobraba y lo valoraba muy poco. Se dirigió a la pared en la que se ocultaba la escalera y golpeó con su varita los adoquines correctos para que esta apareciera.

—Buenas noches, cielo, ¡avisa si quieres compañía!

La primera vez que se lo ofreció, a Bellatrix le causó profunda inquietud. Fue antes de su paso de Azkaban, durante la primera guerra. Al igual que aquel día, no respondió. Pero eso no quitaba que en ocasiones hubiese aceptado la proposición. Eleanor tenía razón: siempre se sintió sola y esa sensación no desaparecía, sino que se intensificaba.