Sin más incidentes, entre alcohol y frivolidades, transcurrió la Navidad. Bellatrix se entretuvo practicando duelo y discutiendo con su marido y su hermana; ambos de un humor de escregutos. Cuando se cansó de ellos, volvió al callejón Knockturn a conversar con vampiros y arpías para que los apoyaran en la guerra. No obstante, echó de menos a Voldemort, que no apareció hasta mitad de enero. Cuando por fin sucedió, los convocó a todos en el salón, incluido a…
—Ya está ese otra vez aquí —masculló Rodolphus que charlaba con Lucius junto a la chimenea.
Bellatrix había ocupado ya su silla a la derecha de la de Voldemort, ansiosa porque Él llegara, y esperaba aburrida con la barbilla apoyada sobre sus manos entrelazadas. Alzó la vista al escuchar el comentario. Maldijo internamente al ver a su primo. Ahí estaba, con su aire arrogante, su look sexy y oscuro… Lo odiaba y encima ahora, tras su último encuentro, se avergonzaba de verlo. No supo si él experimentaría algo similar porque apartó la vista rápido y, por suerte, Voldemort apareció diez segundos después.
Todos tomaron asiento con rapidez y en primer lugar, el Señor Oscuro le pidió a su espía que le actualizase las preocupaciones sobre Snape.
—Le han dado extraoficialmente por muerto —respondió Sirius—. Están seguros de que usted descubrió que era un espía y lo mató. Siguen buscándolo, no obstante, y en Hogwarts han dicho que se ha tomado un año libre… Pero todos lo dan por muerto.
—¿Incluso Dumbledore?
—Sí… Aunque sospecho que él no pierde la esperanza de que reaparezca milagrosamente.
Voldemort pareció complacido con la información, pero no lo manifestó. Les informó de que tenía una nueva misión para ellos.
A Bellatrix nunca le había costado tanto centrarse en escuchar a la persona que más admiraba. Se perdió varias frases mientras hacía una lista mental de en qué orden odiaba a las personas de esa sala. El primer puesto debería pertenecer indudablemente a su primo y el segundo a Lucius, pero su hermana y su marido estaban presentando batalla…
—Y ahí es donde entras tú, Bellatrix.
La bruja abrió los ojos ligeramente. Se había abstraído contemplando a su Señor, pero sus pensamientos estaban lejos de Él. «A ver en qué entro ahora…» se preguntó con miedo a que se diera cuenta de que no le había escuchado. Solo había oído cosas sueltas de un bosque y una casa, no bastaba para deducir el contexto.
—Deberás eliminar los hechizos que protejan el lugar. Tratándose de una exauror y un mago tan importante, no serán pocos. Aun así no será el fidelio: no temen por sus vidas ni viven aislados del mundo, solo son precavidos y celosos con su privacidad.
—Muy bien, Señor —respondió ella con impostada seguridad.
—Pero, ¿no tendrán ahora como… cien años? —calculó Sirius extrañado.
—Scamander está cerca de los cien y su mujer, Tina Goldstein, tiene noventa y pocos. Pero según ha revelado gente próxima a ellos a la que hemos torturado, viven con sus tres hijos, que rondan los cincuenta, e incluso con dos nietos de veintipocos años.
—¿Siete personas en total? —contó Rabastan— Será una casa grande.
—Debe serlo —confirmó Voldemort. — Pero como os he dicho, está oculta en el bosque de Riley y protegida por encantamientos.
«A ver si tengo suerte y repite también el motivo de la excursión» pensó Bellatrix, que ya se iba haciendo a la idea. Voldemort no lo repitió. Su primo, que parecía que no sabía estar callado, comentó con ligera desgana, como si el plan le diera pereza:
—Scamander le fue fiel a Dumbledore durante las guerras de Grindelwald, dudo que ahora elija unirse a sus enemigos…
—Sí, le fue fiel… —reconoció Voldemort— Pero terminó harto de él, de sus manipulaciones, de que le encargue siempre el trabajo sucio a otros para al final destrozar su vida... Por eso se recluyó en ese bosque donde viven sin apenas contacto con seres humanos. Para olvidar los engaños de Dumbledore. Tú lo entiendes, ¿verdad, Black?
Sirius bufó con fastidio, pero no replicó. Bellatrix los miró a ambos entrecerrando ligeramente los ojos. Le molestaba que hubiera secretos que Voldemort compartía con Sirius y no con ella. Ese maldito traidor tenía que quitarle hasta a su maestro…
—¿Y si no aceptan unirse? —se atrevió a preguntar ella.
—Si no os juran lealtad ahí mismo, los matáis.
La bruja abrió los ojos con sorpresa. No era algo inusual, pero no solían masacrar a magos y brujas, ya eran demasiado pocos. La táctica habitual era insistir, secuestrarlos, torturarlos… pero matarlos no era frecuente, los cadáveres no eran grandes aliados (quizá solo los inferi). Voldemort le explicó el motivo:
—No podemos permitir que apoyen al enemigo. Scamander cuenta con la lealtad de muchas criaturas mágicas que solo le respetan a él. Si él muere, las bestias se vuelven independientes y no se plegarán ante Dumbledore.
Bellatrix asintió, entendido. También le pareció razonable que fuesen una decena de mortífagos, puesto que en esa casa podía haber siete magos y brujas muy capaces. Como siempre, hubiese sido más fácil si se encargaba Voldemort… pero aseguró tener sus propias misiones prioritarias. A ella le pareció bien, le apetecía la acción; aunque, a primera vista, parecía que iba a consistir en torturar a ancianos…
—Todo eso está muy bien, ¿pero por qué tengo que ir yo? —intervino Sirius de nuevo— Si me ven y, por lo que sea, alguno queda con vida, contarán que soy un traidor.
—Tú eres el factor decisivo —sentenció Voldemort.
Un crucio le hubiese dolido menos a Bellatrix. El Señor Oscuro razonó a continuación que Sirius era el ejemplo de que hasta quienes en su día admiraron y apoyaron a Dumbledore se volvían contra él. Esa experiencia unida a su labia y encanto personal podría lograr que Scamander empatizara con él. Era su mejor posibilidad para conseguirlo por las buenas.
Bellatrix estuvo a punto de comentar que el traidor estúpido no convencería ni a un tritón de meterse al agua, pero se abstuvo. No quería recibir insultos.
—Esta noche. Si os juran lealtad, viven; si se niegan, mueren. No quiero errores o los pagaréis.
Tras esa última advertencia, Voldemort abandonó la mansión. Los diez seleccionados para la misión permanecieron en el salón en silencio. Solo Lucius se marchó, pero regresó poco después con un mapa del bosque en cuestión. Lo desplegó sobre la mesa y el resto lo contemplaron dudosos. Fue Rodolphus quien, impaciente, rompió el silencio y resumió el plan:
—Tenemos que ir al bosque de Riley, buscar una casa que está oculta, desactivar los encantamientos que la protegen y convencer a la familia de que se una a la causa.
—O podemos decir que hemos ido y no había nadie en casa —sugirió Sirius.
El resto le dedicaron miradas asesinas por no tomárselo en serio. Él soltó una carcajada. Le encantaba molestarlos y desestabilizarlos. Todos tenían claro que no estaba de parte de Voldemort; sobre sus lealtades ya había más dudas…
—¿Cómo de grande es ese bosque? —preguntó Dolohov contemplando el mapa— Puede costarnos toda la noche solo localizar la casa…
—Según la escala de… —empezó Rodolphus.
—Da igual lo que mida —le interrumpió Bellatrix sin contemplaciones—. La magia deja rastro. Si es una casa protegida y habitada por magos y brujas, será sencilla de detectar. Solo el fidelio evita eso y ya ha dicho el Señor Oscuro que no emplearon ese.
Su marido le dirigió una mirada dura por interrumpirle; a ella no pudo importarle menos.
—Nos vemos en esta entrada a las diez de la noche —decidió Bellatrix señalando un punto del mapa.
—¿Quién te ha nombrado a ti líder? —preguntó Sirius.
—¿Cómo vamos a llegar? Yo no conozco el sitio —gruñó Avery.
—No es mi problema. A las diez ahí.
Ignorando a su primo y los insultos del resto, Bellatrix abandonó el salón. Pasó el resto del día preparándose física y mentalmente. Ya no daba nada por hecho como antes, ya no le parecía sencillo: demasiados fallos y fracasos. Perdieron la primera guerra; no iba a permitir que perdieran también la segunda.
Por mucho que la odiaran, si ella asumía el liderazgo, albergaban la esperanza de que también recibiera el castigo en caso de fracasar. Así que a las diez de la noche estaban todos en el punto que Bellatrix había ordenado. No todos, faltaba alguien…
—No está Black —comentó Rabastan mirando a su alrededor.
—Mejor —decidió Bellatrix al punto—. Solo puede estropearlo. Vamos antes de que…
—¡Eh, eh! No hay fiesta sin mí, primita.
La bruja chasqueó la lengua con fastidio. Sirius se camuflaba bien en la oscuridad, con su melena oscura y su ropa negra; igual que ella. Probablemente habría llegado tarde solo para hacerse la estrella que él mismo se consideraba. O quizá lo había retenido la Orden, tal vez pronto aparecía Dumbledore para detenerlos a todos… ¡Qué desagradable verse obligada a trabajar con alguien de quien desconfiaba profundamente! Pero no podía contradecir a Voldemort.
—¿Quiénes sabéis usar conjuros de detención y rastreo? —preguntó Bellatrix.
Los mortífagos se miraron entre sí avergonzados. «Por Circe, son más tontos que un gusarajo» pensó la bruja exasperada. Lo que todavía la molestó más fue comprobar que el que sí sabía era su primo. Aunque eso tenía una ventaja:
—Rabastan, Dolohov, Lucius y Macnair conmigo —decidió Bellatrix—. Los otros con el traidor. Vosotros por el sur y nosotros por el norte. Si lo encontráis, me avisáis con la marca.
—¿Por qué me tengo que quedar yo a estos? —protestó Sirius— Te cambio a Rodolphus por… por cualquiera en realidad, tiene una pinta de amargado que me deprime.
Rodolphus le lanzó un maleficio furioso que Sirius desintegró sin ni siquiera mirarlo.
—Esto no es el patio de Hogwarts —le espetó Bellatrix—. Obedece o dame una razón para matarte, me alegrarás la noche y el año.
—Tu dueño se enfadaría —se burló Sirius.
—No si me invento una buena historia. ¿Crees que alguno de estos me va a delatar? —preguntó señalando a los mortífagos (que la odiaban, pero un poquito menos que a Sirius).
—Igual no, igual son tan tontos que te siguen el juego —reconoció Sirius—. ¿Pero los ves capaces de bloquear su mente ante Voldemort? O, simplemente, ¿de mentir sin cagarse encima?
No, claro que no. Los magos se insultaron unos a otros mientras Bellatrix pensaba que la única solución era matarlos a todos. Al final se contuvo, ya habían perdido demasiado tiempo. Echó a andar y poco después su grupo la siguió. Sirius marchó en dirección contraria con los otros cuatro mortífagos.
Pronto Bellatrix llegó a la conclusión de que era un bosque normal: aburrido, como todos los bosques. Había nidos y rastros de muchas criaturas mágicas, pero nada que a ella le interesara. Caminaban en silencio, iluminando con sus varitas y cada uno perdido en sus pensamientos. Ella ejecutaba conjuros de comprobación de vez en cuando, de momento sin éxito. Estaba segura de que si su primo daba con la casa, no la avisaría; por supuesto ella tampoco pensaba llamarlo a él.
—¿Notas algo? —preguntó Dolohov cuando llevaban quince minutos esquivando árboles retorcidos y matorrales con espinas.
Habló en voz baja y aun así se notó el cansancio. Esa gente se aburría pronto de todo.
—Hay mucha magia de diferentes criaturas, pero la intervención humana es muy leve. No creo que estén aquí cerca.
—¿De qué clase de criatu…?
Rabastan se interrumpió cuando tanto él como Bellatrix notaron que les ardía la marca tenebrosa. Rodolphus se estaba comunicando con ellos: «La hemos encontrado». Al momento Bellatrix dio media vuelta: rastrear a su marido sí se le daba muy bien.
—¡Os he dicho que no la avisarais! —protestó Sirius cuando cinco minutos después vio aparecer a su prima.
Rodolphus le dedicó al mago una sonrisa despectiva. Bellatrix ignoró sus peleas y contempló el lugar. Seguían amparados entre árboles y matorrales, pero frente a ellos había un claro en el que se veía una casa de campo de dos pisos, rústica pero acogedora. A esas horas no se veía ninguna luz dentro. Pequeños farolillos la rodeaban y a la entrada se distinguía un huerto muy trabajado. Bellatrix comprobó sorprendida que no había ninguna protección seria.
—Has eliminado todos los conjuros —murmuró mirando a su primo con sorpresa.
—Había decenas. Pero soy el mejor, primita —se jactó él.
—No había ni uno —reveló Rodolphus—. Se veía la casa tal cual está ahora.
Sirius le dirigió una mirada de odio por delatarlo. Bellatrix volvió a comprobarlo y efectivamente, no había magia protectora en el ambiente. Todo estaba tan calmado que sintió un escalofrío. No era buena señal…
—Entonces vamos, ¿no? —sugirió Lucius.
Todos asintieron excepto los Black. Bellatrix quería que otro diera el primer paso, pero sus compañeros la conocían bien como para extrañarse si ella no insistía en ir la primera. Así que hizo una prueba.
—Expecto obscura —murmuró.
De su varita brotó una sombra negra bastante densa, similar a un dementor. Con un par de movimientos, Bellatrix logró darle forma humana: un ser oscuro que andaba de forma casi robótica. Contempló como avanzaba hacia el frente, aproximándose a la casona.
—¿Qué maleficio es ese? —preguntó Sirius sin lograr disimular del todo la admiración.
—Una variación del patronus que inventó Bella —respondió Dolohov también fascinado. — Crea un protector oscuro que…
Se interrumpió con un grito ahogado cuando una flecha atravesó al espectro. Este continuó avanzando, impertérrito, pero con otro movimiento de varita, Bellatrix lo deshizo. Les indicó a sus compañeros que se callaran. Sirius ejecutó una pantalla protectora que los envolvió a todos: mientras la mantuviera, sería muy complicado que los vieran desde fuera. Bellatrix lo agradeció, aunque le fastidió que se le hubiese ocurrido a él… y que supiera ejecutarlo.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz áspera.
Lo siguiente fue ruido de cascos y un par de flechas más. Centauros. Pronto aparecieron en su campo de visión, colocándose entre la casa y el bosque con sus arcos preparados para disparar. Eran nueve en total, a cual más agresivo.
El centauro líder, el que dirigía al resto, era blanco casi albino, medía unos dos metros y tenía un aspecto verdaderamente salvaje. Miraba en la dirección en la que estaban los mortífagos, pero Bellatrix estaba segura de que no podía verlos. El conjuro de Sirius era muy bueno.
—Habrá sido una acromántula —comentó otro centauro menos sediento de acción.
Rabastan miró a su alrededor con horror: tenía pánico a las arañas.
—No —negó el líder—. He notado la magia de magos forasteros… No son criaturas, son magos.
—¿Magos? ¿En plural? —replicó un tercero con ligera incredulidad— Aquí nunca viene nadie que no pertenezca a la familia…
Mientras debatían, Bellatrix comprendió por qué no necesitaban conjuros protectores: los centauros suponían protección de sobra. Los Scamander tendrían amistad con ellos, probablemente les facilitarían la vida en el bosque ahora que las leyes del Ministerio los perseguían y ellos cambio les hacían de guardianes.
Un contratiempo con el que no habían contado. Aunque no tuvieran magia propiamente dicha, esas criaturas eran más duras de derrotar que los magos. Su piel era más gruesa, su tamaño los hacía resistentes a muchos conjuros y en el cuerpo a cuerpo resultaban letales. Bellatrix confió en que se retiraran al ver que no sucedía nada.
—Rastread la zona —ordenó el líder.
Él mantuvo la posición mientras sus ocho compañeros se internaban en el bosque. Bellatrix calculó que tenían unos dos minutos antes de que los descubrieran.
—Tenemos que irnos —susurró Lucius.
Eso era lo más sensato. Pero el problema no solo era el fracaso que supondría, sino el riesgo futuro: aunque no los encontraran, probablemente los centauros alertarían a la familia de que habían notado actividad extraña. Y aumentarían las protecciones o incluso se mudarían. Bellatrix no pensaba permitirlo.
No obstante, no tuvo opción a expresarlo. Cuando quiso abrir la boca, Lucius se apareció. Le siguieron los Lestrange, Dolohov, Macnair… Solo quedaron ella y Sirius. Se miraron a los ojos con el odio habitual, pero también con curiosidad y gran adrenalina por la situación.
—Vaya panda de cobardes —murmuró el mago.
Bellatrix chasqueó la lengua con fastidio y desesperación, tenía razón. Y ahora, dos magos contra nueve centauros era una absoluta locura…
El problema era que si algo compartían los Black era la locura.
Se miraron. No dijeron nada. Cuando vieron al primer centauro acercarse a ellos, Sirius le lanzó un desmaius y Bellatrix un avada kedavra. Solo se escuchó un ruido sordo. La pantalla de protección cayó y ellos quedaron expuestos (aunque todavía amparados por el bosque y la oscuridad).
—¡Ahí! ¡Ahí hay alguien! —gritaron un par al ver los destellos de luz que emergieron de sus varitas.
Los Black se retiraron lo justo para controlar la escena. Pronto se escuchó un bramido de dolor: habían descubierto el cadáver del hermano caído. Lo siguiente fueron gritos con las amenazas más salvajes que Bellatrix había escuchado. Tuvo que contenerse para no echarse a reír, esas cosas siempre le hacían gracia. Tanto ella como Sirius recordaron una de las enseñanzas que Walburga les transmitió de pequeños: una vez muerto el primer enemigo, es obligatorio matarlos a todos.
—¡Diffindo! —gritó Sirius— ¡Diffindo!
Comprobó que los conjuros aturdidores no hacían mucho contra esas bestias, pero dos o tres hechizos seccionadores les cortaban la cabeza.
—¡Crucio! —chilló Bellatrix con placer.
—¿¡Te das cuenta de que eso no los mata!? —le reprochó su primo luchando espalda contra espalda con ella— ¡Solo los pone más furiosos!
—¡Pero es divertido! Mira cómo se retuerce de dolor…
Mientras torturaba, arrojaba su daga y ejecutaba accios para recuperarla y repetir el proceso. Tenía muy buena puntería y además la daga estaba maldita.
Los Black mataban y corrían entre los árboles, ocultándose para atacar de nuevo. Los centauros eran más veloces, pero ellos más ágiles y con más recursos. Sirius transformó el arco de uno en un patito de goma mientras Bellatrix envolvía a otro en una bola de fuego.
Se habían alejado bastante de la casa, aunque igual no lo suficiente como para que los habitantes no los vieran ni los oyera… Aun así, no tenían problema en gritar y usar fuego; el caos y el placer eran para ellos intrínsecos al duelo. Los Black poco recordaban ya a los Scamander… Estaban muy centrados en su labor de exterminio.
Media hora después solo el enorme centauro líder quedaba con vida. Se arrojó sobre ellos encabritado, con las patas delanteras levantadas.
—¡Avada kedavra!
Los Black lo gritaron a la vez y mantuvieron el maleficio por unos segundos. Pronto, el cadáver del último centauro de la manada cayó al césped.
—¿Y ahora qué? —preguntó Sirius exaltado tras la victoria.
—Ahora cumplimos la misión —sentenció Bellatrix caminando hacia la casa de la familia Scamander.
